Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Pío Moa: la estupidez de Libertad Digital y la injusticia de generalisimofranco.com

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Si bien venía yo echando en falta las habituales colaboraciones de Pío Moa en Libertad Digital, no ha sido hasta el día de hoy cuando me he enterado de que tal ausencia se debe a que este diario digital, por otra parte tan valioso, ha decidido prescindir de sus servicios.

Como siempre se dice en estos casos, no hay nada que alegar a que la línea editorial de un medio cuente o deje de contar con tales o cuales colaboradores pero, dicho esto, la decisión de Libertad Digital me parece de lo más estúpido, ciego y timorato.

Ignoro cuáles hayan podido ser las causas. Intuyo que la reciente ausencia de Recarte y la permanencia de Jiménez Losantos ―quien anda estas Navidades entusiasmado con la monserga de los kaikus― han sido los determinantes últimos, pero a nadie se le puede escapar que la postura mantenida de Pío Moa ante asuntos tales como el franquismo o la homosexualidad y, quizá más, su reciente e inacabada polémica con César Vidal acerca del protestantismo ―asuntos todos en los que, en la medida de mis fuerzas, eché mi cuarto a espadas― han sido la causa fundamental de tan lamentable decisión.

Lamentable, en términos generales, por lo injusta y porque nos priva a los lectores de Libertad Digital de uno de sus principales activos y, en lo concreto y actual, por lo que se refiere a esta polémica truncada con César Vidal, tan sabrosa y de tanta hondura intelectual, tan soberbiamente documentada por ambas partes, que yo no dudaría en equipararla a la clásica entre Sánchez-Albornoz y Américo Castro.

Polémica que, ya de por sí sabrosa, se ha visto enriquecida, en muchas ocasiones por infinidad de apuntes de comentaristas francamente eruditos. Polémica que merece ser recopilada. Polémica en fin cuya lectura recomiendo a todos aquellos que anden interesados por las cosas de España.

Libertad Digital ha preferido a César Vidal y ha expulsado de sus filas a Pío Moa. Repito, me parece una decisión, a más de lamentable, estúpida y miope, máxime cuando ninguna obligación aparente existía de elegir entre dos personas de gran valía.

Creo, en fin, que quien más pierde es Libertad Digital.

***

Por otra parte y, a raíz de este incidente, encuentro en la página Generalísimo Francisco Franco ―otra publicación, en general, valiente― un artículo, éste sí francamente injusto, titulado A Pío Moa y demás compañeros de viaje, firmado por don Pablo Gasco de la Rocha en marzo del 2009. En él, este don Pablo, más papista que el Papa y más franquista que Franco, tiene la impudicia de meter en el mismo saco a Pío Moa, a Almodóvar y a De Juana Chaos; la ignorancia de desconocer la defensa que viene haciendo Pío Moa ―desde su independencia intelectual― del franquismo, de los valores clásicos que este defendía o, por poner un ejemplo concreto y reciente, de su defensa del Valle de los Caídos ante la acometida roja que este monumento ha venido sufriendo en los últimos tiempos; la falta de caridad cristiana que supone no admitir el arrepentimiento sincero por los errores que alguien pudiera haber cometido en su juventud; la injusticia de negarle a nadie una evolución de su pensamiento como la que ha tenido Moa, y, en fin, la ceguera y la estupidez de no darse cuenta de que, precisamente por venir originariamente del antifranquismo, las reflexiones de Pío Moa son, incluso, más valiosas que las de los franquistas de toda la vida.

Me ha hecho recordar don Pablo el Evangelio de Lucas:

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.» Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

Lc., 15, 1-10.

***

Y, ya que me he metido en citas bíblicas, me viene a la cabeza una que, con este motivo y recordando su expulsión de la COPE con la ayuda de muchos, desde el Rey para abajo, le viene pintiparada, en lo que respecta a este lamentable suceso, a Jiménez Losantos:

No maltrates al extranjero: recuerda que tú también fuiste extranjero en Egipto.

Ex., 22, 20.

***

En fin: algo tendrá Pío Moa cuando recibe palos de tan diversas procedencias. Su blog, “Presente y Pasado”, ya no está, lamentablemente, en Libertad Digital. Pero no ha desaparecido; ha encontrado sagrado en Intereconomía, página desde la cual nos sigue ilustrando con su pensamiento y en la que pueden ustedes encontrarle.

Vínculos:

Presente y Pasado. Blog de Pío Moa en Intereconomía.
Cesar Vidal llevaba tiempo intentando echarme de “Libertad Digital”. Declaraciones de Pío Moa a Periodista Digital.

A Pío Moa y demás compañeros de viaje
. Generalísimo Francisco Franco.
Posts anteriores en Conceptos Esparcidos:
          Moa ‘vs’ Vidal.
          Luz de Trento.
Posts de otros blogs:
          Pío Moa. De Hernandeath.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

29 diciembre, 2011 at 11:57

Moa ‘vs’ Vidal

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En mi escrito anterior de hace unos días, Luz de Trento, intenté echar mi cuarto a espadas en la discusión que mantienen Pío Moa y César Vidal. Como la discusión se ha alargado tanto y se ha hecho tan extensa, en estas líneas intento sólo concentrar los escritos de ambos señores y los del señor Vilches, de quien partió la discusión.

Sí quiero apuntar, no obstante, un hecho:

esta discusión comenzó a raíz de que Pío Moa sostuviera la tesis de que

el franquismo se puede defender desde la democracia liberal (en Franco desde el liberalismo).

A lo que respondió César Vidal torciendo las palabras de Moa y haciéndole decir:

los liberales tenemos que asumir a Franco (en Moa me decepciona).

cosa que ni Moa ha dicho ni se acaba de entender qué quiere decir Vidal con eso de asumir, pues, asumir, lo que se dice asumir, hemos de asumir todos los hechos de nuestra Historia, los que nos gustan y los que no nos gustan, a no ser que tuviéramos el poder para cambiarla a nuestro antojo como lo tienen los socialistas.

Fuera de ello, a lo que César Vidal se aplica en sus respuestas es a señalar que Franco no era liberal, cosa que todos sabemos, incluido el señor Moa.

Franco —quien yo no sé si era liberal o no antes de su sublevación—, respetó, acató y defendió a la II República y sólo se alzó contra ella en último extremo, cuando ya Sanjurjo lo había hecho y tras el asesinato de Calvo Sotelo a manos del gobierno de dicha república. A partir de ahí, asume el mando supremo de la sublevación, gana la Guerra Civil e instaura un régimen que, efectivamente, fue dictatorial y no fue liberal.

Nadie intenta decir lo contrario y argumentar negando que Franco lo fuera es argumentar poniendo en boca del otro lo que el otro no dice, modo de argumentación, por otra parte, facilón.

Ahora bien, la tesis de Moa:

el franquismo se puede defender desde la democracia liberal,

sigue en pie y no podemos pasarla por alto.

Se podrá tener la opinión que cualquiera desee al respecto pero, quienes nos identificamos con ella, no podemos despacharla apelando a la falacia dialéctica de César Vidal.

Así, lo que no puede negar nadie es que el régimen del general Franco creo en España una clase media sin la cual la democracia liberal hubiera sido tan papel mojado como lo fue en la segunda república.

Creo que a algo de esto, entre otras muchas cosas y más profundas, se refería Pío Moa.

¿Que el régimen de Franco varió a lo largo de su desarrollo en función de los acontecimientos internacionales? Pues ¡por supuesto! Franco buscaba para España su sitio en el concierto de las naciones civilizadas. No le confundan Vilches ni Vidal con Kim Il Sung.

Y noten de paso los señores Vilches y Vidal que, si en vez de ganar los aliados la II Guerra Mundial la hubieran ganado las potencias del Eje, quizá ellos fueran ahora los primeros en estar alabando la grandeza del totalitarismo y abominando de la democracia liberal. Y, si no ellos, en ello andaría el 99% de nuestros pensadores políticos. Lo digo por lo fácil que es subirse al caballo del vencedor y, desde tal cabalgadura, lanzar lanzadas al moro muerto.

Franco utilizó, copiado de José Antonio, el término totalitario en una circunstancia histórica muy determinada y en un momento en el que muchos grandes pensadores europeos admiraban a Hitler. José Antonio, sin embargo, precisó qué quería decir con ello.

De la misma manera, años después, intentó que España entrara en la entonces llamada CEE, es decir en la unión económica europea que resultó de la victoria de las democracias liberales en aquella guerra.

¿Hay que admirarse algo por todo ello?

¿Debe la democracia liberal algo al franquismo? Pues miren, en tanto que las dictaduras comunistas de la Europa del Este dejaron pueblos arruinados, Franco dejó una España rica y capaz de recibir, como forma política de gobierno, la democracia liberal. Y esto, independientemente de lo que Franco pensara del liberalismo que, aunque Cesar Vidal y Vilches se empeñen en otra cosa, no es la cuestión.

***

Al comienzo de la discusión señalé en algún comentario que andará por ahí perdido que debemos de tener en cuenta las diversas acepciones de la palabra liberalismo:

1. m. Actitud que propugna la libertad y la tolerancia en las relaciones humanas.

2. m. Doctrina política que defiende las libertades y la iniciativa individual, y limita la intervención del Estado y de los poderes públicos en la vida social, económica y cultural.

Es evidente que el franquismo no fue del todo liberal en esta segunda acepción del término, pero consideren los señores Vilches y Vidal si no lo fue algo más en la primera que ciertos gobiernos que padecemos por estas fechas y que se le aparecen al individuo, al ciudadano, hasta en la sopa y legislan sobre cuestiones que afectan a lo más íntimo de sus vidas. De nuestras vidas.

***

Esta discusión sobre el franquismo ha derivado en una discusión sobre lo que César Vidal denomina una visión franquista y decimonónica de la Historia de España. Ya respondí a ello en Luz de Trento. Repito aquí que tal Historia de España la escribieron, entre otros, Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal, historiadores que, seguramente, le parecerán obsoletos a Vidal pero a los que no puede tachar ni de franquistas ni de faltos de metodología.

Como ya he dicho, dado el carácter protestante de Vidal —persona, por otra parte muy estimable y de la que, repito, debemos de considerarnos orgullosos de que figure entre nuestros conciudadanos— es comprensible que él deplore esta concepción de la Historia de España.

Seguramente él estará muy en contra de las palabras de Menéndez Pidal:

Pocas semanas después de su partida de La Coruña, en la dieta de Worms, Carlos V vio aparecer ante la asamblea aquel fraile rebelde y altivo que, él solo, desafiando grandiosamente a las dos supremas potestades del mundo, va a precipitar a Europa en el abismo de su disgregación moral,

Pero la Historia de España no se explica sin este enfrentamiento contra la herejía luterana justo después de haber acabado de vencer al islamismo en nuestro suelo y en tanto España conquistaba un continente inimaginado.

Pueden leer el texto completo de Menéndez Pidal en la Idea imperial de Carlos V que he publicado en la entrada Luz de Trento y que repito en los vínculos ut infra.

Todo ello será mejor o peor; tales nuestros avatares históricos habrán sido mejores o peores para España. Ahora bien, lo que es innegable es que esta historia no se la inventó Franco.

***

Por último, notemos la grandísima relación que guardan ambos asuntos sometidos a esta discusión: la naturaleza del franquismo y la historia de España concebida al modo que Vidal tacha de franquista.

Ya lo he expresado en múltiples ocasiones: durante el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, se gesta una filosofía que sostiene que el ser humano está esclavizado por la religión y por la monarquía tradicional. Sostiene este pensamiento que, liberado de la religión y de la monarquía, el ser humano va a ser más feliz.

Al mismo tiempo, se desarrolla la revolución científica y tecnológica que, efectivamente, dan al ser humano un bienestar material como nunca éste había conocido.

Tanto la revolución filosófica como la científica las lideran los países anglosajones de manera que va pareciendo que España, no es ya que quede rezagada en estos avances de la humanidad, sino que es rémora y estorbo para ellos y eso, precisamente, por haber sido, en los dos siglos anteriores, XVI y XVII, la mayor defensora del catolicismo y por haber sido sus reyes sus mayores valedores.

Hasta aquí, bien, y ello, a mi modo de ver, explica la llamada leyenda negra española.

Sucede sin embargo que, si bien, en el siglo XVIII podía admitirse verosímilmente la hipótesis de que tales revoluciones iban a hacer más feliz al ser humano, hoy comprendemos muy bien la diferencia que hay entre bienestar material y felicidad. Es cierto que vivimos con mayores comodidades que nuestros antepasados pero ¿somos de verdad más felices que ellos? Yo lo dudo pero, en cualquier caso, hemos de admitir que la sociedad perfecta que idearon los filósofos del Siglo de las Luces no se ha conseguido.

Pero hay más: esta nueva filosofía, en Francia y en España quiso imponerse de manera revolucionaria; en España, la padecimos de manera especialmente cruel durante la II República y hoy la entrevemos su intento de reaparecer. Efectivamente: los extremistas revolucionarios, creyendo a pies juntillas lo nefasta que había sido la España antigua para el desarrollo moderno se dedicaron a combatirla sin importarles un comino lo bueno que pudiera haber habido en ella. Lo bueno por lo que combatieron Carlos V y Felipe II. Y, en tal combate, muy poco les importó llevarse por delante a todo aquel que consideraran reaccionario.

He aquí la gran paradoja: supuestamente luchando por la mayor felicidad del ser humano, jamás les importó el sufrimiento que con su revolución causaban en éste ni jamás intentaron comprender las razones que pudieran tener aquellos a los que les disparaban el tiro en la frente.

Mi postura ante todo esto no es negar lo bueno que ha tenido la modernidad, sino deplorar que se destruya, como se está destruyendo, lo bueno que tenía el Antiguo Régimen.

Y aquí aparece Franco:

Es evidente que ni soy historiador ni pretendo que mi concepción del franquismo sea la única admisible pero, contemplándolo con perspectiva histórica y sin prejuicios e, independientemente de las injusticias que se pudieran cometer en los inicios de su régimen, el franquismo fue eso: un intento de conjugar la modernidad con lo mejor de nuestra tradición.

Creo que César Vidal se equivoca cuando sostiene que la Ley de Sucesión fue un intento de autoperpetuación del régimen de Franco y creo que Pío Moa atisba a comprender nuestra historia antigua reciente de manera semejante a como yo la concibo. Para mí, el franquismo no fue sino un intento de introducir a la España de siempre en el mundo moderno y próximo a nosotros y dicha Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado es prueba de ello.

Europa no nos lo permitió.

Vínculos:

Jorge Viches:
          Criticar al franquismo.
          La guerra de Moa.

César Vidal:
          Primera acotación a Pío Moa.
          Segunda acotación a Pío Moa.
          Tercera acotación a Pío Moa.
          Moa me decepciona.

Pío Moa:
          Defender al franquismo.
          ¿Qué es ser antifranquista?
          Franco desde el liberalismo.
          Democracia liberal y franquismo.
          La arrogante ignorancia de Malefakis.
          Enfoques de la Guerra Civil.
          ¡Ay, Vilches…!.
          Franquismo: la cuestión de la legitimidad.
          La aceptación popular del franquismo.
          Error mío hacia Malefakis / Vilches y la represión franquista / España al morir Franco.
          Franquismo hoy / Viches y los intereses de Franco / Dos retos históricos.
          Felipe II y sus enemigos / La alegría de la España franquista.
          César Vidal intenta refutarme / Felipe II y la tolerancia.
          Importancia de LD.
          Segunda respuesta a César Vidal.
          Tercera respuesta a César Vidal (I).
          Errores metodológicos de César Vidal. Opiniones de liberales sobre Franco.
          Errores de hecho de César Vidal / ¿Años perdidos los 40 y 50?
          ¿Cuándo llegó la reconciliación?
          ¿Es liberal César Vidal? / ¿Un fracaso la historia reciente de España?

Conceptos Esparcidos:
          Moa vs Vilches.
          Luz de Trento.
          Idea imperial de Carlos V. Ramón Menéndez Pidal.

Otros:
          Franco y el liberalismo. Polémica entre Pío Moa y César Vidal. Algaida.
          Importante descubrimiento de César Vidal: Franco no era liberal. Contralosgigantes.com.

          Cuando los liberales apoyaban a Franco. El Manifiesto.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

2 julio, 2011 at 9:36

Luz de Trento

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Permítanme que vuelva a inmiscuirme en la muy interesante y didáctica discusión que estos días están teniendo los señores Moa, Vilches y Vidal bajo la vigilancia, sesgada, del señor Losantos.

O, mejor, dicho: dos discusiones, una explícita, la otra implícita, pero ambas muy relacionadas.

¡No saben ustedes hasta qué punto relacionadas!

Acerca de la discusión de si la democracia liberal debe algo al franquismo, ya di mi opinión en Moa vs. Vilches y nada quiero poner ni quitar de ella: si Vilches considera que la democracia nada debe al franquismo, ¡bendito sea Dios! y respetemos tamaño pensamiento de Vilches.

Vayamos, pues a la segunda discusión, incardinada en esta primera y que se refiere a la concepción franquista de la historia de España: la discusión en torno a la concepción de la idea de Moa sobre dicha historia y, más concretamente, sobre la figura de Felipe II, concepción que el señor Vilches considera franquista y, por ende, inatendible. Dice Vilches:

Sobre la idea de España y de su Historia, el Sr. Moa contrapone con simpleza, en una huida hacia delante, la visión franquista a la de Tuñón. Hay unas cuantas más, pero sería muy prolijo. Simplemente le falta rodaje bibliográfico, por lo que le recomiendo, por ejemplo, la lectura de la obra coordinada por Ricardo García Cárcel titulada La construcción de las historias de España. Le será útil.

Es de ello de lo  quiero hablar hoy apoyándome en historiador tan simple y franquista como don Marcelino Menéndez Pidal y en su discurso Idea imperial de Carlos V cuyo contenido íntegro pueden ustedes encontrar en los vínculos ut infra y cuya lectura me permito recomendar al señor Vilches no porque yo crea que sólo sea admisible la concepción de Menéndez Pidal, sino porque me indigna que se tache de franquista y, así se deslegitime, una lectura de la historia de España a la que han contribuido historiadores tan egregios como Menéndez Pidal (no hablo aquí de Menéndez Pelayo porque ya comprendo que la lectura de las Heterodoxos tiene mucha tela para el hombre de nuestros días).

Vilches será un gran historiador, no lo discuto. Pero tachar de franquista esta concepción de nuestra historia me parece una trampa dialéctica.

Por lo que respecta a César Vidal, nadie puede dudar ni de su seriedad, ni de la vastedad de sus conocimientos ni de la labor ingente que está realizando contra el enemigo común. Pero no podemos olvidar su condición protestante y, por tanto, comprendemos que puede equivocarse al tratar el asunto central de la historia de España, esto es, la defensa del catolicismo.

En el folleto del que hablo, Menéndez Pidal dice cosas tan franquistas y casposas como las siguientes (la negrita es mía):

1. No tenemos ni siquiera un estudioso aficionado a esta figura tan española, a este emperador que si, ciertamente, no pudo escoger el lugar de su crianza, escogió el de su retiro y el de su muerte en el corazón de España.

2. La idea imperial no se inventa por Carlos ni por su canciller; es una noción viejísima, que ellos sólo captan y adaptan a las circunstancias; noción rica en contenido político y moral, extraño por completo a nuestro pensamiento moderno. Tal concepción revestía una grandeza verdaderamente romana. Hacer de todos los hombres una familia, unidos por los dioses, por la cultura, por el comercio, por los matrimonios y la sangre, fue la gran misión del imperio romano, ensalzada por los paganos desde Plinio hasta Galo Namaciano y por los cristianos a partir de los españoles Prudencio y Orosio y del africano San Agustín. El Imperio era la forma más perfecta de la sociedad humana; por eso Dios perpetuaba sobre la tierra el Imperio, desde los tiempos más remotos de la Historia, transfiriéndolo de Babilonia a Macedonia, a Cartago y a Roma. El imperio romano había ejercido esta potestad suprema, extensa y completa durante seis siglos, sobre todo desde Augusto hasta Justiniano. Luego, aunque muy deficiente y achicado, se renueva en el imperio carolingio de los siglos IX y X. Después, más achicado aun, sucede el imperio romanogermánico.

3. Este imperio no lo aceptó Carlos para ganar nuevos reinos, pues le sobran los heredados, que son más y mejores que los de ningún rey; aceptó el imperio para cumplir las muy trabajosas obligaciones que implica, para desviar grandes males de la religión cristiana y para acometer “la empresa contra los infieles enemigos de nuestra santa fe católica, en la cual entiende, con la ayuda de Dios, emplear su real persona”y sitúa en el centro del imperio cristianizado la hegemonía de España, que Fernando el Católico había iniciado.

4. Era todavía un joven indeciso y apocado, de gesto absorto y boquiabierto (un baturro, en Calatayud, le acababa de decir, al ver su mandíbula caída: “Majestad, cerrad la boca, que las moscas de esta tierra son insolentes”).

5. Pocas semanas después de su partida de La Coruña, en la dieta de Worms, Carlos V vio aparecer ante la asamblea aquel fraile rebelde y altivo que, él solo, desafiando grandiosamente a las dos supremas potestades del mundo, va a precipitar a Europa en el abismo de su disgregación moral. Carlos, abrumado ante el peligro de la actitud de Lutero, pasa en Worms una nochede zozobra, encerrado a solas, para escribir de su puño y letra una segunda declaración político-religiosa, en la que, con toda energía, afirma estar determinado a defender la cristiandad milenaria, empleando para ello, son sus palabras, “mis reinos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma”. Carlos, al comienzo de esta solemne declaración, invoca a sus antepasados. Pero ¿cuál de ellos pudo inspirarle, sino sólo su abuela Isabel la Católica, que en su testamento se dice obligada, con igual latitud que Carlos entonces, al sacrificio de su persona, de su vida y de todo lo que tuviere?

6. Podemos, pues, sentar que, desde esa primera declaración pública de las Cortes coruñesas, el concepto imperial de Carlos, esbozado entonces por Mota, se hallaba en oposición al de su canciller y tal oposición radicaba en principios conceptuales: Gatinara era un humanista, cautivado por la lectura de la obra dantesca De Monarchia. De ella saca el principio de que el imperio es título jurídico para el mundo todo; así que Carlos, no sólo había de conservar los reinos y dominios hereditarios, sino adquirir más, aspirando a la monarquía del orbe. Esto dijo Gatinara a Carlos en 1519, cuando le incitaba a presentar su candidatura para el imperio, y eso repitió en otras muchas ocasiones, insistiendo en recobrar de Francia el Delfinado, que antes era del imperio, o en hacer adquisiciones en Italia y en otros países, teorizando, en fin, el gobierno de uno solo como único camino para la paz absoluta. Lo que Gatinara quiere es, pues, la monarquía universal.

Por el contrario, lo que propone el doctor Mota es cosa muy distinta; es, simplemente, el imperio cristiano, que no es ambición de conquistas, sino cumplimiento de un alto deber moral de armonía entre los príncipes católicos. La efectividad principal de tal imperio no es someter a los demás reyes, sino coordinar y dirigir los esfuerzos de todos ellos contra los infieles, para lograr la universalidad de la cultura europea. Gatinara, la monarquía universal; Mota, la dirección de la universitas christiana. Esta gran diferencia, estos dos tipos de imperio, no advertidos por Brandi, nos aclara la cuestión sobre la paternidad de la idea imperial carolina, mostrándonos que no es seguramente del canciller, sino que, en su primera forma pública, aparece elaborada, en colaboración, por Carlos V y el doctor Mota.

7. Y las Comunidades fueron aldabonazo estrepitoso, que despertó el tardo y adormilado ánimo de aquel joven emperador. El recuerdo de Isabel, confuso, acaso subconsciente en la dieta de Worms, se hace ahora vivo y estimulante. Los comuneros recuerdan al inexperto soberano continuamente el testamento de Isabel, impregnado de ideas contrarias a las de las flamencos de su corte; el pueblo no es un rebaño esquilmable por el rey, sino que el rey se debe a la felicidad de su pueblo, el rey debe amoldarse a la índole de su pueblo. Por su parte, los fieles magnates castellanos del partido realista, los que vencieron a los comuneros, no dejan tampoco de hispanizarle; el condestable de Castilla le decía, con dura franqueza, que sacudiese la tutela de los flamencos y se mostrase hombre, discurriendo por sí mismo; a la vez le aconsejaba que se casase con Doña Isabel de Portugal “porque es de nuestra lengua”, decía el condestable: hermosa expresión, que, en su inexactitud filológica, revela la fraternidad fundamental hispanoportuguesa y la convicción de que España era la parte principal en el gran organismo formado por los extensos dominios del César.

8. Esto se manifiesta con ocasión de la gran victoria de Pavía sobre Francisco I de Francia (1525). El Consejo de Carlos en Madrid, cuando Lanoy llevó allí prisionero al rey francés, se dividió en dos bandos, según nos informa el embajador veneciano Contarini. Gatinara, aferrado a su convicción de que el imperio es título, no ya para conservar, sino para adquirir, para aspirar a la monarquía universal, quiere adquisiciones, agita soluciones hostiles a Francia; opinión en la que al canciller acompañan otros consejeros flamencos. En el otro partido del Consejo sobresalían los españoles Hugo de Moncada y el marqués de Pescara (éste, a pesar de su título italiano, no hablaba sino español), los cuales aconsejaban un tratado de clemencias, de reconciliación con Francia, de confianza en el rey prisionero; es decir, nada de tendencia a la monarquía universal, sino el imperio de paz cristiana. El emperador desechó los pensamientos de su canciller, y el embajador veneciano admira en esta extraordinaria victoria a Carlos, modestísimo, que no da la mayor señal de insolencia (recuérdese la modestia principis que Plinio admira en otro gran español, Trajano), y el rey Francisco, prisionero, pudo tener a gran fortuna, como observa Contarini, que su vencedor fuese el César, sólo preocupado del bien de la cristiandad.

9. Alfonso de Valdés, con enérgica elocuencia y contundentes razones, manifiesta que el emperador de todo corazón quisiera ver en paz a Italia y al mundo entero, pues entonces serían vencidos los turcos, y entonces los luteranos y demás sectarios serían suprimidos o vueltos al seno de la Iglesia. Carlos está dispuesto a ofrecer sus reinos y su sangre para proteger a la Iglesia.

10. ¡El Concilio general! He aquí el coco, la amenaza que ya los Reyes Católicos esgrimían contra las demasías del Papa. Lutero pedía también el Concilio; Erasmo apoyaba esa petición como único medio de que los luteranos fuesen oídos y juzgados a toda su satisfacción; Carlos V lo había pedido en otras ocasiones. Por lo demás, en la enérgica actitud frente al pontífice, Carlos no hacía sino continuar la firmeza de su abuelo Fernando el Católico, quien en cierta ocasión mandaba a su virrey de Nápoles ahorcar al cursor apostólico y encarcelar a cuantos pretendieran publicar allí una excomunión inconveniente. Carlos V, con miras más trascendentales que su abuelo, quiere, con su entereza, conducir simultáneamente al Papa hacia una concordia católica, y a los luteranos, hacia el Papa.

11. En este discurso madrileño, Carlos V pone empeño en decir que no aspira a tomar lo ajeno, sino a conservar lo heredado, y llama tirano al príncipe que conquista lo que no es suyo. De todo esto se desprenden conclusiones importantes políticoliterarias. Carlos V, el emperador más grande y poderoso, el emperador de dos mundos, no formó su ideal imperial imperfectamente y tarde, no lo formó al dictado de su canciller, sino más bien de espaldas a su canciller. El pensó de su imperio por sí mismo muy pronto, sin esperar el dictado de nadie, con sentimientos heredados de Isabel la Católica, madurados en Worms, en presencia de Lutero, y declarados públicamente, con la colaboración de varios escritores españoles: Mota, Valdés, Guevara.

12. Carlos V se ha hispanizado ya y quiere hispanizar a Europa. Digo hispanizar porque él quiere trasfundir en Europa el sentido de un pueblo cruzado que España mantenía abnegadamente desde hacia ocho siglos, y que acababa de coronar hacía pocos años por la guerra de Granada, mientras Europa había olvidado el ideal de cruzada hacía siglos, después de un fracaso total. Ese abnegado sentimiento de cruzada contra infieles y herejes es el que inspiró el alto quijotismo de la política de Carlos, ese quijotismo hispano que aun no había adquirido expresión de eternidad bajo la pluma de Cervantes, y que no era comprendido o correspondido, ni por los reyes, ni por los Papas coetáneos de Carlos V, atentos nada más que a sus recelos por el gran poder que la Casa de Habsburgo alcanzaba. Tal sentimiento era hispano, y nada más que hispano, al concebir como el gran deber del emperador el hacer, lo mismo personalmente que por sus generales, la guerra a los infieles y herejes, para mantener la universitas christiana; era ésta una idea medieval reavivada, resucitada por España, era el ansia de la unidad europea, cuando toda Europa se fragmentaba y disgregaba bajo la norma de la Razón de Estado, cuando esta razón estatal proclamaba sobre cualquier otro interés el interés de cada Estado, no sólo frente a todos los demás Estados, sino frente a toda norma ética. Aquella organización del imperio como aliado de la Iglesia (la correlación de las dos luminarias, la luna y el sol, que decían los tratadistas medievales) es uno de tantos frutos tardíos que produjo el hermoso renacimiento español, tan originalmente creador, al hacer florecer de nuevo grandes concepciones medievales en la estación en que éstas se habían marchitado en toda Europa. No inició Carlos esta nueva floración y madurez, sino Isabel la Católica, y no acabó con Carlos esa obra fundamentalmente hispana, pues continuó su desarrollo en el siglo siguiente, cuando Fernández Navarrete, en su Conservación de monarquía (1625) percibía claramente el peculiar carácter de abnegación que distinguía la idea imperial de España, frente al interesado proceder de los demás Estados. “Sólo Castilla, dice Navarrete, ha seguido diverso modo de imperar, pues debiendo, como cabeza, ser la más privilegiada en la contribución de pechos y tributos, es la más pechera y la que más contribuye para la defensa y amparo de todo lo restante de la monarquía.”

13. “Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana.” Así, el emperador, que a los dieciocho años no hablaba una palabra de español, ahora, a los treinta y seis años, proclama la lengua española lengua común de la cristiandad, lengua oficial de la diplomacia, dato esencial para juzgar la idea de Carlos V. El español se difundió también como lengua literaria. Fernando el Católico había presidido la aparición de obras de interés europeo, como la Celestina y el Amadís. Ahora, su nieto Carlos veía propagarse, no sólo las obras individuales de Guevara o el Lazarillo, sino obras colectivas, como el Romancero y los libros de caballerías, otro fruto tardío que producía España: una abundante poesía épica, versificada y en prosa, cuando toda Europa había olvidado por completo la epopeya y la novela medievales; ya también escriben los maestros de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz; ya apunta la nueva mística, otro de los más preciosos frutos seruendos que produjo el renacimiento español, ese gran árbol que hundía sus raíces en la tierra medieval, ya infecunda en toda Europa, y de cuyo tronco formaba parte la idea imperial nacida en las Cortes de La Coruña… La Iglesia se ve robustecida por una nueva orden de origen español, la Compañía de Jesús, por los teólogos españoles del Concilio de Trento y por la nueva escolástica, otro fruto tardío de España. La vida de las cortes y de la diplomacia se vio invadida por ministros españoles y por usos españoles; la lengua española comenzó a ser usada por todas partes, sobre todo desde que Carlos V la hizo resonar bajo las bóvedas del Vaticano, en un parlamento ante el Papa Paulo III, el 17 de abril de 1536.

14. Pero esa idea tuvo muy corta vida. Carlos V vio por sus ojos la ruina de su obra unitaria. La reforma, abrazada por los príncipes alemanes, hizo imposible todo pensamiento ecuménico. Por otra parte, cesó la relación entre el imperio católico y el papado. Pero la idea de la universitas christiana que mantuvo Carlos V, de tan hispana que era, continuó siendo la base de la política, la literatura y la vida toda peninsular; a ella sacrificó España su propio adelanto en el siglo de las luces, queriendo mantener, en lo posible, la vieja unidad que se desmoronaba por todas partes.

15. Carlos V, preocupado por las intrincadas cuestiones del Mundo Viejo, no podría dar a ese imperio indiano, como le daba Cortés, una importancia igual a la del imperio romanogermánico. Aquél era un imperio simplicísimo, sobre gentes en estado primitivo, sin nexo alguno político con otras tierras, sin relación alguna histórica con el viejo mundo. Trabajó, sin embargo, Carlos V, como habían trabajado Fernando e Isabel, para dar al nuevo imperio americano fundamentos de juridicidad que le vinculasen a la ideología del viejo mundo. Trabajó Carlos V en esto desde los primeros días de su reinado hasta los últimos, y entre las disputas de Sepúlveda y Las Casas nacieron esas admirables leyes de Indias, bastantes a amnistiar ante la Historia todas las faltas que la acción de España haya tenido en América, como las tiene toda acción política y conquistadora.

Perdóneseme la abundancia de citas pero las que anteceden ni son mías, ni de Moa y ni siquiera de Tuñón, sino del pesudohistoriador franquista Menéndez Pidal a quien, seguramente, el general Franco dictó tales textos so pena de fusilarle si no los redactaba, tal cual los transcribo, aquí en los infelices tiempos anteriores a estos en los que tenemos la inmensa fortuna de conocer la verdadera historia de España gracias a Vilches, Tuñón et all.

Con ella pretendo mostrar que este entendimiento de la historia será todo lo franquista que Vilches quiera pero no deja de tener su meollo y quizá debamos hacerle, al menos, el mismo caso que al de Tuñón.

Pretendo mostrar cómo Vidal no puede aceptar esta visión de la historia de España. Vidal es español, un gran español y debemos de sentirnos orgullosos de que figure entre nuestros compatriotas pero Vidal es protestante y nunca podrá sentir suya esta labor de los Austrias españoles.

Y pretendo mostrar que las tesis que viene sosteniendo Pío Moa acerca de Felipe II son ciertas y tienen raíces muy profundas en la historia de España: España heredó esta labor (o se le vino encima) del imperio romano decadente, su genio quijotesco la asumió gustoso y nuestros reyes, desde Isabel y Fernando hasta Carlos II tuvieron que sufrir su peso, peso que, con menor temple, continuaron los Borbones hasta Fernando VII.

Y esto, señores, no se lo inventó Franco.

***

Sólo nos queda dilucidar un asunto: el que respecta a la decadencia española, a la leyenda negra española y al evidente retraso que España ha venido teniendo con respecto a las demás naciones civilizadas en los dos últimos siglos en lo que respecta al adelanto científico, tecnológico y a la comodidad de vivir que ambos nos proporcionaron y que, parece, se están yendo a hacer gárgaras:

¿Se debió ello a esta actitud quijotesca de España dirigida por sus reyes en los siglos anteriores?

Seguramente sí. Pero todo ha de puntualizarse. Permítanme las autocitas:

Los siglos XVI y XVII asisten al Cisma de Occidente y a la lucha brutal del protestantismo contra el catolicismo. Nadie ignora el papel esencial que la España del Antiguo Régimen tuvo como adalid de la defensa del catolicismo. Tampoco ignora nadie cómo, enfrente, tuvo como adalid de la defensa contraria al mundo anglosajón liderado por Inglaterra.

Nadie ignora tampoco cómo la revolución liberal (prescindamos aquí de la francesa) y, sobre todo, la revolución científica, económica y tecnológica, donde triunfan, esencialmente, es en el mundo anglosajón y desde donde se extienden al resto del mundo es, precisamente, desde el mundo anglosajón. Quien me discuta esto que mire cuál ha sido la primera potencia mundial, económica y militar, durante el siglo xx.

Ahora: esa victoria en lo material (insisto: en lo material) del mundo anglosajón, conformado por el protestantismo nos explicaría, como corolario, que el sistema político y religioso derrotado (vuelvo a insistir: derrotado en lo material) en tan descomunal enfrentamiento sufriera el desprecio y el vituperio que vienen sufriendo España y la religión católica hasta nuestros días. La religión católica como religión del sistema político que perdió la supremacía en el dominio del mundo. España, como principal valedora de tal religión.

De “A vueltas con ‘La expulsión de los moriscos’”. Conceptos Esparcidos. 2007.

Durante el siglo XVIII se gestó un sistema de pensamiento que sostenía la idea de que la Religión y la Monarquía Tradicional, aherrojaban al ser humano y que, decía que, si el ser humano se liberaba de ambas, iba a ser más feliz, extremo último de la Religión, del Derecho Natural, de la Moral y de la Política.

De “Los católicos ‘sólo entendemos del palo’”. Conceptos Esparcidos. 2011.

España, sí, perdió el tren de los tiempos en el siglo XVIII en lo que respecta al avance científico y tecnológico, pero eso no significa que ni la revolución científica ni la tecnológica hayan hecho más feliz al ser humano.

No significa que España se equivocara: pudiera ser también que quien se hubiera equivocado fuera el siglo XVIII en lo que respecta a la mayor felicidad del ser humano puesta en manos del avance científico y tecnológico y en lo que respecta a la abominación de nuestro pasado y de nuestra religión.

Yo comprendo que a los enemigos de la Contrarreforma les moleste España, pues fue luz suya y martillo de herejes. Pero dejemos esto para otro día y acompañados de la mano de Menéndez Pelayo. Y del mismísimo Lutero quien, después de argumentar su herejía con la historia de le libertad en la interpretación de los textos canónicos acabó abominando de que cualquier pelagatos los interpretara.

Así, el luteranismo se ha perdido en mil iglesias y en mil sectas a cuál más aberrante.

Y, así, el catolicismo por el que luchó España bajo los reinados de Carlos V y de Felipe II, sigue vivo. Roma sigue siendo Roma. La Roca de san Pedro sigue, firme, en el Vaticano. Cada vez son más los protestantes que retornan a ella. Quizá ni España ni los reyes que comprendieron nuestro espíritu andaron tan equivocados.

Continúen Vilches y Tuñón estudiando la Historia desde una probeta. Es lo más científico que puede hacer quien ignore que la Historia no es una ciencia s y lo ino, sin faltar a la verdad de los hechos, una asunción de todo lo bueno y de todo lo malo que un pueblo haya podido hacer a lo largo de su devenir histórico.

Lo refirió el mismo Menendez Pidal en la Epopeya de los godos cuando, en esa su epopeya, desde la Gotia a la Tracia y a la luz de hogueras, los ancianos cantaban a los jóvenes las canciones de sus antepasados, los carmina maiorum. Y, a esa referencia me refería cuando escribí en Qué es la Patria la estrofa:

¿Qué es Patria,
sino las canciones
que cantaron los mayores
sin que importen los colores
con que adornaron las gestas?
Lo que vale es la canción.

La historia no debe mentir pero tampoco puede pretender ser una ciencia exacta calibrada, experimentada y certificada por Vilches et all.

¡Felices aquellos godos que no tenían ni vilches ni tuñones para explicarles lo que no precisa mayor explicación!

Vínculos:

Idea imperial de Carlos V.
Moa ‘vs’ Vilches. Conceptos Esparcidos.
A vueltas con ‘la expulsión de los moriscos’. Conceptos Esparcidos.
Los católicos ‘sólo entendemos del palo’. Conceptos Esparcidos.
Felipe II y la tolerancia. Blog de Pío Moa.
Importancia de Libertad Digital. Blog de Pío Moa.
¿Qué es la Patria?. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

26 junio, 2011 at 12:00

Moa ‘vs’ Vilches

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Dos grandes cabezas colaboradoras de Libertad Digital, Pío Moa y Jorge Vilches, se han enzarzado en una discusión en torno a la pregunta:

El franquismo ¿puede defenderse desde la democracia liberal?

Siempre es muy grato e instructivo el intercambio de opiniones distintas pero ésta está adquiriendo tonos agrios y, además, el director del periódico, Federico Jiménez Losantos, a quien estoy escuchando ahora mismo, está tomando partido en ella y amenazando la continuidad de Pío Moa en Libertad Digital con el argumento de que:

Libertad Digital no está ni para desenterrar ni para resucitar a Franco y que, quién quiera resucitarlo, ya puede ir mirando la puerta de salida.

Como Libertad Digital ha sido uno de los pocos sitios que me han permitido defender la figura histórica de Franco quiero decir:

1. Nadie quiere resucitar al franquismo.

Es cierto que sus enemigos andan estos días —según parece— intentando desenterrar los restos mortales del dictador para que no continúen reposando en el Valle de los Caídos. Pero es falso que nadie queramos resucitar un régimen cuyo origen tuvo sus causas y su ejercicio, su justificación, que —con todos los errores e injusticias que se quiera— y, en última instancia, fue la transformación de España en un país moderno pero ni olvidadizo de sus orígenes ni aborrecedor de sus tradiciones.

Lo que estamos pidiendo, no es su resucitación, sino el reconocimiento de su figura histórica frente a la propaganda marxista que quiere presentarlo como un tirano, genocida que dio un golpe de estado contra una democracia idílica y el reconocimiento de que su dictadura fue benéfica para España aun reconociendo las injusticias que —como en toda guerra y postguerra— se cometieran en los comienzos del régimen.

No se trata de añoranza. Se trata de ansia de justicia histórica.

2. A mi modo de ver, esta discusión entre demócratas liberales —no me refiero aquí a la postura izquierdista respecto al asunto porque con esa gente es imposible dialogar— parte de un error garrafal.

El error es confundir la Dictadura con los demás sistemas de gobierno, a saber: Monarquía, Aristocracia, Oligocracia, Democracia y Tiranía y la tendencia a confundir Dictadura con Tiranía —tendencia comprensible si atendemos a la mayoría de las dictaduras que ha habido en el siglo XX—.

La diferencia esencial entre la Dictadura y los demás sistemas de gobierno que he enumerado es que éstos pretenden ser formas acabadas de mejor sistema de gobierno y, por tanto, tienen, por su esencia, afán de continuidad.

No sucede así con la Dictadura. La Dictadura es un sistema de gobierno excepcional que aparece para dar respuesta a una situación excepcional que pone en peligro al sistema de gobierno estable, permanente, sin que ella tenga afán de permanencia.

Copio de la Wikipedia:

La dictadura era en la Antigua Roma el gobierno extraordinario que confería a una persona, el dictador, una autoridad suprema en los momentos difíciles, especialmente en los casos de guerra.

Cuando los cónsules, hacia 500 a. C. propusieron el alistamiento de los plebeyos en el ejército para responder a la amenaza que suponía para Roma la alianza entre los pueblos del Lacio y los Tarquinos, se encontró con su negativa. Como todo el poder recaía en los patricios, eran ellos los que poseían las riquezas y a ellos tenían que acudir los plebeyos para obtener los préstamos con los que subsistir; sin embargo, los patricios abusaban de las leyes contra los deudores insolventes que permitían al acreedor incluso hacer esclavo suyo al deudor. No resulta extraño, entonces, que los plebeyos se negaran a defender con su vida a aquellos que tan mal les trataban, a no ser que fuera a cambio del perdón de todas o parte de sus deudas. Ante esta situación, el Senado, para poder repeler al enemigo exterior y satisfacer las demandas de los plebeyos propuso, por iniciativa de Tito Larcio, el nombramiento de un magistrado superior a los demás y a las mismas leyes, a lo que el pueblo accedió esperando quizá algún alivio de la novedad.

El magistrado supremo recibía los títulos de dictador y senador del pueblo (dictator, magister populi) y ejercía su autoridad por espacio de seis meses a lo sumo, período en el que quedaban en suspenso todos los procedimientos ordinarios, los magistrados, excepto los tribunos de la plebe, se abstenían en el ejercicio de su jurisdicción y nadie podía criticar, censurar ni discutir las órdenes del dictador. Para demostrar su superior magisterio, el dictador marchaba precedido de 24 lictores, frente a los 12 que acompañaban a los cónsules.

Dictadores fueron Tito Larcio, Cincinato, Camilo, Papirio y Julio César.

Se me responderá con los argumentos de que la dictadura romana era una figura previamente reconocida en su legislación y que el régimen de Franco fue vitalicio y no devolvió el poder al régimen anterior al suyo.

De acuerdo con estas diferencias. Lo que pretendo señalar, esencialmente, es el carácter limitado en el tiempo que tiene la dictadura, carácter que nunca olvidó Franco. Antes bien, sabemos que su mayor preocupación durante su magistratura fue qué régimen sucedería al suyo. Teniendo en cuenta que, como el mismo Caudillo nos dijo en su Testamento Político y estamos viendo en estos nuestros mismísimos días,

los enemigos de la Civilización cristiana no descansan,

eligió, como mejor sistema de gobierno para España el de nuestra Monarquía tradicional limitada por las leyes, el derecho consuetudinario, el derecho natural y asistida por el Consejo del Reino.

Se podrá considerar ésta la mejor forma de gobierno o no —yo, personalmente, pienso que lo hubiera sido— pero, a lo que voy es que Franco conoció lo excepcional de su régimen y no lo quiso perpetuar en un familiar suyo al modo del tirano, sino que, equivocado o no, quiso devolver a España su mejor sistema de gobierno.

Nadie, pues, quiere resucitar al franquismo. Los franquistas conocemos muy bien la excepcionalidad coyuntural de tal régimen y, si algo pedimos es conocimiento cabal del mismo y reconocimiento de su labor, aunque sólo sea para que en España no vuelva a ser necesaria una nueva dictadura franquista.

3. Sentado esto y entendiendo que no se pueden mezclar churras con merinas, la pregunta de si se puede defender al franquismo desde la democracia liberal no podemos contestarla sin conocer cuál fue la situación que dio lugar al nacimiento del franquismo, a qué problemas tuvo éste que enfrentarse durante su recorrido histórico, cómo fue su final y qué régimen acabó, efectivamente sucediéndole.

A este respecto, me parece muy pertinente el comentario que hace pablocj en el artículo de Moa:

Es absurdo tratar de comparar una teoría política sobre el papel, el liberalismo, con un hecho real que ocurre en un contexto determinado, el Franquismo.

Es absurdo creer que después de una guerra, y más si es civil, las cosas pueden volver a la normalidad de la noche a la mañana.

Eso tampoco ocurrió en Alemania, que mantuvo una ocupación militar americana, que aún mantiene muchas de las bases militares. Otro ejemplo sería el desarme militar forzoso que ocurrió en Japón.

Lo mismo que en Irak o Afganistán, siguen las fuerzas extranjeras para intentar mantener la paz , en España, la fuerza para mantener la paz, era la propia dictadura.

En los Balcanes aún hay tropas internacionales.

Es de simple sentido común.

Enumeración a la que yo añadiría la postguerra francesa, ni mucho menos exenta de crímenes contra las personas a las que tildó de colaboracionistas.

Efectivamente, es de simple sentido común pero parece que, a veces, el vulgar de las gentes tenemos más sentido común que ciertos historiadores.

4. En nuestros días estamos viviendo, si no una situación equiparable a la de la II República, sí un envalentonamiento matonista de la izquierda hacia el liberalismo que la recuerda. Ayer mismo, los diputados del Parlamento catalán tuvieron que gritar auxilio en el mismísimo Parlamento ante la actitud violenta de los llamados indignados.

Para esta gente, el liberal es un fascista y, con este argumento, asesinaron a Gil Robles, a José Antonio, a Muñoz Seca y a tantísima gente, liberales y no liberales, que ellos consideraban fascistas.

Y, lo que yo me pregunto es si, de haber vivido el señor Vilches en aquella época y hubiera hecho alarde de su liberalismo, como lo puede hacer en esta España tardofranquista, no se lo hubieran cargado a él también precisamente por eso: por ser demócrata liberal, y me pregunto si, de no haberse producido tan nefasto suceso y de haber sobrevivido a la escabechina, no tendría ahora más clara y distinta de la que tiene la respuesta a si el franquismo puede o no puede defenderse desde la democracia liberal.

Don Gregorio Marañón, liberal por antonomasia, lo tenía más claro cuando, durante la postguerra, en París, reconoció, refiriéndose a la II República:

Hemos de reconocer que hemos servido a doctrinas falsas.

Espero que Federico Jiménez Losantos reconsidere su aviso a Pío Moa y no prescinda de su colaboración en Libertad Digital.

Vínculos:

Franco desde el liberalismo. Pío Moa. Libertad Digital.
Criticar el franquismo
. Jorge Vilches. Libertad Digital.
Democracia liberal y franquismo
. Pío Moa. Libertad Digital.
La guerra de Moa. Jorge Vilches. Libertad Digital.
¡Ay… Vilches! Pío Moa. Libertad Digital.
Vilches y la represión franquista. Pío Moa. Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

16 junio, 2011 at 9:33

11 de mayo: un aniversario para la Memoria Histórica

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Stanley G. Payne

Don Stanley G. Payne, historiador e hispanista estadounidense, publica hoy en La Razón un artículo titulado: Aniversarios: 14 de abril y 11 de mayo, en el que, al tiempo que nos recuerda que mañana se conmemora el septuagésimo segundo aniversario del inicio de la quema de conventos y de iglesias por parte de la II República española,  viene a coincidir en el revisionismo histórico con Pío Moa y a criticar el sectarismo del Gobierno socialista que padecemos en lo que respecta a la Ley de la Memoria Histórica.

Como el señor Payne es extranjero, además de doctor en Historia y profesor emérito en la Universidad de Wisconsin–Madison, a la caterva de reaccionarios de izquierda que, aparte de no saber hacer la O con un canuto, asume como dogma su visión falsa de la II República española y de nuestra Guerra Civil, le va a resultar más difícil hincarle el diente como se lo hincan al señor Moa, a quien, cuando no tienen más remedio que hacerle algún caso —pues su táctica habitual hacia él es el ostracismo y el ninguneo para evitar así, entrar a rebatir sus tesis— le tildan de psudohistoriador y, a partir de ahí, de fascista para arriba y, con ello, dan el asunto por zanjado y creen haber rebatido las tesis de don Pío.

Pues, ¡mire usted por donde! En su artículo de hoy, el señor Payne, no sólo viene a coincidir con las tesis del señor Moa sino que hasta le cita.

No es la primera vez que Stanley G. Payne cita a Pío Moa, de quien ya dijo:

“Sus obras constituyen el empeño más importante llevado a cabo durante las dos últimas décadas por ningún historiador en ningún idioma para reinterpretar la historia de la República y de la Guerra Civil.”

Y, añadía, entonces, Stanley G. Payne:

“Lo más reseñable es que, aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones. Los críticos adoptan una actitud hierática de custodios del fuego sagrado de los dogmas de una suerte de religión política que deben aceptarse puramente con la fe y que son inmunes a la más mínima pesquisa o crítica.”

La caterva de rojos cerriles con apariencia de historiadores y la caterva de pseudointelectuales, estos custodios del fuego sagrado de los dogmas, harán como que ni leyeron aquellas palabras ni han leído el artículo que comento.

***

El concepto de revisionismo histórico utilizado de manera peyorativa es una falacia más de la izquierda que se nos quiere presentar como moderna y no es sino la misma antigualla ramplonamente dogmática de siempre.

Es esa izquierda que quiere presentarse como defensora de la Ciencia y no es sino cientifista, es decir, contempla a la Ciencia, sin entender lo que es; la mira de manera supersticiosa y de ahí que no tenga empacho, como viene a decir Stanley G. Payne, en responder a los argumentos de Pío Moa con la trampa epistemológica de invocar al principio de autoridad, es decir, en aceptar o rebatir tesis científicas en función de quién las dice en vez de utilizar el método científico para hacerlo o, dicho de otra forma: el recurrir al argumento de que don Pío Moa no es historiador para rebatir sus tesis tiene el inconveniente de que si luego viene una persona que sí es, no sólo historiador, sino una personalidad dentro de la comunidad científica internacional y, además, profesor, y viene a decir lo mismo que don Pío, los que así han argumentado se quedan con las vergüenzas al aire y lo único que pueden hacer es hacer como si no hubieran leído a Stanley G. Payne.

Pero volvamos al concepto de revisionismo histórico tal y como lo maneja la izquierda, es decir como uno de tantos conceptos totem que utiliza para que su mera mención sirva para callar las opiniones contrarias.

Si la Ciencia es algo es, precisamente, revisionista. Lean a Thomas S. Kuhn los que niegan que la Historia se pueda revisar.

La Ciencia, para seguir avanzando, necesita poner en duda todo lo que conoce pues la verdad científica, a diferencia de la religiosa, se caracteriza por ser una verdad relativa. La base de su conocimiento es poner en duda lo que hoy conoce, volverlo a analizar a la luz de las nuevas evidencias o de los nuevos resultados experimentales y estudiar si hoy puede seguir considerando verdadera la tesis que ayer lo era.

Si no fuera así, la primera teoría física científica, por ejemplo, la Teoría de la Gravedad de Newton seguiría siendo una verdad admitida e inamovible, Einstein hoy sería considerado un revisionista (en el mal sentido de la palabra) y su Teoría de la Relatividad, una engañifa suya.

No se comprende, pues, que quienes se nos quieren presentar como adalides de la racionalidad, del positivismo… (en definitiva, de la Ciencia) y nos tildan a los demás de ignorantes, retrógrados y obscurantistas, utilicen el concepto de revisionismo histórico de la manera que lo hacen: como algo indeseable.

Bueno, miento: sí se comprende. Si nos damos cuenta que a esta gente, la verdad, la ciencia y la razón les importan un bledo y que lo que pretenden es que su verdad dogmática (custodios del fuego sagrado los acaba de llamar Stanley G. Payne) no sea puesta en duda ni por lo más remoto, entonces ¡vaya que si se comprende que saquen a relucir —como digo, de manera tan inconsecuente— el espantajo del revisionismo histórico para que nada sea revisado. ¡Vaya que si se comprende que el revisionismo histórico sea, para ellos, indeseable!

Yo entiendo que la Historia no es una ciencia experimental. No podemos contemplar la Historia con la misma indiferencia ni con la misma asepsia con la que miramos un paramecio por el microscopio.

La Historia tiene un componente afectivo que sirve para unir a las gentes que se consideran herederas de una de sus múltiples líneas. A los niños hay que encariñarles con la Historia de su nación como han hecho siempre todas las naciones, como nos cuenta don Marcelino Menéndez Pidal que hacían los godos durante su epopeya daciana por las noches, todos reunidos, grandes y chicos, en torno a las hogueras, entonando los carmina maiorum: los cantos de los antepasados.

Entiendo que así debe de ser y deploro que haya dejado de ser así en nuestra patria.

Pero de ahí a contar mentiras y empecinarse en la mentira media un abismo y el cerrar los ojos al análisis científico de la Historia es sólo muestra del cerrilismo y de dogmatismo.

La Historia de la Patria hay que amarla tal y como es: conociendo sus defectos y sus virtudes, como defectos y virtudes tiene la familia de uno y no por eso ni es menos familia ni debe dejar de amarla.

Como para la izquierda esto no es así, como viven instalados en su mentira y se la creen a pies juntillas, es por lo que les resultan tan molestas y odiosas personas como Pío Moa y, por esa misma razón, como, gracias a personas como don Pío, esta verdad dogmática de la izquierda está siendo puesta en duda en los últimos años, han tenido que inventarse lo de la Ley de la Memoria Histórica para seguir engañándonos a todos con su mentira.

Pues ¡toma memoria histórica!

Para refrescarles la memoria histórica a esta caterva de fanáticos indocumentados escribe hoy en La Razón don Stanley su artículo del que reproduzco aquí algunos párrafos:

«Hace un mes el Gobierno y varios sectores de las izquierdas prestaron bastante atención al catorce de abril, la fecha de la proclamación de la Segunda República en 1931, como «aniversario de la democracia». Esto es superficialmente plausible, en un sentido técnico, porque la República nació en gran parte como una fórmula para buscar la democracia. Las limitaciones, no de la fórmula, sino más bien de la orientación y los valores de los líderes de la República, se pusieron de manifiesto en tan sólo cuatro semanas, el once de mayo, fecha de la tristemente famosa «quema de conventos». Es dudoso que el Gobierno marque este aniversario, pues su «memoria histórica» es notoriamente corta. Muchos historiadores han señalado que fue el once de mayo, no el catorce de abril, el día que iba a simbolizar el contenido político del nuevo régimen a largo plazo. Puesto que los medios oficiales no van a llamar la atención de la supuesta «memoria histórica» a este aniversario, será útil primero resumir exactamente qué pasó en España los días 11 y 12 de mayo de 1931.

»La «quema de conventos», alardeado como amenaza casi desde el comienzo de la República, empezó en Madrid en la mañana del once de mayo, con el incendio de varias iglesias, y rápidamente se extendió a muchas ciudades del sur y del este, especialmente a Sevilla, Granada, Málaga, Cádiz, Valencia y Alicante. En total más de cien iglesias y edificios religiosos fueron incendiados o saqueados, o ambas cosas. Al comienzo, el Gobierno adoptó la actitud cínica de que «el pueblo» estaba divirtiéndose, y rehusó llamar a la Guardia Civil. Más tarde, cuando las dimensiones monstruosas del asunto eran más que claras, pasó al otro extremo, declarando la ley marcial con la intervención del ejército para restaurar el orden. Esto pasaría a ser la práctica normal de los gobiernos de izquierda durante toda la historia de la República: primero ignorar la aplicación de la ley y la Constitución si lo que se estaba dañando no eran más que los intereses de la derecha, y luego, una vez que la situación había sobrepasado todos los límites, empezar a dar palos de ciego con fuerza mayor…

»Para la sociedad actual, en gran medida secularizada y relativamente indiferente –aunque no necesariamente hostil– a la religión, la religiofobia y el anticatolicismo violento de las izquierdas españolas en la primera mitad del siglo veinte será difícil imaginar o comprender.

»El odio se justificaba por una serie de argumentos que se creían muy fuertes, aunque de verdad bastante extraños e ingenuos, resumidos muy acertadamente por Moa hace poco tiempo. Una frase famosa de Madariaga, comentando esto, fue que «los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia». ¿De veras? ¿Esto se cree en serio? ¿Y si fuera así, por qué no alentar al clero en su afán de destrucción, en vez de asesinarlos? Otra vez, las víctimas como los culpables.

»Otro bulo bastante popular fue que el clero utilizaba las iglesias y conventos como fortalezas armadas de las derechas. Nunca hubo la menor evidencia de tal cosa, pero si fuera así, ¿por qué era siempre tan fácil entrar para quemarlas? Esto era equivalente al bulo decimonónico del envenenamiento de las fuentes, o el conocido «bulo de los caramelos» de Madrid en 1936. Se decía también que los curas eran todos hipócritas y rutinarios, sin calor o calidad espiritual. Extraño motivo para torturar y asesinarlos, como si los nazis liquidaran a los judíos porque éstos no habían practicado bien el judaísmo. ¿Por qué los anticatólicos habían de exigir a los curas de ser campeones de la fe?

»En contra de tales nociones, encontramos que en 1936 las provincias más católicas tenían las tasas más altas de alfabetización, que podría indicar que precisamente en estas provincias había mayor conciencia y reflexión en cuanto a lo que se creía y hacía, mientras había mayor reacción rutinaria y ausencia de reflexión crítica en los distritos revolucionarios analfabetos. Igualmente se decía que el clero se alineaba con los ricos, no con los pobres, pero durante las persecuciones resultó que los activistas del terror buscaban especialmente a los curas y religiosos dedicados a la obras sociales y caritativas entre los pobres para detener y asesinar, como si buscaran eliminar a competidores especiales.

»Y siempre se insistía que la Iglesia y el clero habían combatido a la República desde el comienzo, y eso tampoco es cierto. Claro que el clero no apoyaba políticamente a sus persecutores –¿quién hubiera esperado eso?– pero el Vaticano y la jerarquía eclesiástica dejaron muy claro desde el comienzo que se aceptaba el nuevo régimen, y hasta aceptaba la separación de Iglesia y Estado, insistiendo solamente en los derechos civiles de aquélla, que fueron negados.

»Inculpar a las víctimas es una práctica muy común, pero el anticatolicismo violento se derivaba no de los defectos del clero –que probablemente eran menos que los de un siglo antes– sino del odio ideológico fomentado por las doctrinas radicales de la época. En ellas la guerra religiosa –pro y contra– era fundamental.

Ésta es la contribución, muy de agradecer, del señor Payne a la empresa en que nos hallamos embarcados los españoles de recuperación de la memoria histórica.

Como muy bien señala, la memoria histórica del Gobierno de Zapatero (inspirador de ella) es notoriamente corta y hay que recordarle estas cosas.

Como digo, es muy de agradecer que haya sido un profesor de Historia estadounidense quien haya venido a hacerlo y con esto no apelo al principio de autoridad que antes critiqué. Lo digo sólo para preguntarme qué epítetos estarán rebuscando en sus mentes los Santos Juliá, la caterva de gentecilla pseudointelectual de El País y demás enemigos mortales de don Pío para etiquetar con ellos al señor Payne.

Por lo demás, y a mi humilde entender, si el señor Payne se equivoca en algo es en hablar como habla en términos pretéritos.

 
Vínculos:
Aniversarios: 14 de abril y 11 de mayo. Artículo de Stanley G. Payne en La Tribuna de la Razón.
Otra mención de don S.G. Payne a don Pío Moa.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 mayo, 2008 at 17:16