Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Posts Tagged ‘monarquía

Palabras que el Caudillo Francisco Franco dirigió a S.A.R. el infante don Juan Carlos de Borbón en marzo de 1955

leave a comment »


Lo que se perdona a cualquier ciudadano no se le puede perdonar a un rey del que la nación está pendiente.

«Los reyes no deben fiarse de los aristócratas ni los cortesanos, que les adulan para obtener prebendas. Los reyes tienen que estar en contacto con el pueblo lo más directamente posible para enterarse de sus necesidades y tratar de corregirlas. No cabe duda de que es mucho más agradable el estar con gente culta y refinada, que tiene nuestros gustos y aficiones, por ejemplo deportes, para los cuales hay que disponer de tiempo y dinero, cosa que no tiene la gente modesta. Pero hay que tener en cuenta que esta gente, si no tiene refinamientos ni esa educación esmerada es porque tampoco nadie se ocupó de que la pudieran tener; la culpa no es de ellos y en países pobres como el nuestro hay una gran diferencia de bienestar y posibilidades entre el pueblo y los que están en las alturas por ley de herencia y otros privilegios. El verdadero pueblo es más sano, menos egoísta que la gente elevada y siente el patriotismo de verdad para amar a la Patria y sacrificarse por ella. Hoy se oye decir a mucha gente adinerada “yo estuve en la guerra y me sacrifiqué por España”, sin pensar que ha salvado todos sus bienes y con ello su bienestar y el de sus hijos. Pero muchas veces los que más alardean de hacer resaltar sus méritos, son los que han hecho la guerra en el Cuartel General o conduciendo coches en la retaguardia, pero muy lejos de los sitios donde otros sí se jugaban la vida y la daban con alegría, sin importarles, pues lo hacían por la Patria, aun cuando no disfrutasen de ella más que en un mísero hogar. No quiero decir con lo anterior que no hubiese héroes y españoles patriotas en la clase pudiente, y en la aristocracia también, que incluso dieron su vida en los frentes; pero era mucho mayor el mérito del sacrificio y el patriotismo del pueblo que todo lo da y nada pide. Cuando en una misma familia humilde quedan unos niños huérfanos, se los reparten entre los vecinos para educarlos y mantenerlos. En cambio, hay mucha gente pudiente que no es capaz de cobijar al pariente que queda solo y desamparado. Frecuente V.A. el trato con el pueblo, vea sus necesidades y haga siempre lo posible para remediarlas, pues así es como se sirve mejor a la Patria; y un rey siempre debe atender a los humildes. Es frecuente que los príncipes estudien una Historia amañada, en la que no se ponen de manifiesto los errores de sus antepasados y el mal que por su abandono y por no estar enterados de los negocios públicos han causado a la Patria. No se les dice que por una frivolidad de un rey como Alfonso VI, éste dejó el condado de Portugal a don Enrique de Borgoña, casado con su hija María Teresa, desmembrando y rompiendo la naciente labor que sus antepasados habían realizado con la expulsión de los árabes de España y yendo en contra de la naturaleza que, por leyes geográficas, había hecho una sola nación en toda la Península Ibérica. Otros reyes, también por no ocuparse de su alta misión y no defender el interés de su pueblo, abandonaron el gobierno del país en manos de favoritos que perdieron, esta vez para siempre, Portugal, sin darle a dicha catástrofe la menor importancia; al conde-duque de Olivares le afecta este reproche, y también a su monarca Felipe IV de Austria. Fue un error de los Reyes perder el imperio de América por el abandono en que lo tenían y que con otra política se pudieran aprovechar sus riquezas en beneficio de España. De la Historia conviene saber la verdad, para que estudiándola bien no se incurra en los mismos errores y abandonos debidos a la frivolidad de muchos monarcas que no sentían el amor y el interés debido por su pueblo.

»Un príncipe debe tener en cuenta que toda la nación le está mirando y que debe dar pruebas de su moralidad absoluta, así como llevar una vida de verdadera austeridad. Lo que se perdona a cualquier ciudadano no se le puede perdonar a un rey del que la nación está pendiente».

En Ricardo de la Cierva, La Historia se confiesa, Planeta, 1976, tomo VI, págs. 106-108. Cfr. Francisco Franco Salgado, Mis conversaciones privadas con Franco.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 enero, 2016 at 18:58

Discutiendo con Emilio Castelar acerca de la República

leave a comment »


Emilio Castelar es seudónimo de un contacto que tengo añadido a mi “facebook”. No recuerdo por qué razón ni desde cuando pero el caso es que lo tengo.

Emilio Castelar publicó en el suyo, el pasado día 14 de abril, un artículo de Javier Castro-Villacañas titulado Nosotros los republicanos. Este artículo puede leerse completo en los vínculos que añado al final pero, en resumen, don Javier viene a querer diferenciar en él el concepto de República, en abstracto, de la idea que tenemos la derecha española de la República inspirada por las dos que hemos padecido, partidistas, dogmáticas, disgregadoras y matacuras.

Como el artículo del señor Castro-Villacañas me pareció muy sensato y moderado así se lo hice saber a Emilio Castelar en comentario a su referencia, seguramente equivocándome algo en mi interpretación del artículo de Castro-Villacañas:

Te agradezco, Emilio, la referencia a este artículo tan sensato. Efectivamente, otra de las razones por las que la República es indeseable en España es la que se menciona aquí: por su adscripción, para la inmensa mayoría de los que se llaman republicanos, a “programas políticos partidistas e ideologizados”, concretamente, los de izquierda y, como también señala muy bien el artículo, los independentistas que no es que quieran la República por ella en sí sino como medio más fácil para destruir a España.

Un artículo muy honesto.

Como digo, ésta era una interpretación mía, quizá abusiva, quizá voluntariosa, de lo que había escrito el autor, razón por la cual Emilio Castelar contestó a mi comentario corrigiéndome con su interpretación y, a partir de ahí, en estos días, hemos sostenido un diálogo que, por creerlo de algún interés para la reflexión sosegada acerca de las formas de gobierno quiero reproducir aquí.

Me respondió, pues, Emilio Castelar:

Carlos, ese artículo lo ha escrito un republicano, y no es eso lo que dice, ni es esa su intención.

1º No dice, porque no es cierto, que la inmensa mayoría de los republicanos sean de izquierdas. La izquierda nostálgica de la II República es una porción minoritaria de los republicanos españoles, (que según las últimas encuestas son como mínimo el 45% de la población) aunque sean los que más se hacen oír.

2º No dice, porque tampoco es cierto, que los separatistas quieran una república como medio para destruir España. Dice expresamente lo contrario: “Estas personas se caracterizan porque no tienen el más mínimo interés por conseguir una república para España y sí su desaparición. Además, forman parte del ‘establishment’ nacionalista y, por tanto, son piezas integrantes de nuestro actual régimen político”. Es decir, los separatistas forman parte del régimen juancarlista.

3º Una república, objetivamente, no facilita más dicha tarea que una monarquía. En todo caso, a la vista de los últimos 35 años, podemos afirmar lo contrario. Es bajo el reinado de Juan Carlos I cuando se ha producido el mayor proceso de disolución nacional de nuestra historia. Es el régimen del 78 el que ha facilitado sobremanera a los separatistas alcanzar sus objetivos, que ya están a punto de culminar con la anunciada secesión, mientras el monarca y su gobierno miran para otro lado. Conviene recordar a este respecto que, por ejemplo, el gobierno republicano de Lerroux encarceló al gobierno autonómico catalán y suspendió la autonomía de esa región cuando Companys proclamó el “Estado catalán”.

4º Nunca podrá levantarse ningún régimen político contra media España, cualquier sistema político que haya en el futuro, será de todos o no será. Por eso mismo, la república será lo que quieran los españoles. ¿Y acaso crees que la mayoría de los españoles quieren volver a 1931?

A lo cual le respondí el 16 de abril:

Quizá no dice explícitamente la conclusión que extraigo pero, creo, es lo viene a decir.

1. Dado el desprestigio actual de la casa reinante, no me extraña ese porcentaje que señalas de republicanos según la encuestas. Sé perfectamente que la República es un sistema de gobierno más, con sus ventajas e inconvenientes, pero dudo muchísimo que un 45% de españoles la prefieran en abstracto y no a consecuencia del desprestigio del que te hablo de la monarquía actual. En cualquier caso para la mayoría (no para este señor) hablar de República en España es evocar a la II República: “los únicos que hasta ahora han monopolizado las propuestas para la construcción de un sistema no monárquico son en su mayoría fantasmas de un ayer imposible”.

2. Yo creo que sí lo dice: “También es cómodo ser republicano independentista catalán, vasco o gallego. Estas personas se caracterizan porque no tienen el más mínimo interés por conseguir una república para España y sí su desaparición”. Y, además, tiene razón. Y, además, tienen razón los independentistas: como me he cansado de repetir en mi blog, el único cemento que mantiene unidos a los pueblos españoles son la Monarquía en lo político y la religión católica en lo espiritual. Si no consideramos las cosas en abstracto tenemos que darnos cuenta de que una República española, antes o después, acarrearía la disgregación de España.

3. Me dices “Es bajo el reinado de Juan Carlos I cuando se ha producido el mayor proceso de disolución nacional de nuestra historia”. No lo creo cierto: ahí tienes a la I y II Repúblicas como ejemplos de disolución mucho mayores.

4.Y ¿acaso crees que los españoles de 1931 querían que sucediese lo que sucedió en 1931 y siguientes?

Ese mismo día me respondió Emilio Castelar:

1º Naturalmente, los españoles son accidentalistas en cuanto a las formas de Estado, cuando ven que un régimen político no funciona dejan de apoyarlo. En cuanto a que para la mayoría República = II República, eso ya no es así, pues de lo contrario, no habría crecido como la espuma el número de republicanos ni se habría desplomado el apoyo a la monarquía. Es una minoría menguante, situada en la derecha reaccionaria, la que cree que por el hecho de quitar al rey nos vamos a convertir en Cuba.

2º En España hay un único pueblo, el español, porque hay una única ciudadanía, la española; y por supuesto, una única nación. La monarquía es un elemento ceremonial que no une absolutamente nada, un nexo simbólico se rompe con enorme facilidad. La monarquía, para lo que sirve es para disimular el proceso de disgregación nacional, porque hay (o mejor dicho, ha habido) bastante gente ingenua que cree que por el hecho de tener una testa coronada la unidad nacional está a salvo. Conscientes de ello, los grandes partidos separatistas, CiU y PNV, no han cuestionado a la monarquía en estos 35 años. Antes al contrario, han defendido “el pacto con la corona”, pensando que España puede convertirse en una especie de Commonwealth en la que el rey sea el único elemento común entre varios Estados-taifa independientes. El rey también ha jugado a eso, creyendo que si es el único nexo de unión entre españoles, su figura será imprescindible. Se equivoca, si no hay unidad nacional, sobra la monarquía.

3º En la I República el cantonalismo fue derrotado por Salmerón, y sobre todo, por Castelar. La monarquía pudo volver en 1874 gracias al que la unidad y el orden habían sido restablecidos por los republicanos unitarios, tras el caos provocado por los federalistas. En la II República el separatismo catalán fue derrotado por Lerroux, que como he dicho antes, encarceló al gobierno de la generalidad y suspendió la autonomía catalana. Compara eso con los abrazos y sonrisas cómplices del rey a Artur Mas después de que éste anunciara su plebiscito separatista. Si a pesar de esa evidencia sigues diciendo que la 2ª república disolvió España y la monarquía juancarlista la mantiene unida, yo no tengo más que decir. Si no te convence la realidad, no te voy a convencer yo.

4º Gran parte de los españoles, sí. Algo menos de media España, la otra media desde luego que no.

También ese mismo día contesté:

Veo que dejamos de hablar del artículo y pasamos a discutir acerca de tu entusiasmo por la república como mejor sistema de gobierno. Vayamos a ello.

1. No tengo ninguna objeción que hacerte respecto a la volubilidad del pueblo español pues estoy de acuerdo contigo. Sin embargo me parece muy pobre argumento a la hora de preferir una cierta forma de gobierno y decidir cuál es mejor, en abstracto y en concreto para cada nación. En efecto: la principal virtud que tiene la Monarquía hereditaria para los que la consideramos la mejor forma de gobierno es que, al estar en cada momento meridianamente claro quién ha de ocupar el poder, está libre de la lucha por el mismo, luchas que, en tiempos más bárbaros, implicaban hambre, muertes y desolación y, en los nuestros, el espectáculo nauseabundo que presenciamos en nuestros días. Para eso, ya tenemos bastante con la democracia local, y las legislativas autonómicas y nacional. Y me parece muy pobre argumento porque es evidente que esta ventaja acarrea el inconveniente de que tenemos que aceptar que haya reyes buenos, malos y regulares. Esto de preferir la Monarquía en virtud de que el Monarca de turno nos caiga más o menos simpático es una aberración propia, como tú dices, de gente voluble que no alcanza a comprender por qué se debe de preferir una u otra.

No creo que quienes preferimos la Monarquía seamos esa minoría menguante, situada en la derecha reaccionaria, que pensemos que, sin rey, nos vamos a convertir en Cuba pero, ya que lo mencionas, nos tendrías qué explicar por qué es mejor la República que la Monarquía. La Gran Bretaña, Suecia, Holanda, Bélgica… son Monarquías (parlamentarias, sí, pero, al menos en lo formal, Monarquías) mientras que, sin necesidad de irte a Cuba, Venezuela, Argentina, Nicaragua… son Repúblicas. Quiero decir con ello: la forma de gobierno en sí no va a proporcionar a cada nación un mayor o menor grado de bienestar sino que ello va a depender más bien de la índole de ese pueblo.
Si esto es así, no entiendo por qué preferís que España renuncie a una institución propia, centenaria, con todos los defectos que tu quieras, pero que ha sido y es una seña de identidad propia suya, aunque hoy ande de capa caída.

2. La visión que me refieres de los independentistas la encuentro igualmente acertada. Lo que tú llamas una Commonwealth no es sino la imagen de nuestra Monarquía tradicional, bajo la que estaban los reinos de Castilla, Aragón, Valencia y Murcia y que se llevó por delante la revolución francesa, cambiándola por ese concepto ambiguo que tú ves tan claro del “pueblo español” y que, sin embargo, ni con Monarquía parlamentaria ni con República, lleva más de doscientos años sin acabar de cuajar.

Más, aunque no haya cuajado con la monarquía isabelina, insisto en que su papel simbólico, trasunto del que fue, es lo que mantiene cierta unión entre los pueblos de España que tú te niegas a reconocer. En efecto: un vasco, un catalán independentistas, si de verdad quieren a su tierra y a su historia no pueden dejar de reconocer los quinientos años que han vivido sus pueblos bajo la corona española (aunque hoy abominen de ella y la consideren esclavizadora; si de verdad aman a su historia no pueden renunciar del todo a ella sin algún desgarro). Por contra, ante una República, ¿qué argumento poner para mantener la unidad? Nos dirán los catalanes, nos dirán los vascos, y con razón, “para pertenecer a una república española preferimos pertenecer a una República catalana, vasca…” Y digo con razón: la monarquía tiene justificación histórica. La República española no deja de ser una construcción teórica que, para más inri, tiene los antecedentes que tiene en las dos que hemos padecido. Construcción teórica en el mejor de los casos y en el caso de personas bienintencionadas como creo que es el tuyo y es el del autor del artículo que ha dado motivo a este grato intercambio epistolar porque, en el resto de los casos, en la mayoría, aunque no lo quieras ver, la República en España no es un ente abstracto sino que se identifica, en la mayoría de los casos, con la II República. No tienes más que mirar en qué tipo de manifestaciones se aboga por ella y se enarbola su bandera, por cierto, tan extraña a nuestras costumbres y extravagante como la propia República en sí.

A pesar de todo lo dicho, no estoy en desacuerdo contigo en que el rey actual, como todo el resto de la dinastía isabelina, no ha estado a la altura de las circunstancias y ha complacido en exceso tanto con la izquierda como con el separatismo, si bien hay que comprender que la Constitución no le da mucho juego.

3. En lo que no estoy de acuerdo contigo es en el tercer punto. Eso de que en la I República “el cantonalismo fue derrotado por Salmerón, y sobre todo, por Castelar” (no lo digo personalmente por ellos) me suena a que fueron los bomberos los que apagaron el fuego que ellos mismos encendieron. El caso es que acabó con Pavía, Serrano y el pronunciamiento de Sagunto.

Igualmente ingenuo de toda ingenuidad me parece lo que me dices de que el separatismo catalán fue derrotado por Lerroux. Lo primero porque Lerroux nunca estuvo para derrotar nada y lo segundo porque es evidente que no lo derrotó como lo demuestra el hecho de la proclamación del Estat Català por Companys.

Encaminada la discusión por estos derroteros, me contesta Emilio Castelar el día 20:

1º Dices que en una monarquía está siempre claro quien ocupa “el poder”. Si nos creemos lo que cuenta la constitución del 78 y la práctica de las monarquías parlamentarias europeas, el rey no tiene poder alguno, es una institución ceremonial sin margen de decisión. Eso, en la teoría, no en la práctica española, que tiene una centenaria expresión, el “borboneo”, para referirse a la realidad política opuesta, que impera en nuestro país. En cualquier caso, no hay argumento más falso y fácilmente rebatible a la luz de la historia de cualquier monarquía, y de la española en concreto, que el de que por el hecho de ser hereditaria, se sabe siempre quién es el monarca y no hay luchas por el poder. Y lo más chocante de todo es que este argumento lo esgrima un tradicionalista, como si los llamados tradicionalistas no hubieran provocado tres guerras civiles en el siglo XIX para decidir quién tenía la legitimidad dinástica en España. La historia de una monarquía es la historia de sucesivas usurpaciones, guerras de sucesión y de conflictos dinásticos entre distintos aspirantes que se consideran con mejor derecho que el resto para heredar. Y todos se llaman a sí mismos “legitimistas”, cuando es muy difícil por no decir imposible saber con una mínima objetividad quien tiene algo tan borroso como es la “legitimidad dinástica”. ¿Que no hay luchas por el poder en una monarquía? Al margen de los conflictos entre distintas casas reales o entre diferentes ramas de una dinastía, particularmente entre hermanos, tenemos en España el clásico enfrentamiento entre padres e hijos por el trono; que es una constante histórica en los dos últimos siglos. Empieza con el golpe de Estado de Fernando VII contra su padre, seguido de las humillantes abdicaciones de Bayona, cuando María Luisa de Parma llega a pedirle a Napoleón que asesine al hijo que ella había traído al mundo, y éste solicita al emperador de los franceses que se convierta en su padre adoptivo. Fernando VII, que no dejará volver a España a sus padres hasta que mueran, lo mismo que hizo después Alfonso XII con su madre Isabel II; y finalmente tenemos a Juan Carlos I que aceptó ser rey en lugar de su padre y en contra de la voluntad de éste, saltándose las reglas sucesorias. Supongo que todo esto (por citar solo los ejemplos más inmediatos) no empaña tu argumento de que en la monarquía hereditaria no existen luchas de poder, ¿verdad? No hay régimen político ajeno a las luchas de poder; la diferencia entre una monarquía y una república democrática es que en aquélla las luchas de poder se dirimen mediante golpes de Estado y guerras civiles, y en ésta, se resuelven mediante elecciones periódicas, eso que tú llamas “espectáculo nauseabundo”. Desde luego, donde esté una buena guerra fratricida para poner y quitar reyes, que se quiten esas mariconadas de las campañas electorales y el sufragio universal.

Claro, es irrelevante quién ocupe la más alta magistratura del Estado. No importa que el monarca sea un traidor, un corrupto o un criminal, lo importante es que haya accedido al trono por derecho de sangre. Pensar otra cosa es una aberración propia del vulgo ignaro y voluble, que en su infinita necedad, quiere tener buenos gobernantes. ¿A quién se le ocurre semejante disparate de querer ser bien gobernados? A la plebe indocta, por supuesto. Verás, semejante petición de principio no puede ser aceptada más que por alguien que sea tan entusiasta de la monarquía como tú. En el siglo XXI, el juicio sobre la república puede disociarse de la persona que ocupa su presidencia en cada momento, pues a un mal presidente solo hay que aguantarle 4 u 8 años como mucho, y existen mecanismos constitucionales para deponerlo antes de concluir su mandato; en cambio, el juicio sobre la monarquía no puede disociarse sobre el titular de la corona, al no existir medios pacíficos y legales para destituirlo si no ejerce sus funciones adecuadamente. Pero efectivamente, esos son argumentos propios del populacho iletrado, que se empeña en su capricho de tener un jefe de Estado digno, y no es capaz de calibrar adecuadamente las grandes ventajas que aporta la monarquía sobre sus nimios inconvenientes. ¿El pequeño inconveniente de tener que tragar con reyes nefastos hasta que se mueran se compensa por la gran ventaja de tener que recurrir al golpe de Estado o a la guerra civil para dirimir las luchas de poder? Sí, me has convencido, la monarquía es una forma de Estado virtuosa donde las haya.

Tras el argumento históricamente falso, y el sociológicamente insostenible, llega el argumento falaz, consistente en comparar lo que no es comparable: monarquías de Europa occidental con repúblicas nominales de países subdesarrollados. El más mínimo rigor intelectual obliga a comparar el funcionamiento de las distintas formas de Estado en países económica, social y políticamente similares. Si pretendes confrontar las repúblicas de Cuba, Venezuela, Argentina o Nicaragua con alguna monarquía, hazlo con otros países del segundo o el tercer mundo que tengan esa forma de Estado, es decir, con monarquías cleptocráticas y cuasi-absolutistas como Marruecos, Tailandia, Swazilandia o Camboya. Y si quieres contrastar las monarquías de Reino Unido, Suecia, Holanda o Bélgica con alguna república, hazlo con repúblicas occidentales del mismo entorno, como Francia, Estados Unidos, Suiza o Finlandia. Ninguna forma de Estado proporciona bienestar, pero algunas sí pueden proporcionar malestar y desprestigio al país, como estamos viendo. La monarquía es tan seña de identidad de España como de todos esos países europeos que durante siglos fueron monarquías, y que llegado el momento, se sacudieron esa institución sin perder un ápice de su “esencia” nacional.

2º Es curioso y muy significativo que la existencia de varios pueblos en España te parezca un hecho indiscutible, y en cambio, la existencia del pueblo español te resulte dudosa y ambigua, un invento revolucionario que no ha cuajado. Un separatista (que no independentista) piensa exactamente lo mismo que tú sobre eso. Eso vuelve a confirmar lo que he dicho siempre, que la diferencia entre el carlismo y el separatismo es solo de matiz. No en vano, los padres del separatismo, empezando por los hermanos Arana, proceden del carlismo. La “monarquía tradicional” no fue más que la indiferencia de los Austrias hacia la articulación territorial de España, que hasta Felipe IV con el Conde Duque de Olivares ni se molestaron en plantear la unificación política de sus reinos peninsulares. Afortunadamente con Felipe V y los tan necesarios Decretos de Nueva Planta se acabó en buena medida ese sistema disparatado, injusto y arcaico, y España se convirtió en un Estado unitario moderno, como ha sido a partir de entonces.

Tu argumento sobre cómo la corona integra a los separatistas (al precio de desintegrar España) es conmovedor. Empiezas diciendo que si un separatista quiere a la historia de su terruño no pueden dejar de reconocer que han pertenecido “a la corona española”. ¿Cuándo le ha importado a un separatista la realidad histórica? Precisamente el nacionalismo antiespañol se basa en el absoluto desprecio a la verdad histórica, y la invención de una historia-ficción cuasi mitológica. Pero sobre todo, en ese argumento es significativo que hables de “los quinientos años que han vivido sus pueblos bajo la corona española”. Verás, Cataluña y Vascongadas no pertenecen a la “corona española” (a la corona han pertenecido Flandes, Nueva España, el Franco Condado, Nápoles, Filipinas…) sino sencillamente a España, que es una Nación que tiene una existencia propia e independiente de la corona, es más, la corona es desde hace dos siglos simplemente un elemento ornamental, una institución más que España puede decidir soberanamente conservar o no, según sus intereses y deseos, puesto que la Nación está por encima del régimen político que adopte en cada momento.

«Por contra, ante una República, ¿qué argumento poner para mantener la unidad? Nos dirán los catalanes, nos dirán los vascos, y con razón, “para pertenecer a una república española preferimos pertenecer a una República catalana, vasca…”».

O sea, según tú los separatistas, lo que quieren por encima de todo es vivir en una monarquía, aunque sea española, y si España se transforma en república, deja de interesarles. No es que odien a España y se quieran separar de ella, sino que aman a la monarquía sobre todas las cosas, España les trae sin cuidado y condicionan su existencia al mantenimiento del trono. Entonces no es que entre separatismo y carlismo haya una diferencia de matiz, es que son una y la misma cosa.

Los fracasos de las dos experiencias republicanas no condicionan lo que pueda ser la república en el futuro, como tampoco las vergüenzas y traiciones de los antepasados de Juan Carlos I en los últimos 200 años afectan a su reinado, o al de sus sucesores si llegasen a reinar: las traiciones a España de Juan Carlos I son independientes y no guardan relación con las de las de Carlos IV, Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII. Pero sobre “fracasos” debo resaltar que, aunque es cierto que las dos repúblicas españolas fracasaron, si llegaron es porque antes la monarquía había fracasado dos veces.

Insistes en confundir a los republicanos con los segundorrepublicanos o nostálgicos de la II República o del frente popular. Los que se manifiestan los 14 de abril con banderas tricolores pidiendo una “república popular, confederal y socialista” no son “los republicanos”, sino un grupo marginal que aprovecha la excusa de la república para reclamar un régimen totalitario imposible. Esos supuestos “republicanos” son los que se encargan de desprestigiar la república y amedrentar al pueblo español para que se agarre como un clavo ardiendo a la monarquía, y por ello, son los mayores aliados de la corona. Nadie con dos dedos de frente puede pensar de verdad que la mayoría de los republicanos españoles sean de esa calaña, teniendo en cuenta que según las encuestas republicanos somos casi media España. Si de verdad fuera así, créeme que lo notarías por las iglesias quemadas, monjas violadas, etc. Y por cierto, la tricolor, como he repetido hasta la saciedad, no es la bandera republicana, sino la de la Segunda República, aunque solo sea porque la Primera República conservó la rojigualda.

3º Castelar y Salmerón eran republicanos unitarios, no encendieron ningún fuego. El fuego lo encendieron los federalistas de Pi i Margall. La I República no fracasó por ser república, sino por pretender ser federal. Organización territorial ésta, que seguro que consideras mucho más acorde con la “monarquía tradicional”, que el “ominoso” unitarismo liberal, que pretende que los españoles somos una única nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley, ¡puaj! En cuanto a Lerroux, me parece que no comprendes bien la secuencia de los acontecimientos, que es la siguiente: 1º Companys proclama el Estado Catalán, 2º Companys y su gobierno son destituidos y encarcelados por Lerroux, 3º suspende la autonomía de Cataluña. Es decir, Lerroux derrota al nacionalismo porque aborta el intento separatista, castiga semejante traición a la patria e impide que pueda producirse de nuevo, al disolver las instituciones autonómicas. Que después el Frente Popular liberara a Companys, restituyera la Generalidad y le restableciera como presidente de la misma, eso ya no es culpa de Lerroux, que hizo lo que tenía que hacer cuando era presidente.

Ante semejante órdago, le contesté aquel mismo sábado:

Vamos a tener que emplear, con mucho gusto, parte de esta tarde sabatina a intentar responder a las muchas cuestiones que planteas en tu larga respuesta.

En primer lugar, quiero agradecerte el interés que me has prestado y hacer protesta inicial de que nada de lo que diga o haya dicho esté dictado por ninguna animadversión personal.

1. Es verdad lo que dices de la carencia de poder de las monarquías europeas de la actualidad. Yo mismo critiqué esto hace años señalando el sinsentido de que, significando la palabra monarquía “gobierno de uno sobre todos los demás”, en ellas pueden gobernar todos menos ese uno (En defensa de la monarquía española. Conceptos esparcidos, 2007). No obstante esto, no podemos dejar de considerar un hecho positivo el que la primera magistratura de la nación esté alejada de esa lucha partidista sin que la democracia, tan cara a vosotros, se resienta en nada pues, a mi modo de ver ya estamos lo suficientemente representados democráticamente en el municipio, en las Cortes regionales y en las Cortes nacionales.

Te refieres al tradicionalismo como causantes de tres guerras civiles en el siglo XIX y ves un contrasentido entre esto y mi aserto de que la Monarquía tiene la ventaja de que evita la lucha por el poder. Bien: precisamente las guerras carlistas, al menos en lo formal, se debieron a la ruptura de este principio hereditario con las idas y venidas de la Pragmática Sanción de Carlos IV en los últimos años del reinado de don Fernando VII que, por conocidos y por no extenderme no detallaré aquí. En todo caso, no habiendo ninguna institución humana perfecta, yo no he dicho que la monarquía hereditaria jamás pueda evitar este tipo de problemas. Lo que he dicho es que lo normal es que ella se vea libre de los inconvenientes que acarrea la lucha por el poder.

Por lo demás, la expresión “borboneo” no se refiere a esto, que es un hecho muy aislado y puntual, sino a la complacencia y transigencia de algunos borbones con lo que ni podían ni debían transigir como reyes. Y digo ALGUNOS: desde luego, a la dinastía carlista se la podrá acusar de muchas cosas pero no de “borbonear”: contra viento y marea y a costa de grandes sacrificios personales se ha mantenido y se mantiene fiel a los principios que nosotros creemos que son los de la monarquía tradicional española, los de las costumbres españolas y los de la naturaleza española.

Con respecto a Fernando VII, es cierto que durante su reinado tuvieron lugar acontecimientos muy penosos pero calificar los acontecimientos de Bayona como golpe de Estado me parece excesivo. En todo caso, tenemos que contextualizarlos: estamos hablando de una época revolucionaria en la que a su pariente Luis XVI le acababan de guillotinar los franceses. Es aventurado juzgar el reinado de Fernando VII sin considerar estos acontecimientos revolucionarios y los que les siguieron pero, en todo caso, y admitiéndote las faltas que este rey pudiera tener, ya llevo dicho que entra dentro de la naturaleza de las cosas el que haya reyes buenos, regulares y malos. Esto no nos dice nada a la hora de preferir uno u otro sistema de gobierno.

Si me dijeras que, sistemáticamente, todos los reyes españoles han sido nefastos para la nación y, al revés, todos los presidentes de República han sido benéficos para ella, te admitiría el argumento. Pero que me señales, en el curso de quinientos tal o cual falta es algo que no me demuestra nada.

Con respecto a que no dejó que volvieran a España sus padres y que lo mismo hizo Alfonso XII con Isabel II creo que es algo que, sencillamente, te inventas. Al menos yo no lo he leído en ninguna parte. Si he leído, en cambio que a Isabel II se le insistió reiteradamente en que volviera y ella jamás quiso hacerlo.

Abusas nuevamente de la historia cuando te refieres a Juan Carlos I y a su padre. Todos sabemos que la proclamación de don Juan Carlos es un hecho excepcional en unas circunstancias excepcionales y no entiendo por qué lo traes a colación cuando hablas de la legitimidad dinástica. De nuevo, nos perderíamos en mil divagaciones si insistiéramos en ello.

Resumiendo: efectivamente, todo esto que mencionas no empaña, a mi modo de ver el argumento “de que en la monarquía hereditaria no existen luchas de poder”. No es que no existan (tú has citado un ejemplo muy concreto en el tiempo) es que, lo normal es que no existan. En todo caso, su fundamento esencial es ése. El que tal o cual vez fracase no quita para que su fundamento esencial sea ése y esa sea la razón para preferirla.

A ti, por lo visto te encantan las campañas electorales. Yo estoy más que hastiado de ellas y como te digo, no veo que utilidad añadida puedes ver en que, una vez que hemos votado, por poner un ejemplo a don Mariano Rajoy como presidente del ejecutivo, votemos a doña Carmen Chacón para como presidenta de la República, fuera, como digo, del gusto que tenéis algunos por pasaros la vida votando y, lo que es peor, padeciendo campañas electorales que son verdaderos insultos para la inteligencia más corta.

Por otra parte (y, de nuevo, nos perderíamos en discusiones interminables) me dices que en la República democrática, por democrática, no hay golpes de Estado ni Guerras civiles. No quisiera abusar de las palabras como tú has hecho al referirte a los acontecimientos de La Granja, pero, en esta “república coronada” que padecemos, te recuerdo que hubo un atentado como el del 11-M que forzó una campaña electoral (no voy a llamarlo golpe de estado) y, tras él, una discordia civil promovida y alimentada por Zapatero sin venir más a cuento que a afirmar al PSOE como única alternativa de poder. ¡Cuántas energías no ha gastado inútilmente España en estas dos últimas legislaturas y que, en fin, no son otra cosa más que resultado de la lucha partidista por el poder!

Me dices, melodramatizando, “No importa que el monarca sea un traidor, un corrupto o un criminal, lo importante es que haya accedido al trono por derecho de sangre”. Pensar esto, sí, es cosa propia del vulgo ignaro, voluble y sometido a doscientos años de adoctrinamiento revolucionario. Bien se ve que desconoces absolutamente la esencia de nuestra monarquía tradicional. Precisamente, estoy realizando la edición digital de la obra del Padre Mariana, Del Rey y de la institución real de la que llevo publicados los dos primeros volúmenes que aquí te presento por si son de tu interés.

Por su lectura conocerás como los reyes de España y, antes, los de los reinos que la constituían, fuera de ser un tirano, un corrupto o un criminal, se le exigían prendas muy altas y, en cualquier caso, gobernar de acuerdo con las leyes y usos de la nación y, por supuesto, con el único fin del bienestar de la “república”, palabra, por cierto, que no se le cae de la boca, quiero decir, de la pluma, al Padre Mariana. Esa concepción tuya de la Monarquía española es una caricatura dibujada por la revolución francesa pero muy ajena a la realidad. Con todos los defectos, repito, que tienen las cosas humanas. Lo siento, sí: pienso que los republicanos “no sois capaces de calibrar adecuadamente las grandes ventajas que aporta la monarquía sobre sus nimios inconvenientes” aun y cuando no seáis populacho iletrado.

Comento rápidamente tu párrafo sobre las repúblicas sudamericanas. Sólo pretendía decirte que la forma de gobierno republicana no nos va a hacer, por arte de magia, ser “justos y benéficos”. Una eventual República española ¿a quién se parecería más? ¿A los EEUU o a Venezuela? ¿o a la Argentina? No lo sabemos.

2. La existencia del pueblo español como depositario de la soberanía nacional no es que me resulte dudosa. Es que me resulta un invento de las Cortes de Cádiz. Invento genial que fue la verdadera razón de las guerras carlistas a las que antes te referías y cuya equivocación llevamos padeciendo más de doscientos años. Aun no la hemos resuelto ni lleva visos de resolverse como puedes ver si contemplas a Cataluña o a las Provincias Vascongadas.

Me pregunto ¿Qué ha pasado en España durante estos doscientos años para que el pueblo vasco, cuyos gudaris se prepararon para librar a Fernando VII del cautiverio de Bayona haya degenerado en un nacionalismo del que, a su vez, ha nacido la ETA? ¿Qué para que una Cataluña que luchó por don Carlos como su rey legítimo, abomine hoy de la idea de España?

¿Te lo has preguntado tú? ¿No será que ese concepto de “pueblo español” definido por las cortes de Cádiz es falaz y se da de bruces con el verdadero pueblo español?

Las Cortes de Cádiz fueron una tomadura de pelo. La Constitución no se hizo con arreglo a nuestras leyes y costumbres sino que, antes bien, se nombró diputados a los que pasaban por allí, quiero decir, a los naturales de cada provincia que coyunturalmente estaban en Cádiz. Y eso con protesta de las provincias, ciudades y estados que constituían nuestras cortes tradicionales. Puedes verlo en el Manifiesto de los persas.

Tu idea de que la diferencia entre el carlismo y el separatismo es sólo de matiz me parece, sencillamente, grotesca. Antes bien, creo que la única forma de mantener la unidad de España es la monarquía de carácter carlista adaptada a los tiempos. Lo creo desde hace tiempo y hace meses tuve la grata sorpresa de ver a Artur Mas expresando algo parecido cuando ya había montado la gresca del referéndum: «Una las cuestiones fundamentales se refiere al futuro modelo “de Estado” de Cataluña, esto es, si en su relación con España, esa Cataluña independiente con la que sueña será una república o estará bajo la Corona. Mas, que públicamente no ha querido manifestarse al respecto, ha explicado a sus distintos interlocutores que, a fin de cuentas Cataluña podría seguir siendo una monarquía porque “el Príncipe Felipe es también Príncipe de Girona”».

Veo que en este segundo punto das un giro a tu aversión borbónica y te felicitas por los Decretos de Nueva Planta frente a la indolencia de los Austria ante “la articulación territorial de España”. También he tratado de esto en otro sitio: es cierto que las cosas no son inconmovibles. Es cierto que algún grado de unificación era necesario a la luz de la Ilustración para que España continuara desarrollándose como país moderno. Pero no es menos cierto que, tras las cortes de Cádiz, además de “unitario” y “moderno” acabó convirtiéndose en una jaula de grillos en la que estamos todavía, con República o con Monarquía. Como bien supo ver Fernando VII ante todo esto: “España es una botella de cerveza. Yo soy el tapón. El día que yo falte, la cerveza se derramará”. (Cito de memoria. Mesonero Romanos. Memorias de un setentón). Así fue.

Caricaturizas mi pensamiento cuando dices “O sea, según tú los separatistas, lo que quieren por encima de todo es vivir en una monarquía, aunque sea española, y si España se transforma en república, deja de interesarles. No es que odien a España y se quieran separar de ella, sino que aman a la monarquía sobre todas las cosas, España les trae sin cuidado y condicionan su existencia al mantenimiento del trono”. Me vuelvo a remitir, en este sentido, a las palabras que dijo don Artur Mas hace pocos meses y que te he citado más arriba.

No es que confunda a los republicanos con los “segundorrepublicanos”. Es que en España la República tiene esta connotación, esos antecedentes y es lo que por ella entiende la mayoría de la gente. El que existan, como tú, partidarios de una República abstracta e idílica no desmiente ese hecho.

3. Nada dije de que Castelar ni Salmerón encendieran ningún fuego. Dije lo contrario y, efectivamente, me refería como incendiario a Pi i Margall. En todo caso, la República. ¿La República federal? ¡¡¡Pues claro!!! ¿O es que tienes la candidez de pensar de que en España es posible la Unitaria? Me temo que tendrías que hablarlo con Mas, Urkullu, Carod-Rovira… a ver que les parece. Al fin y al cabo, “hablando se entiende la gente”, que diría don Juan Carlos, pero me parece que lo vas a tener bastante crudo. Y, me temo, del federalismo al cantonalismo, en España, hay un paso. Y del cantonalismo al ¡viva Cartagena! otro.

Lerroux: Bien, admitido. Muy bien por Lerroux. Ya conocemos de sobra como acabó la cosa. Antes me decías que si tenemos un rey malo hay que aguantar hasta que se muera (ya te he dicho que no es así; no debe de ser así en sana doctrina monárquica) y que a un presidente de República sólo tenemos que aguantarlo cuatro años. Perfecto. Pero pasan estas cosas con los presidentes de la república y sus ministros: viene uno de la CEDA e intenta mantener la Ley. Vienen, a los cuatro años los del Frente Popular y hacen justo lo contrario. Muy bien.

4. No quiero cansarte. Para acabar te dejo una cita de don Rafael Gambra:

«Y aquí, como en tantos momentos, surge la diferencia esencial entre la Monarquía tradicional y todos los demás regímenes de sello revolucionario, que son de opinión o de partido.

»La Monarquía, precisamente por estar vinculada al tiempo y a las generaciones, por situarse sobre los grupos e intereses y no deberles nada, procura apoyarse en las más viejas y estables instituciones y en las más nobles autonomías que, como ella misma, hunden su prestigio en la Historia. Sólo la Monarquía no entra en rivalidad con la sociedad, porque es, cabalmente, el único régimen social en el puro y profundo sentido de la palabra».

Al día siguiente, 21 de abril, me contesta Emilio Castelar:

Agradezco igualmente tu respuesta, y por supuesto, nunca he visto animadversión en tus comentarios hacia mi persona, como espero que tampoco hayas visto animadversión hacia ti en los míos.

1º Que la jefatura del Estado esté al margen de la lucha partidista significa que no pueden competir por alcanzarla, pero no quiere decir que el jefe del Estado sea algo así como una figura neutral. El monarca tiene intereses políticos propios, intereses partidistas, de que gobierne un partido u otro. La historia de la monarquía parlamentaria en España es la historia de cómo los reyes y reinas meten sus narices en asuntos de gobierno, y favorecen descaradamente a un partido sobre otro. Eso es el “borboneo”. Efectivamente, los carlistas no “borbonean”, porque en el régimen político que ellos defienden, el rey reina, gobierna, legisla y juzga. Por lo tanto, el rey carlista no se puede entremeter en asuntos de gobierno, porque el rey carlista es el gobierno.

¿Lo normal es que no haya usurpaciones, golpes de Estado y guerras civiles en una monarquía. Hombre, cuatro guerras por el trono en España solo en el siglo XIX, no está mal para ser algo excepcional, ¿eh? En cualquier caso, cuando se producen, siempre desangran al país (literalmente), las elecciones no. Lo que sucede es que la monarquía se basa en el presupuesto falso de que si el monarca es alguien definido según unas reglas sucesorias predeterminadas, nadie le va a disputar el trono ni va a haber luchas de poder. Al no prever medios pacíficos para resolver luchas de poder, hay que recurrir al golpe de Estado o a la guerra civil para decidir cuál de los pretendientes es el “heredero legítimo”.

Con el golpe de Estado de Fernando VII contra su padre, me refiero al Motín de Aranjuez, que obligó a Carlos IV a abdicar en su hijo, no a las abdicaciones de Bayona, que obligó a Fernando VII a abdicar en su padre, que a su vez había abdicado en Napoleón. A Luis XVI no le “acababan de guillotinar”, le habían guillotinado 16 años antes, tiempo suficiente para asimilarlo. La peor parte de la Revolución Francesa transcurrió durante el reinado de Carlos IV sin mayores sobresaltos ni peligro para el trono de España. En 1808 la Revolución Francesa ya se había transformado en una monarquía absolutista disfrazada de luces. En cualquier caso, no hay Revolución Francesa capaz de justificar el comportamiento abyecto, miserable y traidor en grado superlativo de Carlos IV y Fernando VII. No se trata de buenos o malos reyes, sino de reyes extremadamente traidores a España, más acreedores del regicidio que cualquiera de los que han pasado por el cadalso. Por mucho menos de lo que hicieron ellos, Juan de Mariana hubiera aplaudido su ejecución.

No, no todos los reyes, “solamente” todos los reyes de los últimos 200 años con la relativa excepción de Alfonso XII. Semejante perseverancia en la traición a España, la cobardía, la corrupción y el puterío a lo largo de dos siglos creo que es un dato para tomar en consideración a la hora de elegir un sistema u otro. No lo es, en cambio, cómo fueron los presidentes del gobierno o de la república en las dos experiencias republicanas anteriores, en la medida en que todos ellos son de su padre y de su madre, cada uno de ellos tiene una procedencia, una formación y una forma de ser y de pensar completamente distinta a los demás, y completamente ajena a la personalidad y origen de los futuros mandatarios de una posible III República. Frente a eso, los Borbones son todos de la misma estirpe, una familia que ha transmitido los mismos “valores”, modos y maneras generación tras generación. De esta forma, es posible tener buenos reyes y malos reyes, que tras un buen rey, su sucesor salga rana. Sin embargo, es extremadamente difícil que el hijo de un rey cobarde, traidor y corrupto, se convierta en un futuro rey valiente, leal e íntegro. Los miembros de las familias reales hacen lo que ven hacer en casa, se pueden estropear, pero es muy difícil que se arreglen.

Pues sí, Fernando VII mantuvo en el exilio a Carlos IV y a María Luisa de Parma por una razón muy simple: para evitar que le disputaran el trono. Los padres del “deseado” se instalaron en Roma, donde murieron en 1819, y entonces sí, volvieron a España, a la cripta del Monasterio del Escorial, concretamente. En cuanto a Isabel II, regresó a Madrid en 1876, y estuvo estrechamente vigilada por Cánovas, quien la prohibió toda actividad política; pero se saltó a la torera tal prohibición y se puso a conspirar contra el régimen de su hijo, lo que le valió que fuera inmediatamente expulsada de España ya de forma definitiva. Los Borbones que mantienen a sus padres en el exilio es una tradición consolidada, también le fue exiliada María Cristina de Borbón (dos veces), durante el reinado de su hija. Y siempre la razón es la misma: para poner coto a las ambiciones de poder de los progenitores del monarca. Es decir, que eso de que Alfonso XII quería que volviese Isabel II pero ella no, ni es cierto, ni tiene el más mínimo sentido. Hablo de Juan Carlos I aceptando ser rey contra la voluntad de su padre no por la cuestión de la legitimidad dinástica, sino como un ejemplo más que ilustra las luchas de poder que se libran en una monarquía (la española concretamente) entre padres e hijos. Padres e hijos enfrentados por el trono, esa es la constante histórica en los últimos 200 años, sin prejuicio de los enfrentamientos entre tío y sobrina, primo y prima, sobrino y tía, etc., que supusieron tres guerras civiles en el XIX.

A mí no me gustan las campañas electorales, me gusta que haya elecciones (lo que supone que hay campañas electorales), que es distinto. Pero no te confundas, yo no voto, soy abstencionista. No voto porque el régimen del 78 no es una verdadera democracia, sino una partitocracia, y de hecho, ni siquiera se puede decir que haya verdaderas elecciones, sino simples votaciones. En cuanto a elegir a Rajoy como presidente del gobierno y a Chacón como presidente de la república… Para empezar, todo cambio de régimen supone reconocer el fracaso del régimen anterior y de su élite dirigente, lo que implica una renovación total de la clase política. De modo que Rajoy y Chacón no podrían nunca aspirar a ocupar semejantes puestos en una futura III República. Y para continuar, en la república que yo defiendo, esa situación no sería posible, pues el jefe del Estado y el de gobierno serían el mismo cargo y la misma persona, como en EEUU, es decir, sería una república presidencialista.

No tengo problema en llamar golpe de Estado al 11-M. ¿Pero qué tiene eso que ver con la democracia? ¿Acaso la “democracia” es la causa del 11-M? ¿Acaso es frecuente en las “democracias” occidentales que haya masacres para cambiar gobiernos? En cuanto al zapaterismo y a la discordia que sembró, ese es un error típico de la derecha, llamar causa a lo que es consecuencia. ZP no es el causante del enfrentamiento civil, sino la consecuencia del cainismo político que se ha venido insuflando a los españoles desde la transición, esa etapa que la propaganda oficial identifica con la reconciliación, cuando es exactamente al revés. La misma raíz histórica tienen los escraches, tomas del Congreso, etc.

Tengo muy leído al Padre Mariana, y en concreto, ese tratado. Me resulta curioso que lo cites tú, porque si algo se puede decir de él es que fue un proto-liberal, no precisamente un proto-tradicionalista. En cualquier caso, lo que no puedes pretender es hacer pasar un tratado de filosofía política sobre las virtudes del príncipe y el origen de la soberanía como si fuera un manual de historia que contiene la descripción exacta de lo que era la “monarquía tradicional” en España a finales del siglo XVI. Debes distinguir lo que es la “sana doctrina monárquica”, de la realidad política e histórica de una monarquía concreta. Y en nuestro caso, la realidad histórica no se parece en nada a las loables pretensiones del Padre Mariana. En la “monarquía tradicional” el rey sólo estaba limitado por esas “prendas” allí donde había fueros e instituciones muy celosas de sus privilegios, que el rey respetaba escrupulosamente, librándoles de la penosa tarea de pagar impuestos. Pero no así en Castilla, donde gobernaba autoritariamente, con unas Cortes completamente sometidas, que permitían a los monarcas depredar la riqueza castellana hasta terminar convirtiéndola en un erial. Por eso, la llegada de Felipe V y los Decretos de Nueva Planta (que acabaron con eso que tú llamas “monarquía tradicional”, salvo en Navarra y Vascongadas) fue una bendición, un acto de justicia entre los distintos territorios de España, pues ya no sería Castilla sola quien costease el imperio a costa de arruinarse. Y yo no tengo aversión hacia los Borbones, los tres primeros fueron muy beneficiosos para España, son Carlos IV y siguientes a quienes tengo por traidores a España.

2º También es curioso que después de citar al Padre Mariana, vengas a echar pestes de las Cortes de Cádiz, pues la filosofía de ese insigne jesuita estuvo olvidada durante dos siglos, hasta que las por ti tan odiadas Cortes de Cádiz, rescataron su doctrina sobre la soberanía popular, que venía como un guante al momento histórico. Dices “aun no la hemos resuelto ni lleva visos de resolverse como puedes ver si contemplas a Cataluña o a las Provincias Vascongadas”. O sea, que como en 1812 nuestra primera Constitución proclamó que el sujeto de soberanía es la Nación Española, la consecuencia es que, 200 años después Cataluña y Vascongadas están a punto de separarse. Non sequitur. El nacionalismo antiespañol no aparece hasta el último cuarto del XIX, y sólo a partir del desastre del 98 empieza a ser algo mínimamente significativo, con todo, jamás es una ideología de masas capaz de poner en peligro la unidad de España hasta la II República, y sobre todo, hasta la monarquía juancarlista, que es cuando el separatismo se convierte en hegemónico, no sólo en esas dos regiones, sino que se extiende al resto de España y consigue una influencia decisiva en Madrid. ¿Me quieres decir que todo eso es culpa de las Cortes de Cádiz, que manifiestan sus “perversos efectos” con entre un siglo y dos de retraso? ¿O que eso es consecuencia de un principio de soberanía que ha sido adoptado por casi todos los países europeos? Francia, cuna de la doctrina de la soberanía nacional, también tiene vascos y catalanes (además de corsos, bretones, aquitanos, normandos, etc.) y sin embargo, no tiene ningún problema de unidad nacional, que es incuestionada. ¿Por qué? Porque la Revolución Francesa arrasó con los privilegios locales, y “hechos diferenciales” de los “pueblos” de Francia, eliminando hasta el mapa regional histórico. En cambio, España fue extremadamente respetuosa con ellos, y el resultado salta a la vista.

La Constitución de 1812 se puede ver como una “actualización” de las leyes históricas de España (así la entendió Martínez Marina) o como una ruptura de las mismas. Pues bien, si es esto último, y yo así lo creo, no es motivo para descalificarla. Una Constitución es algo que España no había tenido jamás y por definición no se podía redactar “con arreglo a nuestras leyes y costumbres”. Respetar algo tan vaporoso y discutible en su contenido como “las leyes tradicionales” era algo además imposible en un momento histórico como ese. Es curioso, para ti el ajusticiamiento de Luis XVI tres lustros antes justifica las humillantes y viles Abdicaciones de Bayona, en cambio, la invasión napoleónica y el confinamiento de los diputados en la Isla de León no justifica que osaran hacer una Constitución en contra de las “leyes y costumbres”.

Dices que mi idea sobre la evidente afinidad entre carlismo y separatismo es grotesca, pero a continuación sostienes que la única forma de mantener la unidad de España es la monarquía carlista adaptada a los tiempos, y que la mejor prueba de ello es que hace meses tuviste «la grata sorpresa de ver a Artur Mas expresando algo parecido cuando ya había montado la gresca del referéndum (…) que Cataluña podría seguir siendo una monarquía porque “el Príncipe Felipe es también Príncipe de Girona”». Es curioso, ese mismo hecho para mí es una demostración del carácter antinacional de la monarquía juancarlista, para ti demuestra que solo la monarquía puede mantener la unidad de España. En realidad lo que sucede es que todo este tiempo tú y yo hemos estado hablando de cosas radicalmente distintas cuando utilizamos la expresión “unidad de España”. Para ti, la “unidad de España” consiste en que nuestra nación se fracture en múltiples estaditos (pretendiendo que sean continuadores de los difuntos reinos medievales) ajenos entre sí, y que lo único que tengan en común es el nexo simbólico de la corona. Es decir, para ti, la “unidad de España” empieza y termina en la persona del rey. Por el contrario, la unidad de España para mí consiste una unidad política, jurídica y social de todos los españoles. Unidad política, porque España es un único Estado, una única nación, un único pueblo soberano y una única ciudadanía, unidad que existe y se mantiene al margen de cualquier régimen político; unidad jurídica, que se concreta en la igualdad de derechos y deberes de todos los españoles, regidos por las mismas leyes y las mismas instituciones; y unidad social, que se consiste en la cohesión nacional y en la solidaridad entre españoles.

Eso y no otra cosa es la unidad nacional. Y ni yo, ni la mayoría de los españoles de este siglo estamos dispuestos a admitir que la unidad de España consista en que el rey de lo que quede de España sea también jefe de Estado de una Cataluña independiente. Un pueblo digno no puede tolerar esa situación. Si España se desmiembra, con toda lógica, el rey tendrá que marcharse inmediatamente al exilio, porque no puede pretender seguir diciendo que él es el “símbolo de la unidad y permanencia del Estado”, cuando esa unidad ya ha desaparecido. Y desde luego, mucho menos aún, puede pretender ser rey de los distintos Estados en que se haya dividido España. Si consigue ser monarca de una Cataluña independiente, lo que desde luego no podrá aspirar es a seguir siendo rey de lo que quede de España. El pueblo español todavía tiene algo de dignidad y jamás toleraría semejante afrenta, que tú tanto aplaudes.

3º Insisto, si son ciertas todas las encuestas y casi media España es republicana, eso quiere decir que la identificación de república con la II República ya no es mayoritaria, sino que sólo se mantiene entre la derecha reaccionaria y entre la izquierda totalitaria, ambos, sectores minoritarios de la sociedad española.

La República solo podrá ser lo que quieran los españoles, y no lo que quieran los oligarcas del régimen del 78, y menos aún la facción separatista que no suma ni el 10% de los votos. Y resulta que, según las encuestas, hay ya una mayoría de los españoles que quieren dar marcha atrás al Estado autonómico o suprimirlo directamente. Si la Cadena SER llega a reconocer estos porcentajes, no hay que tener mucha imaginación para deducir que en realidad el porcentaje de españoles hastiados del Estado autonómico es mucho mayor. En España no sólo es posible la república unitaria, sino que no es posible la un Estado federal. Como ya recordaron Ortega y Unamuno durante la II República, “federar significa unir lo que está separado”, para poder federar primero tiene que haber varios Estados independientes que pacten unirse. En España hay un único Estado, para poder convertirlo en federal habría que romperlo en mil pedazos y después intentar pegar sus trozos, que es lo que hicieron los federalistas en la I República (lo de romper en mil pedazos España, volverla a pegar es lo que hicieron los unitarios).

El caso lamentable de la II República no se puede poner como ejemplo de lo que sucedería si quitásemos al rey. Aquel era un régimen muy excepcional en unas circunstancias históricas muy excepcionales y con una clase política que desde luego no se volverá a repetir, empezando porque hoy el partido principal de la izquierda no considera que la república sea una parada técnica para llegar a la dictadura del proletariado, ni estamos viviendo el ascenso de los totalitarismos en Europa, ni el pueblo español está ideológicamente polarizado… Sea lo que sea la 3ª República, lo que es seguro es que no se parecerá a la 2ª, porque las circunstancias actuales son radicalmente distintas a las de los años 30.

Es evidente que Emilio Castelar hilvana bien el discurso y sus argumentos no son en absoluto desdeñables, si bien en ellos tiende a prescindir del debate teórico para centrar su atención en los defectos, supuestos o reales, de algunos reyes. Continué, pues, respondiéndole:

Evidentemente, tanto tú como yo estamos hablando de las cosas como deberían ser y no de como son. Es claro que en la monarquía española, con seiscientos años de existencia, tiene que haber habido episodios lamentables y rechazables. Tú te cebas en la dinastía cristina de los últimos doscientos años que, ciertamente, nos ha brindado episodios muy penosos, y en la figura de don Fernando VII que es algo así como el pim pam pum de tirios y troyanos, prescindiendo del hecho de que a esta dinastía (que, dicho sea de paso, tampoco cuenta con mis simpatías) le tocó lidiar con la revolución. Y cuando digo revolución no entiendas, por favor, el lapso de dieciséis años que median entre el asesinato de Luis XVI y los sucesos de Aranjuez (a ellos me refería, disculpa si dije Bayona) sino al proceso que comienza la Ilustración en terreno de las ideas, lo desencadena la Revolución francesa y continúa hasta nuestros días. En resumen, un proceso que, imbuido de la creencia de que la religión católica y le monarquía tradicional aherrojaban al ser humano, eliminándolas, se iba a construir un mundo mejor en el que todos íbamos a ser más felices. Es indudable que esta revolución, acompañada de la científica y tecnológica, nos ha dado un gran bienestar material como no ha conocido la nunca la Humanidad. Mi pregunta es si realmente esto ha conseguido una humanidad más feliz.

Mi tesis es que no y que, sin renunciar a lo bueno que esta revolución haya aportado al ser humano, abominar de lo bueno que tiene lo antiguo, de lo mucho de bueno que tiene nuestro pasado, es un error garrafal. Primero porque tenía muchas cosas buenas en el ámbito de lo moral, de lo político, de lo filosófico, cosas que hoy, o hemos olvidado o las miramos con sorna como antiguallas. Y segundo porque, con todo lo bueno y lo malo que haya tenido, es nuestro pasado y abominar de él o, simplemente, querer cambiarlo en lo que no hay más necesidad que, por ejemplo, tu construcción hipotética de una república seráfica, es matar nuestro espíritu. Al menos, matarlo en gran parte. En grandísima parte.

Así, la monarquía, independientemente de las razones filosóficas que haya y las hay para preferirla como mejor sistema de gobierno, en el caso de España es innegable que tiene un arraigo de mil quinientos años, si me permites que empiece a contar desde la visigoda. Es, pues, un patrimonio nuestro: de todos los españoles y renunciar a ella me parece una desidia y una auténtica pena.

Esto lo entendieron muy bien los ingleses en su revolición. La lástima es que España tomara como modelo de la suya a la Revolución francesa en vez de a la inglesa.

No entraré a discutir los muchos datos que presentas con respecto a los Borbones desde Carlos IV por dos motivos. 1. Porque tienes razón en bastantes de ellos (no en todos) y, 2. Porque lo que estoy discutiendo es la teoría: la preferencia teórica de uno u otro sistema de gobierno. Por esta razón yo no he utilizado como argumentos los muchos que podía haber utilizado refiriéndome a las dos únicas repúblicas españolas existentes hasta la fecha.

Yo no sé si existe la verdadera democracia o si esta degenera, inevitablemente, en partitocracia más o menos nefasta en función del genio particular de cada nación. Quizá en la esfera de las ideas exista y quizá en unos, muy pocos países EEUU funcione medianamente bien, pero esto de decir que “un cambio de régimen implica una renovación total de la clase política” me parece de una candidez conmovedora. Por dos motivos: 1. Porque no siempre es así (vide II República) y, 2. Porque me parece muy cándido distinguir entre clase dirigente y pueblo en general del que ella nace. No sé: tendrías que explicarme de donde te vas a sacar ese elenco de padres de la patria buenos y benéficos y donde vas a meter a los actuales. Mira: si me garantizaras que en una hipotética República no iba a haber Zapateros, Bibianas Aído, Marías Teresas F. de la Vega, etc, a lo mejor hasta yo mismo me hacía republicano. Pero comprende, amigo mío, que esto es confundir el deseo con la realidad de las cosas. Es claro que es muy fácil imaginar un sistema perfecto. Enfrentarlo a la realidad es otra cosa.

Te puse el ejemplo de Zapatero como muestra del desgaste inútil y miserable de las energías de la nación en beneficio partidista. Sin echarle toda la culpa a Zapatero, el ejemplo me parece de libro y me da lo mismo que sea causa o consecuencia. Es ejemplo de cómo una nación dilapida sus mayores energías en beneficio de la lucha de partidos.

Como llevo diciéndote hasta la saciedad, no confundo el fundamento filosófico de la Monarquía con su realidad histórica. Lo que te digo es que este fundamento filosófico me hace preferirla como mejor forma de gobierno, en general y, añadidas las razones anteriores, para España en particular. ¿Tendré que repetirte una vez más que admito los errores que los monarcas hayan tenido a lo largo de la historia? Si Mariana escribió ese tratado es, precisamente, por eso: para advertir al príncipe de esos errores y de lo que debe de ser realmente la Monarquía.

Cortes las hubo en todos los reinos españoles, incluido Castilla, si bien es cierto que languidecieron durante los últimos reinados de los Austria. A estas Cortes acudían los reyes a pedir dinero a las ciudades que tenían voto en ellas y ellas se lo daban o no se lo daban. Me gustaría que me pusieras un ejemplo de “depredación de la riqueza castellana” por parte del antojo tiránico de algún rey.

Ni odio ni dejo de odiar a las Cortes de Cádiz. Simplemente critico el papanatismo con el que se las contempla en nuestros días. Me aceptarás, espero, que fue un atropello el que unos señores a quienes no había elegido nadie:

«los más de los que se decían representantes de las Provincias habían asistido al Congreso sin poder especial ni general de ellas; por consiguiente, no habían merecido la confianza del Pueblo a cuyo nombre hablaban, pues sólo se formaron en Cádiz unas listas o padrones (no exactos) de los de aquel domicilio y emigrados que casualmente o por premeditación se hallaban en aquel puerto, y según la Provincia a que pertenecían, los fueron sacando para Diputados de Cortes por ellas. En los representantes de América aun hubo mayores defectos, porque hubo Diputados de Provincias sublevadas y rebeldes a la obediencia de V. M., y que sostenían su rebelión, aspirando a la independencia con las noticias que salían de los decretos del Congreso, y sin tener censo de población de las Américas, continuaron siendo Diputados los suplentes (que al pronto se eligieron de los americanos que casualmente existían en Cádiz), aun después de haber venido los apoderados electos por las mismas Provincias ultramarinas». Manifiesto de los Persas.

se dedicaran a redactar una Constitución cuando estaban rodeados por el ejército napoleónico y aislados del resto de la nación. Tu odiado tan fácil de odiar Fernando VII, frente a esto, dirigió desde Bayona un decreto al Consejo Real diciéndole que “era su soberana voluntad que se convocasen las Cortes en el paraje más expedito” (ib).

Extraño “rescate de la soberanía popular”.

Es verdad que entre estas cortes y la aparición de los nacionalismos primero y de los separatismos después, transcurrieron cien y ciento cincuenta años respectivamente. Pero el inicio de la discordia estuvo allí: en Cádiz. Sí: su “efecto perverso se manifestó con ese siglo de retraso”.

La cuestión que me planteas sobre las nacionalidades francesas es enjundiosa, no puedo negarlo. En este sentido vuelvo a mi reflexión anterior con respecto a las bondades y defectos de la revolución política, religiosa, científica y tecnológica: tiene sus defectos y tiene sus virtudes. ¿Qué preferir, un sistema que uniformiza u otro que respeta la diversidad?

Es más cómodo el primero, no te lo niego, pero algo mata en el alma de los pueblos y, en cualquier caso, las cosas son como son y en España las fuerzas centrífugas son muy grandes. Que la dinastía cristina no ha podido contrarrestarlas: cierto. ¿Que la España liberal no ha podido resolver este problema?: cierto también.

Pero tampoco pudieron hacerlo ninguna de las dos repúblicas.

Quizá, pienso yo, el quid de la cuestión radique en lo que vengo diciendo: España es obra de la Monarquía tradicional y de la religión católica. Destruye a éstas y, no digo que destruyas a España, pero lo que obtengas será una España a la que no va a reconocer “ni la madre que la parió” que diría un ilustre pensador contemporáneo. Por cierto, republicano.

Quizá, pienso yo, una monarquía de carácter carlista, adaptada a los tiempos, fuera la solución, si es que esto tiene solución. Te preguntaba en mi anterior misiva qué ha pasado en España para que, en el lapso de doscientos años, el pueblo vasco, que formó guerrillas para liberar a su rey, Fernando VII del secuestro de Bayona, haya llegado a abominar de España hasta el punto de nacer la ETA de él. A este respecto he tenido la satisfacción de encontrar hoy en el Facebook de don Sixto Enrique de Borbón la siguiente noticia que se refiere a la retirada, por parte de la izquierda abertzale, del nombramiento de hijo predilecto de Leiza a don Antonio Lizarza por el hecho de haber sido carlista. Con ese motivo, el concejal don Silvestre Zubitur les dijo a estas bestias:

«¿Cómo pudo ser que un pueblo como Leiza, tan vasco y tan trabajador y popular, fuera durante la mayor parte de la época contemporánea un bastión del carlismo?

»¿Cómo pudo ser que, hasta la aparición del nacionalismo, la inmensa mayoría de los leizarras, sencillos trabajadores y pequeños propietarios, fueran carlistas de corazón dispuestos al sacrificio por defender sus convicciones?

»¿No habrá tenido nada que ver el carlismo en la preservación de la cultura vasca de Leiza?

»¿Aquél viejo carlismo no sería una fuerza de defensa de las libertades populares frente al centralismo liberal invasor?

»¿No habrá tenido el carlismo parte en la formación de una conciencia celosa, por los derechos de la gente, y una intolerante, frente a los abusos?

»Pero no se detienen ahí las preguntas que durante demasiado tiempo se han querido prohibir a los hijos de Leiza y de muchos pueblos vascos:

»¿Cómo podía ser que los carlistas leizarras amaran Euskal-herria como su patria y al mismo tiempo se emocionaran con el ideal de las Españas, sin encontrar contradicción en ello?

»Quizás no hay contradicción ninguna entre Euskal-herria y las Españas

»Pero hay más,

»¿No enseñaban los viejos carlistas a venerar las libertades populares que llamaban fuero y a defenderlas con la misma vida?

»¿No tendremos que preguntarnos qué relación tendrá aquel viejo fuero con el deseo de verdaderas libertades para Euskal-herria?

[…]

»¿Cómo podía ser que aquellos vascos carlistas amaran a Dios sobre todas las cosas y se enorgullecieran de llevar una vida humilde y cristiana, desde la mañana hasta la noche, desde la infancia hasta la muerte?

»¿Quizá no habrá ninguna incompatibilidad entre ser vasco y la religión?

»O más aún, ¿es que no fue el amor a Dios lo principal que custodiaban aquellos vascos, españoles, carlistas y leizarras?

»Dejadme decir que la verdad se defiende sola. Podremos ocultarla, podremos privar a las generaciones actuales de su derecho a conocerla, pero no podremos cambiarla. El carlismo en esta tierra no fue nunca planta trasplantada que necesitara aclimatarse: fue sencillamente el decantarse de una historia milenaria que aunaba amor a Dios, al prójimo, a la justicia y a la propia identidad vasca. Por eso mismo fue siempre integrador: Dios y patria, fueros y rey. Integrar, solidarizarse, vivir en permanente auzolan, sin otra exclusión que la mentira, que el odio y que el rencor.

»Me podréis decir que deliro, que dibujo un panorama idílico e inexistente. No es verdad. La razón de ello es que no hablo de ninguna ideología (y podría extenderme en las mentiras que se han vertido sobre el carlismo, vinculándolo con enemigos históricos, como el fascismo), sino de un pueblo que tan sólo quiere construir su propia vida y defender las tradiciones que le han dado su identidad. Por supuesto, que entre los carlistas hubo de todo, pero no porque eran carlistas. En tanto que carlistas eran hijos del pueblo y de Dios y sus errores personales no ensombrecen ese glorioso empeño común.

»Dejadme deciros una última cosa: vosotros queréis construir una patria con una ideología. Los carlistas nunca tuvimos una ideología, sino una patria que conservar, que merecer, que transmitir. Por eso, vosotros podéis haber visto en los carlistas de ayer y de hoy enemigos que no tienen cabida en vuestra patria soñada. Esa ventaja tenéis sobre nosotros: nosotros, sin embargo, os necesitamos, aunque vosotros creéis que no nos necesitéis, porque para reconstruir la patria, el pueblo, la vida en común no podríamos prescindir de nadie, porque todos estamos llamados a ayudarnos a vivir una vida más digna y más humana. Ésa es nuestra debilidad, pero ésa también es nuestra gloria.

»Mi defensa de un hijo del pueblo no es una defensa personal ni partidista, es una llamada de atención, un recordatorio a unas cuantas preguntas que todavía se acallan».

Sí: tu idea de identificar carlismo y separatismo es, perdóname, grotesca. Antes bien, el separatismo nace tras la desaparición de la Monarquía tradicional y a consecuencia de ello. Lo que se identifica con el carlismo es la libertad de los distintos pueblos de España que la conformaban armónicamente en el seno de esa Monarquía tradicional. Desaparecida ésta, desaparecido ese pacto implícito centenario ¿qué de extraño tiene que haya nacido, primero un nacionalismo hostil hacia todo lo que signifique España y, después, un separatismo que ha llegado, muchas veces, en Vascongadas y en Cataluña, hasta el terrorismo y el asesinato?

Y, esto ¿lo va a resolver una república unitaria, federal, cuasifederal o pluscuamperfectamente federal? Lo dudo. Como dudo de que pueda resolverlo la España liberal, si bien la España liberal monárquica tiene ese último recurso espiritual, litúrgico si quieres, que es la Monarquía y que, si bien no va a convencer a las bestias de Bildu, sí puede hacer alguna mella en los nacionalistas que honestamente lo son porque lo son por amor a su tierra. Así lo insinuó el señor Mas en el vínculo que te mandé y así vino a insinuarlo el lendakari Ibarretxe cuando presentó ante el Parlamento español su proyecto de nuevo estatuto. Todo esto te lo digo sin ignorar lo mucho que tiene y ha tenido de desleal e interesado el comportamiento de estos nacionalismos “moderados”.

Efectivamente, amigo mío: tienes razón cuando dices que tú y yo hablamos de cosas distintas cuando hablamos de la unidad de España. Y también hablan de cosas distintas los nacionalistas y los separatistas y los terroristas cuando hablan de España.

Como hombre instruido que eres conocerás de sobra que el concepto de España es tan apasionante como difícil de aprehender.

Para mí, nace de una singularidad geográfica que reconocen las civilizaciones de la Antigüedad y le dan un nombre que abarca a la diversidad de tribus que describe Estrabón en su II libro de La Geografía. Tribus que vaya usted a saber si reconocían alguna comunión remota entre ellas (seguramente no; seguramente los astures no tenían ni la más remota idea de la existencia de los tartesos) pero, de reconocerla, sería eso: remota. La unidad no era “vista desde dentro” sino “desde fuera”.

A la civilización nos trajo la conquista romana y, desde entonces (y hasta la malhadada introducción de la revolución liberal) España ha sido uno de los bastiones más grandes de esta romanidad primero y, después, de su continuidad en el catolicismo.

Hito fundamental es en esto la Reconquista que no es sino el intento, más o menos consciente, de volver a esa romanidad de la que nos separó la invasión musulmana.

Y esto se hizo con la dirección política de la monarquía y con la dirección espiritual de la Iglesia católica. Renunciar a cualquiera de ellas es desespiritualizar a España, es enervarla, es mixtificarla, es falsearla. Y, si falseamos el concepto de España, por muy buena intención que tengamos al hacerlo, difícilmente vamos a resolver en su raíz los problemas que nos aquejan.

Soy, no obstante, a fuer de carlista, optimista. Me inspiran para ello las palabras de don Carlos VII:

«Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere.

»Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

»Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

»El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

»Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás.

»Dios, que le ha designado para sucederme [don Jaime], le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallará a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española».

Efectivamente: el Rey no muere. Aunque el afán de novedad o la ingenuidad filosófica de algunos os hagan convertir a España en una República, sabed que el Rey no muere y que en las almas de muchos se mantendrán estas ideas sublimes a través de los siglos. Llámalo sebastianismo si quieres pero el hecho es que de los presidentes de la República francesa hoy no se acuerda ni la madre que les trajo al mundo. En cambio, hoy, doscientos y pico años después, los legitimistas franceses rezan cada año por el rey Luis XVI.

Se va haciendo larga esta respuesta. Permíteme que pase de puntillas sobre la encuesta de la Cadena SER. Te molestó, y lo lamento, mi expresión “populacho” al comienzo de este intercambio. Bien, la retiro: demasiadas veces me pierde el exceso verbal. Sólo decirte que con todo lo que está pasando ¿cómo nos va a extrañar que el noble pueblo español, más preocupado por ver como la gente se tira del trampolín que dijo Pedro J ayer en su homilía dominical se fije en ello y, prescindiendo de todas estas reflexiones tan largas, muestre su desapego por la monarquía? Pero esto, amigo mío, se soluciona con dos telediarios. Por eso hablé de “populacho”.

En fin: al atreverme a publicar aquí este largo intercambio de ideas ni quiero ni dejo de querer tener más ni mejor razón que Emilio Castelar. Mi intención al hacerlo no es sino dar algún motivo de reflexión, de meditación, acerca de este asunto más allá de la simplicidad con la que se le contempla a la luz de los hechos históricos concretos de nuestro pasado reciente. Por ello, doy las gracias a Emilio Castelar por haberse  esforzado en hacernos comprender la distancia entre el concepto abstracto de República y la experiencia que de ella tenemos los españoles. Como dijo Prieto desde su destierro mejicano refiriéndose a José Antonio (y vuelvo a citar de memoria porque, con todo lo que llevo escrito esta mañana no me apetece buscar el volumen perdido por alguna estantería): «muchas veces hemos sentido una cercanía espiritual en aquéllos que llamábamos nuestros enemigos y, al revés, muchas veces, también, nos hemos sentido extraños al lado de aquéllos a los que llamábamos aliados nuestros».

Vínculos:

Facebook de Emilio Castelar. Aquí se halla la discusión completa en “tiempo real” que aquí publico sin más modificaciones que las de los errores ortográficos.
Mas ve una Cataluña independiente pero monárquica. vozpopuli.
Un hombre en pie: pensamiento de un carlista de Leiza. El Brigante.
Encuesta de la Cadena SER.
Del rey y de la institución real. Libro primero. Conceptos Esparcidos.
Del rey y de la institución real. Libro segundo. Conceptos Esparcidos.
Manifiesto de los Persas. Conceptos Esparcidos.
En defensa de la  monarquía española. Conceptos Esparcidos.

Anexo:

La opinión de Hans-Herman Hoppe. Libertad Digital. Hans-Herman Hoppe es un economista que se acerca a esta cuestión desde el punto de vista meramente técnico, sin a priorismos ideológicos. Preguntado acerca de que sistema es peor, si la democracia o la monarquía, responde:

Empezaré definiendo el Estado como una institución que tiene máximo poder de decisión y gestiona un territorio de forma monopólica. Las monarquías y la democracia son formas de gestionar ese Estado. Ambas son instituciones peligrosas y, por lo tanto, no hablo de encontrar una buena solución sino de encontrar la menos mala. En ese sentido, detecto una cierta superioridad de las antiguas monarquías en la medida en que el Rey considera el Estado como su propiedad privada. Esto le llevará a pensar más en el largo plazo y a intentar preservar el valor de su capital, de ese Estado que, en cierta medida, es suyo.

En la democracia, el cuidado de esa propiedad por parte de un gobierno es de una legislatura, quizá dos o tres, pero no hablamos de una propiedad que permanece en las manos de los gestores durante toda la vida. Por eso, mientras que el monarca tiende a conservar su capital, el gobernante en democracia se orienta a consumir ese capital mientras ostenta el poder.

Hay otra ventaja de la antigua monarquía sobre la democracia, y es que en el primero de estos dos sistemas se llega al poder "por accidente", pero en el segundo se llega mediante la competencia electoral. La competencia en sí es un mecanismo de eficiencia, no es buena ni mala en sí misma. Si se compite para producir bienes y servicios, esa eficiencia es buena, pero si se compite por hacer algo malo, esa eficiencia es peligrosa. En la democracia, la competencia por el poder de fijar impuestos y de ordenar leyes consigue que lleguen al poder quienes son más eficientes haciendo algo que, en esencia, es malo.

Lo que, creo, viene a ser mi tesis de que la monarquía es preferible a la república democrática porque en ella queda fuera el desgaste de la energía de la nación que entraña la lucha continua por el poder.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 abril, 2013 at 10:01

Del rey y de la institución real. Libro segundo.

leave a comment »


Nota a esta edición:  La presente edición digital está tomada de la que la Biblioteca de Autores Españoles publicó en Madrid, en la Editorial Atlas, en 1950 dentro del título Obras del Padre Juan de Mariana.

Fuera de alguna errata tipográfica evidente, tan sólo he realizado en ella los cambios que señalo o, aun creyéndoles erratas, me he abstenido de hacerlo como igualmente aquí digo:

Pág. 9. Donde dice “cuán pocos se encontrarán” creo que debe decir “cuán pocos se encontrará”. Me he abstenido de modificar el original.
Pág. 23. Donde dice “luchas que habían que procurarles” el original dice “luchas que habían que procurarle”.
Pág. 33. Donde dice “y colmarla” el original dice “y colmarlas”.
Pág. 36. Donde dice “absorbido” el original dice “absorvido”. Ignoro si en el siglo XVI era admisible la ortografía de esta palabra tal como la escribe el padre Mariana.
Pág. 39. Donde dice “prorrata” el original dice “prorata”.
Pág. 45.
Donde dice “en el mundo no había” el original dice “en el mundo no habían”.
Pág. 55. Donde dice “había tampoco” creo que debe decir “había tan poco”. Me he abstenido de modificar el original.
Pág. 57. He respetado la voz “faustuoso” por creer verosímil su uso en el siglo XVI.
Pág. 63. Donde dice “consagrándolo sólo” el original dice “consagrándolos solo”.

Vínculo:
Juan de Mariana. Wikipedia.
Juan de Mariana. Escolásticos.

Volver a Biblioteca.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 febrero, 2013 at 19:21

Carta abierta a S.A.R. el Príncipe de Asturias

leave a comment »


 


Ante el deplorable, lamentable, estado con el que en estos días se nos aparece la dinastía que hoy encarna a la Monarquía española por los errores de muchas de sus personas, y aprovechando el reciente cuadragésimo quinto aniversario del feliz nacimiento del Príncipe de Asturias, me siento en la obligación de dirigirme a él para presentarle públicamente —particularmente ya lo conoce: debe de conocerlo siendo su autor uno de los principales filósofos que han tratado de la Monarquía como mejor forma de gobierno— el tercer capítulo del libro segundo de la obra del padre Juan de Mariana, Del Rey y de la institución real, que se titula De la primera educación del príncipe.

Preparando, como se sabe, la edición digital íntegra de la obra (cuyo primer libro ya está publicado en Conceptos Esparcidos y en Scribd) he venido a dar con este capítulo que creo pintiparado ante las circunstancias presentes. En él podemos leer y parar a reflexionar, tanto su Alteza Real como todos nosotros, acerca del grandísimo peligro que entraña la dejación del príncipe de sus graves responsabilidades. Pero, al mismo tiempo, este mismo capítulo, mostrándonos que los graves hechos que hoy manchan a la Casa Real española ni son nuevos ni carecen de remedio, nos da la esperanza de su regeneración siempre y cuando todos, del Rey abajo —todos—, comprendamos el  verdadero fundamento y justificación de la Monarquía, el supremo valor que tiene para nuestra nación y la esperanza que debe de entrañar para la regeneración de nuestra patria, y siempre que personas que hoy encarnan la Casa que hoy ciñe su corona no se dejen llevar por comportamientos, no ya ilícitos —que esto no hay ni que explicarlo—, sino, ni siquiera, por modas, albures de los tiempos, complacencias con ideologías tan triunfadoras en lo coyuntural como pobres en lo moral e imperecedero, o transigencias con aquello con lo que la mera razón de su existencia no debe de transigir.

Quienes estas reflexiones mías siguen conocen bien mi adscripción a la causa carlista frente a la dinastía cristina. Creo firmemente que la nación española se equivocó al elegir a la dinastía actual frente a la de don Carlos V. Sin embargo, siendo la Historia como ha sido y correspondiendo hoy —en lo legal— la corona de España a don Juan Carlos I y su herencia a S.A.R. el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, pido a éste encarecidamente que vuelva a leer la obra del padre Mariana como le pido que preste alguna atención al nobilísimo comportamiento de sus primos de la rama carlista y, muy en especial, al Testamento Político de S.M.C. don Carlos VII —también publicado en estas páginas—, frente a la transigencia y “espantadas” de la rama a la que él pertenece y frente a su complacencia con los enemigos de la verdadera Monarquía.

Siguiendo la misma eterna línea de pensamiento con la que el padre Mariana nos enseña cuán severa debe de ser la educación del príncipe, don Carlos VII nos dijo:

Gobernar no es transigir,

y, de la misma forma, lo reiteró el General Franco, reinstaurador de la Corona que, con la gracia de Dios, S.A.R. ceñirá en su día:

Las clases llamadas a la noble función de magisterio o de ejemplaridad social, ante la tentación del esnobismo político, de modernismos ideológicos o de la popularidad mal entendida, de la ambición desmedida o del resentimiento, han vuelto la espalda a la única tarea que precisamente justificaba su preeminencia. Débiles morales, prefirieron navegar a favor de la corriente antes que asumir las responsabilidades del siempre duro, arriesgado y difícil ejercicio de la auténtica capitanía.

***

Alteza Real:

he de decir a S.A.R. que la verdadera corrupción no radica en si tal o cual comportamiento de tal o cual miembro de la Familia Real ha hecho esto o lo otro: la verdadera corrupción de la institución que S.A.R. está llamado a encarnar radica en el olvido de estas ideas.

Todo lo demás que está sucediendo en nuestros días, si estas ideas estuvieran gravadas a fuego en nuestras almas, sería condenable, sí, pero no catastrófico pues, como dijo Muñoz Seca:

Nunca ha de faltar un noble
Que robe más de la cuenta.

La verdadera corrupción de la Monarquía nace del abandono que su tatararbuela, doña Isabel II, hizo de la institución y que la transformó en un elemento más, decorativo, del régimen liberal partidista. Régimen seguramente inevitable en los días en los que nos ha tocado vivir pero del que sería de desear que la Monarquía guardara alguna distancia.

Al revés, confundiéndose entusiásticamente con él y ora al grito implícito de “marchemos todos y yo el primero por la senda ‘liberal’”, ora haciendo la ola con un equipo de balonmano para afectar simpatía ante el pueblo ¿qué de extraño tiene que la pequeñez partidista haya llegado a salpicar a la Corona por mucho que su única razón de ser debiera ser que no la salpicaran estas mezquindades partidistas e interesadas?

Los partidos luchan por su interés partidista. Los miembros de los partidos, demasiadas veces, luchan por su interés personal. Confundida la Corona con ellos, olvidada de que es mucho más antigua y mejor que esta forma de gobierno coyuntural; olvidada de que su única razón de ser no es el medro personal de nadie, sino el bien común ¿qué mucho que la corrupción del régimen partidista liberal haya llegado hasta los pies del trono?

***

Hasta aquí la presentación de este escrito.

Leamos ahora, señor, las reflexiones del padre Mariana al respecto:


CAPÍTULO III
 
De la primera educación del príncipe.
 

Hemos hablado ya de lo relativo a la nutrición y primera enseñanza de los hijos. Nada debemos añadir con respecto al que ha de ser un día príncipe, pues las mismas cosas indican que se ha de desplegar el mayor celo para que faltas nacidas de pequeños principios no vengan a resultar en daño general de la república. Está pues colocado el príncipe en la cumbre de las sociedades para que aparezca como una especie de deidad, como un héroe bajado del cielo, superior a la naturaleza de los demás mortales. Para aumentar su majestad y conciliarle el respeto de sus súbditos está casi siempre rodeado de lujo y de aparato, contribuyendo no poco a deslumbrar los ojos del pueblo y a contenerle en el círculo de los deberes sociales, por una parte sus vestidos de púrpura bordados de oro y pedrería, por otra la soberbia estructura de su palacio, por otra el gran número de sus cortesanos y sus guardias. Aprobamos como prudente y racional esta medida; mas creemos que a todo este fausto y pompa ha de añadírseles el esplendor y brillo de todas las virtudes, tales como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, como también el que dan las letras y el cultivo del ingenio, con los cuales se concilia también mucho la veneración de los ciudadanos. Es preciso cultivar con solicitud el campo de que ha de vivir más tarde todo el pueblo, es decir, el ánimo de los príncipes que han de aparecer a nuestros ojos contemplando desde muy alto todas las clases del Estado y mirando sin distinción por todas, por la alta, por la baja, por la media. Es preciso cuidar mucho la cabeza sino se quiere que bajen de ella malos humores y se inficione con ellos lo demás del cuerpo; en la sociedad, como en los individuos, son graves las enfermedades que derivan de tan grave miembro.

Sería a la verdad de desear que aventajase el príncipe a todos sus súbditos, así en las prendas del alma como las del cuerpo, corriendo al par de su elevación sus brillantes cualidades, para que pudiese con ellas granjearse el amor del pueblo, que vale indudablemente más que el miedo. Sería de desear que respirase autoridad su figura, que ya en su semblante y en sus ojos brillase cierta gravedad, mezclada con una singular benevolencia, que fuese de nobles y aventajadas formas, alto y robusto de cuerpo, perspicaz, dispuesto para atar los ánimos de todos con los vínculos de su mismo favor y de su gracia. Pero deseo y fortuna son éstos dados por el cielo más bien que procurados por la prudencia de los hombres, principalmente siendo la monarquía, como es entre nosotros, hereditaria y debiendo tomar por rey al que tal vez fue engendrado infelizmente por sus padres. Contribuiría, sin embargo, a que se evitara este peligro que se escogiesen siempre para mujeres de los príncipes mujeres dotadas de grandes facultades, nobles, hermosas, modestas y en lo posible ricas, mujeres en cuyas costumbres no hubiese nada de vil ni bajo, mujeres en que a su belleza física y a las virtudes de sus antepasados correspondiese la grandeza de sus almas, pues no es de poca monta que reúnan excelentes cualidades las que han de ser madres de hombres destinados a mandar a todos y a procurar la felicidad o la infelicidad de todos y de cada uno de los ciudadanos. Mucho puede adelantarse, por otra parte, si se hace todo lo posible para que aumenten las virtudes dadas por la naturaleza, se disminuyan los vicios existentes, y se ilustre y adorne la vida del futuro príncipe. Síganse los avisos de la naturaleza que dio dos pechos a las reinas como a las demás mujeres y se los llena en los días próximos al parto para que los hijos sustentados con la leche de sus madres salgan mejores y mucho más robustos. Mas, puesto que creció ya tanto en nosotros el amor a los deleites, que apenas hay mujer de mediana fortuna que quiera tomarse el trabajo de alimentar a sus hijos, hemos de alcanzar cuando menos que se tomen todas las precauciones posibles al elegir las nodrizas y no se las tome para favorecer la ambición de nadie, como en el siglo pasado sucedió en Portugal, donde se confió la nutrición y la educación de un príncipe a la querida de un obispo que gozaba de mucha influencia en aquel reino: torpeza grave y lastimosa, llevada a cabo por los esfuerzos del prelado y la infame condescendencia de los que podían evitarlo. Cuál fuese el resultado, no hay para qué referirlo; baste decir que excedió las mayores esperanzas. Nos da vergüenza hasta publicar los nombres de los que intervinieron en tan fatal negocio. En nuestros tiempos ha corrido la voz, no sé si verdadera o falsamente, que otro príncipe en quien estaban puestas las esperanzas de un reino vastísimo padeció en sus primeros años, por causa de su nodriza, contagiada de malísimos humores, de grandes y deformes llagas: incuria a la verdad vergonzosa y detestable, si no hubiese muchas cosas que no pueden ser previstas por los hombres.

Procúrese, como es consiguiente, que no se escape nunca de la boca de la nodriza una sola palabra obscena ni lasciva, a fin de que por quedar impresa eternamente en el ánimo del niño, no se destruya desde un principio su pudor, cosa que no hay para qué decir si sería o no perniciosa. Por este medio se extingue todo el amor a la dignidad y a la honestidad, se sueltan los frenos al placer, se corrompen para toda la vida las costumbres. Procúrese además que, a medida que vaya el príncipe creciendo, reciba los preceptos con que pueda llegar a ser un gran rey, y la fuerza de su autoridad corresponda a la grandeza de su imperio. Elíjase entre todos los ciudadanos un buen ayo, un maestro notable por su prudencia, y famoso por su erudición y por virtudes, con que pueda el príncipe llegar a aparecer perfecto. Esté sobre todo exento éste de todo vicio para que con el frecuente roce no se trasmitan sus deseos al alumno y le queden para toda la vida, como sucedió con Alejandro, rey de Macedonia, cuyos vicios que había recibido de su profesor Leónides, no se pudieron extinguir ni curar en sus más gloriosos días.

Mas no basta un solo maestro, se dirá tal vez; en muchas cosas ha de entender el príncipe que no será fácil que aprenda si no se le enseña en los primeros años de la infancia. Ha de administrar justicia al pueblo, nombrar magistrados, resolver negocios de paz y de guerra, hablar y juzgar de muchas cosas que a cada paso ocurren en la gobernación de un reino. No es común que uno solo sobresalga en todas las ciencias de donde se han de tomar tan diversos conocimientos; y es a la verdad muy poco para un maestro del príncipe haberlas sólo tocado por la superficie y permanecer en una humilde medianía. Enseñará los elementos de cada arte el que fuere más profundo en ella; lo que sucede en la enseñanza de la lengua latina sucede en la de las demás artes liberales.

Mas, teniendo ya por base la latinidad y conociendo algún tanto las ciencias que se rozan con este estudio, ¿qué puede impedir al príncipe que oiga varones entendidos para administrar los negocios de la paz y de la guerra? Por instruido que esté, por grande que sea su ingenio, necesitará siempre de las luces de estos hombres, y será hasta saludable que use de consejo ajeno. No nos disgusta, sin embargo, la institución de los persas que confiaban a cuatro varones principales la instrucción del príncipe para que cada cual le enseñase con acierto el arte en que más se aventajase; el primero le instruyese en la literatura, el segundo en las leyes patrias, el tercero en las ceremonias y ritos religiosos, el cuarto en el arte de la guerra, en que tanto descansa la fuerza y la salud de la república. Entre nosotros, el padre suele designar para la educación del príncipe dos de sus mejores grandes, los más señalados por su honradez y por su prudencia, uno para la enseñanza, tan grave ya por su edad como por la fama de sus conocimientos, otro para que modere y temple las acciones del alumno, varón que no ha de desconocer lo que exigen las costumbres. Mas ¿qué importa el número con tal que entiendan esos preceptores que es gravísimo y principal el cargo que les han confiado y estén bien convencidos de que para llenarlo debidamente han de trabajar de día y noche? Cuentan que Policleto, un escultor de fama, publicó un libro sobre su arte, a que dio el título de Canon, es decir, de regla; que en este libro explicó con mucha detención todo lo que ha de observarse en hacer una estatua, cuál debe ser la figura de cada una de sus partes, cuál la actitud y la postura; y que al mismo tiempo expuso al público una obra suya, que llamó también Canon por haber seguido en ella escrupulosamente todos los preceptos que tenía dados. Quisiera yo que siguiesen esta costumbre los preceptores de los príncipes, que ya que no se aventajasen mucho en escribir el libro, procurasen con los actos de su vida fijar en el ánimo de su alumno para irle formando todas las reglas de la virtud y del saber que nos han sido dadas por los grandes filósofos. Deben, ante todo, para que sea acertada la educación, alejar del palacio todo ejemplo de perversidad y de torpeza, cerrar puertas y echar cerrojos a todo género de vicios. No permitan que estén con el príncipe jóvenes sin pudor y sin vergüenza, para que la imagen de la liviandad no corrompa y destruya en un momento con el dañado soplo de su boca las virtudes arraigadas ya de mucho tiempo en su ánimo. Solicitan aquellos de una manera infame los honores y las riquezas; son aduladores, vanos, enemigos de la salud pública, contra la cual están sin cesar tendiendo asechanzas, y los hay por desgracia en gran número alentados por la excesiva prosperidad de muchos. ¿Cuántas fortunas, cuántos señoríos no vemos creados y fundados por hombres que, dejando a un lado todo pudor, se prestaron en distintas épocas a ser instrumentos de las maldades de los príncipes? No deberían sus nombres pasar siquiera a la posteridad; debería obligarse a sus descendientes y cognados a que los trocaran por otros más honrosos. Muchas veces, sin embargo, han caído también esos hombres y sido derribados en muy breve tiempo a la última miseria. Llega día en que el rey o se arrepiente de tenerles a su lado, o se sacia ya de verles; mengua entonces el favor, y se convierte al fin en odio, pues aquel empieza a mirarles como censores importunos, el pueblo como corruptores y malvados.

Procuren luego cultivar el ánimo del príncipe con verdaderas virtudes e instruirle, si es posible, con blandas palabras, que es el mejor sistema de enseñanza, con severidad, si es necesario. Repréndanle, y si no bastare la reprensión, castíguenle, no sea que por la indulgencia de sus preceptores se deprave su buena índole o se robustezcan en él los vicios naturales. Al león, animal fiero y cruel, ni se le ha de gobernar con continuos golpes ni halagar con frecuentes caricias; es preciso mezclar a las amenazas los halagos para que se amanse, procurar que ni con los golpes se encrudezca su fiereza ni se ensoberbezca con las caricias, cosas todas que han de hacerle de todo punto intratable. Examínese atentamente el carácter del príncipe, obsérvese qué cosas más le aguijonean y le mueven, y empléense siempre las que hayan de surtir mejor efecto. Si no le mueven las palabras y sí el freno, si necesita para andar de que se le apliquen las espuelas, apélese a estos medios: combátasele la cortedad si es demasiado corto, cúresele de su impudencia si impudente, y diríjanse siempre dondequiera que puedan contrariar sus vicios. Amonéstenle, mándenle, repréndanle, castíguenle de vez en cuando, resistan a sus inmoderados deseos, esmérense, por fin, en que no salga ni insolente ni tenaz, cualidades de que podrían ocasionarse graves perjuicios, así para él como para sus mismos súbditos. El gran Teodosio llamó a Roma a Arsenio para que se encargara de instruir a sus hijos, y le dijo terminantemente que les castigase siempre que lo creyese oportuno y no tolerase nunca la menor falta de sus hijos. ¡Varón grande y digno de gobernar el mundo! En todas las épocas encontramos profesores de príncipes que han adoptado un sistema contrario, ya por temor de exacerbarles, ya por el deseo de granjearse su amor con una injusta y fatal condescendencia. En Roma sucedió con Séneca, a pesar de ser un gran filósofo; en Castilla con Alonso de Alburquerque, que por haber sido profesor de Pedro el Cruel, puede quizás ser acusado de haber aumentado con una mala educación los vicios que había dado a éste la naturaleza, vicios a que sin duda se añadieron después otros. La prueba de la falta de entrambos está en que fue cada cual el privado de su respectivo príncipe, y tuvo gran mano en todos los negocios, y acumuló riquezas inmensas, no sin excitar la envidia y la maledicencia de los demás que sospechaban que con perjuicio del pueblo, y solo condescendiendo habían alcanzado aquella gran fortuna; mal ciertamente grave, no sólo para el Estado, sino también para sus autores, pues las riquezas recogidas del crimen no suelen ser ni duraderas ni propias. Séneca murió a manos de Nerón, y este fue el pago que obtuvo de sus lecciones, pago impío y cruel, ¿quién lo niega? pero tal vez debido a la débil educación que dio a su alumno y a que el favor adquirido por este medio tuvo que trocarse al fin en odio. Alonso de Alburquerque se vio obligado a huir para salvar la vida, no siendo más feliz que el otro sino en que cuando menos murió en el mismo momento en que estaba preparándose a la venganza con las armas en la mano y el apoyo de otros próceres del reino, y no fue enterrado como había prevenido en su testamento, sino después de haber sido preso el Rey en la ciudad de Toro por el esfuerzo y la solicitud de sus ardientes partidarios. Ya que tenía parte de culpa en el mal, no quiso descansar en su sepulcro sin que antes se hubiese impedido a Pedro el Cruel que siguiera causando tan terribles daños.

Enséñesele al fin a no hacerse esclavo de la liviandad, de la avaricia ni de la fiereza, a no despreciar las leyes, a no imponer con el terror a sus súbditos, a no considerar como fruto natural del gobierno los placeres, a guardarse del estupro y del incesto, que podrán servir para él, pero que serán para los demás motivo de horror y de vergüenza. Amonéstesele a que siga todas las virtudes dignas de un rey; explíquesele en qué consiste ser príncipe y en qué consisten sus deberes. El rey pues, si es verdaderamente digno de este nombre, obedece a las leyes divinas, toma por guía la razón, hace igual para todos el derecho, reprime la liviandad, aborrece la maldad y el fraude, mide por la utilidad pública y no por sus antojos el poder que ha recibido, se esfuerza en aventajar a todos por su honradez y sus costumbres a proporción de lo que es mayor en autoridad y riqueza, no retrocede ante ningún peligro, no perdona medio para salvar la patria, es fuerte e impetuoso en la guerra, templado en la paz; no siente latir el corazón sino por la felicidad de los pueblos, a los cuales procura sin cesar todo género de bienes. Amparado así por la gracia de Dios, ensalzado universalmente por sus virtudes, se granjea la voluntad de todos, y viene a ser un cabal modelo de la majestad antigua, no pareciendo sino que es un hombre bajado del cielo para gobernar la tierra. Con ese amor y esa fama adquiridos entre sus mismos súbditos asegurará mucho más su imperio que con la fuerza y con las armas; lo hará fausto para sus ciudadanos y eterno para sus descendientes, lo dejará fuerte contra todo embate exterior, procurará que no puedan con él ni el fraude ni las asechanzas de los próceres del reino. Esto es lo que se nos ha ocurrido decir sobre la educación del rey en general; vamos ahora a examinarla en cada una de sus partes.

***

Imbuido S.A.R. de la concepción de la Monarquía en estos términos, únicos en los que puede concebirse, y conocidas tanto las dotes personales de S.A.R. como su educación, la esperanza del renacimiento y regeneración de la verdadera Monarquía española, adaptada a los tiempos sin melindres ni dejaciones en lo fundamental, es más que plausible. Sin ellas, tal Monarquía no será sino “cáscara vacía a la que ni un pelotón de alabarderos se aprestará a defender”.

Besa las manos de S.A.R.

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 de enero de 2013, festividad de san Juan Bosco

Vínculos:

Del Rey y de la institución Real. Libro primero. Juan de Mariana. Conceptos esparcidos.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 enero, 2013 at 13:08

En defensa de la monarquía española

leave a comment »


En defensa de la monarquía española 

 

Señor: era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligasen a ser más fieles a su sucesor.

 

Propiamente hablando yo nunca me he sentido liberal en lo político. Mi cariño hacia la Historia nació al arrullo de muchas lecturas pero, en mi convencimiento de lo que es España y de lo que ella significa, figura como insigne director espiritual don Marcelino Menéndez Pelayo.

Nunca me he sentido, pues, liberal en lo político ni, nunca, he de decirlo con claridad al empezar este texto, me ha gustado la Constitución del 78.

No obstante lo anterior la he  acatado (como se dice ahora) y me siento tan defensor de ella como cualquiera de los pocos que, de manera heroica, van quedando. Y ello por varios motivos:

En primer lugar porque hoy no es concebible en el mundo occidental otro orden político que no sea la democracia liberal.

En segundo lugar porque esta Constitución significó, en el momento de su aparición y hasta la llegada de Zapatero al poder una reconciliación entre los españoles y una base para la convivencia de personas y banderías políticas de muy distintas ideologías.

Y, en tercer lugar, porque los fascistas, digan lo que digan, somos bastante más demócratas que los rojos y, aunque no nos gusten, aceptamos las reglas del juego democrático.

Disiento de la Constitución en tres puntos:

El primero es el que hace referencia al papel de la Monarquía en el Estado español. Ya sé que en nuestro tiempo las palabras no significan lo que dice el diccionario pero esto de llamar Monarquía que, propiamente hablando, es el gobierno de uno sobre todos los demás, a un régimen donde todos pueden gobernar excepto el monarca, me ha parecido siempre un sinsentido.

El segundo, claro es, es el que hace referencia a la partición de España en comunidades autónomas y no porque disienta de ello en abstracto sino porque, desde el principio intuíamos a lo que eso nos iba a conducir, intuición que hoy, año 2007, vemos sobradamente justificada.

El tercero es la tibieza con la que la Constitución trata a la religión católica pues, en la práctica, la viene a considerar una religión más desconociendo la Constitución lo que ha significado esta religión en la esencia de la idea de España y desconociendo, también, que, siendo la religión algo fundamental en la cultura de cualquier pueblo, su destrucción mata a la cultura de ese pueblo. La Constitución, pues, a mi modo de ver, debería de haber afirmado que la religión católica es la religión oficial del Estado español, independientemente del respeto a las ideas religiosas de los individuos.

Así pues, sin ser la Constitución española del 78 algo que me entusiasme ni que colme el deseo del ordenamiento político que yo quisiera para mi patria, ni a mí, con todas estas rarezas mías antediluvianas, ni a nadie que estuviera en su sano juicio, se le habría ocurrido hace apenas tres años que personas como yo, ni especialmente afectas a la Constitución, ni entendidas en materia jurídica ni constitucional, íbamos a vernos en la necesidad moral de escribir, hoy, unas pobres líneas en su defensa y, quién sabe, tal como están las cosas, en el trance penoso de vernos, mañana o pasado mañana, colgados de un pino por los mismos que en estos mismos momentos no se cortan ni un pelo en quemar ejemplares de ella o en hacer mascaradas en las que queman la efigie del Rey y de la Reina y que, precisamente, son los mismos que colocan amenazadores pasquines en los que se figura la efigie de un ciudadano con un tiro en mitad de la frente. Ciudadano éste que lo único que ha hecho es pensar de manera distinta a la de estas bestias y tener el valor (porque en la España de hoy hay que tener valor para decir que uno piensa de manera distinta a como piensa la izquierda) de expresar públicamente ese pensamiento.

No pretendo aquí hacer una defensa pormenorizada de la Constitución. Por un lado, sería labor demasiado extensa. Por otro, sería repetir obviedades para cualquier persona con sentido común y, al mismo tiempo, hablar a la pared de enfrente para los que ya están, francamente, en la labor de cargársela. Por un tercer lado, y gracias a Dios, aun permanecen bastantes voces y bastantes plumas mucho más autorizadas y brillantes que las mías que, desde el lado del liberalismo (he de confesarlo) están haciendo el esfuerzo titánico diario de dicha defensa.

Sí quiero, sin embargo, y ése es el propósito del presente escrito, hacer una reflexión sobre el Rey y la Monarquía porque, a mi modo de ver, la defensa que se está haciendo de esta institución es equivocada, aún la que recientemente ha hecho el mismo Rey.

Defender la Monarquía apelando a que, coyunturalmente, los últimos treinta años, que los hemos vivido bajo ese régimen, han sido los más prósperos de nuestra historia, ni es entender lo que es la Monarquía ni es un argumento convincente.

¿Que sucede? ¿Que, si en los siguientes treinta años, esa prosperidad se va a hacer gárgaras la Monarquía ya no nos va a valer? ¿Ha de ser ése el argumento que justifica su existencia?

No. Es verdad que los pensadores que han filosofado sobre el poder, sobre su origen y sobre su legitimidad, han hecho mucho hincapié en que la finalidad de éste es la felicidad de los gobernados. Se entiende: el mayor grado de felicidad posible. Por eso, en nuestra monarquía tradicional, nuestros reyes, en la época borbónica, se dirigían en sus exhortaciones a sus entonces vasallos con expresiones como la que podemos ver, por ejemplo, en la renuncia al trono de Carlos iv:

“He tenido a bien dar a mis amados vasallos la última prueba de mi paternal amor. Su felicidad, la tranquilidad, prosperidad, conservación e integridad de los dominios que la Divina Providencia tenía puestos bajo mi gobierno han sido durante mi reinado los únicos objetos de mis constantes desvelos…”

A nuestros oídos modernos, estas palabras del Rey pueden sonar falsas y melodramáticas. Pero no es así. El Rey, en este ejemplo (los hay infinitos) está expresando, con el lenguaje de la época, ésta finalidad del poder: la felicidad de los gobernados. Cita, como vemos, la prosperidad como uno de los elementos para alcanzar ese fin pero es evidente que esa prosperidad material no puede, por sí sola justificarlo. Es el error moderno de confundir felicidad con bienestar material.

Se equivoca, pues, don Juan Carlos I cuando apela a la prosperidad económica como justificación de su reinado.

La justificación de la Monarquía tiene mayor calado:

La Monarquía, hablando en términos generales e históricos, se justifica en el hecho de que, al estar clarísimamente establecido, por el orden sucesorio en ella, quien ocupa el poder en cada momento los gobernados se evitan los males que ocasiona la lucha por el poder, males que, en tiempos más rudos que los nuestros conllevaban guerras, asesinatos, hambre y desolación y que, en los nuestros, incluso, en los países de mayor tradición democrática, dígase la Gran Bretaña, díganse los Estados Unidos conllevan la anteposición de los intereses de partido a los intereses generales: lo estamos viendo ante nuestras mismas narices y de ello el PSOE es ejemplo elevado al cubo: la utilización miserable del 11-M y toda la perturbación que ha traído la legislatura Zapatero ¿qué son sino anteposición del interés socialista al interés general?

Así pues, siendo impensable en el mundo moderno una Monarquía tradicional, la institución no deja de justificarse en el sentido de que, gracias a ella, la suprema representación del poder queda libre de luchas mezquinas e intereses partidistas que, de esta forma, quedan (es inevitable) reservados para el brazo legislativo de ese poder y, en menor o mayor medida (mucha medida, en el caso Zapatero) para el ejecutivo.

Siguiendo esta línea de pensamiento podemos responder con contundencia a los que critican al régimen monárquico diciendo “que no es democrático porque al Rey no lo elije nadie.” Pues, precisamente por eso es bueno que haya Rey, porque para espectáculos nauseabundos como el que estamos viendo en España en estos últimos años ya tenemos bastante con las elecciones legislativas y autonómicas.

Por otro lado (y esto es algo que ya he expresado otras veces) la España que conocemos, la España que resulta del matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón y de la consumación de la Reconquista es un ente político y espiritual que construyeron dos instituciones: una, la Monarquía tradicional; otra, la religión católica. Si nos cargamos a cualquiera de ellas, la España que conocemos deja de existir.

Hace ya bastantes años, hablando del problema vasco con un colega mío, hombre de derechas que se me mostraba satisfecho por esa reconciliación de los españoles que significó la Constitución del 78 y que me señalaba como anécdota significativa el hecho de que un familiar suyo que, habiendo ocupado no recuerdo qué puesto en el régimen del general Franco, cuando coincidía en el AVE con Alfonso Guerra confraternizaba con él de manera campechana, yo le respondí: “Desengáñate, José Ramón, ante la reivindicación de soberanía de los catalanes y de los vascos, la España liberal no tiene argumentos que oponer.”

Sigo diciendo lo mismo: si hemos abandonado el principio filosófico de que el poder deriva de Dios y creemos hoy que el poder nace de la voluntad popular, la España liberal no tiene argumento sólido que oponer, en lo estrictamente filosófico, a la reivindicación de soberanía de ninguno de los pueblos que la conforman. Si los catalanes nos dicen que ellos, para expresar su voluntad y gobernarse no tienen que pasar por Madrid no tenemos argumento filosófico que contraponer.

En este sentido, el único cemento de unión que puede mantener unidos a los pueblos de España es la Monarquía en lo político y la religión católica en lo espiritual.

El liberalismo moderado de los últimos doscientos años, dándose cuenta de ello, ha intentado conciliar el encaje de estas dos instituciones en la modernidad. Pero el liberalismo moderado, en España, viene a ser lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio y poco tarda en verse desbordado, por la izquierda, por sus hijos espurios: el liberalismo radical, el socialismo y las bestias incendiarias a las que antes me refería.

Se equivoca, pues el Rey, al apelar al bienestar económico, y se equivoca el señor Jiménez Losantos al tontear con la idea de una Tercera República española y parece mentira que él piense semejante cosa. La República, en España, sólo puede abocar a su desintegración territorial. A los antecedentes históricos (Primera y Segunda Repúblicas) me remito para aquellos a los que no haya resultado convincente el argumento anterior.

Hay (o había) otro argumento que, si bien no defiende a la Monarquía, transige magnánimamente con el actual sistema de gobierno de España. Es el de los que andan por ahí diciendo que ellos no son monárquicos pero son juancarlistas. Casi no merece la pena reflexionar sobre esta postura pues no es sino expresión de pensamiento débil y nada aporta al razonamiento sobre qué sistema de gobierno debemos preferir: el preferir la Monarquía en función de que el Rey de turno nos caiga más o menos simpático es, simplemente, un argumento grotesco apto sólo para mentes que, o bien quieren eludir el problema o bien, no queriéndose apear del burro de su republicanismo sentimental, no dejan de intuir el bien que aporta la Monarquía a la nación española.

Las cosas andan mal. Las Provincias Vascongadas y Cataluña están al borde de la independencia. Los retratos de los Reyes están siendo puestos boca abajo y quemados en diversos lugares del territorio nacional y no sólo por el populacho revolucionario sino, también, por Ayuntamientos gobernados por el PSOE que es el partido en el poder.

Hace mal la derecha liberal abandonándose a divagaciones republicanas y hace mal el Rey en amigachear con la izquierda si es que, como dicen, amigachea:

Hace mal la derecha liberal porque, si el Rey ha de volver a tomar el camino de Francia, la revolución está servida, la España que ella pregona se va a hacer gárgaras de cabeza y, como decía antes, aún tendremos que dar gracias a Dios, los que quedemos diciendo estas cosas, de que no nos cuelguen de un pino:

“Queremos pan, queremos vino, queremos a Fraga colgado de un pino”

cantaban las izquierdas en los tiempos, conciliadores, de la Transición: ¡imaginemos lo que cantarán en ese otro escenario!

Y hace mal el Rey en razonar de este modo y en preterir a la derecha porque, si ha de irse, a la estación del tren que le lleve al exilio no van a ser ni Zapatero, ni Felipe Conzález, por mucho que compadree con ellos, los que vayan a despedirle. Ni, por supuesto, Carod-Rovira, por muy aragonés e hijo de Guardia Civil que sea ni por mucho que hablando se entienda la gente.

Irá sólo, seguramente, algún espantajo de derechas de los que creemos en España, queremos a España y tenemos idea justa y cabal de lo que es la Monarquía para España. Alguien que, como el conde de Romanones cuando fue a despedir a su abuelo, don Alfonso xiii, quedará sentado, cabizbajo y meditabundo, en un banco de alguna estación de ferrocarril justo después de que el tren de Su Majestad haya partido llevándole al exilio.

Quizá el buenazo de don Mariano Rajoy.

 

El Conde de Romanones en la estación de El Escorial inmediatamente
después de salido el Rey hacia el exilio.
 

La Reina Victoria Eugenia saliendo hacia el exilio despedida por unos pocos fieles. 

Comentarios a este escrito:

En Libertad Digital.
En Generalísimo Francisco Franco.
Esta entrada fue vinculada en la página Dinastías.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

3 octubre, 2007 at 21:44