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En defensa de la monarquía española

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En defensa de la monarquía española 

 

Señor: era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligasen a ser más fieles a su sucesor.

 

Propiamente hablando yo nunca me he sentido liberal en lo político. Mi cariño hacia la Historia nació al arrullo de muchas lecturas pero, en mi convencimiento de lo que es España y de lo que ella significa, figura como insigne director espiritual don Marcelino Menéndez Pelayo.

Nunca me he sentido, pues, liberal en lo político ni, nunca, he de decirlo con claridad al empezar este texto, me ha gustado la Constitución del 78.

No obstante lo anterior la he  acatado (como se dice ahora) y me siento tan defensor de ella como cualquiera de los pocos que, de manera heroica, van quedando. Y ello por varios motivos:

En primer lugar porque hoy no es concebible en el mundo occidental otro orden político que no sea la democracia liberal.

En segundo lugar porque esta Constitución significó, en el momento de su aparición y hasta la llegada de Zapatero al poder una reconciliación entre los españoles y una base para la convivencia de personas y banderías políticas de muy distintas ideologías.

Y, en tercer lugar, porque los fascistas, digan lo que digan, somos bastante más demócratas que los rojos y, aunque no nos gusten, aceptamos las reglas del juego democrático.

Disiento de la Constitución en tres puntos:

El primero es el que hace referencia al papel de la Monarquía en el Estado español. Ya sé que en nuestro tiempo las palabras no significan lo que dice el diccionario pero esto de llamar Monarquía que, propiamente hablando, es el gobierno de uno sobre todos los demás, a un régimen donde todos pueden gobernar excepto el monarca, me ha parecido siempre un sinsentido.

El segundo, claro es, es el que hace referencia a la partición de España en comunidades autónomas y no porque disienta de ello en abstracto sino porque, desde el principio intuíamos a lo que eso nos iba a conducir, intuición que hoy, año 2007, vemos sobradamente justificada.

El tercero es la tibieza con la que la Constitución trata a la religión católica pues, en la práctica, la viene a considerar una religión más desconociendo la Constitución lo que ha significado esta religión en la esencia de la idea de España y desconociendo, también, que, siendo la religión algo fundamental en la cultura de cualquier pueblo, su destrucción mata a la cultura de ese pueblo. La Constitución, pues, a mi modo de ver, debería de haber afirmado que la religión católica es la religión oficial del Estado español, independientemente del respeto a las ideas religiosas de los individuos.

Así pues, sin ser la Constitución española del 78 algo que me entusiasme ni que colme el deseo del ordenamiento político que yo quisiera para mi patria, ni a mí, con todas estas rarezas mías antediluvianas, ni a nadie que estuviera en su sano juicio, se le habría ocurrido hace apenas tres años que personas como yo, ni especialmente afectas a la Constitución, ni entendidas en materia jurídica ni constitucional, íbamos a vernos en la necesidad moral de escribir, hoy, unas pobres líneas en su defensa y, quién sabe, tal como están las cosas, en el trance penoso de vernos, mañana o pasado mañana, colgados de un pino por los mismos que en estos mismos momentos no se cortan ni un pelo en quemar ejemplares de ella o en hacer mascaradas en las que queman la efigie del Rey y de la Reina y que, precisamente, son los mismos que colocan amenazadores pasquines en los que se figura la efigie de un ciudadano con un tiro en mitad de la frente. Ciudadano éste que lo único que ha hecho es pensar de manera distinta a la de estas bestias y tener el valor (porque en la España de hoy hay que tener valor para decir que uno piensa de manera distinta a como piensa la izquierda) de expresar públicamente ese pensamiento.

No pretendo aquí hacer una defensa pormenorizada de la Constitución. Por un lado, sería labor demasiado extensa. Por otro, sería repetir obviedades para cualquier persona con sentido común y, al mismo tiempo, hablar a la pared de enfrente para los que ya están, francamente, en la labor de cargársela. Por un tercer lado, y gracias a Dios, aun permanecen bastantes voces y bastantes plumas mucho más autorizadas y brillantes que las mías que, desde el lado del liberalismo (he de confesarlo) están haciendo el esfuerzo titánico diario de dicha defensa.

Sí quiero, sin embargo, y ése es el propósito del presente escrito, hacer una reflexión sobre el Rey y la Monarquía porque, a mi modo de ver, la defensa que se está haciendo de esta institución es equivocada, aún la que recientemente ha hecho el mismo Rey.

Defender la Monarquía apelando a que, coyunturalmente, los últimos treinta años, que los hemos vivido bajo ese régimen, han sido los más prósperos de nuestra historia, ni es entender lo que es la Monarquía ni es un argumento convincente.

¿Que sucede? ¿Que, si en los siguientes treinta años, esa prosperidad se va a hacer gárgaras la Monarquía ya no nos va a valer? ¿Ha de ser ése el argumento que justifica su existencia?

No. Es verdad que los pensadores que han filosofado sobre el poder, sobre su origen y sobre su legitimidad, han hecho mucho hincapié en que la finalidad de éste es la felicidad de los gobernados. Se entiende: el mayor grado de felicidad posible. Por eso, en nuestra monarquía tradicional, nuestros reyes, en la época borbónica, se dirigían en sus exhortaciones a sus entonces vasallos con expresiones como la que podemos ver, por ejemplo, en la renuncia al trono de Carlos iv:

“He tenido a bien dar a mis amados vasallos la última prueba de mi paternal amor. Su felicidad, la tranquilidad, prosperidad, conservación e integridad de los dominios que la Divina Providencia tenía puestos bajo mi gobierno han sido durante mi reinado los únicos objetos de mis constantes desvelos…”

A nuestros oídos modernos, estas palabras del Rey pueden sonar falsas y melodramáticas. Pero no es así. El Rey, en este ejemplo (los hay infinitos) está expresando, con el lenguaje de la época, ésta finalidad del poder: la felicidad de los gobernados. Cita, como vemos, la prosperidad como uno de los elementos para alcanzar ese fin pero es evidente que esa prosperidad material no puede, por sí sola justificarlo. Es el error moderno de confundir felicidad con bienestar material.

Se equivoca, pues, don Juan Carlos I cuando apela a la prosperidad económica como justificación de su reinado.

La justificación de la Monarquía tiene mayor calado:

La Monarquía, hablando en términos generales e históricos, se justifica en el hecho de que, al estar clarísimamente establecido, por el orden sucesorio en ella, quien ocupa el poder en cada momento los gobernados se evitan los males que ocasiona la lucha por el poder, males que, en tiempos más rudos que los nuestros conllevaban guerras, asesinatos, hambre y desolación y que, en los nuestros, incluso, en los países de mayor tradición democrática, dígase la Gran Bretaña, díganse los Estados Unidos conllevan la anteposición de los intereses de partido a los intereses generales: lo estamos viendo ante nuestras mismas narices y de ello el PSOE es ejemplo elevado al cubo: la utilización miserable del 11-M y toda la perturbación que ha traído la legislatura Zapatero ¿qué son sino anteposición del interés socialista al interés general?

Así pues, siendo impensable en el mundo moderno una Monarquía tradicional, la institución no deja de justificarse en el sentido de que, gracias a ella, la suprema representación del poder queda libre de luchas mezquinas e intereses partidistas que, de esta forma, quedan (es inevitable) reservados para el brazo legislativo de ese poder y, en menor o mayor medida (mucha medida, en el caso Zapatero) para el ejecutivo.

Siguiendo esta línea de pensamiento podemos responder con contundencia a los que critican al régimen monárquico diciendo “que no es democrático porque al Rey no lo elije nadie.” Pues, precisamente por eso es bueno que haya Rey, porque para espectáculos nauseabundos como el que estamos viendo en España en estos últimos años ya tenemos bastante con las elecciones legislativas y autonómicas.

Por otro lado (y esto es algo que ya he expresado otras veces) la España que conocemos, la España que resulta del matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón y de la consumación de la Reconquista es un ente político y espiritual que construyeron dos instituciones: una, la Monarquía tradicional; otra, la religión católica. Si nos cargamos a cualquiera de ellas, la España que conocemos deja de existir.

Hace ya bastantes años, hablando del problema vasco con un colega mío, hombre de derechas que se me mostraba satisfecho por esa reconciliación de los españoles que significó la Constitución del 78 y que me señalaba como anécdota significativa el hecho de que un familiar suyo que, habiendo ocupado no recuerdo qué puesto en el régimen del general Franco, cuando coincidía en el AVE con Alfonso Guerra confraternizaba con él de manera campechana, yo le respondí: “Desengáñate, José Ramón, ante la reivindicación de soberanía de los catalanes y de los vascos, la España liberal no tiene argumentos que oponer.”

Sigo diciendo lo mismo: si hemos abandonado el principio filosófico de que el poder deriva de Dios y creemos hoy que el poder nace de la voluntad popular, la España liberal no tiene argumento sólido que oponer, en lo estrictamente filosófico, a la reivindicación de soberanía de ninguno de los pueblos que la conforman. Si los catalanes nos dicen que ellos, para expresar su voluntad y gobernarse no tienen que pasar por Madrid no tenemos argumento filosófico que contraponer.

En este sentido, el único cemento de unión que puede mantener unidos a los pueblos de España es la Monarquía en lo político y la religión católica en lo espiritual.

El liberalismo moderado de los últimos doscientos años, dándose cuenta de ello, ha intentado conciliar el encaje de estas dos instituciones en la modernidad. Pero el liberalismo moderado, en España, viene a ser lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio y poco tarda en verse desbordado, por la izquierda, por sus hijos espurios: el liberalismo radical, el socialismo y las bestias incendiarias a las que antes me refería.

Se equivoca, pues el Rey, al apelar al bienestar económico, y se equivoca el señor Jiménez Losantos al tontear con la idea de una Tercera República española y parece mentira que él piense semejante cosa. La República, en España, sólo puede abocar a su desintegración territorial. A los antecedentes históricos (Primera y Segunda Repúblicas) me remito para aquellos a los que no haya resultado convincente el argumento anterior.

Hay (o había) otro argumento que, si bien no defiende a la Monarquía, transige magnánimamente con el actual sistema de gobierno de España. Es el de los que andan por ahí diciendo que ellos no son monárquicos pero son juancarlistas. Casi no merece la pena reflexionar sobre esta postura pues no es sino expresión de pensamiento débil y nada aporta al razonamiento sobre qué sistema de gobierno debemos preferir: el preferir la Monarquía en función de que el Rey de turno nos caiga más o menos simpático es, simplemente, un argumento grotesco apto sólo para mentes que, o bien quieren eludir el problema o bien, no queriéndose apear del burro de su republicanismo sentimental, no dejan de intuir el bien que aporta la Monarquía a la nación española.

Las cosas andan mal. Las Provincias Vascongadas y Cataluña están al borde de la independencia. Los retratos de los Reyes están siendo puestos boca abajo y quemados en diversos lugares del territorio nacional y no sólo por el populacho revolucionario sino, también, por Ayuntamientos gobernados por el PSOE que es el partido en el poder.

Hace mal la derecha liberal abandonándose a divagaciones republicanas y hace mal el Rey en amigachear con la izquierda si es que, como dicen, amigachea:

Hace mal la derecha liberal porque, si el Rey ha de volver a tomar el camino de Francia, la revolución está servida, la España que ella pregona se va a hacer gárgaras de cabeza y, como decía antes, aún tendremos que dar gracias a Dios, los que quedemos diciendo estas cosas, de que no nos cuelguen de un pino:

“Queremos pan, queremos vino, queremos a Fraga colgado de un pino”

cantaban las izquierdas en los tiempos, conciliadores, de la Transición: ¡imaginemos lo que cantarán en ese otro escenario!

Y hace mal el Rey en razonar de este modo y en preterir a la derecha porque, si ha de irse, a la estación del tren que le lleve al exilio no van a ser ni Zapatero, ni Felipe Conzález, por mucho que compadree con ellos, los que vayan a despedirle. Ni, por supuesto, Carod-Rovira, por muy aragonés e hijo de Guardia Civil que sea ni por mucho que hablando se entienda la gente.

Irá sólo, seguramente, algún espantajo de derechas de los que creemos en España, queremos a España y tenemos idea justa y cabal de lo que es la Monarquía para España. Alguien que, como el conde de Romanones cuando fue a despedir a su abuelo, don Alfonso xiii, quedará sentado, cabizbajo y meditabundo, en un banco de alguna estación de ferrocarril justo después de que el tren de Su Majestad haya partido llevándole al exilio.

Quizá el buenazo de don Mariano Rajoy.

 

El Conde de Romanones en la estación de El Escorial inmediatamente
después de salido el Rey hacia el exilio.
 

La Reina Victoria Eugenia saliendo hacia el exilio despedida por unos pocos fieles. 

Comentarios a este escrito:

En Libertad Digital.
En Generalísimo Francisco Franco.
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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

3 octubre, 2007 at 21:44