Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Un comienzo de pontificado preocupante

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Quienes estos apuntes siguen conocerán la preocupación que vengo expresando en ellos acerca de la figura del Papa Francisco casi desde los primeros días de su pontificado.

Quiero manifestar, antes de seguir, que dicha preocupación nada tiene que ver con la desolación que me causó la renuncia de Benedicto XVI al Papado. Las expresiones de mi descontento con aquella sorprendentísima decisión del cardenal Ratzinger también andan por este blog pero, como digo, nada tienen que ver con el desasosiego creciente que en mí, y creo que, cada vez, en más católicos, están causando los gestos de este siervo de Dios. Muy al contrario: en un primer momento y desde la pena y el aturdimiento, aun vivísmos, que la renuncia del Papa me habían producido, celebré la llegada al Trono de San Pedro de Francisco con el natural júbilo y con la natural esperanza con los que cualquier católico recibe la llegada de un nuevo pastor.

Muy pronto, sin embargo ―desde que conocí la homilía de la Misa de Inicio de su Pontificado el 19 de marzo― nació en mí esta preocupación, este desasosiego, que se fundamentan, no ya en el paupérrimo fondo intelectual de nuestro Papa sino, sobre todo, en su afán de introducir la demagogia en el discurso de la Iglesia católica.

Siendo cierto que el diálogo de la Iglesia con el mundo ha sido, es y será siempre difícil y siendo cierto que en el mundo moderno lo es de manera especial, la Iglesia ni puede ni debe, para intentar salvar esta dificultad, tratar de “caerle simpática” al mundo. Su fuerza dos veces milenaria no es esa. Esto, que pudiera ser verdad  ―y tampoco, si bien lo miramos― en el caso de una empresa mercantil que desea que el mundo compre su producto o en el caso de un partido político que desea que el mundo le vote, no puede ser verdad para la Iglesia: la Iglesia está para decirle al mundo lo que el mundo no quiere oír, no para regalarle las orejas. La Iglesia ―además del Dogma, que es su razón última de ser― es depositaria de un tesoro de tradición, de liturgia, de costumbres que ni son caprichosos ni puede nadie entrar a trastocar como entra un elefante en una cacharrería y menos, como digo, para intentar complacer al mundo y condescender con él para aumentar el número de adeptos.

Esto ya lo notó Chesterton cuando dijo que si el mundo se mundaniza tiene detrás a la Iglesia para advertírselo pero, si es la Iglesia la que se mundaniza, ya nadie puede advertir a nadie de nada. Me pregunto a este propósito si Chesterton se hubiera convertido al catolicismo si el catolicismo fuera lo que parece que Francisco quiere que sea. O, para el caso, si fue la simpatía de san Ambrosio lo que convirtió a san Agustín.

Con esto no quiero decir que, ahora y siempre, dejen de existir en la Iglesia defectos que no hayan de pulirse, faltas que enmendarse ni abusos mundanales que corregirse. Mas esto debe de hacerse ―máxime por parte de sus príncipes― con caridad y con discreción, no a bombo y platillo. Debe de hacerse sin que la mano izquierda de estos príncipes sepa lo que hace su derecha y, ni mucho menos, aprovechar para hacer alarde por los medios de comunicación de humildad, verdadera o falsa. Quizá algo de esto nos quería indicar san Josemaría Escrivá de Balaguer cuando nos pedía que disimuláramos los defectos del sacerdote.

Francisco, en cambio, comenzó muy pronto a realizar gestos contrarios a estos principios tales como la renuncia a habitar en el Palacio Vaticano o la petición en aquella homilía a los argentinos para que no fueran a Roma a celebrar su acceso al Pontificado; gestos que, en sí, pueden parecer impecables; gestos que han sido y siguen siendo jaleados entusiásticamente por católicos y ―¡ojo!―, por los no católicos, pero gestos que a mí me empezaron a disonar por lo que veía en ellos de demagógico y por ver en ellos rupturas con tradiciones que a nadie molestan.

Mi desasosiego fue en aumento conforme leía en el Santo Padre pensamientos tan profundos como que “los responsables políticos son custodios del medio ambiente” ―en esto me recordó a Zapatero― o conforme me acerqué a ojear los pocos libros que lleva escritos y vi la distancia intelectual que media entre él y Ratzinger.

Me doy cuenta de que a nadie se le puede pedir todo, que todos tenemos nuestras carencias y que es imposible que siempre figure en la cabeza de la Iglesia un gigante intelectual como Benedicto XVI. Francisco, en este sentido, tendrá las limitaciones que tenga y ¡qué le vamos a hacer!

Otras virtudes tendrá, me decía yo ―y me sigo queriendo decir a mí mismo―. Sin embargo, todo ello junto y el no atisbar esas virtudes por mucho empeño que pongo en ello, ha hecho que, como digo, mi desosiego haya ido creciendo a lo largo de estos pocos meses.

Por eso es para mi un alivio comenzar a ver una sensibilidad semejante en otras personas ante este hecho.

***

Aquí debo hacer una digresión y una confesión que llevo mucho tiempo queriendo hacer en este blog ―que, lo recuerdo, desde su inicio se escribe, y no por casualidad, bajo el lema Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest―que se refiere a mi conversión al catolicismo.

Mi sensibilidad hacia lo sagrado y hacia lo litúrgico es muy parecida a la que tiene Sánchez Dragó, salvadas las distancias con este brillantísimo escritor. Y no es ello casualidad: pues la confesión que quiero hacer es que, en dicha conversión, algún  grano sembró Fernando Sánchez Dragó. Grano heterodoxo, puede ser, pero, al fin y al cabo, grano.

De hecho, hay dos frases en el prólogo de su Gárgoris y Habidis ―por otra parte y dicho sea de paso, lo mejor de este libro― que contribuyeron a esta conversión mía.

En efecto, a mi error cientificista de entonces le dio mucho que pensar el párrafo de Sánchez Dragó:

“Cae la tarde, dormita mi gata blanca en un sillón, enciendo la luz y eso es todo. ¿Incurriré en el vaniloquio de atribuir tanta maravilla a un vulgar enredo de cables alimentados por un generador? Quédense éstos y aquéllos para los electricistas. Una lámpara, al fin y al cabo, sólo alumbra cuando Dios lo quiere: hay, Horacio, en la breve Tierra y por el vasto universo infinitas cosas que no son el fruto de tal o cual martingala”.

La idea es sencilla, como puede verse, pero la brillantez y el desparpajo con los que está expresada me llamó la atención hasta el punto de que hoy, tantos años después, la mantengo en mi memoria y la recuerdo como hito de mi biografía. Por otra parte y, a pesar de su sencillez, es una idea que no es ni mucho menos todo lo evidente para el hombre moderno ―que identifica el universo, la totalidad del Ser, con el universo cognoscible por la razón humana―  como pudiera parecer. Digo más, a pesar de lo sencilla y evidente que sea, la ignorancia ―extendidísima― de ella está en la base de la increencia y del relativismo modernos.

***

La segunda frase de Sánchez Dragó a la que me he referido antes trata de la gran dificultad que para el incrédulo representa la multiplicidad de iglesias y de religiones. Cualquiera que sea o haya sido agnóstico y desde ese agnosticismo haya buscado la fe o se haya, al menos, interesado por ella, conoce de sobra esta dificultad y sabe que es uno de los principales argumentos de la increencia. Sánchez Dragó la despachó con una rotundidad, si ustedes quieren también heterodoxa, pero que para mí supuso una verdadera luz. Dice a este respecto nuestro autor:

“Todos los dioses son verdaderos pero sólo el autóctono es, además de verdadero, entrañable”.

Es evidente que mi imperfecta conversión al catolicismo no se debe, ni exclusivamente ni en su mayor parte a Sánchez Dragó, pero quería dejar constancia de esta influencia suya en mi pensamiento al paso de estas reflexiones sobre el Papa y como explicación a lo que sigo diciendo.

***

Pues bien, con todo esto, veo con satisfacción que la desazón que Francisco está causando en mí es ―si bien independiente― muy semejante a la que está causando en Sánchez Dragó y que ella ha seguido un proceso semejante, desde una prudencia inicial, como cuando hace meses, a la pregunta de qué le parecía el Papa Francisco respondió:

“Es simpático pero se equivoca al renunciar a la pompa Pontificia. Sin pompa, la Iglesia es poquita cosa”,

El Mundo, 6 de marzo de 2013

hasta la franca exasperación con la que, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud recién celebrada en el Brasil, trata el asunto en su columna de El Mundo del pasado lunes y que titula ―tomando su título de san Ireneo―, Adversus Haeresem:

Chaparrones, apagones, empujones, embotellamientos… Ya ha vuelto el Papa al lugar del que ojalá no hubiera salido. Para soltar tonterías mejor quedarse en casa, ¿no? Descansen los brasileños del aluvión demográfico, vuelvan las garotas en bikini a Copacabana y tranquilícese el pontífice en Castelgandolfo. ¡Claro que, a juzgar por lo visto y oído, igual se niega a veranear donde sus antecesores lo hacían y elige una favela de ilegales en el extrarradio de Roma! Pronto, al paso que va, canonizará a Zapatero, Verstrynge, la Colau, Sánchez Gordillo, Cañamero, Willy Toledo y José Luis Sampedro. Lo del Che aún no se sabe, pero llegará. «La fe es revolucionaria», ha dicho a los pies del Corcovado ese émulo de san Vladimiro Lenin. ¡Y yo que siempre había creído que sólo la razón lo es! ¿En qué estarían pensando los purpurados cuando decidieron instalar en el solio de Pedro, que nunca fue Papa, porque aún no había Iglesia, a un teólogo de la liberación? Otra frase gloriosa: «Pon fe en tu vida y ésta tendrá un sabor nuevo». Sí, como la cocina de El Bulli. A este Sumo Pontífice, cualquier día, le prenden en la bocamanga tres estrellas michelín. ¿Hablábamos de gastronomía? Pues llega el plato fuerte: «los pobres, ha dicho, son la carne de Cristo». ¿De veras, Santidad? ¿No habíamos quedado en que la Iglesia que usted preside es ecuménica, o sea, universal, abierta a todos, sin excepción, y no mide a la gente por lo que tiene, sino por lo que es?

[…]

Creía yo hasta hace poco que el Anticristo era Bill Gates, pero el Papa de la fe ha sembrado en mí la duda. Demagogia electoralista y populismo barato: he ahí la estrategia de este indigno sucesor de Ratzinger y Wojtyla. Aclaro, por si alguien me interpretara mal, que esta columna no va en contra de la Iglesia, sino a favor de ella.

El Mundo, 29 de julio de 2013

Duras palabras escritas en el tono escandalizador, provocador, que caracteriza a Fernando Sánchez Dragó, pero que no por ello dejan de ser una visión acertadísima de lo que está sucediendo en la cabeza de la Iglesia católica. En efecto: quienes entendemos a la Iglesia como madre y maestra entendemos muy bien que estas palabras no van en contra de ella sino en su favor. Volviendo a la frase que escribió hace ya muchos años y parafraseándola:

“Todos los dioses son verdaderos pero sólo el autóctono es, además de verdadero, entrañable”:

quienes anhelamos que el Dios que adoramos siga siendo entrañable, necesitamos para ello que siga siendo autóctono.

***

En tanto, Francisco sigue a la suya: mientras Sánchez Dragó escribía estas líneas, Su Santidad hacía una reflexión buenista sobre la homosexualidad:

¿Quién soy yo ―dijo― para juzgar a una persona gay (sic)?

y se perdió en divagaciones acerca de la maldad de los lobbies.

En efecto: ni el Papa ni nadie debemos juzgar a ninguno por sus apetencias sexuales, pero debería comprender Su Santidad que de él no esperamos escuchar estas obviedades. Su labor, en este punto, por muy jesuita que sea, es mantener y defender la doctrina moral de la Iglesia acerca de la homosexualidad y no salirse por la tangente para intentar seguir cayendo simpático a quienes nunca vamos a caer simpáticos.

A no ser, claro, que también le ande dando vueltas a cambiar tal doctrina…

***

Los ejemplos de lo que vengo diciendo son ya demasiados: el espectáculo de los señores obispos, contagiados de la jovialidad del Papa y bailando en la susodicha JMJ fue francamente bochornoso y me hicieron recordar las palabras que, en La República, Platón pone en boca de Sócrates:

…y los ancianos, condescendiendo con los jóvenes, se hinchan de buen humor y de jocosidad imitando a los muchachos por no parecerles agrios ni despóticos.

Sirva esto como un ejemplo más, Dios quiera que el último, de lo que vamos diciendo.

***

Resumamos: en tanto que los tibios y los que son francos enemigos de la religión católica están encantados con este Papa, creo que los católicos, cada vez en mayor número, empezamos a tener la mosca detrás de la oreja.

Confiemos, a pesar de todo, en la sabiduría dos veces milenaria de la Iglesia, en la infinita del Espíritu Santo y en el consuelo de que, como dice el dicho, a veces Dios escribe recto con renglones torcidos.

Confiemos en el propio siervo de Dios, Francisco, pues fue él mismo quien dijo que la Iglesia no es una ONG.

Y sírvannos de esperanza las palabras que él mismo escribió en uno de los pocos libros que ha escrito, El jesuita, o, mejor sea dicho, que le han escrito:

“Confieso que, en general, por mi temperamento, la primera respuesta que me surge es equivocada. Frente a una situación, lo primero que se me ocurre es lo que no hay que hacer. Es curioso, pero me sucede así. A raíz de ello aprendí a desconfiar de la primera reacción. Ya más tranquilo, después de pasar por el crisol de la soledad, voy acercándome a lo que hay que hacer”. (El jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio. 2010),

y pidamos a Dios con todo nuestro corazón que nos perdone si las primeras e inmediatas respuestas que nos surgen son equivocadas: que nos las perdone y que nos corrija a todos en lo que, en el fragor de la inmediatez, podamos estar equivocados.

*** 

Vínculos:
Francisco dice que el poder del Papa es para servir a los pobres. Libertad Digital. Nótese que, hoy, Libertad Digital ha modificado sibilinamente el título de esta noticia por el de Francisco: “el verdadero poder del Papa está en el servicio humilde”, cosa muy distinta de lo que decía el primero como puede comprobarse en mi página de Facebook, en la que compartí esta noticia el día 19 de marzo pasado. Ignoro si en este cambio habrán hecho alguna fuerza los comentarios que algunos hicimos entonces en aquella reseña y que pueden leerse en este vínculo.
Los señores obispos bailando en Copacabana. Youtube. Por aquí se encamina la nueva liturgia de la Iglesia católica.
Paganismo, cristianismo, comunismo, keynesismo y darwinismo social. Del blog de Fernando Sánchez Dragó.
El Papa de los gays. Germinans Germinabit.
Breve noticia de la manifestación francesa en repulsa al ‘matrimonio’ homosexual con alguna reflexión que, al cabo de ella, me trae a la cabeza el inicio del pontificado de Francisco. Conceptos Esparcidos.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.

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