Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Un comienzo de pontificado preocupante

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Quienes estos apuntes siguen conocerán la preocupación que vengo expresando en ellos acerca de la figura del Papa Francisco casi desde los primeros días de su pontificado.

Quiero manifestar, antes de seguir, que dicha preocupación nada tiene que ver con la desolación que me causó la renuncia de Benedicto XVI al Papado. Las expresiones de mi descontento con aquella sorprendentísima decisión del cardenal Ratzinger también andan por este blog pero, como digo, nada tienen que ver con el desasosiego creciente que en mí, y creo que, cada vez, en más católicos, están causando los gestos de este siervo de Dios. Muy al contrario: en un primer momento y desde la pena y el aturdimiento, aun vivísmos, que la renuncia del Papa me habían producido, celebré la llegada al Trono de San Pedro de Francisco con el natural júbilo y con la natural esperanza con los que cualquier católico recibe la llegada de un nuevo pastor.

Muy pronto, sin embargo ―desde que conocí la homilía de la Misa de Inicio de su Pontificado el 19 de marzo― nació en mí esta preocupación, este desasosiego, que se fundamentan, no ya en el paupérrimo fondo intelectual de nuestro Papa sino, sobre todo, en su afán de introducir la demagogia en el discurso de la Iglesia católica.

Siendo cierto que el diálogo de la Iglesia con el mundo ha sido, es y será siempre difícil y siendo cierto que en el mundo moderno lo es de manera especial, la Iglesia ni puede ni debe, para intentar salvar esta dificultad, tratar de “caerle simpática” al mundo. Su fuerza dos veces milenaria no es esa. Esto, que pudiera ser verdad  ―y tampoco, si bien lo miramos― en el caso de una empresa mercantil que desea que el mundo compre su producto o en el caso de un partido político que desea que el mundo le vote, no puede ser verdad para la Iglesia: la Iglesia está para decirle al mundo lo que el mundo no quiere oír, no para regalarle las orejas. La Iglesia ―además del Dogma, que es su razón última de ser― es depositaria de un tesoro de tradición, de liturgia, de costumbres que ni son caprichosos ni puede nadie entrar a trastocar como entra un elefante en una cacharrería y menos, como digo, para intentar complacer al mundo y condescender con él para aumentar el número de adeptos.

Esto ya lo notó Chesterton cuando dijo que si el mundo se mundaniza tiene detrás a la Iglesia para advertírselo pero, si es la Iglesia la que se mundaniza, ya nadie puede advertir a nadie de nada. Me pregunto a este propósito si Chesterton se hubiera convertido al catolicismo si el catolicismo fuera lo que parece que Francisco quiere que sea. O, para el caso, si fue la simpatía de san Ambrosio lo que convirtió a san Agustín.

Con esto no quiero decir que, ahora y siempre, dejen de existir en la Iglesia defectos que no hayan de pulirse, faltas que enmendarse ni abusos mundanales que corregirse. Mas esto debe de hacerse ―máxime por parte de sus príncipes― con caridad y con discreción, no a bombo y platillo. Debe de hacerse sin que la mano izquierda de estos príncipes sepa lo que hace su derecha y, ni mucho menos, aprovechar para hacer alarde por los medios de comunicación de humildad, verdadera o falsa. Quizá algo de esto nos quería indicar san Josemaría Escrivá de Balaguer cuando nos pedía que disimuláramos los defectos del sacerdote.

Francisco, en cambio, comenzó muy pronto a realizar gestos contrarios a estos principios tales como la renuncia a habitar en el Palacio Vaticano o la petición en aquella homilía a los argentinos para que no fueran a Roma a celebrar su acceso al Pontificado; gestos que, en sí, pueden parecer impecables; gestos que han sido y siguen siendo jaleados entusiásticamente por católicos y ―¡ojo!―, por los no católicos, pero gestos que a mí me empezaron a disonar por lo que veía en ellos de demagógico y por ver en ellos rupturas con tradiciones que a nadie molestan.

Mi desasosiego fue en aumento conforme leía en el Santo Padre pensamientos tan profundos como que “los responsables políticos son custodios del medio ambiente” ―en esto me recordó a Zapatero― o conforme me acerqué a ojear los pocos libros que lleva escritos y vi la distancia intelectual que media entre él y Ratzinger.

Me doy cuenta de que a nadie se le puede pedir todo, que todos tenemos nuestras carencias y que es imposible que siempre figure en la cabeza de la Iglesia un gigante intelectual como Benedicto XVI. Francisco, en este sentido, tendrá las limitaciones que tenga y ¡qué le vamos a hacer!

Otras virtudes tendrá, me decía yo ―y me sigo queriendo decir a mí mismo―. Sin embargo, todo ello junto y el no atisbar esas virtudes por mucho empeño que pongo en ello, ha hecho que, como digo, mi desosiego haya ido creciendo a lo largo de estos pocos meses.

Por eso es para mi un alivio comenzar a ver una sensibilidad semejante en otras personas ante este hecho.

***

Aquí debo hacer una digresión y una confesión que llevo mucho tiempo queriendo hacer en este blog ―que, lo recuerdo, desde su inicio se escribe, y no por casualidad, bajo el lema Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest―que se refiere a mi conversión al catolicismo.

Mi sensibilidad hacia lo sagrado y hacia lo litúrgico es muy parecida a la que tiene Sánchez Dragó, salvadas las distancias con este brillantísimo escritor. Y no es ello casualidad: pues la confesión que quiero hacer es que, en dicha conversión, algún  grano sembró Fernando Sánchez Dragó. Grano heterodoxo, puede ser, pero, al fin y al cabo, grano.

De hecho, hay dos frases en el prólogo de su Gárgoris y Habidis ―por otra parte y dicho sea de paso, lo mejor de este libro― que contribuyeron a esta conversión mía.

En efecto, a mi error cientificista de entonces le dio mucho que pensar el párrafo de Sánchez Dragó:

“Cae la tarde, dormita mi gata blanca en un sillón, enciendo la luz y eso es todo. ¿Incurriré en el vaniloquio de atribuir tanta maravilla a un vulgar enredo de cables alimentados por un generador? Quédense éstos y aquéllos para los electricistas. Una lámpara, al fin y al cabo, sólo alumbra cuando Dios lo quiere: hay, Horacio, en la breve Tierra y por el vasto universo infinitas cosas que no son el fruto de tal o cual martingala”.

La idea es sencilla, como puede verse, pero la brillantez y el desparpajo con los que está expresada me llamó la atención hasta el punto de que hoy, tantos años después, la mantengo en mi memoria y la recuerdo como hito de mi biografía. Por otra parte y, a pesar de su sencillez, es una idea que no es ni mucho menos todo lo evidente para el hombre moderno ―que identifica el universo, la totalidad del Ser, con el universo cognoscible por la razón humana―  como pudiera parecer. Digo más, a pesar de lo sencilla y evidente que sea, la ignorancia ―extendidísima― de ella está en la base de la increencia y del relativismo modernos.

***

La segunda frase de Sánchez Dragó a la que me he referido antes trata de la gran dificultad que para el incrédulo representa la multiplicidad de iglesias y de religiones. Cualquiera que sea o haya sido agnóstico y desde ese agnosticismo haya buscado la fe o se haya, al menos, interesado por ella, conoce de sobra esta dificultad y sabe que es uno de los principales argumentos de la increencia. Sánchez Dragó la despachó con una rotundidad, si ustedes quieren también heterodoxa, pero que para mí supuso una verdadera luz. Dice a este respecto nuestro autor:

“Todos los dioses son verdaderos pero sólo el autóctono es, además de verdadero, entrañable”.

Es evidente que mi imperfecta conversión al catolicismo no se debe, ni exclusivamente ni en su mayor parte a Sánchez Dragó, pero quería dejar constancia de esta influencia suya en mi pensamiento al paso de estas reflexiones sobre el Papa y como explicación a lo que sigo diciendo.

***

Pues bien, con todo esto, veo con satisfacción que la desazón que Francisco está causando en mí es ―si bien independiente― muy semejante a la que está causando en Sánchez Dragó y que ella ha seguido un proceso semejante, desde una prudencia inicial, como cuando hace meses, a la pregunta de qué le parecía el Papa Francisco respondió:

“Es simpático pero se equivoca al renunciar a la pompa Pontificia. Sin pompa, la Iglesia es poquita cosa”,

El Mundo, 6 de marzo de 2013

hasta la franca exasperación con la que, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud recién celebrada en el Brasil, trata el asunto en su columna de El Mundo del pasado lunes y que titula ―tomando su título de san Ireneo―, Adversus Haeresem:

Chaparrones, apagones, empujones, embotellamientos… Ya ha vuelto el Papa al lugar del que ojalá no hubiera salido. Para soltar tonterías mejor quedarse en casa, ¿no? Descansen los brasileños del aluvión demográfico, vuelvan las garotas en bikini a Copacabana y tranquilícese el pontífice en Castelgandolfo. ¡Claro que, a juzgar por lo visto y oído, igual se niega a veranear donde sus antecesores lo hacían y elige una favela de ilegales en el extrarradio de Roma! Pronto, al paso que va, canonizará a Zapatero, Verstrynge, la Colau, Sánchez Gordillo, Cañamero, Willy Toledo y José Luis Sampedro. Lo del Che aún no se sabe, pero llegará. «La fe es revolucionaria», ha dicho a los pies del Corcovado ese émulo de san Vladimiro Lenin. ¡Y yo que siempre había creído que sólo la razón lo es! ¿En qué estarían pensando los purpurados cuando decidieron instalar en el solio de Pedro, que nunca fue Papa, porque aún no había Iglesia, a un teólogo de la liberación? Otra frase gloriosa: «Pon fe en tu vida y ésta tendrá un sabor nuevo». Sí, como la cocina de El Bulli. A este Sumo Pontífice, cualquier día, le prenden en la bocamanga tres estrellas michelín. ¿Hablábamos de gastronomía? Pues llega el plato fuerte: «los pobres, ha dicho, son la carne de Cristo». ¿De veras, Santidad? ¿No habíamos quedado en que la Iglesia que usted preside es ecuménica, o sea, universal, abierta a todos, sin excepción, y no mide a la gente por lo que tiene, sino por lo que es?

[…]

Creía yo hasta hace poco que el Anticristo era Bill Gates, pero el Papa de la fe ha sembrado en mí la duda. Demagogia electoralista y populismo barato: he ahí la estrategia de este indigno sucesor de Ratzinger y Wojtyla. Aclaro, por si alguien me interpretara mal, que esta columna no va en contra de la Iglesia, sino a favor de ella.

El Mundo, 29 de julio de 2013

Duras palabras escritas en el tono escandalizador, provocador, que caracteriza a Fernando Sánchez Dragó, pero que no por ello dejan de ser una visión acertadísima de lo que está sucediendo en la cabeza de la Iglesia católica. En efecto: quienes entendemos a la Iglesia como madre y maestra entendemos muy bien que estas palabras no van en contra de ella sino en su favor. Volviendo a la frase que escribió hace ya muchos años y parafraseándola:

“Todos los dioses son verdaderos pero sólo el autóctono es, además de verdadero, entrañable”:

quienes anhelamos que el Dios que adoramos siga siendo entrañable, necesitamos para ello que siga siendo autóctono.

***

En tanto, Francisco sigue a la suya: mientras Sánchez Dragó escribía estas líneas, Su Santidad hacía una reflexión buenista sobre la homosexualidad:

¿Quién soy yo ―dijo― para juzgar a una persona gay (sic)?

y se perdió en divagaciones acerca de la maldad de los lobbies.

En efecto: ni el Papa ni nadie debemos juzgar a ninguno por sus apetencias sexuales, pero debería comprender Su Santidad que de él no esperamos escuchar estas obviedades. Su labor, en este punto, por muy jesuita que sea, es mantener y defender la doctrina moral de la Iglesia acerca de la homosexualidad y no salirse por la tangente para intentar seguir cayendo simpático a quienes nunca vamos a caer simpáticos.

A no ser, claro, que también le ande dando vueltas a cambiar tal doctrina…

***

Los ejemplos de lo que vengo diciendo son ya demasiados: el espectáculo de los señores obispos, contagiados de la jovialidad del Papa y bailando en la susodicha JMJ fue francamente bochornoso y me hicieron recordar las palabras que, en La República, Platón pone en boca de Sócrates:

…y los ancianos, condescendiendo con los jóvenes, se hinchan de buen humor y de jocosidad imitando a los muchachos por no parecerles agrios ni despóticos.

Sirva esto como un ejemplo más, Dios quiera que el último, de lo que vamos diciendo.

***

Resumamos: en tanto que los tibios y los que son francos enemigos de la religión católica están encantados con este Papa, creo que los católicos, cada vez en mayor número, empezamos a tener la mosca detrás de la oreja.

Confiemos, a pesar de todo, en la sabiduría dos veces milenaria de la Iglesia, en la infinita del Espíritu Santo y en el consuelo de que, como dice el dicho, a veces Dios escribe recto con renglones torcidos.

Confiemos en el propio siervo de Dios, Francisco, pues fue él mismo quien dijo que la Iglesia no es una ONG.

Y sírvannos de esperanza las palabras que él mismo escribió en uno de los pocos libros que ha escrito, El jesuita, o, mejor sea dicho, que le han escrito:

“Confieso que, en general, por mi temperamento, la primera respuesta que me surge es equivocada. Frente a una situación, lo primero que se me ocurre es lo que no hay que hacer. Es curioso, pero me sucede así. A raíz de ello aprendí a desconfiar de la primera reacción. Ya más tranquilo, después de pasar por el crisol de la soledad, voy acercándome a lo que hay que hacer”. (El jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio. 2010),

y pidamos a Dios con todo nuestro corazón que nos perdone si las primeras e inmediatas respuestas que nos surgen son equivocadas: que nos las perdone y que nos corrija a todos en lo que, en el fragor de la inmediatez, podamos estar equivocados.

*** 

Vínculos:
Francisco dice que el poder del Papa es para servir a los pobres. Libertad Digital. Nótese que, hoy, Libertad Digital ha modificado sibilinamente el título de esta noticia por el de Francisco: “el verdadero poder del Papa está en el servicio humilde”, cosa muy distinta de lo que decía el primero como puede comprobarse en mi página de Facebook, en la que compartí esta noticia el día 19 de marzo pasado. Ignoro si en este cambio habrán hecho alguna fuerza los comentarios que algunos hicimos entonces en aquella reseña y que pueden leerse en este vínculo.
Los señores obispos bailando en Copacabana. Youtube. Por aquí se encamina la nueva liturgia de la Iglesia católica.
Paganismo, cristianismo, comunismo, keynesismo y darwinismo social. Del blog de Fernando Sánchez Dragó.
El Papa de los gays. Germinans Germinabit.
Breve noticia de la manifestación francesa en repulsa al ‘matrimonio’ homosexual con alguna reflexión que, al cabo de ella, me trae a la cabeza el inicio del pontificado de Francisco. Conceptos Esparcidos.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.

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Francisco, Papa.

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Tras unas horas de reflexión después de la felicísima elección realizada ayer por el conclave del Colegio de Cardenales e informado apresuradamente acerca de la persona del cardenal Bergoglio, cuya figura yo desconocía, me quiero felicitar aquí públicamente y felicitar a todo el pueblo de Dios sujeto al magisterio romano por el acceso al Trono de San Pedro de quien ya es el Papa Francisco (no “Francisco I”, pues “Francisco I” lo será cuando haya un “Francisco II”).

De nuevo, la Roma eterna nos ha vuelto a sorprender y, de nuevo, debemos de dar gracias a Dios por la sabiduría que, guardada en el Espíritu Santo, Él nos la da como norte y guía de nuestra peregrinación terrena y de la que si, algunos, desalentados, desasosegados, descorazonados, por la sorprendente renuncia de Benedicto XVI, llegamos a dudar, hoy sólo podemos hacer manifestación en lo público de nuestro error y, en lo íntimo, petición del perdón de Dios por nuestro miedo, nuestro desasosiego, nuestra desconfianza y nuestra verborrea.

***

Ni puede ni podía, en tanto que católicos, cabernos la menor duda de que, cualquiera que hubiera sido la persona designada para la dirección de la Iglesia católica, lo hubiera sido por inspiración de ese Espíritu Santo y, por ende, la que Dios ha querido que lo sea para que, bajo su dirección, la proteja amparado en la persona de su Hijo, fundador y protector de ella hasta la consumación de los tiempos.

Una vez realizada esta designación en la figura del cardenal Bergoglio, no podemos menos que acercarnos someramente  a ella y considerarla a la luz de de la coyuntura actual de la Iglesia.

Para el entender de un servidor de ustedes, lo más significativo de su persona es su condición de jesuita y, al mismo tiempo la oposición que ha manifestado frente a la llamada “Teología” de la liberación.

La Compañía de Jesús, desde su fundación, está ligada a la figura del Papa por un “vínculo especial de amor y de servicio” a él y, por ello, los jesuitas, además de los tres votos ordinarios profesan un cuarto voto de “obediencia al Papa”.

Tampoco se oculta a nadie el papel fundamental que tuvo esta orden española en la Contrarreforma. Por citar a dos de sus más destacados miembros, recordemos al padre Mariana y al padre Suárez.

Por ello, siempre fue perseguida, no sólo en los países de religión luterana sino que, llegado el Siglo de las Luces, hasta de la misma España regalista fue expulsada en tiempos de Carlos III.

Y, no obstante ello, la Compañía de Jesús siempre ha presentado una idiosincrasia especial que, en ocasiones, y aunque parezca contradictorio con su espíritu fundacional, la ha llevado a oponer, en ciertos casos, alguna resistencia al Sumo Pontífice que, en nuestros días se ha manifestado de manera especial por la relación de algunos jesuitas con la “Teología” de la liberación.

Dada la biografía del Santo Padre, creo que podemos tener confianza en que se halla mucho más cercano a aquel espíritu fundacional de la orden a la que pertenece que de los extravíos modernos de algunos de sus miembros.

***

Frente a quienes creen que la Iglesia debe de adaptarse a los tiempos modernos, mi modesta opinión es precisamente la contraria: el gran peligro de la Iglesia de nuestros días es su mundanización y su contemplación con la modernidad. En este sentido, han sido para mí un gran alivio las palabras pronunciadas hoy por el Santo Padre en su primera homilía como Papa:

Cuando caminamos sin llevar la Cruz de Cristo, obispos, cardenales y papas somos mundanos, pero no discípulos de Cristo. Si la iglesia no proclama a Jesucristo nos convertiremos en una ONG filantrópica, pero no en la esposa del Señor.

Precisamente, la concepción que muchos tienen de lo que debería ser la Iglesia adaptada a los tiempos es lo que acaba de decir el Santo Padre en afortunada metáfora: una mera ONG piadosa.

El diálogo de la Iglesia con el mundo jamás puede reducirse a una aceptación dócil de los desvaríos de éste por aquélla. Antes bien, el mundo, que es muy libre, por la libertad con que Dios creó al hombre, de desbarrar cuanto quiera, necesita, aunque no se dé cuenta de ello, de la referencia que entraña la Iglesia católica y la verdad inconmovible que ella predica desde hace dos mil años.

Y la verdad es que, en el fondo, el mundo sí se da cuenta de ello, aunque sólo sea de manera subconsciente. Sólo así se puede explicar la grandísima atención con la que el mundo católico y no católico contempla y se interesa por hechos tan importantes como el de ayer.

***

No menos significativo ni esperanzador me parece el novedoso nombre que ha elegido como pontífice: Francisco, que, a mi modo de ver —dentro del riesgo que supone hacer estas cábalas— y dada la procedencia del Santo Padre, sólo puede ser referencia a san Francisco Javier, soldado de Cristo y tan cercanísimo a san Ignacio que parece anunciarnos un pontificado más dirigido a la reafirmación de la Iglesia en su tradición y en su pasado glorioso que a reformas extemporáneas que algunos, impíamente, temimos cuando Benedicto XVI renunció al Papado.

***

Corrigenda: Debo de corregir lo dicho en mi último párrafo. A los dos días de escrito veo en arciprensa que S.S. no eligió el nombre para ser conocido en su pontificado en honor de san Francisco Javier sino en el de san Francisco de Asís. Me desdigo, pues, de ello.

Vínculos:

Reseña biográfica. Libertad Digital.
Si la Iglesia no proclama a Jesucristo nos convertiremos en una ONG. Homilía de la Primera misa de Francisco como Papa. Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 marzo, 2013 at 12:35

En respuesta a ‘Torku’ de “Libertad Digital”

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Et rex David senuerat habebat que aetatis plurimos dies; cum que operiretur vestibus, non calefiebat.
Dixerunt ergo ei servi sui: “Quaeratur domino nostro regi adulescentula virgo et stet coram rege et curam eius agat dormiatque in sinu tuo et calefaciat dominum nostrum regem”.
Quaesierunt igitur adulescentulam speciosam in omnibus finibus Israel et invenerunt Abisag Sunamitin et adduxerunt eam ad regem.
Erat autem puella pulchra nimis et curam agebat regis et ministrabat ei; rex vero non cognovit eam.
1 Re, 1, 1-4.

Permite, amigo Torku,  que encabece mi respuesta al amable comentario que hiciste ayer en Libertad Digital a mi escrito La tiara vacía con esta cita del libro primero de los Reyes y que se refiere a la decrepitud  del rey David. Entiende, por favor que la incluyo en tono irónico, humorístico si quieres. Nada más lejos de mi intención que hacer con ella mofa del Santo Padre, pero el caso es que, leyendo tu comentario, me ha venido a la cabeza.

La leeremos en castellano al final. Vayamos primeramente a tu respuesta de la que discrepo prácticamente en todo. No hay ni que decir que respeto tu opinión ni que tal discrepancia entre dos católicos acerca de esta materia opinable de la renuncia papal me parece no sólo oportuna sino también sana en lo que contribuya a la vitalidad y al bien de la Iglesia.

Comienzas diciéndome:

Pablo VI renunció a la tiara y no pasó nada.

Mal comienzo, Torku. Eso mismo decía Zapatero con respecto a Cataluña cuando promovió la reforma de su Estatuto. Ya. Ya sabíamos que tal reforma no iba a producir de manera inmediata una falla tectónica que separara a Cataluña del resto de la Península pero muchos, tú entre ellos, entreveíamos que de aquello podía surgir, como ha surgido, el envenenamiento del problema catalán hasta donde estamos viendo y hasta lo que nos falte por ver.

Y, sin acudir a ejemplo tan concreto, me ha tocado vivir —nos ha tocado vivir—, en un tiempo presidido por el principio moral este del “no pasa nada”: cuantísimos cambios no se han ido introduciendo poco a poco, sigilosamente, insidiosamente, en nuestras costumbres con su excusa cínica y falaz; cambios que, efectivamente, no producían ninguna catástrofe en lo inmediato pero que, acumulados, cuánto hayan llegado a envilecer y a encanallar a nuestra sociedad sólo podemos verlo quienes hemos vivido antes y después de ellos.

Frente a tu “no pasa nada” permíteme recordarte las palabras de Platón puestas en boca de Sócrates:

Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio y con la introducción de una nueva especie de canto y hay que tener el convencimiento de que, con ello, todo se pone en peligro porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

*** 

Continúas diciéndome que esa tiara a la que renunció Pablo VI

ya era un símbolo mentiroso.

¿Mentiroso? Mentiroso, ¿en qué sentido?

Una de las grandezas de muestra religión es el admitir en su seno sensibilidades diversísimas desde el solo acatamiento de sus pocas verdades dogmáticas y el respeto al magisterio romano. Permite que te exprese la mía: como tantas veces he dicho en este blog, entiendo a la religión católica, en su dimensión cultural —importantísima para mí—, como la línea de continuidad que, nacida hace diez mil años en Mesopotamia y en el valle del Nilo, se centra en la encrucijada del pueblo de Israel, el cual la escribe en el Antiguo Testamento, la renueva con la verdad sublime de que Dios se hace hombre en el Nuevo y, así renovada, la funde con la cultura grecorromana.

Así entendida, la religión católica es el cofre que guarda la sabiduría que la parte de la Humanidad a la que pertenecemos ha ido descubriendo y atesorando a lo largo de diez mil años.

En este sentido, un detalle, quizá menor en los asuntos fundamentalmente religiosos, pero importante en los históricos y litúrgicos es el hecho innegable de que el papado asumió muchas de las funciones y muchos de los símbolos de los emperadores romanos. Pontifex Maximus era título asociado a la dignidad imperial desde los tiempos de Augusto y Sumo Pontífice es el título heredado, asumido, por los Papas como reyes de Roma, esto es, herederos, continuadores, de los emperadores romanos.

Por eso la tiara, en su triple simbología, significaba el poder del Papa como Papa, como obispo y como rey de Roma.

Nuevamente, “no pasa nada” porque nos carguemos los símbolos, incluido este, pero reconóceme que mentiroso, lo que se dice mentiroso, no lo es sino que, antes bien, tiene —tenía— plena justificación histórica y litúrgica.

Como te digo, la Iglesia católica acoge en su seno infinidad de sensibilidades. Para muchas el abandono de la tiara puede ser intrascendente y hasta bienvenido. Para la mía es una auténtica pena.

***

No comentaré tu alusión a doña Juana la Loca. A todas luces es un hecho aberrante nacido de una mente enajenada y nadie está pidiendo que se paseen los cadáveres de los reyes por ninguna parte. Antes bien y muy al contrario, lo que pedimos es que los reyes mueran el el Trono para poder darles la sepultura que les corresponde en lo litúrgico y en lo ceremonioso.

***

Me inquieres:

¿No se puede ver la renuncia de Benedicto XVI como un acto de humildad en el que reconoce que se necesita más fuerza física que él tiene ya, para desempeñar con el vigor necesario la silla de San Pedro?

Sí. Se puede ver así. De hecho, esta es la forma más grata para verlo con la sensibilidad vulgar de nuestro tiempo.

Sin embargo, también se puede ver como lo ve Pedro J: el Papa no es un gestor; no es un subsecretario obligado a desgastarse con mil fatigas de gestión. El Papa es, ante todo, un símbolo. Benedicto XVI ha sido un gran teólogo y un gran Papa. Ha combatido de manera valiente  los grandes pecados cometidos por miembros de la Iglesia en los últimos tiempos; ha reconducido a la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II hacia su tradición anterior; se ha preocupado de manera especial por su liturgia; ha continuado la tarea de conciliar la fe con la razón…

Como “gestor” no hubiéramosle tenido que pedir más de lo mucho que ha hecho. Lo que hubiéramos querido ahora de él es que hubiera mantenido su figura simbólica hasta el final.

***

Sigues diciéndome:

Antes un papa podía morirse de viejo porque nadie lo veía fuera del Vaticano; no había medios que te lo mostraran en las casas cuando estás comiendo o pensado en las crisis constantes de la vida. Pero el ejemplo del beato Juan Pablo II en un estado de deterioro que daba pena, no puede ser el mejor ejemplo ni siquiera para la Iglesia de los pobres, porque en aquella figura ya no cabía la esperanza.

Esto no puedo más que rechazarlo con toda mi alma, Torku. No es sino el rechazo, el querer taparse los ojos por parte de la sensibilidad moderna frente al dolor y la muerte. En efecto, el deterioro físico de la persona produce, a los ojos del hombre nuestros días, un sentimiento de rechazo. Yo diría que hasta de repugnancia.

Sin embargo, nada más lejos del magisterio moral de la Iglesia católica que, frente a esta concepción moderna que vive de espaldas a la muerte y al dolor —que vive como si no existieran—, nos enseña que vivimos en un valle de lágrimas; que somos polvo y que en polvo nos hemos de convertir. Así, aquellas últimas imágenes de la vida terrena del beato Juan Pablo II no las puedo considerar de ninguna manera como “deterioro que daba pena” ni imagen en la que “no cabe la esperanza ni siquiera para la Iglesia de los pobres” sino que, antes bien, las entiendo como imagen viva en la persona del Papa de la condición humana terrenal y ejemplo vivo de ese magisterio.

Si redujéramos tu línea de pensamiento hasta lo absurdo tendríamos que preferir entonces como papisa a Maribel Verdú —pongo por ejemplo por poner uno— para que nos alegrara los ojos “cuando estamos comiendo” o nos consolara cuando “pensamos en las crisis constantes de la vida”.

***

La humildad es un valor que debe revitalizarse también en la Iglesia. Hay que reconocer cuando uno ya no es el mejor para representar a Cristo en la Tierra.

No cabe duda de que la humildad es un bien pero no creo que este asunto tenga mucho que ver con la humildad.

Si entendemos los “cargos” como vanagloria, sinecuras y prebendas, efectivamente, renunciar a ellos sería acto de humildad.

Pero si entendemos —como debemos entender— el pontificado, no como “cargo” sino como servicio —servidumbre—, al que se ha sido llamado por el Espíritu Santo, tu argumento se desmorona: entiendes el papado como privilegio, no como la servidumbre, sacrificio y renuncia que es; en consecuencia, la renuncia a él viene a ser, para ti, renuncia a una prebenda y, por tanto, acto de humildad.

Por mi parte, no creo que esta renuncia de Benedicto XVI le haya sido dictada por esa falsa humildad sino, más bien, por reflexiones íntimas que nos ha dejado entrever en el Angelus de ayer:

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración del Señor […] Su experiencia profunda de relación con el Padre fue como un retiro espiritual que Jesús quiere hacer, en lo alto del monte, en compañía de Pedro, de Santiago y de Juan, los tres discípulos que siempre estaban presentes en la manifestación divina del Maestro.

El Señor que, poco antes, había anunciado su muerte y resurrección, ofrece a los discípulos una anticipación de su Gloria

En la Cuaresma aprendemos a dar el tiempo justo a la oración que da respiro a nuestra vida espiritual. Además, la oración no significa aislarse del mundo y de sus contradicciones como hubiera querido hacer Pedro en el Tabor. La oración nos lleva a la acción. Esta palabra de Dios la escucho, de modo particular, dirigida hacia mí. El Señor me llama a dedicarme, todavía más, a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia. Por el contrario: si Dios me pide esto es porque yo pueda continuar sirviéndola.

La intervención de Pedro: “Maestro, ¡qué bello es estar aquí!” representa ese intento imposible de parar la experiencia mística.

No es, pues, en mi opinión, un alarde de falsa humildad, tan grata a los oídos modernos, lo que ha llevado a la renuncia de nuestro Santo Padre sino, más bien, la querencia de un retiro espiritual, místico, para dedicarse a la oración y a la meditación mediante las cuales seguir sirviendo a la Iglesia.

Más allá de sus palabras ante los señores cardenales en la Declaración del 10 de febrero nos justifica aquí su renuncia identificándola con la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Esta homilía del Papa durante el Angelus merece ser escuchada con la mayor atención.

***

Desde mi concepción del pontificado, lo respeto y lo asumo. Lo entiendo plenamente y hasta me enriquece. Benedicto XVI, además de Papa, es un genio intelectual y los genios tienen estas cosas.

Por lo único que pido a Dios es porque se entienda esta renuncia como algo excepcional en la Historia del Papado, excepción explicable por la índole intelectual de nuestro Papa y no como absurdo e inaceptable alarde de falsa humildad.

El deber ante la Historia no puede ser rígido. No puede ser un calcetín. Su grandeza entraña estas sorpresas que, bien entendidas, la engrandecen. Mal entendidas, se corre el riesgo de mixtificar una institución dos veces milenaria.

***

Para acabar, volvamos a leer en castellano el Libro Primero de los Reyes:

Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas, pero no se calentaba. Dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey.
Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey.
Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció.

Moribundo su rey, al pueblo de Israel no se le ocurrió pensar en su abdicación. Antes bien, buscaron remedio tan extravagante a nuestros ojos como pueda ser la introducción en su lecho de una adulescentulam speciosam para hacerle entrar en calor y revivir.

Pedro J no fue tan lejos el domingo pasado cuando dijo:

Si el rey está cansado que se siente un poco,

pero por ahí iba. Insisto que lo digo como humorada y que nada está más lejos de mi intención que hacer broma del Santo Padre con esta cita.

***

Resumiéndolo todo:

El Rey es símbolo irrenunciable.

El avatar histórico nos puede dar un Rey que abdique, mas esto nunca jamás debe de servir como regla para el porvenir porque, como muy bien dijo Platón:

todo se pone en peligro, porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

Es este peligro, no otro, la causa de nuestra preocupación. Bien entendida como hecho histórico excepcional, la abdicación de Benedicto XVI puede ser hasta enriquecedora. Entendida como acto de humildad encomiable y ejemplar para sus sucesores la rechazo porque entiendo que eso no sería sino un paso hacia adelante en la mundanización y mixtificación de la Iglesia.

Iglesia que, como dice Caminant en aquel mismo post:

es una vieja barca que sigue caminando por mares procelosos: si es obra de Dios, como creo, no se hundirá.

Pidamos por ello al Espíritu Santo.

Vínculos:

La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.
Comentarios a La tiara vacía en Libertad Digital.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
Angelus del domingo pasado. Youtube.
Comentarios a este escrito en Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

25 febrero, 2013 at 9:06