Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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12 de Octubre: Fiesta de la Hispanidad en la Plaza de Cataluña de Barcelona.

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Si París bien vale una Misa, la defensa de la españolidad de Cataluña bien vale un madrugón, me dije yo a mí mismo anteayer viendo la buena cara que apuntaba la manifestación cívica de la Plaza de Cataluña que convocó a decenas de miles de catalanes en defensa de su españolidad y en rechazo del separatismo que están promoviendo desde hace tanto tiempo los partidos catalanistas y algunos otros.

Doy por muy bien empleado el madrugón y sólo puedo decir que el acto me emocionó hasta donde no lo puedo expresar con palabras.

Dado que mi intención era ―aparte, claro está, de manifestar mi presencia en este acto―, la de realizar un pequeño reportaje fotográfico del mismo y escribir algunas líneas a su respecto en este blog que tanto ha tratado del asunto, durante el viaje en ferrocarril hasta la capital catalana me estuvo preocupando lo nublado que aparecía el cielo y lo que ello podría deslucir lo luminoso del acto.

Gracias a Dios, no fue así: la mañana barcelonesa se descubrió para cobijarlo bajo el hermosísimo cielo azul español del otoño, sólo salpicado por alguna nube de esas tan blancas que no hacen sino adornar y realzar su belleza.

Comenzado el acto con una ofrenda floral a Cristóbal Colón a los pies de su monumento, culminó, Ramblas arriba, en la Plaza de Cataluña, en la que una multitud de decenas de miles de españoles nos manifestamos bajo el lema “Som Catalunya: Somos España”

y haciendo hincapié en la riqueza que representa la unidad de cuarenta y siete millones de personas, no todas, por desgracia, conscientes de las inmensas dificultades que el devenir de la Historia ha presentado y presenta para que podamos hoy alardear de tanta muchedumbre, y unas pocas de ellas, francamente enemigas de que los españoles lo seamos en número tan grande y gustosas de escarbar en tales dificultades que ―sería tonto negarlo― existen como existen en cualquier organismo vivo.

Es cierto que, en algún comentario a la noticia de esta afirmación de la españolidad de Cataluña, algún aguafiestas, atendiendo a algunas fotografías, ha querido notar, fijándose en tal o cual foto, que fuimos pocos.

Es cierto que no fuimos los bastantes como para formar una cadena humana capaz de enlazar Le Perthus con Vinaroz, como hicieron los separatistas hace unas semanas ―aunque de esto también habría mucho que hablar―. Sin embargo, lo significativo de esta manifestación ciudadana no es tanto el número de personas que acudió a ella como el mero hecho de que acudieran: el pueblo catalán, adoctrinado durante décadas por la idea separatista, por la antipatía hacia el resto de España y amedrentado por este nacionalismo tan corto de miras, jamás hasta ayer tuvo el coraje de enfrentarse de semejante manera a la agobiante tesis nacionalista.

Ayer lo hizo y en grandísimo y muy valioso número si contemplamos estas circunstancias. Ayer manifestó que en la esencia de lo español late un solo corazón;

ayer algún catalán tuvo la afortunadísima idea de plasmar en una sencilla pancarta escrita con bolígrafo el hecho innegable ―el hecho que el nacionalismo catalán no puede ignorar sin falsificarse a sí mismo― de la profundidad de los lazos que unen a Cataluña con el resto de España:

La cadena de nuestros antepasados pasa por todos los rincones de España:

Así es y así lo entiende a su manera la juventud catalana que ayer acudió a la Plaza de Cataluña. Manera quizá imprecisa debido a la indigencia con la que ha sido educada en este y en tantos otros sentidos, pero la idea eterna de España latía en su corazón a pesar de los muchos intentos que se han hecho por parte de tantos de borrarla del pecho de las generaciones que nos han de seguir. Como anécdota diré que, acabada la lectura del manifiesto de los organizadores y sonando el Himno Nacional por la megafonía, mientras los jóvenes lo tatareaban, los viejos lo cantamos con la letra de Pemán:

Gloria a la Patria que supo seguir
sobre el azul del mar
el caminar del sol…

 

En esta continuidad de generaciones ―el llamado derecho a decidir es una falacia pues la nación no la formamos sólo los que vivimos en un momento dado, sino que es una continuidad que no tenemos ningún derecho a romper los que coyunturalmente estamos vivos hasta que Dios quiera―, olvidándonos de nuestros muertos y olvidados de quienes nos han de seguir, ningún derecho tenemos a decidir sobre una nación milenaria por el mero hecho de estar hoy vivos, tener un DNI y porque así lo crea el señor Mas―.

De la misma manera y por la misma razón, el tratar de cambiar la bandera de Cataluña por la estrellada es mero disparate: es estrellar a Cataluña.

El verdadero nacionalista, el que conozca y ame a su tierra y a su historia, ni puede cambiar a su antojo su Bandera, su Senyera, ni puede venirnos con el cuento ―excusatio non petita, acusatio manifesta― de que la majadería de la estrellada es “provisional” en tanto que consigan su ansiada independencia.

A este respecto, querría recordarles que su verdadera Senyera es la bandera cuatribarrada del Reino de Aragón y, siendo así, o una de tres: o tendrían que quedarse con la estrellada, ―trasunto cubano―, o tendrían que inventarse otra o tendrían que apropiarse de la Bandera del Reino de Aragón. No me cabe ninguna duda, dado el desprecio hacia la Historia de los separatistas, de que no tendrían mayor desahogo en hacerlo. Pero tampoco me cabe ninguna duda de que los aragoneses tendrían mucho que decir al respecto: dos entes políticos con la misma bandera es una aberración que no recuerdo se haya visto en la Historia de la Humanidad.

Seguramente, ni al señor Junqueras ni al señor Navarro esto les causa mayor complicación ni mayor escrúpulo. Al señor Mas quiero creer que sí.

Por cierto y dicho sea de paso que las cuatro barras de la bandera de Aragón también andaban ayer por la Plaza de Cataluña como un cuartel más del Escudo de España, junto a los de Castilla, León y Navarra.

Y, dicho sea también de paso: en mi viaje de ayer a Cataluña, aunque alguna estelada vi colgada en balcones o coronando tejados, tampoco fueron tantas. Eran, sí, las que más abundaban. Pero también conté bastantes de la cuatribarrada sin estrella y hasta dos de la rojigualda, una de ellas hermanada con la de Aragón. Por no comprometer a quienes tuvieron la valentía de colgarlas en sus balcones, no publico aquí sus fotografías.

***

Otras veces he insistido en este blog acerca de la importancia suma que tienen la religión católica y el Tradicionalismo en la concepción de la España moderna (cuando digo moderna me refiero a la que nace con la unidad política de 1492). No quiero insistir aquí sobre ello pues sé de sobra que es asunto que repele a muchos constitucionalistas y, quizá, a muchos de los españoles que ayer fueron a esta manifestación.

Sólo señalaré que, en la defensa de la idea de España que ayer se hizo en la Plaza de Cataluña, no faltaron ni el Sagrado Corazón de Jesús ni la Cruz de Borgoña:

Por lo demás, también andaba por allí alguna bandera europea. En el mundo en el que vivimos no podemos prescindir de lo que hoy se llama Europa, pero se equivoca quien crea que es Europa la que le va a resolver a España el problema de sus separatismos:

así como tampoco podemos prescindir del hecho de que Europa anda tan descarriada y tan olvidada de sus orígenes como la misma Cataluña y la misma España institucionales. En todo caso y sea como sea, el apelar a la idea europea es apelar al pragmatismo y, como vino a decir José Antonio, nada más lejos hay del problema catalán que el pragmatismo. Cataluña es poesía: se podrá separar de España por razones poéticas y sentimentales. Lo que no va a hacer nunca es separarse de España por meras razones de balanzas fiscales como dicen quienes quieren utilizar este argumento pro domo sua. Quien no entienda esto, no entiende nada.

***

Uno de los valores que enriquecen a España es el seny catalán: como si dijéramos, en traducción aproximada al castellano, una mezcla de temple y de sentido común,

De ambos andamos necesitadísmos para salir de tantos trances en los que nos hemos metido, lo primero por cobardía y, lo segundo, por falta de seny.

El seny es justo lo contrario del romanticismo, entendiendo el romanticismo en la peor acepción de su palabra que es, por otra parte, la propia. Los nacionalismos vascos y catalán son nacionalismos románticos. El nacionalismo español, aunque algunas veces se exprese visceralmente, no es romántico. Es lo contrario de lo romántico: es clásico. Es clásico porque así lo ha querido la Historia: porque es el heredero de la civilización romana que desasnó a esta Península y de la religión católica que le alumbró hasta hace dos siglos. Dos elementos que, como se entenderá sin necesidad de mayor explicación, nada tienen que ver con el romanticismo.

Si embargo, para salir de estos trances no basta el seny. Necesitamos recuperar el amor a España. Para ello, necesitamos primero perder el miedo y la vergüenza a que nos tilden de españoles quienes han conseguido, gracias a nuestra indolencia, que la palabra España, cuando menos, suene mal, y, segundo, comprender de manera cabal que estos nacionalismos pequeños son eso: románticos, y que, frente a ellos, la Nación Española es un concepto que, a la vez que ha sido forjado por el pensamiento clásico, ella misma ha contribuido a mantenerlo, a defenderlo y a enriquecerlo, y es, precisamente, esta lucha por el clasicismo de lo que hoy denominamos Nación española lo que, a su vez, la ha troquelado: frente a la sencillez, asequible a cualquiera, de la concepción romántica de la aldea de Asterix, podemos oponer, además del seny, desde el libro segundo de la Geografía de Estrabón hasta la obra del Padre Mariana, la del valenciano Juan Luis Vives y, sin olvidar la de tantos otros, y por citar aquí sólo a los que se me vienen de repente a la memoria, la de san Isidoro de Sevilla, compilador y mantenedor de la cultura grecorromana en la época de la barbarie arriana.

Para una mente primitiva, es seguro que es mucho más cara y asequible la idea romántica de la aldea de Asterix que el clasicismo que aparece tan antipáticamente defendido por las legiones romanas en los, por otra parte, geniales comics de Goscinny y Uderzo.

Sin embargo, en nuestra cultura, triunfó, gracias a Dios, la antipatía del clasicismo frente al romanticismo simpático.

El seny quizá no vaya tan lejos ni se meta en tantas honduras, pero algo tiene que ver con ello.

***

Para defender esta concepción de la nación española necesitamos que la ciudadanía salga a la calle como hizo ayer y necesitamos, tras ello, que los partidos que ostentan su representación se den por aludidos. Necesitamos que el PP, Ciutadans y UPyD se dejen de historias y se alíen en este asunto fundamental.

Pero necesitamos muchísimo más que el socialismo abandone su ambigüedad calculada y se ponga real y efectivamente del lado de los que ayer salimos a la calle para defender la unidad de España.

Hace unos años escribí en este mismo blog que el verdadero problema del nacionalismo vasco y catalán resulta de la aberración que significa su alianza con la izquierda. Pues, bien, ayer, en el viaje de regreso de tan magnífico acto leí en El Mundo esta misma idea en palabras de Fernando García de Cortazar:

España sufre hoy la impugnación más grave que ha soportado porque pone en peligro su propia existencia.

De ello culpa no sólo a la

tarea tramposa y minuciosa de los nacionalismos

sino, también a

una izquierda que ha traicionado a sus propios fundadores para entregar esta nación, que un día dijo querer defender, a quienes ansían destruirla; curiosamente, no en nombre de la lucha de clases o en busca del paraíso proletario, sino empujada por su patológico despiste al servicio de los horizontes egoístas de una oligarquía regional.

¡Ya era hora de que alguien lo dijera tan claro!

No basta con que Corcuera, Bono, Paco Vázquez, Belloch, Leguina o cualquiera de las muchas personas honestas, intelectualmente honestas, que hay en la izquierda, denuncien estos hechos y se rasguen las vestiduras a toro pasado y cuando ya no pintan nada en su partido. No basta con ello. Es necesario que quienes hoy dirigen el PSOE dejen de decir bobadas tales como las de Elena Valenciano, quien entiende el problema catalán como culpa del PP por “fomentar la catalanofobia durante años” o mezquindades tales como que jamás se aliarán con quienes quieren resucitar a una España reaccionaria, o que Pere Navarro, aparte de dejar libertad a los afiliados del PSC para que acudan a actos como el de ayer, les llame para que acudan, o que Rubalcaba deje de silbar al aire y de jugar al ni sí ni no, ni blanco ni negro.

Mucho más honesto me parece, digan lo que digan, el señor Durán i Lleida cuando confesó hace poco que fue un error dejar fuera del pacto por el Estatuto a la media España que representa el PP. ¡Lástima que el señor Durán recuperase el seny después de tantos años y cuando las cosas se han puesto tan negras y, también, a toro pasado!

Para todo esto necesitamos del socialismo. De un socialismo renovado con el que formar una mayoría grande y conforme en asuntos fundamentales como éste de manera que no seamos los ciudadanos quienes hemos de salir a la calle el día de la Fiesta Nacional para intentar defender a una nación que se rompe por todas partes y que sólo en nosotros parece apuntar alguna esperanza.

***

En fin, para mí la de ayer fue una jornada entrañable y emocionante. En cualquier país normal estas cosas ni deberían suceder ni suceden: las personas deberíamos emplear el tiempo libre que depara el asueto de un día festivo a otros asuntos distintos al de la permanencia de una nación que sus políticos han puesto en trance peligrosísimo de destrucción, pero así son las cosas y, siendo así, ningún empleo mejor encontré que dedicar dichas horas a intentar defender, en la pobrísima medida de mis fuerzas, la intangibilidad de mi nación. No me arrepiento de ello; antes bien me siento orgulloso y emocionado por haber puesto mi persona al lado de tantísimas otras con las que, sean cuales sean las muchas diferencias que me separen de ellas, me une esta idea tan lisa, tan llana y tan sencilla de la unidad política de España.

***

Sólo me resta añadir a lo que llevo dicho que sería muy de desear que las entidades unionistas, en años venideros, trabajaran por fomentar con la suficiente antelación este tipo de actos. Su publicidad importa mucho para que quienes, ayer, fuimos varias decenas de miles de españoles, seamos muchísimas más, D.m., en años venideros con la sola mira puesta en que siga naciendo el mismo sol sobre la España que Cristóbal Colón, siguiendo su caminar por el cielo, llevó hasta más allá de su ocaso.


Dulce et decorum est pro patria mori.

Reseñas periodísticas:

Barcelona  12.10.2013   Bandera hispano catalana de grandes dimensiones en el lado 'muntanya'  durante los actos de celebración del Día de la Hispanidad en la plaza de Catalunya  . Fotografía de Jordi Cotrina
Fotografía de El Periódico.

Miles de personas se concentran en Barcelona contra la independencia. El Mundo.
La sociedad civil asume la defensa de España y la libertad en Cataluña
. Libertad Digital.
Miles de personas claman en Barcelona en contra del independentismo. El País.
12-O: Miles de personas reivindican en Barcelona ser catalanes y españoles. La Vanguardia.
El 12-O supera la marca de asistentes del año pasado y llena la Plaza de Cataluña. El Periódico.
Espagne: 160.oo0 anti-indépendantistes manifestent à Barcelone. Action Française.

Vínculos:

El PSC dice que la manifestación del 12-O “alienta el enfrentamiento”. Libertad Digital:
Tiene razón el PSC: si quienes no deseamos transigir con el separatismo, ni nos manifestamos ni decimos nada, no hay enfrentamiento que valga. Lo que nos viene a decir el PSC es que el separatismo puede manifestarse tanto y cuanto quiera. Los unionistas no debemos hacerlo para no alentar el enfrentamiento. El separatismo puede engañar a la gente convocándola a consultas ilegales. Los demás tenemos que permanecer callados para no alentar el enfrentamiento. A esto siempre se le ha llamado jugar con dos barajas, que es, precisamente, lo que siempre, desde su fundación, ha hecho el PSOE.
La ayuda de Cambó a Franco. Pedro Fernández Barbadillo. Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

13 octubre, 2013 at 18:53

Carta abierta a S.A.R. el Príncipe de Asturias

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Ante el deplorable, lamentable, estado con el que en estos días se nos aparece la dinastía que hoy encarna a la Monarquía española por los errores de muchas de sus personas, y aprovechando el reciente cuadragésimo quinto aniversario del feliz nacimiento del Príncipe de Asturias, me siento en la obligación de dirigirme a él para presentarle públicamente —particularmente ya lo conoce: debe de conocerlo siendo su autor uno de los principales filósofos que han tratado de la Monarquía como mejor forma de gobierno— el tercer capítulo del libro segundo de la obra del padre Juan de Mariana, Del Rey y de la institución real, que se titula De la primera educación del príncipe.

Preparando, como se sabe, la edición digital íntegra de la obra (cuyo primer libro ya está publicado en Conceptos Esparcidos y en Scribd) he venido a dar con este capítulo que creo pintiparado ante las circunstancias presentes. En él podemos leer y parar a reflexionar, tanto su Alteza Real como todos nosotros, acerca del grandísimo peligro que entraña la dejación del príncipe de sus graves responsabilidades. Pero, al mismo tiempo, este mismo capítulo, mostrándonos que los graves hechos que hoy manchan a la Casa Real española ni son nuevos ni carecen de remedio, nos da la esperanza de su regeneración siempre y cuando todos, del Rey abajo —todos—, comprendamos el  verdadero fundamento y justificación de la Monarquía, el supremo valor que tiene para nuestra nación y la esperanza que debe de entrañar para la regeneración de nuestra patria, y siempre que personas que hoy encarnan la Casa que hoy ciñe su corona no se dejen llevar por comportamientos, no ya ilícitos —que esto no hay ni que explicarlo—, sino, ni siquiera, por modas, albures de los tiempos, complacencias con ideologías tan triunfadoras en lo coyuntural como pobres en lo moral e imperecedero, o transigencias con aquello con lo que la mera razón de su existencia no debe de transigir.

Quienes estas reflexiones mías siguen conocen bien mi adscripción a la causa carlista frente a la dinastía cristina. Creo firmemente que la nación española se equivocó al elegir a la dinastía actual frente a la de don Carlos V. Sin embargo, siendo la Historia como ha sido y correspondiendo hoy —en lo legal— la corona de España a don Juan Carlos I y su herencia a S.A.R. el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, pido a éste encarecidamente que vuelva a leer la obra del padre Mariana como le pido que preste alguna atención al nobilísimo comportamiento de sus primos de la rama carlista y, muy en especial, al Testamento Político de S.M.C. don Carlos VII —también publicado en estas páginas—, frente a la transigencia y “espantadas” de la rama a la que él pertenece y frente a su complacencia con los enemigos de la verdadera Monarquía.

Siguiendo la misma eterna línea de pensamiento con la que el padre Mariana nos enseña cuán severa debe de ser la educación del príncipe, don Carlos VII nos dijo:

Gobernar no es transigir,

y, de la misma forma, lo reiteró el General Franco, reinstaurador de la Corona que, con la gracia de Dios, S.A.R. ceñirá en su día:

Las clases llamadas a la noble función de magisterio o de ejemplaridad social, ante la tentación del esnobismo político, de modernismos ideológicos o de la popularidad mal entendida, de la ambición desmedida o del resentimiento, han vuelto la espalda a la única tarea que precisamente justificaba su preeminencia. Débiles morales, prefirieron navegar a favor de la corriente antes que asumir las responsabilidades del siempre duro, arriesgado y difícil ejercicio de la auténtica capitanía.

***

Alteza Real:

he de decir a S.A.R. que la verdadera corrupción no radica en si tal o cual comportamiento de tal o cual miembro de la Familia Real ha hecho esto o lo otro: la verdadera corrupción de la institución que S.A.R. está llamado a encarnar radica en el olvido de estas ideas.

Todo lo demás que está sucediendo en nuestros días, si estas ideas estuvieran gravadas a fuego en nuestras almas, sería condenable, sí, pero no catastrófico pues, como dijo Muñoz Seca:

Nunca ha de faltar un noble
Que robe más de la cuenta.

La verdadera corrupción de la Monarquía nace del abandono que su tatararbuela, doña Isabel II, hizo de la institución y que la transformó en un elemento más, decorativo, del régimen liberal partidista. Régimen seguramente inevitable en los días en los que nos ha tocado vivir pero del que sería de desear que la Monarquía guardara alguna distancia.

Al revés, confundiéndose entusiásticamente con él y ora al grito implícito de “marchemos todos y yo el primero por la senda ‘liberal’”, ora haciendo la ola con un equipo de balonmano para afectar simpatía ante el pueblo ¿qué de extraño tiene que la pequeñez partidista haya llegado a salpicar a la Corona por mucho que su única razón de ser debiera ser que no la salpicaran estas mezquindades partidistas e interesadas?

Los partidos luchan por su interés partidista. Los miembros de los partidos, demasiadas veces, luchan por su interés personal. Confundida la Corona con ellos, olvidada de que es mucho más antigua y mejor que esta forma de gobierno coyuntural; olvidada de que su única razón de ser no es el medro personal de nadie, sino el bien común ¿qué mucho que la corrupción del régimen partidista liberal haya llegado hasta los pies del trono?

***

Hasta aquí la presentación de este escrito.

Leamos ahora, señor, las reflexiones del padre Mariana al respecto:


CAPÍTULO III
 
De la primera educación del príncipe.
 

Hemos hablado ya de lo relativo a la nutrición y primera enseñanza de los hijos. Nada debemos añadir con respecto al que ha de ser un día príncipe, pues las mismas cosas indican que se ha de desplegar el mayor celo para que faltas nacidas de pequeños principios no vengan a resultar en daño general de la república. Está pues colocado el príncipe en la cumbre de las sociedades para que aparezca como una especie de deidad, como un héroe bajado del cielo, superior a la naturaleza de los demás mortales. Para aumentar su majestad y conciliarle el respeto de sus súbditos está casi siempre rodeado de lujo y de aparato, contribuyendo no poco a deslumbrar los ojos del pueblo y a contenerle en el círculo de los deberes sociales, por una parte sus vestidos de púrpura bordados de oro y pedrería, por otra la soberbia estructura de su palacio, por otra el gran número de sus cortesanos y sus guardias. Aprobamos como prudente y racional esta medida; mas creemos que a todo este fausto y pompa ha de añadírseles el esplendor y brillo de todas las virtudes, tales como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, como también el que dan las letras y el cultivo del ingenio, con los cuales se concilia también mucho la veneración de los ciudadanos. Es preciso cultivar con solicitud el campo de que ha de vivir más tarde todo el pueblo, es decir, el ánimo de los príncipes que han de aparecer a nuestros ojos contemplando desde muy alto todas las clases del Estado y mirando sin distinción por todas, por la alta, por la baja, por la media. Es preciso cuidar mucho la cabeza sino se quiere que bajen de ella malos humores y se inficione con ellos lo demás del cuerpo; en la sociedad, como en los individuos, son graves las enfermedades que derivan de tan grave miembro.

Sería a la verdad de desear que aventajase el príncipe a todos sus súbditos, así en las prendas del alma como las del cuerpo, corriendo al par de su elevación sus brillantes cualidades, para que pudiese con ellas granjearse el amor del pueblo, que vale indudablemente más que el miedo. Sería de desear que respirase autoridad su figura, que ya en su semblante y en sus ojos brillase cierta gravedad, mezclada con una singular benevolencia, que fuese de nobles y aventajadas formas, alto y robusto de cuerpo, perspicaz, dispuesto para atar los ánimos de todos con los vínculos de su mismo favor y de su gracia. Pero deseo y fortuna son éstos dados por el cielo más bien que procurados por la prudencia de los hombres, principalmente siendo la monarquía, como es entre nosotros, hereditaria y debiendo tomar por rey al que tal vez fue engendrado infelizmente por sus padres. Contribuiría, sin embargo, a que se evitara este peligro que se escogiesen siempre para mujeres de los príncipes mujeres dotadas de grandes facultades, nobles, hermosas, modestas y en lo posible ricas, mujeres en cuyas costumbres no hubiese nada de vil ni bajo, mujeres en que a su belleza física y a las virtudes de sus antepasados correspondiese la grandeza de sus almas, pues no es de poca monta que reúnan excelentes cualidades las que han de ser madres de hombres destinados a mandar a todos y a procurar la felicidad o la infelicidad de todos y de cada uno de los ciudadanos. Mucho puede adelantarse, por otra parte, si se hace todo lo posible para que aumenten las virtudes dadas por la naturaleza, se disminuyan los vicios existentes, y se ilustre y adorne la vida del futuro príncipe. Síganse los avisos de la naturaleza que dio dos pechos a las reinas como a las demás mujeres y se los llena en los días próximos al parto para que los hijos sustentados con la leche de sus madres salgan mejores y mucho más robustos. Mas, puesto que creció ya tanto en nosotros el amor a los deleites, que apenas hay mujer de mediana fortuna que quiera tomarse el trabajo de alimentar a sus hijos, hemos de alcanzar cuando menos que se tomen todas las precauciones posibles al elegir las nodrizas y no se las tome para favorecer la ambición de nadie, como en el siglo pasado sucedió en Portugal, donde se confió la nutrición y la educación de un príncipe a la querida de un obispo que gozaba de mucha influencia en aquel reino: torpeza grave y lastimosa, llevada a cabo por los esfuerzos del prelado y la infame condescendencia de los que podían evitarlo. Cuál fuese el resultado, no hay para qué referirlo; baste decir que excedió las mayores esperanzas. Nos da vergüenza hasta publicar los nombres de los que intervinieron en tan fatal negocio. En nuestros tiempos ha corrido la voz, no sé si verdadera o falsamente, que otro príncipe en quien estaban puestas las esperanzas de un reino vastísimo padeció en sus primeros años, por causa de su nodriza, contagiada de malísimos humores, de grandes y deformes llagas: incuria a la verdad vergonzosa y detestable, si no hubiese muchas cosas que no pueden ser previstas por los hombres.

Procúrese, como es consiguiente, que no se escape nunca de la boca de la nodriza una sola palabra obscena ni lasciva, a fin de que por quedar impresa eternamente en el ánimo del niño, no se destruya desde un principio su pudor, cosa que no hay para qué decir si sería o no perniciosa. Por este medio se extingue todo el amor a la dignidad y a la honestidad, se sueltan los frenos al placer, se corrompen para toda la vida las costumbres. Procúrese además que, a medida que vaya el príncipe creciendo, reciba los preceptos con que pueda llegar a ser un gran rey, y la fuerza de su autoridad corresponda a la grandeza de su imperio. Elíjase entre todos los ciudadanos un buen ayo, un maestro notable por su prudencia, y famoso por su erudición y por virtudes, con que pueda el príncipe llegar a aparecer perfecto. Esté sobre todo exento éste de todo vicio para que con el frecuente roce no se trasmitan sus deseos al alumno y le queden para toda la vida, como sucedió con Alejandro, rey de Macedonia, cuyos vicios que había recibido de su profesor Leónides, no se pudieron extinguir ni curar en sus más gloriosos días.

Mas no basta un solo maestro, se dirá tal vez; en muchas cosas ha de entender el príncipe que no será fácil que aprenda si no se le enseña en los primeros años de la infancia. Ha de administrar justicia al pueblo, nombrar magistrados, resolver negocios de paz y de guerra, hablar y juzgar de muchas cosas que a cada paso ocurren en la gobernación de un reino. No es común que uno solo sobresalga en todas las ciencias de donde se han de tomar tan diversos conocimientos; y es a la verdad muy poco para un maestro del príncipe haberlas sólo tocado por la superficie y permanecer en una humilde medianía. Enseñará los elementos de cada arte el que fuere más profundo en ella; lo que sucede en la enseñanza de la lengua latina sucede en la de las demás artes liberales.

Mas, teniendo ya por base la latinidad y conociendo algún tanto las ciencias que se rozan con este estudio, ¿qué puede impedir al príncipe que oiga varones entendidos para administrar los negocios de la paz y de la guerra? Por instruido que esté, por grande que sea su ingenio, necesitará siempre de las luces de estos hombres, y será hasta saludable que use de consejo ajeno. No nos disgusta, sin embargo, la institución de los persas que confiaban a cuatro varones principales la instrucción del príncipe para que cada cual le enseñase con acierto el arte en que más se aventajase; el primero le instruyese en la literatura, el segundo en las leyes patrias, el tercero en las ceremonias y ritos religiosos, el cuarto en el arte de la guerra, en que tanto descansa la fuerza y la salud de la república. Entre nosotros, el padre suele designar para la educación del príncipe dos de sus mejores grandes, los más señalados por su honradez y por su prudencia, uno para la enseñanza, tan grave ya por su edad como por la fama de sus conocimientos, otro para que modere y temple las acciones del alumno, varón que no ha de desconocer lo que exigen las costumbres. Mas ¿qué importa el número con tal que entiendan esos preceptores que es gravísimo y principal el cargo que les han confiado y estén bien convencidos de que para llenarlo debidamente han de trabajar de día y noche? Cuentan que Policleto, un escultor de fama, publicó un libro sobre su arte, a que dio el título de Canon, es decir, de regla; que en este libro explicó con mucha detención todo lo que ha de observarse en hacer una estatua, cuál debe ser la figura de cada una de sus partes, cuál la actitud y la postura; y que al mismo tiempo expuso al público una obra suya, que llamó también Canon por haber seguido en ella escrupulosamente todos los preceptos que tenía dados. Quisiera yo que siguiesen esta costumbre los preceptores de los príncipes, que ya que no se aventajasen mucho en escribir el libro, procurasen con los actos de su vida fijar en el ánimo de su alumno para irle formando todas las reglas de la virtud y del saber que nos han sido dadas por los grandes filósofos. Deben, ante todo, para que sea acertada la educación, alejar del palacio todo ejemplo de perversidad y de torpeza, cerrar puertas y echar cerrojos a todo género de vicios. No permitan que estén con el príncipe jóvenes sin pudor y sin vergüenza, para que la imagen de la liviandad no corrompa y destruya en un momento con el dañado soplo de su boca las virtudes arraigadas ya de mucho tiempo en su ánimo. Solicitan aquellos de una manera infame los honores y las riquezas; son aduladores, vanos, enemigos de la salud pública, contra la cual están sin cesar tendiendo asechanzas, y los hay por desgracia en gran número alentados por la excesiva prosperidad de muchos. ¿Cuántas fortunas, cuántos señoríos no vemos creados y fundados por hombres que, dejando a un lado todo pudor, se prestaron en distintas épocas a ser instrumentos de las maldades de los príncipes? No deberían sus nombres pasar siquiera a la posteridad; debería obligarse a sus descendientes y cognados a que los trocaran por otros más honrosos. Muchas veces, sin embargo, han caído también esos hombres y sido derribados en muy breve tiempo a la última miseria. Llega día en que el rey o se arrepiente de tenerles a su lado, o se sacia ya de verles; mengua entonces el favor, y se convierte al fin en odio, pues aquel empieza a mirarles como censores importunos, el pueblo como corruptores y malvados.

Procuren luego cultivar el ánimo del príncipe con verdaderas virtudes e instruirle, si es posible, con blandas palabras, que es el mejor sistema de enseñanza, con severidad, si es necesario. Repréndanle, y si no bastare la reprensión, castíguenle, no sea que por la indulgencia de sus preceptores se deprave su buena índole o se robustezcan en él los vicios naturales. Al león, animal fiero y cruel, ni se le ha de gobernar con continuos golpes ni halagar con frecuentes caricias; es preciso mezclar a las amenazas los halagos para que se amanse, procurar que ni con los golpes se encrudezca su fiereza ni se ensoberbezca con las caricias, cosas todas que han de hacerle de todo punto intratable. Examínese atentamente el carácter del príncipe, obsérvese qué cosas más le aguijonean y le mueven, y empléense siempre las que hayan de surtir mejor efecto. Si no le mueven las palabras y sí el freno, si necesita para andar de que se le apliquen las espuelas, apélese a estos medios: combátasele la cortedad si es demasiado corto, cúresele de su impudencia si impudente, y diríjanse siempre dondequiera que puedan contrariar sus vicios. Amonéstenle, mándenle, repréndanle, castíguenle de vez en cuando, resistan a sus inmoderados deseos, esmérense, por fin, en que no salga ni insolente ni tenaz, cualidades de que podrían ocasionarse graves perjuicios, así para él como para sus mismos súbditos. El gran Teodosio llamó a Roma a Arsenio para que se encargara de instruir a sus hijos, y le dijo terminantemente que les castigase siempre que lo creyese oportuno y no tolerase nunca la menor falta de sus hijos. ¡Varón grande y digno de gobernar el mundo! En todas las épocas encontramos profesores de príncipes que han adoptado un sistema contrario, ya por temor de exacerbarles, ya por el deseo de granjearse su amor con una injusta y fatal condescendencia. En Roma sucedió con Séneca, a pesar de ser un gran filósofo; en Castilla con Alonso de Alburquerque, que por haber sido profesor de Pedro el Cruel, puede quizás ser acusado de haber aumentado con una mala educación los vicios que había dado a éste la naturaleza, vicios a que sin duda se añadieron después otros. La prueba de la falta de entrambos está en que fue cada cual el privado de su respectivo príncipe, y tuvo gran mano en todos los negocios, y acumuló riquezas inmensas, no sin excitar la envidia y la maledicencia de los demás que sospechaban que con perjuicio del pueblo, y solo condescendiendo habían alcanzado aquella gran fortuna; mal ciertamente grave, no sólo para el Estado, sino también para sus autores, pues las riquezas recogidas del crimen no suelen ser ni duraderas ni propias. Séneca murió a manos de Nerón, y este fue el pago que obtuvo de sus lecciones, pago impío y cruel, ¿quién lo niega? pero tal vez debido a la débil educación que dio a su alumno y a que el favor adquirido por este medio tuvo que trocarse al fin en odio. Alonso de Alburquerque se vio obligado a huir para salvar la vida, no siendo más feliz que el otro sino en que cuando menos murió en el mismo momento en que estaba preparándose a la venganza con las armas en la mano y el apoyo de otros próceres del reino, y no fue enterrado como había prevenido en su testamento, sino después de haber sido preso el Rey en la ciudad de Toro por el esfuerzo y la solicitud de sus ardientes partidarios. Ya que tenía parte de culpa en el mal, no quiso descansar en su sepulcro sin que antes se hubiese impedido a Pedro el Cruel que siguiera causando tan terribles daños.

Enséñesele al fin a no hacerse esclavo de la liviandad, de la avaricia ni de la fiereza, a no despreciar las leyes, a no imponer con el terror a sus súbditos, a no considerar como fruto natural del gobierno los placeres, a guardarse del estupro y del incesto, que podrán servir para él, pero que serán para los demás motivo de horror y de vergüenza. Amonéstesele a que siga todas las virtudes dignas de un rey; explíquesele en qué consiste ser príncipe y en qué consisten sus deberes. El rey pues, si es verdaderamente digno de este nombre, obedece a las leyes divinas, toma por guía la razón, hace igual para todos el derecho, reprime la liviandad, aborrece la maldad y el fraude, mide por la utilidad pública y no por sus antojos el poder que ha recibido, se esfuerza en aventajar a todos por su honradez y sus costumbres a proporción de lo que es mayor en autoridad y riqueza, no retrocede ante ningún peligro, no perdona medio para salvar la patria, es fuerte e impetuoso en la guerra, templado en la paz; no siente latir el corazón sino por la felicidad de los pueblos, a los cuales procura sin cesar todo género de bienes. Amparado así por la gracia de Dios, ensalzado universalmente por sus virtudes, se granjea la voluntad de todos, y viene a ser un cabal modelo de la majestad antigua, no pareciendo sino que es un hombre bajado del cielo para gobernar la tierra. Con ese amor y esa fama adquiridos entre sus mismos súbditos asegurará mucho más su imperio que con la fuerza y con las armas; lo hará fausto para sus ciudadanos y eterno para sus descendientes, lo dejará fuerte contra todo embate exterior, procurará que no puedan con él ni el fraude ni las asechanzas de los próceres del reino. Esto es lo que se nos ha ocurrido decir sobre la educación del rey en general; vamos ahora a examinarla en cada una de sus partes.

***

Imbuido S.A.R. de la concepción de la Monarquía en estos términos, únicos en los que puede concebirse, y conocidas tanto las dotes personales de S.A.R. como su educación, la esperanza del renacimiento y regeneración de la verdadera Monarquía española, adaptada a los tiempos sin melindres ni dejaciones en lo fundamental, es más que plausible. Sin ellas, tal Monarquía no será sino “cáscara vacía a la que ni un pelotón de alabarderos se aprestará a defender”.

Besa las manos de S.A.R.

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 de enero de 2013, festividad de san Juan Bosco

Vínculos:

Del Rey y de la institución Real. Libro primero. Juan de Mariana. Conceptos esparcidos.

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31 enero, 2013 at 13:08

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12 octubre, 2012 at 17:52

Publicado en Política

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