Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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12 de Octubre: Fiesta de la Hispanidad en la Plaza de Cataluña de Barcelona.

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Si París bien vale una Misa, la defensa de la españolidad de Cataluña bien vale un madrugón, me dije yo a mí mismo anteayer viendo la buena cara que apuntaba la manifestación cívica de la Plaza de Cataluña que convocó a decenas de miles de catalanes en defensa de su españolidad y en rechazo del separatismo que están promoviendo desde hace tanto tiempo los partidos catalanistas y algunos otros.

Doy por muy bien empleado el madrugón y sólo puedo decir que el acto me emocionó hasta donde no lo puedo expresar con palabras.

Dado que mi intención era ―aparte, claro está, de manifestar mi presencia en este acto―, la de realizar un pequeño reportaje fotográfico del mismo y escribir algunas líneas a su respecto en este blog que tanto ha tratado del asunto, durante el viaje en ferrocarril hasta la capital catalana me estuvo preocupando lo nublado que aparecía el cielo y lo que ello podría deslucir lo luminoso del acto.

Gracias a Dios, no fue así: la mañana barcelonesa se descubrió para cobijarlo bajo el hermosísimo cielo azul español del otoño, sólo salpicado por alguna nube de esas tan blancas que no hacen sino adornar y realzar su belleza.

Comenzado el acto con una ofrenda floral a Cristóbal Colón a los pies de su monumento, culminó, Ramblas arriba, en la Plaza de Cataluña, en la que una multitud de decenas de miles de españoles nos manifestamos bajo el lema “Som Catalunya: Somos España”

y haciendo hincapié en la riqueza que representa la unidad de cuarenta y siete millones de personas, no todas, por desgracia, conscientes de las inmensas dificultades que el devenir de la Historia ha presentado y presenta para que podamos hoy alardear de tanta muchedumbre, y unas pocas de ellas, francamente enemigas de que los españoles lo seamos en número tan grande y gustosas de escarbar en tales dificultades que ―sería tonto negarlo― existen como existen en cualquier organismo vivo.

Es cierto que, en algún comentario a la noticia de esta afirmación de la españolidad de Cataluña, algún aguafiestas, atendiendo a algunas fotografías, ha querido notar, fijándose en tal o cual foto, que fuimos pocos.

Es cierto que no fuimos los bastantes como para formar una cadena humana capaz de enlazar Le Perthus con Vinaroz, como hicieron los separatistas hace unas semanas ―aunque de esto también habría mucho que hablar―. Sin embargo, lo significativo de esta manifestación ciudadana no es tanto el número de personas que acudió a ella como el mero hecho de que acudieran: el pueblo catalán, adoctrinado durante décadas por la idea separatista, por la antipatía hacia el resto de España y amedrentado por este nacionalismo tan corto de miras, jamás hasta ayer tuvo el coraje de enfrentarse de semejante manera a la agobiante tesis nacionalista.

Ayer lo hizo y en grandísimo y muy valioso número si contemplamos estas circunstancias. Ayer manifestó que en la esencia de lo español late un solo corazón;

ayer algún catalán tuvo la afortunadísima idea de plasmar en una sencilla pancarta escrita con bolígrafo el hecho innegable ―el hecho que el nacionalismo catalán no puede ignorar sin falsificarse a sí mismo― de la profundidad de los lazos que unen a Cataluña con el resto de España:

La cadena de nuestros antepasados pasa por todos los rincones de España:

Así es y así lo entiende a su manera la juventud catalana que ayer acudió a la Plaza de Cataluña. Manera quizá imprecisa debido a la indigencia con la que ha sido educada en este y en tantos otros sentidos, pero la idea eterna de España latía en su corazón a pesar de los muchos intentos que se han hecho por parte de tantos de borrarla del pecho de las generaciones que nos han de seguir. Como anécdota diré que, acabada la lectura del manifiesto de los organizadores y sonando el Himno Nacional por la megafonía, mientras los jóvenes lo tatareaban, los viejos lo cantamos con la letra de Pemán:

Gloria a la Patria que supo seguir
sobre el azul del mar
el caminar del sol…

 

En esta continuidad de generaciones ―el llamado derecho a decidir es una falacia pues la nación no la formamos sólo los que vivimos en un momento dado, sino que es una continuidad que no tenemos ningún derecho a romper los que coyunturalmente estamos vivos hasta que Dios quiera―, olvidándonos de nuestros muertos y olvidados de quienes nos han de seguir, ningún derecho tenemos a decidir sobre una nación milenaria por el mero hecho de estar hoy vivos, tener un DNI y porque así lo crea el señor Mas―.

De la misma manera y por la misma razón, el tratar de cambiar la bandera de Cataluña por la estrellada es mero disparate: es estrellar a Cataluña.

El verdadero nacionalista, el que conozca y ame a su tierra y a su historia, ni puede cambiar a su antojo su Bandera, su Senyera, ni puede venirnos con el cuento ―excusatio non petita, acusatio manifesta― de que la majadería de la estrellada es “provisional” en tanto que consigan su ansiada independencia.

A este respecto, querría recordarles que su verdadera Senyera es la bandera cuatribarrada del Reino de Aragón y, siendo así, o una de tres: o tendrían que quedarse con la estrellada, ―trasunto cubano―, o tendrían que inventarse otra o tendrían que apropiarse de la Bandera del Reino de Aragón. No me cabe ninguna duda, dado el desprecio hacia la Historia de los separatistas, de que no tendrían mayor desahogo en hacerlo. Pero tampoco me cabe ninguna duda de que los aragoneses tendrían mucho que decir al respecto: dos entes políticos con la misma bandera es una aberración que no recuerdo se haya visto en la Historia de la Humanidad.

Seguramente, ni al señor Junqueras ni al señor Navarro esto les causa mayor complicación ni mayor escrúpulo. Al señor Mas quiero creer que sí.

Por cierto y dicho sea de paso que las cuatro barras de la bandera de Aragón también andaban ayer por la Plaza de Cataluña como un cuartel más del Escudo de España, junto a los de Castilla, León y Navarra.

Y, dicho sea también de paso: en mi viaje de ayer a Cataluña, aunque alguna estelada vi colgada en balcones o coronando tejados, tampoco fueron tantas. Eran, sí, las que más abundaban. Pero también conté bastantes de la cuatribarrada sin estrella y hasta dos de la rojigualda, una de ellas hermanada con la de Aragón. Por no comprometer a quienes tuvieron la valentía de colgarlas en sus balcones, no publico aquí sus fotografías.

***

Otras veces he insistido en este blog acerca de la importancia suma que tienen la religión católica y el Tradicionalismo en la concepción de la España moderna (cuando digo moderna me refiero a la que nace con la unidad política de 1492). No quiero insistir aquí sobre ello pues sé de sobra que es asunto que repele a muchos constitucionalistas y, quizá, a muchos de los españoles que ayer fueron a esta manifestación.

Sólo señalaré que, en la defensa de la idea de España que ayer se hizo en la Plaza de Cataluña, no faltaron ni el Sagrado Corazón de Jesús ni la Cruz de Borgoña:

Por lo demás, también andaba por allí alguna bandera europea. En el mundo en el que vivimos no podemos prescindir de lo que hoy se llama Europa, pero se equivoca quien crea que es Europa la que le va a resolver a España el problema de sus separatismos:

así como tampoco podemos prescindir del hecho de que Europa anda tan descarriada y tan olvidada de sus orígenes como la misma Cataluña y la misma España institucionales. En todo caso y sea como sea, el apelar a la idea europea es apelar al pragmatismo y, como vino a decir José Antonio, nada más lejos hay del problema catalán que el pragmatismo. Cataluña es poesía: se podrá separar de España por razones poéticas y sentimentales. Lo que no va a hacer nunca es separarse de España por meras razones de balanzas fiscales como dicen quienes quieren utilizar este argumento pro domo sua. Quien no entienda esto, no entiende nada.

***

Uno de los valores que enriquecen a España es el seny catalán: como si dijéramos, en traducción aproximada al castellano, una mezcla de temple y de sentido común,

De ambos andamos necesitadísmos para salir de tantos trances en los que nos hemos metido, lo primero por cobardía y, lo segundo, por falta de seny.

El seny es justo lo contrario del romanticismo, entendiendo el romanticismo en la peor acepción de su palabra que es, por otra parte, la propia. Los nacionalismos vascos y catalán son nacionalismos románticos. El nacionalismo español, aunque algunas veces se exprese visceralmente, no es romántico. Es lo contrario de lo romántico: es clásico. Es clásico porque así lo ha querido la Historia: porque es el heredero de la civilización romana que desasnó a esta Península y de la religión católica que le alumbró hasta hace dos siglos. Dos elementos que, como se entenderá sin necesidad de mayor explicación, nada tienen que ver con el romanticismo.

Si embargo, para salir de estos trances no basta el seny. Necesitamos recuperar el amor a España. Para ello, necesitamos primero perder el miedo y la vergüenza a que nos tilden de españoles quienes han conseguido, gracias a nuestra indolencia, que la palabra España, cuando menos, suene mal, y, segundo, comprender de manera cabal que estos nacionalismos pequeños son eso: románticos, y que, frente a ellos, la Nación Española es un concepto que, a la vez que ha sido forjado por el pensamiento clásico, ella misma ha contribuido a mantenerlo, a defenderlo y a enriquecerlo, y es, precisamente, esta lucha por el clasicismo de lo que hoy denominamos Nación española lo que, a su vez, la ha troquelado: frente a la sencillez, asequible a cualquiera, de la concepción romántica de la aldea de Asterix, podemos oponer, además del seny, desde el libro segundo de la Geografía de Estrabón hasta la obra del Padre Mariana, la del valenciano Juan Luis Vives y, sin olvidar la de tantos otros, y por citar aquí sólo a los que se me vienen de repente a la memoria, la de san Isidoro de Sevilla, compilador y mantenedor de la cultura grecorromana en la época de la barbarie arriana.

Para una mente primitiva, es seguro que es mucho más cara y asequible la idea romántica de la aldea de Asterix que el clasicismo que aparece tan antipáticamente defendido por las legiones romanas en los, por otra parte, geniales comics de Goscinny y Uderzo.

Sin embargo, en nuestra cultura, triunfó, gracias a Dios, la antipatía del clasicismo frente al romanticismo simpático.

El seny quizá no vaya tan lejos ni se meta en tantas honduras, pero algo tiene que ver con ello.

***

Para defender esta concepción de la nación española necesitamos que la ciudadanía salga a la calle como hizo ayer y necesitamos, tras ello, que los partidos que ostentan su representación se den por aludidos. Necesitamos que el PP, Ciutadans y UPyD se dejen de historias y se alíen en este asunto fundamental.

Pero necesitamos muchísimo más que el socialismo abandone su ambigüedad calculada y se ponga real y efectivamente del lado de los que ayer salimos a la calle para defender la unidad de España.

Hace unos años escribí en este mismo blog que el verdadero problema del nacionalismo vasco y catalán resulta de la aberración que significa su alianza con la izquierda. Pues, bien, ayer, en el viaje de regreso de tan magnífico acto leí en El Mundo esta misma idea en palabras de Fernando García de Cortazar:

España sufre hoy la impugnación más grave que ha soportado porque pone en peligro su propia existencia.

De ello culpa no sólo a la

tarea tramposa y minuciosa de los nacionalismos

sino, también a

una izquierda que ha traicionado a sus propios fundadores para entregar esta nación, que un día dijo querer defender, a quienes ansían destruirla; curiosamente, no en nombre de la lucha de clases o en busca del paraíso proletario, sino empujada por su patológico despiste al servicio de los horizontes egoístas de una oligarquía regional.

¡Ya era hora de que alguien lo dijera tan claro!

No basta con que Corcuera, Bono, Paco Vázquez, Belloch, Leguina o cualquiera de las muchas personas honestas, intelectualmente honestas, que hay en la izquierda, denuncien estos hechos y se rasguen las vestiduras a toro pasado y cuando ya no pintan nada en su partido. No basta con ello. Es necesario que quienes hoy dirigen el PSOE dejen de decir bobadas tales como las de Elena Valenciano, quien entiende el problema catalán como culpa del PP por “fomentar la catalanofobia durante años” o mezquindades tales como que jamás se aliarán con quienes quieren resucitar a una España reaccionaria, o que Pere Navarro, aparte de dejar libertad a los afiliados del PSC para que acudan a actos como el de ayer, les llame para que acudan, o que Rubalcaba deje de silbar al aire y de jugar al ni sí ni no, ni blanco ni negro.

Mucho más honesto me parece, digan lo que digan, el señor Durán i Lleida cuando confesó hace poco que fue un error dejar fuera del pacto por el Estatuto a la media España que representa el PP. ¡Lástima que el señor Durán recuperase el seny después de tantos años y cuando las cosas se han puesto tan negras y, también, a toro pasado!

Para todo esto necesitamos del socialismo. De un socialismo renovado con el que formar una mayoría grande y conforme en asuntos fundamentales como éste de manera que no seamos los ciudadanos quienes hemos de salir a la calle el día de la Fiesta Nacional para intentar defender a una nación que se rompe por todas partes y que sólo en nosotros parece apuntar alguna esperanza.

***

En fin, para mí la de ayer fue una jornada entrañable y emocionante. En cualquier país normal estas cosas ni deberían suceder ni suceden: las personas deberíamos emplear el tiempo libre que depara el asueto de un día festivo a otros asuntos distintos al de la permanencia de una nación que sus políticos han puesto en trance peligrosísimo de destrucción, pero así son las cosas y, siendo así, ningún empleo mejor encontré que dedicar dichas horas a intentar defender, en la pobrísima medida de mis fuerzas, la intangibilidad de mi nación. No me arrepiento de ello; antes bien me siento orgulloso y emocionado por haber puesto mi persona al lado de tantísimas otras con las que, sean cuales sean las muchas diferencias que me separen de ellas, me une esta idea tan lisa, tan llana y tan sencilla de la unidad política de España.

***

Sólo me resta añadir a lo que llevo dicho que sería muy de desear que las entidades unionistas, en años venideros, trabajaran por fomentar con la suficiente antelación este tipo de actos. Su publicidad importa mucho para que quienes, ayer, fuimos varias decenas de miles de españoles, seamos muchísimas más, D.m., en años venideros con la sola mira puesta en que siga naciendo el mismo sol sobre la España que Cristóbal Colón, siguiendo su caminar por el cielo, llevó hasta más allá de su ocaso.


Dulce et decorum est pro patria mori.

Reseñas periodísticas:

Barcelona  12.10.2013   Bandera hispano catalana de grandes dimensiones en el lado 'muntanya'  durante los actos de celebración del Día de la Hispanidad en la plaza de Catalunya  . Fotografía de Jordi Cotrina
Fotografía de El Periódico.

Miles de personas se concentran en Barcelona contra la independencia. El Mundo.
La sociedad civil asume la defensa de España y la libertad en Cataluña
. Libertad Digital.
Miles de personas claman en Barcelona en contra del independentismo. El País.
12-O: Miles de personas reivindican en Barcelona ser catalanes y españoles. La Vanguardia.
El 12-O supera la marca de asistentes del año pasado y llena la Plaza de Cataluña. El Periódico.
Espagne: 160.oo0 anti-indépendantistes manifestent à Barcelone. Action Française.

Vínculos:

El PSC dice que la manifestación del 12-O “alienta el enfrentamiento”. Libertad Digital:
Tiene razón el PSC: si quienes no deseamos transigir con el separatismo, ni nos manifestamos ni decimos nada, no hay enfrentamiento que valga. Lo que nos viene a decir el PSC es que el separatismo puede manifestarse tanto y cuanto quiera. Los unionistas no debemos hacerlo para no alentar el enfrentamiento. El separatismo puede engañar a la gente convocándola a consultas ilegales. Los demás tenemos que permanecer callados para no alentar el enfrentamiento. A esto siempre se le ha llamado jugar con dos barajas, que es, precisamente, lo que siempre, desde su fundación, ha hecho el PSOE.
La ayuda de Cambó a Franco. Pedro Fernández Barbadillo. Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

13 octubre, 2013 at 18:53

Discutiendo con Emilio Castelar acerca de la República

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Emilio Castelar es seudónimo de un contacto que tengo añadido a mi “facebook”. No recuerdo por qué razón ni desde cuando pero el caso es que lo tengo.

Emilio Castelar publicó en el suyo, el pasado día 14 de abril, un artículo de Javier Castro-Villacañas titulado Nosotros los republicanos. Este artículo puede leerse completo en los vínculos que añado al final pero, en resumen, don Javier viene a querer diferenciar en él el concepto de República, en abstracto, de la idea que tenemos la derecha española de la República inspirada por las dos que hemos padecido, partidistas, dogmáticas, disgregadoras y matacuras.

Como el artículo del señor Castro-Villacañas me pareció muy sensato y moderado así se lo hice saber a Emilio Castelar en comentario a su referencia, seguramente equivocándome algo en mi interpretación del artículo de Castro-Villacañas:

Te agradezco, Emilio, la referencia a este artículo tan sensato. Efectivamente, otra de las razones por las que la República es indeseable en España es la que se menciona aquí: por su adscripción, para la inmensa mayoría de los que se llaman republicanos, a “programas políticos partidistas e ideologizados”, concretamente, los de izquierda y, como también señala muy bien el artículo, los independentistas que no es que quieran la República por ella en sí sino como medio más fácil para destruir a España.

Un artículo muy honesto.

Como digo, ésta era una interpretación mía, quizá abusiva, quizá voluntariosa, de lo que había escrito el autor, razón por la cual Emilio Castelar contestó a mi comentario corrigiéndome con su interpretación y, a partir de ahí, en estos días, hemos sostenido un diálogo que, por creerlo de algún interés para la reflexión sosegada acerca de las formas de gobierno quiero reproducir aquí.

Me respondió, pues, Emilio Castelar:

Carlos, ese artículo lo ha escrito un republicano, y no es eso lo que dice, ni es esa su intención.

1º No dice, porque no es cierto, que la inmensa mayoría de los republicanos sean de izquierdas. La izquierda nostálgica de la II República es una porción minoritaria de los republicanos españoles, (que según las últimas encuestas son como mínimo el 45% de la población) aunque sean los que más se hacen oír.

2º No dice, porque tampoco es cierto, que los separatistas quieran una república como medio para destruir España. Dice expresamente lo contrario: “Estas personas se caracterizan porque no tienen el más mínimo interés por conseguir una república para España y sí su desaparición. Además, forman parte del ‘establishment’ nacionalista y, por tanto, son piezas integrantes de nuestro actual régimen político”. Es decir, los separatistas forman parte del régimen juancarlista.

3º Una república, objetivamente, no facilita más dicha tarea que una monarquía. En todo caso, a la vista de los últimos 35 años, podemos afirmar lo contrario. Es bajo el reinado de Juan Carlos I cuando se ha producido el mayor proceso de disolución nacional de nuestra historia. Es el régimen del 78 el que ha facilitado sobremanera a los separatistas alcanzar sus objetivos, que ya están a punto de culminar con la anunciada secesión, mientras el monarca y su gobierno miran para otro lado. Conviene recordar a este respecto que, por ejemplo, el gobierno republicano de Lerroux encarceló al gobierno autonómico catalán y suspendió la autonomía de esa región cuando Companys proclamó el “Estado catalán”.

4º Nunca podrá levantarse ningún régimen político contra media España, cualquier sistema político que haya en el futuro, será de todos o no será. Por eso mismo, la república será lo que quieran los españoles. ¿Y acaso crees que la mayoría de los españoles quieren volver a 1931?

A lo cual le respondí el 16 de abril:

Quizá no dice explícitamente la conclusión que extraigo pero, creo, es lo viene a decir.

1. Dado el desprestigio actual de la casa reinante, no me extraña ese porcentaje que señalas de republicanos según la encuestas. Sé perfectamente que la República es un sistema de gobierno más, con sus ventajas e inconvenientes, pero dudo muchísimo que un 45% de españoles la prefieran en abstracto y no a consecuencia del desprestigio del que te hablo de la monarquía actual. En cualquier caso para la mayoría (no para este señor) hablar de República en España es evocar a la II República: “los únicos que hasta ahora han monopolizado las propuestas para la construcción de un sistema no monárquico son en su mayoría fantasmas de un ayer imposible”.

2. Yo creo que sí lo dice: “También es cómodo ser republicano independentista catalán, vasco o gallego. Estas personas se caracterizan porque no tienen el más mínimo interés por conseguir una república para España y sí su desaparición”. Y, además, tiene razón. Y, además, tienen razón los independentistas: como me he cansado de repetir en mi blog, el único cemento que mantiene unidos a los pueblos españoles son la Monarquía en lo político y la religión católica en lo espiritual. Si no consideramos las cosas en abstracto tenemos que darnos cuenta de que una República española, antes o después, acarrearía la disgregación de España.

3. Me dices “Es bajo el reinado de Juan Carlos I cuando se ha producido el mayor proceso de disolución nacional de nuestra historia”. No lo creo cierto: ahí tienes a la I y II Repúblicas como ejemplos de disolución mucho mayores.

4.Y ¿acaso crees que los españoles de 1931 querían que sucediese lo que sucedió en 1931 y siguientes?

Ese mismo día me respondió Emilio Castelar:

1º Naturalmente, los españoles son accidentalistas en cuanto a las formas de Estado, cuando ven que un régimen político no funciona dejan de apoyarlo. En cuanto a que para la mayoría República = II República, eso ya no es así, pues de lo contrario, no habría crecido como la espuma el número de republicanos ni se habría desplomado el apoyo a la monarquía. Es una minoría menguante, situada en la derecha reaccionaria, la que cree que por el hecho de quitar al rey nos vamos a convertir en Cuba.

2º En España hay un único pueblo, el español, porque hay una única ciudadanía, la española; y por supuesto, una única nación. La monarquía es un elemento ceremonial que no une absolutamente nada, un nexo simbólico se rompe con enorme facilidad. La monarquía, para lo que sirve es para disimular el proceso de disgregación nacional, porque hay (o mejor dicho, ha habido) bastante gente ingenua que cree que por el hecho de tener una testa coronada la unidad nacional está a salvo. Conscientes de ello, los grandes partidos separatistas, CiU y PNV, no han cuestionado a la monarquía en estos 35 años. Antes al contrario, han defendido “el pacto con la corona”, pensando que España puede convertirse en una especie de Commonwealth en la que el rey sea el único elemento común entre varios Estados-taifa independientes. El rey también ha jugado a eso, creyendo que si es el único nexo de unión entre españoles, su figura será imprescindible. Se equivoca, si no hay unidad nacional, sobra la monarquía.

3º En la I República el cantonalismo fue derrotado por Salmerón, y sobre todo, por Castelar. La monarquía pudo volver en 1874 gracias al que la unidad y el orden habían sido restablecidos por los republicanos unitarios, tras el caos provocado por los federalistas. En la II República el separatismo catalán fue derrotado por Lerroux, que como he dicho antes, encarceló al gobierno de la generalidad y suspendió la autonomía catalana. Compara eso con los abrazos y sonrisas cómplices del rey a Artur Mas después de que éste anunciara su plebiscito separatista. Si a pesar de esa evidencia sigues diciendo que la 2ª república disolvió España y la monarquía juancarlista la mantiene unida, yo no tengo más que decir. Si no te convence la realidad, no te voy a convencer yo.

4º Gran parte de los españoles, sí. Algo menos de media España, la otra media desde luego que no.

También ese mismo día contesté:

Veo que dejamos de hablar del artículo y pasamos a discutir acerca de tu entusiasmo por la república como mejor sistema de gobierno. Vayamos a ello.

1. No tengo ninguna objeción que hacerte respecto a la volubilidad del pueblo español pues estoy de acuerdo contigo. Sin embargo me parece muy pobre argumento a la hora de preferir una cierta forma de gobierno y decidir cuál es mejor, en abstracto y en concreto para cada nación. En efecto: la principal virtud que tiene la Monarquía hereditaria para los que la consideramos la mejor forma de gobierno es que, al estar en cada momento meridianamente claro quién ha de ocupar el poder, está libre de la lucha por el mismo, luchas que, en tiempos más bárbaros, implicaban hambre, muertes y desolación y, en los nuestros, el espectáculo nauseabundo que presenciamos en nuestros días. Para eso, ya tenemos bastante con la democracia local, y las legislativas autonómicas y nacional. Y me parece muy pobre argumento porque es evidente que esta ventaja acarrea el inconveniente de que tenemos que aceptar que haya reyes buenos, malos y regulares. Esto de preferir la Monarquía en virtud de que el Monarca de turno nos caiga más o menos simpático es una aberración propia, como tú dices, de gente voluble que no alcanza a comprender por qué se debe de preferir una u otra.

No creo que quienes preferimos la Monarquía seamos esa minoría menguante, situada en la derecha reaccionaria, que pensemos que, sin rey, nos vamos a convertir en Cuba pero, ya que lo mencionas, nos tendrías qué explicar por qué es mejor la República que la Monarquía. La Gran Bretaña, Suecia, Holanda, Bélgica… son Monarquías (parlamentarias, sí, pero, al menos en lo formal, Monarquías) mientras que, sin necesidad de irte a Cuba, Venezuela, Argentina, Nicaragua… son Repúblicas. Quiero decir con ello: la forma de gobierno en sí no va a proporcionar a cada nación un mayor o menor grado de bienestar sino que ello va a depender más bien de la índole de ese pueblo.
Si esto es así, no entiendo por qué preferís que España renuncie a una institución propia, centenaria, con todos los defectos que tu quieras, pero que ha sido y es una seña de identidad propia suya, aunque hoy ande de capa caída.

2. La visión que me refieres de los independentistas la encuentro igualmente acertada. Lo que tú llamas una Commonwealth no es sino la imagen de nuestra Monarquía tradicional, bajo la que estaban los reinos de Castilla, Aragón, Valencia y Murcia y que se llevó por delante la revolución francesa, cambiándola por ese concepto ambiguo que tú ves tan claro del “pueblo español” y que, sin embargo, ni con Monarquía parlamentaria ni con República, lleva más de doscientos años sin acabar de cuajar.

Más, aunque no haya cuajado con la monarquía isabelina, insisto en que su papel simbólico, trasunto del que fue, es lo que mantiene cierta unión entre los pueblos de España que tú te niegas a reconocer. En efecto: un vasco, un catalán independentistas, si de verdad quieren a su tierra y a su historia no pueden dejar de reconocer los quinientos años que han vivido sus pueblos bajo la corona española (aunque hoy abominen de ella y la consideren esclavizadora; si de verdad aman a su historia no pueden renunciar del todo a ella sin algún desgarro). Por contra, ante una República, ¿qué argumento poner para mantener la unidad? Nos dirán los catalanes, nos dirán los vascos, y con razón, “para pertenecer a una república española preferimos pertenecer a una República catalana, vasca…” Y digo con razón: la monarquía tiene justificación histórica. La República española no deja de ser una construcción teórica que, para más inri, tiene los antecedentes que tiene en las dos que hemos padecido. Construcción teórica en el mejor de los casos y en el caso de personas bienintencionadas como creo que es el tuyo y es el del autor del artículo que ha dado motivo a este grato intercambio epistolar porque, en el resto de los casos, en la mayoría, aunque no lo quieras ver, la República en España no es un ente abstracto sino que se identifica, en la mayoría de los casos, con la II República. No tienes más que mirar en qué tipo de manifestaciones se aboga por ella y se enarbola su bandera, por cierto, tan extraña a nuestras costumbres y extravagante como la propia República en sí.

A pesar de todo lo dicho, no estoy en desacuerdo contigo en que el rey actual, como todo el resto de la dinastía isabelina, no ha estado a la altura de las circunstancias y ha complacido en exceso tanto con la izquierda como con el separatismo, si bien hay que comprender que la Constitución no le da mucho juego.

3. En lo que no estoy de acuerdo contigo es en el tercer punto. Eso de que en la I República “el cantonalismo fue derrotado por Salmerón, y sobre todo, por Castelar” (no lo digo personalmente por ellos) me suena a que fueron los bomberos los que apagaron el fuego que ellos mismos encendieron. El caso es que acabó con Pavía, Serrano y el pronunciamiento de Sagunto.

Igualmente ingenuo de toda ingenuidad me parece lo que me dices de que el separatismo catalán fue derrotado por Lerroux. Lo primero porque Lerroux nunca estuvo para derrotar nada y lo segundo porque es evidente que no lo derrotó como lo demuestra el hecho de la proclamación del Estat Català por Companys.

Encaminada la discusión por estos derroteros, me contesta Emilio Castelar el día 20:

1º Dices que en una monarquía está siempre claro quien ocupa “el poder”. Si nos creemos lo que cuenta la constitución del 78 y la práctica de las monarquías parlamentarias europeas, el rey no tiene poder alguno, es una institución ceremonial sin margen de decisión. Eso, en la teoría, no en la práctica española, que tiene una centenaria expresión, el “borboneo”, para referirse a la realidad política opuesta, que impera en nuestro país. En cualquier caso, no hay argumento más falso y fácilmente rebatible a la luz de la historia de cualquier monarquía, y de la española en concreto, que el de que por el hecho de ser hereditaria, se sabe siempre quién es el monarca y no hay luchas por el poder. Y lo más chocante de todo es que este argumento lo esgrima un tradicionalista, como si los llamados tradicionalistas no hubieran provocado tres guerras civiles en el siglo XIX para decidir quién tenía la legitimidad dinástica en España. La historia de una monarquía es la historia de sucesivas usurpaciones, guerras de sucesión y de conflictos dinásticos entre distintos aspirantes que se consideran con mejor derecho que el resto para heredar. Y todos se llaman a sí mismos “legitimistas”, cuando es muy difícil por no decir imposible saber con una mínima objetividad quien tiene algo tan borroso como es la “legitimidad dinástica”. ¿Que no hay luchas por el poder en una monarquía? Al margen de los conflictos entre distintas casas reales o entre diferentes ramas de una dinastía, particularmente entre hermanos, tenemos en España el clásico enfrentamiento entre padres e hijos por el trono; que es una constante histórica en los dos últimos siglos. Empieza con el golpe de Estado de Fernando VII contra su padre, seguido de las humillantes abdicaciones de Bayona, cuando María Luisa de Parma llega a pedirle a Napoleón que asesine al hijo que ella había traído al mundo, y éste solicita al emperador de los franceses que se convierta en su padre adoptivo. Fernando VII, que no dejará volver a España a sus padres hasta que mueran, lo mismo que hizo después Alfonso XII con su madre Isabel II; y finalmente tenemos a Juan Carlos I que aceptó ser rey en lugar de su padre y en contra de la voluntad de éste, saltándose las reglas sucesorias. Supongo que todo esto (por citar solo los ejemplos más inmediatos) no empaña tu argumento de que en la monarquía hereditaria no existen luchas de poder, ¿verdad? No hay régimen político ajeno a las luchas de poder; la diferencia entre una monarquía y una república democrática es que en aquélla las luchas de poder se dirimen mediante golpes de Estado y guerras civiles, y en ésta, se resuelven mediante elecciones periódicas, eso que tú llamas “espectáculo nauseabundo”. Desde luego, donde esté una buena guerra fratricida para poner y quitar reyes, que se quiten esas mariconadas de las campañas electorales y el sufragio universal.

Claro, es irrelevante quién ocupe la más alta magistratura del Estado. No importa que el monarca sea un traidor, un corrupto o un criminal, lo importante es que haya accedido al trono por derecho de sangre. Pensar otra cosa es una aberración propia del vulgo ignaro y voluble, que en su infinita necedad, quiere tener buenos gobernantes. ¿A quién se le ocurre semejante disparate de querer ser bien gobernados? A la plebe indocta, por supuesto. Verás, semejante petición de principio no puede ser aceptada más que por alguien que sea tan entusiasta de la monarquía como tú. En el siglo XXI, el juicio sobre la república puede disociarse de la persona que ocupa su presidencia en cada momento, pues a un mal presidente solo hay que aguantarle 4 u 8 años como mucho, y existen mecanismos constitucionales para deponerlo antes de concluir su mandato; en cambio, el juicio sobre la monarquía no puede disociarse sobre el titular de la corona, al no existir medios pacíficos y legales para destituirlo si no ejerce sus funciones adecuadamente. Pero efectivamente, esos son argumentos propios del populacho iletrado, que se empeña en su capricho de tener un jefe de Estado digno, y no es capaz de calibrar adecuadamente las grandes ventajas que aporta la monarquía sobre sus nimios inconvenientes. ¿El pequeño inconveniente de tener que tragar con reyes nefastos hasta que se mueran se compensa por la gran ventaja de tener que recurrir al golpe de Estado o a la guerra civil para dirimir las luchas de poder? Sí, me has convencido, la monarquía es una forma de Estado virtuosa donde las haya.

Tras el argumento históricamente falso, y el sociológicamente insostenible, llega el argumento falaz, consistente en comparar lo que no es comparable: monarquías de Europa occidental con repúblicas nominales de países subdesarrollados. El más mínimo rigor intelectual obliga a comparar el funcionamiento de las distintas formas de Estado en países económica, social y políticamente similares. Si pretendes confrontar las repúblicas de Cuba, Venezuela, Argentina o Nicaragua con alguna monarquía, hazlo con otros países del segundo o el tercer mundo que tengan esa forma de Estado, es decir, con monarquías cleptocráticas y cuasi-absolutistas como Marruecos, Tailandia, Swazilandia o Camboya. Y si quieres contrastar las monarquías de Reino Unido, Suecia, Holanda o Bélgica con alguna república, hazlo con repúblicas occidentales del mismo entorno, como Francia, Estados Unidos, Suiza o Finlandia. Ninguna forma de Estado proporciona bienestar, pero algunas sí pueden proporcionar malestar y desprestigio al país, como estamos viendo. La monarquía es tan seña de identidad de España como de todos esos países europeos que durante siglos fueron monarquías, y que llegado el momento, se sacudieron esa institución sin perder un ápice de su “esencia” nacional.

2º Es curioso y muy significativo que la existencia de varios pueblos en España te parezca un hecho indiscutible, y en cambio, la existencia del pueblo español te resulte dudosa y ambigua, un invento revolucionario que no ha cuajado. Un separatista (que no independentista) piensa exactamente lo mismo que tú sobre eso. Eso vuelve a confirmar lo que he dicho siempre, que la diferencia entre el carlismo y el separatismo es solo de matiz. No en vano, los padres del separatismo, empezando por los hermanos Arana, proceden del carlismo. La “monarquía tradicional” no fue más que la indiferencia de los Austrias hacia la articulación territorial de España, que hasta Felipe IV con el Conde Duque de Olivares ni se molestaron en plantear la unificación política de sus reinos peninsulares. Afortunadamente con Felipe V y los tan necesarios Decretos de Nueva Planta se acabó en buena medida ese sistema disparatado, injusto y arcaico, y España se convirtió en un Estado unitario moderno, como ha sido a partir de entonces.

Tu argumento sobre cómo la corona integra a los separatistas (al precio de desintegrar España) es conmovedor. Empiezas diciendo que si un separatista quiere a la historia de su terruño no pueden dejar de reconocer que han pertenecido “a la corona española”. ¿Cuándo le ha importado a un separatista la realidad histórica? Precisamente el nacionalismo antiespañol se basa en el absoluto desprecio a la verdad histórica, y la invención de una historia-ficción cuasi mitológica. Pero sobre todo, en ese argumento es significativo que hables de “los quinientos años que han vivido sus pueblos bajo la corona española”. Verás, Cataluña y Vascongadas no pertenecen a la “corona española” (a la corona han pertenecido Flandes, Nueva España, el Franco Condado, Nápoles, Filipinas…) sino sencillamente a España, que es una Nación que tiene una existencia propia e independiente de la corona, es más, la corona es desde hace dos siglos simplemente un elemento ornamental, una institución más que España puede decidir soberanamente conservar o no, según sus intereses y deseos, puesto que la Nación está por encima del régimen político que adopte en cada momento.

«Por contra, ante una República, ¿qué argumento poner para mantener la unidad? Nos dirán los catalanes, nos dirán los vascos, y con razón, “para pertenecer a una república española preferimos pertenecer a una República catalana, vasca…”».

O sea, según tú los separatistas, lo que quieren por encima de todo es vivir en una monarquía, aunque sea española, y si España se transforma en república, deja de interesarles. No es que odien a España y se quieran separar de ella, sino que aman a la monarquía sobre todas las cosas, España les trae sin cuidado y condicionan su existencia al mantenimiento del trono. Entonces no es que entre separatismo y carlismo haya una diferencia de matiz, es que son una y la misma cosa.

Los fracasos de las dos experiencias republicanas no condicionan lo que pueda ser la república en el futuro, como tampoco las vergüenzas y traiciones de los antepasados de Juan Carlos I en los últimos 200 años afectan a su reinado, o al de sus sucesores si llegasen a reinar: las traiciones a España de Juan Carlos I son independientes y no guardan relación con las de las de Carlos IV, Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII. Pero sobre “fracasos” debo resaltar que, aunque es cierto que las dos repúblicas españolas fracasaron, si llegaron es porque antes la monarquía había fracasado dos veces.

Insistes en confundir a los republicanos con los segundorrepublicanos o nostálgicos de la II República o del frente popular. Los que se manifiestan los 14 de abril con banderas tricolores pidiendo una “república popular, confederal y socialista” no son “los republicanos”, sino un grupo marginal que aprovecha la excusa de la república para reclamar un régimen totalitario imposible. Esos supuestos “republicanos” son los que se encargan de desprestigiar la república y amedrentar al pueblo español para que se agarre como un clavo ardiendo a la monarquía, y por ello, son los mayores aliados de la corona. Nadie con dos dedos de frente puede pensar de verdad que la mayoría de los republicanos españoles sean de esa calaña, teniendo en cuenta que según las encuestas republicanos somos casi media España. Si de verdad fuera así, créeme que lo notarías por las iglesias quemadas, monjas violadas, etc. Y por cierto, la tricolor, como he repetido hasta la saciedad, no es la bandera republicana, sino la de la Segunda República, aunque solo sea porque la Primera República conservó la rojigualda.

3º Castelar y Salmerón eran republicanos unitarios, no encendieron ningún fuego. El fuego lo encendieron los federalistas de Pi i Margall. La I República no fracasó por ser república, sino por pretender ser federal. Organización territorial ésta, que seguro que consideras mucho más acorde con la “monarquía tradicional”, que el “ominoso” unitarismo liberal, que pretende que los españoles somos una única nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley, ¡puaj! En cuanto a Lerroux, me parece que no comprendes bien la secuencia de los acontecimientos, que es la siguiente: 1º Companys proclama el Estado Catalán, 2º Companys y su gobierno son destituidos y encarcelados por Lerroux, 3º suspende la autonomía de Cataluña. Es decir, Lerroux derrota al nacionalismo porque aborta el intento separatista, castiga semejante traición a la patria e impide que pueda producirse de nuevo, al disolver las instituciones autonómicas. Que después el Frente Popular liberara a Companys, restituyera la Generalidad y le restableciera como presidente de la misma, eso ya no es culpa de Lerroux, que hizo lo que tenía que hacer cuando era presidente.

Ante semejante órdago, le contesté aquel mismo sábado:

Vamos a tener que emplear, con mucho gusto, parte de esta tarde sabatina a intentar responder a las muchas cuestiones que planteas en tu larga respuesta.

En primer lugar, quiero agradecerte el interés que me has prestado y hacer protesta inicial de que nada de lo que diga o haya dicho esté dictado por ninguna animadversión personal.

1. Es verdad lo que dices de la carencia de poder de las monarquías europeas de la actualidad. Yo mismo critiqué esto hace años señalando el sinsentido de que, significando la palabra monarquía “gobierno de uno sobre todos los demás”, en ellas pueden gobernar todos menos ese uno (En defensa de la monarquía española. Conceptos esparcidos, 2007). No obstante esto, no podemos dejar de considerar un hecho positivo el que la primera magistratura de la nación esté alejada de esa lucha partidista sin que la democracia, tan cara a vosotros, se resienta en nada pues, a mi modo de ver ya estamos lo suficientemente representados democráticamente en el municipio, en las Cortes regionales y en las Cortes nacionales.

Te refieres al tradicionalismo como causantes de tres guerras civiles en el siglo XIX y ves un contrasentido entre esto y mi aserto de que la Monarquía tiene la ventaja de que evita la lucha por el poder. Bien: precisamente las guerras carlistas, al menos en lo formal, se debieron a la ruptura de este principio hereditario con las idas y venidas de la Pragmática Sanción de Carlos IV en los últimos años del reinado de don Fernando VII que, por conocidos y por no extenderme no detallaré aquí. En todo caso, no habiendo ninguna institución humana perfecta, yo no he dicho que la monarquía hereditaria jamás pueda evitar este tipo de problemas. Lo que he dicho es que lo normal es que ella se vea libre de los inconvenientes que acarrea la lucha por el poder.

Por lo demás, la expresión “borboneo” no se refiere a esto, que es un hecho muy aislado y puntual, sino a la complacencia y transigencia de algunos borbones con lo que ni podían ni debían transigir como reyes. Y digo ALGUNOS: desde luego, a la dinastía carlista se la podrá acusar de muchas cosas pero no de “borbonear”: contra viento y marea y a costa de grandes sacrificios personales se ha mantenido y se mantiene fiel a los principios que nosotros creemos que son los de la monarquía tradicional española, los de las costumbres españolas y los de la naturaleza española.

Con respecto a Fernando VII, es cierto que durante su reinado tuvieron lugar acontecimientos muy penosos pero calificar los acontecimientos de Bayona como golpe de Estado me parece excesivo. En todo caso, tenemos que contextualizarlos: estamos hablando de una época revolucionaria en la que a su pariente Luis XVI le acababan de guillotinar los franceses. Es aventurado juzgar el reinado de Fernando VII sin considerar estos acontecimientos revolucionarios y los que les siguieron pero, en todo caso, y admitiéndote las faltas que este rey pudiera tener, ya llevo dicho que entra dentro de la naturaleza de las cosas el que haya reyes buenos, regulares y malos. Esto no nos dice nada a la hora de preferir uno u otro sistema de gobierno.

Si me dijeras que, sistemáticamente, todos los reyes españoles han sido nefastos para la nación y, al revés, todos los presidentes de República han sido benéficos para ella, te admitiría el argumento. Pero que me señales, en el curso de quinientos tal o cual falta es algo que no me demuestra nada.

Con respecto a que no dejó que volvieran a España sus padres y que lo mismo hizo Alfonso XII con Isabel II creo que es algo que, sencillamente, te inventas. Al menos yo no lo he leído en ninguna parte. Si he leído, en cambio que a Isabel II se le insistió reiteradamente en que volviera y ella jamás quiso hacerlo.

Abusas nuevamente de la historia cuando te refieres a Juan Carlos I y a su padre. Todos sabemos que la proclamación de don Juan Carlos es un hecho excepcional en unas circunstancias excepcionales y no entiendo por qué lo traes a colación cuando hablas de la legitimidad dinástica. De nuevo, nos perderíamos en mil divagaciones si insistiéramos en ello.

Resumiendo: efectivamente, todo esto que mencionas no empaña, a mi modo de ver el argumento “de que en la monarquía hereditaria no existen luchas de poder”. No es que no existan (tú has citado un ejemplo muy concreto en el tiempo) es que, lo normal es que no existan. En todo caso, su fundamento esencial es ése. El que tal o cual vez fracase no quita para que su fundamento esencial sea ése y esa sea la razón para preferirla.

A ti, por lo visto te encantan las campañas electorales. Yo estoy más que hastiado de ellas y como te digo, no veo que utilidad añadida puedes ver en que, una vez que hemos votado, por poner un ejemplo a don Mariano Rajoy como presidente del ejecutivo, votemos a doña Carmen Chacón para como presidenta de la República, fuera, como digo, del gusto que tenéis algunos por pasaros la vida votando y, lo que es peor, padeciendo campañas electorales que son verdaderos insultos para la inteligencia más corta.

Por otra parte (y, de nuevo, nos perderíamos en discusiones interminables) me dices que en la República democrática, por democrática, no hay golpes de Estado ni Guerras civiles. No quisiera abusar de las palabras como tú has hecho al referirte a los acontecimientos de La Granja, pero, en esta “república coronada” que padecemos, te recuerdo que hubo un atentado como el del 11-M que forzó una campaña electoral (no voy a llamarlo golpe de estado) y, tras él, una discordia civil promovida y alimentada por Zapatero sin venir más a cuento que a afirmar al PSOE como única alternativa de poder. ¡Cuántas energías no ha gastado inútilmente España en estas dos últimas legislaturas y que, en fin, no son otra cosa más que resultado de la lucha partidista por el poder!

Me dices, melodramatizando, “No importa que el monarca sea un traidor, un corrupto o un criminal, lo importante es que haya accedido al trono por derecho de sangre”. Pensar esto, sí, es cosa propia del vulgo ignaro, voluble y sometido a doscientos años de adoctrinamiento revolucionario. Bien se ve que desconoces absolutamente la esencia de nuestra monarquía tradicional. Precisamente, estoy realizando la edición digital de la obra del Padre Mariana, Del Rey y de la institución real de la que llevo publicados los dos primeros volúmenes que aquí te presento por si son de tu interés.

Por su lectura conocerás como los reyes de España y, antes, los de los reinos que la constituían, fuera de ser un tirano, un corrupto o un criminal, se le exigían prendas muy altas y, en cualquier caso, gobernar de acuerdo con las leyes y usos de la nación y, por supuesto, con el único fin del bienestar de la “república”, palabra, por cierto, que no se le cae de la boca, quiero decir, de la pluma, al Padre Mariana. Esa concepción tuya de la Monarquía española es una caricatura dibujada por la revolución francesa pero muy ajena a la realidad. Con todos los defectos, repito, que tienen las cosas humanas. Lo siento, sí: pienso que los republicanos “no sois capaces de calibrar adecuadamente las grandes ventajas que aporta la monarquía sobre sus nimios inconvenientes” aun y cuando no seáis populacho iletrado.

Comento rápidamente tu párrafo sobre las repúblicas sudamericanas. Sólo pretendía decirte que la forma de gobierno republicana no nos va a hacer, por arte de magia, ser “justos y benéficos”. Una eventual República española ¿a quién se parecería más? ¿A los EEUU o a Venezuela? ¿o a la Argentina? No lo sabemos.

2. La existencia del pueblo español como depositario de la soberanía nacional no es que me resulte dudosa. Es que me resulta un invento de las Cortes de Cádiz. Invento genial que fue la verdadera razón de las guerras carlistas a las que antes te referías y cuya equivocación llevamos padeciendo más de doscientos años. Aun no la hemos resuelto ni lleva visos de resolverse como puedes ver si contemplas a Cataluña o a las Provincias Vascongadas.

Me pregunto ¿Qué ha pasado en España durante estos doscientos años para que el pueblo vasco, cuyos gudaris se prepararon para librar a Fernando VII del cautiverio de Bayona haya degenerado en un nacionalismo del que, a su vez, ha nacido la ETA? ¿Qué para que una Cataluña que luchó por don Carlos como su rey legítimo, abomine hoy de la idea de España?

¿Te lo has preguntado tú? ¿No será que ese concepto de “pueblo español” definido por las cortes de Cádiz es falaz y se da de bruces con el verdadero pueblo español?

Las Cortes de Cádiz fueron una tomadura de pelo. La Constitución no se hizo con arreglo a nuestras leyes y costumbres sino que, antes bien, se nombró diputados a los que pasaban por allí, quiero decir, a los naturales de cada provincia que coyunturalmente estaban en Cádiz. Y eso con protesta de las provincias, ciudades y estados que constituían nuestras cortes tradicionales. Puedes verlo en el Manifiesto de los persas.

Tu idea de que la diferencia entre el carlismo y el separatismo es sólo de matiz me parece, sencillamente, grotesca. Antes bien, creo que la única forma de mantener la unidad de España es la monarquía de carácter carlista adaptada a los tiempos. Lo creo desde hace tiempo y hace meses tuve la grata sorpresa de ver a Artur Mas expresando algo parecido cuando ya había montado la gresca del referéndum: «Una las cuestiones fundamentales se refiere al futuro modelo “de Estado” de Cataluña, esto es, si en su relación con España, esa Cataluña independiente con la que sueña será una república o estará bajo la Corona. Mas, que públicamente no ha querido manifestarse al respecto, ha explicado a sus distintos interlocutores que, a fin de cuentas Cataluña podría seguir siendo una monarquía porque “el Príncipe Felipe es también Príncipe de Girona”».

Veo que en este segundo punto das un giro a tu aversión borbónica y te felicitas por los Decretos de Nueva Planta frente a la indolencia de los Austria ante “la articulación territorial de España”. También he tratado de esto en otro sitio: es cierto que las cosas no son inconmovibles. Es cierto que algún grado de unificación era necesario a la luz de la Ilustración para que España continuara desarrollándose como país moderno. Pero no es menos cierto que, tras las cortes de Cádiz, además de “unitario” y “moderno” acabó convirtiéndose en una jaula de grillos en la que estamos todavía, con República o con Monarquía. Como bien supo ver Fernando VII ante todo esto: “España es una botella de cerveza. Yo soy el tapón. El día que yo falte, la cerveza se derramará”. (Cito de memoria. Mesonero Romanos. Memorias de un setentón). Así fue.

Caricaturizas mi pensamiento cuando dices “O sea, según tú los separatistas, lo que quieren por encima de todo es vivir en una monarquía, aunque sea española, y si España se transforma en república, deja de interesarles. No es que odien a España y se quieran separar de ella, sino que aman a la monarquía sobre todas las cosas, España les trae sin cuidado y condicionan su existencia al mantenimiento del trono”. Me vuelvo a remitir, en este sentido, a las palabras que dijo don Artur Mas hace pocos meses y que te he citado más arriba.

No es que confunda a los republicanos con los “segundorrepublicanos”. Es que en España la República tiene esta connotación, esos antecedentes y es lo que por ella entiende la mayoría de la gente. El que existan, como tú, partidarios de una República abstracta e idílica no desmiente ese hecho.

3. Nada dije de que Castelar ni Salmerón encendieran ningún fuego. Dije lo contrario y, efectivamente, me refería como incendiario a Pi i Margall. En todo caso, la República. ¿La República federal? ¡¡¡Pues claro!!! ¿O es que tienes la candidez de pensar de que en España es posible la Unitaria? Me temo que tendrías que hablarlo con Mas, Urkullu, Carod-Rovira… a ver que les parece. Al fin y al cabo, “hablando se entiende la gente”, que diría don Juan Carlos, pero me parece que lo vas a tener bastante crudo. Y, me temo, del federalismo al cantonalismo, en España, hay un paso. Y del cantonalismo al ¡viva Cartagena! otro.

Lerroux: Bien, admitido. Muy bien por Lerroux. Ya conocemos de sobra como acabó la cosa. Antes me decías que si tenemos un rey malo hay que aguantar hasta que se muera (ya te he dicho que no es así; no debe de ser así en sana doctrina monárquica) y que a un presidente de República sólo tenemos que aguantarlo cuatro años. Perfecto. Pero pasan estas cosas con los presidentes de la república y sus ministros: viene uno de la CEDA e intenta mantener la Ley. Vienen, a los cuatro años los del Frente Popular y hacen justo lo contrario. Muy bien.

4. No quiero cansarte. Para acabar te dejo una cita de don Rafael Gambra:

«Y aquí, como en tantos momentos, surge la diferencia esencial entre la Monarquía tradicional y todos los demás regímenes de sello revolucionario, que son de opinión o de partido.

»La Monarquía, precisamente por estar vinculada al tiempo y a las generaciones, por situarse sobre los grupos e intereses y no deberles nada, procura apoyarse en las más viejas y estables instituciones y en las más nobles autonomías que, como ella misma, hunden su prestigio en la Historia. Sólo la Monarquía no entra en rivalidad con la sociedad, porque es, cabalmente, el único régimen social en el puro y profundo sentido de la palabra».

Al día siguiente, 21 de abril, me contesta Emilio Castelar:

Agradezco igualmente tu respuesta, y por supuesto, nunca he visto animadversión en tus comentarios hacia mi persona, como espero que tampoco hayas visto animadversión hacia ti en los míos.

1º Que la jefatura del Estado esté al margen de la lucha partidista significa que no pueden competir por alcanzarla, pero no quiere decir que el jefe del Estado sea algo así como una figura neutral. El monarca tiene intereses políticos propios, intereses partidistas, de que gobierne un partido u otro. La historia de la monarquía parlamentaria en España es la historia de cómo los reyes y reinas meten sus narices en asuntos de gobierno, y favorecen descaradamente a un partido sobre otro. Eso es el “borboneo”. Efectivamente, los carlistas no “borbonean”, porque en el régimen político que ellos defienden, el rey reina, gobierna, legisla y juzga. Por lo tanto, el rey carlista no se puede entremeter en asuntos de gobierno, porque el rey carlista es el gobierno.

¿Lo normal es que no haya usurpaciones, golpes de Estado y guerras civiles en una monarquía. Hombre, cuatro guerras por el trono en España solo en el siglo XIX, no está mal para ser algo excepcional, ¿eh? En cualquier caso, cuando se producen, siempre desangran al país (literalmente), las elecciones no. Lo que sucede es que la monarquía se basa en el presupuesto falso de que si el monarca es alguien definido según unas reglas sucesorias predeterminadas, nadie le va a disputar el trono ni va a haber luchas de poder. Al no prever medios pacíficos para resolver luchas de poder, hay que recurrir al golpe de Estado o a la guerra civil para decidir cuál de los pretendientes es el “heredero legítimo”.

Con el golpe de Estado de Fernando VII contra su padre, me refiero al Motín de Aranjuez, que obligó a Carlos IV a abdicar en su hijo, no a las abdicaciones de Bayona, que obligó a Fernando VII a abdicar en su padre, que a su vez había abdicado en Napoleón. A Luis XVI no le “acababan de guillotinar”, le habían guillotinado 16 años antes, tiempo suficiente para asimilarlo. La peor parte de la Revolución Francesa transcurrió durante el reinado de Carlos IV sin mayores sobresaltos ni peligro para el trono de España. En 1808 la Revolución Francesa ya se había transformado en una monarquía absolutista disfrazada de luces. En cualquier caso, no hay Revolución Francesa capaz de justificar el comportamiento abyecto, miserable y traidor en grado superlativo de Carlos IV y Fernando VII. No se trata de buenos o malos reyes, sino de reyes extremadamente traidores a España, más acreedores del regicidio que cualquiera de los que han pasado por el cadalso. Por mucho menos de lo que hicieron ellos, Juan de Mariana hubiera aplaudido su ejecución.

No, no todos los reyes, “solamente” todos los reyes de los últimos 200 años con la relativa excepción de Alfonso XII. Semejante perseverancia en la traición a España, la cobardía, la corrupción y el puterío a lo largo de dos siglos creo que es un dato para tomar en consideración a la hora de elegir un sistema u otro. No lo es, en cambio, cómo fueron los presidentes del gobierno o de la república en las dos experiencias republicanas anteriores, en la medida en que todos ellos son de su padre y de su madre, cada uno de ellos tiene una procedencia, una formación y una forma de ser y de pensar completamente distinta a los demás, y completamente ajena a la personalidad y origen de los futuros mandatarios de una posible III República. Frente a eso, los Borbones son todos de la misma estirpe, una familia que ha transmitido los mismos “valores”, modos y maneras generación tras generación. De esta forma, es posible tener buenos reyes y malos reyes, que tras un buen rey, su sucesor salga rana. Sin embargo, es extremadamente difícil que el hijo de un rey cobarde, traidor y corrupto, se convierta en un futuro rey valiente, leal e íntegro. Los miembros de las familias reales hacen lo que ven hacer en casa, se pueden estropear, pero es muy difícil que se arreglen.

Pues sí, Fernando VII mantuvo en el exilio a Carlos IV y a María Luisa de Parma por una razón muy simple: para evitar que le disputaran el trono. Los padres del “deseado” se instalaron en Roma, donde murieron en 1819, y entonces sí, volvieron a España, a la cripta del Monasterio del Escorial, concretamente. En cuanto a Isabel II, regresó a Madrid en 1876, y estuvo estrechamente vigilada por Cánovas, quien la prohibió toda actividad política; pero se saltó a la torera tal prohibición y se puso a conspirar contra el régimen de su hijo, lo que le valió que fuera inmediatamente expulsada de España ya de forma definitiva. Los Borbones que mantienen a sus padres en el exilio es una tradición consolidada, también le fue exiliada María Cristina de Borbón (dos veces), durante el reinado de su hija. Y siempre la razón es la misma: para poner coto a las ambiciones de poder de los progenitores del monarca. Es decir, que eso de que Alfonso XII quería que volviese Isabel II pero ella no, ni es cierto, ni tiene el más mínimo sentido. Hablo de Juan Carlos I aceptando ser rey contra la voluntad de su padre no por la cuestión de la legitimidad dinástica, sino como un ejemplo más que ilustra las luchas de poder que se libran en una monarquía (la española concretamente) entre padres e hijos. Padres e hijos enfrentados por el trono, esa es la constante histórica en los últimos 200 años, sin prejuicio de los enfrentamientos entre tío y sobrina, primo y prima, sobrino y tía, etc., que supusieron tres guerras civiles en el XIX.

A mí no me gustan las campañas electorales, me gusta que haya elecciones (lo que supone que hay campañas electorales), que es distinto. Pero no te confundas, yo no voto, soy abstencionista. No voto porque el régimen del 78 no es una verdadera democracia, sino una partitocracia, y de hecho, ni siquiera se puede decir que haya verdaderas elecciones, sino simples votaciones. En cuanto a elegir a Rajoy como presidente del gobierno y a Chacón como presidente de la república… Para empezar, todo cambio de régimen supone reconocer el fracaso del régimen anterior y de su élite dirigente, lo que implica una renovación total de la clase política. De modo que Rajoy y Chacón no podrían nunca aspirar a ocupar semejantes puestos en una futura III República. Y para continuar, en la república que yo defiendo, esa situación no sería posible, pues el jefe del Estado y el de gobierno serían el mismo cargo y la misma persona, como en EEUU, es decir, sería una república presidencialista.

No tengo problema en llamar golpe de Estado al 11-M. ¿Pero qué tiene eso que ver con la democracia? ¿Acaso la “democracia” es la causa del 11-M? ¿Acaso es frecuente en las “democracias” occidentales que haya masacres para cambiar gobiernos? En cuanto al zapaterismo y a la discordia que sembró, ese es un error típico de la derecha, llamar causa a lo que es consecuencia. ZP no es el causante del enfrentamiento civil, sino la consecuencia del cainismo político que se ha venido insuflando a los españoles desde la transición, esa etapa que la propaganda oficial identifica con la reconciliación, cuando es exactamente al revés. La misma raíz histórica tienen los escraches, tomas del Congreso, etc.

Tengo muy leído al Padre Mariana, y en concreto, ese tratado. Me resulta curioso que lo cites tú, porque si algo se puede decir de él es que fue un proto-liberal, no precisamente un proto-tradicionalista. En cualquier caso, lo que no puedes pretender es hacer pasar un tratado de filosofía política sobre las virtudes del príncipe y el origen de la soberanía como si fuera un manual de historia que contiene la descripción exacta de lo que era la “monarquía tradicional” en España a finales del siglo XVI. Debes distinguir lo que es la “sana doctrina monárquica”, de la realidad política e histórica de una monarquía concreta. Y en nuestro caso, la realidad histórica no se parece en nada a las loables pretensiones del Padre Mariana. En la “monarquía tradicional” el rey sólo estaba limitado por esas “prendas” allí donde había fueros e instituciones muy celosas de sus privilegios, que el rey respetaba escrupulosamente, librándoles de la penosa tarea de pagar impuestos. Pero no así en Castilla, donde gobernaba autoritariamente, con unas Cortes completamente sometidas, que permitían a los monarcas depredar la riqueza castellana hasta terminar convirtiéndola en un erial. Por eso, la llegada de Felipe V y los Decretos de Nueva Planta (que acabaron con eso que tú llamas “monarquía tradicional”, salvo en Navarra y Vascongadas) fue una bendición, un acto de justicia entre los distintos territorios de España, pues ya no sería Castilla sola quien costease el imperio a costa de arruinarse. Y yo no tengo aversión hacia los Borbones, los tres primeros fueron muy beneficiosos para España, son Carlos IV y siguientes a quienes tengo por traidores a España.

2º También es curioso que después de citar al Padre Mariana, vengas a echar pestes de las Cortes de Cádiz, pues la filosofía de ese insigne jesuita estuvo olvidada durante dos siglos, hasta que las por ti tan odiadas Cortes de Cádiz, rescataron su doctrina sobre la soberanía popular, que venía como un guante al momento histórico. Dices “aun no la hemos resuelto ni lleva visos de resolverse como puedes ver si contemplas a Cataluña o a las Provincias Vascongadas”. O sea, que como en 1812 nuestra primera Constitución proclamó que el sujeto de soberanía es la Nación Española, la consecuencia es que, 200 años después Cataluña y Vascongadas están a punto de separarse. Non sequitur. El nacionalismo antiespañol no aparece hasta el último cuarto del XIX, y sólo a partir del desastre del 98 empieza a ser algo mínimamente significativo, con todo, jamás es una ideología de masas capaz de poner en peligro la unidad de España hasta la II República, y sobre todo, hasta la monarquía juancarlista, que es cuando el separatismo se convierte en hegemónico, no sólo en esas dos regiones, sino que se extiende al resto de España y consigue una influencia decisiva en Madrid. ¿Me quieres decir que todo eso es culpa de las Cortes de Cádiz, que manifiestan sus “perversos efectos” con entre un siglo y dos de retraso? ¿O que eso es consecuencia de un principio de soberanía que ha sido adoptado por casi todos los países europeos? Francia, cuna de la doctrina de la soberanía nacional, también tiene vascos y catalanes (además de corsos, bretones, aquitanos, normandos, etc.) y sin embargo, no tiene ningún problema de unidad nacional, que es incuestionada. ¿Por qué? Porque la Revolución Francesa arrasó con los privilegios locales, y “hechos diferenciales” de los “pueblos” de Francia, eliminando hasta el mapa regional histórico. En cambio, España fue extremadamente respetuosa con ellos, y el resultado salta a la vista.

La Constitución de 1812 se puede ver como una “actualización” de las leyes históricas de España (así la entendió Martínez Marina) o como una ruptura de las mismas. Pues bien, si es esto último, y yo así lo creo, no es motivo para descalificarla. Una Constitución es algo que España no había tenido jamás y por definición no se podía redactar “con arreglo a nuestras leyes y costumbres”. Respetar algo tan vaporoso y discutible en su contenido como “las leyes tradicionales” era algo además imposible en un momento histórico como ese. Es curioso, para ti el ajusticiamiento de Luis XVI tres lustros antes justifica las humillantes y viles Abdicaciones de Bayona, en cambio, la invasión napoleónica y el confinamiento de los diputados en la Isla de León no justifica que osaran hacer una Constitución en contra de las “leyes y costumbres”.

Dices que mi idea sobre la evidente afinidad entre carlismo y separatismo es grotesca, pero a continuación sostienes que la única forma de mantener la unidad de España es la monarquía carlista adaptada a los tiempos, y que la mejor prueba de ello es que hace meses tuviste «la grata sorpresa de ver a Artur Mas expresando algo parecido cuando ya había montado la gresca del referéndum (…) que Cataluña podría seguir siendo una monarquía porque “el Príncipe Felipe es también Príncipe de Girona”». Es curioso, ese mismo hecho para mí es una demostración del carácter antinacional de la monarquía juancarlista, para ti demuestra que solo la monarquía puede mantener la unidad de España. En realidad lo que sucede es que todo este tiempo tú y yo hemos estado hablando de cosas radicalmente distintas cuando utilizamos la expresión “unidad de España”. Para ti, la “unidad de España” consiste en que nuestra nación se fracture en múltiples estaditos (pretendiendo que sean continuadores de los difuntos reinos medievales) ajenos entre sí, y que lo único que tengan en común es el nexo simbólico de la corona. Es decir, para ti, la “unidad de España” empieza y termina en la persona del rey. Por el contrario, la unidad de España para mí consiste una unidad política, jurídica y social de todos los españoles. Unidad política, porque España es un único Estado, una única nación, un único pueblo soberano y una única ciudadanía, unidad que existe y se mantiene al margen de cualquier régimen político; unidad jurídica, que se concreta en la igualdad de derechos y deberes de todos los españoles, regidos por las mismas leyes y las mismas instituciones; y unidad social, que se consiste en la cohesión nacional y en la solidaridad entre españoles.

Eso y no otra cosa es la unidad nacional. Y ni yo, ni la mayoría de los españoles de este siglo estamos dispuestos a admitir que la unidad de España consista en que el rey de lo que quede de España sea también jefe de Estado de una Cataluña independiente. Un pueblo digno no puede tolerar esa situación. Si España se desmiembra, con toda lógica, el rey tendrá que marcharse inmediatamente al exilio, porque no puede pretender seguir diciendo que él es el “símbolo de la unidad y permanencia del Estado”, cuando esa unidad ya ha desaparecido. Y desde luego, mucho menos aún, puede pretender ser rey de los distintos Estados en que se haya dividido España. Si consigue ser monarca de una Cataluña independiente, lo que desde luego no podrá aspirar es a seguir siendo rey de lo que quede de España. El pueblo español todavía tiene algo de dignidad y jamás toleraría semejante afrenta, que tú tanto aplaudes.

3º Insisto, si son ciertas todas las encuestas y casi media España es republicana, eso quiere decir que la identificación de república con la II República ya no es mayoritaria, sino que sólo se mantiene entre la derecha reaccionaria y entre la izquierda totalitaria, ambos, sectores minoritarios de la sociedad española.

La República solo podrá ser lo que quieran los españoles, y no lo que quieran los oligarcas del régimen del 78, y menos aún la facción separatista que no suma ni el 10% de los votos. Y resulta que, según las encuestas, hay ya una mayoría de los españoles que quieren dar marcha atrás al Estado autonómico o suprimirlo directamente. Si la Cadena SER llega a reconocer estos porcentajes, no hay que tener mucha imaginación para deducir que en realidad el porcentaje de españoles hastiados del Estado autonómico es mucho mayor. En España no sólo es posible la república unitaria, sino que no es posible la un Estado federal. Como ya recordaron Ortega y Unamuno durante la II República, “federar significa unir lo que está separado”, para poder federar primero tiene que haber varios Estados independientes que pacten unirse. En España hay un único Estado, para poder convertirlo en federal habría que romperlo en mil pedazos y después intentar pegar sus trozos, que es lo que hicieron los federalistas en la I República (lo de romper en mil pedazos España, volverla a pegar es lo que hicieron los unitarios).

El caso lamentable de la II República no se puede poner como ejemplo de lo que sucedería si quitásemos al rey. Aquel era un régimen muy excepcional en unas circunstancias históricas muy excepcionales y con una clase política que desde luego no se volverá a repetir, empezando porque hoy el partido principal de la izquierda no considera que la república sea una parada técnica para llegar a la dictadura del proletariado, ni estamos viviendo el ascenso de los totalitarismos en Europa, ni el pueblo español está ideológicamente polarizado… Sea lo que sea la 3ª República, lo que es seguro es que no se parecerá a la 2ª, porque las circunstancias actuales son radicalmente distintas a las de los años 30.

Es evidente que Emilio Castelar hilvana bien el discurso y sus argumentos no son en absoluto desdeñables, si bien en ellos tiende a prescindir del debate teórico para centrar su atención en los defectos, supuestos o reales, de algunos reyes. Continué, pues, respondiéndole:

Evidentemente, tanto tú como yo estamos hablando de las cosas como deberían ser y no de como son. Es claro que en la monarquía española, con seiscientos años de existencia, tiene que haber habido episodios lamentables y rechazables. Tú te cebas en la dinastía cristina de los últimos doscientos años que, ciertamente, nos ha brindado episodios muy penosos, y en la figura de don Fernando VII que es algo así como el pim pam pum de tirios y troyanos, prescindiendo del hecho de que a esta dinastía (que, dicho sea de paso, tampoco cuenta con mis simpatías) le tocó lidiar con la revolución. Y cuando digo revolución no entiendas, por favor, el lapso de dieciséis años que median entre el asesinato de Luis XVI y los sucesos de Aranjuez (a ellos me refería, disculpa si dije Bayona) sino al proceso que comienza la Ilustración en terreno de las ideas, lo desencadena la Revolución francesa y continúa hasta nuestros días. En resumen, un proceso que, imbuido de la creencia de que la religión católica y le monarquía tradicional aherrojaban al ser humano, eliminándolas, se iba a construir un mundo mejor en el que todos íbamos a ser más felices. Es indudable que esta revolución, acompañada de la científica y tecnológica, nos ha dado un gran bienestar material como no ha conocido la nunca la Humanidad. Mi pregunta es si realmente esto ha conseguido una humanidad más feliz.

Mi tesis es que no y que, sin renunciar a lo bueno que esta revolución haya aportado al ser humano, abominar de lo bueno que tiene lo antiguo, de lo mucho de bueno que tiene nuestro pasado, es un error garrafal. Primero porque tenía muchas cosas buenas en el ámbito de lo moral, de lo político, de lo filosófico, cosas que hoy, o hemos olvidado o las miramos con sorna como antiguallas. Y segundo porque, con todo lo bueno y lo malo que haya tenido, es nuestro pasado y abominar de él o, simplemente, querer cambiarlo en lo que no hay más necesidad que, por ejemplo, tu construcción hipotética de una república seráfica, es matar nuestro espíritu. Al menos, matarlo en gran parte. En grandísima parte.

Así, la monarquía, independientemente de las razones filosóficas que haya y las hay para preferirla como mejor sistema de gobierno, en el caso de España es innegable que tiene un arraigo de mil quinientos años, si me permites que empiece a contar desde la visigoda. Es, pues, un patrimonio nuestro: de todos los españoles y renunciar a ella me parece una desidia y una auténtica pena.

Esto lo entendieron muy bien los ingleses en su revolición. La lástima es que España tomara como modelo de la suya a la Revolución francesa en vez de a la inglesa.

No entraré a discutir los muchos datos que presentas con respecto a los Borbones desde Carlos IV por dos motivos. 1. Porque tienes razón en bastantes de ellos (no en todos) y, 2. Porque lo que estoy discutiendo es la teoría: la preferencia teórica de uno u otro sistema de gobierno. Por esta razón yo no he utilizado como argumentos los muchos que podía haber utilizado refiriéndome a las dos únicas repúblicas españolas existentes hasta la fecha.

Yo no sé si existe la verdadera democracia o si esta degenera, inevitablemente, en partitocracia más o menos nefasta en función del genio particular de cada nación. Quizá en la esfera de las ideas exista y quizá en unos, muy pocos países EEUU funcione medianamente bien, pero esto de decir que “un cambio de régimen implica una renovación total de la clase política” me parece de una candidez conmovedora. Por dos motivos: 1. Porque no siempre es así (vide II República) y, 2. Porque me parece muy cándido distinguir entre clase dirigente y pueblo en general del que ella nace. No sé: tendrías que explicarme de donde te vas a sacar ese elenco de padres de la patria buenos y benéficos y donde vas a meter a los actuales. Mira: si me garantizaras que en una hipotética República no iba a haber Zapateros, Bibianas Aído, Marías Teresas F. de la Vega, etc, a lo mejor hasta yo mismo me hacía republicano. Pero comprende, amigo mío, que esto es confundir el deseo con la realidad de las cosas. Es claro que es muy fácil imaginar un sistema perfecto. Enfrentarlo a la realidad es otra cosa.

Te puse el ejemplo de Zapatero como muestra del desgaste inútil y miserable de las energías de la nación en beneficio partidista. Sin echarle toda la culpa a Zapatero, el ejemplo me parece de libro y me da lo mismo que sea causa o consecuencia. Es ejemplo de cómo una nación dilapida sus mayores energías en beneficio de la lucha de partidos.

Como llevo diciéndote hasta la saciedad, no confundo el fundamento filosófico de la Monarquía con su realidad histórica. Lo que te digo es que este fundamento filosófico me hace preferirla como mejor forma de gobierno, en general y, añadidas las razones anteriores, para España en particular. ¿Tendré que repetirte una vez más que admito los errores que los monarcas hayan tenido a lo largo de la historia? Si Mariana escribió ese tratado es, precisamente, por eso: para advertir al príncipe de esos errores y de lo que debe de ser realmente la Monarquía.

Cortes las hubo en todos los reinos españoles, incluido Castilla, si bien es cierto que languidecieron durante los últimos reinados de los Austria. A estas Cortes acudían los reyes a pedir dinero a las ciudades que tenían voto en ellas y ellas se lo daban o no se lo daban. Me gustaría que me pusieras un ejemplo de “depredación de la riqueza castellana” por parte del antojo tiránico de algún rey.

Ni odio ni dejo de odiar a las Cortes de Cádiz. Simplemente critico el papanatismo con el que se las contempla en nuestros días. Me aceptarás, espero, que fue un atropello el que unos señores a quienes no había elegido nadie:

«los más de los que se decían representantes de las Provincias habían asistido al Congreso sin poder especial ni general de ellas; por consiguiente, no habían merecido la confianza del Pueblo a cuyo nombre hablaban, pues sólo se formaron en Cádiz unas listas o padrones (no exactos) de los de aquel domicilio y emigrados que casualmente o por premeditación se hallaban en aquel puerto, y según la Provincia a que pertenecían, los fueron sacando para Diputados de Cortes por ellas. En los representantes de América aun hubo mayores defectos, porque hubo Diputados de Provincias sublevadas y rebeldes a la obediencia de V. M., y que sostenían su rebelión, aspirando a la independencia con las noticias que salían de los decretos del Congreso, y sin tener censo de población de las Américas, continuaron siendo Diputados los suplentes (que al pronto se eligieron de los americanos que casualmente existían en Cádiz), aun después de haber venido los apoderados electos por las mismas Provincias ultramarinas». Manifiesto de los Persas.

se dedicaran a redactar una Constitución cuando estaban rodeados por el ejército napoleónico y aislados del resto de la nación. Tu odiado tan fácil de odiar Fernando VII, frente a esto, dirigió desde Bayona un decreto al Consejo Real diciéndole que “era su soberana voluntad que se convocasen las Cortes en el paraje más expedito” (ib).

Extraño “rescate de la soberanía popular”.

Es verdad que entre estas cortes y la aparición de los nacionalismos primero y de los separatismos después, transcurrieron cien y ciento cincuenta años respectivamente. Pero el inicio de la discordia estuvo allí: en Cádiz. Sí: su “efecto perverso se manifestó con ese siglo de retraso”.

La cuestión que me planteas sobre las nacionalidades francesas es enjundiosa, no puedo negarlo. En este sentido vuelvo a mi reflexión anterior con respecto a las bondades y defectos de la revolución política, religiosa, científica y tecnológica: tiene sus defectos y tiene sus virtudes. ¿Qué preferir, un sistema que uniformiza u otro que respeta la diversidad?

Es más cómodo el primero, no te lo niego, pero algo mata en el alma de los pueblos y, en cualquier caso, las cosas son como son y en España las fuerzas centrífugas son muy grandes. Que la dinastía cristina no ha podido contrarrestarlas: cierto. ¿Que la España liberal no ha podido resolver este problema?: cierto también.

Pero tampoco pudieron hacerlo ninguna de las dos repúblicas.

Quizá, pienso yo, el quid de la cuestión radique en lo que vengo diciendo: España es obra de la Monarquía tradicional y de la religión católica. Destruye a éstas y, no digo que destruyas a España, pero lo que obtengas será una España a la que no va a reconocer “ni la madre que la parió” que diría un ilustre pensador contemporáneo. Por cierto, republicano.

Quizá, pienso yo, una monarquía de carácter carlista, adaptada a los tiempos, fuera la solución, si es que esto tiene solución. Te preguntaba en mi anterior misiva qué ha pasado en España para que, en el lapso de doscientos años, el pueblo vasco, que formó guerrillas para liberar a su rey, Fernando VII del secuestro de Bayona, haya llegado a abominar de España hasta el punto de nacer la ETA de él. A este respecto he tenido la satisfacción de encontrar hoy en el Facebook de don Sixto Enrique de Borbón la siguiente noticia que se refiere a la retirada, por parte de la izquierda abertzale, del nombramiento de hijo predilecto de Leiza a don Antonio Lizarza por el hecho de haber sido carlista. Con ese motivo, el concejal don Silvestre Zubitur les dijo a estas bestias:

«¿Cómo pudo ser que un pueblo como Leiza, tan vasco y tan trabajador y popular, fuera durante la mayor parte de la época contemporánea un bastión del carlismo?

»¿Cómo pudo ser que, hasta la aparición del nacionalismo, la inmensa mayoría de los leizarras, sencillos trabajadores y pequeños propietarios, fueran carlistas de corazón dispuestos al sacrificio por defender sus convicciones?

»¿No habrá tenido nada que ver el carlismo en la preservación de la cultura vasca de Leiza?

»¿Aquél viejo carlismo no sería una fuerza de defensa de las libertades populares frente al centralismo liberal invasor?

»¿No habrá tenido el carlismo parte en la formación de una conciencia celosa, por los derechos de la gente, y una intolerante, frente a los abusos?

»Pero no se detienen ahí las preguntas que durante demasiado tiempo se han querido prohibir a los hijos de Leiza y de muchos pueblos vascos:

»¿Cómo podía ser que los carlistas leizarras amaran Euskal-herria como su patria y al mismo tiempo se emocionaran con el ideal de las Españas, sin encontrar contradicción en ello?

»Quizás no hay contradicción ninguna entre Euskal-herria y las Españas

»Pero hay más,

»¿No enseñaban los viejos carlistas a venerar las libertades populares que llamaban fuero y a defenderlas con la misma vida?

»¿No tendremos que preguntarnos qué relación tendrá aquel viejo fuero con el deseo de verdaderas libertades para Euskal-herria?

[…]

»¿Cómo podía ser que aquellos vascos carlistas amaran a Dios sobre todas las cosas y se enorgullecieran de llevar una vida humilde y cristiana, desde la mañana hasta la noche, desde la infancia hasta la muerte?

»¿Quizá no habrá ninguna incompatibilidad entre ser vasco y la religión?

»O más aún, ¿es que no fue el amor a Dios lo principal que custodiaban aquellos vascos, españoles, carlistas y leizarras?

»Dejadme decir que la verdad se defiende sola. Podremos ocultarla, podremos privar a las generaciones actuales de su derecho a conocerla, pero no podremos cambiarla. El carlismo en esta tierra no fue nunca planta trasplantada que necesitara aclimatarse: fue sencillamente el decantarse de una historia milenaria que aunaba amor a Dios, al prójimo, a la justicia y a la propia identidad vasca. Por eso mismo fue siempre integrador: Dios y patria, fueros y rey. Integrar, solidarizarse, vivir en permanente auzolan, sin otra exclusión que la mentira, que el odio y que el rencor.

»Me podréis decir que deliro, que dibujo un panorama idílico e inexistente. No es verdad. La razón de ello es que no hablo de ninguna ideología (y podría extenderme en las mentiras que se han vertido sobre el carlismo, vinculándolo con enemigos históricos, como el fascismo), sino de un pueblo que tan sólo quiere construir su propia vida y defender las tradiciones que le han dado su identidad. Por supuesto, que entre los carlistas hubo de todo, pero no porque eran carlistas. En tanto que carlistas eran hijos del pueblo y de Dios y sus errores personales no ensombrecen ese glorioso empeño común.

»Dejadme deciros una última cosa: vosotros queréis construir una patria con una ideología. Los carlistas nunca tuvimos una ideología, sino una patria que conservar, que merecer, que transmitir. Por eso, vosotros podéis haber visto en los carlistas de ayer y de hoy enemigos que no tienen cabida en vuestra patria soñada. Esa ventaja tenéis sobre nosotros: nosotros, sin embargo, os necesitamos, aunque vosotros creéis que no nos necesitéis, porque para reconstruir la patria, el pueblo, la vida en común no podríamos prescindir de nadie, porque todos estamos llamados a ayudarnos a vivir una vida más digna y más humana. Ésa es nuestra debilidad, pero ésa también es nuestra gloria.

»Mi defensa de un hijo del pueblo no es una defensa personal ni partidista, es una llamada de atención, un recordatorio a unas cuantas preguntas que todavía se acallan».

Sí: tu idea de identificar carlismo y separatismo es, perdóname, grotesca. Antes bien, el separatismo nace tras la desaparición de la Monarquía tradicional y a consecuencia de ello. Lo que se identifica con el carlismo es la libertad de los distintos pueblos de España que la conformaban armónicamente en el seno de esa Monarquía tradicional. Desaparecida ésta, desaparecido ese pacto implícito centenario ¿qué de extraño tiene que haya nacido, primero un nacionalismo hostil hacia todo lo que signifique España y, después, un separatismo que ha llegado, muchas veces, en Vascongadas y en Cataluña, hasta el terrorismo y el asesinato?

Y, esto ¿lo va a resolver una república unitaria, federal, cuasifederal o pluscuamperfectamente federal? Lo dudo. Como dudo de que pueda resolverlo la España liberal, si bien la España liberal monárquica tiene ese último recurso espiritual, litúrgico si quieres, que es la Monarquía y que, si bien no va a convencer a las bestias de Bildu, sí puede hacer alguna mella en los nacionalistas que honestamente lo son porque lo son por amor a su tierra. Así lo insinuó el señor Mas en el vínculo que te mandé y así vino a insinuarlo el lendakari Ibarretxe cuando presentó ante el Parlamento español su proyecto de nuevo estatuto. Todo esto te lo digo sin ignorar lo mucho que tiene y ha tenido de desleal e interesado el comportamiento de estos nacionalismos “moderados”.

Efectivamente, amigo mío: tienes razón cuando dices que tú y yo hablamos de cosas distintas cuando hablamos de la unidad de España. Y también hablan de cosas distintas los nacionalistas y los separatistas y los terroristas cuando hablan de España.

Como hombre instruido que eres conocerás de sobra que el concepto de España es tan apasionante como difícil de aprehender.

Para mí, nace de una singularidad geográfica que reconocen las civilizaciones de la Antigüedad y le dan un nombre que abarca a la diversidad de tribus que describe Estrabón en su II libro de La Geografía. Tribus que vaya usted a saber si reconocían alguna comunión remota entre ellas (seguramente no; seguramente los astures no tenían ni la más remota idea de la existencia de los tartesos) pero, de reconocerla, sería eso: remota. La unidad no era “vista desde dentro” sino “desde fuera”.

A la civilización nos trajo la conquista romana y, desde entonces (y hasta la malhadada introducción de la revolución liberal) España ha sido uno de los bastiones más grandes de esta romanidad primero y, después, de su continuidad en el catolicismo.

Hito fundamental es en esto la Reconquista que no es sino el intento, más o menos consciente, de volver a esa romanidad de la que nos separó la invasión musulmana.

Y esto se hizo con la dirección política de la monarquía y con la dirección espiritual de la Iglesia católica. Renunciar a cualquiera de ellas es desespiritualizar a España, es enervarla, es mixtificarla, es falsearla. Y, si falseamos el concepto de España, por muy buena intención que tengamos al hacerlo, difícilmente vamos a resolver en su raíz los problemas que nos aquejan.

Soy, no obstante, a fuer de carlista, optimista. Me inspiran para ello las palabras de don Carlos VII:

«Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere.

»Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

»Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

»El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

»Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás.

»Dios, que le ha designado para sucederme [don Jaime], le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallará a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española».

Efectivamente: el Rey no muere. Aunque el afán de novedad o la ingenuidad filosófica de algunos os hagan convertir a España en una República, sabed que el Rey no muere y que en las almas de muchos se mantendrán estas ideas sublimes a través de los siglos. Llámalo sebastianismo si quieres pero el hecho es que de los presidentes de la República francesa hoy no se acuerda ni la madre que les trajo al mundo. En cambio, hoy, doscientos y pico años después, los legitimistas franceses rezan cada año por el rey Luis XVI.

Se va haciendo larga esta respuesta. Permíteme que pase de puntillas sobre la encuesta de la Cadena SER. Te molestó, y lo lamento, mi expresión “populacho” al comienzo de este intercambio. Bien, la retiro: demasiadas veces me pierde el exceso verbal. Sólo decirte que con todo lo que está pasando ¿cómo nos va a extrañar que el noble pueblo español, más preocupado por ver como la gente se tira del trampolín que dijo Pedro J ayer en su homilía dominical se fije en ello y, prescindiendo de todas estas reflexiones tan largas, muestre su desapego por la monarquía? Pero esto, amigo mío, se soluciona con dos telediarios. Por eso hablé de “populacho”.

En fin: al atreverme a publicar aquí este largo intercambio de ideas ni quiero ni dejo de querer tener más ni mejor razón que Emilio Castelar. Mi intención al hacerlo no es sino dar algún motivo de reflexión, de meditación, acerca de este asunto más allá de la simplicidad con la que se le contempla a la luz de los hechos históricos concretos de nuestro pasado reciente. Por ello, doy las gracias a Emilio Castelar por haberse  esforzado en hacernos comprender la distancia entre el concepto abstracto de República y la experiencia que de ella tenemos los españoles. Como dijo Prieto desde su destierro mejicano refiriéndose a José Antonio (y vuelvo a citar de memoria porque, con todo lo que llevo escrito esta mañana no me apetece buscar el volumen perdido por alguna estantería): «muchas veces hemos sentido una cercanía espiritual en aquéllos que llamábamos nuestros enemigos y, al revés, muchas veces, también, nos hemos sentido extraños al lado de aquéllos a los que llamábamos aliados nuestros».

Vínculos:

Facebook de Emilio Castelar. Aquí se halla la discusión completa en “tiempo real” que aquí publico sin más modificaciones que las de los errores ortográficos.
Mas ve una Cataluña independiente pero monárquica. vozpopuli.
Un hombre en pie: pensamiento de un carlista de Leiza. El Brigante.
Encuesta de la Cadena SER.
Del rey y de la institución real. Libro primero. Conceptos Esparcidos.
Del rey y de la institución real. Libro segundo. Conceptos Esparcidos.
Manifiesto de los Persas. Conceptos Esparcidos.
En defensa de la  monarquía española. Conceptos Esparcidos.

Anexo:

La opinión de Hans-Herman Hoppe. Libertad Digital. Hans-Herman Hoppe es un economista que se acerca a esta cuestión desde el punto de vista meramente técnico, sin a priorismos ideológicos. Preguntado acerca de que sistema es peor, si la democracia o la monarquía, responde:

Empezaré definiendo el Estado como una institución que tiene máximo poder de decisión y gestiona un territorio de forma monopólica. Las monarquías y la democracia son formas de gestionar ese Estado. Ambas son instituciones peligrosas y, por lo tanto, no hablo de encontrar una buena solución sino de encontrar la menos mala. En ese sentido, detecto una cierta superioridad de las antiguas monarquías en la medida en que el Rey considera el Estado como su propiedad privada. Esto le llevará a pensar más en el largo plazo y a intentar preservar el valor de su capital, de ese Estado que, en cierta medida, es suyo.

En la democracia, el cuidado de esa propiedad por parte de un gobierno es de una legislatura, quizá dos o tres, pero no hablamos de una propiedad que permanece en las manos de los gestores durante toda la vida. Por eso, mientras que el monarca tiende a conservar su capital, el gobernante en democracia se orienta a consumir ese capital mientras ostenta el poder.

Hay otra ventaja de la antigua monarquía sobre la democracia, y es que en el primero de estos dos sistemas se llega al poder "por accidente", pero en el segundo se llega mediante la competencia electoral. La competencia en sí es un mecanismo de eficiencia, no es buena ni mala en sí misma. Si se compite para producir bienes y servicios, esa eficiencia es buena, pero si se compite por hacer algo malo, esa eficiencia es peligrosa. En la democracia, la competencia por el poder de fijar impuestos y de ordenar leyes consigue que lleguen al poder quienes son más eficientes haciendo algo que, en esencia, es malo.

Lo que, creo, viene a ser mi tesis de que la monarquía es preferible a la república democrática porque en ella queda fuera el desgaste de la energía de la nación que entraña la lucha continua por el poder.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 abril, 2013 at 10:01

El Carlismo

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Ante la gravísima crisis moral, social y política que en estos momentos atraviesa España, vuelvo a proponer aquí, en lo que valga, la doctrina carlista con uno de sus mejores, mayores e inmortales documentos: el testamento político de S.M.C. Don Carlos VII.

Pido, muy especialmente en la hora actual, que nos fijemos particularmente en los siguientes párrafos y apelo a todos los pueblos españoles para que los relean:

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

***

Encárgole [a don Jaime], igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendía empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

***

Nuestra Monarquía es superior a las personas. El Rey no muere.

***

TESTAMENTO POLÍTICO DE S.M.C. DON CARLOS VII

Carlos VII 

Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.
 

A los carlistas:

En el pleno uso de mis facultades, cuando mi vida, más larga en experiencia que en años, no parece todavía, según las probabilidades humanas, próxima a su fin, quiero dejar consignados mis sentimientos, a vosotros, mis fieles y queridos carlistas, que sois una parte de mí mismo.

Desde mi casa del destierro, pensando en mi muerte y en la vida de España, con la mente fija en el tiempo y en la eternidad, trazo estas líneas para que, más allá de la tumba, lleven mi voz a vuestros hogares y, en ellos, evoquen la imagen del que tanto amasteis y tanto os amó.

Cuando se hagan públicas, habré ya comparecido ante la divina presencia del Supremo Juez. Él, que escudriña los corazones, sabe que no las dicta solamente un sentimiento de natural orgullo. Inspíranlas el deber y el amor a España y a vosotros, que han sido siempre norte de mi vida.

Parecíame esta truncada si no os dejase un testamento político, condensando el fruto de mi experiencia, y que os pruebe que aun después de que mi corazón haya cesado de latir, mi alma permanece entre vosotros, solícita a vuestras necesidades, reconocida a vuestro cariño, celosa de vuestro bienestar, alma, en fin, de Padre amantísimo, como yo he querido ser siempre para vosotros.

Pago, además, una deuda de gratitud.

Sois mi familia, el ejemplo y el consuelo de toda mi vida, según he dicho en momentos solemnes. Vuestro heroísmo, vuestra constancia, vuestra abnegación, vuestra nobleza, me han servido de estímulo inmenso en los días de lucha y de prosperidad, y de fortísimo sostén en las amarguras, en los sufrimientos, en la terrible inacción, la más dura de todas las cruces, la única que ha quebrantado mis hombros en mi vida de combate.

No puedo corresponder de otra manera a todo lo que os debo que tratando de dejaros en estos renglones lo mejor de mi espíritu.

En mi testamento privado confirmo la ferviente declaración de mi fe católica. Quiero aquí repetirla y confirmarla a la faz del mundo.

Sólo a Dios es dado conocer qué circunstancias rodearán mi muerte. Pero sorpréndame en el Trono de mis mayores, o en el campo de batalla, o en el ostracismo, víctima de la Revolución, a la que declaré guerra implacable, espero poder exhalar mi último aliento besando un Crucifijo, y pido al Redentor del mundo que acepte esta vida mía, que a España he consagrado como holocausto para la redención de España.

Con verdad os declaro que, en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de mi virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé por hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.

Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida. Y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantable, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esta tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aún así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.

Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos, que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta.

La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.

Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiese ayudado a crear esa vigorosa juventud creyente y patriótica, que yo veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado conservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, en la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.

Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me han hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra, ¿qué dique hubieran podido oponer al torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos; lo salvamos contra su voluntad y a costa de nuestras energías.

¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante por Dios y por España! Sea esta vuestra divisa en el combate, como fue siempre la mía y los que hayamos caído en el combate, imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.

Mantened intacta vuestra fe, y el culto a nuestras tradiciones, y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar, eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.

Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadero prodigio de los tiempos modernos, manteniendo purísimos, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del Océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.

Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros a aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.

Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la Historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria.

Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.

Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros y más no cabe. Sé que me lloraréis como tiernísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé también que el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.

Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro Programa.

Consignados los tenéis en todos mis Manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo Padre (q.e.p.d), en 1868.

Planteados desde las alturas del Poder, por un Rey de verdad, que cuente por colaboradores al soldado español, el primero del mundo, y a ese pueblo de gigantes, grande cual ninguno por su fe, su arrojo, su desprecio a la muerte y a todos los bienes materiales, pueden, en brevísimo tiempo, realizar mi política, que aspiraba a resucitar la vieja España de los Reyes Católicos y de Carlos V.

Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas colonias; es decir: integridad, honor y grandeza. He aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi Patria.

Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quise ni pude olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuve intactos los derechos que como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden. Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Quiero también dejar aquí consignada mi gratitud a la corta, pero escogida, falange de legitimistas franceses, que desde la muerte de Enrique V, vi agrupados en torno de mi Padre, y luego de mi mismo, fieles a su bandera y al derecho sálico.

A la par que a ellos, doy gracias, desde el fondo de mi alma, a los muchos hijos de la caballeresca Francia, que, con su conducta hacia mí y los míos, protestaron siempre de las injusticias de que era víctima, entre ellos, el nieto de Enrique IV y Luis XIV, constándome que los actos hostiles de los Gobiernos revolucionarios franceses, son inspirados con frecuencia por los mayores enemigos de nuestra raza.

Recuerden, sin embargo, los que me sucedan, que nuestro primogénito pertenece a España, la cual, para merecerlo, ha prodigado ríos de sangre y tesoros de amor.

Mi postrer saludo en la tierra será a esa gloriosa bandera amarilla y roja; y si Dios, en su infinita misericordia, tiene piedad, como espero, de mi alma, me permitirá desde el Cielo ver triunfar, a la sombra de esa enseña sagrada, los ideales de toda mi vida.

Y a vosotros, que con tanto tesón los defendisteis al lado mío, alcanzará también mi supremo adiós. A todos os tendré presentes y de todos quisiera hacer aquí mención expresa. Pero ¿cómo es posible, cuando formáis un pueblo innumerable?

Inmenso es mi agradecimiento a los vivos y a los muertos de nuestra causa. Para probarlo y perpetuar su memoria instituí la fiesta nacional de nuestros Mártires. Continuadla religiosamente los que hayáis de sobrevivirme. Congregaos para estímulo y aliento recíprocos y en testimonio de gratitud a los que os precedieron en la senda del honor, el día 10 de marzo de cada año, aniversario de la muerte de aquel piadoso y ejemplarísimo Abuelo mío, que, con no menos razón que los primeros caudillos coronados de la Reconquista, tiene derecho a figurar en el catálogo de los Reyes genuinamente españoles.

Pero si no me es posible nombrar a todos, uno por uno, a todos os llevo en el corazón, y entre todos escojo para bendecirle, como Padre y como Rey, al que se honró hasta ahora con el título de primero de mis súbditos, a mi amado hijo Jaime.

Dios, que le ha designado para sucederme, le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallará a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española; pero es cierto que entre ellos muchos me combatieron como adversarios. Sepan que a ninguno odié, y que para mí no fueron otra cosa que hijos extraviados, los unos por errores de la educación; los otros, por invencible ignorancia; los más, por la fuerza de irresistibles tentaciones o por deletéreas influencias del ambiente en que nacieron. Una de las faltas que me han encontrado más inflexible es la cometida por los que ponían obstáculos a su aproximación a nosotros. Encargo a mi hijo Jaime que persevere en mi política de olvido y de perdón para los hombres. No tema extremarla nunca demasiado, con tal de que mantengan la salvadora intransigencia en los principios.

Encárgole, igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendía empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

Y ya que al nombrar como el primero de vosotros al Príncipe de Asturias, reúno en un mismo sentimiento de ternura a mi familia por la sangre con mi familia por el corazón, no quiero despedirme de vosotros sin estampar aquí los nombres de los dos ángeles buenos de mi vida: mi Madre amadísima y mi amadísima María Berta. A las enseñanzas de una y a los consuelos de la otra, debo lo que nunca podré pagar. La primera inculcándome desde la infancia los principios sólidamente cristianos, que sacaba del fondo de su alma, me dejó trazado el camino recto del deber. La segunda, sosteniéndome en mis amarguras, me dio fuerzas para recorrer con pie firme, sin tropezar en las asperezas que al paso encontraba.

Esculpid en vuestros corazones y enseñad a los balbucientes labios de vuestros hijos esos dos nombres benditos: María Beatriz y María Berta. Y cuando vosotros, que tenéis la dicha también de vivir entre las admirables mujeres españolas, os sintáis confortados por una madre, por una hija, por una hermana, por una esposa, al asomaros al espejo de sus almas y ver en ellas reflejadas las virtudes del Cielo, acordaos de que esos son reflejos también de estas dos almas privilegiadas que han iluminado el desierto de mi vida.

Os dejo ya, hijos de mi predilección, compañeros de mis combates, copartícipes de mis alegrías y mis dolores.

No me lloréis. En vez de lágrimas dadme oraciones. Pedid a Dios por mi alma y por España, y pensad que al mismo tiempo que vosotros oráis por mí yo estaré, con la gracia del Salvador del mundo, invocando la Virgen María, a Santiago, nuestro patrón, a San Luis y a San Fernando, mis celestiales Protectores, suplicándoles con la antigua fe española, que en mí se fortaleció en Jerusalén, al pie del sepulcro de Cristo, para que en la tierra se os premie como lo que sois, como cruzados y como mártires.

Antes de cerrar este mi testamento político, y deseando que el presente original, escrito todo de mi puño y letra, quede primero en poder de mi viuda, y faltando esta, pase a mis legítimos sucesores, saco dos copias, una literal en castellano, y otra en francés, para que se comuniquen a la Prensa de España y de Francia, inmediatamente después de que haya cerrado mis ojos.

Hecho en mi residencia del Palacio de Loredán, Campo de San Vito, en Venecia, el día de Reyes del año de gracia de mil ochocientos noventa y siete. Sellado con mi sello Real. Consta de seis pliegos, que forman veinticuatro páginas numeradas por mí.

CARLOS.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 enero, 2013 at 17:43

Reflexiones en torno a la idea de España

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Modificado de emagister.com

Dos de los más grandes políticos que nos ha dado la Transición española, Jaime Mayor Oreja y José María Aznar, alertándonos ayer del gravísimo problema que entraña en estos momentos el desafío separatista del gobierno catalán en alianza con la extrema izquierda para la pervivencia de la unidad política de España, nos han llamado a defenderla, José María Aznar, mediante “el coraje y la convicción”, Jaime Mayor, cogiendo el toro por los cuernos y pidiéndonos que entremos de lleno en la confrontación de ideas con los enemigos de esta unidad sin ningún miedo ni complejo intelectual frente a ellos y yendo más allá —en este terreno de las ideas— de los meros recursos legales que el Gobierno de la Nación pueda oponer a esta embestida.

Suscribo, como es lógico, ambos discursos pero, entrando en ese debate de ideas que nos pide Jaime Mayor, algo quiero añadir a ellos y algún pero tengo que ponerles abundando en lo que vengo diciendo al respecto en Conceptos Esparcidos desde hace seis años.

I

España

Efectivamente: antes de pasar a defender nada necesitamos tener una idea cabal de aquello que vamos a defender, que queremos defender. Necesitamos, pues, tener una idea precisa de lo que entendemos por España y, siendo la idea de España tan diversa según quien la formule, ya sean amigos, ya enemigos, necesitamos dibujar un perfil de su concepto para saber si estamos —al menos mínimamente— de acuerdo con él y para saber si nos interesa su defensa porque, por ejemplo, a mí, ni me interesa la defensa de la concepción de España que puedan tener los socialistas ni me interesa la defensa de su formulación política actual nacida de la Constitución del 78.

Entiendo bien que esta formulación política es la que es y que, hoy, la idea espiritual y eterna de España —que nadie va a poder romper— se encarna en esta fórmula legal que es preciso respetar. Pero, si queremos llevar el debate de las ideas a su verdadera raíz, lo primero que debemos de comprender —frente a las reiteradas invocaciones de José María Aznar y de Jaime Mayor a la “democracia” y a esta Constitución— es, no sólo ya que España es muchísimo más antigua que la Constitución del 78, sino, muy especialmente, dos ideas:

La una, que la Constitución del 78, por atea y por ser el enésimo trasunto de la Revolución Francesa, se da de bruces con el alma histórica de España. Define una idea de España que nada tiene que ver ni con su alma, ni con su tradición, ni con su historia.

Y la segunda que, precisamente por ello, han sido la Transición y la Constitución del 78, en especial en su título VIII, las que, poco a poco, como muy bien resume Jaime Mayor, han ido minando el concepto de España, lo han ido escondiendo y lo han ido falsificando a las nuevas generaciones de españoles, las que han dado pábulo a sus enemigos y las que nos han mantenido callados y acomplejados frente a ellos a quienes deseamos que la idea espiritual y eterna de España se siga concretando en alguna unidad política.

Y esto, no por motivos meramente pragmáticos, como apunta José María Aznar cuando apela a la “prosperidad” como argumento para mantener la unidad política. Es evidente que todos deseamos una España próspera pero no es menos evidente que aun cuando esta prosperidad no existiera —como no existe en estos momentos— o su unidad política entrañara menor prosperidad, la obligación de su defensa debería de ser la misma.

Es lugar común el que los cretinos nacidos y educados a la luz de esta transición se rían sin mayor reflexión de la definición que hizo José Antonio de España como unidad de destino en lo universal. Sin embargo, ni tal definición es exclusiva de José Antonio —desde Estrabón hasta nuestros días todo pensador que ha reflexionado sobre el asunto concluye que tanta es la diferencia con la que los pueblos hispánicos se ven a sí mismos como grande es la unidad con la que se les contempla desde el extranjero, empezando por lo puramente geográfico y acabando por lo espiritual— ni tal definición entraña nada sorprendente ni propio de España: en efecto, cualquier nación que, en el devenir de la historia haya alcanzado a tener algún resalte y algún reconocimiento frente al resto de naciones, es nación, muy especialmente, porque esas demás naciones, le reconocen un perfil propio, un espíritu propio, un discurso que, en lo que valga, tiene algo propio que decir al resto del mundo, algo con lo que enriquecer al resto del mundo; lo es, en fin, como unidad de destino en lo universal.

Notemos, pues, aquí, uno de los problemas fundamentales con el que nos encontramos a la hora de defender la permanencia de la unidad política de España: en tanto que somos una nación para el resto del mundo y en tanto el resto del mundo apenas alcanza a ver —si es que ve alguna— ninguna diferencia entre un catalán y un andaluz, nosotros, los españoles hemos llegado a desconocer que, si somos una nación, lo somos porque, mirando hacia dentro, tenemos algo en lo espiritual que compartimos todos, y, mirando hacia fuera, es ese algo lo que nos da una identidad nacional que es en la que repara el resto de las naciones.

Esto es lo que diferencia a una verdadera nación, a una nación forjada multisecularmente por una idea, de una nación artificial, de una de tantas naciones artificiales como han sido creadas durante los doscientos años que llevamos padeciendo la Revolución Francesa: si yo les pregunto a ustedes qué diferencias hay entre un francés y un inglés; un ruso y un norteamericano; un alemán y un italiano, ustedes, seguramente, tendrían una noción bastante precisa de tales diferencias.

Ahora bien, si yo les pregunto qué diferencia encuentran entre un uruguayo y un paraguayo; entre un keniata y un ugandés —más allá del “odio africano” que se tienen—, o entre un iraquí y un iraní, seguramente les pondría a ustedes en un aprieto y no se crean que ello sea por ignorancia de ustedes acerca de estas naciones sino por carencia de las mismas de unidad de destino en lo universal o, dicho de otro modo, por falta de perfil espiritual propio y distintivo. Para el uruguayo, su distancia pueblerina del paraguayo puede ser inmensa; para el resto del mundo pertenecen a la unidad de destino que llamamos hispanidad. De la misma forma, sean cuales sean las diferencias que separan a los chiitas de los sunitas, todos ellos pertenecen a un espíritu diferenciado en lo universal que llamamos islamismo.

Así, una futura y plausible nación catalana satisfaría a los catalanes que han olvidado su historia y que desean que su nación deje de formar parte de una unidad de destino en lo universal a la que a Cataluña han conducido la geografía primero y la historia después, para convertirse en una nación artificial más, muy apta, en lo negativo, para desfogar sus pasiones pueblerinas, contemplarse el ombligo y vomitar su odio hacia la España de la que forma parte, pero muy desdibujada, en lo positivo, para brindar al mundo un carácter propio, un espíritu propio del que, aislada, carece.

***

Para entrar, pues, en esta defensa de España necesitamos inexorablemente conocer y asumir, con todos sus defectos y con todas sus virtudes, cuál ha sido la aportación espiritual diferenciada española a este concierto de las naciones, a esta Historia de la Humanidad.

Romanizada muy tempranamente, desde que lo fue, podemos asegurar que el afán histórico de España ha sido el mantenimiento y la extensión de esa civilización romana primero, cristiano-romana y judeo-cristiana después y, por último, católica, entendiendo estas tres expresiones como formas de una continuidad histórica.

Varios hitos tenemos que tener muy presentes en su devenir histórico:

El primero y menos importante en lo que toca a nuestra singularidad como nación, pues lo compartimos con todos los demás pueblos europeos, es la invasión y dominio bárbaro, visigodo, que algo, indudablemente, contribuiría a la forja de nuestro espíritu pero que acabó disolviéndose en la romanidad española y cristiana tras los pocos siglos en los que hizo imperar su arrianismo bárbaro. Notemos que, durante estos siglos, pervivió como minoría no gobernante y al final se impuso, una minoría hispanorromana que fue la que mantuvo la lumbre de la cultura hispano-romana.

El segundo, mucho más definitorio, lo constituyen los ocho siglos de dominación musulmana, civilización esta mucho más fuerte y pujante que la goda y que, al contrario que ésta, jamás llegó a fundirse con la nuestra, hispanorromana. Notemos, igualmente, cómo durante estos ocho siglos, pervivió igualmente una minoría mozárabe, esto es, hispanorromana, que culminó la Reconquista, expulsó de nuestro solar a los musulmanes y lo devolvió en su totalidad a la civilización cristiana occidental. En La expulsión de los moriscos y fijándome en el gradiente del voto de izquierda, creciente, en líneas generales, de norte a sur en la España actual, me atreví a lanzar la hipótesis, que, por supuesto, no pretendo en absoluto que sea cierta, de que parte de este odio a la idea de España que hoy vemos tan claro y tan cierto en muchos de nuestros compatriotas no tenga en sus orígenes y en parte, el resquemor ancestral que quizá guardaran a través de las generaciones los descendientes de estos moriscos conversos, cristianos nuevos en contraposición a los cristianos viejos de herencia hispanogoda y que, como sabemos, durante muchos siglos carecieron de privilegios que estos sí tenían.

El tercero es, evidentemente, el descubrimiento, la conquista y la civilización de América. Con ello España extendió hasta el infinito aquella civilización cristianorromana que había heredado.

El cuarto es la postura que claramente adoptó España frente al cisma luterano poniéndose indubitablemente al lado de la iglesia romana, esto es, manteniéndose en el continuo histórico al que pertenecía desde que Roma la civilizó.

Y el quinto, en fin, es la aparición de la revolución científica y tecnológica del siglo XVIII, revolución que, indudablemente lideraron y llevaron a cabo las naciones protestantes de manera que el mundo que nació de ella, nuestro mundo, ante el espejismo de bienestar material que tal revolución nos ha proporcionado y olvidado de todo lo bueno que, sobre todo en el orden moral y político pudiera tener el Antiguo Régimen abomina de él y, por ende, de la idea de España, uno de sus principales bastiones sino el principal.

II

La minoría hispanorromana

Si, como acabo de exponer, durante los siglos de gobierno visigodo y los de dominación musulmana, pervivió obstinadamente como minoría, muchas veces perseguida, la que nunca jamás olvidó su verdadero origen clásico romano maravillosamente conjugado con la cultura judeo-cristiana y, al fin, acabó vencedora tanto frente a la barbarie de los unos como al carácter extranjero de los otros, así también nosotros lo que debemos defender es esa tradición dos veces milenaria que hoy sólo puede expresarse en la España que, desde 1942, forjaron de la mano la monarquía tradicional y la religión católica, sabiendo que vivimos en una nueva época de barbarie que lo que pretende, precisamente, es destruirla.

En esta época de barbarie somos, efectivamente, minoría. Empero, debemos de tener la misma convicción en nuestra causa que tuvieron los hispanorromanos en las épocas que digo y la esperanza de que nuestra firmeza intelectual en su defensa, olvidados de todo miedo a que nos llamen fascistas, la hará renacer algún día en toda su grandeza porque su grandeza es mucha frente a la poquedad de las ideas de nuestros enemigos.

Así y, como es lógico, adaptándola al pensamiento moderno, nuestra defensa de España tendría que ser la defensa de la religión católica y la defensa de la monarquía tradicional.

Ésta ha sido la gran aportación que España ha hecho al mundo y éste debería ser su discurso, como digo, actualizado y adaptado a los tiempos. Polonia lo intenta. No entiendo porqué no lo puede intentar también España.

Por contra: una España que se presenta ante el mundo como defensora del régimen político que coyunturalmente triunfa en el mundo actual —la democracia liberal—, es, sencillamente, grotesca. Para eso ya están los Estados Unidos cuya unidad de destino en lo universal es, precisamente, el liberalismo y la democracia. Tan grotesca como aquel miembro del PCE que no recuerdo con qué motivo —quizá fuera con el referéndum de la OTAN—, no tuvo ningún empacho en mandar al Congreso estadounidense un ejemplar de la Constitución del 78 como intentando dar lecciones a los estadounidenses de “democracia” y de “liberalismo”.

Y, en fin, de una España grotesca como esta; de una España tan olvidada de su historia y de su tradición, ¿nos puede extrañar que acabe yéndose al carajo como se está yendo?

III

La monarquía tradicional y la religión católica

Si olvidamos que el único cemento de unión que ha mantenido unidos a los pueblos hispánicos han sido la monarquía tradicional y la religión católica poco podremos hacer para mantener la unidad política de España. Lo saben muy bien sus enemigos y, por ello, tienen puesto en su principal punto de mira a ambas instituciones.

La religión católica no es —dejando aparte, por supuesto, su principal dimensión que es la meramente religiosa— sino el trasunto de la civilización romana. Su enseñanza no es sino el compendio de la sabiduría de la humanidad que apareció ente el Tigris y el Éufrates hace diez mil años, que, a través de la religión judeocristiana, se fundió con la cultura grecorromana y que nosotros heredamos precisamente a través de Roma.

Por su parte, la monarquía tradicional murió a manos de la Revolución. No podía haber sido de otra manera, pero España tuvo la desgracia de que la revolución que inspiró la suya no fue la “Gloriosa” inglesa de 1688 que imbuyó a los ingleses “de la idea de equilibrio entre la libertad y el orden”, sino la jacobina francesa de 1789 que, de las únicas ideas que nos ha imbuido han sido la del odio a la Tradición y la del convencimiento de que el progreso consiste en una huida hacia adelante desaforada y marcada por etapas en las que cada una de esas etapas tiene como único fin destruir a la anterior en un baño de sangre, de odio y de rencor. Una huida hacia adelante que, en fin, nada crea y todo destruye.

Tras la rotunda victoria de los aliados en la II Guerra Mundial, hoy se nos aparece que la mejor forma de gobierno posible es la democracia. Es, efectivamente, la única posible hoy en el mundo occidental pero, rotundamente, no es la mejor a mi modo de entender.

Prescindo de extenderme en este asunto pues ya lo he tratado sobradamente aquí y a ello me remito en los vínculos con los que finaliza este escrito.

Sea como sea (y de ello han tratado recientemente El Mundo en un editorial de la semana pasada y Victoria Prego en ese mismo diario), España es difícilmente entendible sin ese cemento de unión que representa la Monarquía, hoy simbólica de la nuestra tradicional.

IV

El marxismo y sus herederos

Es sumamente curioso ver como los nacionalismos vasco y catalán, que en su origen proceden del carlismo, que nacieron como reacción a la introducción en España del liberalismo entendido al modo en que lo entiende la Revolución francesa y que, en este sentido, son muy dignos de consideración, se han echado en manos de la izquierda marxista.

¿Para qué? ¿Para liberar a sus supuestas naciones de una supuesta opresión?

No. Se han echado en manos del marxismo que hoy representan Bildu-ETA y ERC, no  para construir nada, sino para destruir a España.

Su discurso que algún día pudo ser constructivo —y que la España liberal no entendió— es hoy francamente destructivo: nada pretenden realmente crear pues de la mano de socios tales como Bildu-ETA o ERC lo único que pueden crear son unas Provincias Vascongadas o una Cataluña marxista o, al menos, complaciente con el marxismo, esto es, las antípodas de los orígenes de estos nacionalismos.

Su discurso de hoy es destructivo y su único fin es la destrucción de España. No de la España liberal a la que, como digo, combatieron en sus orígenes y en cuyo combate yo me podría poner a su lado. No: de la destrucción lisa y llana de España.

***

Nota: El presente escrito, que pretendo depurar y continuar en días venideros, no es sino resumen de las reflexiones que acerca de este problema he venido haciendo en este foro desde el año 2006 y que se pueden repasar en los siguientes

Vínculos:

Pío Moa: la estupidez de Libertad Digital y la injusticia de generalisimofranco.com. Conceptos Esparcidos,diciembre, 2011.
Moa ‘vs’ Vidal
. Conceptos Esparcidos, julio, 2011.
Moa ‘vs’ Vilches
. Conceptos Esparcidos, junio, 2011.
Luz de Trento
. Conceptos Esparcidos, junio, 2011.
Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España
. Conceptos Esparcidos, marzo, 2011.
Otra vez el Rey
. Conceptos Esparcidos, febrero, 2010.
Pacta sunt servanda
. Conceptos Esparcidos, diciembre, 2009.
¡Esto se hunde!
Conceptos Esparcidos, agosto, 2009.
Comentarios al escrito “A favor del término ‘Euskal Herria’”
. Conceptos Esparcidos, julio, 2009.
A favor del término “Euskal Herria”
. Conceptos Esparcidos, julio, 2009.
Rosa Díez: una ventana de aire fresco. Conceptos Esparcidos, enero, 2009.
Joan Tardà grita ¡Muera el Borbón! Conceptos Esparcidos, diciembre, 2008.
Don Juan Alberto Belloch
. Conceptos Esparcidos, abril, 2008.
Si la Iglesia se mundaniza…
Conceptos Esparcidos, febrero 2008.
Los reyes merovingios
. Conceptos Esparcidos, noviembre, 2007.
En defensa de la monarquía española
. Conceptos Esparcidos, octubre, 2007.
El toro de Osborne
. Conceptos Esparcidos, agosto, 2007.
La Coca-Cola
. Conceptos Esparcidos, marzo, 2007.
A vueltas con “La expulsión de los moriscos”
. marzo, 2007.
El estatuto andaluz
. Conceptos Esparcidos, febrero, 2007.
La expulsión de los moriscos
. Conceptos Esparcidos, febrero, 2007.

España, ¡Antes rota que roja!
. Conceptos Esparcidos, enero, 2007.
Javier Moreno y los (nefastos) periódicos. Conceptos Esparcidos, noviembre, 2006.
Las “democracias avanzadas” y 1984
. Conceptos Esparcidos, enero, 2006.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 enero, 2013 at 12:13

Els borinots

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Borinot es, en el idioma valenciano, la palabra con la que se designa al moscardón. Se emplea asimismo, aunque cada vez se oye menos, para designar a una persona pesada, molesta, cansina, que, como el moscardón, vuela y revuela, zumba y rezumba, una y mil veces, acerca de una idea que, para ella puede ser importantísima pero que para el resto de la Humanidad no significa apenas nada.

Analogía se llama esta figura.

Muy preocupado por el problema nacionalista vasco y catalán desde la Transición más incipiente y mucho más preocupado desde que Zapatero metió la mano en el asunto transformando un equilibrio tan frágil e inestable como falso en la algarabía que vemos en nuestros días, no había yo caído en la cuenta de que nuestros nacionalistas, aparte las razones históricas que puedan tener y que tienen, y que he defendido otras veces en este blog, son, fundamentalmente, eso: borinots.

No de otra forma se explica la reacción del aspirante a la Lehendakaritza, señor Urkullu, ante el éxito aparente que su colega en la Presidencia de la Generalitat catalana, señor Mas, en la reciente y multitudinaria manifestación independentista de la Diada y los buenos augurios que para su proyecto emanacipador catalán han mostrado las encuestas de varios diarios nacionales.

Nunca, pues, y, al menos, aparentemente, ha estado tan cerca el independentismo catalán de conseguir su objetivo de separarse del resto de España.

Y, además y según ha dejado entrever el señor Mas de una forma que, en mi humilde opinión, ya expresada aquí otras veces, sería una solución muy apreciable. El señor Mas ha mencionado la posibilidad de que Cataluña siga siendo monárquica, esto es, mantenga el nexo de unión con España a través de la Monarquía, y, como me he cansado de decir que el único cemento común que tienen los pueblos de España es, por un lado, la religión católica y, por otro, la Monarquía tradicional, no puede estar más de acuerdo con la plausibilidad de esta solución ni, aun, de su conveniencia.

De paso, nos quitaríamos de encima este modelo de estado liberal, impuesto por el extranjero, ajeno a nuestras costumbres y a nuestro alma ancestral y que tanta sangre y lucha nos ha costado desde hace doscientos años.

Prescindiendo, no obstante, de estas reflexiones mías que, como digo, me he hartado de repetir aquí, razonarán ustedes, como razono yo, que este éxito coyuntural del independentismo catalán debería de haber elevado al séptimo cielo al independentismo vasco que, acogiéndose al dicho que pinta a la ocasión como calva, debería de haberla cogido por los pelos y entonar el ¡Nosotros también! o, incluso, el ¡Mas, nosotros más!

Pues no señor. Y esto es lo que me deja estupefacto.

Con reflexiones tales como

La palabra secesión es demasiado grande

o

Hay que saber el mundo en que vivimos

Urkullu califica de sal gorda el éxito mediático y propagandístico de su colega catalán y parece que recula; que da marcha atrás.

Me he quedado, como digo estupefacto y no he podido menos que recordar la conocida estrofa de Las coplas de ¡Ay Panadera!:

Amarillo como cera estaba el conde de Haro,
buscando de algún reparo por no pasar la ribera;
desque vido la manera que el señor rey la pasaba,
pedos tan grandes tiraba que se oían en Talavera.

 

Canguelo se llama esta figura.

Vamos, que al señor Urkullu le ha dado canguelo el último movimiento de ficha del señor Mas.

Pues tal parece que los independentistas, sin renunciar al independentismo, tienen miedo del independentismo, cosa que, en el caso del señor Urkullu, tampoco me choca, dado que se iba a quedar, en caso de independencia de las Vascongadas, solo, cara a cara con el último movimiento marxista que en nuestros días queda en Europa. Trocaría un enemigo de salón, España, por un adversario que es de lo más cerril y dogmático que queda en nuestro continente.

Parece, pues, que al señor Urkullu le ha dado miedo el que el señor Mas pareciera que pasara la frontera pues, tal paso, le obligaría a él a dar otro semejante.

Tal y cual hacen los borinots: zumban, molestan, parece que se complacen en molestar; parece que su única razón de ser es esta, pero su ámbito de acción no es sino el aire cercano del ser al que importunan. Ninguna frontera piensan pasar. Sin el ser cercano sobre el que zumban y revolotean —si es que el verbo revolotear puede referirse a un insecto, que creo que no— nada serían.

No. No es fácil la independencia ni de Vascongadas ni de Cataluña por mucho odio que se haya cultivado en esas regiones hacia el resto de España. Y, en todo caso, como decía Arcadi Espada hace unos días en su Correo catalán:

la peor pesadilla del nacionalismo es que la independencia llegue cuando sea parte de un pasado ya incomprensible y remoto.

Tal parece que Urkullu tiene estas pesadillas.

¡Ay, Panadera!

Vinculos:

Mas no descarta una Cataluña monárquica. Libertad Digital.
Urkullu: “La palabra secesión es demasiado grande”. Libertad Digital.
¡Esto se hunde! Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

17 septiembre, 2012 at 20:20

Los católicos “sólo entendemos del palo”

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La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Encíclica Fides et ratio.
Juan Pablo II.

 

Pocos días después de la profanación de la capilla de la Universidad Complutense, Gregorio Peces-Barba, fuera rector de la Universidad Carlos III, acaba de publicar en El País un execrable artículo que se titula La laicidad, objetivo de la democracia en España y que acaba diciendo en su último párrafo (en el que, por cierto, no entiendo la mención a Esperanza Aguirre):

No podemos ser tan ingenuos como para pensar que la inacción por nuestra parte va a ser respondida con la neutralidad y el juego limpio. Eso solo ocurrió con Juan XXIII y con Pablo VI. Después las cosas volvieron a su cauce tradicional y la deslealtad a las autoridades civiles volvió a ser la regla. Son partidarios de todo lo que representa Doña Esperanza y no se puede esperar nada. Cuanto más se les consiente y se les soporta, peor responden. Solo entienden del palo y de la separación de los campos. Un Estado libre y una Iglesia libre, cada uno en su ámbito y sin que puedan tener ningún ámbito exento, ni ningún privilegio. Pactar con ellos desde la buena fe es estar seguro de que se aprovecharán todo lo que puedan.

Antes de soltar tal coz contra el catolicismo apelando a dos Pontífices, intenta explicarla con unos apuntes históricos y morales.

Comienza Don Gregorio afirmando que:

En el siglo XXI es un signo de la cultura política y jurídica pulsar, sobre todo desde partidos de izquierdas o de centro izquierda, el proceso de secularización, cuya última meta es la laicidad, entendida como una situación pacífica y generalmente aceptada por la sociedad.

Afirmación gratuita de la cual él estará, no lo dudo, convencidísimo, pero, con la misma razón, podría yo afirmar y afirmo que, en el siglo XXI es signo de cultura, sin más adjetivación, olvidar el anticlericalismo decimonónico que rebosa por cada poro de la piel de Peces-Barba, comprender que la religión (cualquier religión) tiene una dimensión histórica y cultural al margen de la Fe y comprender que un pueblo que prescinde de su religión está matando su cultura.

Ni desconozco los problemas que entraña la relación de la modernidad con la Fe, ni me estoy refiriendo aquí a ellos. Digo sólo que un signo de cultura en el siglo XXI debería ser, contra lo que dice Peces-Barba, intentar conjugar lo mejor de nuestro pasado con lo mejor de la modernidad y que ello, a mi modo de discurrir, implicaría, sin demérito de la libertad de culto, una preeminencia de lo católico, al menos en lo simbólico, en nuestra sociedad española. Así lo entienden, por ejemplo, los británicos cuyo Rey es, a la vez, la cabeza de la iglesia anglicana y nadie se rasga las vestiduras por ello.

Intenté comenzar el razonamiento en un escrito reciente motivado por la profanación de la capilla de la Complutense: Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España, y quiero continuarlo aquí con algo más de esfuerzo intelectual porque, al fin y al cabo, Peces-Barba no ha profanado, todavía, ninguna capilla católica de modo tan grosero ni tan obsceno como las pobres mujeres de la Complutense y, por otro lado, como decía antes, intenta racionalizar su odio con argumentos históricos y morales ante los cuales siento el deber de contraargumentar

Comencemos.

Dice Peces:

En la misma línea se desmonta por Hugo Grocio el Derecho Natural clásico, subordinado a la teología, al afirmar que existiría aunque Dios no existiera y que lo descubrimos por la razón aplicada a la naturaleza humana.

Muy cierto. Aquí estoy totalmente de acuerdo con Peces. Como dije en el escrito al que antes me refería, el catolicismo es, entre otras muchas cosas, el acervo del conocimiento integral humano que, comenzó a la vez en Egipto, Mesopotamia y el Valle del Indo, que se recogió en las leyendas de un pueblo, el judío, situado entre ellos, que lo escribió en el Antiguo Testamento, que lo renovó en el Nuevo, que cruzó el Mediterráneo para fundirse con la filosofía griega y con la cultura y liturgia romanas y que, en fin, se enriqueció durante dos mil años con figuras tan sublimes como largas de enumerar aquí sin ser prolijo.

En efecto, Peces: el Derecho Natural existe aunque no existiera Dios y es el que ha ido conociendo esta parte de la Humanidad desde hace diez mil años. A mí, te lo digo sinceramente, no me importa que ni tú ni el tal Grocio, prescindáis de Dios para conocerlo. Lo que me pregunto es ¿qué coño te molesta  ti que los creyentes lo creamos dictado por Dios si, al fin y al cabo, como tú mismo dices, existe?

Cuanto más que, separado el asunto éste del Derecho Natural de la concepción integral religiosa y secularizado como tú lo ves; apartado de la concepción filosófica del mundo conocible e incognoscible con que lo concibe  la religión (cualquier religión, Peces) me parece a mí que acaba desbarrando pues desbarrar es, por ponerte un ejemplo, que Zerolo nos diga en público que

los mejores orgasmos son los que le ha dado su marido y los orgasmos democráticos que le da Zapatero.

Si esto no es desbarrar ante el Derecho Natural, ante la Ley Natural, Peces, que baje Dios y que lo vea.

Perdona, y míralo por ti mismo, ya que no puedes concebir un Dios que baje a mirar el asunto.

Es desbarrar, Peces. Pero no sólo para un católico. Lo es para un católico, para un anglicano, para un ortodoxo, para un calvinista, para un musulmán y, supongo, que hasta para un zulú.

Mas, fuera de esto, tienes razón: el Derecho Natural existe y no sigo con ello porque sería perderme en el escrito.

***

Continuas diciendo:

Sólo la Iglesia católica se mantiene en la línea de la tradición que arranca de las concepciones aristotélico-tomistas del mundo y de la vida. El sólido mecanismo ético de la salvación que necesita de los dos pilares inseparables de la gracia que se produce por el sacrificio de Cristo en la Cruz y de la libertad, que necesita de las obras humanas, sigue siendo el suyo, pero es un dualismo que quiebra a partir del tránsito a la modernidad.

Si no comprendes la grandeza sublime que se resume en la unión del sometimiento libre de la razón a la libertad humana es que, como diría Isabel Teruel, no comprendes nada.

Pero, sí, algo de razón tienes cuando atisbas en este párrafo cómo el catolicismo ha sabido llegar a conjugar de manera sublime, en su concepción integral del ser humano, la gracia de la Fe con su libertad y con su razón, tantas veces opuestas en la apariencia. Falsa apariencia cuya falsedad con tanto valor como sabiduría nos muestra nuestro santo padre Benedicto XVI.

***

Sigues:

Las éticas modernas serán las del protestantismo y las del humanismo laico. Las primeras son éticas solo de la gracia y la segunda solo de la libertad. Por un capricho de la historia, ambas, tan alejadas teóricamente, coincidirán en la práctica en la fase del trabajo mundanal y en el fondo secularizado. Los protestantes se salvan porque están predestinados y los humanistas laicos prescinden progresivamente de la divinidad.

También aquí te doy la razón: los protestantes se salvan porque están predestinados; los laicos porque prescinden de la idea de la salvación (tampoco es cosa muy nueva en el mundo: a los cerdos de la piara de Epicuro, les importaba lo mismo la salvación que a ti y a todos los laicos).

Frente a esto, una de las muchas grandezas del catolicismo ha sido entender que la salvación se debe tanto a la libertad del ser humano como a su capacidad para someterse al Derecho Natural, parte importantísima de la Fe. O, sino, Peces, ¿por qué crees que, cada vez mas pastores protestantes están regresando ¡Bendito sea Dios! al redil romano?

***

Nos explicas la transición del Antiguo Régimen a la modernidad de una manera torticera:

Con esta perspectiva, las ideas de participación, de consentimiento, de derechos humanos, de Constitución y de Democracia, se situarán en las perspectivas de la secularización y de la laicidad e irán formando una ética propia que ya no es la privada, sino la ética de las instituciones de los procedimientos, de los valores, de los principios y de los derechos, la ética de los ciudadanos como tales, que bebe de esas tradiciones morales, protestantes y del humanismo laico, que arrastran tradiciones libertinas, ilustradas, positivistas, científicas, darwinistas y republicanas. La escuela y las instituciones públicas son el ámbito donde se desarrolla, desde el respeto a la libertad de conciencia, la supremacía de la razón. La III República francesa fue ámbito donde esa ideología se fraguó y cristalizó, con autores como Gambetta, Ferry, Barthou, Waldeck, Rousseau, entre otros.

Mira, sin menospreciar ningún pensamiento, te lo explicaré más sencillamente:

Durante el siglo XVIII se gestó un sistema de pensamiento que sostenía la idea de que la Religión y la Monarquía Tradicional, aherrojaban al ser humano y que, decía que, si el ser humano se liberaba de ambas, iba a ser más feliz, extremo último de la Religión, del Derecho Natural, de la Moral y de la Política (la verdadera, no a la que tú sirves). Sabes, Peces, como los monarcas del Antiguo Régimen se dejaron arrastrar por esta filosofía tan golosa como falsa.

Y sabes, Peces, cómo a alguno de tales monarcas le costó que le cortaran el cuello siguiendo las consecuencias de tal filosofía.

Pareció que el siglo XIX confirmaba in toto la filosofía del XVIII: la revolución científica, primero, y la tecnológica, después, hicieron que pareciera verdad lo que tú, al cabo de los años mil, dices. Pareció, en resumen, que las revoluciones política, científica y tecnológica iban a hacer más feliz al ser humano. Mi pregunta es si, efectivamente lo han conseguido; si, realmente, el ser humano de hoy día es más feliz de lo que lo fueron sus antepasados. Y digo más feliz, Peces, no que viva con más comodidades, que de eso, ya me doy cuenta que sí.

Es cierto que fueron las naciones anglosajonas que habían adoptado la religión protestante, las que hicieron esta revolución científica y tecnológica y es cierto que nuestra vieja España se quedó detrás y, por eso, hoy, la España que defendió como nadie al catolicismo, se nos aparece retrograda y oscurantista.

Y es ahí donde nace el odio hacia el catolicismo por parte de los supuestamente ilustrados que sólo conciben del Todo la realidad accesible a la razón pretendiendo (no sé dónde lo han visto escrito) que la razón humana es capaz de aprehender, comprender y explicarlo todo.

Siendo para vosotros el Todo, por una parte, el mero conocimiento físico del Universo y, por otra, el bienestar material que la tecnología, fruto de tal conocimiento, ha traído a la Humanidad y siendo, efectivamente, las naciones protestantes las que han liderado este tipo de conocimiento, el catolicismo se os aparece como mera superstición que frenó tales adelantos. De ahí la pancarta de los maricas de Barcelona:

Iglesia Católica: Historia de una imbecilidad ilustrada.

Y deseáis que desparezca del mapa y, con él, nuestro pasado y nuestra cultura.

Y de ahí tu artículo en El País, mismo diario en el que, hace tres años, el director de la Cátedra de Teología y Ciencia de las Religiones, seño Tamayo, vino a decir lo mismo que tú repites hoy en un artículo titulado A vueltas con el Crucifijo y que, en su momento comenté. Podemos, con ambos escritos, hacernos una idea de lo que es la Universidad Carlos III y la tropa que alberga.

***

Sólo quiero añadir un punto más: hablas en tu último párrafo de deslealtad a las autoridades civiles. Pequeño detalle semántico que no creo que hayas escrito por casualidad. Si en vez de deslealtad hubieras dicho desobediencia, quizá tu escrito tendría alguna justificación pero ¿qué obligación tenemos de ser leales a los que un día sí y otro también se dedican y dedican la fuerza del estado a atacar a una y solo una religión: la católica?

Lo que tú llamas deslealtad es la crítica firme a ese comportamiento de las autoridades civiles y esto, Peces, es legítimo, aunque ya comprendo que lo que tú desearías es que, además, nos estuviéramos callados.

Vínculos:

La laicidad, objetivo de la democracia en España. Peces-Barba. El País.
Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España. De Conceptos Esparcidos.
A vueltas con el Crucifijo. De Conceptos Esparcidos.
Encíclica Fides et ratio. Juan Pablo II.
Discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona.
Ángelus de 28 de enero del 2007. Benedicto XVI.
Benedicto XVI: razón y fe promueven una civilización «que reconoce la dignidad de la persona». La Razón.
Ataques a la Iglesia. Intereconomía.
¡Perdona a tu pueblo, Señor!

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 abril, 2011 at 20:05

Pacta sunt servanda

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A estas alturas de la Transición pocas dudas nos puede caber a nadie de la tomadura de pelo que ésta ha sido para la generalidad de los españoles y de cómo ha servido de instrumento para que los enemigos de España hayan utilizado sus normas y sus leyes, para atacarla.

La verdad es que ahora nos deberíamos de dar cuenta de que esto no es extraño ni nos debe maravillar, pues es la forma de actuar normal de la maldita izquierda en todas las latitudes: pervertir la utilización de la Ley para modificar la sociedad a su antojo. Cuando lo van, mal que bien, consiguiendo, hacen como que acatan las reglas del juego. Cuando no, apelan al plan B, esto es a la revolución.

Como he dicho ya muchas veces, en España, la alianza de la izquierda con el nacionalismo vasco y catalán y el aprovechamiento que esta izquierda hace de un problema real y muy difícil cual es el nacionalista, envenena y complica este problema hasta lo infinito, fundamentalmente porque arrastra a la radicalización de esos nacionalismos, en teoría de ideología derechista.

Frente a tan imponente alianza, los españoles sólo disponemos, en la práctica, de un partido político que combata sus desmanes, sus desafueros y sus fechorías.

Este partido, con todos sus defectos y todas sus debilidades que, últimamente, son muchas, es el partido conservador español. El PP.

De ahí el odio feroz que tal partido, sus simpatizantes y sus votantes, despertamos en esta alianza de nuestros enemigos. Enemigos unos, los socialistas, naturales por la propia esencia de las cosas, y, otros, muy lamentablemente, creados al compás de mil desencuentros e incomprensiones históricos.

Aparte de los ataques diarios que el PP sufre de parte de estas fieras casi a diario y a raíz de asuntos coyunturales, existe una descalificación previa de este partido que le obliga, en la práctica, a estar dando continuamente las gracias a sus enemigos por permitirle existir en esto que ellos llaman democracia.

Esta descalificación previa del PP tiene su asiento en dos pecados originales:

Uno es la supuesta continuidad en él del franquismo. No hablaré aquí de ello pero hemos podido ver, en los últimos años, cómo la explotación de esta idea por parte de Zapatero no sé si a este desaprensivo le habrá servido para obtener el rédito electoral que con ella busca pero que, indudablemente, ha envenenado nuestra política y nuestra convivencia como no podíamos ni imaginar antes de que semejante desgracia llegara a presidir el gobierno de España.

El otro pecado original del PP (y es éste del que quiero hablar aquí) es el hecho de haber votado en contra, cuando era AP, de la Constitución del 78.

El rigor intelectual que caracteriza a esta mezcla de canallas y deficientes mentales plantea el siguiente sofisma: “Ustedes no votaron la Constitución; nosotros sí. Luego somos nosotros los que tenemos un plus de legitimidad a la hora de interpretarla y de defenderla.”

Es esta idea absurda y perversa la que nos explica el reciente editorial conjunto de doce diarios catalanes y las recientes declaraciones de Montilla exigiendo al PP que retire el recurso de inconstitucionalidad del Estatuto catalán del Tribunal Supremo.

Los pactos están para cumplirlos, nos dicen en latín los periodistas catalanes desde dicho editorial y se quedan tan panchos.

Los pactos, efectivamente, están para ser cumplidos. Por eso es por lo que quien de verdad está dispuesto a cumplir el pacto que firme, durante su discusión previa tiene el derecho y el deber de luchar hasta el final porque lo que se pacte se acomode a lo que desea. Por eso: porque lo va a cumplir.

No es, pues, ni muchísimo menos, vituperable, que AP dejara de votar la Constitución. El asunto es que, aprobada esta por la mayoría, la acató y la hizo suya, le gustara más o le gustara menos. Nos gustara más o nos gustara menos.

Bien distinta es esta actitud de aquellos que, como saben de antemano que van a cumplir lo pactado mientras les interese y cuando no, no, no se les atraganta ni pactar ni firmar lo que sea.

Por eso la Constitución del 78 se ha ido a freír espárragos pero, mientras permanezca, aunque sólo sea en lo formal, hay que cumplir, señores editorialistas catalanes y señor Montilla, lo pactado.

Y lo pactado es que el recurso del que estamos hablando es un trámite absolutamente legal al que cualquiera que considere inconstitucional al Estatuto tiene el derecho, y el deber, de apelar.

Pedir, cuando todo apunta a que el Tribunal Constitucional va a decir que muchos de sus artículos no son constitucionales, que se retire el recurso es, aparte de cínico, muestra evidente de lo que les importa la Constitución, el Estatuto, las reglas del juego y los pacta servanda.

Es muy cierto que, sea cual sea la resolución del Tribunal Constitucional, la crisis a la que se enfrenta la nación española es enorme. Es verdad que, después de su sentencia, tendremos que cambiar la Constitución pues el problema que plantea Cataluña es real e importantísimo. Como no lo hicimos antes de que se aprobara el Estatuto, cuando quienes lo promovieron tildaban de fascistas a quienes así lo aconsejaban, tendremos que hacerlo ahora. (Sería, a mi modo de ver, necesario, incluso, aprovechar la coyuntura y cambiar la dinastía reinante).

Pero esto es otro asunto. El hecho es que quienes han promovido esta enorme crisis por motivos partidistas, nos vengan a decir ahora que, ante la más que probable inconstitucionalidad del Estatuto, lo que hay que hacer es retirar el recurso y hacer como que no nos damos cuenta, sólo puede ser considerado una tomadura de pelo, de quienes, como digo, en el fondo piensan que los pactos están para pasárselos por el forro.

Vínculos:

La dignidad de Catalunya. La Vanguardia.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

1 diciembre, 2009 at 10:00

Publicado en Política

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