Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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‘Liberalismo y apostasía’, examen crítico del liberalismo por Alberto Caturelli.

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Alberto Caturelli (Fotografía: La Iglesia es noticia)

Si en el anterior escrito de este blog mencionamos la distancia que media entre el pensamiento clásico y el romántico, aquí tenemos ―hallada por feliz casualidadesta brillantísima y modernísima reflexión filosófica del profesor argentino Alberto Caturelli acerca de la esencia antinatural e inhumana del liberalismo.

En el vídeo se resume el libro del profesor Caturelli. El texto completo puede leerse en los vínculos que siguen.

Vínculos:

Liberalismo y apostasía. Alberto Caturelli.
Liberalismo y apostasía. Alberto Caturelli (formato pdf).
Alberto Caturelli. Wikipedia.
Historia de los heterodoxos españoles. Marcelino Menéndez Pelayo (formato pdf).

Referencias:

Guillermo de Occam. Wikipedia.
John of Janduno. Catholic Encyclopedia.
Averroísmo. Manuel Polo y Peyrolón en Diccionario de ciencias eclesiásticas. Filosofía.org.
Averroísmo. Wikipedia.
Marsilio de Padua. Enciclopedia Católica.
Marsilio de Padua. Wikipedia.
Nicolás de Autrecourt. Wikipedia.
Carlos Alberto Sacheri y la Doctrina Social de la Iglesia. Centro de Humanidades Josef Pieper.

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Un comienzo de pontificado preocupante

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Quienes estos apuntes siguen conocerán la preocupación que vengo expresando en ellos acerca de la figura del Papa Francisco casi desde los primeros días de su pontificado.

Quiero manifestar, antes de seguir, que dicha preocupación nada tiene que ver con la desolación que me causó la renuncia de Benedicto XVI al Papado. Las expresiones de mi descontento con aquella sorprendentísima decisión del cardenal Ratzinger también andan por este blog pero, como digo, nada tienen que ver con el desasosiego creciente que en mí, y creo que, cada vez, en más católicos, están causando los gestos de este siervo de Dios. Muy al contrario: en un primer momento y desde la pena y el aturdimiento, aun vivísmos, que la renuncia del Papa me habían producido, celebré la llegada al Trono de San Pedro de Francisco con el natural júbilo y con la natural esperanza con los que cualquier católico recibe la llegada de un nuevo pastor.

Muy pronto, sin embargo ―desde que conocí la homilía de la Misa de Inicio de su Pontificado el 19 de marzo― nació en mí esta preocupación, este desasosiego, que se fundamentan, no ya en el paupérrimo fondo intelectual de nuestro Papa sino, sobre todo, en su afán de introducir la demagogia en el discurso de la Iglesia católica.

Siendo cierto que el diálogo de la Iglesia con el mundo ha sido, es y será siempre difícil y siendo cierto que en el mundo moderno lo es de manera especial, la Iglesia ni puede ni debe, para intentar salvar esta dificultad, tratar de “caerle simpática” al mundo. Su fuerza dos veces milenaria no es esa. Esto, que pudiera ser verdad  ―y tampoco, si bien lo miramos― en el caso de una empresa mercantil que desea que el mundo compre su producto o en el caso de un partido político que desea que el mundo le vote, no puede ser verdad para la Iglesia: la Iglesia está para decirle al mundo lo que el mundo no quiere oír, no para regalarle las orejas. La Iglesia ―además del Dogma, que es su razón última de ser― es depositaria de un tesoro de tradición, de liturgia, de costumbres que ni son caprichosos ni puede nadie entrar a trastocar como entra un elefante en una cacharrería y menos, como digo, para intentar complacer al mundo y condescender con él para aumentar el número de adeptos.

Esto ya lo notó Chesterton cuando dijo que si el mundo se mundaniza tiene detrás a la Iglesia para advertírselo pero, si es la Iglesia la que se mundaniza, ya nadie puede advertir a nadie de nada. Me pregunto a este propósito si Chesterton se hubiera convertido al catolicismo si el catolicismo fuera lo que parece que Francisco quiere que sea. O, para el caso, si fue la simpatía de san Ambrosio lo que convirtió a san Agustín.

Con esto no quiero decir que, ahora y siempre, dejen de existir en la Iglesia defectos que no hayan de pulirse, faltas que enmendarse ni abusos mundanales que corregirse. Mas esto debe de hacerse ―máxime por parte de sus príncipes― con caridad y con discreción, no a bombo y platillo. Debe de hacerse sin que la mano izquierda de estos príncipes sepa lo que hace su derecha y, ni mucho menos, aprovechar para hacer alarde por los medios de comunicación de humildad, verdadera o falsa. Quizá algo de esto nos quería indicar san Josemaría Escrivá de Balaguer cuando nos pedía que disimuláramos los defectos del sacerdote.

Francisco, en cambio, comenzó muy pronto a realizar gestos contrarios a estos principios tales como la renuncia a habitar en el Palacio Vaticano o la petición en aquella homilía a los argentinos para que no fueran a Roma a celebrar su acceso al Pontificado; gestos que, en sí, pueden parecer impecables; gestos que han sido y siguen siendo jaleados entusiásticamente por católicos y ―¡ojo!―, por los no católicos, pero gestos que a mí me empezaron a disonar por lo que veía en ellos de demagógico y por ver en ellos rupturas con tradiciones que a nadie molestan.

Mi desasosiego fue en aumento conforme leía en el Santo Padre pensamientos tan profundos como que “los responsables políticos son custodios del medio ambiente” ―en esto me recordó a Zapatero― o conforme me acerqué a ojear los pocos libros que lleva escritos y vi la distancia intelectual que media entre él y Ratzinger.

Me doy cuenta de que a nadie se le puede pedir todo, que todos tenemos nuestras carencias y que es imposible que siempre figure en la cabeza de la Iglesia un gigante intelectual como Benedicto XVI. Francisco, en este sentido, tendrá las limitaciones que tenga y ¡qué le vamos a hacer!

Otras virtudes tendrá, me decía yo ―y me sigo queriendo decir a mí mismo―. Sin embargo, todo ello junto y el no atisbar esas virtudes por mucho empeño que pongo en ello, ha hecho que, como digo, mi desosiego haya ido creciendo a lo largo de estos pocos meses.

Por eso es para mi un alivio comenzar a ver una sensibilidad semejante en otras personas ante este hecho.

***

Aquí debo hacer una digresión y una confesión que llevo mucho tiempo queriendo hacer en este blog ―que, lo recuerdo, desde su inicio se escribe, y no por casualidad, bajo el lema Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest―que se refiere a mi conversión al catolicismo.

Mi sensibilidad hacia lo sagrado y hacia lo litúrgico es muy parecida a la que tiene Sánchez Dragó, salvadas las distancias con este brillantísimo escritor. Y no es ello casualidad: pues la confesión que quiero hacer es que, en dicha conversión, algún  grano sembró Fernando Sánchez Dragó. Grano heterodoxo, puede ser, pero, al fin y al cabo, grano.

De hecho, hay dos frases en el prólogo de su Gárgoris y Habidis ―por otra parte y dicho sea de paso, lo mejor de este libro― que contribuyeron a esta conversión mía.

En efecto, a mi error cientificista de entonces le dio mucho que pensar el párrafo de Sánchez Dragó:

“Cae la tarde, dormita mi gata blanca en un sillón, enciendo la luz y eso es todo. ¿Incurriré en el vaniloquio de atribuir tanta maravilla a un vulgar enredo de cables alimentados por un generador? Quédense éstos y aquéllos para los electricistas. Una lámpara, al fin y al cabo, sólo alumbra cuando Dios lo quiere: hay, Horacio, en la breve Tierra y por el vasto universo infinitas cosas que no son el fruto de tal o cual martingala”.

La idea es sencilla, como puede verse, pero la brillantez y el desparpajo con los que está expresada me llamó la atención hasta el punto de que hoy, tantos años después, la mantengo en mi memoria y la recuerdo como hito de mi biografía. Por otra parte y, a pesar de su sencillez, es una idea que no es ni mucho menos todo lo evidente para el hombre moderno ―que identifica el universo, la totalidad del Ser, con el universo cognoscible por la razón humana―  como pudiera parecer. Digo más, a pesar de lo sencilla y evidente que sea, la ignorancia ―extendidísima― de ella está en la base de la increencia y del relativismo modernos.

***

La segunda frase de Sánchez Dragó a la que me he referido antes trata de la gran dificultad que para el incrédulo representa la multiplicidad de iglesias y de religiones. Cualquiera que sea o haya sido agnóstico y desde ese agnosticismo haya buscado la fe o se haya, al menos, interesado por ella, conoce de sobra esta dificultad y sabe que es uno de los principales argumentos de la increencia. Sánchez Dragó la despachó con una rotundidad, si ustedes quieren también heterodoxa, pero que para mí supuso una verdadera luz. Dice a este respecto nuestro autor:

“Todos los dioses son verdaderos pero sólo el autóctono es, además de verdadero, entrañable”.

Es evidente que mi imperfecta conversión al catolicismo no se debe, ni exclusivamente ni en su mayor parte a Sánchez Dragó, pero quería dejar constancia de esta influencia suya en mi pensamiento al paso de estas reflexiones sobre el Papa y como explicación a lo que sigo diciendo.

***

Pues bien, con todo esto, veo con satisfacción que la desazón que Francisco está causando en mí es ―si bien independiente― muy semejante a la que está causando en Sánchez Dragó y que ella ha seguido un proceso semejante, desde una prudencia inicial, como cuando hace meses, a la pregunta de qué le parecía el Papa Francisco respondió:

“Es simpático pero se equivoca al renunciar a la pompa Pontificia. Sin pompa, la Iglesia es poquita cosa”,

El Mundo, 6 de marzo de 2013

hasta la franca exasperación con la que, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud recién celebrada en el Brasil, trata el asunto en su columna de El Mundo del pasado lunes y que titula ―tomando su título de san Ireneo―, Adversus Haeresem:

Chaparrones, apagones, empujones, embotellamientos… Ya ha vuelto el Papa al lugar del que ojalá no hubiera salido. Para soltar tonterías mejor quedarse en casa, ¿no? Descansen los brasileños del aluvión demográfico, vuelvan las garotas en bikini a Copacabana y tranquilícese el pontífice en Castelgandolfo. ¡Claro que, a juzgar por lo visto y oído, igual se niega a veranear donde sus antecesores lo hacían y elige una favela de ilegales en el extrarradio de Roma! Pronto, al paso que va, canonizará a Zapatero, Verstrynge, la Colau, Sánchez Gordillo, Cañamero, Willy Toledo y José Luis Sampedro. Lo del Che aún no se sabe, pero llegará. «La fe es revolucionaria», ha dicho a los pies del Corcovado ese émulo de san Vladimiro Lenin. ¡Y yo que siempre había creído que sólo la razón lo es! ¿En qué estarían pensando los purpurados cuando decidieron instalar en el solio de Pedro, que nunca fue Papa, porque aún no había Iglesia, a un teólogo de la liberación? Otra frase gloriosa: «Pon fe en tu vida y ésta tendrá un sabor nuevo». Sí, como la cocina de El Bulli. A este Sumo Pontífice, cualquier día, le prenden en la bocamanga tres estrellas michelín. ¿Hablábamos de gastronomía? Pues llega el plato fuerte: «los pobres, ha dicho, son la carne de Cristo». ¿De veras, Santidad? ¿No habíamos quedado en que la Iglesia que usted preside es ecuménica, o sea, universal, abierta a todos, sin excepción, y no mide a la gente por lo que tiene, sino por lo que es?

[…]

Creía yo hasta hace poco que el Anticristo era Bill Gates, pero el Papa de la fe ha sembrado en mí la duda. Demagogia electoralista y populismo barato: he ahí la estrategia de este indigno sucesor de Ratzinger y Wojtyla. Aclaro, por si alguien me interpretara mal, que esta columna no va en contra de la Iglesia, sino a favor de ella.

El Mundo, 29 de julio de 2013

Duras palabras escritas en el tono escandalizador, provocador, que caracteriza a Fernando Sánchez Dragó, pero que no por ello dejan de ser una visión acertadísima de lo que está sucediendo en la cabeza de la Iglesia católica. En efecto: quienes entendemos a la Iglesia como madre y maestra entendemos muy bien que estas palabras no van en contra de ella sino en su favor. Volviendo a la frase que escribió hace ya muchos años y parafraseándola:

“Todos los dioses son verdaderos pero sólo el autóctono es, además de verdadero, entrañable”:

quienes anhelamos que el Dios que adoramos siga siendo entrañable, necesitamos para ello que siga siendo autóctono.

***

En tanto, Francisco sigue a la suya: mientras Sánchez Dragó escribía estas líneas, Su Santidad hacía una reflexión buenista sobre la homosexualidad:

¿Quién soy yo ―dijo― para juzgar a una persona gay (sic)?

y se perdió en divagaciones acerca de la maldad de los lobbies.

En efecto: ni el Papa ni nadie debemos juzgar a ninguno por sus apetencias sexuales, pero debería comprender Su Santidad que de él no esperamos escuchar estas obviedades. Su labor, en este punto, por muy jesuita que sea, es mantener y defender la doctrina moral de la Iglesia acerca de la homosexualidad y no salirse por la tangente para intentar seguir cayendo simpático a quienes nunca vamos a caer simpáticos.

A no ser, claro, que también le ande dando vueltas a cambiar tal doctrina…

***

Los ejemplos de lo que vengo diciendo son ya demasiados: el espectáculo de los señores obispos, contagiados de la jovialidad del Papa y bailando en la susodicha JMJ fue francamente bochornoso y me hicieron recordar las palabras que, en La República, Platón pone en boca de Sócrates:

…y los ancianos, condescendiendo con los jóvenes, se hinchan de buen humor y de jocosidad imitando a los muchachos por no parecerles agrios ni despóticos.

Sirva esto como un ejemplo más, Dios quiera que el último, de lo que vamos diciendo.

***

Resumamos: en tanto que los tibios y los que son francos enemigos de la religión católica están encantados con este Papa, creo que los católicos, cada vez en mayor número, empezamos a tener la mosca detrás de la oreja.

Confiemos, a pesar de todo, en la sabiduría dos veces milenaria de la Iglesia, en la infinita del Espíritu Santo y en el consuelo de que, como dice el dicho, a veces Dios escribe recto con renglones torcidos.

Confiemos en el propio siervo de Dios, Francisco, pues fue él mismo quien dijo que la Iglesia no es una ONG.

Y sírvannos de esperanza las palabras que él mismo escribió en uno de los pocos libros que ha escrito, El jesuita, o, mejor sea dicho, que le han escrito:

“Confieso que, en general, por mi temperamento, la primera respuesta que me surge es equivocada. Frente a una situación, lo primero que se me ocurre es lo que no hay que hacer. Es curioso, pero me sucede así. A raíz de ello aprendí a desconfiar de la primera reacción. Ya más tranquilo, después de pasar por el crisol de la soledad, voy acercándome a lo que hay que hacer”. (El jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio. 2010),

y pidamos a Dios con todo nuestro corazón que nos perdone si las primeras e inmediatas respuestas que nos surgen son equivocadas: que nos las perdone y que nos corrija a todos en lo que, en el fragor de la inmediatez, podamos estar equivocados.

*** 

Vínculos:
Francisco dice que el poder del Papa es para servir a los pobres. Libertad Digital. Nótese que, hoy, Libertad Digital ha modificado sibilinamente el título de esta noticia por el de Francisco: “el verdadero poder del Papa está en el servicio humilde”, cosa muy distinta de lo que decía el primero como puede comprobarse en mi página de Facebook, en la que compartí esta noticia el día 19 de marzo pasado. Ignoro si en este cambio habrán hecho alguna fuerza los comentarios que algunos hicimos entonces en aquella reseña y que pueden leerse en este vínculo.
Los señores obispos bailando en Copacabana. Youtube. Por aquí se encamina la nueva liturgia de la Iglesia católica.
Paganismo, cristianismo, comunismo, keynesismo y darwinismo social. Del blog de Fernando Sánchez Dragó.
El Papa de los gays. Germinans Germinabit.
Breve noticia de la manifestación francesa en repulsa al ‘matrimonio’ homosexual con alguna reflexión que, al cabo de ella, me trae a la cabeza el inicio del pontificado de Francisco. Conceptos Esparcidos.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.

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Cartas a un escéptico en materia de religión

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Cuando se combate contra los enemigos de la religión, que sólo buscan medios de atacarla valiéndose de cuanto les sugieren la astucia y la mala fe, entonces la disputa puede tomar el carácter de un combate en regla; pero, cuando tiene uno la fortuna de encontrarse con hombres que, si bien han tenido la desgracia de perder la fe, desean, no obstante, volver a ella y buscan de corazón los motivos que puedan conducirlos a la misma, entonces el hacer alarde de la ciencia, el mostrar espíritu de disputa, el pretender el laurel del vencimiento, es un insoportable abuso de los dones de Dios, es un completo olvido de los caminos que, según nos ha manifestado, se complace el Señor en seguir, es sacar a plaza el orgullo, es decir, el enemigo declarado de todo bien y el más grave obstáculo para que puedan aprovecharse las mejores disposiciones.
(Carta VII)

Como puede adivinarse por los vínculos que siguen, he dudado mucho si incluir estas Cartas de Balmes en mi colección de Textos Fundamentales del Pensamiento Tradicionalista Español. Me ha hecho dudar la llamada “Tragedia de Balmes” que, tal vez, no sea sino la tragedia de aquéllos que hoy nos preciamos de ser tradicionalistas y hacemos protesta de ello. En palabras de Martín Rubio:

Firme en los principios y en la defensa de la unidad española (católica, monárquica y territorial) […] por penosa inconsecuencia, Balmes no será uno de los representantes del carlismo. En política incurre en lo que se ha llamado la “tragedia de Balmes”: convencido de los errores del liberalismo, testigo de cómo las revoluciones inspiradas por esta ideología han descompuesto la vida española de la primera mitad del siglo XIX, se lanza a predicar la unión dinástica y de los partidos para "conservar, en lo posible, lo antiguo, sin desdeñar demasiado lo bueno". Simple, y quizá por eso fracasada de antemano, fórmula para terminar aquella lucha planteada entre la España tradicional y los liberales.

Así, desde su antiliberalismo, condesciende con él en la mayor campaña política que llevó a cabo desde El Pensamiento de la Nación: el matrimonio entre Isabel II y Carlos VI que fue, también su mayor fracaso.

Como se ha dicho, Balmes no era un político: era un filósofo que llegó a la política desde la filosofía obligado por la coyuntura de su tiempo. Esta transigencia con el liberalismo y este intento suyo de aprovechar lo que de aprovechable tuviera a pesar de estar convencido de su error nos habla de un espíritu tan firme como amable y deseoso, no de vencer sino de convencer.

Este mismo espíritu podemos encontrarlo en estas Cartas en las que, de manera asistemática y con variable acierto a nuestros ojos contemporáneos, trata de los problemas con los que se enfrentaba la religión católica a finales del siglo XIV que, como podemos ver, vienen a ser los mismos con los que en nuestros días se enfrenta. Espíritu que, además, rebosa paciencia y caridad cristiana en su intento de convertir a su interlocutor escéptico.

Paciencia, caridad y… serenidad que notó muy atinadamente Menéndez Pelayo:

Balmes no disputaba jamás con sus contradictores y aguardaba sereno, aunque fuese para un lejano porvenir, el triunfo de la razón y de la justicia.

Sea como sea, a mí me ha encantado su lectura y, por ello, la presento aquí. Valen tanto para el creyente como para el no creyente a quien las dirigió. Para el creyente recuerda Balmes argumentos muy substanciosos que entroncan a nuestra religión con la filosofía. Al no creyente que las leyera con interés y sin prejuicio, seguramente le harán vacilar un tanto en su convicción.

Vínculos:

Centenario de Balmes. Vida y tiempo histórico.  Ángel David Martín Rubio. Tradición viva.
¿Es coherente que un tradicionalista español no sea legitimista?. Hispanismo.org.
El Partido Carlista. Jaime Balmes. El Pensamiento de la Nación.

Volver a Biblioteca.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 abril, 2013 at 9:53

Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI

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Hace menos de una semana que los católicos recibimos con tanto desaliento como sorpresa y con tanta sorpresa como desconcierto la renuncia al pontificado de nuestro Santo Padre Benedicto XVI.

He atendido, como es lógico, a muchas de las muchas opiniones que sobre asunto que tanto nos interesa a los que queremos con toda nuestra alma que la Roca de San Pedro siga siendo la roca firme que recibe inconmovible las embestidas del error se han vertido acerca del asunto. La mayor parte de ellas, mera basura periodística. Otras, muy apreciables.

De estas últimas quiero presentar aquí la interesantísima discusión que Yago de la Cierva —ignoro si emparentado con Ricardo de la Cierva, quien tan bien trató sobre estos asuntos en su obra Las Puertas del Infierno— desde El Mundo y José Luis Restán desde la COPE han mantenido a lo largo de esta semana.

Y la quiero presentar porque, habiéndome abstenido hasta ahora de opinar —por ignorancia mía— acerca del hecho, no es ya sólo que para mí haya sido muy esclarecedora y me dé una base sobre la que enunciar mi humilde opinión sino, y sobre todo, porque me satisface enormemente ver como, más allá de la basura inmediata que insulta nuestra inteligencia en cuanto enchufamos la televisión, existen aun católicos que, desde la discrepancia legítima, reflexionan con la fuerza de las ideas y sin mayor complejo acerca de hecho tan doloroso.

delaciervarestan

Foto tomada de Religión en Libertad

***

El martes pasado, día doce, escribió Yago de la Cierva el siguiente artículo en El Mundo: bajo el título de Una traición a la tradición:

Una decisión así no se improvisa. Quizá deberíamos haber prestado más atención a sucesos que podrían haber encendido la luz roja. Como su respuesta en una entrevista de 2010 diciendo que podría llegar a ser un deber de conciencia dimitir, si no se es capaz de llevar a cabo la misión. Después, la paulatina pero constante cancelación de tareas que son centrales en el ministerio papal.

Benedicto XVI se ha ido encerrando en su mundo cada vez más, el mundo de un profesor interesado sobre todo en el desafío intelectual de explicar la fe cristiana a los que ya creían, y presentar un Dios razonable a tantos que le desconocen. Y, progresivamente, la Secretaría de Estado ha ido asumiendo el gobierno de la Iglesia. En el último periodo, incluso los temas centrales en su Pontificado (la liturgia, la vuelta a la Iglesia de los tradicionalistas, las fronteras de la ortodoxia católica) han ido adquiriendo forma sin su intervención directa.

Pero renunciar es harina de otro costal. Porque por mucho que otros cinco papas lo hubieran hecho antes, no se pueden comparar.

Por mencionar sólo la última: no tiene nada que ver la dimisión de Celestino V, un monje prácticamente secuestrado para ser Papa y que duró poco más de un día en el trono de Pedro, con la trayectoria de Ratzinger, uno de los colaboradores de Juan Pablo II en Roma durante 26 años, y que ha dirigido la Iglesia por casi dos lustros. Ni el mundo ni la Iglesia de hoy tienen puntos en común con la de hace siete siglos. No: la decisión de Benedicto XVI no tiene precedentes.

Descartemos una enfermedad sobrevenida, por un motivo muy sencillo: lo habría dicho explícitamente. Descartemos también que tenga algo que ver con la crisis de los abusos sexuales, porque él mismo había dicho que en ningún momento dimitiría por ese motivo: «No se puede huir en el momento del peligro», afirmó tajante.

Tampoco la fuga de documentos pontificios, que puso contra las cuerdas la seguridad del Vaticano y la fidelidad de los colaboradores más cercanos al Papa. A diferencia de su antecesor, Benedicto XVI hablaba con muy pocas personas. Descubrir que gente de su más estrecha confianza había abusado de ella ha debido de ser un golpe terrible. Pero no parece suficiente.

¿Será entonces la falta de fuerza física para dirigir la Iglesia católica? Muchos han interpretado que han impulsado al Papa motivos de salud: camina con dificultad, arrastrando los pies; no ve por el ojo derecho; y los problemas cardiovasculares que le aquejan desde los años 90 los ha mantenido a raya sólo gracias a un régimen de vida muy estricto; y todos los achaques de casi 86 años.

Sin embargo, habría sido muy sorprendente que la causa principal fuera una enfermedad, sobre todo después de haber presenciado la agonía de años y en directo de Juan Pablo II.

Joseph Ratzinger ha sido testigo en primera fila de que la decadencia física no es obstáculo para ser Papa. En plena agonía de Wojtyla, afirmó que el magisterio del Papa, cuando no podía ni hablar, era más elocuente que la mejor de las encíclicas.

En realidad, Benedicto XVI ha hablado de falta de vigor de cuerpo y de espíritu. Si hubiera que poner el acento en uno de los dos, elegiría el segundo. El único modo en que se consigue entrever qué puede pasar por la mente y el corazón del Papa es una crisis espiritual.

Crisis espiritual, porque si hay algo que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora.

Ha roto con su predecesor, Juan Pablo II, que siguió a pesar de los pesares. Y si ese «seguir hasta el final» fue una de las manifestaciones más elocuentes de la santidad de Carol Wojtyla, ahora muchos fieles no comprenderán por qué su sucesor, en mucho mejor estado de salud que Juan Pablo II, entiende que su deber es renunciar.

Ruptura también con el pensador al que Benedicto XVI más debe: San Agustín. Uno de las principales aportaciones del santo de Hipona al cristianismo es la doctrina sobre la gracia. En polémica con Pelagio, que subrayaba la importancia de las fuerzas del hombre para hacer el bien, San Agustín destaca que lo más importante es la gracia, lo que hace Dios y no lo que hace el hombre. Y Benedicto, al renunciar por falta de fuerzas, da más peso a lo que pueda hacer un Papa que a lo que pueda hacer Dios a través de él.

Sabemos ahora que Benedicto XVI ha rumiado durante un año esta decisión. Ha debido de ser un periodo horrible para él, de contradicción interna, de debate entre la tradición que había recibido de sus predecesores, y lo que él veía como mejor para la Iglesia.

Los problemas de dentro y de fuera le han convencido de que hace falta un Papa vigoroso. Pero la crisis ha de ser profundísima: se ha debido sentir completamente inerme ante la fuerza de la Historia, y ni siquiera su fe en la providencia le ha convencido para continuar «hasta que Dios quiera».

Su conocimiento de la historia pasada y de la situación actual de la Iglesia le impiden ignorar que la elección del siguiente Papa será mucho más «política» y menos espiritual.

Para algunos, ha tenido el coraje de romper con los precedentes: un tradicionalista contra la tradición. Para otros le ha faltado la coherencia hasta el final, y deja la tristeza que se aprecia cuando se escucha la noticia de un hombre de 85 años que se divorcia, porque ya no puede aportar nada a su matrimonio.

Pero en cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia.

***

El mismo día respondió a este artículo José Luis Restán con otro suyo titulado Ninguna crisis espiritual:

Algunos me habéis preguntado (como mínimo perplejos) por el artículo que firma hoy en El Mundo Yago de la Cierva, titulado Traición a la Tradición.

Y aunque no me apetece entrar en refriegas, creo que no es momento para silencios calculados y componendas. Debo reconocer algo más que perplejidad: irritación y escándalo, por lo que se dice del Papa y por la firma que lo rubrica.

Entiendo perfectamente que es muy saludable la diversidad de sensibilidades en la Iglesia, el propio Benedicto XVI lo acaba de decir a sus seminaristas. Pero esa diversidad se torna destructiva cuando implica decir del Papa “que ha traicionado”, cuando se sugiere que sufre una grave crisis espiritual, que abandona a su esposa, o que se apunta al credo pelagiano. Vamos, que esto además de disparatado me parece intolerable.

Difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónico (expresión jurídica de la Tradición católica) contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del Papa. Se puede opinar si es oportuno, si se equivoca o no. Hace falta tentarse la ropa, ¿eh? pero se puede opinar. Lo que es inadmisible es acusar de “traición” al sucesor de Pedro por acogerse a una previsión de la ley de la Iglesia, que por otra parte ya ha sido utilizada anteriormente. Además, ¿quién define lo que es la Tradición? No será el articulista…

Decir que Benedicto XVI sufre una crisis espiritual profunda cuando acabamos de escuchar con verdadera conmoción su Lectio Divina a los seminaristas de Roma o sus homilías de esta Navidad es patético. Resulta que este hombre “en crisis” nos ayuda a vivir, ilumina nuestro camino, nos sostiene en la esperanza y nos confirma en la fe cada día. Como Pedro caerá y pecará (por eso pide perdón), pero su grandeza es estar siempre con los ojos fijos en Jesús. Por eso le esperamos cada día cuando habla. ¡Menuda crisis!

Y lo del pelagianismo es que raya la aurora boreal. El mayor discípulo de San Agustín, el que nos lo ha hecho conocer y gustar, resulta que es ahora “pelagiano”, o sea, que confía más en sus fuerzas que en la gracia de Dios. Me parece que el firmante no ha seguido jamás a Joseph Ratzinger, no lo ha leído, ni escuchado, ni visto. El gesto de la renuncia implica la máxima confianza en la gracia de Dios: frente a quienes están asustados por el cambio, porque la barca se mueve, Benedicto XVI dice: quien guía la Iglesia, su verdadero Pastor, es el Espíritu Santo. La Iglesia es el árbol de Dios, por eso no muere nunca; no por la astucia y el coraje de sus líderes (empezando por el pobre pescador galileo) sino porque lleva en su seno la semilla de la vida eterna.

Espero que esta colección (digámoslo piadosamente) de desatinos no signifique más que eso: que todos podemos tener un mal día, aunque hay cosas que conviene hacérselas mirar… por si acaso.

***

Al cual, el Miércoles de Ceniza, contestó Yago de la Cierva con el titulado La Tradición y las tradiciones:

Quien tiene boca se equivoca. Ayer El Mundo publicó un artículo mío sobre la renuncia del Papa, que ha disgustado a algunos amigos, señal de que no supe explicarme con la finura necesaria para que personas que me conocen entendieran el mensaje. Sirvan estas líneas de cribado del artículo, para quitar la paja y dejar el grano.

Adelanto que, en mi opinión, el título distorsiona completamente el sentido del artículo. Como casi todo el mundo sabe, los títulos no los pone el autor, sino que dependen muchas veces del espacio disponible, de los artículos de alrededor, del tono que quiera dar el periódico a toda la noticia, y hasta de las preferencias del redactor de cierre. En mi caso, el título natural, Ruptura de la tradición, fue “robado” para la portada del diario, y a mi artículo se le llamó “Traición a la tradición”. Pienso que el uso del término “traición”, que no aparece ni una sola vez en mi artículo, tiene tal carga semántica que predispone a interpretar lo que he escrito en una clave que no es la mía.

¿Y qué he querido realmente decir? En modo alguno he querido criticar la decisión del Papa, sino intentar explicar los motivos por los que pienso que ha tomado esa decisión. El punto de partida, mantenido a lo largo de todo el artículo, era que Benedicto XVI ha renunciado con plena conciencia y con total seguridad de que eso es lo que le pedía Dios. Son sus palabras, repetidas en todas partes, y que no repetí porque aparecen en el cuerpo de la información publicada por ese medio. El artículo no lo pone en duda para nada.

Tras desechar algunas razones aducidas sobre la causa de la dimisión (una enfermedad sobrevenida, una huida ante la dureza de los abusos o por el escándalo de los Vatileaks, o la falta de fuerzas físicas), me centro en explicar cómo lo he entendido yo. En modo alguno he pretendido calificar su decisión ni entrar en la conciencia de nadie, y menos aún en la del Papa, por el que nutro una especial veneración. Ni una sola frase del artículo le juzga, sino que describo –quizá con acierto, quizá equivocadamente– el dilema de Benedicto XVI como el de quien se siente aplastado entre dos planchas de acero: ve con claridad que la guía de la Iglesia necesita una persona vigorosa, y entiende que una renuncia supone una ruptura con la tradición. Ha debido de ser tremendo para él, por la radicalidad de las consecuencias y por el tiempo en que lo ha meditado: casi un año de reflexión.

Romper las tradiciones no es malo, es… completamente nuevo. Y Benedicto XVI lo ha hecho, con plena conciencia de que lo hacía, y con plena seguridad de la bondad de esa decisión, tomada en la presencia de Dios. Y decirlo no es ninguna ofensa al Papa, sino poner de manifiesto… lo que todos tienen ante los ojos.

Es más: si hace una semana alguien me hubiera hecho la pregunta hipotética de si un Papa podía dimitir, hubiera respondido como respondió la Santa Sede entre octubre de 2002 (fecha en que Juan Pablo II dejó de celebrar la Misa de pie) y su fallecimiento en abril de 2005. Posible jurídicamente, altamente improbable… por la fuerza de la tradición en la Iglesia.

El meollo de la discusión está en entender la diferencia en la Iglesia católica, y para Benedicto XVI en particular, entre Tradición, con mayúscula, y las tradiciones. Benedicto XVI –y lo mencionaba en el artículo– ha sido siempre el mejor guardián en la Iglesia de la Tradición con T mayúscula, que ha defendido a capa y espada siempre que alguien la ha puesto en entredicho: en la liturgia, el dogma, la moral. Pero ante las tradiciones con minúscula en la Iglesia se ha comportado con enorme libertad de espíritu, y no se ha sentido vinculado por ellas. Se saltó a la torera la tradición de que no se podía criticar al clero públicamente y que ante una acusación de abusos, lo tradicional era ocultarlo a la comunidad cristiana y a las autoridades públicas; pasó por encima de la tradición de que los sacerdotes que se habían equivocado podían ser castigados, pero los obispos no; y mandó a paseo la tradición de que un Papa no tiene opiniones personales, sino que habla siempre con la autoridad del Pontífice, y como teólogo escribió lo que le vino en gana y pidió expresamente que estaba abierto a debatir sus tesis.

Como ha titulado el ABC, Joseph Ratzinger es un hombre libre, tan firme en sus convicciones que puede dialogar con quien haga falta, sea filósofo agnóstico como Habermas, teólogo rebelde como Hans Küng, rezar con el gran muftí de Estambul o dialogar sobre los escritos de Lutero con los obispos luteranos.

Quizá haya podido sorprender que describa la situación del Papa como “crisis”. Uso la palabra crisis como el momento de incertidumbre ante una situación grave, trascendental y apremiante, que es el sentido de las siete definiciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Decir que el Papa ha sufrido una crisis espiritual (y no física) pienso que no es ofenderle, sino todo lo contrario: lo incomprensible sería pensar que ha tomado esta decisión en una situación sin ningún tipo de presión. Crisis espiritual no es una pérdida de fe, sino la situación ante un cruce de caminos en que las dos opciones tienen gran trascendencia. Y nadie mejor que él para saberlo.

Dicho todo esto, reconozco que el símil del divorcio es desacertado, y que la revisión final a toda prisa para ajustar el texto al espacio realmente disponible dejó fuera muchas frases que lo hacían más discursivo y suave, con lo que el resultado final parece una razonamiento a uña de caballo. Culpa mía.

Si alguien se ha sentido ofendido por lo que he escrito, es señal de que no he sabido explicarme bien, y le ruego que acepte mis disculpas más sinceras.

***

En mi opinión, tiene razón, en lo formal, José Luis Restán cuando, fuera de algunos párrafos manidos que más bien corresponderían a una gresca de Internet, tales como “conviene que hacérselo mirar” o lo de “…es patético”, dice que “Difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónico (expresión jurídica de la Tradición católica) contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del Papa”.

Como quiera que sea, efectivamente, ni es momento de silencios ni es momento de componendas.

Por eso, más allá de los excesos verbales de Yago de la Cierva, conviene que nos fijemos en alguno de sus pensamientos:

“…porque si hay algo que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora”.

“Pero en cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia”.

***

Confiemos en que los temores de De la Cierva sean infundados y esta decisión de S.S. no “cambie el futuro del Papado para siempre”.

Confiemos en que esta trascendentalísma decisión de Benedicto XVI, conocedor y amante como nadie de la liturgia, conocedor del Derecho Canónico y de la Historia de la Iglesia, no sea más que un hecho concreto de ella producido en nuestro tiempo, que tiene en ella antecedentes y que Benedicto XVI la ha tomado sólo después de grave reflexión y sólo en bien de la Iglesia católica.

Más comprendamos también que la costumbre de la Iglesia es que el Papa muera en el Trono de San Pedro y que así debe de seguir siendo como norma general, con las excepciones justificadísimas que, en el porvenir, las circunstancias manden en el sabio entender de sus sucesores.

Con respecto a todo ello, confiemos en el Espíritu Santo y pidámoselo a Él.

Vínculo:

Mesa redonda sobre la dimisión de S.S. Benedicto XVI. Youtube. Gratísima discusión presentada en EWTN y Radio Católica Mundial. Como puede verse, los contertulios participan más de la opinión de José Luis Restán que de la de Yago de la Cierva. Aunque, como digo en el cuerpo del texto, tengo mis reservas al respecto, es un auténtico placer, un auténtico gozo y un grandísimo bien el hecho de que existan cadenas de radio y de televisión como esta que tratan con tanta verdad como falta de complejos de las cosas de la Iglesia y de la religión católica. Para desgracia de España —otrora campeona en la defensa del catolicismo—, hoy embrutecida unas veces por su ignorancia y otras por su odio franco con respecto a él, no disponemos en nuestro país de cadenas de televisión que puedan presentarnos debates como estos. A lo máximo que podemos aspirar en nuestra patria es a escuchar estupideces relativas al sincero combate contra la pederastia existente en la Iglesia que ha llevado a cabo el Santo Padre, a asuntos como los del vaticanleaks o a justificar la renuncia papal con el acoso de lo que ellos, irreverentemente, llaman cuervos del Vaticano, cuervos que, a su modo de ver han hecho víctima a quien hasta hace una semana encarnaba para ellos el oscurantismo y la superstición y, hete aquí, que quien, para estas televisiones era ayer el campeón del integrismo es hoy víctima de la imagen ignorante que tienen de la curia romana.
He querido prescindir de estos asuntos en el post que antecede pero se me ocurre que es bueno señalarlos de pasada aquí.
De la misma manera, se me ocurre, para terminar este escrito y adscribirme de alguna manera a la opinión de Yago de la Cierva, referir aquí, a manera de anécdota personal, la forma con la que conocí, el lunes pasado, la noticia. Por motivos que no vienen al caso estaba yo viendo el magazine matinal de Antena 3 en el que se estaba discutiendo acerca del asunto Bárcenas. En ello andaban cuando saltó el teletipo —si es que todavía hay teletipos— de la noticia: me impresionó sobremanera la expresión de sorpresa, de incredulidad, de la presentadora —no recuerdo quién era: una de estas chicas “monas” que presentan estas cosas—. Estaba desconcertada. Su expresión era la de quién no puede creer lo que está leyendo. Desde su apariencia banal, mundana, desinteresada por estas cosas de la religión, tal parecía —o me lo quiso parecer a mí— que se sentía desalentada por la desaparición de algo que consideraba inmutable, quizá para ella hasta rechazable, pero inmutable.
Mi desconcierto fue semejante al suyo pero, en él, no pude menos que pensar en la grandeza de nuestra religión: hasta los indiferentes, hasta los enemigos, hasta, en fin, la gente moderna que no suele reparar en estas cosas y si repara es para hacer mofa y escarnio de ellas, esta gente, digo, comprenden
de alguna manera en su subconsciente la grandeza de la iglesia romana y, aunque la repudien por moda, al fin, en lo profundo de su alma algo intuyen acerca de su bondad y su necesidad.
No de otra forma puedo entender el desconcierto y hasta la desolación de aquella presentadora que casi venía a decir con su expresión lo que dice Yago de la Cierva:
En cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia.
La Decisión de Benedicto XVI. EsRadio; Debates en Libertad. Contiene el audio del programa.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

16 febrero, 2013 at 13:18

Ad urbe condita

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Roma

De windoweb.it.

 

Hoy, Jueves Santo, víspera del Viernes de Pasión de esta Semana Santa del año 2011 d. de J., por una feliz casualidad del calendario, hemos de recordar, también, que se cumplen, calculando a ojo de buen cubero, —pues estas cosas antiguas de la historia siempre son imprecisas y se confunden en las brumas de la leyenda y de tanto tiempo pasado—, 2764 años de la fundación de Roma.

Ni es mi intención ni entra dentro de mis capacidades relatar la historia de esta ciudad que en tantos sentidos se puede considerar madre nuestra.

Sí quiero señalar, no obstante, cómo fue la Iglesia católica la que conservó y conserva en su liturgia y en su arte, y nos ha traído hasta nuestros tiempos, ritos y costumbres de esta ciudad eterna, embelleciéndolos con el contenido de su Nuevo Testamento:

Quien mañana, en esta ciudad, presidirá la conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, ostenta en este mundo el título de Pontífice, heredado del emperador romano de Occidente Graciano el Joven cuando el imperio que había creado esta ciudad y con el que nos había civilizado a medio mundo estaba decadente y partido en dos, ninguno de sus emperadores, ni residía en ella ni apenas la visitaba, y sucumbía, en occidente, a manos de la invasión bárbara para deshacerse en una Edad Media durante la cual sólo la Iglesia romana conservó sus formas externas y su espíritu ancestral, los conjugó con la sangre nórdica invasora e, iluminándolos con la luz de su verdad, creó nuestra civilización hoy, otra vez, decadente.

Vínculos:

Ad urbe condita. Wikipedia.
Fundación de Roma. Wikipedia.
Máximo Pontífice. Wikipedia.
Graciano el Joven. Wikipedia.
Los católicos sólo “entendemos del palo”. De mi blog.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

21 abril, 2011 at 18:09

Publicado en Historia, Religión

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La nueva embajadora de España ante la Santa Sede

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De la misma manera que he intentado combatir, dentro de la medida de mis fuerzas, el anticlericalismo del PSOE y la cruzada en la que se ha embarcado y nos ha embarcado a todos, contra o junto a él, envenenándonos la vida, he de admitir hoy, sin que me duelan prendas, la grata sorpresa que me causó el pasado día diecisiete de los corrientes, Domingo de Ramos a la sazón, la reseña que leí en La Razón acerca de la audiencia que nuestro Santo Padre, Benedicto XVI concedió a la nueva embajadora de España ante la Sede que él preside: doña María Jesús Figa López-Palop.

El discurso de Su Santidad en tal audiencia no tiene desperdicio y es menester leerlo con alguna atención (lo pueden leer ustedes en los vínculos “ut infra”) pero, aquí, citaré sólo un párrafo de la reseña que leí en La Razón y que, con toda evidencia, respondía, en general, a la hostilidad del partido que gobierna a España contra la Iglesia católica y, en particular, a la reciente profanación de la capilla de la Universidad Complutense por unas pobres mujeres y a la pancarta de los maricas de Barcelona en la que se leía que la iglesia católica es la historia de una imbecilidad ilustrada.

Ante ello dijo nuestro Santo Padre:

…en vez de vivir y organizar la sociedad de tal manera que favorezca la apertura a la trascendencia, no faltan formas, a menudo sofisticadas, de hostilidad contra la fe, que «se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos». El que en ciertos ambientes se tienda a considerar la religión como un factor socialmente insignificante, e incluso molesto, no justifica el tratar de marginarla, a veces mediante la denigración, la burla, la discriminación e incluso la indiferencia ante episodios de clara profanación, pues así se viola el derecho fundamental a la libertad religiosa inherente a la dignidad de la persona humana, y que «es un arma auténtica de la paz, porque puede cambiar y mejorar el mundo».

Pero no menos desperdicio tienen las palabras de nuestra nueva embajadora cuando dijo al Santo Padre:

entre España y la Santa Sede existen lazos seculares

y que

es evidente que una buena parte de la identidad de nuestra nación responde a sus raíces cristianas que siguen produciendo ejemplares frutos en lo individual y en lo social.

Unos pocos días antes, me atreví a decir en este blog, con motivo de esta enésima oleada de anticlericalismo en España y en un intento de respuesta al pobre Peces-Barba que:

Ni desconozco los problemas que entraña la relación de la modernidad con la Fe, ni me estoy refiriendo aquí a ellos. Digo sólo que un signo de cultura en el siglo XXI debería ser, contra lo que dice Peces-Barba, intentar conjugar lo mejor de nuestro pasado con lo mejor de la modernidad y que ello, a mi modo de discurrir, implicaría, sin demérito de la libertad de culto, una preeminencia de lo católico, al menos en lo simbólico, en nuestra sociedad española. Así lo entienden, por ejemplo, los británicos cuyo Rey es, a la vez, la cabeza de la iglesia anglicana y nadie se rasga las vestiduras por ello.

Por eso me ha resultado gratísimo leer las palabras de nuestra embajadora diciendo que

entre España y la Santa Sede existen lazos seculares,

y que

es evidente que una buena parte de la identidad de nuestra nación responde a sus raíces cristianas que siguen produciendo ejemplares frutos en lo individual y en lo social.

Y, sobre todo, cuando dice que:

la Constitución también establece “la aconfesionalidad del Estado” como el principio “de colaboración con todas las confesiones, de modo singular con la Iglesia Católica”.

***

Así debería de ser, efectivamente, y a esa singularidad apelaba yo cuando pedí una preeminencia, al menos simbólica, del catolicismo en las leyes españolas.

***

Sucede, no obstante, que, a doña María Jesús, la ha designado embajadora nada menos que Zapatero, cuyo gobierno es, a las pruebas me remito, enemigo declarado del catolicismo y de todo lo que Roma significa.

¿Comprenden ustedes algo?

Se puede comprender si entendemos que Zapatero es maestro en ponerle una vela a Dios y otra al diablo. Siempre, entiéndase, pro domo sua, y que, para él, no supone ningún problema decir una cosa en Roma y hacer lo contrario en España.

***

Quedémonos, pues, con las palabras de Benedicto XVI y de doña María Jesús y prescindamos de Zapatero aunque este episodio nos haga ver que, en cierto modo, hasta él se da cuenta de que no andamos tan errados quienes pensamos lo que dijo la embajadora al Santo Padre.

 

Vínculos:

Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a la Excma. Sra. María Jesús F. López.Palop, nueva embajadora de España. La Santa Sede.
La embajadora afirma que España tiene raíces cristianas. Canarias Actual.
Los católicos sólo entendemos del palo. De mi blog.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 abril, 2011 at 21:11

Publicado en Política, Religión

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Los católicos “sólo entendemos del palo”

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La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Encíclica Fides et ratio.
Juan Pablo II.

 

Pocos días después de la profanación de la capilla de la Universidad Complutense, Gregorio Peces-Barba, fuera rector de la Universidad Carlos III, acaba de publicar en El País un execrable artículo que se titula La laicidad, objetivo de la democracia en España y que acaba diciendo en su último párrafo (en el que, por cierto, no entiendo la mención a Esperanza Aguirre):

No podemos ser tan ingenuos como para pensar que la inacción por nuestra parte va a ser respondida con la neutralidad y el juego limpio. Eso solo ocurrió con Juan XXIII y con Pablo VI. Después las cosas volvieron a su cauce tradicional y la deslealtad a las autoridades civiles volvió a ser la regla. Son partidarios de todo lo que representa Doña Esperanza y no se puede esperar nada. Cuanto más se les consiente y se les soporta, peor responden. Solo entienden del palo y de la separación de los campos. Un Estado libre y una Iglesia libre, cada uno en su ámbito y sin que puedan tener ningún ámbito exento, ni ningún privilegio. Pactar con ellos desde la buena fe es estar seguro de que se aprovecharán todo lo que puedan.

Antes de soltar tal coz contra el catolicismo apelando a dos Pontífices, intenta explicarla con unos apuntes históricos y morales.

Comienza Don Gregorio afirmando que:

En el siglo XXI es un signo de la cultura política y jurídica pulsar, sobre todo desde partidos de izquierdas o de centro izquierda, el proceso de secularización, cuya última meta es la laicidad, entendida como una situación pacífica y generalmente aceptada por la sociedad.

Afirmación gratuita de la cual él estará, no lo dudo, convencidísimo, pero, con la misma razón, podría yo afirmar y afirmo que, en el siglo XXI es signo de cultura, sin más adjetivación, olvidar el anticlericalismo decimonónico que rebosa por cada poro de la piel de Peces-Barba, comprender que la religión (cualquier religión) tiene una dimensión histórica y cultural al margen de la Fe y comprender que un pueblo que prescinde de su religión está matando su cultura.

Ni desconozco los problemas que entraña la relación de la modernidad con la Fe, ni me estoy refiriendo aquí a ellos. Digo sólo que un signo de cultura en el siglo XXI debería ser, contra lo que dice Peces-Barba, intentar conjugar lo mejor de nuestro pasado con lo mejor de la modernidad y que ello, a mi modo de discurrir, implicaría, sin demérito de la libertad de culto, una preeminencia de lo católico, al menos en lo simbólico, en nuestra sociedad española. Así lo entienden, por ejemplo, los británicos cuyo Rey es, a la vez, la cabeza de la iglesia anglicana y nadie se rasga las vestiduras por ello.

Intenté comenzar el razonamiento en un escrito reciente motivado por la profanación de la capilla de la Complutense: Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España, y quiero continuarlo aquí con algo más de esfuerzo intelectual porque, al fin y al cabo, Peces-Barba no ha profanado, todavía, ninguna capilla católica de modo tan grosero ni tan obsceno como las pobres mujeres de la Complutense y, por otro lado, como decía antes, intenta racionalizar su odio con argumentos históricos y morales ante los cuales siento el deber de contraargumentar

Comencemos.

Dice Peces:

En la misma línea se desmonta por Hugo Grocio el Derecho Natural clásico, subordinado a la teología, al afirmar que existiría aunque Dios no existiera y que lo descubrimos por la razón aplicada a la naturaleza humana.

Muy cierto. Aquí estoy totalmente de acuerdo con Peces. Como dije en el escrito al que antes me refería, el catolicismo es, entre otras muchas cosas, el acervo del conocimiento integral humano que, comenzó a la vez en Egipto, Mesopotamia y el Valle del Indo, que se recogió en las leyendas de un pueblo, el judío, situado entre ellos, que lo escribió en el Antiguo Testamento, que lo renovó en el Nuevo, que cruzó el Mediterráneo para fundirse con la filosofía griega y con la cultura y liturgia romanas y que, en fin, se enriqueció durante dos mil años con figuras tan sublimes como largas de enumerar aquí sin ser prolijo.

En efecto, Peces: el Derecho Natural existe aunque no existiera Dios y es el que ha ido conociendo esta parte de la Humanidad desde hace diez mil años. A mí, te lo digo sinceramente, no me importa que ni tú ni el tal Grocio, prescindáis de Dios para conocerlo. Lo que me pregunto es ¿qué coño te molesta  ti que los creyentes lo creamos dictado por Dios si, al fin y al cabo, como tú mismo dices, existe?

Cuanto más que, separado el asunto éste del Derecho Natural de la concepción integral religiosa y secularizado como tú lo ves; apartado de la concepción filosófica del mundo conocible e incognoscible con que lo concibe  la religión (cualquier religión, Peces) me parece a mí que acaba desbarrando pues desbarrar es, por ponerte un ejemplo, que Zerolo nos diga en público que

los mejores orgasmos son los que le ha dado su marido y los orgasmos democráticos que le da Zapatero.

Si esto no es desbarrar ante el Derecho Natural, ante la Ley Natural, Peces, que baje Dios y que lo vea.

Perdona, y míralo por ti mismo, ya que no puedes concebir un Dios que baje a mirar el asunto.

Es desbarrar, Peces. Pero no sólo para un católico. Lo es para un católico, para un anglicano, para un ortodoxo, para un calvinista, para un musulmán y, supongo, que hasta para un zulú.

Mas, fuera de esto, tienes razón: el Derecho Natural existe y no sigo con ello porque sería perderme en el escrito.

***

Continuas diciendo:

Sólo la Iglesia católica se mantiene en la línea de la tradición que arranca de las concepciones aristotélico-tomistas del mundo y de la vida. El sólido mecanismo ético de la salvación que necesita de los dos pilares inseparables de la gracia que se produce por el sacrificio de Cristo en la Cruz y de la libertad, que necesita de las obras humanas, sigue siendo el suyo, pero es un dualismo que quiebra a partir del tránsito a la modernidad.

Si no comprendes la grandeza sublime que se resume en la unión del sometimiento libre de la razón a la libertad humana es que, como diría Isabel Teruel, no comprendes nada.

Pero, sí, algo de razón tienes cuando atisbas en este párrafo cómo el catolicismo ha sabido llegar a conjugar de manera sublime, en su concepción integral del ser humano, la gracia de la Fe con su libertad y con su razón, tantas veces opuestas en la apariencia. Falsa apariencia cuya falsedad con tanto valor como sabiduría nos muestra nuestro santo padre Benedicto XVI.

***

Sigues:

Las éticas modernas serán las del protestantismo y las del humanismo laico. Las primeras son éticas solo de la gracia y la segunda solo de la libertad. Por un capricho de la historia, ambas, tan alejadas teóricamente, coincidirán en la práctica en la fase del trabajo mundanal y en el fondo secularizado. Los protestantes se salvan porque están predestinados y los humanistas laicos prescinden progresivamente de la divinidad.

También aquí te doy la razón: los protestantes se salvan porque están predestinados; los laicos porque prescinden de la idea de la salvación (tampoco es cosa muy nueva en el mundo: a los cerdos de la piara de Epicuro, les importaba lo mismo la salvación que a ti y a todos los laicos).

Frente a esto, una de las muchas grandezas del catolicismo ha sido entender que la salvación se debe tanto a la libertad del ser humano como a su capacidad para someterse al Derecho Natural, parte importantísima de la Fe. O, sino, Peces, ¿por qué crees que, cada vez mas pastores protestantes están regresando ¡Bendito sea Dios! al redil romano?

***

Nos explicas la transición del Antiguo Régimen a la modernidad de una manera torticera:

Con esta perspectiva, las ideas de participación, de consentimiento, de derechos humanos, de Constitución y de Democracia, se situarán en las perspectivas de la secularización y de la laicidad e irán formando una ética propia que ya no es la privada, sino la ética de las instituciones de los procedimientos, de los valores, de los principios y de los derechos, la ética de los ciudadanos como tales, que bebe de esas tradiciones morales, protestantes y del humanismo laico, que arrastran tradiciones libertinas, ilustradas, positivistas, científicas, darwinistas y republicanas. La escuela y las instituciones públicas son el ámbito donde se desarrolla, desde el respeto a la libertad de conciencia, la supremacía de la razón. La III República francesa fue ámbito donde esa ideología se fraguó y cristalizó, con autores como Gambetta, Ferry, Barthou, Waldeck, Rousseau, entre otros.

Mira, sin menospreciar ningún pensamiento, te lo explicaré más sencillamente:

Durante el siglo XVIII se gestó un sistema de pensamiento que sostenía la idea de que la Religión y la Monarquía Tradicional, aherrojaban al ser humano y que, decía que, si el ser humano se liberaba de ambas, iba a ser más feliz, extremo último de la Religión, del Derecho Natural, de la Moral y de la Política (la verdadera, no a la que tú sirves). Sabes, Peces, como los monarcas del Antiguo Régimen se dejaron arrastrar por esta filosofía tan golosa como falsa.

Y sabes, Peces, cómo a alguno de tales monarcas le costó que le cortaran el cuello siguiendo las consecuencias de tal filosofía.

Pareció que el siglo XIX confirmaba in toto la filosofía del XVIII: la revolución científica, primero, y la tecnológica, después, hicieron que pareciera verdad lo que tú, al cabo de los años mil, dices. Pareció, en resumen, que las revoluciones política, científica y tecnológica iban a hacer más feliz al ser humano. Mi pregunta es si, efectivamente lo han conseguido; si, realmente, el ser humano de hoy día es más feliz de lo que lo fueron sus antepasados. Y digo más feliz, Peces, no que viva con más comodidades, que de eso, ya me doy cuenta que sí.

Es cierto que fueron las naciones anglosajonas que habían adoptado la religión protestante, las que hicieron esta revolución científica y tecnológica y es cierto que nuestra vieja España se quedó detrás y, por eso, hoy, la España que defendió como nadie al catolicismo, se nos aparece retrograda y oscurantista.

Y es ahí donde nace el odio hacia el catolicismo por parte de los supuestamente ilustrados que sólo conciben del Todo la realidad accesible a la razón pretendiendo (no sé dónde lo han visto escrito) que la razón humana es capaz de aprehender, comprender y explicarlo todo.

Siendo para vosotros el Todo, por una parte, el mero conocimiento físico del Universo y, por otra, el bienestar material que la tecnología, fruto de tal conocimiento, ha traído a la Humanidad y siendo, efectivamente, las naciones protestantes las que han liderado este tipo de conocimiento, el catolicismo se os aparece como mera superstición que frenó tales adelantos. De ahí la pancarta de los maricas de Barcelona:

Iglesia Católica: Historia de una imbecilidad ilustrada.

Y deseáis que desparezca del mapa y, con él, nuestro pasado y nuestra cultura.

Y de ahí tu artículo en El País, mismo diario en el que, hace tres años, el director de la Cátedra de Teología y Ciencia de las Religiones, seño Tamayo, vino a decir lo mismo que tú repites hoy en un artículo titulado A vueltas con el Crucifijo y que, en su momento comenté. Podemos, con ambos escritos, hacernos una idea de lo que es la Universidad Carlos III y la tropa que alberga.

***

Sólo quiero añadir un punto más: hablas en tu último párrafo de deslealtad a las autoridades civiles. Pequeño detalle semántico que no creo que hayas escrito por casualidad. Si en vez de deslealtad hubieras dicho desobediencia, quizá tu escrito tendría alguna justificación pero ¿qué obligación tenemos de ser leales a los que un día sí y otro también se dedican y dedican la fuerza del estado a atacar a una y solo una religión: la católica?

Lo que tú llamas deslealtad es la crítica firme a ese comportamiento de las autoridades civiles y esto, Peces, es legítimo, aunque ya comprendo que lo que tú desearías es que, además, nos estuviéramos callados.

Vínculos:

La laicidad, objetivo de la democracia en España. Peces-Barba. El País.
Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España. De Conceptos Esparcidos.
A vueltas con el Crucifijo. De Conceptos Esparcidos.
Encíclica Fides et ratio. Juan Pablo II.
Discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona.
Ángelus de 28 de enero del 2007. Benedicto XVI.
Benedicto XVI: razón y fe promueven una civilización «que reconoce la dignidad de la persona». La Razón.
Ataques a la Iglesia. Intereconomía.
¡Perdona a tu pueblo, Señor!

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 abril, 2011 at 20:05