Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Manifiesto de los Persas

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Quiero aprovechar la efeméride del día de hoy, fiesta nacional de los Mártires de la Tradición instituida por don Carlos VII en su Testamento Político, para iniciar la publicación, en mi biblioteca digital, de una colección de Textos fundamentales del pensamiento tradicionalista español.

Lo hago con el llamado Manifiesto de los Persas, documento tan vilipendiado y ridiculizado como poco leído, por ser, quizá, si no el primer escrito de este pensamiento tradicionalista, sí, al menos el más desgarrado y el que más clara y tempranamente nos expone el inicio de la lucha declarada entre las dos grandes corrientes políticas que ha ocupado nuestra historia en los últimos dos siglos. Lucha que, hasta ahora, no ha sido sino el martirio de la causa tradicionalista a manos de la causa liberal.

Tiempo habrá de comentarlo con mayor extensión. Fijémonos, por ahora, en alguno de sus párrafos:

Tropezaron, pues, desde el primer paso en la equivocación de decir al Pueblo que es soberano y dueño de sí mismo después de jurado su Gobierno monárquico, sin que pueda sacar bien alguno de éste ni otros principios abstractos que jamás son aplicables a la práctica y, en la inteligencia común, se oponen a la subordinación, que es la esencia de toda sociedad humana; así que el deseo de coartar el poder del Rey de la manera que en la revolución de Francia extravió aquellas Cortes y convirtió el Gobierno de España en una oligarquía incapaz de subsistir por repugnante a su carácter, hábitos y costumbres. Por eso, apenas quedaron las provincias libres de franceses, se vieron sumergidas en una entera anarquía, y su gobierno, a pasos de gigante, iba a parar en un completo despotismo.

***

Las ideas en abstracto, a veces, aparecen con un colorido lisonjero; pero contraídas a la práctica no permiten ejecución; así es que, dictada la Constitución, los caminos y poblados están llenos de malhechores; no se experimenta el castigo; los ofendidos miran como infructuosa la queja, resueltos más bien a tomarse la justicia que a reclamarla, y los jueces se consideran impedidos de aplicar remedio hallando una dificultad en cada Artículo, de forma que sólo hallamos libertad en el delincuente y esclavitud en el buen vasallo.

***

Pareció en un principio que sólo procuraban éstos reunir, equipar, disciplinar tropas y buscar fondos que hiciesen valer la fuerza; mas pronto desapareció esta creída virtud y se notó que, mientras gemía el común de los españoles, se ocupaban algunos individuos de estas juntas en acomodarles y acomodarse a sí mismos distintivos y tratamientos, en llenar de empleos a sus parientes, en recoger cuantiosos donativos, en exigir crecidas contribuciones (cuya inversión aun se ignora), hacer inmensas gracias y dar destinos militares y políticos no necesarios, que motivaban una sobrecarga cuando más debía prevalecer la economía. Así hicieron odioso su gobierno, resfriaron el fuego patriótico y aumentaron las desgracias del desamparo y esclavitud.

***

Se crean jefes políticos de las Provincias que motivan un sobrecargo de millones anuales a la Nación y, según las funciones que se les han demarcado, eran las mismas que antes ejercían los jefes de los tribunales sin este gravamen. Al propio tiempo, por el Artículo 325 se crean Juntas Provinciales para promover su prosperidad y, aunque el pensamiento al parecer es bueno, la ejecución nunca corresponderá a él; y, si no, examínese lo que hasta ahora se ha verificado. Mientras menos cuerpos colegiados haya y menos encargados, la ejecución de la ley y la prosperidad de la Nación serán más expeditas y enérgicas.

***

El Artículo 92 dijo: «Que para ser electo Diputado de Cortes se requería tener una renta anual proporcionada procedente de bienes propios»; mas como esto se oponía a la popularidad y el Artículo no podía hablar con los más de los que estaban en aquellas Cortes (antes bien, la Diputación había de convenirse en el empleo o renta de que carecían), se suspendió este Artículo en el 93 siguiente.

***

¿Les suena esto a algo?

A mí, sí. Vieron estos Diputados, y padecieron en sus carnes, lo que hoy, elevado a la enésima potencia, seguimos viendo como fruto del liberalismo político que llevamos padeciendo desde hace doscientos años.

Como dirían ellos:

Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor.

Hoy podemos decir que, a diferencia de “los antiguos persas”, que sólo mantenían esta costumbre durante cinco días tras la muerte de su rey, nosotros, los españoles, llevamos padeciendo, inasequibles al desaliento e imbuidos de la falsa doctrina liberal, sin rey,  desde hace doscientos años la experiencia de la anarquía, asesinatos, robos y mil desgracias más sin encontrar sucesor ni, lo que es peor, sin que tal experiencia nos muestre la necesidad de encontrarlo.

***

Nota a esta edición:  Por los documentos con los que he trabajado para realizar la presente edición, que son su entrada en la wikisource y la edición de la que dispongo en mi biblioteca de la colección Publicaciones Españolas, de  la Dirección General de Información, preparada por don Vicente Marrero y editada en Madrid en 1955, veo que el texto dista mucho de estar fijado y que, tanto la entrada de la wikisource como la edición a la que me refiero contienen abundancia de errores de bulto que, hasta donde me ha sido posible, he tratado de corregir en ésta.

El Artículo 92 dijo: «Que para ser electo Diputado de Cortes se requería tener una renta anual proporcionada procedente de bienes propios»; mas como esto se oponía a la popularidad y el Artículo no podía hablar con los más de los que estaban en aquellas Cortes (antes bien, la Diputación había de convenirse en el empleo o renta de que carecían), se suspendió este Artículo en el 93 siguiente.

Vínculos:

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 marzo, 2013 at 12:28

El Carlismo

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Ante la gravísima crisis moral, social y política que en estos momentos atraviesa España, vuelvo a proponer aquí, en lo que valga, la doctrina carlista con uno de sus mejores, mayores e inmortales documentos: el testamento político de S.M.C. Don Carlos VII.

Pido, muy especialmente en la hora actual, que nos fijemos particularmente en los siguientes párrafos y apelo a todos los pueblos españoles para que los relean:

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

***

Encárgole [a don Jaime], igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendía empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

***

Nuestra Monarquía es superior a las personas. El Rey no muere.

***

TESTAMENTO POLÍTICO DE S.M.C. DON CARLOS VII

Carlos VII 

Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.
 

A los carlistas:

En el pleno uso de mis facultades, cuando mi vida, más larga en experiencia que en años, no parece todavía, según las probabilidades humanas, próxima a su fin, quiero dejar consignados mis sentimientos, a vosotros, mis fieles y queridos carlistas, que sois una parte de mí mismo.

Desde mi casa del destierro, pensando en mi muerte y en la vida de España, con la mente fija en el tiempo y en la eternidad, trazo estas líneas para que, más allá de la tumba, lleven mi voz a vuestros hogares y, en ellos, evoquen la imagen del que tanto amasteis y tanto os amó.

Cuando se hagan públicas, habré ya comparecido ante la divina presencia del Supremo Juez. Él, que escudriña los corazones, sabe que no las dicta solamente un sentimiento de natural orgullo. Inspíranlas el deber y el amor a España y a vosotros, que han sido siempre norte de mi vida.

Parecíame esta truncada si no os dejase un testamento político, condensando el fruto de mi experiencia, y que os pruebe que aun después de que mi corazón haya cesado de latir, mi alma permanece entre vosotros, solícita a vuestras necesidades, reconocida a vuestro cariño, celosa de vuestro bienestar, alma, en fin, de Padre amantísimo, como yo he querido ser siempre para vosotros.

Pago, además, una deuda de gratitud.

Sois mi familia, el ejemplo y el consuelo de toda mi vida, según he dicho en momentos solemnes. Vuestro heroísmo, vuestra constancia, vuestra abnegación, vuestra nobleza, me han servido de estímulo inmenso en los días de lucha y de prosperidad, y de fortísimo sostén en las amarguras, en los sufrimientos, en la terrible inacción, la más dura de todas las cruces, la única que ha quebrantado mis hombros en mi vida de combate.

No puedo corresponder de otra manera a todo lo que os debo que tratando de dejaros en estos renglones lo mejor de mi espíritu.

En mi testamento privado confirmo la ferviente declaración de mi fe católica. Quiero aquí repetirla y confirmarla a la faz del mundo.

Sólo a Dios es dado conocer qué circunstancias rodearán mi muerte. Pero sorpréndame en el Trono de mis mayores, o en el campo de batalla, o en el ostracismo, víctima de la Revolución, a la que declaré guerra implacable, espero poder exhalar mi último aliento besando un Crucifijo, y pido al Redentor del mundo que acepte esta vida mía, que a España he consagrado como holocausto para la redención de España.

Con verdad os declaro que, en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de mi virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé por hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.

Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida. Y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantable, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esta tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aún así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.

Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos, que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta.

La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.

Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiese ayudado a crear esa vigorosa juventud creyente y patriótica, que yo veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado conservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, en la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.

Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me han hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra, ¿qué dique hubieran podido oponer al torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos; lo salvamos contra su voluntad y a costa de nuestras energías.

¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante por Dios y por España! Sea esta vuestra divisa en el combate, como fue siempre la mía y los que hayamos caído en el combate, imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.

Mantened intacta vuestra fe, y el culto a nuestras tradiciones, y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar, eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.

Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadero prodigio de los tiempos modernos, manteniendo purísimos, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del Océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.

Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros a aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.

Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la Historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria.

Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.

Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros y más no cabe. Sé que me lloraréis como tiernísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé también que el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.

Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro Programa.

Consignados los tenéis en todos mis Manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo Padre (q.e.p.d), en 1868.

Planteados desde las alturas del Poder, por un Rey de verdad, que cuente por colaboradores al soldado español, el primero del mundo, y a ese pueblo de gigantes, grande cual ninguno por su fe, su arrojo, su desprecio a la muerte y a todos los bienes materiales, pueden, en brevísimo tiempo, realizar mi política, que aspiraba a resucitar la vieja España de los Reyes Católicos y de Carlos V.

Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas colonias; es decir: integridad, honor y grandeza. He aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi Patria.

Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quise ni pude olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuve intactos los derechos que como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden. Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Quiero también dejar aquí consignada mi gratitud a la corta, pero escogida, falange de legitimistas franceses, que desde la muerte de Enrique V, vi agrupados en torno de mi Padre, y luego de mi mismo, fieles a su bandera y al derecho sálico.

A la par que a ellos, doy gracias, desde el fondo de mi alma, a los muchos hijos de la caballeresca Francia, que, con su conducta hacia mí y los míos, protestaron siempre de las injusticias de que era víctima, entre ellos, el nieto de Enrique IV y Luis XIV, constándome que los actos hostiles de los Gobiernos revolucionarios franceses, son inspirados con frecuencia por los mayores enemigos de nuestra raza.

Recuerden, sin embargo, los que me sucedan, que nuestro primogénito pertenece a España, la cual, para merecerlo, ha prodigado ríos de sangre y tesoros de amor.

Mi postrer saludo en la tierra será a esa gloriosa bandera amarilla y roja; y si Dios, en su infinita misericordia, tiene piedad, como espero, de mi alma, me permitirá desde el Cielo ver triunfar, a la sombra de esa enseña sagrada, los ideales de toda mi vida.

Y a vosotros, que con tanto tesón los defendisteis al lado mío, alcanzará también mi supremo adiós. A todos os tendré presentes y de todos quisiera hacer aquí mención expresa. Pero ¿cómo es posible, cuando formáis un pueblo innumerable?

Inmenso es mi agradecimiento a los vivos y a los muertos de nuestra causa. Para probarlo y perpetuar su memoria instituí la fiesta nacional de nuestros Mártires. Continuadla religiosamente los que hayáis de sobrevivirme. Congregaos para estímulo y aliento recíprocos y en testimonio de gratitud a los que os precedieron en la senda del honor, el día 10 de marzo de cada año, aniversario de la muerte de aquel piadoso y ejemplarísimo Abuelo mío, que, con no menos razón que los primeros caudillos coronados de la Reconquista, tiene derecho a figurar en el catálogo de los Reyes genuinamente españoles.

Pero si no me es posible nombrar a todos, uno por uno, a todos os llevo en el corazón, y entre todos escojo para bendecirle, como Padre y como Rey, al que se honró hasta ahora con el título de primero de mis súbditos, a mi amado hijo Jaime.

Dios, que le ha designado para sucederme, le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallará a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española; pero es cierto que entre ellos muchos me combatieron como adversarios. Sepan que a ninguno odié, y que para mí no fueron otra cosa que hijos extraviados, los unos por errores de la educación; los otros, por invencible ignorancia; los más, por la fuerza de irresistibles tentaciones o por deletéreas influencias del ambiente en que nacieron. Una de las faltas que me han encontrado más inflexible es la cometida por los que ponían obstáculos a su aproximación a nosotros. Encargo a mi hijo Jaime que persevere en mi política de olvido y de perdón para los hombres. No tema extremarla nunca demasiado, con tal de que mantengan la salvadora intransigencia en los principios.

Encárgole, igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendía empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

Y ya que al nombrar como el primero de vosotros al Príncipe de Asturias, reúno en un mismo sentimiento de ternura a mi familia por la sangre con mi familia por el corazón, no quiero despedirme de vosotros sin estampar aquí los nombres de los dos ángeles buenos de mi vida: mi Madre amadísima y mi amadísima María Berta. A las enseñanzas de una y a los consuelos de la otra, debo lo que nunca podré pagar. La primera inculcándome desde la infancia los principios sólidamente cristianos, que sacaba del fondo de su alma, me dejó trazado el camino recto del deber. La segunda, sosteniéndome en mis amarguras, me dio fuerzas para recorrer con pie firme, sin tropezar en las asperezas que al paso encontraba.

Esculpid en vuestros corazones y enseñad a los balbucientes labios de vuestros hijos esos dos nombres benditos: María Beatriz y María Berta. Y cuando vosotros, que tenéis la dicha también de vivir entre las admirables mujeres españolas, os sintáis confortados por una madre, por una hija, por una hermana, por una esposa, al asomaros al espejo de sus almas y ver en ellas reflejadas las virtudes del Cielo, acordaos de que esos son reflejos también de estas dos almas privilegiadas que han iluminado el desierto de mi vida.

Os dejo ya, hijos de mi predilección, compañeros de mis combates, copartícipes de mis alegrías y mis dolores.

No me lloréis. En vez de lágrimas dadme oraciones. Pedid a Dios por mi alma y por España, y pensad que al mismo tiempo que vosotros oráis por mí yo estaré, con la gracia del Salvador del mundo, invocando la Virgen María, a Santiago, nuestro patrón, a San Luis y a San Fernando, mis celestiales Protectores, suplicándoles con la antigua fe española, que en mí se fortaleció en Jerusalén, al pie del sepulcro de Cristo, para que en la tierra se os premie como lo que sois, como cruzados y como mártires.

Antes de cerrar este mi testamento político, y deseando que el presente original, escrito todo de mi puño y letra, quede primero en poder de mi viuda, y faltando esta, pase a mis legítimos sucesores, saco dos copias, una literal en castellano, y otra en francés, para que se comuniquen a la Prensa de España y de Francia, inmediatamente después de que haya cerrado mis ojos.

Hecho en mi residencia del Palacio de Loredán, Campo de San Vito, en Venecia, el día de Reyes del año de gracia de mil ochocientos noventa y siete. Sellado con mi sello Real. Consta de seis pliegos, que forman veinticuatro páginas numeradas por mí.

CARLOS.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 enero, 2013 at 17:43

De cómo descubrí el Testamento Político de Carlos VII

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Las! De luthériens la cause est tres mauvaise
et la défendent bien;
et par malheur fatal, la nôtre est bonne et sainte
et la défendons mal.

Charles Maurrax, at.

 

Hace unas semanas decidí recuperar la afición a la lectura que perdí hace unos diez años. Me refiero, claro, a la lectura del libro clásico, el de papel. Notando en mí que la afición a la navegación por Internet se andaba excediendo hasta el extremo de correr el peligro de caer en vicio y dándome cuenta de que la facilidad del acceso mediante ella a casi cualquier texto está en detrimento de la fuerza con que su lectura queda en la mente, de su sistematización y de la facilidad de su recuperación decidí, sin renunciar a las muchas otras ventajas que tiene este inmenso fondo bibliográfico, retomar la lectura de mis viejos libros de papel.

Y, haciéndolo, decidí comenzar por aquéllos que había dejado inconclusos hace una década cuando, como digo, debido a la aparición de Internet y de otras circunstancias vitales, abandoné esta práctica.

Me refiero a las Memorias Políticas de Eugenio Vegas Latapie, de cuyos tres volúmenes en los que se divide poseo los dos primeros, El suicidio de la Monarquía y la Segunda República, en la colección Espejo de España de Planeta, y Los caminos del desengaño, de la editorial Tebas, que abarca el período de la Guerra Civil, faltándome el tercero, La frustración en la victoria.

La segunda de las lecturas inacabadas que quisiera reanudar cuando acabe la de Vegas Latapie es Las Puertas del Infierno, de Ricardo de la Cierva, brillantísimo análisis, brillantísimo relato de la fortaleza de la Roca de San Pedro frente a los mil embates que sufre por parte de los extravíos de la modernidad. Pero no es de ésta de la que hoy quiero hablar aunque tampoco sea del todo ajena al asunto que trato.

Como digo, ando por las primeras páginas de El suicidio de la Monarquía y la Segunda República. Vegas Latapie fue, por anacrónico, un ser entrañable. Inconmovible en su ideología integrista y católica, fue seguidor en España de la Action Fraçaise que, contra lo que dice la Wikipedia, no es que fuera, es que es el principal movimiento monárquico, a fuer de nacionalista, francés, a la vez que una escuela de pensamiento y punta de lanza del combate soberanista. Fue, también, estudioso de algo cuya existencia yo desconocía, el derecho público cristiano, y, durante poco tiempo, preceptor del actual rey de España, don Juan Carlos I, antes de que éste viniera a España para completar su educación.

A mí me resulta difícil leer de corrido este tipo de libros densos en menciones y citas, pues una cita, una mención, me evocan nuevas lecturas de manera que suspendo la principal para enfrascarme en ellas que, a su vez, suscitan otras nuevas, y, así, divago y la lectura se me hace interminable.

Amenizan, es cierto, la lectura de las memorias de Vegas Latapie anécdotas tragicómicas como la que refiere de la muerte absurda del teniente Tordesillas Calbetón cuando finalizaba el conflicto que el general Primo de Rivera tuvo con el Arma de Ingenieros. Parece ser, según cuenta Vegas Latapie, que el gobernador militar de Pamplona, general Bermúdez de Castro, se dirigió a parlamentar con los jefes acuartelados en el Regimiento de Artillería acompañado por una escolta de Infantería a la que dio instrucciones, antes de entrar en el cuartel, de que si en el plazo de unos determinados minutos no salía, debía entender que le habían detenido en el Regimiento y que, por ende, debía de entrar en él a la fuerza para liberarle.

Entró el general en el cuartel y, en la Sala de Banderas, comenzó a pactar con los jefes artilleros, en un atmósfera cortés, las condiciones de la rendición y entrega del cuarel. Y, parlamentando, se le fue el santo al cielo transcurriendo, sin que se percatara de ello, el plazo que había dado a su escolta para que utilizara la fuerza para liberarle, con lo que ésta, obedeciendo sus ordenes, quiso entrar en el cuartel cuya guardia se opuso abriendo fuego del que resultó la desgraciada muerte del teniente, única víctima que hubo en aquel conflicto.

Pero, fuera de estas anécdotas menores que amenizan el texto, las memorias de Vegas Latapie, como digo, me están sirviendo para descubrir un mundo que ignoraba aunque lejanamente intuí en mi escrito Reforma Constitucional ¡Ya!

Me refiero al carlismo, a su base doctrinal e intelectual, al derecho público cristiano frente al derecho nuevo, al valor tan grande como desconocido, que hoy puede tener el carlismo como cemento de unión espiritual, no sólo de las Españas, sino de la Hispanidad ultramarina.

Al carlismo verdadero que veo, gracias a Dios, vivo todavía, no a la caricatura folclórica que nos presenta de él el liberalismo. No al malentendido movimiento romántico que tenemos en la retina, sino a una magnífica corriente de pensamiento clásico en lo político y en lo religioso expresado en español.

Y vive porque es doctrina, a más de española, verdadera y sana.

Y vive porque no es cuestión dinástica antañona sino asunto fundamental y eterno. En palabras de don Carlos:

«Nuestra monarquía es superior a las personas. El  Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español y defendiendo los principios fundamentales de nuestro programa.»

Tras la derrota del III Reich por los aliados estamos acostumbrados a pensar que no es concebible otro sistema político para nuestro mundo occidental que el régimen democrático y parlamentario elegido por sufragio popular. No es así. Como nos enseña la Iglesia en su Constitución Pastoral Gaudium et Spes:

«Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia.»

Si esto es así, nada tan ajustado en lo político al genio español como el carlismo.

Encuentro escritos modernos en los que, bajo la consigna Déu, Pàtria, Furs, Rei, se afirma, frente a la pretensión del nacionalismo liberal:

«Els catalans si tenim Rei només quan es legítim.»

Así como otros en las que la doctrina carlista cruza el océano para hacerse argentina y definirse como una visión sociopolítica integral de verdadera raigambre hispánica, católica y tradicional.

Pero, sobre todo, he descubierto la figura del rey don Carlos vii y su imponente Testamento. Y lo he descubierto, como diría P.G. Woodhouse (otro gran olvidado) con las mismas satisfacción y sorpresa con las que un cerdo descubriría una trufa.

Debo decir que, aunque parezca mentira en estos tiempos en los que todo se encuentra en Internet, hay cosas que todavía no se hallan en ella −y, mire usted por donde, suelen ser las que más me interesan−. Entre tales ausencias se halla el Testamento Político de S.M.C. Carlos vii, aunque algún fragmento hallé de él que basto para incitarme a tratar de conseguir su texto completo de la manera que fuese, muy especialmente, su frase:

«Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.»

En estos tiempos en los que tantas razones hay para dudar acerca de la sanabilidad de España, esta frase, de reminiscencias sebastianescas,  me espoleó el deseo de encontrar el texto completo al que pertenece.

Lo hallé, primeramente, en una librería de Sevilla, Alejandría Libros,  que pretendía tener tres ejemplares en formato folleto editados en Pamplona en 1934, pero que, según me informan, están agotados. No obstante ello, he pedido a mi querida amiga, la abogada sevillana Carmen G., que indague al respecto cuando vuelva de sus vacaciones a la capital hispalense y aprovecho aquí para pedir noticia de esta edición a quienquiera que, leyendo estas líneas, la tuviera.

Tras ello, lo volví a encontrar en otra librería, ésta barcelonesa, la Llibreria Antiquària Farré, que lo dispone en una antología del pensamiento tradicionalista español del siglo xix editada en Madrid en 1955 y prologada por Vicente Marrero, y en la que se halla junto a otros escritos tales como El Manifiesto de los Persas o El Manifiesto del Barón de Eroles a los catalanes.

Adquirí este volumen por el precio de treinta euros y ayer, nada más llegarme la notificación de Correos, me apresuré con ansia a ir a recogerlo.

Mencionaré de paso para el lector curioso que en Valencia hace un calor horroroso estos días. Si bien la noche anterior había dado una pequeña tregua en forma de aire fresco cuyas rachas invitaban, ya bien entrada la madrugada, a echarse una sábana por encima, a las diez de la mañana la tregua había finalizado y el calor bochornoso se hacía insoportable en el corto trayecto hasta la estafeta de Correos.

Llegado a ella encuentro que está repleta de personas aguardando su turno. En las oficinas de Correos siempre hay colas aterradoras pero, esta vez, la aglomeración de personas se me antojó exagerada. A mi llegada estaban atendiendo al número veinte. Yo tenía el sesenta y cuatro.

Haciendo de tripas corazón, me entretengo mirando el espectáculo humano allí concentrado, en su mayor parte, emigrantes sudamericanos y africanos. Hay cuatro funcionarios que trabajan de forma eficiente de manera que, a pesar del gentío y del tiempo de espera, no llega a producirse la frecuente pelea del usuario al que le han perdido un paquete, ha ido a la oficina equivocada o cualquiera de esas cosas que suelen pasar cuando hay cola en Correos. Antes bien, parece reinar una atmósfera de amabilidad. Entra un señor mayor que pide la vez preguntando por el último y otro señor, de edad madura, le informa amablemente que lo que debe de hacer es coger número y le indica la máquina que los suministra.

Tras una hora, aproximadamente, de espera y cuando ya iban por el número cuarenta, de repente, uno de los funcionarios se levanta y dice:

«¡A ver! ¡Los que vengan a por bombillas que pasen por aquí!»

Tras este grito se precipitaron las cosas. Un montón de gente forma fila ante el funcionario; un señor con pulcra perilla y con una sonrisa de oreja a oreja abandona satisfecho la oficina con tres bombillas sin empaquetar en la mano y casi no me da tiempo a pensar que debe de tratarse de las bombillas que regala el ministro de Industria, Miguel Sebastián, ni a reflexionar acerca de este borreguismo español que te hace perder con gusto una mañana y sudar la gota gorda por algo que te da gratis la munificencia de nuestros gobernantes demócratas.

Me llega, pues, en seguida el turno y recojo el ansiado libro que me apresuro a desempaquetar ante un whisky con hielo.

De los catalanes se podrá decir muchas cosas pero no que no sepan empaquetar libros ni que dejen de hacerlo concienzudamente. No me gusta exagerar pero puedo asegurar que, tras la espera en Correos, varios kilómetros de cinta de celofán adhesivo me separaban todavía de la lectura del Testamento de don Carlos, tantos que no me queda más remedio que pedir al camarero un cuchillo para abreviar la apertura del paquete.

Cuando, al fin lo consigo y abro el volumen me encuentro ante una gran desilusión: tras el título: Testamento político de S.M.C. Carlos vii, figura un subtítulo en el que se lee, entre paréntesis: fragmento.

No me hallo, pues, ante el testamento íntegro pero, de momento, no me importa. Me enfrasco en la lectura de su fragmento y sólo puedo decir que las expectativas que me había formado a partir de las pocas frases sueltas que hasta entonces había leído se vieron más que colmadas y han servido para reafirmarme en la grandeza del carlismo, en su bondad y en la grandísima desgracia que para España supone su desconocimiento.

Los falangistas del laterofranquismo, cuando don Juan Carlos fue nombrado sucesor en la Jefatura del Estado a título de Rey gritaban aquello de:

«¡No queremos reyes idiotas!»

Siempre, y a pesar de mi simpatía hacia el falangismo, tal grito me había parecido excesivo, descortés e injusto.

Debo decir, sin embargo, con todo mi respeto a quienquiera que ciña la Corona de España, que, después de leer el fragmento del Testamento, empiezo a hallarle algún sentido a aquella actitud excesiva de los falangistas.

Donde don Carlos nos dice:

«Gobernar no es transigir. Gobernar es resistir a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado»,

nos dice don Juan Carlos:

«Zapatero no divaga. Sabe muy bien donde va».

La diferencia, a fuer de estridente, no puede ser más lamentable, aunque recordando la cara del tío de las bombillas del que antes hablé, uno duda de si no tendrá razón don Juan Carlos y no será verdad que Zapatero sabe muy bien donde va. En cualquier caso, no divaguemos nosotros aquí y olvidemos que existen Zapateros en el mundo.

He digitalizado el fragmento y puede acceder a él el lector en formato pdf en la dirección que señalo en los vínculos.

Me encuentro a la espera de recibir su redacción completa que creo haber encontrado, al fin, en la librería madrileña Libros Carmichael Alonso.

 

Vínculos:

 

Testamento político de S.M.C. Carlos VII (fragmento descargable en formato pdf).

Otros fragmentos del Testamento:
         
Carlos VII, su mensaje es nuestro norte. Carlismo, foro de debate.

          A few texts by Carlos, duque de Madrid.

Comunión Tradicionalista.

Página de S.A.R. don Sixto Enrique de Borbón en Facebook.

Derecho nuevo y derecho natural cristiano. Álvaro Pacheco Seré.

Europa, Cristianismo y Derecho. Rafael Navarro-Valls.

Acción Española. En Proyecto Filosofía en español.

En el centenario de S.M.C. don Carlos VII de Borbón. Devoción católica, la Fe de siempre.

¡Volverá! Homenaje a S.M.C. Carlos VII en el centenario de su muerte. Las cruces de las espadas.

Con motivo del centenario de S.M.C. Carlos VII. Déu, Pàtria, Furs, Rei.

Tradició catalana.

Carlismo argentino. Esta página posee una muy interesante biblioteca de textos tradicionalistas descargables en formato pdf y abundantísimos enlaces a páginas de contenido tradicionalista.

Doctrina tradicional y medios avanzados. Antología de textos tradicionalistas.

Action française.

Textes et oeuvres de Charles Maurrax.

L’oeuvre de Charles Maurras. Maurras.net.

Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Página oficial de la Santa Sede.

Reforma constitucional ¡Ya!. De mi blog.

El tradicionalismo español del siglo XIX. Selección de Vicente Marrero. Dirección General de Información. Publicaciones Españolas. Madrid, 1955.

Alejandría Libros.

Llibreria Antiquària Farré.

Carmichael Alonso Libros.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

4 agosto, 2009 at 18:21

Publicado en Política

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Testamento político de S.M.C. Carlos VII

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Testamento político
de
S.M.C.
Carlos VII

 (fragmento)

 

Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.
Carlos vii

 

Con verdad os declaro que en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de la virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé de hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran Causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.

Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida, y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantables, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esa tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aun así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.

Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto.

Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza, volveré con mi bandera, que no rendiré jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservarlos sin una sola mancha, negándome a toda componenda, para que vosotros podáis tremolarla muy alta.

La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.

Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiera ayudado a crear esa vigorosa juventud, creyente y patriótica, que ya veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado reservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.

Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me habían hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra ¿qué dique hubieran podido oponer el torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos, lo salvamos contra su voluntad, y a costa de nuestras energías.

¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante, por Dios y por España! Sea ésta vuestra divisa en el combate, como fué siempre la mía, y los que hayamos caído en el combate, imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.

Mantened intacta nuestra fe y el culto a nuestras tradiciones y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho, y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aun así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que os ha servido de faro providencial estuviera llamada a extinguirse, la dinastía vuestra, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de monarca, de las huestes napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.

Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadera prodigio de los tiempos modernos manteniendo purísimo, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.

Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.

Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria. Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.

Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros, y más no cabe. Sé que lloraréis como ternísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé que también el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.

Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro programa.

Consignados los tenéis en todos mis manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo padre (q. e. g. e.) en 1868.

Texto íntegro. Wikisource.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

4 agosto, 2009 at 18:06

Publicado en Historia

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Oriamendi

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Oriamendi 
 
 

 

¡Por Dios, por la Patria y el Rey
lucharon nuestros padres!

¡Por Dios, por la Patria y el Rey
lucharemos nosotros también!

Lucharemos todos juntos,
todos juntos, en unión,
defendiendo la bandera
de la santa Tradición.

Cueste lo que cueste,
se ha de conseguir:
¡Venga el Rey de España
a la corte de Madrid!

 

Carlos VII[1]
Don Carlos VII

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

28 febrero, 2008 at 21:52