Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Cartas a un escéptico en materia de religión

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Cuando se combate contra los enemigos de la religión, que sólo buscan medios de atacarla valiéndose de cuanto les sugieren la astucia y la mala fe, entonces la disputa puede tomar el carácter de un combate en regla; pero, cuando tiene uno la fortuna de encontrarse con hombres que, si bien han tenido la desgracia de perder la fe, desean, no obstante, volver a ella y buscan de corazón los motivos que puedan conducirlos a la misma, entonces el hacer alarde de la ciencia, el mostrar espíritu de disputa, el pretender el laurel del vencimiento, es un insoportable abuso de los dones de Dios, es un completo olvido de los caminos que, según nos ha manifestado, se complace el Señor en seguir, es sacar a plaza el orgullo, es decir, el enemigo declarado de todo bien y el más grave obstáculo para que puedan aprovecharse las mejores disposiciones.
(Carta VII)

Como puede adivinarse por los vínculos que siguen, he dudado mucho si incluir estas Cartas de Balmes en mi colección de Textos Fundamentales del Pensamiento Tradicionalista Español. Me ha hecho dudar la llamada “Tragedia de Balmes” que, tal vez, no sea sino la tragedia de aquéllos que hoy nos preciamos de ser tradicionalistas y hacemos protesta de ello. En palabras de Martín Rubio:

Firme en los principios y en la defensa de la unidad española (católica, monárquica y territorial) […] por penosa inconsecuencia, Balmes no será uno de los representantes del carlismo. En política incurre en lo que se ha llamado la “tragedia de Balmes”: convencido de los errores del liberalismo, testigo de cómo las revoluciones inspiradas por esta ideología han descompuesto la vida española de la primera mitad del siglo XIX, se lanza a predicar la unión dinástica y de los partidos para "conservar, en lo posible, lo antiguo, sin desdeñar demasiado lo bueno". Simple, y quizá por eso fracasada de antemano, fórmula para terminar aquella lucha planteada entre la España tradicional y los liberales.

Así, desde su antiliberalismo, condesciende con él en la mayor campaña política que llevó a cabo desde El Pensamiento de la Nación: el matrimonio entre Isabel II y Carlos VI que fue, también su mayor fracaso.

Como se ha dicho, Balmes no era un político: era un filósofo que llegó a la política desde la filosofía obligado por la coyuntura de su tiempo. Esta transigencia con el liberalismo y este intento suyo de aprovechar lo que de aprovechable tuviera a pesar de estar convencido de su error nos habla de un espíritu tan firme como amable y deseoso, no de vencer sino de convencer.

Este mismo espíritu podemos encontrarlo en estas Cartas en las que, de manera asistemática y con variable acierto a nuestros ojos contemporáneos, trata de los problemas con los que se enfrentaba la religión católica a finales del siglo XIV que, como podemos ver, vienen a ser los mismos con los que en nuestros días se enfrenta. Espíritu que, además, rebosa paciencia y caridad cristiana en su intento de convertir a su interlocutor escéptico.

Paciencia, caridad y… serenidad que notó muy atinadamente Menéndez Pelayo:

Balmes no disputaba jamás con sus contradictores y aguardaba sereno, aunque fuese para un lejano porvenir, el triunfo de la razón y de la justicia.

Sea como sea, a mí me ha encantado su lectura y, por ello, la presento aquí. Valen tanto para el creyente como para el no creyente a quien las dirigió. Para el creyente recuerda Balmes argumentos muy substanciosos que entroncan a nuestra religión con la filosofía. Al no creyente que las leyera con interés y sin prejuicio, seguramente le harán vacilar un tanto en su convicción.

Vínculos:

Centenario de Balmes. Vida y tiempo histórico.  Ángel David Martín Rubio. Tradición viva.
¿Es coherente que un tradicionalista español no sea legitimista?. Hispanismo.org.
El Partido Carlista. Jaime Balmes. El Pensamiento de la Nación.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 abril, 2013 at 9:53

Del rey y de la institución real. Libro segundo.

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Nota a esta edición:  La presente edición digital está tomada de la que la Biblioteca de Autores Españoles publicó en Madrid, en la Editorial Atlas, en 1950 dentro del título Obras del Padre Juan de Mariana.

Fuera de alguna errata tipográfica evidente, tan sólo he realizado en ella los cambios que señalo o, aun creyéndoles erratas, me he abstenido de hacerlo como igualmente aquí digo:

Pág. 9. Donde dice “cuán pocos se encontrarán” creo que debe decir “cuán pocos se encontrará”. Me he abstenido de modificar el original.
Pág. 23. Donde dice “luchas que habían que procurarles” el original dice “luchas que habían que procurarle”.
Pág. 33. Donde dice “y colmarla” el original dice “y colmarlas”.
Pág. 36. Donde dice “absorbido” el original dice “absorvido”. Ignoro si en el siglo XVI era admisible la ortografía de esta palabra tal como la escribe el padre Mariana.
Pág. 39. Donde dice “prorrata” el original dice “prorata”.
Pág. 45.
Donde dice “en el mundo no había” el original dice “en el mundo no habían”.
Pág. 55. Donde dice “había tampoco” creo que debe decir “había tan poco”. Me he abstenido de modificar el original.
Pág. 57. He respetado la voz “faustuoso” por creer verosímil su uso en el siglo XVI.
Pág. 63. Donde dice “consagrándolo sólo” el original dice “consagrándolos solo”.

Vínculo:
Juan de Mariana. Wikipedia.
Juan de Mariana. Escolásticos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 febrero, 2013 at 19:21

Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad

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Portada

Presento hoy aquí, en esta Biblioteca que, poco a poco y con la ayuda de Dios, va aumentando, el primer volumen de un clásico local mirobrigense: Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad, escrita por don Mateo Hernández Vegas en la primera mitad del siglo pasado y publicada por subscripción popular.

Poca presentación necesita para el lector de Ciudad Rodrigo. Alguna, sí, para el foráneo: En su obra, don Mateo relata con minuciosidad y erudición exquisitas la historia del edificio material de la Catedral y de la sede episcopal civitatense desde su probable fundación en tiempo del emperador Constantino, y pasando, a través de la oscuridad de siglos oscurísimos, por su cierta reposición por Fernando II, hasta el desgraciado siglo pasado, relato  en el que entrevera los avatares históricos de la ciudad con tal o cual noticia de interés puramente local.

Ciudad Rodrigo ha sido fortaleza fronteriza por partida doble: frontera, por un lado, frente a la España sarracena y, por otro, frente al reino de Portugal. Esto la sometió a infinidad de guerras y sitios tanto durante la Edad Media como durante la Moderna en la Guerra de la Independencia. Su historia es, pues, tan rica en episodios bélicos dignos de memoria para la historia general de España como en heridas en el edificio de su catedral, edificada en el flanco más débil de la ciudad y, por ello y a la vez, como iglesia y como fortaleza. Así lo expresa don Mateo en su prólogo:

Por lo menos, nosotros confiamos que los que se dignen pasar la vista por estos apuntes y sepan apreciar la historia heroica de nuestra Catedral, cuando observen en el precioso monumento tantas mutilaciones, tantas descalabraduras y, ¿por qué no decirlo? tanta pobreza en muchos de sus accesorios, podrán decir: No es extraño; lo extraño, lo verdaderamente admirable, es que la Catedral de Ciudad Rodrigo exista todavía.

No es, sin embargo, este libro mero relato de aconteceres bélicos. Ni muchísimo menos: es todo un alarde de erudición artística, histórica, religiosa, moral y, ¿por qué no decirlo?, de noticias que, no teniendo más interés que el puramente local, nos dan un dibujo entretenídisimo de la vida de nuestros antepasados.

Trasciende, pues, esta obra del mero interés local, y lo tiene, y mucho, para el amante de la Historia de España que quiera entretenerse con este pequeño fragmento de la misma. Como, igualmente, dice don Mateo:

La historia de nuestra Catedral y de nuestra nobilísima y heroica ciudad, juntamente con pequeñas rencillas de vecindad, nos ofrecerá altos ejemplos, no superados por ningún otro pueblo y ninguna otra institución, de amor a la patria, de virtudes religiosas y cívicas, de abnegación y heroísmo, dignos de ocupar honroso lugar en las más brillantes páginas de la historia general de España.

Nota: La presente edición digital la he realizado a partir de la edición del autor impresa en Salamanca el año 1935 sin introducir en ella ningunas otras sino aquellas modificaciones que me han parecido de erratas tipográficas evidentes.

Es mi intención publicar aquí, en el lapso de tres o cuatro meses, el segundo tomo de esta obra.

Vínculos.

Ciudad Rodrigo. Wikipedia.
Catedral de Santa María de Ciudad Rodrigo. Wikipedia.
Centro de Estudios Mirobrigenses.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

1 octubre, 2012 at 13:19

Historia de la fundación del Monasterio de El Escorial, 2

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Biblioteca
 
 
Fray José de Sigüenza
 
 
 

Dos años después de publicada mi edición de la primera parte de la Historia de la Fundación del Monasterio de El Escorial, de fray José de Sigüenza, recién acabo la edición de la segunda parte y, aprovechando la efeméride que hoy celebramos, festividad de san Lorenzo, me apresuro a publicarla aquí con el deseo de compartir obra tan notable como el sujeto del que trata, con la esperanza de que alguien, por estos mundos de Internet, la halle y disfrute de ella al menos tanto como yo lo he hecho en las múltiples y reiteradas lecturas que de ella he tenido que hacer y, en fin, con el alivio de culminar hoy una obligación que me impuse hace años.

Como he dicho otras veces, no puede encontrarse mejor guía del monasterio que este libro escrito por quien lo vio nacer desde el asentamiento de su primera piedra y quien fuera, sucediendo a Benito Arias Montano, su segundo bibliotecario.

Si en la primera parte disfrutamos de la historia de los orígenes y de los avatares de la construcción del monasterio sazonados con mil anécdotas y, sobre todo, con la conmovedora relación de la edificante muerte de don Felipe II, esta segunda parte, en la que se describe minuciosamente casi hasta la última estancia del monasterio, no nos hará gozar menos.

Si bien la materia, dada la dificultad de describir por escrito una obra de arte plástico, es más árida que el relato de su historia y, como nos dice el mismo fray José:

¿Cómo es posible significar la gracia, el ornato, la grandeza, la entereza, igualdad y la unidad y la majestad que todo este edificio representa, si la vista y el buen juicio no lo comprehenden? Yo mismo me enfado de escribirlo, y jamás me harto de verlo, que esto tiene la arquitectura cuando se escribe,

no se entrega a ella el autor con poco entusiasmo ni, como digo, minuciosidad.

Minuciosidad de la que nos puede dar una idea la definición que hace del pie, medida a la que siempre va referida toda su descripción:

El pie es una tercia de vara castellana, que tiene cuatro palmos, y cada palmo cuatro dedos, y cada dedo cuatro granos de cebada ladilla, que es la última resolución, y el indivisible, hablando filosóficamente, a que se reduce la medida de la cantidad continua, y de este pie iremos siempre hablando en las medidas, porque con él están hechos los diseños o estampas y todo el edificio.

Así es todo el libro: una continuo salto desde el detalle concreto y hasta prosaico, a la reflexión unas veces filosófica, otras religiosa, otras científica, otras artística pero siempre tan precisa como oportuna; tan docta como ocurrente. Y si no, ahí está esta sutileza grandísima y yo diría que hasta humorística que existe en la identificación del grano de cebada ladilla con el indivisible último, párrafo con el que fray José nos quiere hacer comprender cabalmente, al comienzo de su obra, de qué medidas está hablando.

En ella nos sigue regalando anécdotas del carácter del gran rey Felipe II, por quien fray José sentía honda admiración y respeto: así nos cuenta cómo, no contentando al rey una pintura que Federico Zúcaro había realizado de la Natividad del Señor y de la Adoración de los Reyes para el claustro grande, al presentárselas:

…no le respondió ninguna cosa, mostrándole aquel buen semblante y gracia que daba por respuesta a todos, que jamás lo supo dar malo a nadie.

O, cuando nos refiere la riqueza y abundancia de las vestiduras litúrgicas que el rey había dejado para la sacristía, nos dice:

No se les haga maravilla que para los altares de Dios y para tan inefable misterio como el de su cuerpo y de su sangre, pusiese tanto cuidado en dejarlo así un Rey tan pío y tan poderoso, que sé yo ha muchos años que traía el jubón y las calzas con más de un remiendo.

Las explicaciones sobre los detalles del edificio son infinitas y sazonadísimas. Por señalar una aquí, señalaré la razón que nos da de por qué el cimborio de la iglesia quedó algo más bajo de lo que su natural proporción y buena gracia pedía:

Este defecto se siguió del miedo que puso uno de los cuatro pilares, que, por falta de los maestros y asentadores, comenzó a hender y rajarse por algunas partes aun antes que tuviese otro peso encima más de su misma grandeza; así temieron que no había de poder sufrir la carga de tan gran cimborio el que a sí mismo no se sufría. Y trataron de aligerarlo, quitándole todo el peso de este pedestal, harto contra la voluntad del Arquitecto Juan de Herrera, que, como hombre de gran juicio, conoció que la falta no venía del peso, sino de la mala labor, mal asiento y la desigualdad del grano de la piedra de dentro con la de fuera, y como no se resistían aquellas igualmente, echaban la carga a los sillares de fuera y reventaban con ella, desamparados de ayuda.

De de la crítica pictórica, que tanto enriquece a este libro, entresaco en esta pequeña sinopsis la defensa que hace de la pintura de El Bosco:

porque lo merece su grande ingenio, porque comúnmente las llaman los disparates de Jerónimo Bosco gente que repara poco en lo que mira, y porque pienso que, sin razón, le tienen infamado de hereje; tengo tanto concepto (por empezar de esto postrero) de la piedad y celo del Rey nuestro fundador, que si supiera era esto así, no admitiera las pinturas dentro de su casa, de sus claustros, de su aposento, de los capítulos y de la sacristía; todos estos lugares están adornados con ellas; sin esta razón, que para mí es grande, hay otra que se toma de sus pinturas: vense en ellas casi todos los Sacramentos y estados y grados de la Iglesia, desde el Papa hasta el más ínfimo, dos puntos en que todos los herejes estropiezan.

Y, más adelante:

…que no pretendían otra cosa sino mostrarnos las malas costumbres, hábitos o siniestros avisos, de que se visten las almas de los miserables hombres, que por soberbia son leones; por venganza, tigres; por lujuria, mulos, caballos, puercos; por tiranía, peces; por vanagloria, pavones; por sagacidad y mañas diabólicas, raposos; por gula, gimios y lobos; por insensibilidad y malicia, asnos; por simplicidad bruta, ovejas; por travesura, cabritos, y otros tales accidentes y formas que sobreponen y edifican sobre este ser humano; y así se hacen estos monstruos y disparates, y todo para un fin tan apocado y tan vil como es el gusto de una venganza, de una sensualidad, de una honrilla, de una apariencia y estima, y otras tales que no llegan apenas al paladar, ni a mojar la boca, cual es el gusto y saborcillo de una fresa o madroño, y el olor de sus flores, que aun muchos con el olor se sustentan.

O el comentario humorístico que hace al encomiar La Cena de Tiziano, colocada en el refectorio:

están tan vivas y con tanto espíritu las figuras, que parecen ellas las que hablan y comen, y los frailes los pintados.

O, en fin, su rotunda sentencia:

Dicen algunos, y bien, que si el Bonarroto dibujara un Adán y Rafael una Eva, y el Tiziano coloriera y pintara el Adán y Antonio de Acorezo la Eva, que tuviéramos lo que se podía desear en género de pintura.

No quiero resultar enfadoso citando párrafos y partes de la obra, menester en el que me podría extender hasta el infinito: descripción de la Biblioteca, su simbología, cuenta al céntimo del coste del monumento, estudio de las Ciencias de la Naturaleza que en el monasterio se hacía o reflexiones sorprendentes para leídas, en la España de nuestros días, en un escrito de hace cuatrocientos años como:

Extendió España sus brazos, al parecer, para abarcar o para encerrar muchos reinos en su seno, y no ha sido en la verdad sino para que la sangren por ellos.

Etcétera.

Para ello, aquí dejo la obra entera y valgan estos párrafos entresacados de ella como aperitivo que despierte el apetito de su lectura en el lector curioso.

Notas a la presente edición:

La presente edición se basa en la de la Editorial Aguilar de 1988. De ella me he limitado a corregir erratas tipográficas evidentes y … (pendiente)

Vínculos:

Primera parte: De la fundación del Monasterio. En Conceptos Esparcidos.
Fray José de Sigüenza: su vida y su obra. José Luis García de Paz.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 agosto, 2012 at 15:29

Historia de la fundación del Monasterio de El Escorial, 1

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Biblioteca
 
 
Fray José de Sigüenza
 
 

 

Vínculos:

Historia de la fundación del Monasterio de El Escorial. Segunda parte: De las partes del edificio. De Conceptos Esparcidos.
Fray José de Sigüenza: su vida y su obra. José Luis García de Paz.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 julio, 2010 at 9:03

Del Rey y de la institución real. Libro Primero

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Juan de Mariana
 
 
 
 

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 octubre, 2009 at 11:04

Biblioteca

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Biblioteca

  

DEL REY Y DE LA INSTITUCIÓN REAL. Juan de Mariana.

          Libro Primero.
          Libro Segundo.

FUNDACIÓN DEL MONASTERIO DE EL ESCORIAL. Fray José de Sigüenza.

          Primera parte: DE LA FUNDACIÓN DEL MONASTERIO.
          Segunda parte: DE LAS PARTES DEL EDIFICIO.

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. Juan de Mariana.

CIENTIFICISMO. Miguel de Unamuno.

IDEA IMPERIAL DE CARLOS V. Ramón Menéndez Pidal.

CIUDAD RODRIGO. LA CATEDRAL Y LA CIUDAD. Mateo Hernández Vegas.

           Tomo I.
           Tomo II.

LAS CORTES DE LA MUERTE. Luis Hurtado de Mendoza.

TEXTOS FUNDAMENTALES DEL PENSAMIENTO TRADICIONALISTA ESPAÑOL:

          Manifiesto de los Persas. Varios.
          Cartas a un escéptico en materia de religión. Jaime Balmes.

HISTORIA INTERNA DOCUMENTADA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS. Miguel Mir, Pbro.

SERMÓN CON AVEMARÍA. José Serred Mestre.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 octubre, 2009 at 10:59

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