Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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En respuesta a ‘Torku’ de “Libertad Digital”

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Et rex David senuerat habebat que aetatis plurimos dies; cum que operiretur vestibus, non calefiebat.
Dixerunt ergo ei servi sui: “Quaeratur domino nostro regi adulescentula virgo et stet coram rege et curam eius agat dormiatque in sinu tuo et calefaciat dominum nostrum regem”.
Quaesierunt igitur adulescentulam speciosam in omnibus finibus Israel et invenerunt Abisag Sunamitin et adduxerunt eam ad regem.
Erat autem puella pulchra nimis et curam agebat regis et ministrabat ei; rex vero non cognovit eam.
1 Re, 1, 1-4.

Permite, amigo Torku,  que encabece mi respuesta al amable comentario que hiciste ayer en Libertad Digital a mi escrito La tiara vacía con esta cita del libro primero de los Reyes y que se refiere a la decrepitud  del rey David. Entiende, por favor que la incluyo en tono irónico, humorístico si quieres. Nada más lejos de mi intención que hacer con ella mofa del Santo Padre, pero el caso es que, leyendo tu comentario, me ha venido a la cabeza.

La leeremos en castellano al final. Vayamos primeramente a tu respuesta de la que discrepo prácticamente en todo. No hay ni que decir que respeto tu opinión ni que tal discrepancia entre dos católicos acerca de esta materia opinable de la renuncia papal me parece no sólo oportuna sino también sana en lo que contribuya a la vitalidad y al bien de la Iglesia.

Comienzas diciéndome:

Pablo VI renunció a la tiara y no pasó nada.

Mal comienzo, Torku. Eso mismo decía Zapatero con respecto a Cataluña cuando promovió la reforma de su Estatuto. Ya. Ya sabíamos que tal reforma no iba a producir de manera inmediata una falla tectónica que separara a Cataluña del resto de la Península pero muchos, tú entre ellos, entreveíamos que de aquello podía surgir, como ha surgido, el envenenamiento del problema catalán hasta donde estamos viendo y hasta lo que nos falte por ver.

Y, sin acudir a ejemplo tan concreto, me ha tocado vivir —nos ha tocado vivir—, en un tiempo presidido por el principio moral este del “no pasa nada”: cuantísimos cambios no se han ido introduciendo poco a poco, sigilosamente, insidiosamente, en nuestras costumbres con su excusa cínica y falaz; cambios que, efectivamente, no producían ninguna catástrofe en lo inmediato pero que, acumulados, cuánto hayan llegado a envilecer y a encanallar a nuestra sociedad sólo podemos verlo quienes hemos vivido antes y después de ellos.

Frente a tu “no pasa nada” permíteme recordarte las palabras de Platón puestas en boca de Sócrates:

Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio y con la introducción de una nueva especie de canto y hay que tener el convencimiento de que, con ello, todo se pone en peligro porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

*** 

Continúas diciéndome que esa tiara a la que renunció Pablo VI

ya era un símbolo mentiroso.

¿Mentiroso? Mentiroso, ¿en qué sentido?

Una de las grandezas de muestra religión es el admitir en su seno sensibilidades diversísimas desde el solo acatamiento de sus pocas verdades dogmáticas y el respeto al magisterio romano. Permite que te exprese la mía: como tantas veces he dicho en este blog, entiendo a la religión católica, en su dimensión cultural —importantísima para mí—, como la línea de continuidad que, nacida hace diez mil años en Mesopotamia y en el valle del Nilo, se centra en la encrucijada del pueblo de Israel, el cual la escribe en el Antiguo Testamento, la renueva con la verdad sublime de que Dios se hace hombre en el Nuevo y, así renovada, la funde con la cultura grecorromana.

Así entendida, la religión católica es el cofre que guarda la sabiduría que la parte de la Humanidad a la que pertenecemos ha ido descubriendo y atesorando a lo largo de diez mil años.

En este sentido, un detalle, quizá menor en los asuntos fundamentalmente religiosos, pero importante en los históricos y litúrgicos es el hecho innegable de que el papado asumió muchas de las funciones y muchos de los símbolos de los emperadores romanos. Pontifex Maximus era título asociado a la dignidad imperial desde los tiempos de Augusto y Sumo Pontífice es el título heredado, asumido, por los Papas como reyes de Roma, esto es, herederos, continuadores, de los emperadores romanos.

Por eso la tiara, en su triple simbología, significaba el poder del Papa como Papa, como obispo y como rey de Roma.

Nuevamente, “no pasa nada” porque nos carguemos los símbolos, incluido este, pero reconóceme que mentiroso, lo que se dice mentiroso, no lo es sino que, antes bien, tiene —tenía— plena justificación histórica y litúrgica.

Como te digo, la Iglesia católica acoge en su seno infinidad de sensibilidades. Para muchas el abandono de la tiara puede ser intrascendente y hasta bienvenido. Para la mía es una auténtica pena.

***

No comentaré tu alusión a doña Juana la Loca. A todas luces es un hecho aberrante nacido de una mente enajenada y nadie está pidiendo que se paseen los cadáveres de los reyes por ninguna parte. Antes bien y muy al contrario, lo que pedimos es que los reyes mueran el el Trono para poder darles la sepultura que les corresponde en lo litúrgico y en lo ceremonioso.

***

Me inquieres:

¿No se puede ver la renuncia de Benedicto XVI como un acto de humildad en el que reconoce que se necesita más fuerza física que él tiene ya, para desempeñar con el vigor necesario la silla de San Pedro?

Sí. Se puede ver así. De hecho, esta es la forma más grata para verlo con la sensibilidad vulgar de nuestro tiempo.

Sin embargo, también se puede ver como lo ve Pedro J: el Papa no es un gestor; no es un subsecretario obligado a desgastarse con mil fatigas de gestión. El Papa es, ante todo, un símbolo. Benedicto XVI ha sido un gran teólogo y un gran Papa. Ha combatido de manera valiente  los grandes pecados cometidos por miembros de la Iglesia en los últimos tiempos; ha reconducido a la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II hacia su tradición anterior; se ha preocupado de manera especial por su liturgia; ha continuado la tarea de conciliar la fe con la razón…

Como “gestor” no hubiéramosle tenido que pedir más de lo mucho que ha hecho. Lo que hubiéramos querido ahora de él es que hubiera mantenido su figura simbólica hasta el final.

***

Sigues diciéndome:

Antes un papa podía morirse de viejo porque nadie lo veía fuera del Vaticano; no había medios que te lo mostraran en las casas cuando estás comiendo o pensado en las crisis constantes de la vida. Pero el ejemplo del beato Juan Pablo II en un estado de deterioro que daba pena, no puede ser el mejor ejemplo ni siquiera para la Iglesia de los pobres, porque en aquella figura ya no cabía la esperanza.

Esto no puedo más que rechazarlo con toda mi alma, Torku. No es sino el rechazo, el querer taparse los ojos por parte de la sensibilidad moderna frente al dolor y la muerte. En efecto, el deterioro físico de la persona produce, a los ojos del hombre nuestros días, un sentimiento de rechazo. Yo diría que hasta de repugnancia.

Sin embargo, nada más lejos del magisterio moral de la Iglesia católica que, frente a esta concepción moderna que vive de espaldas a la muerte y al dolor —que vive como si no existieran—, nos enseña que vivimos en un valle de lágrimas; que somos polvo y que en polvo nos hemos de convertir. Así, aquellas últimas imágenes de la vida terrena del beato Juan Pablo II no las puedo considerar de ninguna manera como “deterioro que daba pena” ni imagen en la que “no cabe la esperanza ni siquiera para la Iglesia de los pobres” sino que, antes bien, las entiendo como imagen viva en la persona del Papa de la condición humana terrenal y ejemplo vivo de ese magisterio.

Si redujéramos tu línea de pensamiento hasta lo absurdo tendríamos que preferir entonces como papisa a Maribel Verdú —pongo por ejemplo por poner uno— para que nos alegrara los ojos “cuando estamos comiendo” o nos consolara cuando “pensamos en las crisis constantes de la vida”.

***

La humildad es un valor que debe revitalizarse también en la Iglesia. Hay que reconocer cuando uno ya no es el mejor para representar a Cristo en la Tierra.

No cabe duda de que la humildad es un bien pero no creo que este asunto tenga mucho que ver con la humildad.

Si entendemos los “cargos” como vanagloria, sinecuras y prebendas, efectivamente, renunciar a ellos sería acto de humildad.

Pero si entendemos —como debemos entender— el pontificado, no como “cargo” sino como servicio —servidumbre—, al que se ha sido llamado por el Espíritu Santo, tu argumento se desmorona: entiendes el papado como privilegio, no como la servidumbre, sacrificio y renuncia que es; en consecuencia, la renuncia a él viene a ser, para ti, renuncia a una prebenda y, por tanto, acto de humildad.

Por mi parte, no creo que esta renuncia de Benedicto XVI le haya sido dictada por esa falsa humildad sino, más bien, por reflexiones íntimas que nos ha dejado entrever en el Angelus de ayer:

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración del Señor […] Su experiencia profunda de relación con el Padre fue como un retiro espiritual que Jesús quiere hacer, en lo alto del monte, en compañía de Pedro, de Santiago y de Juan, los tres discípulos que siempre estaban presentes en la manifestación divina del Maestro.

El Señor que, poco antes, había anunciado su muerte y resurrección, ofrece a los discípulos una anticipación de su Gloria

En la Cuaresma aprendemos a dar el tiempo justo a la oración que da respiro a nuestra vida espiritual. Además, la oración no significa aislarse del mundo y de sus contradicciones como hubiera querido hacer Pedro en el Tabor. La oración nos lleva a la acción. Esta palabra de Dios la escucho, de modo particular, dirigida hacia mí. El Señor me llama a dedicarme, todavía más, a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia. Por el contrario: si Dios me pide esto es porque yo pueda continuar sirviéndola.

La intervención de Pedro: “Maestro, ¡qué bello es estar aquí!” representa ese intento imposible de parar la experiencia mística.

No es, pues, en mi opinión, un alarde de falsa humildad, tan grata a los oídos modernos, lo que ha llevado a la renuncia de nuestro Santo Padre sino, más bien, la querencia de un retiro espiritual, místico, para dedicarse a la oración y a la meditación mediante las cuales seguir sirviendo a la Iglesia.

Más allá de sus palabras ante los señores cardenales en la Declaración del 10 de febrero nos justifica aquí su renuncia identificándola con la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Esta homilía del Papa durante el Angelus merece ser escuchada con la mayor atención.

***

Desde mi concepción del pontificado, lo respeto y lo asumo. Lo entiendo plenamente y hasta me enriquece. Benedicto XVI, además de Papa, es un genio intelectual y los genios tienen estas cosas.

Por lo único que pido a Dios es porque se entienda esta renuncia como algo excepcional en la Historia del Papado, excepción explicable por la índole intelectual de nuestro Papa y no como absurdo e inaceptable alarde de falsa humildad.

El deber ante la Historia no puede ser rígido. No puede ser un calcetín. Su grandeza entraña estas sorpresas que, bien entendidas, la engrandecen. Mal entendidas, se corre el riesgo de mixtificar una institución dos veces milenaria.

***

Para acabar, volvamos a leer en castellano el Libro Primero de los Reyes:

Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas, pero no se calentaba. Dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey.
Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey.
Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció.

Moribundo su rey, al pueblo de Israel no se le ocurrió pensar en su abdicación. Antes bien, buscaron remedio tan extravagante a nuestros ojos como pueda ser la introducción en su lecho de una adulescentulam speciosam para hacerle entrar en calor y revivir.

Pedro J no fue tan lejos el domingo pasado cuando dijo:

Si el rey está cansado que se siente un poco,

pero por ahí iba. Insisto que lo digo como humorada y que nada está más lejos de mi intención que hacer broma del Santo Padre con esta cita.

***

Resumiéndolo todo:

El Rey es símbolo irrenunciable.

El avatar histórico nos puede dar un Rey que abdique, mas esto nunca jamás debe de servir como regla para el porvenir porque, como muy bien dijo Platón:

todo se pone en peligro, porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

Es este peligro, no otro, la causa de nuestra preocupación. Bien entendida como hecho histórico excepcional, la abdicación de Benedicto XVI puede ser hasta enriquecedora. Entendida como acto de humildad encomiable y ejemplar para sus sucesores la rechazo porque entiendo que eso no sería sino un paso hacia adelante en la mundanización y mixtificación de la Iglesia.

Iglesia que, como dice Caminant en aquel mismo post:

es una vieja barca que sigue caminando por mares procelosos: si es obra de Dios, como creo, no se hundirá.

Pidamos por ello al Espíritu Santo.

Vínculos:

La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.
Comentarios a La tiara vacía en Libertad Digital.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
Angelus del domingo pasado. Youtube.
Comentarios a este escrito en Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

25 febrero, 2013 at 9:06

La tiara vacía

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Hace cuatro días presenté aquí la muy interesante discusión que Yago de la Cierva y José Luis Restán mantuvieron acerca de la renuncia de S.S. Benedicto XVI al Trono de San Pedro.

Resumiéndola aquí mucho (se puede encontrar completa en los vínculos que siguen a este escrito), Yago de la Cierva opinaba que la decisión del Papa entraña una ruptura dolorosa con la tradición mientras que José Luis Restán entiende el razonamiento de De la Cierva como desatino y celebra la renuncia papal como innovación salutífera para la Iglesia.

No quise entonces opinar mucho al respecto y preferí limitarme a exponer lisa y llanamente la discusión de estos dos hermanos, si bien algo dejé entrever de mi preferencia por la opinión de De la Cierva, tanto por motivos litúrgicos como por motivos históricos y tradicionales.

En todo caso, como quiera que sea de ello y para resumirlo en dos palabras, esta discusión, muy cabal por otra parte, se me había presentado como el diálogo entre la conveniencia de lo pragmático y lo necesario de lo litúrgico, decantándome yo más bien por esto último.

Estas habían sido mis reflexiones al respecto cuando hete aquí que encuentro en La tiara vacía, carta del director del domingo pasado de Pedro J Ramírez en El Mundo, reflexiones semejantes si bien expresadas con la clarividencia y la facundia de Pedro J.

Comienza Pedro J confesando paladinamente en su carta:

Llevo varios días preguntándome por qué la renuncia del Papa me está produciendo una desazón creciente, si no soy católico practicante y en materia de creencias mi espíritu crítico se impone casi siempre al legado confortable de una educación religiosa pacífica. […] ¿A qué viene que me sienta mucho más concernido por este paso atrás del jefe de la Iglesia que por la elección y reelección de Obama, por los escándalos políticos que El Mundo desvela casi a diario o por la propia situación económica que nos mantiene a todos contra las cuerdas?

Continúa, más adelante, saliendo al paso de las equivocadas equiparaciones que se han hecho de la renuncia papal con la querencia al cargo de los gobernantes:

Si los gobernantes están destinados a inmolarse en el altar de la coyuntura, los reyes deben permanecer en el escenario como ese elemento del decorado que nos recuerda siempre que la acción sucede en el mismo sitio. Si el Rey está cansado, que se siente un poco. Al «caballo envejecido» no hay por qué llevarlo al galope. Basta mostrarlo con sus mejores galas en las grandes ocasiones de Estado como los venecianos paseaban por el Gran Canal la imponente góndola del Dogo, sin pretender que fuera el más rápido o ágil de los barcos.

Y sigue:

Hay instituciones cuya modernización encierra tantos riesgos como oportunidades. Si los reyes han de casarse por amor y con quien quieran, si debemos respetar lo que por analogía con cualquier commoner ellos mismos llaman su «vida privada», y si toca pedir que se bajen del trono en cuanto están algo cascados, pronto empezaremos a verlos como simples funcionarios públicos y nos quedaremos sin argumento alguno para objetar a que la plaza se cubra de forma temporal y electiva o incluso a través de un concurso-oposición.

Recordando a Juan Pablo II:

«Seremos multitud los no practicantes que vamos a echar de menos el aliento en el cogote, a la vez cálido y severo de este polaco tozudo e infatigable»,

vuelve la pluma hacia Benedicto XVI:

Benedicto XVI nos lo ha puesto más difícil pues no se ha limitado a estar ahí ejerciendo de contrapeso, sino que ha planteado un desafío intelectual a nuestro relativismo invitándonos a jugar dos partidas simultáneas y dándonos a elegir entre el tablero de la razón y el de la fe.

[…]

Una vez que los Papas dimiten será mucho más difícil impedir la ordenación de las mujeres, oponerse al uso de los anticonceptivos o mantener la intransigencia frente a la homosexualidad. Pero uno también puede pensar que, cuando llegue el 28 de febrero, los cardenales se reunirán con Benedicto XVI para darle una cena de homenaje y le regalarán un reloj de oro o una bandeja de plata. Y que, tal vez, el año próximo, alguien proponga que se elija un vicepapa para que sustituya al titular cuando esté de viaje o se encuentre enfermo. Y que al siguiente se planteará la limitación de mandatos al modo de la presidencia de los Estados Unidos; y aun nos tocará ver un debate sobre el Estado del Papado en el que la oposición a la curia pida primarias en cada continente y un conclave abierto con intervenciones televisadas de los candidatos y votación nominal de los electores.

Y acaba con una conclusión tan obvia como conmovedora en su sinceridad:

¿Cómo oponerse a cosas tan razonables?
Y, además, ¿a ti que te importa si dices que no eres miembro de la Iglesia?

***

Como dice José Luis Restán, no es momento de silencios calculados: por eso, siempre desde el respeto y obediencia a la Iglesia romana y fiel a su magisterio, traigo hoy a colación este escrito de Pedro J y por eso digo que estoy en total y absoluta comunión con sus sincerísimas, lúcidas, valientes y esclarecedoras palabras que no por exageradas  e intencionadamente caricaturescas dejan de presentarnos con clarividencia el riesgo que conlleva la renuncia papal. Ante ellas, sólo puedo reiterarme aquí en lo que dije en mi anterior escrito al respecto:

Confiemos en que esta trascendentalísma decisión de Benedicto XVI, conocedor y amante como nadie de la liturgia, conocedor del Derecho Canónico y de la Historia de la Iglesia, no sea más que un hecho concreto de ella producido en nuestro tiempo, que tiene en ella antecedentes y que Benedicto XVI la ha tomado sólo después de grave reflexión y sólo en bien de la Iglesia católica.

Más comprendamos también que la costumbre de la Iglesia es que el Papa muera en el Trono de San Pedro y que así debe de seguir siendo como norma general, con las excepciones justificadísimas que, en el porvenir, las circunstancias manden en el sabio entender de sus sucesores.

Con respecto a todo ello, confiemos en el Espíritu Santo y pidámoselo a Él.

***

Vínculos:

Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.

Apunte histórico: la tiara era la triple corona que usaron los papas como símbolo de su autoridad como papas, como obispos y como reyes hasta que Pablo VI renunció a ella en 1963. En aquellos tiempos conciliares, esta renuncia a una tradición milenaria no levantó mayor revuelo público. Resulta curioso notar, sin embargo, que fue precisamente Benedicto XVI quien la volvió a introducir en su escudo pontificio en el año 2010.

Nota: La imagen que ilustra este artículo esta sacada de Ricardo en El Mundo.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 febrero, 2013 at 12:01

Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI

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Hace menos de una semana que los católicos recibimos con tanto desaliento como sorpresa y con tanta sorpresa como desconcierto la renuncia al pontificado de nuestro Santo Padre Benedicto XVI.

He atendido, como es lógico, a muchas de las muchas opiniones que sobre asunto que tanto nos interesa a los que queremos con toda nuestra alma que la Roca de San Pedro siga siendo la roca firme que recibe inconmovible las embestidas del error se han vertido acerca del asunto. La mayor parte de ellas, mera basura periodística. Otras, muy apreciables.

De estas últimas quiero presentar aquí la interesantísima discusión que Yago de la Cierva —ignoro si emparentado con Ricardo de la Cierva, quien tan bien trató sobre estos asuntos en su obra Las Puertas del Infierno— desde El Mundo y José Luis Restán desde la COPE han mantenido a lo largo de esta semana.

Y la quiero presentar porque, habiéndome abstenido hasta ahora de opinar —por ignorancia mía— acerca del hecho, no es ya sólo que para mí haya sido muy esclarecedora y me dé una base sobre la que enunciar mi humilde opinión sino, y sobre todo, porque me satisface enormemente ver como, más allá de la basura inmediata que insulta nuestra inteligencia en cuanto enchufamos la televisión, existen aun católicos que, desde la discrepancia legítima, reflexionan con la fuerza de las ideas y sin mayor complejo acerca de hecho tan doloroso.

delaciervarestan

Foto tomada de Religión en Libertad

***

El martes pasado, día doce, escribió Yago de la Cierva el siguiente artículo en El Mundo: bajo el título de Una traición a la tradición:

Una decisión así no se improvisa. Quizá deberíamos haber prestado más atención a sucesos que podrían haber encendido la luz roja. Como su respuesta en una entrevista de 2010 diciendo que podría llegar a ser un deber de conciencia dimitir, si no se es capaz de llevar a cabo la misión. Después, la paulatina pero constante cancelación de tareas que son centrales en el ministerio papal.

Benedicto XVI se ha ido encerrando en su mundo cada vez más, el mundo de un profesor interesado sobre todo en el desafío intelectual de explicar la fe cristiana a los que ya creían, y presentar un Dios razonable a tantos que le desconocen. Y, progresivamente, la Secretaría de Estado ha ido asumiendo el gobierno de la Iglesia. En el último periodo, incluso los temas centrales en su Pontificado (la liturgia, la vuelta a la Iglesia de los tradicionalistas, las fronteras de la ortodoxia católica) han ido adquiriendo forma sin su intervención directa.

Pero renunciar es harina de otro costal. Porque por mucho que otros cinco papas lo hubieran hecho antes, no se pueden comparar.

Por mencionar sólo la última: no tiene nada que ver la dimisión de Celestino V, un monje prácticamente secuestrado para ser Papa y que duró poco más de un día en el trono de Pedro, con la trayectoria de Ratzinger, uno de los colaboradores de Juan Pablo II en Roma durante 26 años, y que ha dirigido la Iglesia por casi dos lustros. Ni el mundo ni la Iglesia de hoy tienen puntos en común con la de hace siete siglos. No: la decisión de Benedicto XVI no tiene precedentes.

Descartemos una enfermedad sobrevenida, por un motivo muy sencillo: lo habría dicho explícitamente. Descartemos también que tenga algo que ver con la crisis de los abusos sexuales, porque él mismo había dicho que en ningún momento dimitiría por ese motivo: «No se puede huir en el momento del peligro», afirmó tajante.

Tampoco la fuga de documentos pontificios, que puso contra las cuerdas la seguridad del Vaticano y la fidelidad de los colaboradores más cercanos al Papa. A diferencia de su antecesor, Benedicto XVI hablaba con muy pocas personas. Descubrir que gente de su más estrecha confianza había abusado de ella ha debido de ser un golpe terrible. Pero no parece suficiente.

¿Será entonces la falta de fuerza física para dirigir la Iglesia católica? Muchos han interpretado que han impulsado al Papa motivos de salud: camina con dificultad, arrastrando los pies; no ve por el ojo derecho; y los problemas cardiovasculares que le aquejan desde los años 90 los ha mantenido a raya sólo gracias a un régimen de vida muy estricto; y todos los achaques de casi 86 años.

Sin embargo, habría sido muy sorprendente que la causa principal fuera una enfermedad, sobre todo después de haber presenciado la agonía de años y en directo de Juan Pablo II.

Joseph Ratzinger ha sido testigo en primera fila de que la decadencia física no es obstáculo para ser Papa. En plena agonía de Wojtyla, afirmó que el magisterio del Papa, cuando no podía ni hablar, era más elocuente que la mejor de las encíclicas.

En realidad, Benedicto XVI ha hablado de falta de vigor de cuerpo y de espíritu. Si hubiera que poner el acento en uno de los dos, elegiría el segundo. El único modo en que se consigue entrever qué puede pasar por la mente y el corazón del Papa es una crisis espiritual.

Crisis espiritual, porque si hay algo que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora.

Ha roto con su predecesor, Juan Pablo II, que siguió a pesar de los pesares. Y si ese «seguir hasta el final» fue una de las manifestaciones más elocuentes de la santidad de Carol Wojtyla, ahora muchos fieles no comprenderán por qué su sucesor, en mucho mejor estado de salud que Juan Pablo II, entiende que su deber es renunciar.

Ruptura también con el pensador al que Benedicto XVI más debe: San Agustín. Uno de las principales aportaciones del santo de Hipona al cristianismo es la doctrina sobre la gracia. En polémica con Pelagio, que subrayaba la importancia de las fuerzas del hombre para hacer el bien, San Agustín destaca que lo más importante es la gracia, lo que hace Dios y no lo que hace el hombre. Y Benedicto, al renunciar por falta de fuerzas, da más peso a lo que pueda hacer un Papa que a lo que pueda hacer Dios a través de él.

Sabemos ahora que Benedicto XVI ha rumiado durante un año esta decisión. Ha debido de ser un periodo horrible para él, de contradicción interna, de debate entre la tradición que había recibido de sus predecesores, y lo que él veía como mejor para la Iglesia.

Los problemas de dentro y de fuera le han convencido de que hace falta un Papa vigoroso. Pero la crisis ha de ser profundísima: se ha debido sentir completamente inerme ante la fuerza de la Historia, y ni siquiera su fe en la providencia le ha convencido para continuar «hasta que Dios quiera».

Su conocimiento de la historia pasada y de la situación actual de la Iglesia le impiden ignorar que la elección del siguiente Papa será mucho más «política» y menos espiritual.

Para algunos, ha tenido el coraje de romper con los precedentes: un tradicionalista contra la tradición. Para otros le ha faltado la coherencia hasta el final, y deja la tristeza que se aprecia cuando se escucha la noticia de un hombre de 85 años que se divorcia, porque ya no puede aportar nada a su matrimonio.

Pero en cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia.

***

El mismo día respondió a este artículo José Luis Restán con otro suyo titulado Ninguna crisis espiritual:

Algunos me habéis preguntado (como mínimo perplejos) por el artículo que firma hoy en El Mundo Yago de la Cierva, titulado Traición a la Tradición.

Y aunque no me apetece entrar en refriegas, creo que no es momento para silencios calculados y componendas. Debo reconocer algo más que perplejidad: irritación y escándalo, por lo que se dice del Papa y por la firma que lo rubrica.

Entiendo perfectamente que es muy saludable la diversidad de sensibilidades en la Iglesia, el propio Benedicto XVI lo acaba de decir a sus seminaristas. Pero esa diversidad se torna destructiva cuando implica decir del Papa “que ha traicionado”, cuando se sugiere que sufre una grave crisis espiritual, que abandona a su esposa, o que se apunta al credo pelagiano. Vamos, que esto además de disparatado me parece intolerable.

Difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónico (expresión jurídica de la Tradición católica) contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del Papa. Se puede opinar si es oportuno, si se equivoca o no. Hace falta tentarse la ropa, ¿eh? pero se puede opinar. Lo que es inadmisible es acusar de “traición” al sucesor de Pedro por acogerse a una previsión de la ley de la Iglesia, que por otra parte ya ha sido utilizada anteriormente. Además, ¿quién define lo que es la Tradición? No será el articulista…

Decir que Benedicto XVI sufre una crisis espiritual profunda cuando acabamos de escuchar con verdadera conmoción su Lectio Divina a los seminaristas de Roma o sus homilías de esta Navidad es patético. Resulta que este hombre “en crisis” nos ayuda a vivir, ilumina nuestro camino, nos sostiene en la esperanza y nos confirma en la fe cada día. Como Pedro caerá y pecará (por eso pide perdón), pero su grandeza es estar siempre con los ojos fijos en Jesús. Por eso le esperamos cada día cuando habla. ¡Menuda crisis!

Y lo del pelagianismo es que raya la aurora boreal. El mayor discípulo de San Agustín, el que nos lo ha hecho conocer y gustar, resulta que es ahora “pelagiano”, o sea, que confía más en sus fuerzas que en la gracia de Dios. Me parece que el firmante no ha seguido jamás a Joseph Ratzinger, no lo ha leído, ni escuchado, ni visto. El gesto de la renuncia implica la máxima confianza en la gracia de Dios: frente a quienes están asustados por el cambio, porque la barca se mueve, Benedicto XVI dice: quien guía la Iglesia, su verdadero Pastor, es el Espíritu Santo. La Iglesia es el árbol de Dios, por eso no muere nunca; no por la astucia y el coraje de sus líderes (empezando por el pobre pescador galileo) sino porque lleva en su seno la semilla de la vida eterna.

Espero que esta colección (digámoslo piadosamente) de desatinos no signifique más que eso: que todos podemos tener un mal día, aunque hay cosas que conviene hacérselas mirar… por si acaso.

***

Al cual, el Miércoles de Ceniza, contestó Yago de la Cierva con el titulado La Tradición y las tradiciones:

Quien tiene boca se equivoca. Ayer El Mundo publicó un artículo mío sobre la renuncia del Papa, que ha disgustado a algunos amigos, señal de que no supe explicarme con la finura necesaria para que personas que me conocen entendieran el mensaje. Sirvan estas líneas de cribado del artículo, para quitar la paja y dejar el grano.

Adelanto que, en mi opinión, el título distorsiona completamente el sentido del artículo. Como casi todo el mundo sabe, los títulos no los pone el autor, sino que dependen muchas veces del espacio disponible, de los artículos de alrededor, del tono que quiera dar el periódico a toda la noticia, y hasta de las preferencias del redactor de cierre. En mi caso, el título natural, Ruptura de la tradición, fue “robado” para la portada del diario, y a mi artículo se le llamó “Traición a la tradición”. Pienso que el uso del término “traición”, que no aparece ni una sola vez en mi artículo, tiene tal carga semántica que predispone a interpretar lo que he escrito en una clave que no es la mía.

¿Y qué he querido realmente decir? En modo alguno he querido criticar la decisión del Papa, sino intentar explicar los motivos por los que pienso que ha tomado esa decisión. El punto de partida, mantenido a lo largo de todo el artículo, era que Benedicto XVI ha renunciado con plena conciencia y con total seguridad de que eso es lo que le pedía Dios. Son sus palabras, repetidas en todas partes, y que no repetí porque aparecen en el cuerpo de la información publicada por ese medio. El artículo no lo pone en duda para nada.

Tras desechar algunas razones aducidas sobre la causa de la dimisión (una enfermedad sobrevenida, una huida ante la dureza de los abusos o por el escándalo de los Vatileaks, o la falta de fuerzas físicas), me centro en explicar cómo lo he entendido yo. En modo alguno he pretendido calificar su decisión ni entrar en la conciencia de nadie, y menos aún en la del Papa, por el que nutro una especial veneración. Ni una sola frase del artículo le juzga, sino que describo –quizá con acierto, quizá equivocadamente– el dilema de Benedicto XVI como el de quien se siente aplastado entre dos planchas de acero: ve con claridad que la guía de la Iglesia necesita una persona vigorosa, y entiende que una renuncia supone una ruptura con la tradición. Ha debido de ser tremendo para él, por la radicalidad de las consecuencias y por el tiempo en que lo ha meditado: casi un año de reflexión.

Romper las tradiciones no es malo, es… completamente nuevo. Y Benedicto XVI lo ha hecho, con plena conciencia de que lo hacía, y con plena seguridad de la bondad de esa decisión, tomada en la presencia de Dios. Y decirlo no es ninguna ofensa al Papa, sino poner de manifiesto… lo que todos tienen ante los ojos.

Es más: si hace una semana alguien me hubiera hecho la pregunta hipotética de si un Papa podía dimitir, hubiera respondido como respondió la Santa Sede entre octubre de 2002 (fecha en que Juan Pablo II dejó de celebrar la Misa de pie) y su fallecimiento en abril de 2005. Posible jurídicamente, altamente improbable… por la fuerza de la tradición en la Iglesia.

El meollo de la discusión está en entender la diferencia en la Iglesia católica, y para Benedicto XVI en particular, entre Tradición, con mayúscula, y las tradiciones. Benedicto XVI –y lo mencionaba en el artículo– ha sido siempre el mejor guardián en la Iglesia de la Tradición con T mayúscula, que ha defendido a capa y espada siempre que alguien la ha puesto en entredicho: en la liturgia, el dogma, la moral. Pero ante las tradiciones con minúscula en la Iglesia se ha comportado con enorme libertad de espíritu, y no se ha sentido vinculado por ellas. Se saltó a la torera la tradición de que no se podía criticar al clero públicamente y que ante una acusación de abusos, lo tradicional era ocultarlo a la comunidad cristiana y a las autoridades públicas; pasó por encima de la tradición de que los sacerdotes que se habían equivocado podían ser castigados, pero los obispos no; y mandó a paseo la tradición de que un Papa no tiene opiniones personales, sino que habla siempre con la autoridad del Pontífice, y como teólogo escribió lo que le vino en gana y pidió expresamente que estaba abierto a debatir sus tesis.

Como ha titulado el ABC, Joseph Ratzinger es un hombre libre, tan firme en sus convicciones que puede dialogar con quien haga falta, sea filósofo agnóstico como Habermas, teólogo rebelde como Hans Küng, rezar con el gran muftí de Estambul o dialogar sobre los escritos de Lutero con los obispos luteranos.

Quizá haya podido sorprender que describa la situación del Papa como “crisis”. Uso la palabra crisis como el momento de incertidumbre ante una situación grave, trascendental y apremiante, que es el sentido de las siete definiciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Decir que el Papa ha sufrido una crisis espiritual (y no física) pienso que no es ofenderle, sino todo lo contrario: lo incomprensible sería pensar que ha tomado esta decisión en una situación sin ningún tipo de presión. Crisis espiritual no es una pérdida de fe, sino la situación ante un cruce de caminos en que las dos opciones tienen gran trascendencia. Y nadie mejor que él para saberlo.

Dicho todo esto, reconozco que el símil del divorcio es desacertado, y que la revisión final a toda prisa para ajustar el texto al espacio realmente disponible dejó fuera muchas frases que lo hacían más discursivo y suave, con lo que el resultado final parece una razonamiento a uña de caballo. Culpa mía.

Si alguien se ha sentido ofendido por lo que he escrito, es señal de que no he sabido explicarme bien, y le ruego que acepte mis disculpas más sinceras.

***

En mi opinión, tiene razón, en lo formal, José Luis Restán cuando, fuera de algunos párrafos manidos que más bien corresponderían a una gresca de Internet, tales como “conviene que hacérselo mirar” o lo de “…es patético”, dice que “Difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónico (expresión jurídica de la Tradición católica) contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del Papa”.

Como quiera que sea, efectivamente, ni es momento de silencios ni es momento de componendas.

Por eso, más allá de los excesos verbales de Yago de la Cierva, conviene que nos fijemos en alguno de sus pensamientos:

“…porque si hay algo que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora”.

“Pero en cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia”.

***

Confiemos en que los temores de De la Cierva sean infundados y esta decisión de S.S. no “cambie el futuro del Papado para siempre”.

Confiemos en que esta trascendentalísma decisión de Benedicto XVI, conocedor y amante como nadie de la liturgia, conocedor del Derecho Canónico y de la Historia de la Iglesia, no sea más que un hecho concreto de ella producido en nuestro tiempo, que tiene en ella antecedentes y que Benedicto XVI la ha tomado sólo después de grave reflexión y sólo en bien de la Iglesia católica.

Más comprendamos también que la costumbre de la Iglesia es que el Papa muera en el Trono de San Pedro y que así debe de seguir siendo como norma general, con las excepciones justificadísimas que, en el porvenir, las circunstancias manden en el sabio entender de sus sucesores.

Con respecto a todo ello, confiemos en el Espíritu Santo y pidámoselo a Él.

Vínculo:

Mesa redonda sobre la dimisión de S.S. Benedicto XVI. Youtube. Gratísima discusión presentada en EWTN y Radio Católica Mundial. Como puede verse, los contertulios participan más de la opinión de José Luis Restán que de la de Yago de la Cierva. Aunque, como digo en el cuerpo del texto, tengo mis reservas al respecto, es un auténtico placer, un auténtico gozo y un grandísimo bien el hecho de que existan cadenas de radio y de televisión como esta que tratan con tanta verdad como falta de complejos de las cosas de la Iglesia y de la religión católica. Para desgracia de España —otrora campeona en la defensa del catolicismo—, hoy embrutecida unas veces por su ignorancia y otras por su odio franco con respecto a él, no disponemos en nuestro país de cadenas de televisión que puedan presentarnos debates como estos. A lo máximo que podemos aspirar en nuestra patria es a escuchar estupideces relativas al sincero combate contra la pederastia existente en la Iglesia que ha llevado a cabo el Santo Padre, a asuntos como los del vaticanleaks o a justificar la renuncia papal con el acoso de lo que ellos, irreverentemente, llaman cuervos del Vaticano, cuervos que, a su modo de ver han hecho víctima a quien hasta hace una semana encarnaba para ellos el oscurantismo y la superstición y, hete aquí, que quien, para estas televisiones era ayer el campeón del integrismo es hoy víctima de la imagen ignorante que tienen de la curia romana.
He querido prescindir de estos asuntos en el post que antecede pero se me ocurre que es bueno señalarlos de pasada aquí.
De la misma manera, se me ocurre, para terminar este escrito y adscribirme de alguna manera a la opinión de Yago de la Cierva, referir aquí, a manera de anécdota personal, la forma con la que conocí, el lunes pasado, la noticia. Por motivos que no vienen al caso estaba yo viendo el magazine matinal de Antena 3 en el que se estaba discutiendo acerca del asunto Bárcenas. En ello andaban cuando saltó el teletipo —si es que todavía hay teletipos— de la noticia: me impresionó sobremanera la expresión de sorpresa, de incredulidad, de la presentadora —no recuerdo quién era: una de estas chicas “monas” que presentan estas cosas—. Estaba desconcertada. Su expresión era la de quién no puede creer lo que está leyendo. Desde su apariencia banal, mundana, desinteresada por estas cosas de la religión, tal parecía —o me lo quiso parecer a mí— que se sentía desalentada por la desaparición de algo que consideraba inmutable, quizá para ella hasta rechazable, pero inmutable.
Mi desconcierto fue semejante al suyo pero, en él, no pude menos que pensar en la grandeza de nuestra religión: hasta los indiferentes, hasta los enemigos, hasta, en fin, la gente moderna que no suele reparar en estas cosas y si repara es para hacer mofa y escarnio de ellas, esta gente, digo, comprenden
de alguna manera en su subconsciente la grandeza de la iglesia romana y, aunque la repudien por moda, al fin, en lo profundo de su alma algo intuyen acerca de su bondad y su necesidad.
No de otra forma puedo entender el desconcierto y hasta la desolación de aquella presentadora que casi venía a decir con su expresión lo que dice Yago de la Cierva:
En cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia.
La Decisión de Benedicto XVI. EsRadio; Debates en Libertad. Contiene el audio del programa.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

16 febrero, 2013 at 13:18

Santa Misa de la Maternidad Divina de María. Vaticano, 31 de diciembre de 2012.

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SANTA MISA DE LA MATERNIDAD DIVINA

RITOS INICIALES

PROCESIÓN DE ENTRADA

SALUDO INICIAL

SACERDOTE: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

CONGREGACIÓN: Amen.

[S] Pax vovis.

[C] Et cum spritu tuo.

ACTO PENITENCIAL

[S] Fratres, agnoscamus peccata nostra, ut apti simus ad sacra mysteria celebranda.

Confiteor Deo omnipotenti et vobis, fratres, quia peccavi nimis cogitatione, verbo, opere et omissione: mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. Ideo præcor beatam Mariam semper Virginem, omnes Angelos et Sanctos, et vos, fratres, orare pro me ad Dominum Deum nostrum. Misereatur nostri omnipotens Deus, et dimissis peccatis nostris, perducat nos ad vitam æternam.

[C] Amen.

Kyrie, eleison.
Kyrie, eleison.
Christe, eleison.
Christe, eleison.
Kyrie, eleison.
Kyrie, eleison.

GLORIA

[S] GLORIA IN EXCELSIS DEO

[C] et in terra pax hominibus bonæ voluntatis. Laudamos te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam, Domine Deus, Rex cælestis, Deus Pater omnipotens. Domine Fili unigenite, Iesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris: qui tollis peccata mundi, miserere nobis; qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram. Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis. Quoniam tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Iesu Christe, cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris. Amen.

ORACIÓN COLECTA

[S] Oremus.

Deus, qui salutis aeternae beatae Mariae virginitate foecunda humano generi praemia praestitisti: tribue, quaesumus, ut ipsam pro nobis intercedere sentiamus, per quam meruimus, Auctorem vitae suscipere. Per Dominum nostrum Iesum Christum filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum.

[C] Amen.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA (Antiguo Testamento)

LECTOR: Libro de los Números:

El Señor dijo a Moisés:
Habla así a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas.  Les dirán:
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.

Nm, 6, 22-27.

Verbum Domini.

[C] Deo gratias.

SALMO RESPONSORIAL

[L] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.
[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga y que le teman,
hasta los confines del orbe.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

Salm, 66, 2-8.

SEGUNDA LECTURA (Nuevo Testamento)

[L] Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero  por la gracia de Dios.

Gál, 4, 4-7.

[L] Verbum Domini.

[C] Deo gratias.

TERCERA LECTURA (Evangelio)

[C] Hallelujah!

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Lectio Sancti Evangeli secundum Lucam.

[C] Gloria a tibi domine.

[S] In illo tempore venerunt pastores faestinates usque Bethlehem et invenerunt Mariam et Ioseph et infantem positum in praesepio. Videntes autem notum fecerunt verbum, quod dictum erat illis de puero hoc. Et omnes, qui audierunt, mirati sunt de his, quae dicta erant a pastoribus ad ipsos. Maria autem conservabat omnia verba haec conferens in corde suo. Et reversi sunt pastores glorificantes et laudantes Deum in omnibus, quae audierant et viderant, sicut dictum est ad illos. Et postquam consummati sunt dies octo, ut circumcideretur, vocatum est nomen eius Iesus, quod vocatum est ab angelo, priusquam in utero conciperetur.

Lc, 2, 16-21.

[S] Verbum Domini.

[C] Laus tibi, Christe.

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

«Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros». Así, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, después de haber escuchado en la primera lectura la antigua bendición sacerdotal sobre el pueblo de la alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada año Dios proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre que viene pronunciado tres veces en la solemne fórmula de la bendición bíblica. Resulta también muy significativo que al Verbo de Dios, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» como la «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9.14), se le dé, ocho días después de su nacimiento – como nos narra el evangelio de hoy – el nombre de Jesús (cf. Lc 2,21).

Estamos aquí reunidos en este nombre. Saludo de corazón a todos los presentes, en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que este año tiene como tema «Bienaventurados los que trabajan por la paz».

A pesar de que el mundo está todavía lamentablemente marcado por «focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado», así como por distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que «las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda… El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)» (Mensaje, 1). Esta bienaventuranza «dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana …Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación» (ibíd., 2 y 3). Sí, la paz es el bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo, construir con todas las fuerzas.

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el fundamento, el origen, la raíz de esta paz? ¿Cómo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la liturgia de hoy. Los textos bíblicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de María, la Madre de Jesús. A ella, durante los días en los que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos: no sólo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret a Belén, el no encontrar sitio en la posada, la búsqueda de un refugio para la noche; y después el canto de los ángeles, la visita inesperada de los pastores. En todo esto, sin embargo, María no pierde la calma, no se inquieta, no se siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su corazón, reflexionando sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustaría tener en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia, acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.

El texto evangélico termina con una mención a la circuncisión de Jesús. Según la ley de Moisés, un niño tenía que ser circuncidado ocho días después de su nacimiento, y en ese momento se le imponía el nombre. Dios mismo, mediante su mensajero, había dicho a María –y también a José– que el nombre del Niño era «Jesús» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31); y así sucedió. El nombre que Dios había ya establecido aún antes de que el Niño fuera concebido se le impone oficialmente en el momento de la circuncisión. Y esto marca también definitivamente la identidad de María: ella es «la madre de Jesús», es decir la madre del Salvador, del Cristo, del Señor. Jesús no es un hombre como cualquier otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por eso la Iglesia ha dado a María el título de Theotokos, es decir «Madre de Dios».

La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que esta unida al esplendor del rostro de Dios, según el texto del Libro de los Números, que transmite la bendición utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las asambleas litúrgicas. Una bendición que repite tres veces el santo nombre de Dios, el nombre impronunciable, y uniéndolo cada vez a dos verbos que indican una acción favorable al hombre: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine el Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (6,24-26). La paz es por tanto la culminación de estas seis acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro sobre nosotros.

Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la máxima felicidad: «lo colmas de gozo delante de tu rostro», dice el salmista (Sal 21,7). Alegría, seguridad y paz, nacen de la contemplación del rostro de Dios. Pero, ¿qué significa concretamente contemplar el rostro del Señor, tal y como lo entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado. Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de su Nombre que Jesús nos ha manifestado, comprender algo de su vida íntima y de su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la humanidad. Lo expresa el apóstol Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas (4,4-7), al hablar del Espíritu que grita en lo más profundo de nuestros corazones: «¡Abba Padre!». Es el grito que brota de la contemplación del rostro verdadero de Dios, de la revelación del misterio de su Nombre. Jesús afirma: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a través del don del Espíritu Santo derramado en nuestro corazones, nos ha hecho conocer que en él también nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en el texto que hemos escuchado: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba Padre!”» (Ga 4,6).

Queridos hermanos, aquí está el fundamento de nuestra paz: la certeza de contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en el Hijo, y de tener así, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el niño experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del rostro del Señor sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestación de su paternidad; el Señor vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y nos da paz. Aquí está el principio de esa paz profunda –«paz con Dios»– que está unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los cristianos de Roma (cf. Rm 5,2). No hay nada que pueda quitar a los creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Que la Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Madre de Dios, nos ayude a contemplar el rostro de Jesús, Príncipe de la Paz. Que nos sostenga y acompañe en este año nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don de la paz.

Amén.

CREDO

Credo in unum Deum,
Patrem omnipotentem,
factorem caeli et terrae,
visibilium ominum et invisibilium.
Et in unum Dominum Iesum Christum
Filium Dei unigenitum.
Et ex Patre natum ante omnia saecula.
Deum de Deo, lumen de lumine,
Deum verum de Deo vero.
Gentium, non factum, consubtantialem Patri:
per quem omnia facta sunt.
Qui propter nos homines
et propter nostram salutem descendit de caelis
Et incarnatus est de Spiritu Sancto
ex Maria Virgine et homo factus est.
Crucifixus etiam pro nobis:
sub Pontio Pilato passus et sepultus est.
Et resurrexit tertia die, secundum scripturas.
Et ascedit in caelum: sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
inducare vivos et mortuos:
cuius regni non erit finis.
Et in Spiritum Sanctum,
Dominum et vivificantem:
qui ex Patre et Filioque procedit.
Qui cum Patre et Filio
simul adoratur et conglorificatur;
qui locutus est per Prophetas.
Et unam sanctam catholicam
et apostolicam Ecclesiam.
Confiteor unum baptisma
in remissionem peccatorum.
Et exspecto resurrectionem mortuorum.
Et venturi saeculi.
Amen.

ORACIÓN POR LOS FIELES

[S] Queridísimos hermanos: ayudados por el ejemplo de la Santa Madre de Dios, María Santísima, digamos nuestra plegaria con fe al dador de todo bien:

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro Ecclesia sancta Dei:

[L] Para que la Santa Madre de Dios la conduzca en su misión de promover el diálogo y la paz entre todas las personas a través de la acción pastoral del Papa y de los obispos,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro publicis moderatoribus:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor dé a los gobernantes, a los legisladores y a los hombres de ciencia, el respeto y el cuidado por la maternidad, don altísimo de Dios a la Humanidad,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro familiis:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor que, junto a san José, cuidó del Niño Jesús con inefable amor ayude a los padres y a las madres a ser para sus hijos educadores y testigos de la fe,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro universo mundo:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor obtenga para las naciones que sufren, laceradas por la guerra, el don de la paz, de la Navidad, y en todos los pueblos sean respetados la libertad y la dignidad de la vida humana,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro familia Dei Domini hodie hic congregata:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor nos ayude a dar testimonio con alegría de la pertenencia al Señor y a anunciar con franqueza y perseverancia el Reino de Dios,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Dios Padre de inmenso amor, acoge benigno la plegaria y las súplicas de tu iglesia que hoy celebra a la bienaventurada siempre Virgen María, Madre de tu querido Hijo Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA

PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS

[S] Orate, fratres: ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotentem.

[C] Suscipiat Dominus sacrificium de manibus tuis ad laudem et gloriam nominis sui, ad utilitatem quoque nostram, totiusque Ecclesiæ suæ sanctæ. Amen.

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Sursum corda.

[C] Habemus ad Dominum.

[S] Gratias agamus Domino Deo nostro.

[C] Dignum et iustum est.

PREFACIO

[S] Vere dignum et iustum est, aequum et salutare, nos tibi semper et ubique gratias agere: Domine, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus: Christum Dominum nostrum. Per quem maiestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Caeli caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exsultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces ut admitti iubeas, deprecamur, supplici confessione dicentes:

[C] Sanctus, Sanctus, Sanctus,
Dominus Deus, Sabaoth.
Pleni sunt coeli et terra gloria tua.
Hosanna in excelsis.
Benedictus qui venit in nomine Domini.
Hosanna in excelsis.

EPÍCLESIS

(La congregación se arrodilla).

[S] Vere Sanctus es, Domine, et merito te laudat omnis a te condita creatura, quia per Filium tuum, Dominum nostrum Iesum Christum, Spiritus Sancti operante virtute, vivificas et sanctificas universa, et populum tibi congregare non desinis, ut a solis ortu usque ad occasum oblatio munda offeratur nomini tuo. Supplices ergo te, Domine, deprecamur, ut hæc munera, quæ tibi sacranda detulimus, eodem Spiritu sanctificare digneris, ut Corpus ✠ et Sanguis✠ fiant Filii tui Domini nostri Iesu Christi, cuius mandato hæc mysteria celebramus.

CONSAGRACIÓN

Ipse enim in qua nocte tradebatur, accepit panem, et tibi gratias agens benedixit, fregit, deditque discipulis suis dicens:

ACCIPITE ET MANDUCATE EX HOC OMNES: HOC EST ENIM CORPUS MEUM, QUOD PRO VOBIS TRADETUR.

Simili modo, postquam cenatum est, accipiens calicem, et tibi gratias agens benedixit, deditque discipulis suis dicens:

ACCIPITE ET BIBITE EX EO OMNES: HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS MEI NOVI ET ÆTERNI TESTAMENTI, QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDETUR  IN REMISSIONEM PECCATORUM. HOC FACITE IN MEAM COMMEMORATIONEM.

ACLAMACIÓN

(La congregación se pone de pie).

[S] Mysterium fidei.

[C] Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias.

INTERCESIÓN

[S] Memores igitur, Domine, eiusdem Filii tui salutiferæ passionis necnon mirabilis resurrectionis et ascensionis in cælum, sed et præstolantes alterum eius adventum, offerimus tibi, gratias referentes, hoc sacrificium vivum et sanctum. Respice, quæsumus, in oblationem Ecclesiæ tuæ et, agnoscens Hostiam, cuius voluisti immolatione placari, concede, ut qui Corpore et Sanguine Filii tui reficimur, Spiritu eius Sancto repleti, unum corpus et unus spiritus inveniamur in Christo.

Ipse nos tibi perficiat munus æternum, ut cum electis tuis hereditatem consequi valeamus, in primis cum beatissima Virgine, Dei Genetrice, Maria, cum beatis Apostolis tuis et gloriosis Martyribus et omnibus Sanctis, quorum intercessione perpetuo apud te confidimus adiuvari.

DOXOLOGÍA

Hæc Hostia nostræ reconciliationis proficiat, quæsumus, Domine, ad totius mundi pacem atque salutem. Ecclesiam tuam peregrinantem in terra, in fide et caritate firmare digneris cum famulo tuo Papa nostro Benedictum, cum episcopali ordine et universo clero et omni populo acquisitionis tuæ.  Votis huius familiæ, quam tibi astare voluisti, adesto propitius. Omnes filios tuos ubique dispersos tibi, clemens Pater, miseratus coniunge. Fratres nostros defunctos et omnes, qui tibi placentes, ex hoc sæculo transierunt, in regnum tuum benignus admitte, ubi fore speramus, ut simul gloria tua perenniter satiemur.

Per Christum dominum nostrum, per quem mundo bona cuncta largiris.

Per ipsum, et cum ipso, et in ipso est tibi Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia sæcula sæculorum.

[C] Amen.

PATERNOSTER

[S] Præceptis salutaribus moniti, et divina institutione formati, audemus dicere:

[C] Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.

Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris:
et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo.

[S] Libera nos, quæsumus, Domine, ab omnibus malis, da propitius pacem in diebus nostris, ut, ope misericordiæ tuæ adiuti, et a peccato simus semper liberi et ab omni perturbatione securi: exspectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Iesu Christi.

[C] Quia tuum est regnum et potestas, et gloria in sæcula.

[S] Domine Iesu Christe, qui dixisti Apostolis tuis: Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis: ne respicias peccata nostra, sed fidem Ecclesiæ tuæ; eamque secundum voluntatem tuam pacificare et coadunare digneris. Qui vivis et regnas in sæcula sæculorum. Amen.

Pax Domini sit semper vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Offerte vobis pacem.

[C] Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: dona nobis pacem!

[S] Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi. Beati qui ad cenam Agni vocati sunt.

[C] Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum: sed tantum dic verbo, et sanabitur anima mea.

COMUNIÓN

ORACIÓN

[S] …per Christum Dominum nostrum.

[C] Amen.

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

RITOS DE DESPEDIDA

BENDICIÓN

[S] Et benedictio Dei omnipotentis, Patris ✠et Filii ✠et Spiritus Sancti ✠descendat super vos et maneat semper.

[C] Amen.

ITE, MISSA EST

[S] Ite, missa est.

[C] Deo gratias.

Vínculo; se puede ver la Misa completa celebrada por el Santo Padre en la basílica de San Pedro del Vaticano el 31 de diciembre de 2012 en:

Misa de la Maternidad Divina de María. RTVE.

Esta entrada ha merecido la atención de ser reproducida, con su correspondiente cita, en Globedia.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

7 enero, 2013 at 14:39

El buey, la mula y las bestias de los periodistas

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Nacimiento

Imagen tomada de GloriaTv (the more catholic the better)

Ya conocen ustedes el revuelo que ha levantado y las chirigotas que entre el público municipal y espeso ha inspirado, involuntariamente, nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, cuando, de pasada, en el último libro de su trilogía sobre la vida de Jesucristo, ha mencionado que al Nacimiento del Redentor en el portal de Belén no asistieron ni el buey ni la mula que la tradición piadosa nos viene mostrando desde hace siglos en la iconografía navideña.

Morir habemus: ya lo sabemus, podríamos responder a esta muestra de incuria intelectual de la clase periodística que gobierna nuestro pensamiento.

Efectivamente: ya lo sabemus.

Lo que este hatajo de ignorantes ignora es que la religión, aparte de las verdades dogmáticas y de los textos canónicos, se nutre, entre mil maravillas más —como pueda ser la tradición ininterrumpida—, de lo que se llama la piedad popular. Y la piedad popular, que muchas veces puede llegar a ser, efectivamente, extravagante (no así en este caso), ha colocado —ignoro desde cuando ni por qué— las figuras de un buey y de una mula acompañando a la Santísima Virgen y a san José en la iconografía del Nacimiento de Jesucristo.

Lo que ha dicho el Santo Padre es lo que sabe cualquiera que haya leído los Evangelios: sencilla y llanamente, en ellos no se menciona a estas dos figuras animales.

Y esto, simplemente esto, es lo que ha escandalizado a esta caterva de ignorantes que, ignorantes de la diferencia que media entre la verdad dogmática y los adornos que la embellecen, son los que gobiernan, en esto y en todo, nuestro pensamiento. Y digo que gobiernan nuestro pensamiento por no decir que lo prostituyen.

Unas veces por mera ignorancia. Otras, por mezcla de ignorancia y de maldad.

Son las mismas bestias que, cínicamente, se escandalizaron ante el discurso de Ratisbona y armaron, más o menos, la misma algarabía que han armado con este asunto menor y de la que ya traté aquí en su momento.

Presento en el vínculo que sigue una reflexión atinadísima, erudita y muy cabal tanto acerca de esta polémica como del significado de estas figuras animales en el Nacimiento y de su posible origen histórico.

En fin, que tengan ustedes unas felices Navidades y, si son católicos, no hagan caso de estos payasos y coloquen en su belén, como todos los años, las figuras del buey y de la mula.

Vínculo:

¿Eliminó realmente Benedicto XVI a la mula y al buey de los nacimientos? Blog de Miguel Ángel García Calderón.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

18 diciembre, 2012 at 18:31