Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Los católicos “sólo entendemos del palo”

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La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Encíclica Fides et ratio.
Juan Pablo II.

 

Pocos días después de la profanación de la capilla de la Universidad Complutense, Gregorio Peces-Barba, fuera rector de la Universidad Carlos III, acaba de publicar en El País un execrable artículo que se titula La laicidad, objetivo de la democracia en España y que acaba diciendo en su último párrafo (en el que, por cierto, no entiendo la mención a Esperanza Aguirre):

No podemos ser tan ingenuos como para pensar que la inacción por nuestra parte va a ser respondida con la neutralidad y el juego limpio. Eso solo ocurrió con Juan XXIII y con Pablo VI. Después las cosas volvieron a su cauce tradicional y la deslealtad a las autoridades civiles volvió a ser la regla. Son partidarios de todo lo que representa Doña Esperanza y no se puede esperar nada. Cuanto más se les consiente y se les soporta, peor responden. Solo entienden del palo y de la separación de los campos. Un Estado libre y una Iglesia libre, cada uno en su ámbito y sin que puedan tener ningún ámbito exento, ni ningún privilegio. Pactar con ellos desde la buena fe es estar seguro de que se aprovecharán todo lo que puedan.

Antes de soltar tal coz contra el catolicismo apelando a dos Pontífices, intenta explicarla con unos apuntes históricos y morales.

Comienza Don Gregorio afirmando que:

En el siglo XXI es un signo de la cultura política y jurídica pulsar, sobre todo desde partidos de izquierdas o de centro izquierda, el proceso de secularización, cuya última meta es la laicidad, entendida como una situación pacífica y generalmente aceptada por la sociedad.

Afirmación gratuita de la cual él estará, no lo dudo, convencidísimo, pero, con la misma razón, podría yo afirmar y afirmo que, en el siglo XXI es signo de cultura, sin más adjetivación, olvidar el anticlericalismo decimonónico que rebosa por cada poro de la piel de Peces-Barba, comprender que la religión (cualquier religión) tiene una dimensión histórica y cultural al margen de la Fe y comprender que un pueblo que prescinde de su religión está matando su cultura.

Ni desconozco los problemas que entraña la relación de la modernidad con la Fe, ni me estoy refiriendo aquí a ellos. Digo sólo que un signo de cultura en el siglo XXI debería ser, contra lo que dice Peces-Barba, intentar conjugar lo mejor de nuestro pasado con lo mejor de la modernidad y que ello, a mi modo de discurrir, implicaría, sin demérito de la libertad de culto, una preeminencia de lo católico, al menos en lo simbólico, en nuestra sociedad española. Así lo entienden, por ejemplo, los británicos cuyo Rey es, a la vez, la cabeza de la iglesia anglicana y nadie se rasga las vestiduras por ello.

Intenté comenzar el razonamiento en un escrito reciente motivado por la profanación de la capilla de la Complutense: Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España, y quiero continuarlo aquí con algo más de esfuerzo intelectual porque, al fin y al cabo, Peces-Barba no ha profanado, todavía, ninguna capilla católica de modo tan grosero ni tan obsceno como las pobres mujeres de la Complutense y, por otro lado, como decía antes, intenta racionalizar su odio con argumentos históricos y morales ante los cuales siento el deber de contraargumentar

Comencemos.

Dice Peces:

En la misma línea se desmonta por Hugo Grocio el Derecho Natural clásico, subordinado a la teología, al afirmar que existiría aunque Dios no existiera y que lo descubrimos por la razón aplicada a la naturaleza humana.

Muy cierto. Aquí estoy totalmente de acuerdo con Peces. Como dije en el escrito al que antes me refería, el catolicismo es, entre otras muchas cosas, el acervo del conocimiento integral humano que, comenzó a la vez en Egipto, Mesopotamia y el Valle del Indo, que se recogió en las leyendas de un pueblo, el judío, situado entre ellos, que lo escribió en el Antiguo Testamento, que lo renovó en el Nuevo, que cruzó el Mediterráneo para fundirse con la filosofía griega y con la cultura y liturgia romanas y que, en fin, se enriqueció durante dos mil años con figuras tan sublimes como largas de enumerar aquí sin ser prolijo.

En efecto, Peces: el Derecho Natural existe aunque no existiera Dios y es el que ha ido conociendo esta parte de la Humanidad desde hace diez mil años. A mí, te lo digo sinceramente, no me importa que ni tú ni el tal Grocio, prescindáis de Dios para conocerlo. Lo que me pregunto es ¿qué coño te molesta  ti que los creyentes lo creamos dictado por Dios si, al fin y al cabo, como tú mismo dices, existe?

Cuanto más que, separado el asunto éste del Derecho Natural de la concepción integral religiosa y secularizado como tú lo ves; apartado de la concepción filosófica del mundo conocible e incognoscible con que lo concibe  la religión (cualquier religión, Peces) me parece a mí que acaba desbarrando pues desbarrar es, por ponerte un ejemplo, que Zerolo nos diga en público que

los mejores orgasmos son los que le ha dado su marido y los orgasmos democráticos que le da Zapatero.

Si esto no es desbarrar ante el Derecho Natural, ante la Ley Natural, Peces, que baje Dios y que lo vea.

Perdona, y míralo por ti mismo, ya que no puedes concebir un Dios que baje a mirar el asunto.

Es desbarrar, Peces. Pero no sólo para un católico. Lo es para un católico, para un anglicano, para un ortodoxo, para un calvinista, para un musulmán y, supongo, que hasta para un zulú.

Mas, fuera de esto, tienes razón: el Derecho Natural existe y no sigo con ello porque sería perderme en el escrito.

***

Continuas diciendo:

Sólo la Iglesia católica se mantiene en la línea de la tradición que arranca de las concepciones aristotélico-tomistas del mundo y de la vida. El sólido mecanismo ético de la salvación que necesita de los dos pilares inseparables de la gracia que se produce por el sacrificio de Cristo en la Cruz y de la libertad, que necesita de las obras humanas, sigue siendo el suyo, pero es un dualismo que quiebra a partir del tránsito a la modernidad.

Si no comprendes la grandeza sublime que se resume en la unión del sometimiento libre de la razón a la libertad humana es que, como diría Isabel Teruel, no comprendes nada.

Pero, sí, algo de razón tienes cuando atisbas en este párrafo cómo el catolicismo ha sabido llegar a conjugar de manera sublime, en su concepción integral del ser humano, la gracia de la Fe con su libertad y con su razón, tantas veces opuestas en la apariencia. Falsa apariencia cuya falsedad con tanto valor como sabiduría nos muestra nuestro santo padre Benedicto XVI.

***

Sigues:

Las éticas modernas serán las del protestantismo y las del humanismo laico. Las primeras son éticas solo de la gracia y la segunda solo de la libertad. Por un capricho de la historia, ambas, tan alejadas teóricamente, coincidirán en la práctica en la fase del trabajo mundanal y en el fondo secularizado. Los protestantes se salvan porque están predestinados y los humanistas laicos prescinden progresivamente de la divinidad.

También aquí te doy la razón: los protestantes se salvan porque están predestinados; los laicos porque prescinden de la idea de la salvación (tampoco es cosa muy nueva en el mundo: a los cerdos de la piara de Epicuro, les importaba lo mismo la salvación que a ti y a todos los laicos).

Frente a esto, una de las muchas grandezas del catolicismo ha sido entender que la salvación se debe tanto a la libertad del ser humano como a su capacidad para someterse al Derecho Natural, parte importantísima de la Fe. O, sino, Peces, ¿por qué crees que, cada vez mas pastores protestantes están regresando ¡Bendito sea Dios! al redil romano?

***

Nos explicas la transición del Antiguo Régimen a la modernidad de una manera torticera:

Con esta perspectiva, las ideas de participación, de consentimiento, de derechos humanos, de Constitución y de Democracia, se situarán en las perspectivas de la secularización y de la laicidad e irán formando una ética propia que ya no es la privada, sino la ética de las instituciones de los procedimientos, de los valores, de los principios y de los derechos, la ética de los ciudadanos como tales, que bebe de esas tradiciones morales, protestantes y del humanismo laico, que arrastran tradiciones libertinas, ilustradas, positivistas, científicas, darwinistas y republicanas. La escuela y las instituciones públicas son el ámbito donde se desarrolla, desde el respeto a la libertad de conciencia, la supremacía de la razón. La III República francesa fue ámbito donde esa ideología se fraguó y cristalizó, con autores como Gambetta, Ferry, Barthou, Waldeck, Rousseau, entre otros.

Mira, sin menospreciar ningún pensamiento, te lo explicaré más sencillamente:

Durante el siglo XVIII se gestó un sistema de pensamiento que sostenía la idea de que la Religión y la Monarquía Tradicional, aherrojaban al ser humano y que, decía que, si el ser humano se liberaba de ambas, iba a ser más feliz, extremo último de la Religión, del Derecho Natural, de la Moral y de la Política (la verdadera, no a la que tú sirves). Sabes, Peces, como los monarcas del Antiguo Régimen se dejaron arrastrar por esta filosofía tan golosa como falsa.

Y sabes, Peces, cómo a alguno de tales monarcas le costó que le cortaran el cuello siguiendo las consecuencias de tal filosofía.

Pareció que el siglo XIX confirmaba in toto la filosofía del XVIII: la revolución científica, primero, y la tecnológica, después, hicieron que pareciera verdad lo que tú, al cabo de los años mil, dices. Pareció, en resumen, que las revoluciones política, científica y tecnológica iban a hacer más feliz al ser humano. Mi pregunta es si, efectivamente lo han conseguido; si, realmente, el ser humano de hoy día es más feliz de lo que lo fueron sus antepasados. Y digo más feliz, Peces, no que viva con más comodidades, que de eso, ya me doy cuenta que sí.

Es cierto que fueron las naciones anglosajonas que habían adoptado la religión protestante, las que hicieron esta revolución científica y tecnológica y es cierto que nuestra vieja España se quedó detrás y, por eso, hoy, la España que defendió como nadie al catolicismo, se nos aparece retrograda y oscurantista.

Y es ahí donde nace el odio hacia el catolicismo por parte de los supuestamente ilustrados que sólo conciben del Todo la realidad accesible a la razón pretendiendo (no sé dónde lo han visto escrito) que la razón humana es capaz de aprehender, comprender y explicarlo todo.

Siendo para vosotros el Todo, por una parte, el mero conocimiento físico del Universo y, por otra, el bienestar material que la tecnología, fruto de tal conocimiento, ha traído a la Humanidad y siendo, efectivamente, las naciones protestantes las que han liderado este tipo de conocimiento, el catolicismo se os aparece como mera superstición que frenó tales adelantos. De ahí la pancarta de los maricas de Barcelona:

Iglesia Católica: Historia de una imbecilidad ilustrada.

Y deseáis que desparezca del mapa y, con él, nuestro pasado y nuestra cultura.

Y de ahí tu artículo en El País, mismo diario en el que, hace tres años, el director de la Cátedra de Teología y Ciencia de las Religiones, seño Tamayo, vino a decir lo mismo que tú repites hoy en un artículo titulado A vueltas con el Crucifijo y que, en su momento comenté. Podemos, con ambos escritos, hacernos una idea de lo que es la Universidad Carlos III y la tropa que alberga.

***

Sólo quiero añadir un punto más: hablas en tu último párrafo de deslealtad a las autoridades civiles. Pequeño detalle semántico que no creo que hayas escrito por casualidad. Si en vez de deslealtad hubieras dicho desobediencia, quizá tu escrito tendría alguna justificación pero ¿qué obligación tenemos de ser leales a los que un día sí y otro también se dedican y dedican la fuerza del estado a atacar a una y solo una religión: la católica?

Lo que tú llamas deslealtad es la crítica firme a ese comportamiento de las autoridades civiles y esto, Peces, es legítimo, aunque ya comprendo que lo que tú desearías es que, además, nos estuviéramos callados.

Vínculos:

La laicidad, objetivo de la democracia en España. Peces-Barba. El País.
Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España. De Conceptos Esparcidos.
A vueltas con el Crucifijo. De Conceptos Esparcidos.
Encíclica Fides et ratio. Juan Pablo II.
Discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona.
Ángelus de 28 de enero del 2007. Benedicto XVI.
Benedicto XVI: razón y fe promueven una civilización «que reconoce la dignidad de la persona». La Razón.
Ataques a la Iglesia. Intereconomía.
¡Perdona a tu pueblo, Señor!

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 abril, 2011 at 20:05

Don Juan Alberto Belloch

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Quiero confesar aquí que me ha sorprendido mucho y muy gratamente la inesperada defensa que del Crucifijo ha hecho un socialista, don Juan Alberto Belloch, alcalde de Zaragoza, de quien yo, hasta el día de hoy, tenía la pobre impresión que tengo de los socialistas en general y que vengo expresando en estos blogs y en estos escritos.

Como mi lucha antisocialista ni tiene interés personal ninguno ni es lo que, en el mal sentido de la palabra, se llama partidista, no me duelen prendas en reconocer aquí mi yerro con respecto a este alcalde ni en agradecer sus tajantes palabras ante la demanda de los grupos municipales de la Chunta Aragonesista y —¿cómo no?— la Izquierda Unida de Llamazares, de que se retirara “cualquier símbolo religioso de los espacios oficiales del Ayuntamiento de Zaragoza,” demanda que hacían en estos términos genéricos para pedir la retirada de un Crucifijo que, por lo visto, preside el Salón de Plenos de este municipio y que es lo que, concretamente, molesta a estos señores.

Ante esta petición iconoclasta de la izquierda, don Juan Alberto Belloch, ha respondido de manera tajante y, para mí, ya digo, sorprendente viniendo de un socialista.

Ha dicho que mientras él esté al frente del Ayuntamiento y cuente con los votos necesarios, el Salón de Plenos mantendrá en su sitio el Crucifijo que lo preside y ha añadido, textualmente:

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y (sic) tradiciones, sino que las acumulan y superponen»

y que a él le basta:

«con que el Crucifijo lleve en su sitio todo este tiempo (desde el siglo xviii), porque, además, creo que eso no debe de ofender a nadie.»

Firmes palabras y muy de agradecer viniendo de un socialista y, más, de un socialista en el poder.

Firmes aunque cándidas en este último párrafo, pues creer que un Crucifijo no debe de ofender a nadie es —y perdóneme el señor alcalde— vivir en la inopia.

Es desconocer (o querer desconocer) el factor esencial que ha significado el odio a la religión católica en la Historia de España de los últimos doscientos años y que hoy vuelven a resucitar gentes de su propio partido empezando por su Secretario General y actual presidente del Gobierno, señor Zapatero.

Yo sí creo desde hace mucho —¡vamos, no es que crea, es que estoy convencido!—que los símbolos católicos ofenden a gran parte de la izquierda española y de ahí la demanda de la momificada Izquierda Unida y de la estrambótica Chunta diz que Aragonesista para que se retire el Crucifijo.

Quizá, como parece temer el alcalde, algún día ellos ganen y tengan más votos y el Crucifijo sea retirado, al fin, del Salón de Plenos zaragozano.

Seguramente acabará siendo así conforme las nuevas generaciones se vayan educando en el concepto blando de ciudadanía que tiene Zapatero, y dejen de existir hombres como el señor Belloch capaces, aún desde el propio socialismo reinante, de darse cuenta de tan burda artimaña iconoclasta y, al mismo tiempo, de tener el valor de oponerse a ella con la claridad y la rotundidad que hemos visto en él.

No tengo la concisión sintáctica suficiente para decir, con las pocas palabras que él ha utilizado, lo que vengo intentando decir, perdiéndome en mil circunloquios, desde que ando escribiendo por aquí, pero, leyendo la noticia, y aún no saliendo de mi asombro, vengo a constatar que don Juan Alberto acaba de decir lo mismo que vengo diciendo desde hace treinta años: nuestras tradiciones, nuestra cultura «no deberían de molestar a nadie» y, sin embargo, es de una evidencia palmaria que a la izquierda española sí les molestan.

Y les molestan tanto que, prácticamente, la única razón de ser actual de la izquierda española es la destrucción de estos símbolos que representan casi toda nuestra cultura.

***

La noticia me ha recordado la vieja historia de cómo el rector Lapiedra se cargó, allá por los años ochenta, el escudo centenario de la Universidad Literaria de Valencia, por el hecho de venir representada en él la Virgen de la Sapiencia, patrona suya desde que, en 1585, así lo viniera a sancionar la bula Copiosus in Misericordia Dominus del papa Sixto v, de felice recordación, y lo substituyó por otro de desangelado e imbécil diseño moderno en el que figuran, sin que se sepa bien a santo de qué, los escudos de las provincias de Valencia, Castellón y Alicante.

La imagen de la Virgen en el escudo de la Universidad molestaba a Lapiedra y, lisa, llana y caciquilmente, se la cargó.

Como se cargaron y desplazaron, él y la ralea que con él vino, amargándoles la vida, a tantos y tantos de aquellos verdaderos y auténticos antiguos catedráticos, tan llenos de saber como de bonhomía.

El exterminio dirigido y consciente de los símbolos católicos no es, pues, nuevo ni su práctica está limitada a partidos más o menos marginales o estrambóticos: vive y florece en nuestra clase dirigente política y, peor aún, en las rectorías de muchas de nuestras universidades, sin ir más lejos, la valenciana.

Mejor dicho: vive pero no florece. Vive a manera de plaga subrepticia e hipócrita, como la carcoma habita escondida en la madera que destruye. No nos dicen que quieran quitar el Crucifijo porque les molestan los Crucifijos —que es de lo que se trata—, sino que nos vienen con el cuento hipócrita de que quieren que “desaparezca cualquier símbolo religioso de los espacios oficiales del Ayuntamiento de Zaragoza.”

Y eso es lo peor del asunto, el que esta carcoma hipócrita, llámese Chunta, llámese Izquierda Unida, llámese Ramón Lapiedra, se están cargando poco a poco nuestros símbolos culturales de manera que la mayoría de la gente no nos enteremos.

Algunas veces cantan y se les ve el plumero más de lo que quisieran, como la maestra aquella andaluza que, hace dos años, tiró a la basura el Belén navideño que habían hecho sus alumnos, pero son las menos. Lo normal es que su forma de actuación sea esta otra, como digo, hipócrita y callada, para que los ciudadanos no nos enteremos.

Y los ciudadanos, efectivamente, ni nos enteramos ni nos queremos enterar en grandísima parte.

Y, para que si alguno se atreve a quererse enterar y a decir algo, es para lo que se ha creado la asignatura de Educación para la Ciudadanía; precisamente, para que esta grandísima parte de gente que calla y no se entera sea, cada vez, más grandísima y acabe siendo omnipresente y, absolutamente entontecida por conceptos manejados de manera espuria tales como igualdad, laicidad, respeto, y tantos otros que manipula sin escrúpulo la gente zapateril, acabe aceptando, sin rechistar cualquier aberración, desde la retirada de Crucifijos hasta la mismísima voladura de la catedral de Toledo o su conversión en un centro cívico de ocio o cualquier otro disparate que se les ocurra a estos ciudadanos que nos quieren educar en la ciudadanía auxiliados en tal labor por todas las televisiones públicas y privadas cuyas licencias expiden ellos.

***

Cierto día, hará de ello unos siete u ocho años, regresado yo a mi vieja alma mater, la Universidad de Valencia, para hacer un máster de ésos que hay que hacer para poder seguir siendo algo en este mundo mercantilizado hasta en los másters, y contemplando, en un receso, la cristalera que aislaba aquella zona de mi vieja Facultad, y viendo en ella grabado la patochada del escudo de Lapiedra, no pude por menos que indicarle al director del máster lo que lamentaba la eliminación del antiguo y la envidia que me daban, por ejemplo, los profesores venidos de Salamanca o de Oxford cuando, en sus exposiciones y diapositivas, mostraban con orgullo los escudos centenarios de sus universidades en tanto que la nuestra había renegado del suyo, centenario, para ostentar este otro de diseño lapiedrano. A lo cual, don José María, gran profesional pero, al fin, rojo, me contestó:

«—¡Sí! Quizá nos equivocamos.»

No sé si me lo dijo para que me callara o porque de verdad lo creía, pero, en cualquier caso ¡vaya que si se equivocaron! Y ¡vaya que si persisten en la equivocación los que siendo personas decentes, aunque erradas, gustan más de los Blocs o de las Chuntas aragonesistas que de la recta razón y del recto sentido estético del que, hoy, don Juan Alberto Belloch, ha tenido el valor de no renegar!

Voy perdiéndome en recuerdos personales que poco hacen al caso, aunque lo ilustran porque, al fin, todo viene a ser lo mismo. El escudo de la Universidad Literaria de Valencia era un bien cultural que nos pertenecía a todos. No se comprende que a nadie pudiera molestarle. Como dice don Juan Alberto, bastaban sus cuatrocientos años de existencia para que, al menos, suscitara el respeto de quien no fuera una bestia iconoclasta. ¿A quién hemos de pedir responsabilidad por su destrucción? ¿A quién hemos de pedir responsabilidad por la destrucción de algo que nos pertenecía a todos?

La historia del escudo de la Universidad de Valencia es sólo una pequeña muestra de las infinitas tropelías que ha hecho y va a seguir haciendo esta gente. La cuento aquí porque me hiere de manera especial pero, como digo, son infinitas. Con la Universidad de Barcelona ha pasado algo parecido que puede verse ut infra en los vínculos que siguen a este escrito.

***

El socialismo que padecemos en España es un ente muy amplio y contradictorio. En el fondo no es más que una máquina de conquistar poder y, como tal máquina, ni le importan los Crucifijos ni le importa un bledo nada.

Ya lo he dicho otras veces: si, hoy, a los socialistas les conviene que haya Rey, serán los mayores y mejores monárquicos que haya visto el mundo. Si mañana les conviene lo contrario, serán los primeros en salir a cuchillo detrás del monarca.

El socialismo es maestro en afirmar hoy una cosa y mañana la diametralmente contraria con una cara dura que para sí quisieran los diamantes de Sudáfrica.

Pero, hemos de darnos cuenta de que, si esto es así, es porque está constituido por un espectro amplísimo de personas que va desde los francamente anticatólicos iconoclastas que en poco o en nada se diferencian de Llamazares y que muy bien podrían estar en Izquierda Unida o en la Chunta, hasta personas intelectualmente honestas como el señor Belloch, de las que uno no comprende cómo no se dan cuenta de la inmensa engañifa en la que nos tiene embarcados el partido en el que militan.

En el centro de ese espectro, sonriente y feliz, arqueando las cejas, tocando el violón y dirigiendo la orquesta, se situaría Zapatero, absolutamente convencido de que semejante contubernio es la Arcadia Feliz a donde nos quiere llevar.

Si, para el alcalde de Zaragoza:

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y (sic) tradiciones, sino que las acumulan y superponen»

para su señorito, el señor Zapatero, las sociedades maduras, o, dígase, democracias avanzadas —término descubierto por este personaje siniestro y que, habiendo tomado carta de naturaleza, repite ya hasta el señor Losantos—, las sociedades maduras, las democracias avanzadas y la enésima estupidez zapateril son las que consideran que la sociedad más madura es la que sí cambia las costumbres, sí cambia las tradiciones y ni acumula ni superpone: simplemente, destruye sin tener concepto cabal de qué es lo que está destruyendo.

O ¿es otra cosa lo que está haciendo Zapatero?

Tout comprendre, c’est tout pardoner, dicen los franceses. Como digo, no acabo de comprender a Belloch y, por tanto, no puedo perdonarle su adscripción a semejante partido.

Pero, nobleza obliga, ayer hizo una defensa muy valiente y muy clara de un símbolo esencial de nuestra cultura que su partido y la ralea que le acompaña se quiere cargar y sólo me queda agradecérselo y felicitarle por ello.

Vínculos:
La noticia en Libertad Digital.
Desmanes cometidos en los escudos de Universidades españolas. Obsérvense, aparte del engendro del de la Universidad de Valencia, los disparates cometidos con los de la de Barcelona y Oviedo. Sus antiguos emblemas eran patrimonio de todos ¿Quién dio permiso a quién para cambiarlos por semejantes idioteces?
Antiguo emblema de la Universidad Literaria de Valencia, el que eliminó Ramón Lapiedra.
Bula Copiosus in Misericordia Dominus de SS Sixto v, de 1585, a la que el tal Ramón Lapiedra no hizo ni caso cuando se cargó el emblema centenario de la Universidad de Valencia.
‘Normalizan la Virgen de la Sapiencia: gracias a Dios, ni soy el único al que duele el desmán de Ramón Lapiedra ni soy el único que lo ha olvidado.
Una profesora tira a la basura un Belén por ser un instituto laico. La noticia en Periodista Digital.
Orden de alejamiento de los menores católicos contra la maestra que tiró un Belén. La noticia en Periodista Digital. Hoy por hoy y gracias a Dios, aunque no sabemos por cuánto tiempo, aún tenemos fuerza para callar a estos sinvergüenzas si tenemos el valor de no callarnos.
El presente escrito ha sido referenciado en Por qué los neutrinos de OPERA no pueden ser taquiones. del blog Francis (th) E mule Science new’s.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

28 abril, 2008 at 12:20