Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Antonio Machado visto por Ridruejo

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Pedro Sánchez, el cerdo socialista –sin perdón, así los representó Orwellque hoy gobierna España en contubernio con los comunistas, conmemoró ayer el aniversario de la muerte de Antonio Machado diciendo que “hoy” su país le honra como merece.

Su partido, el PSOE, escribe que “la obra de Antonio Machado pasa al dominio público ochenta años después de su muerte”.

Leyendo lo que dice esta tropa de indigentes intelectuales pareciera que han tenido que llegar ellos para descubrirnos a Machado.

Sucede, empero que poseo un ejemplar de sus Poesías completas publicado en Madrid por Espasa-Calpe en 1941 y que, con el título de El poeta rescatado, prologa Dionisio Ridruejo.

Lo transcribo íntegro para que estos necios entiendan que en la España de Franco ya lo valorábamos y lo queríamos:

Por cuatro razones normales puede un escritor prologar un libro: primera, por interés o capricho de su autor; segunda, por competencia profesional, por su notoria cualidad de crítico o docto en la materia; tercera, por designio de protección, lo cual supone la superioridad consagrada de quien lo escribe y la necesitada humildad u oscuridad de quien lo utiliza, y, por último, por respeto, por ternura, por necesidad o deseo de elogio u homenaje, como el discípulo para con el maestro.

Desde mi posición literaria –que es la que se ejerce al escribir algo– es más que evidente que yo no tengo, no puedo tener para escribir este prólogo otro título que el último de los señalados, y ciertamente no me faltan razones de amor, de ternura, de admiración ni de secuacidad para hacerlo.

De niño conocí a Antonio Machado. Tenía yo diez años y él era catedrático en el Instituto de Segovia, adonde yo acababa de llegar. De leer en sus versos el nombre de Soria –tierra de mi sangre– me había nacido una espontánea afición por él y un orgullo pueril, de parentesco. Asombraba risueñamente a los niños su aspecto distraído, desaliñado, torpón, casi sucio; su bondadoso mirar, sus grandes botas estrafalarias. A mí me producía una melancolía emocionada y una especie de ternísimo estupor. Me dio un Sobresaliente en Gramática, casi sin hacerme caso en el examen, y le tuve rencor un poco de tiempo. Luego –a mis 15 años– comencé a gustar su poesía, y en un pequeño libro que publiqué a los veinte es potentísima su influencia. Ningún otro poeta contemporáneo ha entrado en mí más honda ni, por lo tanto, ha podido salir más patentemente en mí. Por otra parte, he creído, y creo, que de Rubén acá no hay poeta español que se aproxime a su perfección, a su autenticidad y a su hondura. Lo cual es casi como decir –con muy pocas reservas– que le creo el poeta más grande de España desde el vencimiento del siglo XVII hasta la fecha.

Pero aunque esta razón de mi ternura, de mi preferencia, de mi devoción debiera ser la que justificase este prólogo, me es forzoso declarar que no es ésta la razón por la que lo escribo. Probablemente no habría editor serio que la estimara suficiente. La razón por la cual yo escribo este prólogo no es una razón normal, no es una de las razones enumeradas; es otra más triste y que hemos de afrontar como se debe: cruda, sincera, directamente.

Yo no escribo este prólogo como poeta joven para el libro de un maestro muy amado. Yo escribo este prólogo como escritor falangista con jerarquía de Gobierno para el libro de un poeta que sirvió frente a mí, en el campo contrario, y que tuvo la desdicha de morir sin poderlo escribir por sí mismo.

***

El 18 de julio España se vio partida, geográfica y políticamente, en dos mitades incomunicables y combatientes. Desde tiempo atrás, sobre el vago deseo de justicia, sobre la vaga y justa desazón reivindicadora de las masas pobres, se había instalado en la política y en el Poder una minoría rencorosa, abyecta, desarraigada, cuyo designio último puede explicarse por la patología o por el oro, pero cuya operación visible, inminente, era nada menos que el arrasamiento de toda vida espiritual, el descuartizamiento territorial y moral de España y la venta de sus residuos a la primera ambición cotizante. A punto de consumarse irreparablemente, para siglos, la tradición, se alzó frente a ella una verdadera, correcta y limpia violencia nacional respaldada, moral y políticamente, por quienes ya habían ofrecido a España la oportunidad, serenamente revolucionaria, de lograr la síntesis de sus aspiraciones discordes, juntando el interés del pueblo, el los valores morales y el trascendente de la misma España. La resistencia terca, sostenida a golpe de crimen por los que gobernaban, hizo necesaria aquella división tremenda y a su asoladora. Las fuerzas netas de los que resistían no eran muchas en comparación con las que aportaban los atacantes, cuyo enraizamiento popular era patente y fue después probado por el triunfo. Hubo que allegar fuerzas por malas artes, y así se constituyó la gran población roja, la gran masa y aun algunas de las más delicadas minorías colaboradoras: por coacción. Claro es que en esto de la coacción hubo dos formas y, por lo tanto, los géneros de hombres: los sometidos por la fuerza bruta, por el miedo a represalias de todo orden, y los moralmente secuestrados por la hábil explotación de sus fibras más débiles. De aquí la apariencia polifacética de aquella política roja, tan pronto comunista por Rusia, como democrática en alquiler a las plutocracias de Europa y América, como católica frente a todos los bobos ojitiernos del grupo. A cada uno se le atrapaba a su modo, y si se contaba con la concurrencia de la senilidad, el hábito de la incomunicación y una cierta incapacidad para el entendimiento del mundo real, tanto más fácil era el negocio.

Don Antonio Machado, viejo, aunque fresco en sus facultades literarias, fue uno de estos secuestrados morales. Fue propagandista “propagandeado”. Su ingenuidad de viejo profesor desaliñado le hacía bueno para creer honradamente toda patraña, y, sin más datos ni averiguación de ellos, consideró a los de enfrente tal como los próximos él se los presentaban y a ellos mismos tal como en el plácido aislamiento quisieron presentarse.

Para todo se contó con la fidelidad del pobre don Antonio a sus antiguos y sencillos sentimientos políticos, y digo sentimientos y no ideas porque don Antonio ideas políticas no tenía, o las que tenía no tenían forma de tales, y siendo como era luminoso para tantas cosas, era para otras, para ésas y para lo sentencioso moral, por ejemplo –véase el “Mairena”o cualquier otra muestra–, un elegante y delicioso caos, un caos provinciano.

El poeta, a pesar de todo lo que se ha dicho, y no sin razón, de “adivino”, “anticipador”, “guía”, etc., canta generalmente el combate que tiene delante y se deja sugestionar y enamorar por la acción como nadie. Y la batalla del tiempo de don Antonio fue la de las libertades y el progreso, y libertario y progresista resulto el –sin meterse a mucho examen– ya para toda la vida. Claro es que sin rencor, sin obstinación, sin “meterse en política”, sin faltar por ello –¡Dios le librara!– Ni por un momento, a las condiciones de su nativa bondad.

Evidentemente, ser esto ante el problema ideológico planteado en el 18 de julio no era estar definido en ningún bando, porque era en esta cuestión ser un anacrónico superviviente de una cuestión pasada.

Nadie podría decir, por lo tanto, que don Antonio fuese rojo, al menos si empleamos esta palabra elástica con un mínimo rigor; de que no era comunista, por ejemplo, nos consta, como nos consta que no era “fascista”. En él había elementos por los que unos y otros podían tirar del hilo, y, sacando el ovillo, llevárselo a su campo, y nada más. La fatalidad quiso que el hilo quedase geográficamente al alcance de la mano del enemigo y que el gran poeta pasase así a ser un elemento más de ataque, una pieza más de confusión.

Si todo esto no se probará por hechos, habría una prueba más fuerte aún: la prueba de su misma conciencia, definida poéticamente:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero la fuente brota de manantial sereno,
y más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Y así, en efecto, era: jacobino por “gotas de sangre”, por atavismo casi inconsciente, por el tiempo, por los amigos de la juventud, por los primeros maestros, por la desilusión del 98, por el asco a la España heredada y envilecida, por el decoro externo y la pedantería seductora de las instituciones izquierdistas. Por todo lo que puede arrebatar a un alma ingenua y en duda una vez y sujetarla para siempre con el lazo de su propio descuido.

De fuente serena, porque serena fue, en la amarga misantropía sin resentimiento, esta vida triste, cenicienta, con lágrimas y sequedades sobre la delicadeza del genio.

Ignorante de su doctrina, porque ¿cómo puede pensar en ella un abismado, un ausente, un desencantado, un errante, un solitario, un absorto, un alma de Dios?

Y bueno, bueno, bueno en el buen sentido y en todos los sentidos, y si algo malo hubo, absolvámolo de todo corazón y echémoslo –como me contaba Cossío que decía Jarnés– sobre la conciencia “al pelmazo de Juan de Mairena” y no al bueno y entrañable y triste don Antonio.

En fin, no debió serlo, pero fue un enemigo. Esta concesión es preciso dejarla hecha con crudeza en este prólogo. En el reparto de las dos Españas, a él, por A o por B, le tocó estar en frente, y en periódicos, revistas, folletos y conferencia sirvió las consignas de aquella torpe guerra.

No hemos querido mitigar este hecho, ni aún la existencia de las raíces que de él haya en toda su vida. Nos parecería una hipocresía estúpida, una puerilidad de avestruz. Ahí están los pocos versos, que pueden ser un antecedente, ¡tan inocentes, sin embargo! Pero no está de más señalar que esos versos son sus peores versos y que es legítimo pensar de un poeta que no debe ser definido por los peores versos por por los más ocasionales, extemporáneos y vanos. Ahí está la elegía a Giner con su bobada progresista “Yunques, sonad; enmudeced, campanas”, y aún el elogio a Ortega –incomprensible e inadecuado– el que se desea que Felipe II se levante “y bendiga la prole de Lutero”.

Ahora bien; basta hojear las páginas de este libro para asegurarse que, pese a todo –incluso a esos banales antecedentes– nosotros no podemos resignarnos a tener a Machado en un concepto de poeta nefando, prohibido y enemigo. Por el contrario, queremos y debemos proclamarlo –cara a la eternidad de su obra y de la vida de España– como gran poeta de España, como gran poeta “nuestro”.

Y esto no es ciertamente una decisión generosa –y menos egoísta– de las horas póstumas para él, serenas para nosotros. En la misma guerra, mientras él escribía sus artículos o sus versos contra nuestra Causa, nosotros, obstinadamente, le hemos querido, le hemos considerado –con la medida de lo eterno– nuestro y sólo nuestro, porque nuestra –de nuestra Causa– era España y sólo de España podía ser el poeta que tan tiernamente descubrió –por primera vez en verso castellano– su geografía y su paisaje real y que cantó su angustia y su náusea, su alma elevada, trascendente, amorosa y desnudamente severa.

Cuando las revistas y los folletos llegaban a nuestras manos, haya, en Burgos, nos esforzaba ambos –y no pocas veces con harta razón– por encontrar nuestro y no rojo su mundo conceptual, los propios argumentos y tesis con que a los rojos creía servir. Recuerdo haber saltado de gozo una vez, con otros falangistas, al descubrir un artículo que era –hacen el vocabulario y el estilo– del todo atribuible a nuestra fuente más pura.

“Hay que rescatarlo”, decíamos, y lo decíamos con emoción y dolor. Y así hubiera sido –y por entero– de vivir. Y ya que ha muerto, quedémonos, al menos, el consuelo de rescatar lo que más enteramente –por lo menos temporal y tocado de circunstancias– era patrimonio de España: esta su obra poética, que, con sus toques de error propios del tiempo –en lo conceptual y sentencioso–, es –incluso en lo más increpatorio y directo frente a España– tal nuestra, tan de nuestro gusto –y, de otra parte, la eternamente poética–, tan magistral, henchida y eterna.

Había que rescatarlo, y rescatada está su obra, porque –aún no siendo tales todas sus circunstancias– cumplíamos con desearlo y hacerlo con un precepto de fidelidad a la propia Causa, que no por otra cosa hemos combatido que por conciliar en unidad toda la dispersión española y por poner todo lo español –éste, con todo su rigor, es el límite– al servicio de un solo destino universal, de una sola poesía y de una sola historia.

***

Murió don Antonio en tierra de Francia. Quienes tanto ruido y alharaca armaron en defensa de la “cultura occidental democrática” contra España, no supieron rodear la muerte de este hombre del consuelo y del honor que merecía. Murió allí ignorado, en soledad y desatendido –después de estar en un campo de concentración–, el único fragmento verdadero de “cultura universal” de que los enemigos habían dispuesto, el único que por los puertos pirenaicos recibió aquella Francia a quien Dios perdone, ya que los hombres le han dado su castigo.

“Aborto, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos del mar”, despojado de sus anécdotas, de sus circunstancias, ¿qué visiones poblaron el tránsito del hombre?

¿Qué infantiles Sevillas? ¿Qué Sorias traspasadas de espíritu, el corazón bajo la tierra? ¿Qué Moncayos, Urbiones, Aznaitines y Maginas gloriosamente coronadas?

Con su muerte moría la melancolía de España. La melancolía que pudo llevar a España y le llevó a él al error y a la muerte. Con su muerte, o con su vida, nacía la otra España clara, la que va a merecer el alma de su verso como la fortaleza merece la caricia. La España que él quizá vio y entendió en esa hora grave y ligera, espesa y luminosa, cuando él dormía el sueño no contado y Dios “estaba despierto”.

Dionisio Ridruejo
Madrid, octubre 1940.

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 febrero, 2020 at 13:40

Epitafio

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Mis poemas
 
 
Epitafio

 

Quisiera que mis carnes reposaran,
entre gótica y barroca, en una catedral,
bajo de arcos fajones y formeros,
cerca del coro, mirando hacia el altar,
donde la epístola se abre en el crucero.

Que en una piedra del suelo,
de mi vida pecadora el cuento,
resumiese labrada una leyenda
latina, por que no se entienda―
que con un hic iacet comenzara
y que acabara pidiendo:
animam suam miserere, Deo.

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega, vs. 1995.

 

 

Nota: Este Epitafio, como el Soneto al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, lo escribí inspirado en lecturas relacionadas con la arquitectura cristiana que tenía por aquel entonces, concretamente Ciudad Rodrigo, la Catedral y la Ciudad de don Mateo Hernández Vegas y la Historia de la fundación del Monasterio de El Escorial, de fray José de Sigüenza, lecturas que luego se concretaron en la digitalización completa de éste y en la del primer tomo de aquél y que están disponibles en los vínculos que van debajo.

Vínculos:

Ciudad Rodrigo, la Catedral y la Ciudad. Mateo Hernández Vegas.
Historia de la fundación del monasterio de El Escorial, tomos I y II. Fray José de Sigüenza.
Volver a Mis Poemas. Conceptos esparcidos.

© del poema y de las ediciones digitales de los textos que se mencionan Carlos Muñoz-Caravaca Ortega.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 marzo, 2015 at 19:54

Publicado en Mis poemas, Poesía

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Mis poemas: Retrato.

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condesa de vilches 1 copia 2

A la Condesa de Vilches en el cuadro de Madrazo.

Complacida, feliz y muy hermosa,
dando por de contada su belleza,
la condesa adelanta la cabeza
y, divertida, a su retrato posa.

Sobre la mano que en el rostro para,
ligero el cuerpo, apenas se reclina
mientras el rosa leve le carmina
la boca breve, la adorable cara,
y esboza el continente delicado
leve sonrisa que el labio apenas mueve.

Evocan el fin del siglo diecinueve
el artificio vetusto del peinado
y el vestido azul con alamares
que llena la butaca de caoba;
inquietan la penumbra de la alcoba
desnudo el hombro y el cuello sin collares.

De terciopelo dobla y cae al suelo
olvidado el mantón tras de la espalda.
Un abanico nace que, del halda,
conduce el brazo distraído, sobre el vuelo.

Todo frescura y alegría en ella, 
y tan difícil a su mirar huirle,
impele al alma mirándola decirle:
lleváis razón, señora, sois muy bella.

***

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega, vs. 1995.

Nota: No puedo precisar la fecha en la que escribí este poema. Calculo que sería hacia la mitad de la década de los noventa. Lo publiqué por primera vez en 1997 en el número IX de la revista Milenio, Gaceta cultural del Círculo de Amigos de la Poesía de Valencia, y lo publico aquí con las mínimas correcciones, tanto del original en sí que, al releerlo, me han parecido oportunas, como de las erratas con las que apareció en aquella publicación.

Como anécdota, referiré que hará unos diez años, y figurándome, por motivos que no hacen al caso, que esta pintura se hallaba en el Museo de El Prado, me pasé horas y horas buscándola en él sin encontrarla hasta que, al final, ya cansado, pregunté a no sé quién que me dijo que no estaba mismamente allí, sino en el Casón del Buen Retiro, casón que a la sazón se hallaba en obras de reforma y no se podía visitar. Ignoro dónde para ahora la pintura.

Vínculos:

Amalia de Llano, condesa de Vilches. Wikipedia.
Volver a Mis Poemas. Conceptos esparcidos.

© del poema, Carlos Muñoz-Caravaca Ortega.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

3 febrero, 2014 at 16:48

Gutierre de Cetina: Como la simplecilla mariposa… (soneto)

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Como la simplecilla mariposa
a torno de la luz de una candela
de pura enamorada se desvela,
ni se sabe partir, ni llegar osa;

vase, vuelve, anda y torna y no reposa,
y de amor y temor junto arde y hiela,
tanto que al fin las alas con que vuela
se abrasan con la vida trabajosa.

Así, mísero yo, de enamorado,
a torno de la luz de vuestros ojos
vengo, voy, torno y vuelvo y no me alejo;

mas es tan diferente mi cuidado
que, en medio del dolor de mis enojos,
ni me acaba el ardor, ni de arder dejo.

Gutierre de Cetina.

 

Nota: Gutierre de Cetina, el conocido autor del soneto que comienza:

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados…

es, también, el autor, entre otros muchos, de éste que presento hoy en Flor de Pretericiones y que se inspira en el de Petrarca:

Come tal ora al caldo tempo sòle
semplicetta farfalla al lume avezza
volar ne gli occhi altrui per sua vaghezza,
onde aven ch’ella more, altri si dole;

cosí sempre io corro al fatal mio sole
degli occhi, onde mi ven tanta dolcezza
che’l fen de la ragione Amor non prezza
e chi discerne è vinto da chi vòle.

E veggio ben quant’elli a shivo m’hanno,
e so ch’i’ne morrò veracemente
ché mia vertú non po contra l’affanno:

ma sí m’abbaglia Amor soavemente,
ch’i’piango l’altrui noia e no’l mio danno,
e, cieca, al suo morir  l’alma consente.

Introductor del soneto en la literatura castellana junto a Íñigo López de Mendoza, Garcilaso, Boscán, Diego de Mendoza y Hernando de Acuña, sus Sonetos y madrigales completos existen en edición moderna de Begoña López Bueno en la colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra.

Vínculos:

Gutierre de Cetina. Wikipedia.
Obras de Gutierre de Cetina. Biblioteca Digital Hispánica. Biblioteca Nacional. (No se incluyen en ella ni los sonetos ni los madrigales).
Volver a Flor de Pretericiones. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

30 septiembre, 2013 at 17:31

La Canción de la Carne

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La Canción de la Carne

Para Francisco Villaespesa

Las moradas sombras de la tarde muerta
por el hondo valle, lentas resonaban…;
la selva sombría
se quedó en silencio, triste y solitaria…
C
ortando con lumbre las siluetas largas, largas y espectrales
de los negros árboles,
asomó la Luna por el alto monte su faz tersa y pálida…

Un suspiro lúbrico
estremeció el bosque triste y solitario…
R
esonaron luego frescas carcajadas…,
y, entre los ramajes de hojas cristalinas,
surgieron desnudas, radiantes y blancas,
hermosas bacantes
que, al beso plateado de la Luna tersa, de la Luna pálida,
parecían vivientes estatuas de nieve;
parecían estatuas
de marmóreos pechos, de muslos pentélicos,
de espaldas turgentes, ebúrneas y albas…

Se enlazaron todas en abrazo ardiente
y, al compás sonoro de sus carcajadas,
en un loco vértigo febril e incitante
giraron lascivas en lasciva danza…

Cesó el torbellino…
Una blonda niña de pupilas verdes y cabellos de oro,
de incipientes pechos y caderas lánguidas,
balanceando el cuerpo con ondulaciones tiernas, voluptuosas,
entornado triste los húmedos ojos,
alzó una canturia de cadencias báquicas…

Todas las bacantes,
balanceando el cuerpo con ondulaciones tiernas, voluptüosas,
entornando tristes los húmedos ojos,
con suspiros hondos la canturia báquica de la rubia niña, locas corëaban…

Cantaba la niña:

«La Carne es sublime, ― la Carne es sublime:
la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana…
Son sus esplendores
soles febricientes
que alumbran la Senda,
la angustiosa Senda
de los Sufrimientos y de las Desgracias…
En las largas Horas,
en las largas Horas de recuerdos fríos y horribles Nostalgias,
en que el pobre mártir,
en que el pobre esclavo consume las hieles de la Lucha amarga;
cuando los Desprecios, las Ingratitudes, los Amores falsos,
desbordan el rojo Lago de las lágrimas;
cuando los Pesares
destrozan el Alma,
la Carne es un dulce consuelo, en un bálsamo
que, con sus turgencias, con sus morbideces y con sus fragancias,
en espasmos rientes,
trae un noble olvido de la triste Alma;
trae un goce al cuerpo
y bebe la sangre, y la herida cierra, y enjuga las lágrimas…»

«La Carne es sublime:
la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana…
El día más grande de la Vida lúgubre,
es el día rojo de la Desposada,
de la pura virgen
que en delirios locos gozará una dicha lujuriosa y lánguida…:
el Placer ignoto
que, entre el blanco velo y los azahares ve la virgen cándida,
es una Diadema de áureos resplandores
que ciñe la frente de los Sufrimientos y de las Desgracias…;
cuando el noble amado,
la cerrada verja del jardín de goces abre enardecido,
cuando el noble amado la helada inocencia de la virgen rasga,
una Aurora ríe en los cielos verdes de las Ilusiones,
y es la Vida un Sueño de hermosas visiones enloquecedoras;
la Vida es dichosa, la Vida sonríe, suspira la Vida y la Vida canta…»

«En aquel Ensueño
de la niña ardiente,
de la niña ardiente que siente en sus venas la sangre inflamada:
en aquel Ensueño que lleva en sus brumas
brazos amorosos y lechos nupciales y fusión hirviente de cuerpos y almas,
la Carne es el ángel
que bate sus alas…»

«La Carne es la gloria;
la Carne es el cielo de las Esperanzas;
aumenta alegrías;
endulza nostalgias,
y hace que se olviden los negros Pesares,
y hace que no duela la Espina del Alma…
Como a única reina, ciñámosle alegres,
de flores y risas y aromas y cantos, eternal guirnalda…
Löor a la Carne,
que al arder mitiga los cruentos martirios de la Vida humana…»

Se calló la niña.
Tejió una corona de myrthos y rosas y lirios y palmas,
y ciñó su frente
y adornó sus pechos y adornó su vientre y adornó sus piernas y adornó su espalda…

…Las locas bacantes
se enlazaron todas en abrazo ardiente
y, al compás sonoro de sus carcajadas,
en un raudo vértigo febril e incitante,
giraron lascivas en lasciva danza…;
y entre los ramajes de hojas cristalinas
huyeron desnudas, radiantes y blancas…

Y, entre los ramajes de hojas cristalinas,
al beso plateado de la Luna tersa, a veces brillaban
cual estatuas níveas…
hasta que en la agreste selva se perdieron…
y la selva agreste se quedó, de nuevo, muda y solitaria…

Sólo allá, a lo lejos… muy lejos… muy lejos…,
débiles sonaban
quejas ardorosas, intensos suspiros, sollozos extraños,
frescas carcajadas.

Y, de vez en cuando,
venía en las brisas la voz de la niña
que alzaba, embriagada, la canturia hermosa de cadencias báquicas…

…De pronto, cruzaron los Espacios mudos,
de lúgubres cuervos lúgubres bandadas,
que con fugaz vuelo
graznando seguían a tierna paloma cuyas plumas blancas
de gotas de sangre
iban salpicadas…

Juan Ramón Jiménez.

Nota: Si en la entrada anterior de esta Flor de Pretericiones gozamos de la experiencia mística gracias al soneto A Jesús Crucificado de Rafael Sánchez Mazas, con esta Canción de la Carne del delicadísimo autor de Platero y yo descendemos al tratamiento del goce carnal por parte de la poesía.

Cosa difícil. Más difícil de lo que pudiera parecer a simple vista. No cabe ninguna duda de que el sentimiento amoroso es uno de los principales estros de la poesía y el principal de la lírica, como tampoco la cabe de que ha inspirado infinidad de obras sublimes en cualquier literatura, desde luego en la nuestra, de las que renuncio aquí a dar ejemplos por lo infinito de la labor.

Digo, sin embargo, que es cosa difícil: lo es para la poesía moderna desnortada por el error general en el que cae el arte moderno que centra toda su atención en la persona del artista y en su sentimiento y prescinde del todo de la forma, del cuidado del metro, de sus acentos, de la estrofa, de la belleza y ornato de la rima, de ingredientes tan substanciales a la poesía como son los tropos y, muy en especial, de la metáfora y de la alegoría, de manera que cualquier niña enamorada puede plasmar su vulgar sentimiento con cuatro frases manidas y decir que escribe poesía. Nada tengo contra ello. Contra lo que me manifiesto es contra la tomadura de pelo de la industria editorial que, efectivamente, considera poesía estos desahogos y como tal los publica.

Y, si podemos hacer estas consideraciones acerca de la poesía amatoria, ¡qué no podríamos decir de la poesía erótica! ¿A quién se le escapa que asunto tan cercano a nuestra animalidad debiera exigir de la poesía un tratamiento exquisito de forma que evocara las sensaciones que pretende evocar sin caer en la chabacanería, en la fealdad, en la obscenidad y en la crudeza más descarnada? Y, sin embargo, una somera consulta en Google puede hacerles ver a ustedes los abusos que se cometen en este campo.

***

Como ejemplo de un muy buen tratamiento de este asunto escabroso presento hoy en Flor de Pretericiones La Canción de la Carne de la que no tengo noticia que se haya publicado íntegramente con anterioridad en Internet. Pertenece al libro Ninfeas, que Juan Ramón Jiménez escribió por los años de 1900 y con la que, al parecer de los críticos, se inicia en el modernismo. Lo transcribo de la edición que Javier Blasco hizo en la Editorial Cátedra, colección Letras Hispánicas, en 1987.

***

Por lo que respecta a la explicación de su origen y creación, bástenos la que el mismo poeta da en el Ofertorio que sirve de prólogo a Ninfeas:

De mi sangre se nutrieron las estrofas de estos cantos;

y, con respecto a su valor moral, recordemos solamente lo que el gran Rubén Darío escribió acerca este poema en su Historia de mis libros:

¡Cuántas veces me he refugiado en algún paraíso artificial poseído por el horror fatídico de la muerte!

***

Vínculos:

Juan Ramón Jiménez. Wikipedia.
Juan Ramón Jiménez. Biografía. Instituto Cervantes.
Juan Ramón Jimenez. Iconografía y tres poemas escogidos. Aprender español en Madrid.
Volver a Flor de Pretericiones. Conceptos esparcidos.

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Soneto de Agustín de Foxá a Celia Gámez

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Tú, que naciste en las porteñas hampas
y del amor conoces los oficios,
hermosa zorra de las anchas pampas
que enamoras marqueses pontificios.

Tú, que cantas esos tangos con ojeras
repletos de memeces argentinas,
y hablando con duquesas tortilleras
confundes las Meninas con mininas.

Los prognatas toreros que complicas
por ti se tornan en babosos toros;
vas al teatro con señoras ricas,

y estrenas obras con cretinos coros
escritas para ti por los maricas
que sueñan con los culos de los moros.

***

Hoy ya no puede importar la descortesía que el genio de Agustín de Foxá escribió a la no menos genial y muy respetable señora Celia Gámez. Lo traigo a colación, aparte de por lo chusco y ocurrente que tiene, como muestra episódica de la chispa y de la vivacidad de aquel mundillo artístico que existió hace sólo unas pocas décadas en lo estrictamente temporal pero que, en lo espiritual y atendiendo a la pobreza del páramo intelectual en el que vivimos se nos aparece a años luz de distancia. Y lo reproduzco porque estoy convencido de que Celia Gámez no pudo sentirse ofendida porque Foxá le dedicara soneto tan grosero: tuvo que comprender que se encuadraba en el género de la sátira y no en el del sarcasmo.

Debo su conocimiento a la publicación que de él hizo hace algunos años Alfonso Ussía en su columna de La Razón y su recuerdo a cierto intercambio de notas que, relativas al humor y, muy en concreto, al de Ussía, mantuve ayer con un contacto muy enriquecedor de Facebook.

Por lo que respecta a los marqueses pontificios y a las duquesas esas, ignoro a quiénes se refería Foxá. En lo que respecta a los “prognatas toreros” no puede caber ninguna duda que está refiriéndose a Juan Belmonte.

Vínculos:

Lluvia. Alfonso Ussía. La Razón.
Agustín de Foxá. Wikipedia.
Celia Gámez. Wikipedia.
Pichi (Las Leandras). Celia Gámez. Youtube.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 junio, 2013 at 9:38

Canción

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Flor de Pretericiones

 

 

José María Gabriel y Galán

 

Canción

No piense nunca el lloroso
que este cantar dolorido
es un capricho tejido
por la musa de un dichoso.
No piense que es armonioso
juego de un estro liviano;
piense que yo no profano,
ni con mentiras sonoras,
las penas desgarradoras
del corazón de un hermano.

Una canción de dolores
me piden mis padeceres,
tal como ayer mis quereres
pidieron cantos de amores;
que así como son mayores
si se cantan los contentos,
así los tristes acentos
de las trovas doloridas,
si no curan las heridas,
amansan los sufrimientos.

Mis penas son tan vulgares
como esas espinas duras
que erizan las espesuras
de todos los espinares.
Más hondas son que los mares.
Más hondas y más sombrías
que un horizonte sin días,
pues no hay abismo tan hondo
como el abismo sin fondo
de unas entrañas vacías.

Dios me las hizo de fuego…
¿Por qué no les dio dureza
si quiso su fortaleza
probar golpe a golpe luego?
¿Por qué enriqueció con riego
de sementera de amores
huerto que sabe dar flores,
si luego le manda días
de matadoras sequías
y vientos asoladores?

¡Ay! Al llegar a las puertas
de la tarde de mi vida,
voz de los cielos venida
me ha dicho: «¡Ya están abiertas!
¡Entra y sigue, y no conviertas
la mente a tiempos mejores,
que en vez de aquellos amores
de santidades pristinas
verás las desiertas ruinas
del solar de tus mayores!»

«¡Mejor es cegar, Dios mío!
¡Mejor es ir paso a paso
cayendo hacia el propio ocaso
solo, con pena y con frío!
¡Mejor es ir al vacío
que a ruinas y sepulturas!
¡Mejores son las negruras
de la noche más sombría,
que las negruras del día,
que son dos veces oscuras!»

Así, loco de dolor,
dije con vil vocecilla…
¡Esto que tengo de arcilla
fue quien lo dijo, Señor!
Pero esto que es resplandor
de Ti, venido hasta mí,
cuando tu rayo sentí
bien sabes Tú que te dijo:
«¡Señor! ¡La frente del hijo
tienes rendida ante Ti!»

Con sólo llorar mi suerte,
con sólo dejar abierta
de tal herida la puerta,
muriera de triste muerte.
Mas, hijo yo del Dios fuerte,
me he resignado a vivir,
y voy dejándome ir
sobre el polvo de la senda
caminando a media rienda
por el campo del sentir.

Porque si rindo la frente
sobre las manos crispadas;
si hacia las ruinas sagradas
dejo que vaya la mente;
si de mi llanto el torrente
dejo que anegue mi vida,
si abriese más esta herida
que en lumbre de fiebre arde,
viviera como un cobarde,
muriera como un suicida.

¡Quiero vivir! Las dulzuras
de los gozados placeres,
con hieles de padeceres
se tornan del todo puras.
Visión de mis desventuras:
¡Yo no te cierro mis ojos!
Camino de los abrojos:
¡yo no me cubro las plantas!
Cruz que mis hombros quebrantas:
¡yo te acepto sin enojos!

¡Quiero vivir! Dios es vida.
¿No veis que en vida convierte
la ancianidad que en la muerte
cayó con dulce caída?
¿No soy yo vida nacida
de vidas que a mí se dieran?
Pues vidas que en mí se unieran,
si vivo, no han de morir,
¡por eso quiero vivir,
porque mis muertos no mueran!

¡Y no morirán conmigo,
que el huerto de mis amores
está rebosando flores
que pinta Dios y yo abrigo!
¡Y atrás el cierzo enemigo
de esas mis vivas canciones,
pues son santos eslabones
de una cadena florida
para corona tejida
del Dios de las creaciones.

¡Quiero vivir! A Dios voy
y a Dios no se va muriendo;
se va al Oriente subiendo
por la breve noche de hoy.
De luz y de sombras soy
y quiero darme a las dos.
¡Quiero dejar de mí en pos
robusta y santa semilla
de esto que tengo de arcilla,
de esto que tengo de Dios!

 
***
José María Gabriel y Galán, 1905
 

Nota: Este poema lo escribió el malogrado poeta salmantino pocos días después de la muerte de su padre y pocos, también, antes de la suya propia.

Los pensamientos de la poesía de Gabriel y Galán, como se ha notado, son vulgares; su originalidad no depende de lo que en ella se dice sino de cómo lo dice a la manera propia suya con la que presenta su idea: una de las cualidades del verdadero poeta es atinar a dar con la fórmula artística para expresar lo que todos los hombres pensamos y sentimos. La inspiración de Gabriel y Galán no nace del espíritu enfermizo del arte moderno —esto es lo que viene a decir en la primera décima de esta canción: “no piense que es armonioso – estro de un juego livianosino que, nacida de las eternas inquietudes del alma humana, arraigada en la dureza y en la belleza de la tierra salmantina en la que hunde su nacimiento, se nutre, casi exclusivamente, de las lecturas de nuestros escritores clásicos, se realiza con su lección y se lustra con ellas sin hacer caso de novedades extravagantes.

Nada más vulgar que el pensamiento de “todo pasa; todo se desvanece”. Nada más vulgar que la inquietud del hombre ante la muerte. Y, sin embargo, este pensamiento vulgar, que alcanzó a formularlo Jorge Manrique de manera sublime y con belleza imperecedera, nos lo presenta aquí José María Gabriel y Galán en esta bellísima Canción que, por olvidada, incluyo hoy en mi Flor de Pretericiones.

Vínculos:

José María Gabriel y Galán. Wikipedia.
José María Gabriel y Galán. Wikisource.
Juicios críticos y elogios.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

29 enero, 2013 at 11:16