Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for the ‘Literatura y crítica literaria’ Category

Antonio Machado visto por Ridruejo

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Pedro Sánchez, el cerdo socialista –sin perdón, así los representó Orwellque hoy gobierna España en contubernio con los comunistas, conmemoró ayer el aniversario de la muerte de Antonio Machado diciendo que “hoy” su país le honra como merece.

Su partido, el PSOE, escribe que “la obra de Antonio Machado pasa al dominio público ochenta años después de su muerte”.

Leyendo lo que dice esta tropa de indigentes intelectuales pareciera que han tenido que llegar ellos para descubrirnos a Machado.

Sucede, empero que poseo un ejemplar de sus Poesías completas publicado en Madrid por Espasa-Calpe en 1941 y que, con el título de El poeta rescatado, prologa Dionisio Ridruejo.

Lo transcribo íntegro para que estos necios entiendan que en la España de Franco ya lo valorábamos y lo queríamos:

Por cuatro razones normales puede un escritor prologar un libro: primera, por interés o capricho de su autor; segunda, por competencia profesional, por su notoria cualidad de crítico o docto en la materia; tercera, por designio de protección, lo cual supone la superioridad consagrada de quien lo escribe y la necesitada humildad u oscuridad de quien lo utiliza, y, por último, por respeto, por ternura, por necesidad o deseo de elogio u homenaje, como el discípulo para con el maestro.

Desde mi posición literaria –que es la que se ejerce al escribir algo– es más que evidente que yo no tengo, no puedo tener para escribir este prólogo otro título que el último de los señalados, y ciertamente no me faltan razones de amor, de ternura, de admiración ni de secuacidad para hacerlo.

De niño conocí a Antonio Machado. Tenía yo diez años y él era catedrático en el Instituto de Segovia, adonde yo acababa de llegar. De leer en sus versos el nombre de Soria –tierra de mi sangre– me había nacido una espontánea afición por él y un orgullo pueril, de parentesco. Asombraba risueñamente a los niños su aspecto distraído, desaliñado, torpón, casi sucio; su bondadoso mirar, sus grandes botas estrafalarias. A mí me producía una melancolía emocionada y una especie de ternísimo estupor. Me dio un Sobresaliente en Gramática, casi sin hacerme caso en el examen, y le tuve rencor un poco de tiempo. Luego –a mis 15 años– comencé a gustar su poesía, y en un pequeño libro que publiqué a los veinte es potentísima su influencia. Ningún otro poeta contemporáneo ha entrado en mí más honda ni, por lo tanto, ha podido salir más patentemente en mí. Por otra parte, he creído, y creo, que de Rubén acá no hay poeta español que se aproxime a su perfección, a su autenticidad y a su hondura. Lo cual es casi como decir –con muy pocas reservas– que le creo el poeta más grande de España desde el vencimiento del siglo XVII hasta la fecha.

Pero aunque esta razón de mi ternura, de mi preferencia, de mi devoción debiera ser la que justificase este prólogo, me es forzoso declarar que no es ésta la razón por la que lo escribo. Probablemente no habría editor serio que la estimara suficiente. La razón por la cual yo escribo este prólogo no es una razón normal, no es una de las razones enumeradas; es otra más triste y que hemos de afrontar como se debe: cruda, sincera, directamente.

Yo no escribo este prólogo como poeta joven para el libro de un maestro muy amado. Yo escribo este prólogo como escritor falangista con jerarquía de Gobierno para el libro de un poeta que sirvió frente a mí, en el campo contrario, y que tuvo la desdicha de morir sin poderlo escribir por sí mismo.

***

El 18 de julio España se vio partida, geográfica y políticamente, en dos mitades incomunicables y combatientes. Desde tiempo atrás, sobre el vago deseo de justicia, sobre la vaga y justa desazón reivindicadora de las masas pobres, se había instalado en la política y en el Poder una minoría rencorosa, abyecta, desarraigada, cuyo designio último puede explicarse por la patología o por el oro, pero cuya operación visible, inminente, era nada menos que el arrasamiento de toda vida espiritual, el descuartizamiento territorial y moral de España y la venta de sus residuos a la primera ambición cotizante. A punto de consumarse irreparablemente, para siglos, la tradición, se alzó frente a ella una verdadera, correcta y limpia violencia nacional respaldada, moral y políticamente, por quienes ya habían ofrecido a España la oportunidad, serenamente revolucionaria, de lograr la síntesis de sus aspiraciones discordes, juntando el interés del pueblo, el los valores morales y el trascendente de la misma España. La resistencia terca, sostenida a golpe de crimen por los que gobernaban, hizo necesaria aquella división tremenda y a su asoladora. Las fuerzas netas de los que resistían no eran muchas en comparación con las que aportaban los atacantes, cuyo enraizamiento popular era patente y fue después probado por el triunfo. Hubo que allegar fuerzas por malas artes, y así se constituyó la gran población roja, la gran masa y aun algunas de las más delicadas minorías colaboradoras: por coacción. Claro es que en esto de la coacción hubo dos formas y, por lo tanto, los géneros de hombres: los sometidos por la fuerza bruta, por el miedo a represalias de todo orden, y los moralmente secuestrados por la hábil explotación de sus fibras más débiles. De aquí la apariencia polifacética de aquella política roja, tan pronto comunista por Rusia, como democrática en alquiler a las plutocracias de Europa y América, como católica frente a todos los bobos ojitiernos del grupo. A cada uno se le atrapaba a su modo, y si se contaba con la concurrencia de la senilidad, el hábito de la incomunicación y una cierta incapacidad para el entendimiento del mundo real, tanto más fácil era el negocio.

Don Antonio Machado, viejo, aunque fresco en sus facultades literarias, fue uno de estos secuestrados morales. Fue propagandista “propagandeado”. Su ingenuidad de viejo profesor desaliñado le hacía bueno para creer honradamente toda patraña, y, sin más datos ni averiguación de ellos, consideró a los de enfrente tal como los próximos él se los presentaban y a ellos mismos tal como en el plácido aislamiento quisieron presentarse.

Para todo se contó con la fidelidad del pobre don Antonio a sus antiguos y sencillos sentimientos políticos, y digo sentimientos y no ideas porque don Antonio ideas políticas no tenía, o las que tenía no tenían forma de tales, y siendo como era luminoso para tantas cosas, era para otras, para ésas y para lo sentencioso moral, por ejemplo –véase el “Mairena”o cualquier otra muestra–, un elegante y delicioso caos, un caos provinciano.

El poeta, a pesar de todo lo que se ha dicho, y no sin razón, de “adivino”, “anticipador”, “guía”, etc., canta generalmente el combate que tiene delante y se deja sugestionar y enamorar por la acción como nadie. Y la batalla del tiempo de don Antonio fue la de las libertades y el progreso, y libertario y progresista resulto el –sin meterse a mucho examen– ya para toda la vida. Claro es que sin rencor, sin obstinación, sin “meterse en política”, sin faltar por ello –¡Dios le librara!– Ni por un momento, a las condiciones de su nativa bondad.

Evidentemente, ser esto ante el problema ideológico planteado en el 18 de julio no era estar definido en ningún bando, porque era en esta cuestión ser un anacrónico superviviente de una cuestión pasada.

Nadie podría decir, por lo tanto, que don Antonio fuese rojo, al menos si empleamos esta palabra elástica con un mínimo rigor; de que no era comunista, por ejemplo, nos consta, como nos consta que no era “fascista”. En él había elementos por los que unos y otros podían tirar del hilo, y, sacando el ovillo, llevárselo a su campo, y nada más. La fatalidad quiso que el hilo quedase geográficamente al alcance de la mano del enemigo y que el gran poeta pasase así a ser un elemento más de ataque, una pieza más de confusión.

Si todo esto no se probará por hechos, habría una prueba más fuerte aún: la prueba de su misma conciencia, definida poéticamente:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero la fuente brota de manantial sereno,
y más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Y así, en efecto, era: jacobino por “gotas de sangre”, por atavismo casi inconsciente, por el tiempo, por los amigos de la juventud, por los primeros maestros, por la desilusión del 98, por el asco a la España heredada y envilecida, por el decoro externo y la pedantería seductora de las instituciones izquierdistas. Por todo lo que puede arrebatar a un alma ingenua y en duda una vez y sujetarla para siempre con el lazo de su propio descuido.

De fuente serena, porque serena fue, en la amarga misantropía sin resentimiento, esta vida triste, cenicienta, con lágrimas y sequedades sobre la delicadeza del genio.

Ignorante de su doctrina, porque ¿cómo puede pensar en ella un abismado, un ausente, un desencantado, un errante, un solitario, un absorto, un alma de Dios?

Y bueno, bueno, bueno en el buen sentido y en todos los sentidos, y si algo malo hubo, absolvámolo de todo corazón y echémoslo –como me contaba Cossío que decía Jarnés– sobre la conciencia “al pelmazo de Juan de Mairena” y no al bueno y entrañable y triste don Antonio.

En fin, no debió serlo, pero fue un enemigo. Esta concesión es preciso dejarla hecha con crudeza en este prólogo. En el reparto de las dos Españas, a él, por A o por B, le tocó estar en frente, y en periódicos, revistas, folletos y conferencia sirvió las consignas de aquella torpe guerra.

No hemos querido mitigar este hecho, ni aún la existencia de las raíces que de él haya en toda su vida. Nos parecería una hipocresía estúpida, una puerilidad de avestruz. Ahí están los pocos versos, que pueden ser un antecedente, ¡tan inocentes, sin embargo! Pero no está de más señalar que esos versos son sus peores versos y que es legítimo pensar de un poeta que no debe ser definido por los peores versos por por los más ocasionales, extemporáneos y vanos. Ahí está la elegía a Giner con su bobada progresista “Yunques, sonad; enmudeced, campanas”, y aún el elogio a Ortega –incomprensible e inadecuado– el que se desea que Felipe II se levante “y bendiga la prole de Lutero”.

Ahora bien; basta hojear las páginas de este libro para asegurarse que, pese a todo –incluso a esos banales antecedentes– nosotros no podemos resignarnos a tener a Machado en un concepto de poeta nefando, prohibido y enemigo. Por el contrario, queremos y debemos proclamarlo –cara a la eternidad de su obra y de la vida de España– como gran poeta de España, como gran poeta “nuestro”.

Y esto no es ciertamente una decisión generosa –y menos egoísta– de las horas póstumas para él, serenas para nosotros. En la misma guerra, mientras él escribía sus artículos o sus versos contra nuestra Causa, nosotros, obstinadamente, le hemos querido, le hemos considerado –con la medida de lo eterno– nuestro y sólo nuestro, porque nuestra –de nuestra Causa– era España y sólo de España podía ser el poeta que tan tiernamente descubrió –por primera vez en verso castellano– su geografía y su paisaje real y que cantó su angustia y su náusea, su alma elevada, trascendente, amorosa y desnudamente severa.

Cuando las revistas y los folletos llegaban a nuestras manos, haya, en Burgos, nos esforzaba ambos –y no pocas veces con harta razón– por encontrar nuestro y no rojo su mundo conceptual, los propios argumentos y tesis con que a los rojos creía servir. Recuerdo haber saltado de gozo una vez, con otros falangistas, al descubrir un artículo que era –hacen el vocabulario y el estilo– del todo atribuible a nuestra fuente más pura.

“Hay que rescatarlo”, decíamos, y lo decíamos con emoción y dolor. Y así hubiera sido –y por entero– de vivir. Y ya que ha muerto, quedémonos, al menos, el consuelo de rescatar lo que más enteramente –por lo menos temporal y tocado de circunstancias– era patrimonio de España: esta su obra poética, que, con sus toques de error propios del tiempo –en lo conceptual y sentencioso–, es –incluso en lo más increpatorio y directo frente a España– tal nuestra, tan de nuestro gusto –y, de otra parte, la eternamente poética–, tan magistral, henchida y eterna.

Había que rescatarlo, y rescatada está su obra, porque –aún no siendo tales todas sus circunstancias– cumplíamos con desearlo y hacerlo con un precepto de fidelidad a la propia Causa, que no por otra cosa hemos combatido que por conciliar en unidad toda la dispersión española y por poner todo lo español –éste, con todo su rigor, es el límite– al servicio de un solo destino universal, de una sola poesía y de una sola historia.

***

Murió don Antonio en tierra de Francia. Quienes tanto ruido y alharaca armaron en defensa de la “cultura occidental democrática” contra España, no supieron rodear la muerte de este hombre del consuelo y del honor que merecía. Murió allí ignorado, en soledad y desatendido –después de estar en un campo de concentración–, el único fragmento verdadero de “cultura universal” de que los enemigos habían dispuesto, el único que por los puertos pirenaicos recibió aquella Francia a quien Dios perdone, ya que los hombres le han dado su castigo.

“Aborto, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos del mar”, despojado de sus anécdotas, de sus circunstancias, ¿qué visiones poblaron el tránsito del hombre?

¿Qué infantiles Sevillas? ¿Qué Sorias traspasadas de espíritu, el corazón bajo la tierra? ¿Qué Moncayos, Urbiones, Aznaitines y Maginas gloriosamente coronadas?

Con su muerte moría la melancolía de España. La melancolía que pudo llevar a España y le llevó a él al error y a la muerte. Con su muerte, o con su vida, nacía la otra España clara, la que va a merecer el alma de su verso como la fortaleza merece la caricia. La España que él quizá vio y entendió en esa hora grave y ligera, espesa y luminosa, cuando él dormía el sueño no contado y Dios “estaba despierto”.

Dionisio Ridruejo
Madrid, octubre 1940.

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 febrero, 2020 at 13:40

Sermón con avemaría

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Quan dilecta tabernacula tua, Domine.
Psalmi penitentiali, LXXXIII.


Acceso a la edición en formato pdf

Tu texto alternativo 

Desternillante y preciosa obrita jocosa escrita por José Serred Mestre (1875-1933) y editada en Valencia en 1902.

Hijo de esta ciudad, fue autor de numerosas obras humorísticas entre las que destaca y ha llegado de manera muy principal a nuestro tiempo este Sermón en el que un entrañable cura rural intenta adoctrinar a sus parroquianos ―vecinos, por lo que se desprende del texto, de algún pueblecito vecino de la capital― acerca de la “Patria celestial” y, al mismo tiempo y, al hilo de numerosas interrupciones ocasionadas por la cerrilidad de los parroquianos:

¡Éstos están en la Iglesia
lo mateix que en un estable!

instruirles en unas normas básicas de urbanidad de las que andan enternecedoramente horros. Ello cual da pie al autor para alternar la parte principal de su sermón, hablada en un castellano tan torpe como voluntarioso, con unas admoniciones que, por salirle del alma al cura, las dice en aquel entrañable idioma valenciano que hoy, merced a la normalización, se oye cada vez menos aunque todavía se oye.

Consigue así el autor una deliciosa obra a la vez jocosa y costumbrista que nos muestra la Valencia de principios del siglo pasado.

La edición que presento aquí digitalizada lo es a partir de la séptima que publicó la Imprenta Julio Mateu. No puedo precisar el año de la misma por no constar en ella pero, por la apariencia del volumen calculo que no debe de ser posterior a los años de 1930.

***

Vínculos:

Sermón. José Serred Mestre. Edición en pdf. Conceptos Esparcidos.
José Serred. El Sermó del Pare Serret
. Del blog Valencia Canta.
Facsímil portada. Conceptos esparcidos.
Facsímil obra completa. Conceptos esparcidos. (Pendiente).
El Sermó de les Cairetes. Publicado en Scribd por Juan V. Oltra Gutiérrez. Contiene algunas variaciones léxicas que lo acercan más al valenciano moderno (costisia/chostisia/xustisia/justícia; noestros/nostres, etc.), ignoro si por proceder de alguna edición posterior a la que poseo o por modificaciones hechas por el señor Oltra.
Volver a Biblioteca.
 

Gutierre de Cetina: Como la simplecilla mariposa… (soneto)

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Como la simplecilla mariposa
a torno de la luz de una candela
de pura enamorada se desvela,
ni se sabe partir, ni llegar osa;

vase, vuelve, anda y torna y no reposa,
y de amor y temor junto arde y hiela,
tanto que al fin las alas con que vuela
se abrasan con la vida trabajosa.

Así, mísero yo, de enamorado,
a torno de la luz de vuestros ojos
vengo, voy, torno y vuelvo y no me alejo;

mas es tan diferente mi cuidado
que, en medio del dolor de mis enojos,
ni me acaba el ardor, ni de arder dejo.

Gutierre de Cetina.

 

Nota: Gutierre de Cetina, el conocido autor del soneto que comienza:

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados…

es, también, el autor, entre otros muchos, de éste que presento hoy en Flor de Pretericiones y que se inspira en el de Petrarca:

Come tal ora al caldo tempo sòle
semplicetta farfalla al lume avezza
volar ne gli occhi altrui per sua vaghezza,
onde aven ch’ella more, altri si dole;

cosí sempre io corro al fatal mio sole
degli occhi, onde mi ven tanta dolcezza
che’l fen de la ragione Amor non prezza
e chi discerne è vinto da chi vòle.

E veggio ben quant’elli a shivo m’hanno,
e so ch’i’ne morrò veracemente
ché mia vertú non po contra l’affanno:

ma sí m’abbaglia Amor soavemente,
ch’i’piango l’altrui noia e no’l mio danno,
e, cieca, al suo morir  l’alma consente.

Introductor del soneto en la literatura castellana junto a Íñigo López de Mendoza, Garcilaso, Boscán, Diego de Mendoza y Hernando de Acuña, sus Sonetos y madrigales completos existen en edición moderna de Begoña López Bueno en la colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra.

Vínculos:

Gutierre de Cetina. Wikipedia.
Obras de Gutierre de Cetina. Biblioteca Digital Hispánica. Biblioteca Nacional. (No se incluyen en ella ni los sonetos ni los madrigales).
Volver a Flor de Pretericiones. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

30 septiembre, 2013 at 17:31

La Canción de la Carne

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La Canción de la Carne

Para Francisco Villaespesa

Las moradas sombras de la tarde muerta
por el hondo valle, lentas resonaban…;
la selva sombría
se quedó en silencio, triste y solitaria…
C
ortando con lumbre las siluetas largas, largas y espectrales
de los negros árboles,
asomó la Luna por el alto monte su faz tersa y pálida…

Un suspiro lúbrico
estremeció el bosque triste y solitario…
R
esonaron luego frescas carcajadas…,
y, entre los ramajes de hojas cristalinas,
surgieron desnudas, radiantes y blancas,
hermosas bacantes
que, al beso plateado de la Luna tersa, de la Luna pálida,
parecían vivientes estatuas de nieve;
parecían estatuas
de marmóreos pechos, de muslos pentélicos,
de espaldas turgentes, ebúrneas y albas…

Se enlazaron todas en abrazo ardiente
y, al compás sonoro de sus carcajadas,
en un loco vértigo febril e incitante
giraron lascivas en lasciva danza…

Cesó el torbellino…
Una blonda niña de pupilas verdes y cabellos de oro,
de incipientes pechos y caderas lánguidas,
balanceando el cuerpo con ondulaciones tiernas, voluptuosas,
entornado triste los húmedos ojos,
alzó una canturia de cadencias báquicas…

Todas las bacantes,
balanceando el cuerpo con ondulaciones tiernas, voluptüosas,
entornando tristes los húmedos ojos,
con suspiros hondos la canturia báquica de la rubia niña, locas corëaban…

Cantaba la niña:

«La Carne es sublime, ― la Carne es sublime:
la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana…
Son sus esplendores
soles febricientes
que alumbran la Senda,
la angustiosa Senda
de los Sufrimientos y de las Desgracias…
En las largas Horas,
en las largas Horas de recuerdos fríos y horribles Nostalgias,
en que el pobre mártir,
en que el pobre esclavo consume las hieles de la Lucha amarga;
cuando los Desprecios, las Ingratitudes, los Amores falsos,
desbordan el rojo Lago de las lágrimas;
cuando los Pesares
destrozan el Alma,
la Carne es un dulce consuelo, en un bálsamo
que, con sus turgencias, con sus morbideces y con sus fragancias,
en espasmos rientes,
trae un noble olvido de la triste Alma;
trae un goce al cuerpo
y bebe la sangre, y la herida cierra, y enjuga las lágrimas…»

«La Carne es sublime:
la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana…
El día más grande de la Vida lúgubre,
es el día rojo de la Desposada,
de la pura virgen
que en delirios locos gozará una dicha lujuriosa y lánguida…:
el Placer ignoto
que, entre el blanco velo y los azahares ve la virgen cándida,
es una Diadema de áureos resplandores
que ciñe la frente de los Sufrimientos y de las Desgracias…;
cuando el noble amado,
la cerrada verja del jardín de goces abre enardecido,
cuando el noble amado la helada inocencia de la virgen rasga,
una Aurora ríe en los cielos verdes de las Ilusiones,
y es la Vida un Sueño de hermosas visiones enloquecedoras;
la Vida es dichosa, la Vida sonríe, suspira la Vida y la Vida canta…»

«En aquel Ensueño
de la niña ardiente,
de la niña ardiente que siente en sus venas la sangre inflamada:
en aquel Ensueño que lleva en sus brumas
brazos amorosos y lechos nupciales y fusión hirviente de cuerpos y almas,
la Carne es el ángel
que bate sus alas…»

«La Carne es la gloria;
la Carne es el cielo de las Esperanzas;
aumenta alegrías;
endulza nostalgias,
y hace que se olviden los negros Pesares,
y hace que no duela la Espina del Alma…
Como a única reina, ciñámosle alegres,
de flores y risas y aromas y cantos, eternal guirnalda…
Löor a la Carne,
que al arder mitiga los cruentos martirios de la Vida humana…»

Se calló la niña.
Tejió una corona de myrthos y rosas y lirios y palmas,
y ciñó su frente
y adornó sus pechos y adornó su vientre y adornó sus piernas y adornó su espalda…

…Las locas bacantes
se enlazaron todas en abrazo ardiente
y, al compás sonoro de sus carcajadas,
en un raudo vértigo febril e incitante,
giraron lascivas en lasciva danza…;
y entre los ramajes de hojas cristalinas
huyeron desnudas, radiantes y blancas…

Y, entre los ramajes de hojas cristalinas,
al beso plateado de la Luna tersa, a veces brillaban
cual estatuas níveas…
hasta que en la agreste selva se perdieron…
y la selva agreste se quedó, de nuevo, muda y solitaria…

Sólo allá, a lo lejos… muy lejos… muy lejos…,
débiles sonaban
quejas ardorosas, intensos suspiros, sollozos extraños,
frescas carcajadas.

Y, de vez en cuando,
venía en las brisas la voz de la niña
que alzaba, embriagada, la canturia hermosa de cadencias báquicas…

…De pronto, cruzaron los Espacios mudos,
de lúgubres cuervos lúgubres bandadas,
que con fugaz vuelo
graznando seguían a tierna paloma cuyas plumas blancas
de gotas de sangre
iban salpicadas…

Juan Ramón Jiménez.

Nota: Si en la entrada anterior de esta Flor de Pretericiones gozamos de la experiencia mística gracias al soneto A Jesús Crucificado de Rafael Sánchez Mazas, con esta Canción de la Carne del delicadísimo autor de Platero y yo descendemos al tratamiento del goce carnal por parte de la poesía.

Cosa difícil. Más difícil de lo que pudiera parecer a simple vista. No cabe ninguna duda de que el sentimiento amoroso es uno de los principales estros de la poesía y el principal de la lírica, como tampoco la cabe de que ha inspirado infinidad de obras sublimes en cualquier literatura, desde luego en la nuestra, de las que renuncio aquí a dar ejemplos por lo infinito de la labor.

Digo, sin embargo, que es cosa difícil: lo es para la poesía moderna desnortada por el error general en el que cae el arte moderno que centra toda su atención en la persona del artista y en su sentimiento y prescinde del todo de la forma, del cuidado del metro, de sus acentos, de la estrofa, de la belleza y ornato de la rima, de ingredientes tan substanciales a la poesía como son los tropos y, muy en especial, de la metáfora y de la alegoría, de manera que cualquier niña enamorada puede plasmar su vulgar sentimiento con cuatro frases manidas y decir que escribe poesía. Nada tengo contra ello. Contra lo que me manifiesto es contra la tomadura de pelo de la industria editorial que, efectivamente, considera poesía estos desahogos y como tal los publica.

Y, si podemos hacer estas consideraciones acerca de la poesía amatoria, ¡qué no podríamos decir de la poesía erótica! ¿A quién se le escapa que asunto tan cercano a nuestra animalidad debiera exigir de la poesía un tratamiento exquisito de forma que evocara las sensaciones que pretende evocar sin caer en la chabacanería, en la fealdad, en la obscenidad y en la crudeza más descarnada? Y, sin embargo, una somera consulta en Google puede hacerles ver a ustedes los abusos que se cometen en este campo.

***

Como ejemplo de un muy buen tratamiento de este asunto escabroso presento hoy en Flor de Pretericiones La Canción de la Carne de la que no tengo noticia que se haya publicado íntegramente con anterioridad en Internet. Pertenece al libro Ninfeas, que Juan Ramón Jiménez escribió por los años de 1900 y con la que, al parecer de los críticos, se inicia en el modernismo. Lo transcribo de la edición que Javier Blasco hizo en la Editorial Cátedra, colección Letras Hispánicas, en 1987.

***

Por lo que respecta a la explicación de su origen y creación, bástenos la que el mismo poeta da en el Ofertorio que sirve de prólogo a Ninfeas:

De mi sangre se nutrieron las estrofas de estos cantos;

y, con respecto a su valor moral, recordemos solamente lo que el gran Rubén Darío escribió acerca este poema en su Historia de mis libros:

¡Cuántas veces me he refugiado en algún paraíso artificial poseído por el horror fatídico de la muerte!

***

Vínculos:

Juan Ramón Jiménez. Wikipedia.
Juan Ramón Jiménez. Biografía. Instituto Cervantes.
Juan Ramón Jimenez. Iconografía y tres poemas escogidos. Aprender español en Madrid.
Volver a Flor de Pretericiones. Conceptos esparcidos.

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Soneto de Agustín de Foxá a Celia Gámez

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Tú, que naciste en las porteñas hampas
y del amor conoces los oficios,
hermosa zorra de las anchas pampas
que enamoras marqueses pontificios.

Tú, que cantas esos tangos con ojeras
repletos de memeces argentinas,
y hablando con duquesas tortilleras
confundes las Meninas con mininas.

Los prognatas toreros que complicas
por ti se tornan en babosos toros;
vas al teatro con señoras ricas,

y estrenas obras con cretinos coros
escritas para ti por los maricas
que sueñan con los culos de los moros.

***

Hoy ya no puede importar la descortesía que el genio de Agustín de Foxá escribió a la no menos genial y muy respetable señora Celia Gámez. Lo traigo a colación, aparte de por lo chusco y ocurrente que tiene, como muestra episódica de la chispa y de la vivacidad de aquel mundillo artístico que existió hace sólo unas pocas décadas en lo estrictamente temporal pero que, en lo espiritual y atendiendo a la pobreza del páramo intelectual en el que vivimos se nos aparece a años luz de distancia. Y lo reproduzco porque estoy convencido de que Celia Gámez no pudo sentirse ofendida porque Foxá le dedicara soneto tan grosero: tuvo que comprender que se encuadraba en el género de la sátira y no en el del sarcasmo.

Debo su conocimiento a la publicación que de él hizo hace algunos años Alfonso Ussía en su columna de La Razón y su recuerdo a cierto intercambio de notas que, relativas al humor y, muy en concreto, al de Ussía, mantuve ayer con un contacto muy enriquecedor de Facebook.

Por lo que respecta a los marqueses pontificios y a las duquesas esas, ignoro a quiénes se refería Foxá. En lo que respecta a los “prognatas toreros” no puede caber ninguna duda que está refiriéndose a Juan Belmonte.

Vínculos:

Lluvia. Alfonso Ussía. La Razón.
Agustín de Foxá. Wikipedia.
Celia Gámez. Wikipedia.
Pichi (Las Leandras). Celia Gámez. Youtube.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 junio, 2013 at 9:38

Canción

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Flor de Pretericiones

 

 

José María Gabriel y Galán

 

Canción

No piense nunca el lloroso
que este cantar dolorido
es un capricho tejido
por la musa de un dichoso.
No piense que es armonioso
juego de un estro liviano;
piense que yo no profano,
ni con mentiras sonoras,
las penas desgarradoras
del corazón de un hermano.

Una canción de dolores
me piden mis padeceres,
tal como ayer mis quereres
pidieron cantos de amores;
que así como son mayores
si se cantan los contentos,
así los tristes acentos
de las trovas doloridas,
si no curan las heridas,
amansan los sufrimientos.

Mis penas son tan vulgares
como esas espinas duras
que erizan las espesuras
de todos los espinares.
Más hondas son que los mares.
Más hondas y más sombrías
que un horizonte sin días,
pues no hay abismo tan hondo
como el abismo sin fondo
de unas entrañas vacías.

Dios me las hizo de fuego…
¿Por qué no les dio dureza
si quiso su fortaleza
probar golpe a golpe luego?
¿Por qué enriqueció con riego
de sementera de amores
huerto que sabe dar flores,
si luego le manda días
de matadoras sequías
y vientos asoladores?

¡Ay! Al llegar a las puertas
de la tarde de mi vida,
voz de los cielos venida
me ha dicho: «¡Ya están abiertas!
¡Entra y sigue, y no conviertas
la mente a tiempos mejores,
que en vez de aquellos amores
de santidades pristinas
verás las desiertas ruinas
del solar de tus mayores!»

«¡Mejor es cegar, Dios mío!
¡Mejor es ir paso a paso
cayendo hacia el propio ocaso
solo, con pena y con frío!
¡Mejor es ir al vacío
que a ruinas y sepulturas!
¡Mejores son las negruras
de la noche más sombría,
que las negruras del día,
que son dos veces oscuras!»

Así, loco de dolor,
dije con vil vocecilla…
¡Esto que tengo de arcilla
fue quien lo dijo, Señor!
Pero esto que es resplandor
de Ti, venido hasta mí,
cuando tu rayo sentí
bien sabes Tú que te dijo:
«¡Señor! ¡La frente del hijo
tienes rendida ante Ti!»

Con sólo llorar mi suerte,
con sólo dejar abierta
de tal herida la puerta,
muriera de triste muerte.
Mas, hijo yo del Dios fuerte,
me he resignado a vivir,
y voy dejándome ir
sobre el polvo de la senda
caminando a media rienda
por el campo del sentir.

Porque si rindo la frente
sobre las manos crispadas;
si hacia las ruinas sagradas
dejo que vaya la mente;
si de mi llanto el torrente
dejo que anegue mi vida,
si abriese más esta herida
que en lumbre de fiebre arde,
viviera como un cobarde,
muriera como un suicida.

¡Quiero vivir! Las dulzuras
de los gozados placeres,
con hieles de padeceres
se tornan del todo puras.
Visión de mis desventuras:
¡Yo no te cierro mis ojos!
Camino de los abrojos:
¡yo no me cubro las plantas!
Cruz que mis hombros quebrantas:
¡yo te acepto sin enojos!

¡Quiero vivir! Dios es vida.
¿No veis que en vida convierte
la ancianidad que en la muerte
cayó con dulce caída?
¿No soy yo vida nacida
de vidas que a mí se dieran?
Pues vidas que en mí se unieran,
si vivo, no han de morir,
¡por eso quiero vivir,
porque mis muertos no mueran!

¡Y no morirán conmigo,
que el huerto de mis amores
está rebosando flores
que pinta Dios y yo abrigo!
¡Y atrás el cierzo enemigo
de esas mis vivas canciones,
pues son santos eslabones
de una cadena florida
para corona tejida
del Dios de las creaciones.

¡Quiero vivir! A Dios voy
y a Dios no se va muriendo;
se va al Oriente subiendo
por la breve noche de hoy.
De luz y de sombras soy
y quiero darme a las dos.
¡Quiero dejar de mí en pos
robusta y santa semilla
de esto que tengo de arcilla,
de esto que tengo de Dios!

 
***
José María Gabriel y Galán, 1905
 

Nota: Este poema lo escribió el malogrado poeta salmantino pocos días después de la muerte de su padre y pocos, también, antes de la suya propia.

Los pensamientos de la poesía de Gabriel y Galán, como se ha notado, son vulgares; su originalidad no depende de lo que en ella se dice sino de cómo lo dice a la manera propia suya con la que presenta su idea: una de las cualidades del verdadero poeta es atinar a dar con la fórmula artística para expresar lo que todos los hombres pensamos y sentimos. La inspiración de Gabriel y Galán no nace del espíritu enfermizo del arte moderno —esto es lo que viene a decir en la primera décima de esta canción: “no piense que es armonioso – estro de un juego livianosino que, nacida de las eternas inquietudes del alma humana, arraigada en la dureza y en la belleza de la tierra salmantina en la que hunde su nacimiento, se nutre, casi exclusivamente, de las lecturas de nuestros escritores clásicos, se realiza con su lección y se lustra con ellas sin hacer caso de novedades extravagantes.

Nada más vulgar que el pensamiento de “todo pasa; todo se desvanece”. Nada más vulgar que la inquietud del hombre ante la muerte. Y, sin embargo, este pensamiento vulgar, que alcanzó a formularlo Jorge Manrique de manera sublime y con belleza imperecedera, nos lo presenta aquí José María Gabriel y Galán en esta bellísima Canción que, por olvidada, incluyo hoy en mi Flor de Pretericiones.

Vínculos:

José María Gabriel y Galán. Wikipedia.
José María Gabriel y Galán. Wikisource.
Juicios críticos y elogios.

Volver a Flor de Pretericiones. 

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

29 enero, 2013 at 11:16

¡Provincia tan desdichada!

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En relación con el agravamiento agudo del problema separatista catalán que vivimos estos días, me gustaría dejar aquí una digresión historiográfica que, no obstante, creo pertinente en lo que tiene de demostrativo de cuán antiguo —y cuán extravagante, a veces—, es el desmedido amor a la patria chica de los diversos pueblos, incluido el portugués, que constituyen la nación española.

Días atrás publiqué en estas páginas mi edición de Las Cortes de la Muerte, de Luis Hurtado de Toledo. Es un auto sacramental del siglo XVI en el que se representan las demandas, las quejas, que los diversos estados colectivos, diríamos hoy—, presentan a la Muerte que les convoca a Cortes para que lo hagan.

Así, vemos desfilar en un maravilloso cuadro teatral y dando a la Muerte sus quejas, a la vejez, a la juventud, al rico, al pobre, a la nobleza, a los indios occidentales, al juez, al letrado, al médico, al labrador, a Beatriz y a Durandarte, etcétera, etcétera, hasta que damos, en la escena vigésima con el hilarante, desternillante, discurso del portugués.

Si todos los demás estados se atienen al grave y universal discurso de la muerte, hete aquí que el portugués, zumbón como él sólo, desatendiendo la universalidad del asunto, de lo que se queja no es de la condición humana mortal, sino de que dichas Cortes… ¡no se hayan celebrado en Lisboa!

Já non podeys escapar;
E deceyme, ruyn persoa,
Já que quereis pregoar,
¿Non fora millor armar
As Cortes allá en Lisboa?

Entusiasmado con su tierra:

¡Qué belo porto do mar
Ten lá tanta caravela
Bombardas para tirar
Si non vistes as armar!
¡Boa fe, non baste Castela!
Mas ollays muyto sobestes
En non pasar adiante:
Ben sé porque o fecestes
¡Boa fe, de temor que hobestes
Do Cardenal é do Infante!

no duda ni en asegurar que la Muerte no tiene poder en Portugal:

¡Voto á Deus, doña Roñosa,
Fantasma mal encarada!
¡Ollay ben á la lendrosa!
¡Do á Demo á mentirosa!
¡Olla, mentira probada!
Esos todos que levastes
Nin un oy de Portogal,
Que inda esotros matastes,
A Portogal non chegastes,
Nen fecistes nen un mal.

ni en mantener que, si los reyes portugueses murieron, fue porque ellos, aburridos del mundo, así lo quisieron, no porque en Portugal la Muerte tenga ningún poder:

Que nos reys que en el reynaron
Eses quisieron morrer,
Que de ó mundo se enfadaron,
E depois cuando acabaron,
Fó muyto por su pracer.
Que no e vosa forza tal,
Que osásedes emprender
En el rey de Portugal,
Ques seu poder tan real,
Cuale vos daré á entender.

A tanto disparate le responde la Muerte:

¡Oh, cuánto es innumerable
Este cuento de los locos!
No hay persona que lo hable,
Segun qu’ello es variable,
Mayormente destos pocos.

¡Provincia tan desdichada,
Lusitania, en la verdad,
Que siempre fuiste notada,
De criar gente tocada
De locura y necedad!

Podemos entender por aquí con cuánta razón apelaba Pascual Maragall al estado portugués como referencia para otro catalán.

Es evidente que esta obra, castellana, caricaturiza aquí a los portugueses, pero no es menos evidente que la caricatura no nace de la nada, ni es menos evidente que para el chauvinismo exacerbado de nuestros pueblos hispánicos, los asuntos universales, dígase la Muerte en el caso del portugués, dígase la crisis económica en el caso del señor Mas, son asuntos menores en comparación con la contemplación de su ombligo y en su obsesión miope por exigirle al Universo que gire en torno a su condición pueblerina, por otra parte, muy respetable y, sin ninguna duda, llena de riquísimas tradiciones culturales.

***

Por lo demás, no voy a insistir aquí acerca del problema del separatismo catalán, asunto del que vengo ocupándome en estas páginas desde el año 2006 y que pueden repasar ustedes en los vínculos ut infra. Sí quiero, no obstante, repetir, por enésima vez, que la España liberal que nos impuso la Revolución Francesa es inviable; que nos equivocamos en lo que respecta a la dinastía reinante, y, en fin, que deberíamos releer una y mil veces la Instrucción Pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España de la Conferencia Episcopal Española del año 2006, muy especialmente su párrafo 72º:

La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y, en último término, los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico político más conveniente. Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la voz de la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás.

Vínculos:

Las Cortes de La Muerte. Conceptos Esparcidos.
Orientaciones morales ante la situación actual de España. Conferencia Episcopal Española.
España, antes rota que roja. Conceptos Esparcidos.
Reforma constitucional ¡ya! Conceptos Esparcidos.
El toro de Osborne. Conceptos Esparcidos.
Els borinots. Conceptos Esparcidos.
¡Esto se hunde! Conceptos Esparcidos.
Testamento político de S.M.C. Carlos VII, fragmento. Edición mía en Scribd.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

28 noviembre, 2012 at 12:23

Carta que Juan Rufo escribió a su hijo siendo muy niño

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Flor de Pretericiones

Carta que Juan Rufo escribió a su hijo siendo muy niño

Juan Rufo 4

 

Dulce hijo de mi vida,
juro por lo que te quiero
que no ser el mensajero
me causa pena crecida.

Mas no cumpliréis tres años,
sin que yo, mi bien, te vea,
porque alivio se provea
al proceso de mis daños.

A Dios que mi pecho entiende,
le pide, pues ángel eres,
lo ordene como tú quieres
y tu padre lo pretende.

Dos veces al justo son
las que Febo ha declinado
hasta el Capricornio helado
desde el ardiente León,

después que, hijo querido,
puse tanta tierra en medio,
más por buscar tu remedio
que mi descanso cumplido.

Espérame, que ya voy,
do te veré y me verás,
puesto que conmigo estás
adonde quiera que estoy.

Mas al fin desta jornada
espero, sin falta alguna
a pesar de la fortuna,
que seremos camarada.

Prenderé tu blanca mano
con esta no blanca mía,
y hacerte he compañía
como si fueras anciano.

Y si algún camino luengo
te cansa o causa embarazos,
llevarte he sobre mis brazos
como en el alma te tengo.

Darte he besos verdaderos
y, transformándome en ti,
parecerán bien en mí
los ejercicios primeros:

trompos, cañas, morterillos
saltar, brincar y correr,
y jugar al esconder,
cazar avispas y grillos;

andar a la coxcojita
con diferencia de trotes
y tirar lisos virotes
con arco y cuerda de guita.

Chifle en hueso de albarcoque;
pelota blanca y liviana
y tirar por cerbatana
garbanzo, china y bodoque.

Hacer de la haba verde
capilludos frailecillos,
y de las guindas zarcillos,
joyas en que no se pierde.

Zampoñas del alcacel
y de cogollos de cañas
reclamos, que a las arañas
sacan a muerte cruel.

Romper una amapola,
hoja por hoja, en la frente,
y escuchar a quien nos cuente
Las consejas de Bartola.

Llamaremos, si tú quieres,
por excusarnos de nombres,
tíos a todos los hombres
y tías a las mujeres.

Columpio en que nos mezcamos,
colchones en que trepemos,
nueces para que juguemos,
y algunas que comamos.

Cuarto lucio en el zapato,
mendrugos en faltriquera
con otra cosa cualquiera
y sacar de rato en rato.

Tener en un agujero
alfileres y rodajas,
y asechar por las sonajas
cuando pasa el melcochero.

Y porque mejor me admitas
de tus gustos a la parte,
cien melcochas pienso darte
y avellanas infinitas.

Mazapanes y turrón,
dátiles y confitura,
y, entre alcorzada blancura,
el rosado canelón.

Mas cuando sufra tu edad
tratar de mayores cosas,
con palabras amorosas
te enseñaré la verdad,

no con rigor que te ofenda,
ni blandura que te dañe,
ni aspereza que te estrañe,
ni temor que te suspenda;

antes con sana doctrina
y término compasado,
conforme soy obligado
por ley humana y divina.

Mas pues la vida es incierta
y no sé, por ser mortal,
si al entrar tú por su umbral
saldré yo por la otra puerta,

esto que escribiere aquí
con paternal afición,
en los años de razón
traslada, mi hijo, en ti.

Verás la fe encarecida
con que pude y quise amarte,
y quisiera gobernarte
en las ondas de tu vida,

en cuyo corto viaje
hallarás tormentas largas,
mudanzas, disgustos, cargas,
y mal seguro pasaje.

Verás como nace el hombre
llorando, pobre y desnudo,
tan miserable y tan rudo
que aun no muestra solo el nombre.

Verás después las potencias
ir valiendo, y los sentidos
ser de ellas ennoblecidos
con avisos y experiencias.

Verás que cada animal,
conforme a su inclinación,
sigue la disposición,
de su instinto natural

y solo el hombre pervierte
sus justas obligaciones,
si no vence sus pasiones
como valeroso y fuerte.

Reloj es cierto y solar
el bruto, y así nos muestra
lo que otra causa le adiestra,
sin de ello un punto faltar.

El hombre es globo y esfera
y al de ruedas comparado,
que, estando bien concertado,
trae su cuenta verdadera.

Mas si prudencia no rige
de su curso el movimiento,
por una da hasta ciento
y el tiempo no le corrige.

Sabe, hijo, que si vas
por el derecho camino,
un espíritu divino,
un ángel parecerás.

Mas si tuerces la carrera
en esta vida mortal,
quedarás de racional
transformado en bestia fiera.

Tu secreto en cualquier cosa
comunícale contigo,
y no obligues a tu amigo
a carga tan peligrosa.

Si te es difícil cubrillo,
como muchas veces suele,
el otro, a quien menos duele,
¿qué hará sino decillo?

De la dudosa esperanza
nunca hagas certidumbre,
pues, por natural costumbre,
aun en lo cierto hay mudanza.

Deja siempre la porfía
primero que se comience;
porque sin duda la vence
el que de ella se desvía.

Afable comedimiento
alaben todos en ti,
porque resbalar de aquí
es de bajo entendimiento.

Y ya que no por igual
trates a los desiguales,
no les quites, sino dales
en su tanto a cada cual.

Lo que cierto no supieres,
no te hagas de ello autor:
callarlo es mucho mejor
mientras dudoso estuvieres;

que quien afirma lo incierto
es hombre de poco vaso,
y el decir verdad acaso
imita el mentir más cierto.

Aunque sustenta el honor
el haber que poseemos,
de los dos malos estremos
ser pródigo es el menor.

Es hacienda peligrosa
la que se gasta sin tiento;
mas la del triste avariento,
necesidad muy forzosa.

Al hombre que fuere así
que no le trates te digo,
porque mal será tu amigo
el enemigo de sí.

De los celosos casados
algunos vimos caer;
pero no vienen a ser
tantos como confiados.

Porque si la sujeción
(cuando es mucha) los despierta,
¿qué hará abrilles la puerta
de libertad y ocasión?

Tú, hijo, en este contrato
abraza el seguro medio;
que no es áspero remedio
el moderado recato.

Ten siempre puesta la mira
en tratar pura verdad,
porque es gran calamidad
el ser cogido en mentira.

Esto es fácil de inferir,
pues no hay razón que consienta
que sea el mentís afrenta,
y que no lo sea el mentir.

Y los que usan juramentos
por ser más acreditados,
ten los tú por defraudados
del blanco de sus intentos;

porque bien está entendido
que suele fabulizar
quien piensa que sin jurar
no merece ser creído.

También se jura por uso,
mas, comoquiera que sea,
deshonra y culpa acarrea
la licencia de este abuso.

No aflijas al afligido,
que, a las veces, el que ha errado
tiene enmienda consolado
mejor que reprehendido.

No fíes en los placeres,
porque pasan como viento,
y, cuando estés descontento,
disimula si pudieres;

porque el mal comunicado,
aunque dicen que es menor,
no arguye tanto valor
como el secreto y callado.

Ten mancilla al invidioso
que se aflige sin provecho,
alimentando en su pecho
el áspid mas ponzoñoso.

Es la envidia testimonio
que denota vil flaqueza,
es malicia y es simpleza;
es desdicha y es demonio.

Holgar con el bien ajeno
es ser partícipe dél,
piedra de toque fïel
en que se conoce el bueno.

Las blancas sienes que son
lustre, corona y riqueza,
si el seso tiene pobreza,
lastiman el corazón.

Porque a la florida edad,
en vicios desenfrenada,
sucede vejez pesada
con torpe simplicidad.

Y así, pasando los años
con su curso acelerado,
crece el martirio pesado
y huyen los desengaños.

Las horas y su medida
debes, hijo, conocer
y echar en ellas de ver
la brevedad de la vida.

Son números compasados,
leguas de la senda humana,
descripción fácil y llana
de los esféricos grados.

Son métrica distinción
de los cuadrantes del día,
de cuya acorde armonía
trastes y compases son.

Son del tiempo y su vejez
la más corriente moneda;
joyas de rica almoneda;
sellos del número diez.

Son del sol alternamente,
centinelas voladoras;
discretas compartidoras
de los tratos de la gente.

Son alivio del tormento,
son esperanzas del bien,
y un alfabeto por quien
discurre el entendimiento.

Son macizos eslabones
que abrazan los elementos;
conductos y ligamentos
de las anales sazones.

Son principio desde cuando
el primero comenzó;
tiempo que se anticipó
a todos los de su bando.

Porque el minuto y momento
y los átomos instables
no fueron considerables
hasta llegar á su aumento,

así como no es persona
un miembro, ni una facción
ni la unidad, con razón,
por número se pregona.

Así que las horas fueron
términos fundamentales
de tiempos inmemoriales
que en siglos se convirtieron,

y serán al fin postrero
remate de la jornada,
cuando vuelva el primer nada
y cierren ellas el cero.

Las horas son para orar,
y el que ignora es un orate,
como el que espera combate
sin armas para lidiar,

y son, mi hijo querido,
para consideración
de que las cosas que son
pasarán cual las que han sido.

Obra con peso y medida
y cogerás con decoro
de las horas aquel oro
que enriquece más la vida;

y contino se te acuerde
de que el tiempo bien gastado,
aunque parezca pasado,
no se pasa ni se pierde.

Pásase y piérdese aquél
que los hombres gastan mal,
y es desdicha sin igual
que se pierden ellos y él.

Todo el tiempo que vivimos
hacia el morir caminamos,
rodeando, si velamos,
y atajando, si dormimos.

Del que te burló primera,
guárdate la vez segunda;
mas si en efecto segunda,
vélate bien la tercera.

Y piensa que el trato vil
redunda en tu menosprecio:
que si eres tres veces necio,
lo serás trescientas mil.

Nunca digas mala nueva,
y, si descanso codicias,
no le arriendes las albricias
al correo que las lleva.

Esto, hijo, no se entiende
cuando puede el desengaño
evitar un nuevo daño
que del primero depende.

Mas vale un tardar prudente,
aunque causa pena esquiva,
que la priesa intempestiva
si el caso no la consiente.

Que mejor es con trabajo
esperar lo deseado,
que perder lo trabajado
por codicia de un atajo.

No quiero decirte mas,
que lo divino y humano
es un fácil canto llano
si razón lleva el compás.

Si el colegio de Talía
te diere furor divino,
sigue el honesto camino
y nunca dél te desvía.

Sean por ti celebrados
los generosos motivos;
no los amores lascivos,
ni gustos desenfrenados.

Los insignes caballeros
que murieron en la guerra,
no sátiros en la tierra,
ni en el mar ninfas en cueros.

Las obras dignas de fama
cantarás en grave estilo,
no las riberas del Nilo
ni mudanzas de una dama.

Oye misa cada día
y serás de Dios oído;
témele y serás temido
como un rey decir solía.

Ama su bondad y en Él
amarás sus creaturas,
y serán tus obras puras
en este mundo y aquél.

Téngate Dios de su mano,
y, para que el bien te cuadre,
sirve a tu hermosa madre,
ama a Juan, tu dulce hermano
y no me olvides.— Tu Padre.

Inclusa.

La vida es largo morir
y el morir, fin de la muerte;
procura morir de suerte
que comiences a vivir.

***
Firma de Juan Rufo

 

Vínculos:

Edición de 1948. Red Municipal Bibliotecas Córdoba.
Juan Rufo. Wikipedia.
Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de la época. Capítulo XII. Luis Astrana Marín. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.
Volver a Flor de Pretericiones. Conceptos Esparcidos.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 mayo, 2009 at 21:01

Sherlock Holmes

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 Sherlock Holmes

 (Reflexión en torno a la novela)
 
La novela es el arte de crear a un hombre. La biografía es el arte de resucitarlo.
André Maurois

Mi apreciado compañero en estas lides de escribir blogs, Alcides, con quien tengo un inmenso deber de gratitud por el interés que se toma en estos escritos, comenzó, hace tiempo, una ingente labor intelectual —una labor de esas que, por su misma naturaleza, tienen comienzo pero no tienen fin— en su página web “Es un momento”.

Alcides, en esta su página, a mi modo de ver, más que pretender exponernos de manera cargante una relación exhaustiva y fría, lo que nos muestra es su curiosidad por la universalidad del conocimiento característica del hombre renacentista. Frente a la emotividad del romanticismo, al que le preocupa muy poco fijarse en las cumbres del pensamiento humano, el clasicismo de Alcides ha tenido el coraje de dar inicio a la tarea, ingente como digo, de llevar tales cumbres a Es un momento y presentárnoslas allí de manera sencilla y sin mayor pretensión que mostrar su curiosidad y su cariño hacia estas cosas.

Visitando, pues, Es un momento y, aconsejado por él, ojeando sus enlaces, he ido a dar con el blog de Hilaire, Gilbert y Frances y, en él, con su última, entrada dedicada a sir Arthur Conan Doyle y, más concretamente a su personaje de ficción, Sherlock Holmes en un estudio de su novela Estudio en escarlata (A Study in Scarlet).

Comoquiera que Las aventuras de Sherlock Holmes fueron, sin ninguna duda, la más importante y asidua lectura de mi juventud y, durante ella, me absorbieron con el mismo grado de adición con el que los jóvenes de hoy en día se aplican a la play-station, no ha podido menos que conmoverme tal encuentro, evocar aquellos tiempos e inspirarme las reflexiones que siguen para las que lo que acabo de decir, al tiempo que un gesto de gratitud hacia Alcides, de reconocimiento para Hilaire, Gilbert y Frances y de homenaje hacia Conan Doyle y su obra, quiero que sirvan de prologuillo y de explicación.

***

En efecto, con todo lo que me va fallando la memoria, recuerdo como si fuera hoy la tarde en que mi padre se presentó en casa con los dos tomos, encuadernados en piel roja, de Las aventuras de Sherlock Holmes, traducidas y prologadas por Amando Lázaro Ros y que la Editorial Aguilar tenía publicadas en su colección El Lince Astuto. Después de mucho tiempo, los acabo de recoger de su estantería para tenerlos delante de mí al tiempo que escribo estas líneas y un sentimiento de infinita melancolía me embarga al hojearlos.

Una de las anécdotas que me impresionaron en el Diario de Ana Frank —anécdota menor, si se quiere, en libro de tanta enormidad— fue el cuidado con que sus padres se ocupaban de sus lecturas y del que nos podemos dar cuenta en varios pasajes de la primera parte de la obra. Así era entonces —dudo mucho que lo siga siendo—: antaño, los padres, efectivamente, se ocupaban y preocupaban por que sus hijos, en la edad infantil y juvenil, conocieran y disfrutaran de los clásicos de la literatura dirigida a estas épocas de la vida.

Así, el caso fue que mi padre, una tarde, llevó a casa los dos tomos que digo en cuya lectura me envicié. Leía y releía con fruición Las aventuras de Sherlock Holmes con tal desmesura que, un día, me preguntó mi padre:

—Pero, hijo, ¿como puedes leer tantas veces lo mismo cuando lo interesante de una novela policíaca es saber quien es el asesino? Una vez conocido éste ¿qué satisfacción, qué goce, se puede sacar de tanta relectura?

No supe entonces qué responder a la pregunta de mi padre. Con el paso de los años he comprendido muy bien el por qué de mi fruición en Sherlok Holmes.

La novela, como dijo André Mourois, es el arte de crear un hombre. No encuentro mejor definición para el género novelístico. En él puede haber, y hay, subcategorías, en las que prime el argumento sobre el dibujo preciso, minucioso, de una persona creada de la nada, pero la esencia de la novela, lo importante de la novela, lo grandioso de la novela es esa creación ex nihilo de un ser humano. Por eso El Quijote es la mejor y más grande novela que se haya escrito nunca, porque dibuja con tanta precisión a un hombre —a dos hombres— que se nos acaba por hacer entrañable. A un hombre al que, de existir realmente, reconoceríamos al momento si nos lo encontráramos por la calle y esto, no por su apariencia externa, sino por el dibujo espiritual que tan bien supo hacer de él el novelista que lo creó.

Porque El Quijote, lo que menos es es una novela de aventuras. El Quijote no es más que las conversaciones de dos hombres que, mientras caminan, hablan de lo divino y de lo humano. Hablan y, hablando, se nos aparecen como dos personas que, si no existen, merecerían haber existido.

Las “aventuras” que enmarcan estas conversaciones, ciertamente, no tienen mayor interés. Sirven sólo para eso: para enmarcar y dar disculpa a la relación entre don Quijote y Sancho Panza y, lo mismo que fueron las que escribió Cervantes podrían haber sido otras cualesquiera.

De la misma manera, si Cervantes no hubiera tenido el genio de diseccionar hasta lo más profundo de su alma a don Quijote y a Sancho, El Quijote habría pasado sin ninguna gloria y nadie recordaría hoy tales aventuras. Por eso me producen pavor las versiones de El Quijote hechas en películas o en dibujos animados, porque no es eso, no es eso…

Con Sherlock Holmes y el doctor Watson sucede lo mismo que con don Quijote y Sancho. Siendo el argumento de sus novelas algo más trabajado y, efectivamente, policíaco, no son sino dos seres humanos nacidos de la nada gracias al genio de Conan Doyle y esta es la causa de su inmortalidad. Tan humanos que el lector que los haya acompañado en todas sus aventuras, desde el Estudio en Escarlata, la primera de ellas, hasta la última, El epílogo de Sherlock Holmes, en la lectura de los últimos párrafos de la última,  (An Epilogue of Sherlock Holmes), cuando los dos amigos, ya ancianos, se despiden sabiendo que nunca más se volverán a ver:

—Sopla viento del Este, Watson.
—Creo que no, Holmes. Es un viento muy caluroso.
—¡Mi bueno y querido Watson! Es usted el único punto inconmovible en una época en que todo cambia. A pesar de lo que dice, sopla viento del Este como jamás sopló con tanta violencia sobre Inglaterra…

el lector, digo, que hasta aquí los haya acompañado no puede evitar que se le salten las lágrimas. Yo, al menos, no podía.

***

Se ha dicho, también, que la novela es, con las excepciones de rigor, obra de la madurez del escritor. No puede ser de otra manera. Si el ansia juvenil puede muy bien explotar en un soneto lírico, es muy difícil inventar con arte y verosimilitud la figura de un ser humano sin haber avanzado mucho trecho por el camino de la vida y del conocimiento del hombre… de los hombres. Y, sin embargo, es hoy el pan nuestro de cada día el caso del niño o de la niña con ínfula de escritor que desea pasar a la posteridad escribiendo una novela sobre, digamos, la vida en los barrios bajos de Singapur, se gasta un dineral yéndose a Singapur a documentarse y vuelve de Singapur para largarnos una supuesta novela en la que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera, muy seguramente, una concepción cabal por parte del escritor de la vida externa en los barrios bajos de Singapur y, en cualquier caso, ni rastro de la más mínima vibración realmente humana.

Por eso puede conmigo la novelística moderna ocupada en la novela histórica o en la novela de, dicen ellos, denuncia social, documental y todas las zarandajas en las que anda metida. Me aburren tantos y tantos títulos que nos sonríen desde los expositores de las librerías y que lo mejor que tienen, en la inmensa mayoría de los casos, es la ilustración de la portada. Me duele ver a todo el mundo —y cuando digo todo el mundo me refiero a todo el mundo— enfrascado en tales lecturas y no ver a nadie —y cuando digo nadie quiero decir literalmente a nadie— que lea un clásico, dígase El Quijote, díganse Las aventuras de Sherlock Holmes, dígase el que se diga.

Por eso me indigna la indecencia con la que algunos novelistas utilizan la Historia para hacer novelas históricas. Y me indigna, más aún, que el único conocimiento que el público tiene de la Historia sean las elucubraciones, muchas veces malintencionadas, de autores de novelas y guionistas cinematográficos. No es que desprecie el subgénero de la novela histórica ni que deje de reconocer que ha dado grandes obras a la literatura universal, pero me indignan obras tales como El pedestal de las Estatuas, “novela” en la que Antonio Gala, de quien ya he hablado en otra ocasión en este sentido, tiene la osadía de pretender —nada menos— que “levantar las faldas a la Historia de España” y demostrar que Isabel la Católica era una asesina. Es pura trampa.

Pero no quería envenenarme hoy el alma. Empecé el escrito, únicamente, para rendir homenaje y recordar a Sherlock Holmes. Olvidémonos pues, por hoy, de Gala y constatemos sólo que, a pesar de todo, dentro de cincuenta años los clásicos seguirán siendo clásicos mientras que de las obras nacidas al compás del marketing editorial no se acordará ni la madre que las parió.

Vínculos:

Esunmomento. Página de Alcides.
Blog de Hilaire, Gilbert y Frances.
News and updates on the world of Sherlock Holmes, by Sherlockians for Sherlockians.
Antonio Gala. De Conceptos esparcidos.
Antonio Gala: “Fuera los pedestales…”. De Diario de Córdoba.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

1 febrero, 2009 at 17:56

Melancolía de desaparecer

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La semana pasada, después de ya ni me acuerdo cuántos años, encargué un libro en las Librerías París-Valencia. Las Librerías París-Valencia son una mezcla de librería propiamente dicha, librería de libros descatalogados y editorial de facsímiles. Están ligadas entrañablemente a mi vida pues, desde hace mucho tiempo, han sido una de las pocas disculpas que tuve para callejear por mi ciudad, por Valencia.

Se trata de una cadena de librerías que se halla repartida por la ciudad. Alguna de sus dependencias ha desaparecido. Así sucedió con la que estaba junto al Mercado Central, en una calle, cuyo nombre no recuerdo ahora, que converge con la avenida de la reina María Cristina para abrirse a la plaza del Mercado. A ella iba después de ir a oír Misa de siete a la Catedral, que queda a pocos pasos del extremo opuesto de la calle.

Hay otra dependencia al final de la Gran Vía del Marqués del Turia, al lado de la plaza de Cánovas, y otra en la calle Pelayo, cercana a la estación de ferrocarril (de la cual no quiero ni pensar que abominación quieren hacer, pues temo algo parecido a lo que hicieron con la de Atocha [N.B.: no me refiero al atentado terrorista, sino a la reforma que hizo que la estación dejara de ser estación pareciendo que seguía siendo estación pero siendo, en realidad, una vaciedad comercial en la que los trenes ya no llegan a la marquesina, sino que se paran algunas decenas de metros antes, habiendo quedado la tal marquesina de cubierta de una especie de mezcla de invernadero y centro comercial.]) Pero me desvío de mi discurso. Iba hablando de la sucursal cercana a la estación, al coso de la calle Játiva y, cercana, también, a la cafetería New York, en la que tan grato me resultaba degustar uno o dos whiskies con hielo hasta arriba.

La cafetería New York se llama así, creo, porque el local tiene forma triangular que recuerda a la isla de Manhattan. La barra reproduce dicha forma y, en tiempos, en el vértice redondeado de los dos catetos se hallaba una reproducción en porcelana de la estatua de la Libertad. Hace años que dicha reproducción se rompió y desapareció de su puesto privilegiado y dominador de toda la cafetería. En nuestros días ocupa su antiguo emplazamiento la fuente del barril de cerveza Mahou. Situado en ese lugar, el cliente, al que los camareros no dejan de dirigirse como “caballero” para arriba y “caballero” para abajo, observa, a su izquierda, la  parte de la cafetería que se abre, a través de ventanales amplios, a la calle de san Vicente y, no muy lejos, a la plaza de España. A su derecha no ve, ocultas tras un aparador, las puertas de los lavabos, y, más a su derecha, sí ve varias hileras de otras mesas, éstas dispuestas en bancos, y presididas por copias de bodegones obscurecidos con una pátina artificial exagerada que hace que no se vea ni un peñazo ni las frutas que en ellos se figuran.

La cafetería New York es un sitio absolutamente normal pero, para mí entrañable. Lo descubrí hará unos diez años, cuando lo de Carmen, y en su barra lloré su pérdida ya ni me acuerdo cuántas veces. En aquél entonces solía estar servida por camareras de esas que, al segundo whisky, te hacen reflexionar sobre el clavo que saca al clavo. Hoy no. La inmigración las ha substituido por extranjeras cuya distancia cultural, por muy buenas que estén, disuade a uno de reflexionar nada sobre los clavos.

Vuelvo, sin embargo al New York, de vez en cuando. Poco, porque mi amigo Emilio C. muestra no me explico qué refractariedad a concurrir en él, pero vuelvo.

Es, pues, uno de mis pequeños placeres degustar el whisky en la barra del New York mientras ojeo el libro recién comprado en la sucursal de la calle Pelayo de las librería París-Valencia.

Ayer, después de mucho tiempo distraído con novedades que no son nada, volví al New York.

Como decía al principio, la semana pasada encargué un libro en París-Valencia. Se trata  de una Antología Poética de Agustín de Foxá.

Hace mucho que no compro libros. Internet nos brinda casi cualquier escrito que deseemos y me he acostumbrado a obtenerlos en ella. Sin embargo, no encontré nada de Foxá en Google. Lo busqué estimulado por los continuos elogios que de él hace Alfonso Ussía pero no encontré nada. Como es un escritor proscrito por el Régimen, no hay nada de Foxá en Google. Tampoco lo tenían a mano la semana pasada en la sucursal de Pelayo pero sí que me pudieron hallar (laus Deo) un ejemplar que tuvieron que encargar a no sé dónde.

Lo encargué, pues, y el jueves pasado, recibí de las librerías París-Valencia un sms en mi teléfono móvil (o tempora! o mores!) en el que se me indicaba que ya podía disponer del volumen y que, cuando quisiera, que me pasara por allí y que preguntara por la señorita Mari Carmen.

Ayer fui. Emilio, por un equívoco en la cita, no me pudo acompañar. La señorita Mari Carmen, después de decirme que aún no había recibido el libro, y de decirle yo que me habían mandado un sms diciendo que sí y diciendo ella que “¡ah!”, y diciendo yo que “bien”, y diciendo ella que “voy a ver”, y diciendo yo, “veamos”, y diciendo ella que “sí, es que se me había olvidado apuntarlo”, y diciendo yo “no pasa nada”, la señorita Mari Carmen, digo, al fin dio con la Antología Poética de Agustín de Foxá.

La ojee en el vértice de la barra del New York. Aquel que presidía la reproducción de la estatua de la Libertad a la que antes me referí y que ahora ocupa el barril de cerveza. Allí, de lo que leí, traigo aquí este poema que Agustín de Foxá tituló Melancolía de desaparecer:

 
 
Y pensar que, después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas;
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
 
Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de aquella luz de plata
que inundaron mi vieja sementera
cuando aun cantaba Dios bajo mi frente.
 
Y pensar que no puedo, en mi egoísmo,
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la Luna brillará lo mismo
y que ya no la veré desde mi caja.
***

Agustín de Foxá.

Puede leerse una cita a esta entrada que El Bibliómano tuvo la amabilidad de hacer del 8 de octubre del corriente.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 septiembre, 2006 at 21:56