Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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La distancia social

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El pasado 26 de feberero se me ocurrió escribir en este blog una entrada que titulé De la educación de los niños y del coronavirus. Me decidió a hacerlo el asunto de la reforma educativa, mi convicción antigua de que es imposible el consenso a ese respecto con las bestias marxistas y actuó como desencadenante las palabras de la comunista Irene Montero arrogándose el derecho de educar a los niños como quieran los comunistas.
 
Eran los días inmediatamente anteriores a que cayera sobre nosotros la catástrofe del coronavirus y la entrada trataba más de la educación moral que del coronavirus. Aunque no teníamos aun idea cabal de sus dimensiones dramáticas, ya el virus andaba en boca de todo el mundo y copaba los espacios informativos, razón por la cual se me ocurrió enlazar al asunto de la educación de la juventud, en su dimensión moral y estética, con éste del miedo al virus, siendo la tesis fundamental de la entrada la desmoralización, enervación y deshumanización con las que el marxismo cultural intenta destruir a las sociedades occidentales y sus valores clásicos y cristianos.
 
Ciertamente, en aquellos días, yo pensaba que esto del coronavirus iba a ser poco más que una gripe común y corriente. Las dimensiones dramáticas, sin embargo, con las que, tan sólo pocos días después, pude comprobar se presentó, me han hecho dudar mucho acerca de la conveniencia de mantener publicada o no tal entrada. Decidí, al fin mantenerla, por un lado, por honestidad intelectual y, por otro, por considerar que la desgracia que hemos vivido debe de ser mejor calibrada, libre de carga emocional, con la perspectiva del tiempo.
 
Y, con la perspectiva del tiempo, empiezo a verla, quizá, menos impertinente cuando, empezando a levantarse las restricciones que se nos han impuesto a la población, empiezo a reparar menos en la amenaza y más en el comportamiento de las gentes. De la fauna humana.
 
A pesar de lo que escribí en De la educación de los niños y el coronavirus, ha sido tal la magnitud y el dramatismo de la pandemia que no critico las medidas excepcionales a las que hemos sido obligados: cuarentena, distancia social, mascarillas, guantes, hidrogeles alcohólicos… Entiendo que, como dije en aquella entrada, la provisión divina no excusa la humana y entiendo que a las situaciones excepcionales haya que plantarles cara con medidas excepcionales.
 
No voy a hablar aquí, pues, de esas medidas que el gobierno nos ha impuesto ―tal vez excesivas, en comparación con otras naciones y, por supuesto, muy criticables en lo que tienen de caóticas―, ni del lógico miedo que las personas puedan haber sentido y aun sientan, sino del mío al pensar que muchas de esas medidas y comportamientos hayan venido para quedarse y que la pandemia haya acelerado un comportamiento que la sociedad venía gestando desde hace muchos años.
 
En efecto, la superstición ―obsesión― por la higiene y el miedo a los gérmenes se viene alimentando desde hace mucho tiempo. Hace ya bastantes años, almorzando en la cafetería del lugar donde trabajo, se acercó una muchacha a la mesa en que lo hacía para pedirme el salero y lo cogió con una servilleta, supongo que para no contaminarse de vaya usted a saber de qué. El hecho me pareció extravagante por lo excesivo pero ―comprendiendo que el miedo es libre―, no le di mayor importancia. Sin embargo, poco después, la inspección de sanidad de la cafetería obligó a ésta a retirar los saleros y las vinagreras. Desde entonces ―hablo de años― tiene uno que ir mendigando un sobrecito de aceite y otro de sal para condimentar unas ensaladas que, aun así, acaban resultando, por lo crudo de la lechuga, más propias para caballos que para seres humanos.
 
Se trata de sólo una anécdota, pero mil detalles como éste nos van mostrando, poco a poco, la aparición de una humanidad cada vez más entontencida con estas cosas. Vemos cómo, personas que conocemos desde hace muchos, tienen hoy comportamientos de este tipo que no tenían cuando las conocimos. Quizá la machaconería de los anuncios publicitarios de detergentes en los que aparecen virus y bacterias caricaturizados con aspecto de monstruos que a toda costa debemos exterminar de lavabos y cocinas, hayan tenido mucha culpa de este cambio del ser humano occidental, principalmente de la mujer, suprema directora del comportamiento del varón y principal educadora de la prole.
 
Con todo y con eso, ahora que se van levantando las precauciones a que nos ha obligado el virus, me maravilla, me asombra y me causa desasosiego salir a la calle y ver cómo, aun ya sin obligación legal de hacerlo, la inmensa mayoría de la gente camina por ella con mascarilla. Más papistas que el Papa, es muy difícil encontrar a alguien que no la lleve y, aun los que la llevamos con las narices descubiertas (más por evitar roces y enfrentamientos que por otra cosa) somos bichos raros en esta avifauna de la que formamos parte. Más raros que el coronavirus.
 
Pero eso, ya, es lo de menos. No es que sea grato salir a la calle y ver a todos tus conciudadanos embozados como si estuvieras en el Japón, pero vivimos en una sociedad libre, el miedo es libre y somos seres libres en lo que se puede ser libre.
 
O, ¿no?
 
Pues según para qué. El asunto este de las mascarillas me ha hecho notar una tendencia al totalitarismo y al comportamiento dictatorial de mis compatriotas que me preocupa: mucha gente te empieza a mirar mal si no utilizas el artefacto e, incluso, a llamarte la atención si vas sin bozal. El argumento, esta gente, lo tiene a huevo, claro está: mi comportamiento negligente puede poner en riesgo su salud. Argumento, en principio, poco discutible pero que, como digo, no deja de preocuparme por dos motivos.
 
Uno, por la tendencia borreguna que implica, y que supone un campo abonado en gran parte de la sociedad para asumir con gusto la dirección totalitaria y, otro, porque creo ver en esta actitud un comportamiento inquisitorial que va más allá de la legítima preocupación por la salud propia para entrar en el campo de, lisa y llanamente, de tocarle las narices al prójimo. Ambos comportamientos hacen que uno comprenda a Arcadi Espada cuando nos habla de este país al que tanto odio.
 
José María García, por su parte, decía que, en este país, basta que le pongas a un tío un pito y una gorra para que se crea general con mando en plaza. Así, a la figura del balconazi de hace unos meses, cuando el gran encierro, ha sucedido, en el desencierro, la de la Stasi de Mercadona: gente que, como me sucedió el otro día en ese supermercado, llevando yo la mascarilla, como digo, caída, me dio unos golpecitos en el brazo diciéndome “la mascarilla” para, inmediatamente, perderse entre el gentío sin darme tiempo a reflexionar, seguirla y contestarle. Quizá porque no estuviera tan convencido ni de la razón de su reproche ni de la fuerza de su argumento.
 
Este segundo motivo no es, sin embargo, el más importante. Estas pejigueras han sucedido siempre en ocasiones similares y en La gripe de 1918 en Burgos pueden verse algunos ejemplos chuscos de ellas.
 
Y, sin llegar a estos extremos, el temor a acercarte a otras personas, los rodeos para evitarlo, la tontería de chocar los codos, el no saludar dando la mano a los señores o dando un beso a las señoras, el caminar en el sentido que te indican flechas pintadas en el suelo… tantos pequeños detalles que se van haciendo dueños de nuestro comportamiento, me hacen pensar que el himno de estos días no sea, como dicen, el Resitiré, del Dúo Dinámico, sino, parafraseándolo, el Vivir así, no es vivir, amor, de Camilo Sexto.

 

 
No quiero decir con esto que, en una situación de excepcionalidad y de riesgo como la que vivimos se deban aceptar comportamientos irresponsables, negligentes.
 
Entiendo que el miedo forma parte de la naturaleza humana y es, en sí, un mecanismo adaptativo de defensa ante situaciones ciertamente o probablemente peligrosas. Es natural que el ciervo, al ver al lobo, huya corriendo. No critico el miedo, y, mucho menos, la prudencia, en sí mismos. De lo que hablo es del miedo irracional y neurótico. De ese miedo a morir de patada de conejo.
 
Lo que critico es el exceso y lo que, sobre todo, manifiesto es mi temor de que esto haya venido para quedarse y no sea sino la antesala de un paso más en el entontecimiento ya bastante avanzando del mundo, sino de cosas peores en lo social y en lo político:
 
En su entontecimiento y en su encierro, gustoso y contento, en la granja orwelliana.
 
Este escrito no es, fundamentalmente, una crítica política a nadie. Todo el mundo que me conoce sabe de mi odio hacia los socialistas y sabe que sólo quisiera tener más capacidad de odiar para odiarlos más. Me doy cuenta, también, de la pésima gestión que han hecho y de su utilización partidista de la pandemia: el empeño de Marlasca en multar a Rajoy por salir a dar su trotecillo en una calle desierta durante el confinamiento mientras los cerdos comunistas lo rompían en el entierro de Anguita es una pequeña anécdota significativa.
 
Sin embargo, no me gusta utilizar el asunto del coronavirus para criticar su gestión de la crisis que ha causado por la sencilla razón de que, aunque tuvieran conocimiento y aviso de la llegada de la pandemia, nadie, al principio, podía llegar a imaginar que iba a hacerlo en la forma dramática que lo ha hecho. No voy, pues, a ello.
 
A lo que voy es a que el golpe de Estado que los socialistas en alianza con los comunistas vienen desarrollando (desde antes del coronavirus) va a encontrar, en esta forma de ser mayoritaria de la sociedad, si no una receptividad franca, sí un terreno fácil para germinar en él, máxime si tenemos en cuenta que tal forma de ser sí es transversal. Muy transversal.
 
¿Puede la sociedad, a través del Estado, restringir nuestras libertades, aun la de ir por el mundo sin mascarilla, en pro de la salud pública? Ciertamente, de manera coyuntural y hasta cierto punto, puede. Pero sólo hasta cierto punto y en una coyuntura muy justificada.
 
Si no lo aceptamos como mera coyuntura obligada por fuerza mayor sino que empezamos a considerarlo como principio, esa misma sociedad que hoy me obliga a llevar mascarilla, mañana me puede obligar a vacunarme para intentar erradicar al coronavirus de la faz de la Tierra como se erradicó el de la vacuna: en su mundo disneylandesco, un mundo mejor es, qué duda cabe, un mundo sin virus y sin bacterias. Y, si mañana me obligan a vacunarme, pasado mañana, ¿quién sabe a qué me obligarán?
 
A esos extremos no puede obligar la sociedad. Al menos, una sociedad libre de personas libres.
 
¿No somos todos tan demócratas?
 
Esta misma forma de ser de la mayoría de la sociedad de la que vengo hablando puede hacer que, si se consigue una vacuna eficaz, haya colas para vacunarse; quiero decir, la inmensa mayoría de la población ―quizá yo mismo incluido― se vacune, quedando unos pocos reacios a hacerlo que no representarán ningún peligro para la sociedad puesto que, al estar inmunizada en su mayoría, esos reductos que pudiera hallar el virus en los rebeldes sean insignificantes de cara al riesgo.
 
Pero, vuelvo a preguntar: ¿no somos todos tan demócratas?
 
Si lo somos y esta cuestión quedara al arbitrio de la voluntad libre de cada uno pueden darse dos casos:
 
Que la mayoría se vacune, como he dicho antes, con lo que, muerto el perro ―o reducido a una aldea gala―, se acabó la rabia, o
que la mayoría no se vacune, con lo cual las cosas irán por sus cauces naturales, nos moriremos los que nos tengamos que morir y quienes no, irán adquiriendo, de una u otra manera, una inmunidad frente al virus y un modus vivendi con él como lo tenemos con todos los agentes infecciosos menos el antes mencionado de la vacuna.
 
En cualquier caso, eso sí sería una decisión democrática en la que la mayoría, sin necesidad de ninguna imposición, haría que las cosas fueran por uno u otro cauce.
 
Vuelvo a insistir en que no quiero ser maximalista. Los párrafos anteriores son una reflexión extrema. Pero creo que es una reflexión necesaria y no soy el único que se la viene haciendo. El pasado 11 de mayo, el filósofo Tomás Pollán, en un artículo de El Mundo titulado Los límites entre lo público y lo privado en estado de alarma analizados por nueve filósofos españoles, decía:
 
La ley común es la garantía de la ausencia de constricción para elegir las acciones y el tipo de vida que prefiera cada individuo, y la libertad individual es una condición esencial de la democracia. El poder estatal sólo puede ejercerse contra la voluntad de un ciudadano si se ejerce para evitar que perjudique a otros, y este perjuicio no puede ser ponderado ni a conveniencia del Estado ni a la de la hipersusceptibilidad de individuos con la piel muy fina.
 
Y continuaba:
 
El peligro de la situación actual está en que se aproveche la coyuntura para convertir un momento excepcional en permanente. Veremos.
 
Es, precisamente, el aprovechamiento de una coyuntura para hacer permanente las conductas de estos aciagos días lo que motiva estas líneas y lo que me preocupa: un mundo sin saleros y sin vinagreras en los restaurantes; un mundo de gentes embozadas haciendo el payaso, dando rodeos para mantener distancias sociales; un mundo de beatas de la higiene y de la salubridad que se escandalizan por que unos jóvenes rompan cuarentenas en bares clandestinos improvisados…
 
Está en la naturaleza del ciervo huir del lobo para que no se lo coma; entra dentro del orden natural de las cosas. La distancia social, empero, no forma parte de la naturaleza humana, antes bien, al contrario. Esperemos en Dios que las cosas se vayan enmendando y la naturaleza recupere su fuero.

 

Vínculos:

De la educación de los niños y del coronavirus. Conceptos esparcidos.
La gripe de 1918 en Burgos. Conceptos esparcidos.
Los límites entre lo público y lo privado en estado de alarma analizados por nueve filósofos españoles. El Mundo.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

21 junio, 2020 at 10:19

Rafael Palacios. El pensamiento irracional

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En una entrada reciente de este blog, Los reptilianos existen y habitan entre nosotros, me ocupé en la reflexión de cómo el pensamiento racional, que suponemos en quienes se dirigen a nosotros con algún afán de magisterio, está siendo sustituido en nuestros tiempos por otro en el que la razón se deja dominar por la emotividad, por la fantasía y por la afectividad hasta acabar apareciéndosenos como un pensamiento pseudorracional cuando no, francamente disparatado en sus formas más extremas que podríamos denominar pensamiento Lankamp.

Las razones por las que esto está sucediendo serán, con seguridad, muchas.

En primer lugar, tal modo de razonar ha existido siempre: siempre ha habido personas cuyo pensamiento ni está ―ni tiene porque estar―, presidido de manera omnipresente por la razón. Pero, de lo que trato no es de su existencia, sino de su proliferación.

Y, como digo, las razones serán muchas: la práctica ausencia de lectura clásica; la importancia que han adquirido las películas de cine en la cultura de la mayoría de la gente que, quizá, esté borrando la frontera entre la realidad y la fantasía en muchas personas, sobre todo jóvenes. La facilidad con que cualquiera puede acceder, con una cámara y un micrófono, a miles de personas que aplauden su discurso, por muy disparatado que sea. La satisfacción espiritual que tal aplauso genera en esas personas. La necesidad de, para mantener tal audiencia, ir disparatado cada vez más el discurso, etc. y muchas otras que, seguramente, se me escaparán.

El asunto me preocupa porque este pensamiento irracional ―que antes se ocupaba de temas baladíes (fantasmas, extraterrestres, etc.)―, se está empezando a ocupar de asuntos políticos y sociales, de manera que se está propalando la impresión de que, por todas partes, estamos ―cuando digo estamos, en plural, me refiero a una colectividad imprecisa― subyugados por una conspiración dirigida por lo que se llama ―también de manera imprecisa―las élites.

Ciertamente, yo soy el primer convencido de la embestida de un movimiento neomarxista, gramsciano y dirigido por la izquierda política y por los medios de comunicación mayoritarios. Un movimiento que pretende dinamitar el orden natural y nuestra manera de ser tradicional fundamentada en éste y que trata de instaurar lo que se conoce como nuevo orden mundial.

De esto, a estas alturas, no creo que se necesite dar pruebas: la legislación que se está haciendo con respecto al movimiento lgtb, el menosprecio y el ataque a la religión católica, la falsificación de la Historia, la utilización política de minorías, el acoso y derribo que estamos viendo a la Presidencia de Trump desde su mismo comienzo etc., lo son más que evidentes.

Existe, pues, tal ―llamémosla― conspiración y sucede que, cada vez, más gente se está dando cuenta de ello.

El problema que trato aquí es que mucha de esta gente, ignorante y tan ayuna de lectura como empachada de películas de ciencia-ficción, vídeos de YouTube y búsquedas en Google como sola fuente de conocimiento, cree y sostiene que todo es conspiración, confundiendo ese movimiento neomarxista con una conspiración que está en todas partes: en la ciencia, en la medicina, en la Iglesia…

***

El asunto me viene preocupando. Soy antisocialista a muerte. Si tuviera un hijo, le haría jurar, como Amílcar Barca a Aníbal, odio eterno a los socialistas.

Afiliado a VOX desde el 6 de octubre de 2018, esto es, desde antes de que este partido diera la campanada en las elecciones andaluzas de diciembre de aquel año. Y me preocupa que personas cercanas a él incurran en este error, por no decir en estos disparates y en este engaño a los simples.

Y me preocupa porque, escuchando el enemigo globalista en nuestra boca tales disparates, lo que estamos haciendo es darle armas para combatirnos: si quienes dicen que la tierra es plana, que la señora de Trump es pleyadiana o que a las niñas de Alcacer las mató el rey Juan Carlos, son los mismos que denuncian y combaten el movimiento neomarxista, se sigue que tales gentes estamos como una cabra y que tan falsa es esa conspiración neomarxista como el terraplanismo.

***

Pesan sobre nuestras espaldas dos mil quinientos años de pensamiento racional, defendido, en los últimos dos mil, por el catolicismo que, desde sus mismos orígenes, tuvo que enfrentarse con las armas de la razón a la heterodoxia y a la herejía, argumentadas siempre mediante sofismas, sentimentalismos y este pensamiento irracional.

El marxismo ―hoy neomarxismo― es la peor de las herejías, hija del error filosófico del subjetivismo, y su combate hay que hacerlo con el arma de la razón, como siempre ha combatido la Iglesia Católica a la herejía, y no mediante el error; el error de utilizar para ello ese pensamiento irracional del que hablamos y que también hunde su raíz en el subjetivismo.

***


Para ilustrar mi pensamiento voy a utilizar un vídeo de YouTube de hace unos días en el que, uno de estos reptilianos, Rafael Palacios, pontifica acerca de la catástrofe del coronavirus.

Y lo ilustro con Palacios porque, frente a otros iluminados, pretende disimular su discurso con una apariencia de seriedad, abundancia de información y pseudorracionalidad de la que carecen otros. Y, también, porque su supuesta simpatía por VOX, le hacen más peligroso en el sentido al que antes me referí.

***

Hecho este preámbulo, quiero añadir, antes de continuar, que soy médico, que durante estos últimos meses he tenido que asistir a enfermos de la covid19 y que, por tanto, no estoy hablando a humo de pajas, aunque esa condición mía es lo que menos importa para este discurso.

***

Analizamos, pues, la intervención de Palacios.

Su tesis general es que la catástrofe que ha supuesto el coronavirus forma parte de esas conspiraciones que las élites gobernantes y la ciencia fomentan a mano a mano. Analicémosla:

Comienza diciéndonos, para empezar, que:

Prácticamente nadie que esté sano se ha muerto por el covid.

Esto, sencillamente, no es así. Y no es así, no sólo con el covid; lo es con cualquier enfermedad banal: casi cualquier enfermedad, por leve que sea, puede complicarse y causar la muerte de una persona aunque no lo parezca. Sucede, sin embargo, que en la infección por coronavirus la mortalidad en personas sanas ha sido mucho mayor. Dramáticamente mayor.

Principia su tesis conspirativa diciéndonos que se han dado “órdenes para sedar a los ancianos enfermos sin prestarles otra asistencia”:

Hay una orden directa que ha ocurrido en España y se sabe perfectamente, que la orden era: sedación, no se puede hacer nada por ellos, dejadlo.

Lo que dice aquí es una ofensa para cualquier médico; ningún médico, a la hora de tratar a un paciente, va a hacerlo siguiendo las órdenes de nadie. Va a tratarle según los conocimientos médicos actuales, su propio conocimiento  y según su leal saber y entender. Ningún médico, conociendo que una supuesta “orden” que le den va a redundar en perjuicio de su paciente, va a cumplir tal orden.

Lo que aquí ignora Palacios es que, en Medicina, se entiende como catástrofe aquella situación en la que las necesidades superan con mucho a los recursos y, cuando, esto sucede hay que establecer preferencias. Es lo que se llama “triage” ―clasificación―y existe desde mucho antes de que apareciera el coronavirus. Es doloroso, es frustrante, pero, cuando esto sucede, hay que preferir a aquél que tenga mayores posibilidades de sobrevivir sobre el que tiene menos.

Con esto, no quiero decir que no se haya cometido errores muy dolorosos haciendo un corte tajante por la edad, pero hay que comprender las cosas: la catástrofe, en Medicina de catástrofes, se considera como caos o desorden. La misión del médico al enfrentarse a ella en su comienzo, no es la de prestar asistencia a todos y cada uno de los afectados, sino intentar ir introduciendo orden en el desorden y ello significa que no se puede prestar la asistencia como se presta normalmente y significa, también, que, efectivamente, se cometen errores.

Continuemos:

Durante los primeros días circularon varios mensajes de médicos por whatsapp

Hete aquí una muestra de lo que Palacios considera “fuentes”, “argumentos” y “documentación” para abonar su tesis: el whatsapp.

Lo que yo pienso es que los que han muerto ha sido a consecuencia de la mala praxis, de las letales recomendaciones de la OMS…

Pues, lo que yo pienso es que la Medicina se ha encontrado ante una situación desconocida y, como no puede ser de otra manera, no ha dispuesto de pautas de prevención y tratamiento efectivos para afrontarla.

Si, desde un primer momento, se hubiera sabido cómo tratarlo, seguramente hubieran muerto muy pocas personas.

¡Coño! ¡Claro! Y, si lo supiéramos ya, no estaríamos tan preocupados.

Un profesor mío de francés, cuando traducíamos una palabra castellana a ese idioma haciendo la pretendida trampa de decirla en castellano pero acabada en é nos decía:

Entonces el francesé sería muy facilé, señor fulané.

Pues eso: tiene razón Palacios: si supiéramos cómo se trata no habría habido tantos muertos.

Se refiere Palacios, también, a la utilización de las sales de quinina en el tratamiento y, aunque su discurso aquí es algo atropellado, habla de lo que él entiende como un veto hacia las mismas por parte de la UE y dice:

Nos encontramos ante un asesinato en masa preconcebido cuyos responsables son los jefes de la OMS.

Las sales de quinina se utilizaron ya en el tratamiento de la gripe de 1918. Su utilidad es dudosa pero, ante la carencia de tratamientos con efectividad clara, su uso es lícito. Tan lícito como que en los hospitales españoles, antes de que Trump las mencionara para rechifla general del rojerío, se estaban utilizando en España como tratamiento de prescripción hospitalaria, tanto para pacientes hospitalizados como para pacientes ambulatorios. No ha habido, pues, ningún veto a la hidroxicloroquina. Lo que ha habido ha sido un desabastecimiento debido a que La India, principal suministrador de su principio activo, cerró sus fronteras a la exportación.

Insinúa la especie de la “creación” del virus; habla del laboratorio de Wuhan y, en definitiva, aunque no afirma rotundamente su origen artificial, lo deja caer:

Aparte, ya, de la creación del virus, que ésa es otra película, claro.

No siendo impensable, en nuestros días, la creación artificial de un virus a la vez muy mortífero y muy contagioso ―al fin y al cabo, la ingeniería genética es capaz de crear razas vegetales resistentes a las plagas, por ejemplo― no tenemos, absolutamente, ninguna razón para pensar que esto haya sucedido con el coronavirus. Su genoma es conocido y está a disposición de todos los genetistas y virólogos del mundo. Si en ese genoma se detectaran secuencias imposibles de explicar por cambios naturales, por mutaciones naturales, nos enteraríamos todos. Otra cosa es que haya salido de manera accidental del laboratorio de Wuhan, pero el truco está en pasar subrepticiamente del argumento del origen artificial al de el escape accidental, con lo cual esta gente lo que hace es llevar a la mente del simple y del indocto la idea de que el virus lo han creado los chinos para cargarse a media humanidad.

Llegados a este punto del vídeo entra en el interlocutor de Palacios a rematar de cabeza introduciendo el tan querido argumento de esta gente: la herboristería:

Esto te lo puedo contar yo que, en mi familia, hemos tenido todos ―creo― el virus y nos lo quitamos con artemisa en un día o día y medio… te puedo asegurar que en mi caso funcionó de maravilla.

¿Qué decir? Aquí me remito a lo que dije en Los reptilianos..: con esta gente no merece la pena argumentar. Su sistema límbico, asiento de la afectividad y de las emociones, tiene hegemonía sobre su córtex frontal, asiento del pensamiento racional. Si argumentamos con razones, pensamos que se las estamos dirigiendo a la corteza frontal, pero, en realidad, ella las recibe sumamente influenciada por el sistema límbico y las rebota, con lo cual es como si estuviéramos hablando con la pared de enfrente. Aunque, bien es verdad que este interlocutor no es de los más cerrados y deja abierta la puerta a la duda:

También es verdad que hay gente que no tomó nada y, más o menos, también se libró… yo creo que, si no lo hubiéramos tomado no hubiera pasado nada.

Yo pienso lo mismo.

Aprovecho en este punto para volver a señalar la forma con la que este pensamiento irracional se esparce y multiplica:

Y compramos la última bolsita y ya no había más; dijo la chica: se ha agotado. Ya no hay.

Remata entonces Palacios:

Imagínate tú si esto lo supieran todos los españoles y todo el mundo tuviera su poquito de artemisa en su casa…

Sirva para el MMS lo dicho para la artemisa.

***

Y entramos ya en la conspiración pura y dura:

Todo aquello que cure van a perseguirlo… si tuviéramos los métodos para curarnos no dependeríamos del sistema sanitario que está controlado por ellos.

Y en la Filosofía:

Estamos viviendo el final de un paradigma en el cual la ciencia ha ocupado el papel de Dios.

En esto estoy de acuerdo con Palacios; esto siempre se ha llamado cientificismo ―ya Unamuno se ocupó de él―. No estoy seguro de si es verdad que estamos ante su final; no lo creo, pero estoy de acuerdo con Palacios. Sucede, sin embargo, como veremos más adelante, lo muy cientificista que es él.

Dice su interlocutor:

Si yo soy un profesional de la salud y alguien me dice que la artemisa cura, yo, ¿qué hago? ¿Lo niego o voy a investigarlo?

Es evidente que si algo se demuestra eficaz para tratar una enfermedad, ese algo pasa a formar parte del arsenal terapéutico de lo que esta gente llama medicina científica. El problema está en que hay que probarlo. Tiene que haber evidencia. Lo que no pueden hacer los médicos es hacer lo que se dice en YouTube que debe hacerse.

La especialización en las diferentes ramas del saber y, particularmente, en Medicina, ha hecho que no se comprenda el conjunto… si hay un especialista que sabe del riñón, otro del páncreas, otro del pulmón, otro de los huesos y otro de la uretra, no se da cuenta de que todo eso va junto, pues es que nos perdemos.

Los médicos, como todo el mundo sabe, somos tontos y desconocemos la unidad del cuerpo y de la persona humana. Cuando recetamos un fármaco para curar un órgano, no nos preocupa que podamos fastidiar a otro órgano. Desconocemos las interacciones y los efectos secundarios de los medicamentos. Menos mal que está Palacios para advertirnóslo.

El interlocutor:

De hecho, ¿cuánto hace que no se escucha que se descubre, de verdad, la cura de algo? La cura de verdad.

Aquí estoy del todo de acuerdo con él. La Medicina que, hasta la revolución científica estaba dividida en multitud de escuelas, cada una de las cuales la practicaba según ideas preconcebidas suyas, se unificó y experimentó su mayor desarrollo con la teoría celular de Schleiden y Schwann y los estudios de Virchow en Patología, Claude Bernard en Fisiología, Leeuwenhoek en Microbiología, Mendel y Watson y Crick en Genética. Estamos hablando del siglo XIX y principios del XX. Esto fue un cambio radical de la Medicina que elevó exponencialmente su eficacia a la hora de cumplir su objetivo, que es la curación de la enfermedad. Culminó este desarrollo con el descubrimiento por Fleming de la penicilina y, con el advenimiento de los antibióticos, la Humanidad pudo ver cómo un grupo de enfermedades, las infecciones bacterianas, hasta entonces muchas veces mortales, se convirtieron en enfermedades leves. Es verdad, sin embargo, que, desde entonces, no hemos asistido a un avance tan determinante y continúa habiendo muchos grupos de enfermedades que no podemos tratar de manera definitiva no obstante los avances técnicos que han sucedido desde entonces.

Pero, hete aquí que Palacios le contesta y completa la idea de una manera insospechada:

Es que las curas las censuran… Es que al que descubre algo le crucifican.

Y aquí vuelvo a lo que afirmé antes: Palacios es cientificista. Cree en la omnipotencia de la ciencia. Cree que su desarrollo será infinito y llegará un tiempo en el que, gracias a ella, la Humanidad será feliz. Si esto no sucede, hoy por hoy, es porque alguien “lo censura” y… el problema está en el Colegio de Médicos.

Y no es así: en ningún sitio está escrito que la ciencia sea capaz ni de saberlo todo, ni de poderlo todo, ni de resolver todo a nuestro gusto. Ni de que su avance haya de ser exponencial. El hecho de que tuviera un momento esplendoroso en el siglo XIX y que ese momento deslumbrara a la Humanidad, no quiere decir que la carrerilla que tomó durante él vaya a durar para siempre.

Habla Palacios:

Llegando casi a prohibir que una persona se sane a sí misma… llegando a obligarnos a meternos un veneno en nuestro cuerpo.

No hay nada de esto. Es otro concepto estrambótico de la Medicina del que también participa Celades. La Medicina no obliga a nadie a nada. Una persona, cualquier persona, bien informada, es absolutamente dueña de sí. La Medicina le aconseja, le informa, acerca de lo que, por su conocimiento actual, piensa que es mejor para ella. Pero obligarla, no la obliga a nada.

Otra cosa es, y estoy de acuerdo en esto, la utilización que gobiernos de tendencia totalitaria hagan del miedo a la enfermedad por parte de la población y utilicen de manera más o menos torticera argumentos médicos o argumentos científicos. Por eso insisto tanto en la diferencia meridiana que tiene que haber entre la crítica al peligro totalitario real que entraña la izquierda y la crítica a una supuesta conspiración por parte de los científicos, mezclando ambas en un totum revolutum.

Voy acabando:

Para mí el progreso es una cosa peyorativa; es la degradación del ser humano ―dice Palacios.

y lo presenta mostrando cómo, desde la Revolución Francesa, el Estado se nos mete hasta en la sopa.

También estoy de acuerdo, pero vuelvo a lo mismo: si un señor que nos dice estas cosas, que son ciertas, nos dice al mismo tiempo que la cura para el coronavirus está en la artemisa, vamos mal.

***

Con todo esto no quiero decir ni que la OMS, ni la coalición de gobierno socialista-comunista que gobierna en España no hayan sido responsables de multitud de negligencias, ni que éste último esté aprovechando la catástrofe para dar un golpe de estado totalitario en España.

Lo que digo es que, utilizar los argumentos pararracionales que utiliza Palacios desacredita la denuncia de tales negligencias y de tal golpe de Estado.

Vínculos:

Charla con el gran Rafael Palacios. Opinatubers. YouTube.
España. Personalismo y crisis de la razón católica. Magnífica exposición de David González Alonso en la que desarrolla la identidad del pensamiento católico hasta el Concilio Vaticano II con el pensamiento clásico y a ambos con el racional frente al irracional emotivo propio del subjetivismo. Canal TLV1.
Historia de los heterodoxos españoles
. Marcelino Menéndez Pelayo.
Cientificismo. Miguel de Unamuno.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

8 junio, 2020 at 14:40

No te masturbarás ante tus electores

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Leo con tan profundo asco como infinitas paciencia y resignación, el artículo que un imbécil de nuestros tiempos llamado don Manuel Jabois, escribe en El Mundo y titula No te masturbarás.

Ante todo quiero pedir perdón por utilizar tan desvergonzada palabra en el título de esta entrada. Si yo fuera san Pablo, y, dada mi inveterada querencia por la cita pedante, quizá la hubiera titulado Turpitudimem operantes por aquello de no ensañarme con los errores del prójimo y de comprender de sobra que, todos, somos pecadores y que el varón más justo Turpitudimem operante —de las señoras no hay cálculo—  unas setenta veces siete al día.

Resumiendo de forma muy sucinta el asunto del que trato: una concejal de un pueblo de Toledo se hizo un video Turpitudimem operante con su cuerpo, se lo mandó a un futbolista y acabó siendo publicado en esta caja de sastre de Internet.

Ni que decir que los vecinos de Los Yémenes rompieron Roma con Santiago para ver a su edil en tan desairado trance. A los de allende las fronteras de Los Yémenes nos pasó lo mismo, sólo que nos enteramos una semana después.

Para el caso, da lo mismo.

Y el caso es que esta señora, vía Internet, ha aparecido ante la vista de todos, turpitudimem operante con su cuerpo, —esto es, masturbándose, que, dicho sea sin perdón, así se denomina el acto con el que esta señora tanto nos alegró los ojos como nos entristeció el alma—.

La primera intención de esta señora, ante tan desairado trance, fue la de dimitir de su cargo de representación popular. Es decir, la intención que cualquier persona normal hubiera tenido puesta ante esta tesitura.

Mas, hete aquí que tenía que venir, primero, la izquierda, defendiendo lo indefendible; segundo, las televisiones —todas— riéndole la gracia, tercero, y sorprendentemente, Esperanza Aguirre en su ya célebre twit #olvidonodimitas y, cuarto, el pobre hombre este de Jabois o como coño se llame intentando convencernos de que lo equivocados somos nosotros, lo cerriles que seguimos siendo, y que la víctima es la señora ésta. Víctima, como no, de la España ñoña.

Habla en su artículo, de pacatismo poco menos que persignándose. Habla de la masturbación de la concejala ha desempolvado viejos ritos y tics angustiosos. Habla de la Magdalena; habla de los excesos del público que la eligió representante suyo y que, efectivamente, con tanta alegría con la que le votó, hoy la lapida.

El meollo del asunto es que esta señora, siguiendo su primera y sana intención, no haya dimitido: dados los tiempos que corren, nada podemos alegar a que haga de su capa un sayo en un video privado.

Lo que sí podemos alegar, y este es el meollo del asunto, es que no dimita de todos sus cargos de representación  pública y se vaya a su casa.

De la misma manera que, dada  su trascendencia  pública, el público llama ladrón a Urdangarin, puede llamar pendón verbenero a esta señora mientras siga ostentando un cargo público.

El pueblo, contra lo que dice sofísticamente el pobre Jabois, no  le reprocha lo que hizo: le reprocha que siga pretendiendo ser representante suyo.

Para terminar: imaginémosnos a don Mariano Rajoy dándose autoplacer en un vídeo semejante.

O a Rubalcabab.

O, simplemente, imaginemos que, ante las inmediatas elecciones a la Presidencia de los EEUU, aparece un video de Obama o de Romney haciéndose estas cosas:

Abandonarían su  carrera hacia la presidencia, ¿no?

Yo creo que sí.

La concejala esta dice en su descargo que Los Yémenes es un  pueblo pequeño y blablabla pero, si ni Oblama, ni Romney ni Rajoy pueden permitirse estos excesos en lo que respecta a su aspiración a un cargo público bastante más trascendente que una concejalía de Los Yémenes, tampoco puede permitírselo esta señora.

En tanto en cuanto no dimita, y aunque Esperanza Aguirre diga Misa y Jabois intente hacernos comulgar con ruedas de molino, el pueblo que le ha dado su representación tiene todo el derecho del mundo a ponerla de puta para arriba.

Y, a fin de cuentas, ¡tampoco cuesta tanto dimitir!

Por lo demás, deploro la CENSURA que de este video se ha hecho por parte de nuestras autoridades: los electores de esta señora y, por extensión, todos los españoles tenemos derecho a formar opinión en tanto en cuanto esta mujer siga siendo representante pública y, para ello, hemos de ver el video. Imposible: las fuerzas tácticas lo tienen absolutamente censurado.

Si esta señora hubiera dimitido, esto me parecería muy bien, pues entra dentro del terreno de su intimidad violada. Pero, como no lo ha hecho, sus electores, y, por extensión, todos los españoles, tenemos de derecho de conocer a quien votamos.

Vínculos:

No te masturbarás. Manuel Jabois. El Mundo.
Una concejal socialista dimite tras difundirse un video erótico. El Mundo.
La concejal del video erótico no dimitirá: “No he hecho nada malo”. El Mundo.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

9 septiembre, 2012 at 18:56

Halloween

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Stultorum infinitus est numerus
Don Quijote de La Mancha, II, 3

Nos hallamos estos días acabando el Tiempo Ordinario y con las ansias puestas en la próxima llegada del Adviento para la que falta un mes y  que en nuestro maravilloso calendario católico, antecede al misterio de la Natividad del Señor.

Muy próximos vienen el día de Todos los Santos y el de Difuntos. Ante esta efeméride, era costumbre profana nuestra comer huesos de santo, ir a poner flores a  nuestros muertos y asistir a la representación de El Tenorio, obra acerca de la cual los críticos literarios no se han puesto de acuerdo acerca de si es una gran obra teatral o si es mero alarde de versificación.

Si me dejan ustedes que opine acerca del asunto les diré que me parece una magnífica obra teatral. Entiendo que en un mundo que idolatra a Almodóvar, la obra de Zorrilla parezca obsoleta y antañona pero, siendo un servidor de ustedes tan obsoleto como antañón, me declaro rotundamente partidario de los primeros críticos que dije aunque sólo fuera por su final sublime:

Es el Dios de la clemencia
el Dios de don Juan Tenorio
.

Alguna diferencia hay entre las verduleras de Almodóvar y doña Ana de Pantoja. Tanta como dista la belleza del ayer a la fealdad hodierna.

***

En aquellos días, tan próximos al Adviento, éramos antes así, así de simples: comíamos huesos de santo y asistíamos o, simplemente, leíamos esta obra teatral.

***

Mucho y en muy poco tiempo han cambiado las cosas. Dejando aparte que, en este tiempo, este año, hemos de volver a taparnos las narices, los ojos las orejas y no digo más ante la campaña electoral que hemos de sufrir, deberemos de soportar, además, las excentricidades borregunas (valga la contradicción) de todos los años:

En los próximos días deberemos soportar la idiotez de miles de imbéciles disfrazados con calabazas.

Tendremos que soportar a los bomberos de Zaragoza haciéndose el calendario en pelotas por lo que ellos llaman una buena causa.

Y tendremos que soportar millares de Papás Noeles colgados  en los balcones de esta nuestra nación que jamás hizo mayor caso de Papá Noel (la primera vez que vi a uno de estos gilipollas papasnoeles me pareció que era un niño a punto de caer por un balcón; comprenderán ustedes el vuelco que me dio el corazón).

Comprendo que en esto de las costumbres debe de existir una osmosis entre las diferentes culturas y que cualquiera de las que hoy nos parecen costumbres ancestrales nuestras tuvieron en su tiempo influencia foránea.

No me declaro, pues, rotundamente en contra de estos hechos. Sólo digo que nuestra cultura parece que sólo absorbe todas las idioteces que encuentra por el universo mundo y que me parece mucha tontería concentrada en estos últimos meses del año.

Con todo esto: ¿se pueden asombrar ustedes de que cada vez haya mas gente a la que le “deprima” el tiempo más bonito del olvidado calendario católico: la Navidad?

***

Nota: un año después de escrita la presente entrada, encuentro en una simpática página web, De tapas por Sevilla, esta fotografía que viene a resumir, sin tanto circunloquio, lo que aquí quise expresar:

menoshalloweenymastenorio

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

24 octubre, 2011 at 19:49

Publicado en Comentarios

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La última salida de mi León.

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Esta invasión terrible e importuna
de sucesos adversos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.
Dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis cuando, airado,
dilata hasta los montes su ribera.
Andrés Fernández de Andrada.

 

Cuando digo León me refiero al Seat que me ha traído y llevado por esos mundos de Dios desde hace casi cinco años y al que, es verdad, tan mala vida le he dado.

Aún recuerdo cuando, por Montalvos, hace, creo recordar, dos primaveras, un día en el que vi una luz bellísima que iluminaba los almendros, me metí con él por un camino agrícola para inmortalizar, mediante la fotografía, aquella imagen. El pobre León acabó inclinado cuarenta y cinco grados en un terraplén del camino y hube de llamar a la grúa para que nos rescatara, a él y  a mí, y nos devolviera a la civilización.

Tengo la esperanza de que quien haya tenido la amabilidad de leer lo que llevo escrito hasta ahora en estos blogs se haya dado cuenta de que ni soy un fanático de los automóviles ni cifro ninguna clase de felicidad ni en su posesión ni en su goce.

Sin embargo, el mundo en el que vivimos hace que estos chismes sean instrumentos indispensables para poder estar en él (en el mundo, quiero decir) y, por eso, lo adquirí hace ya casi cinco años.

Por esa misma razón, cuando en ellos surge, de repente, una avería que uno intuye grave, la desazón le inunda el ánimo y aparece la corazonada de mil desastres venideros que uno no puede concretar en el momento en el que el vehículo decide que no piensa volver a andar, pero que intuye, con una certidumbre irracional, que sucederán.

Quiero decir con esto que la avería de un coche no es sólo la avería de ese coche, sino sólo el preludio de un via crucis como el que hoy quiero relatar y que, en este caso, fue como sigue:

La historia, el via crucis, comenzó con un preámbulo a modo de presagio sucedido unos pocos días antes, cuando me llegaron dos notificaciones del Ministerio del Interior en las que se me notificaba que mi vehículo había sido detectado en sendas ocasiones por los rádares que dicho ministerio dispone en los puntos viarios en los que menos falta hacen circulando una a 143 kmh y otra a 145 kmh por una vía interurbana en la que existía una limitación de velocidad de 120 kmh.

Para el curioso y para el detallista, señalaré que fui cogido en estas faltas por un cinemómetro multanova, antena 000002403, aprobado el 1 de junio del 2005 que, cuando calcula los excesos de velocidad, tiene en cuenta unos márgenes de error que vienen estipulados en la norma UNE 26444.

El asunto, como es lógico, me causó el disgusto que semejantes sucesos causan en una persona con una sensibilidad normal pero, aunque yo no lo sabía entonces, aquello fue sólo, como digo, el preámbulo ominoso de la historia que quiero contar. ¡Ojalá hubiera todo acabado con las multas!

Es el caso que, hace ya más de dos semanas, justo después de sucedido lo de las multas, cuando iba por las curvas de Navalón comencé a notar que el León perdía lo que los expertos llaman fuelle, esto es: por más que yo le pisaba el acelerador hasta el fondo, el León no subía de los cien kilómetros por hora.

Mil presentimientos, todos ominosos, me inundaron el alma. Eran casi las siete de la mañana y decidí parar en la Font de la Figuera a desayunar y a conceder al León una tregua.

Así lo hice. Quien conozca el terreno sabe que, inmediata al área de servicio de la Font de la Figuera, último pueblo valenciano antes de entrar en Castilla la Nueva, comienza la subida del puerto de Almansa.

Pues bien: apenas andados unos pocos metros del inicio de la subida de ese puerto, el León comenzó a echar un humo blanco endemoniado por el tubo de escape y decidió, por sí y ante sí, pararse en una parada que, yo no lo sabía entonces, iba a ser prácticamente, la última que hiciera.

Puesto ante esa circunstancia, cancelé el compromiso al que me dirigía y retorné a Valencia en una grúa que nos llevó, a mi León y a mí, a uno de los talleres oficiales de la Seat en la capital del Turia.

Como decía más arriba, cuando uno de estos acontecimientos suceden, el propietario del vehículo se ve asaltado por mil presentimientos y mil congojas. Su ánimo, en esos primeros momentos, está como suele decirse, abatido y por los suelos.

Los operarios de las grúas, conocedores de tal faceta de la naturaleza humana, procuran relativizar la gravedad de la situación mediante una actitud tranquila e indolente y una conversación que, comenzando con el análisis del siniestro, acaba derivando en la anécdota intrascendente.

Así, tras comenzar yo intentando sondear la opinión de aquel operario, como más conocedor de los males que afectan a los automóviles, sobre la causa de la avería y decirme él que seguramente sería el turbo y que la reparación vendría a ascender a unos mil euros, la conversación derivó hacia la crítica de las Leyes. Me explico: hacia su frecuente inconsecuencia y la injusticia que, muchas veces, entraña su aplicación inflexible. Acabamos, en fin, hablando de la eterna distancia que hay entre lo justo y lo legal.

Me refirió este operario cómo se enfrenta su colectivo al sinsentido de que, en los accidentes en carretera, la Guardia Civil les insta a despejarla lo antes posible, a acudir con rapidez y a evacuar el vehículo y los ocupantes en la grúa y cómo, por otra parte, además de tener limitada la velocidad a no recuerdo cuánto (muy poco) y de carecer de la condición de vehículo de emergencia, “Transporte” (supongo que se refería a la Dirección General de Transportes por Carretera)  les prohíbe llevar pasajeros en ella. Parece ser que han llegado a un acuerdo tácito con el tal “Transporte” de manera que, aunque el hecho se denuncia, “Transporte” detiene el trámite y no les multa por llevar al pasajero.

Siguiendo en esta línea de conversación sobre despropósitos que nos amargan la vida a los ciudadanos corrientes y molientes (el camino era largo e íbamos a paso de tortuga), continuó relatándome la anécdota de un paisano al que, en una ocasión, descubrieron en el campo justo en el momento en que se acababa de cargar a un lagarto de un navajazo. Por lo visto, tal hecho, cuando sucedió, había sido elevado ya a la categoría de delito en el Código Penal y el paisano, hombre rústico, dio con sus huesos en la cárcel.

Puesto ante el Juez se defendió, más o menos, con estas frases:

−¡Y yo qué sé si está protegido o no! Si me aparece un bicho como ése ¡yo qué sabía si me iba a “picar” o no!

Parece que el Juez admitió el razonamiento, supongo que por considerar que el hombre actuó en defensa propia o, quizá, sencillamente, porque era un juez con sentido común y no hacía caso de conceptos espurios como el de alarma social, y devolvió la libertad al rústico.

Sin embargo, habían pasado varias semanas de privación de libertad y, por ende, de descuido de su rebaño de ovejas, pues su mujer estaba enferma y no había podido ocuparse de ellas, con lo que, en este interín, muchas de las ovejas murieron. Reclamó a la Justicia la indemnización del mal que la privación de su libertad le había causado siendo, como era, inocente por sentencia judicial, pero nada pudo conseguir de ella y se quedó sin las ovejas y con el tiempo de cárcel que purgó por haberse cargado al lagarto de marras.

Desconozco los detalles de la historia y ni siquiera sé si es verídica pero si non è vero, è ben trovato y es muestra de la aberración que, a veces, entraña la aplicación de la Ley y de las rocambolescas historias con las que los ciudadanos de esta España en trance de desaparecer sufrimos.

En fin, con éstas llegamos a Valencia y al taller que es el concesionario oficial de la Volkswagen-Seat que está en la avenida del Cid según se sale para Madrid a la derecha. Allí me repitieron que, efectivamente sería el turbo. Era sábado y así quedaron las cosas hasta el lunes siguiente, día en el que el taller me presentó un presupuesto de mil euros por su reparación. Como las pastillas de los frenos andaban ya para cambiarse y lo mismo sucedía con los filtros y el aceite y esas cosas que llevan los coches y que hay que cambiar periódicamente, pedí que lo hicieran todo con lo que el presupuesto ascendió a mil trescientos euros.

El miércoles me dijeron que el vehículo estaba reparado y que podía pasar a recogerlo. Así lo hice. Aboné la factura, cogí el coche y salí otra vez a la calle con él sintiendo el inmenso alivio que supone el poder volver a la rutina diaria tras un periodo en el que las circunstancias de la vida nos han privado de hacerlo.

No habría caminado quinientos metros por la avenida del Cid cuando volví a notar la misma emisión del mismo humo blanco por el tubo de escape. Iba con el tiempo tasado, pues me dirigía al entierro de un familiar y había tenido que hacer encaje de bolillos para salir del trabajo, recoger el coche y dirigirme al acto. Imaginará, pues, el lector, el desánimo, el desaliento y la desolación que, nuevamente, invadieron mi espíritu.

Con tal estado de ánimo di media vuelta y volví al taller. Era casi la hora de comer y los mecánicos andaban ya recogiendo. Me dirigí a uno de ellos explicándole lo que me había pasado y me dijo que no me preocupara, que tal emisión de humo era normal tras la reposición de un turbo pues siempre queda aceite no sé donde y había que esperar a que ese aceite se consumiera, cosa que sucedería con cinco o diez kilómetros de rodaje en marchas bajas.

Inmensamente aliviado volví a la calle. El humo siguió saliendo hasta que, dentro del subterráneo del paseo de la Pechina, empezó a hacerse intensísimo al tiempo que el motor, sin poder yo dominar las marchas, comenzó a hacer un ruido espantoso para detenerse, definitivamente, en el lapso de unos segundos.

Iba sin teléfono móvil pues, lo excepcional de no disponer de coche había hecho que dejara olvidado el cargador que siempre me acompaña. Salí, pues, del túnel, tras colocar los consabidos triángulos, a buscar una cabina para avisar a la Policía Municipal.

Fuera del túnel, larguísimo, llovía.

Evitaré al lector el relato de lo que fueron dos horas de trámites y llamadas telefónicas buscando una grúa que me devolviera al taller. Diré, sí, no obstante, que el comportamiento de los agentes fue amable e intachable y que se brindaron a, estando yo sin teléfono, pedir ellos la grúa a mi aseguradora. Diré, también, que durante esas dos horas, en el carril de la derecha del subterráneo se produjo, unos metros más atrás de mi coche averiado, un accidente al frenar bruscamente un vehículo y alcanzarle otro por detrás.

Pues bien, sucedido todo esto, y habiéndome sido imposible llegar al acto fúnebre, acabó de pasar la tarde lluviosa, yo en mi casa, rumiando la desgracia, y el León en el taller aguardando el nuevo diagnóstico.

Al día siguiente me informaron que se había averiado la culata y, con ella, el motor. Me mostraron una cazoleta llena de piezas rotas y me dijeron que era preciso cambiar el motor y que el presupuesto para hacerlo era de seis mil euros.

La mecánica es la mecánica, la Ley es la Ley y, seguramente, las cosas son así pero a mí, como profano, no podía menos que parecerme que la reparación había sido mal hecha y que, por tanto, correspondía al taller hacerse cargo del coste de la avería sobrevenida o preexistente y no detectada, que eso no lo sé. Así lo pedí pero el taller, acogiéndose a la máxima de contra el vicio de pedir, la virtud de no dar, se negó a asumirlo.

Y, con tal negativa, pasamos a las dos siguientes estaciones del via crucis: la del litigio y la de la compra de un coche nuevo.

El litigio requiere calma, tranquilidad y tiempo. El tiempo implica la necesidad de disponer de otro vehículo para poder seguir viviendo y cumpliendo los compromisos adquiridos.

Para un ser neurótico como yo la duda genera angustia y, habiendo pocas cosas más generadoras de dudas en este mundo como el meterse en pleitos o el comprar un coche nuevo desde la condición de profano absoluto en la materia, se comprenderá que la conjunción de ambas circunstancias me haya conducido en estos días a un estado de ánimo angustiado e irascible.

Lo del León, ya digo, pasa a ser asunto secundario que ha de ser tomado con calma y en ello ando. Una vez elevada la reclamación a Consumo (donde me dicen que hay pocas esperanzas) y puesto en contacto con el teléfono de atención al cliente de Seat, hablo con abogados y cada uno me dice una cosa al modo que decía don Quijote:

“saca lo tuyo a concejo y unos dirán que es negro y otros bermejo.”

Me dirigí, en primer lugar, a un perito quien, muy amablemente, se me ofreció para hacer una preperitación gratuita. La hizo y, tras darme mil explicaciones técnicas en esa forma incomprensible, no obstante su afán didáctico, con que los peritos y los mecánicos explican tales desperfectos, me comunicó que el asunto va a ser complicado pues pudiera ser debido a dos averías distintas, en cuyo caso, el taller, habiendo reparado la primera, no tendría responsabilidad sobre la segunda.

Desde mi condición de profano me parece un sinsentido: si yo llevo mi coche a reparar, me dicen que la avería es una, la reparan y a los treinta minutos vuelve la burra al trigo creo que es evidente que la reparación ha sido mal hecha, ya sea porque la han reparado mal, ya sea porque hicieron mal la primera valoración.

Si a un médico se le presenta un paciente diciéndole que está mareado, el médico se empecina en que tal mareo está causado, digamos, por un vértigo, y resulta que no, que el mareo está causado por, digamos, una arritmia que el médico no detecta porque ni siquiera toma el pulso radial del paciente, trata el mareo como vértigo, la arritmia es maligna y el paciente se muere, es indudable la mala praxis del médico.

¡Y no digamos nada si sí detecta que es una arritmia pero la trata como vértigo!

Creo que el caso, salvando las distancias, es el mismo.

Pero, en fin, eso es lo que pienso como profano. Parece ser, en la experiencia de este perito, que las cosas no son así en el mundo de los litigios con los talleres de reparación de automóviles y que, como dije antes, la mecánica es la mecánica y las leyes son las leyes y que, siendo yo la parte denunciante, me corresponde a mí el peso de la prueba. Será así.

En esto estoy en lo que respecta al León.

Por lo que respecta a la compra del coche nuevo, aunque parece que ya voy viendo la luz, las cosas no dejan de ser complicadas.

Tras las mil vacilaciones iniciales: que si te decides por uno, que si por otro; que si te pasas mil horas buscando en Internet el más apropiado; que si caes en la cuenta de que, para la vida que llevas, necesitas uno de ciento cuarenta caballos, no para correr sino porque el motor, al tener más potencia, trabaja con menos esfuerzo y el coche dura más (otra cosa que ignoraba); que si el León hubiera tenido los ciento cuarenta, seguramente no le habría pasado lo que le pasó; que si, cuando ya te has decidido por uno del que todo el mundo te dice que es un coche extraordinario, viene alguien y te dice que un mecánico de La Coruña le ha dicho que tal modelo está fallando mucho ¡¡¡en la culata!!!; que si JC te dice que lo que tú necesitas es un Laguna o un Audi, que si a Mónica sólo le gusta el BMW y nada más que el BMW como si los BMW los regalaran… cuando ya tienes la cabeza como un bombo y apenas eres incapaz de razonar… al fin dices: ¡hasta aquí hemos llegado! ¡éste!

Y eso es lo que dije. Al fin, la semana pasada, antes de la solemnidad de la Semana Santa, aconsejado por Emilio, me decidí por un modelo que me gustó y que, expertos en la materia, dejando aparte el albur que implica la adquisición de un coche, me recomendaron.

Dadas las circunstancias y el apremio con que necesito el coche, el vendedor, después de hacerme un precio que considero muy aceptable y decirme que me lo podría entregar a comienzos de la semana en que estas líneas escribo, me llama a los pocos minutos de llegar al acuerdo y me dice que no puede ser así porque tengo el DNI caducado y es imposible matricular en tales condiciones pues ningún otro documento identificador sirve para ello.

Más paciencia. Más resignación. Paso la Semana Santa, inhábil para todas estas gestiones, trabajando por aquello de que antes está la obligación que la devoción.

Me veo obligado, dadas las circunstancias, a ir y venir en tren. Aprovecho para pensar y fijarme en el paisaje que, en esta primavera lluviosa, está hermosísimo. Cada día la luz es diferente tanto sobre el hermoso valle de lo que las constructoras de segundas viviendas llaman la Suiza valenciana como sobre la llanura manchega, verde en sus mieses en estos días de lluvia y primavera.

Cada día es distinto. Cada día la luz es diferente e ilumina un paisaje siempre distinto y a cuál más bello.

Cuando conduces, aunque ves el paisaje, no te puedes engolfar en su contemplación. Yendo en tren puede uno abandonarse a ello.

Y en ello me engolfé, dando gracias a Dios por tanta belleza y pensando, gratificado por ella, que “no hay mal que por bien no venga” y recordando con resignación humorística, al paso de las desventuras que voy narrando, los versos aquellos de la Epístola moral a Fabio:

Esta invasión terrible e importuna
de sucesos adversos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis, cuando airado
dilata hasta los montes su ribera.

En tales divagaciones andaba cuando, mirando a mi alrededor por el vagón, me fijo en los circunstantes y veo a éste durmiendo, a aquélla leyendo una revista, al otro un libro, a la de más allá haciendo un crucigrama, al de acullá jugando con un ordenador a un juego de esos malditos dibujos animados japoneses, a otros contemplando distraídamente el documental del tren… y caigo en la cuenta de que muy pocos están mirando el paisaje.

Son días como digo, de vacaciones. El Alaris va a rebosar de viajeros y el paisanaje es distinto de un día normal: niños, matrimonios mayores, parejas jóvenes… la gente va de vacaciones. Y me surge una nueva reflexión acerca de lo desalmado de mis semejantes. Desalmado en el sentido de pobreza de alma.

Ya he dicho antes cómo las circunstancias que voy refiriendo han elevado la mía a un estado presidido por la irascibilidad y la destemplanza o intemperancia, no sé muy bien cuál de las dos calificaciones la define mejor. Esta observación me trajo a la memoria al muy atrabiliario, aunque entrañable, Antonio García-Trevijano, (por cierto, hoy desaparecido de la vida pública) cuando, al hilo de una reflexión sobre la distancia que hay entre Democracia y Razón o Democracia y Verdad, creo que en La Clave de José Luis Balbín, se hacía la siguiente reflexión:

−“Pero, ¡si mira uno a su alrededor y la mitad de los que ve le parecen medio deficientes mentales! ¡Cómo va a ser referencia de verdad o referencia de razón lo que diga la mayoría!”

No recuerdo si dijo la mitad o más pero la anécdota es verídica. García-Trevijano era así. Inconmovible en sus certezas, erradas o no aunque siempre precisa y rigurosamente razonadas. Tan precisa y rigurosamente que la gente no le hacíamos caso y le escuchábamos com quien oye llover. En aquellos tiempos yo era joven y García-Trevijano me parecía intransigente y dogmático. Hoy me parece entrañable por su inmensa honestidad intelectual.

Y, a lo mejor, también, porque, al margen de esta irascibilidad coyuntural, quizá ande yo haciéndome tan atrabiliario e intemperante como García-Trevijano.

Sea como sea, me causó pena y desánimo el darme cuenta de esta indolencia de la gente. Las personas de hoy día, muchas de ellas, pueden gastarse y se gastan dinerales en viajar a la China para ver China pero prescinden del goce de una belleza que les sobreviene de manera gratuita. A lo mejor por ser gratuita y autóctona ni se paran a darse cuenta.

No quisiera que lo que acabo de decir se entendiera como una crítica dictada desde un sentimiento de superioridad en el sentido bíblico fariseo del “¡Gracias señor, por no haberme hecho como mi hermano!” Al fin y al cabo, ¡qué demonio! que cada uno contemple lo que más le apetezca. Es, tan sólo, un pensamiento al margen sobre el que di en cavilar acerca de la deriva del ser humano de nuestros días, sobre su superficialidad y sobre su soberbia: si no somos capaces ni de apreciar ni de gozar de una belleza inmediata como la de un paisaje ¿cómo vamos a poder ni llegar a atisbar una belleza recóndita como la de la religión; una belleza intrincada como la verdad sublime de un Dios que ha muerto y resucitado y cuya muerte y resurrección acabamos de conmemorar?

Me incluyo en el reproche. Somos así, borregunos: cuando toca ver China hay que mirar China haciendo el aspaviento de las maravillas que vemos en China y de lo que nos satisface y cuando no toca ver nada pues no toca y, entonces, puedes dedicarte a dormitar aunque pase ante tus narices la mismísima Helena de Troya resucitada nada más que para eso.

Llegando ya a la capital del Turia sumido en estos y otros pensamientos, la señorita de la megafonía del Alaris nos anuncia a los viajeros que, aproximadamente en quince minutos, llegaremos a la estación de Valencia.

Lo dice así, en futuro imperfecto de indicativo pero sin el menor asomo de duda. Vuelvo a reflexionar y encuentro, con tristeza, en este anuncio una muestra más de la soberbia del ser humano que ni se para a pensar que las cosas pueden salir de manera distinta a como él, en su pequeñez, las programa.

¿Y si pasa algo? ¿Y si hay un accidente? ¿Y si no llegamos a la estación de Valencia?

Echo en falta la antigua y desusada fórmula del “si Dios quiere” pero, a pesar de mi irascibilidad, me hago cargo de que sí, de que para el paisanaje actual hubiera quedado cursi y ridículo que la señorita hubiera dicho:

−“Señores viajeros, en quince minutos, aproximadamente, llegaremos, si Dios quiere, a la estación de Valencia.”

No le hubiera costado nada pero el paisanaje se lo habría tomado a choteo.

Pecatta minutta. Al fin y al cabo, la empresa de catering que suministra la comida a la Gerencia para la que trabajo nos obsequió el Viernes Santo con albóndigas como segundo plato, no se sabe si por inadvertencia o en plan de tocar las narices al modo de Rosa Regàs en su cruzada contra la estatua de don Marcelino Menéndez-Pelayo o como el Gran Wyoming comulgando en San Carlos Borromeo.

El caso es que, gracias a Dios, no pasó nada y llegamos felizmente a Valencia.

Como es lógico, lo primero que hice al día siguiente de la llegada fue acudir a la comisaría de Policía para renovar el DNI. Conociendo como son estas cosas y sabedor de que empezaban a las nueve de la mañana, a las ocho estaba personado a sus puertas.

La cola formada ante ellas alcanzaba ya las cuarenta o cincuenta personas, unas para pasaporte, otras para DNI.

Transcurridos tres cuartos de hora salió un agente de la Policía Nacional para comunicarnos que sólo se iban a dar cuarenta números. Para entonces la cola ya rondaría las cien personas. En la discusión que se inicia (poca discusión porque las preguntas y las razones las dábamos los del público en tanto que al guardia no se le podía sacar de lo de los cuarenta números) me entero que hay dos o tres comisarías cerradas en la provincia. Me entero que, por esta razón, allí hay gente que ha venido de Paterna, de Requena…

Le pido al guardia que notifique a su superioridad el hecho para que adopte medidas excepcionales, pague horas extraordinarias a los funcionarios o ponga más o dé alguna solución que, al menos, palíe el problema.

No me hace ni caso. ¡Cuarenta números!

Le pido que, al menos, nos dé número para el día siguiente. Me dice que eso es imposible. Que la solución es que volvamos al día siguiente un poco antes.

Teniendo en cuenta que se quedaron sin número más de cincuenta personas habrá que suponer que mañana (hoy) esas personas habrán vuelto, como mínimo a las seis de la mañana. Si sumamos a ellas las que vendrán hoy ex novo y las que repetirán suerte de días anteriores y calculemos los días y días, las horas y horas, el dinero y la paciencia que ciudadanos normales y corrientes tienen que perder para cumplir con un trámite burocrático que les permita, por ejemplo, matricular un vehículo sólo por la arterioesclerosis de un sistema que, en estos tiempos de Internet y ordenadores, sigue obligando a soportar semejantes colas y semejantes ineptitudes; por la negligencia de un mando policial que cierra varias oficinas y no prevé la sobrecarga que ello va a conllevar en las que quedan abiertas; por la rigidez de unos funcionarios para dar salida o paliar problemas de este tipo, y por su incapacidad, ineptitud o falta de ganas para hacer más de cuarenta DNI al día, si sumamos y consideramos todo esto, digo, podremos darnos cuenta de que nuestros regidores y nuestros funcionarios tienen de nosotros esa misma impresión que percibí en el tren: la percepción de que tratan con borregos.

Y, tratando con borregos no hay que sofocarse ¿a qué santo va a  comenzar a trabajar un funcionario a las ocho aunque, haciéndolo así quizá les daría tiempo para hacer diez o veinte documentos más?

Bueno, el caso es que, gracias a Dios, a mí sí me llegó el malhadado número. Tras dos horas más de espera durante las cuales asistí al incidente surgido con una señora, creo que colombiana, que precisaba salir en pocos días de España pero que no podía llevarse con ella a su niño recién nacido porque no tenía (el niño) no sé qué documento y a la que, claro está, no le resolvieron el problema, limitándose a decirle que en el aeropuerto no iban a dejar salir al niño y que fuera a hablar con el Juez; cuando ella alegaba que ya había hablado con el Juez, me llegó, por fin, el turno.

En dos minutos di las fotos, registraron mi huella dactilar y pagué seis euros con setenta céntimos, tasa que, por lo visto, hay que pagar, según la Ley de Presupuestos, cada equis tiempo para seguir demostrando que eres ciudadano español y poder seguir circulando por el mundo.

Como es lógico, ya no he tenido humor para leer esa Ley ni para intentar comprender cómo justifica, en su declaración de principios, la necesidad de pagar seis euros para renovar un DNI, es decir, para demostrar que seguimos siendo quienes somos gentes que ya pagamos a la Hacienda Pública un dineral. Quizá sea para incentivar a los funcionarios que lo renuevan.

Así que con el resguardo del DNI en el bolsillo, recordando a Larra y dándome con un canto en los dientes, me fui a matricular mi nuevo coche.

Enfrentado a las mil y una calamidades que vemos todos los días, lo que acabo de relatar no deja de ser cosa baladí y, quizá, debería haber hecho lo que santa Teresa recomendaba a sus monjas respecto a la incoveniencia de quejarse por pequeñas molestias.

No obstante, me ha parecido que la anécdota anda cargada de pinceladas costumbristas de esta España tan moderna, eficiente y eficaz en la que dicen que vivimos y he querido dejarla escrita aquí, en este blog que, por lo que acabo de contar, llevo desatendiendo desde hace varios días.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 abril, 2007 at 15:20

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Vae victis!

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Hoy es viernes 29 de diciembre. Son fechas navideñas en nuestro mundo que antes se llamaba cristiano y hoy se llama, de manera vergonzante (y no sabemos siquiera por cuánto tiempo), occidental.

Acabo de leer en Libertad Digital que un juez iraquí asegura que Sadam Hussein será ejecutado el sábado como muy tarde. O sea: como muy tarde, mañana.

Ni siquiera sabemos la forma. Creo que fue condenado a morir en la horca y él pidió morir fusilado para no sufrir la muerte de los delincuentes. No sé si ni siquiera eso le concederán.

Muere el año. Es Navidad. Comencé este blog a comienzos del mismo con la intención de disertar sobre “conceptos”. De intentar, en la medida de mis pobres fuerzas, sentar unas bases conceptuales sobre las que poder comprender (yo) los acontecimientos de nuestro tiempo. Pero me está resultando imposible. La vorágine del tiempo lo hace imposible.

Hace poco leí, no recuerdo dónde, que la Historia, en nuestros días, se produce más deprisa de lo que podemos digerirla.

Es así. Estamos en el medio de un torbellino de acontecimientos, cruciales todos ellos, que hacen imposible la reflexión.

Por otra parte, el liberalismo ha avanzado tanto en la idiotización de las masas que, aunque fuera posible pararse a reflexionar, el grueso de nuestros coetáneos no harían ni puñetero caso de reflexión alguna.

Para el grueso de nuestros coetáneos las cosas son claras. Gozan de una facilidad envidiable para distinguir entre el bien y el mal e intentar introducir la sombra de la duda es batalla perdida.

El asunto éste de colgar a los vencidos lo comenzaron las potencias aliadas en Nuremberg tras su victoria sobre la Alemania nazi.

Ni entro ni salgo aquí sobre la bondad ni la maldad de unos y otros. Digo sólo que allí se cargaron a Keitel, un miltar, a Ribbentropp, a Streicher, a Seyss-Inquart… a Rudolph Hess le dejaron suicidarse, en su extrema ancianidad, en prisión…

Göring se suicidó la noche anterior y no lo pudieron colgar.

Lo hicieron sobre las bases jurídicas, inéditas hasta entonces, de “crímenes contra la Humanidad”; “Confabulación contra la paz” y no sé cuántas monsergas más que ninguna base jurídica tenían ni tienen pues todavía no hay, a Dios gracias, un Código Penal Internacional.

Fue, pues, mera venganza del vendedor sobre el vencido.

Luego vinieron, ya en nuestros días, Ceaucescu, Milosevic

Desde entonces, en el mundo occidental, sólo existe una ideología: la demócrata-liberal. Antes de ello muchos filósofos admitían como plausibles, y hasta como aceptables, otras formas de organización política. Desde Nuremberg, la Humanidad occidental sólo tiene una opción: la de los vencedores de la II Guerra Mundial.

Y, con la victoria absoluta de esa opción se han perdido todas las demás opciones. Y no sólo se ha perdido cualquiera otra opción política. Se ha perdido hasta la dignidad del vencido que podemos ver reflejada desde tiempos dizque más bárbaros, en el cuadro de Velázquez llamado La Rendición de Breda o de Las Lanzas.

No. Los tiempos nuestros no contemplan la magnanimidad del vencedor. La democracia liberal, quizá por ser consciente de la mentira que subyace en su fundamento, no se puede dar el lujo de ser magnánima.

Soy de derechas y no defiendo sus hechos. Sólo quiero dejar constancia aquí del asco que me da lo que la civilización occidental hizo con ellos. Del asco que me da ver a la civilización occidental matando a ancianos, sean cuales fueren sus culpas, bajo la disculpa asquerosa e hipócrita de que los crímenes contra la Humanidad no prescriben.

Como muy tarde mañana, Sadam Hussein será ejecutado con todos los beneplácitos de la justicia internacional. Sadam Hussein fue un dictador que medio pudo mantener en paz el avispero iraquí, solar de mil sectas musulmanas que van a degüello una a por todas las demás. Nuestra intervención occidental sale a una media de diez muertos diarios y va en aumento, pero, claro, nosotros no lo hacemos por criminalidad contra la Humanidad.

Sadam Hussein sí lo hizo y por eso, mañana, como muy tarde, será ejecutado.

Vae victis!

Ay de los vencidos!

Por una vez, estoy de acuerdo con Zapatero: estoy en contra de la ejecución de Sadam Hussein.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

29 diciembre, 2006 at 20:42

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Antonio Gala

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Nunca me ha gustado Antonio Gala. Su obra me ha parecido siempre una sucesión de escritos con sonsonete monocorde en los que manosea unas pocas ideas fáciles, dulzarronas y, por supuesto, impregnadas de su ideología progre-izquierdista, aunque, eso sí, con unas formas siempre pulcras y cisrcunspectas, porque a Antonio Gala nunca nadie le ha visto despeinado. Este sonsonete, casi vacío de otros contenidos que no sean los del pensamiento simple ni de la verdad oficial de la izquierda de los últimos treinta o cuarenta años, ha sido considerado por muchos lectores y, por supuesto, por el marketig editorial, como la obra de un autor sensible, casi poética. A mí, repito, nunca me ha gustado.
 
Recuerdo la cola que había un domingo del año 1990, en la Feria del Libro de Valencia puedo precisar la fecha porque, en la semana que siguió a tal domingo, falleció mi padre–, cola de público municipal y espeso que la aguantaba para que Gala, pulcro, circunspecto, pagado de sí y con su mediosonrisa bobalicona, al final de la misma, les firmase no sé qué escrito suyo que firmaba.
 
Como es lógico, no es que obviara la cola; es que ni se me pasó por la cabeza comprar ninguna obra suya. Ni, menos, para que me la firmara. Pocos metros más allá, no recuerdo en qué caseta, compré, por cinco mil pesetas, la Historia de los Heterodoxos españoles, de don Marcelino Menéndez-Pelayo. Y seguí caminando por el Jardín de los Viveros. Deseoso de llegar a mi casa y abrir el libro recién comprado, absolutamente olvidado de que existían Antonios Galas en este mundo.
 
Recuerdo hoy, sin embargo, aquella serie televisiva suya de hace muchos años, creo que se llamaba Paisajes con figuras aunque no podría asegurarlo, en la que veíamos cómo se sucedían largos monólogos que el autor se atrevía a poner en boca, lo mismo de Isabel la Católica que de Mariana Pineda o de santa Teresa. Allí veíamos a éstos y otros personajes históricos semejantes expresando las mismas ideas mil veces manoseadas, casi con la mismas palabras, ideas que, en el fondo, no eran otras que las del propio Gala. Lo que pretendía ser una profundización en el pensamiento de distintos personajes históricos no era, en realidad, otra cosa, que la utilización de dichas figuras para que Gala pudiera poner en su boca las cuatro cosas que a él se le ocurrían. Una trampa, vaya. Me hería escuchar a santa Teresa hablando como él.
 
Gala tiene desde hace años un rinconcito en el diario El Mundo que se llama La tronera. Desde él continúa, situado por encima del bien y del mal, analizando los avatares de nuestro tiempo con pretendida imparcialidad, y con el sonsonete melifluo y apagado de siempre. Con la misma mentida circunspección. Con la misma falsa ecuanimidad. Sonsonete apagado y monocorde, pero no por eso menos hipócrita ni venenoso.
 
Su Tronera de hoy se titula Varios equivocados. En ella, tras reconocer a regañadientes y para que no sufra su imagen circunspecta y ecuánime, que el eslogan del PSC para el referéndum es “dudoso” y tras calificar de igualmente “dudoso” al mismo referéndum, pasa ya a arremeter directamente contra el Partido Popular, que es de lo que se trata, de lo que le pide el cuerpo, y comienza por acusarle de “falta de sentido del humor” por la reacción de este partido al sentirse atacado por un eslogan que dice, literalmente: “El PP utilizará tu NO contra Cataluña”.
 
El eslogan, aparte de ser miserable, sólo puede inspirar rechazo a cualquier espíritu que se manifieste democrático. Cualquier ser que nos haya estado dando el coñazo años y años con cantos a la libertad, la democracia y bla, bla, bla, tendría que comprender, sin que se lo explicaran, que tan democrático es votar SÍ como votar NO en un referéndum. Debería comprender, que puede haber sensibilidades que consideren, honestamente, que votar NO, no es votar contra Cataluña, sino, sencillamente, decir que no le gusta este Estatuto. Y, sobre todo, debería comprender el grado de miseria moral que encierra un eslogan que viene a decir, de manera en absoluto subliminal, que el PP lo que desea es el mal para Cataluña. Esto es nuevo en la Historia de la España reciente. Hasta ahora habíamos aceptado todos que, desde ideologías distintas, nadie quería el mal para España ni para ninguna de sus regiones. Parece que esto ha cambiado: en el sentir del PSC-PSOE, EL PP SÍ DESEA EL MAL PARA CATALUÑA.
 
Pues bien, para Gala, este cambio, cuya importancia a nadie se le puede escapar pues demarca la línea que separa al adversario político del enemigo, debería ser recibido por el PP con sentido del humor. Pero ¡qué gracioso, señor Gala!
 
Y esto, recordémoslo, en relación a un Estatuto que el mismo Gala, líneas antes, ha descrito como dudoso. Calificar la reacción del PP ante esta tropelía de falta de sentido del humor se inscribe dentro del mismo grado de miseria moral del propio eslogan. ¿Qué pretendía Gala? Seguramente, hubiera esperado del PP una reacción semejante a aquella del chiste de Gila, persona correligionaria de Gala, pero de infinito mayor talento, cuando contaba aquel chiste de me habéis matado al hijo, pero lo que me he podido reír.
 
Gala, lo vemos en este artículo suyo de hoy, quiere una derecha complaciente con los excesos verbales y no verbales de la izquierda. Gala querría volver a aquellos años en los que el miedo de la derecha a que la llamaran fascista o franquista o inmovilista, hacía que le riera cualquier gracia a la izquierda. Por eso, Gala, acaba su artículo de hoy autocitándose en sus Charlas con Troylo:¿Es que no entienden los indignados inmóviles la movilidad ajena? No. Y, si pudiesen, la prohibirían?”.
 
La movilidad ajena a la que alude Gala es el terremoto que ha originado gratuitamente el PSOE durante sus dos años de gobierno. La movida en la que nos ha metido a todos los españoles sin habérnoslo advertido antes en el correspondiente programa electoral.
 
Un movimiento que rompe con claridad el consenso con el que hemos vivido treinta años, pues se hace en contra de la mitad del electorado, y que roza la vulneración del orden legal, o lo vulnera francamente, que ya dirán los jueces. Su periódico, El Mundo, en su edición de hoy es un clamor contra esta actuación del gobierno socialista. Gala es el oasis, dentro de esa edición, en el que el “malo”, el “inmóvil”, el “atabiliario” es la derecha. Es su oasis; el oasis, digo, de la falsa circunspección, de la mentirosa ecuanimidad, en la que Gala ha basado siempre su obra. El oasis disonante de Antonio Gala en medio de la defensa valiente de El Mundo, frente a lo que, cada vez con mayor evidencia, se ve como un ataque socialista a la legalidad y al consenso. Un oasis de pura hipocresía.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

1 junio, 2006 at 15:21

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Héctor y Adrómaca. Un diálogo.

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El Ministerio de Justicia, en su Orden 3764 ORDEN JUS/568/2006, de 8 de febrero, sobre modificación de modelos de asientos y certificaciones del Registro Civil y del Libro de Familia, nos ordena, valga la redundancia, que:

1.º La expresión «Padre» se sustituirá por la de «Progenitor A», y la expresión «Madre» por la de «Progenitor B».

Esto es: dado que la entrada en vigor de dicha orden es el día siguiente de su publicación en el BOE y que dicha publicación se realizó el día tres de marzo, desde el día cuatro, los términos “padre” y “madre” han dejado de existir a efectos de asiento en el Registro Civil.

“Principio quieren las cosas”, dirán Zapatero y la mafia rosa. Se empieza por el Registro Civil, se empieza por manipular el lenguaje, y se acaba haciendo la sociedad embrutecida que deseamos.

Digamos que esta orden aparece para dar continuidad y efecto a la Ley de los matrimonios diz que homosexuales.

Es superior a mis fuerzas. Me pilla la noticia preparando una edición digital de La Ilíada. Me voy dos mil seiscientos atrás, edad dorada en la que no había ni Zapateros ni Zerolos.

Leo que Héctor intuye su muerte próxima y quiere ver antes a su mujer y a su hijo. Quiere ver a Andrómaca, la de níveos brazos, que es su mujer, no su cónyuge A, y a su tierno hijo, a quien él llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, del cual él es su padre, no su progenitor A ni B. Va en busca de:

…la esposa querida y a mi hijo pequeño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán que sucumba a manos de los aqueos.

No encontrándola en él, pregunta por ella a las esclavas:

¡Venga, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a las hermanas de mis hermanos, las de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa? 

La despensera le contesta:

¡Héctor! Ya que tanto nos encareces decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilio, porque supo que los troyanos llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.

Héctor se encamina a buscarla hacia la muralla, a las puertas Esceas, que abren paso a la llanura donde al fin el héroe morirá.  La encuentra “llevando en brazos al tierno niño, al Hectorida amado, parecido a una hermosa estrella.”

Andrómaca, la de níveos brazos, protesta ante la esclavitud del deber de su marido:

¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas de tu hijo, aun tierno, ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi padre matólo el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Teba, la de altas puertas: dio muerte a Eetión y, sin despojarlo, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas monteses, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros, entre los flexípedes bueyes y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con otras riquezas y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis, que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. Héctor, tú eres ahora mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Ahora, pues, compadécete de mí y quédate aquí, resistiendo en lo alto de esta torre ¡no conviertas en huérfano a tu hijo ni a tu mujer en viuda! A tus huestes detén cabe la higuera, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los más valientes los dos Ayantes, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.

Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco:

Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilio, Príamo y el pueblo de Príamo, armado con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécaba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve, sumida en lágrimas, privándote de la libertad que tenías en los días de antaño. Y, quién sabe, tal vez, allá en Argos, tejas luego una pieza de tela, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: “Ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno de Ilio peleaban.” Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga tus clamores o presencie tu rapto.

Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la augusta madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los de más dioses:

¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos a igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilio; que digan de él cuando vuelva de la batalla: “¡Es mucho más valiente que su padre!”; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya muerto, regocije el alma de su madre.

Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que, al recibirlo en el perfumado seno, sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo el esposo y compadecido, acaricióla con la mano y le dijo:

¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilio, y yo el primero.

Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de hombres; halló en él muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas. Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los aqueos.

Sabido es que Héctor muere. Es una escena de las más conmovedoras de la Ilíada. Por muy encallecidos que estemos, no puede dejar de conmovernos. Existían los conceptos de «padre» y «madre»; de ‘hombre’ y ‘mujer’. Existían esos conceptos que Zapatero, Zerolo y compañía quieren matar.

Sí. Me voy seis mil seiscientos años atrás. Estos indecentes son los mismos que están redactando una asignatura de “Educación Ciudadana”

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

7 marzo, 2006 at 22:36

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El discurso de las armas y las letras

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El apunte de ayer me hizo releer el Discurso de las armas y las letras de don Quijote.

No pude por menos que acordarme del discurso que pronunció en Sevilla hace unos días el Teniente General Mena con ocasión de la celebración del la Pascua Militar. Discurso en el que recordó el Artículo 8 del Título Preliminar de la Constitución Española de 1978 y que ha levantado ampollas en los que ansían ver aparecer un espadón porque un espadón justificaría sus razones y, sobre todo, sus sinrazones.

Este artículo dice:

Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

Y decía don Quijote:

 …dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 enero, 2006 at 20:42

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¡Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles!

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Así comienza la Ilíada, el más antiguo poema épico de la literatura griega. Es un poema épico, esto es, un poema que ensalza una hazaña militar. Como griego, está, también, en los fundamentos de uno de los pilares de nuestra cultura hispana.

Lo traigo a colación porque, en nuestros desgraciados tiempos, parece que hay que explicar que la milicia, el ejercicio de las armas, fue vista, en otros más felices y menos retorcidos, como vivero de virtudes nobles, forja donde se templaban valores profundos del ser humano y fuente de inspiración de todo un género literario que se llama, ya digo, Épica.

Uno de los signos que señalan la decadencia de una cultura es la despreocupación por su defensa armada. Para esto, como para casi todo, tenemos el paradigma en nuestra madre Roma. Sabido es más que de sobra cómo, a la par que el pueblo romano fue olvidando las virtudes republicanas y abandonándose a la molicie en los últimos siglos del imperio, dejó en manos de mercenarios extranjeros la tarea de su defensa militar.

Este desprecio hacia la milicia es propio, digo, de cualquier cultura decadente y, aunque no hubiera otros, bastaría su sola existencia para que nos diéramos cuenta de que la española lo es. Manipuladas las conciencias por la propaganda antibelicista de la ideología de izquierdas, parece que la igualdad:

Milicia = Violencia = Maldad

es un axioma, es decir, una proposición tan clara y evidente que no precisa demostración.

Apareció la palabra violencia.

La palabra violencia causa tanto escándalo entre los progresistas directores de nuestras conciencias, y, en general, entre la mayoría de nuestros compatriotas entontecida por ellos, como podía causar la palabra coño entre las beatas de principios del siglo pasado.

Hace unos meses, en el transcurso de una guardia, atendí a uno de estos programas telebasura que se llaman reality-shows. Todo el mundo conoce el grado de violencia verbal gratuita que cabe en estos programas. Por lo visto, en una edición anterior de dicho espacio, una de las contertulias no pudo más y le soltó un tortazo a otra. La presentadora, una de estas niñas monas que presentan tales programas, estaba sofocadísima:

¡Ay!”, decía, “¡con lo que yo odio la violencia!”

Esta pobre mujer, la presentadora, digo, entendía por violencia el hecho de que un ser humano al que le están tocando las narices, llegue un momento en el que no pueda más y le suelte un tortazo a otro, pero no llega ni a atisbar que el programa que ella presenta no es otra cosa que una exhibición continua de violencia verbal y, ya digo, del todo gratuita. Del todo injusta por gratuita.

Si acudimos al diccionario vemos que violencia es la cualidad de violento, entendiendo por violento el modo de obrar con ímpetu y fuerza. Y aquí cazamos el truco dialéctico de nuestros progresistas (los progresistas, la izquierda, son maestros en la utilización del sofisma). Substituyen la palabra fuerza por la palabra violencia, cargan a esta última de significación peyorativa y ya los tenemos listos para lanzarse contra cualquier violencia, justa o injusta, que no sea la suya propia, claro, porque ellos se reservan la utilización de cualquier tipo de violencia física, psicológica, verbal, legislativa… para llevarnos a todos a esa Disneylandia no violenta en la que quieren transformar nuestro mundo.

La Humanidad nunca ha considerado malo el ejercicio de las armas sino, rotundamente, al revés. No creo preciso que me tenga que remontar a las disquisiciones filosóficas sobre la guerra justa ni volver a justificar la guerra defensiva. Creo que, con poco reflexión, se deshace la fórmula que escribí más arriba. Todos podemos imaginar infinidad de situaciones en las que la utilización de la violencia es, no sólo lícita, sino justa y buena:

"Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra",

dice don Quijote en su discurso de las armas y las letras.

El medio de trabajo de los militares es, pues, la utilización de la fuerza o de la violencia física, me da igual llamarlo de una forma u otra. O uno de sus medios. El principal. Esto es así, de la misma forma que los médicos utilizamos la terapéutica o los arquitectos utilizaban la tinta china antes de que apareciera el AutoCad. El que la utilicemos bien o mal, es harina de otro costal.

En resumidas cuentas, podríamos concluir, a grandes rasgos, que la milicia consiste en la utilización de la violencia física con la finalidad de resolver un hecho injusto.

Esto sólo debería bastar para reconocer en la profesión de la milicia un ejercicio respetable y acallar a esa multitud de necios que farisaicamente se avergüenza de ella. Pero es que, además, hay que decir sin ningún miedo, como lo he dicho antes, que la milicia forja valores nobles en el hombre, mal que les pese a los seudointelectuales. Lean el discurso íntegro de don Quijote en el que compara a las armas con las letras, alabando a ambas, pero concluyendo la superioridad de las primeras sobre las segundas:

Por cierto ¿qué fue don Quijote sino caballero? Y ¿qué significa allí ser caballero sino ser militar? ¿Ha reparado en esto la caterva de pacifistas que celebró el pasado año el quincuacentésimo año de la edición de su novela? ¿La han leído? La celebración de este aniversario por parte de los manipuladores de las mentes que nos gobiernan me hubiera causado risa de no haberme causado infinita ira.

Calderón glosó lo que significaba ser soldado en unos versos que aún hoy cantan nuestros militares.

 
Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
 
Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
 
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
 
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

Todo esto viene a cuento de la noticia que he escuchado esta tarde en el telediario de las dos y media. Parece ser que las tropas que teníamos en Irak en abril del 2004 asistieron, mirando sentadas en sus carros de combate, a un ataque armado de resistentes irakíes contra nuestros aliados norteamericanos.

Me parece muy lícita la discusión de si la guerra de Irak es justa o injusta; de si debimos ir allí o no; de si debimos aliarnos a los norteamericanos o no. Pero, una vez que fuimos, la imagen de nuestros soldados mirando impasibles, sentados en sus carros de combate, el ataque a nuestros aliados sin mover un dedo sólo puede causarme vergüenza y asco.

Parece ser que el Ministerio de Defensa ha justificado tan vergonzosa dejación con la matraca de siempre de la misión de paz: un toque más en el lavado de cerebro; un paso más hacia Disneylandia a costa del honor de nuestros soldados.

¿Sería mucho pedir, dado que los tienen lejos de sus familias, a miles de kilómetros de la patria, sufriendo las mil privaciones que sufre todo soldado en campaña, que, al menos, no les hicieran hacer el ridículo?

Que, por otra parte, no es suyo; es nuestro ridículo. Es la sensación de ridículo de los que, a diferencia del señor Ministro de Defensa, no hemos perdido su sentido.

Así ha degenerado nuestra épica desde los campos de Ilion hasta los desiertos irakíes.

¡Canta, oh diosa, la pachorra del señor Bono!

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 enero, 2006 at 19:25

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