Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La distancia social

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El pasado 26 de feberero se me ocurrió escribir en este blog una entrada que titulé De la educación de los niños y del coronavirus. Me decidió a hacerlo el asunto de la reforma educativa, mi convicción antigua de que es imposible el consenso a ese respecto con las bestias marxistas y actuó como desencadenante las palabras de la comunista Irene Montero arrogándose el derecho de educar a los niños como quieran los comunistas.
 
Eran los días inmediatamente anteriores a que cayera sobre nosotros la catástrofe del coronavirus y la entrada trataba más de la educación moral que del coronavirus. Aunque no teníamos aun idea cabal de sus dimensiones dramáticas, ya el virus andaba en boca de todo el mundo y copaba los espacios informativos, razón por la cual se me ocurrió enlazar al asunto de la educación de la juventud, en su dimensión moral y estética, con éste del miedo al virus, siendo la tesis fundamental de la entrada la desmoralización, enervación y deshumanización con las que el marxismo cultural intenta destruir a las sociedades occidentales y sus valores clásicos y cristianos.
 
Ciertamente, en aquellos días, yo pensaba que esto del coronavirus iba a ser poco más que una gripe común y corriente. Las dimensiones dramáticas, sin embargo, con las que, tan sólo pocos días después, pude comprobar se presentó, me han hecho dudar mucho acerca de la conveniencia de mantener publicada o no tal entrada. Decidí, al fin mantenerla, por un lado, por honestidad intelectual y, por otro, por considerar que la desgracia que hemos vivido debe de ser mejor calibrada, libre de carga emocional, con la perspectiva del tiempo.
 
Y, con la perspectiva del tiempo, empiezo a verla, quizá, menos impertinente cuando, empezando a levantarse las restricciones que se nos han impuesto a la población, empiezo a reparar menos en la amenaza y más en el comportamiento de las gentes. De la fauna humana.
 
Saliendo, el otro día, por la puerta de un centro público, me crucé con una persona que entraba en él. Se apartó hasta apoyar el cuerpo contra la pared para dejarme espacio, mientras me miraba. Su gesto, su mirada, el episodio todo me evocó la imagen del gato con el que te cruzas cuando, receloso, pega el cuerpo contra la pared mientras te mira, esperando a que pases, con una mirada que parece decir: “a ver que hace éste; a ver si sigue a lo suyo o me pega una patada”. Era la distancia social.
 
A pesar de lo que escribí en De la educación de los niños y el coronavirus, ha sido tal la magnitud y el dramatismo de la pandemia que no critico las medidas excepcionales a las que hemos sido obligados: cuarentena, distancia social, mascarillas, guantes, hidrogeles alcohólicos… Entiendo que, como dije en aquella entrada, la provisión divina no excusa la humana y entiendo que a las situaciones excepcionales haya que plantarles cara con medidas excepcionales.
 
No voy a hablar aquí, pues, de esas medidas que el gobierno nos ha impuesto ―tal vez excesivas, en comparación con otras naciones y, por supuesto, muy criticables en lo que tienen de caóticas―, ni del lógico miedo que las personas puedan haber sentido y aun sientan, sino del mío al pensar que muchas de esas medidas y comportamientos hayan venido para quedarse y que la pandemia haya acelerado un comportamiento que la sociedad venía gestando desde hace muchos años.
 
En efecto, la superstición ―obsesión― por la higiene y el miedo a los gérmenes se viene alimentando desde hace mucho tiempo. Hace ya bastantes años, almorzando en la cafetería del lugar donde trabajo, se acercó una muchacha a la mesa en que lo hacía para pedirme el salero y lo cogió con una servilleta, supongo que para no contaminarse de vaya usted a saber de qué. El hecho me pareció extravagante por lo excesivo pero ―comprendiendo que el miedo es libre―, no le di mayor importancia. Sin embargo, poco después, la inspección de sanidad de la cafetería obligó a ésta a retirar los saleros y las vinagreras. Desde entonces ―hablo de años― tiene uno que ir mendigando un sobrecito de aceite y otro de sal para condimentar unas ensaladas que, aun así, acaban resultando, por lo crudo de la lechuga, más propias para caballos que para seres humanos.
 
Se trata de sólo una anécdota, pero mil detalles como éste nos van mostrando, poco a poco, la aparición de una humanidad cada vez más entontencida con estas cosas. Vemos cómo, personas que conocemos desde hace muchos, tienen hoy comportamientos de este tipo que no tenían cuando las conocimos. Quizá la machaconería de los anuncios publicitarios de detergentes en los que aparecen virus y bacterias caricaturizados con aspecto de monstruos que a toda costa debemos exterminar de lavabos y cocinas, hayan tenido mucha culpa de este cambio del ser humano occidental, principalmente de la mujer, suprema directora del comportamiento del varón y principal educadora de la prole.
 
Con todo y con eso, ahora que se van levantando las precauciones a que nos ha obligado el virus, me maravilla, me asombra y me causa desasosiego salir a la calle y ver cómo, aun ya sin obligación legal de hacerlo, la inmensa mayoría de la gente camina por ella con mascarilla. Más papistas que el Papa, es muy difícil encontrar a alguien que no la lleve y, aun los que la llevamos con las narices descubiertas (más por evitar roces y enfrentamientos que por otra cosa) somos bichos raros en esta avifauna de la que formamos parte. Más raros que el coronavirus.
 
Pero eso, ya, es lo de menos. No es que sea grato salir a la calle y ver a todos tus conciudadanos embozados como si estuvieras en el Japón, pero vivimos en una sociedad libre, el miedo es libre y somos seres libres en lo que se puede ser libre.
 
O, ¿no?
 
Pues según para qué. El asunto este de las mascarillas me ha hecho notar una tendencia al totalitarismo y al comportamiento dictatorial de mis compatriotas que me preocupa: mucha gente te empieza a mirar mal si no utilizas el artefacto e, incluso, a llamarte la atención si vas sin bozal. El argumento, esta gente, lo tiene a huevo, claro está: mi comportamiento negligente puede poner en riesgo su salud. Argumento, en principio, poco discutible pero que, como digo, no deja de preocuparme por dos motivos.
 
Uno, por la tendencia borreguna que implica, y que supone un campo abonado en gran parte de la sociedad para asumir con gusto la dirección totalitaria y, otro, porque creo ver en esta actitud un comportamiento inquisitorial que va más allá de la legítima preocupación por la salud propia para entrar en el campo de, lisa y llanamente, de tocarle las narices al prójimo. Ambos comportamientos hacen que uno comprenda a Arcadi Espada cuando nos habla de este país al que tanto odio.
 
José María García, por su parte, decía que, en este país, basta que le pongas a un tío un pito y una gorra para que se crea general con mando en plaza. Así, a la figura del balconazi de hace unos meses, cuando el gran encierro, ha sucedido, en el desencierro, la de la Stasi de Mercadona: gente que, como me sucedió el otro día en ese supermercado, llevando yo la mascarilla, como digo, caída, me dio unos golpecitos en el brazo diciéndome “la mascarilla” para, inmediatamente, perderse entre el gentío sin darme tiempo a reflexionar, seguirla y contestarle. Quizá porque no estuviera tan convencido ni de la razón de su reproche ni de la fuerza de su argumento.
 
Este segundo motivo no es, sin embargo, el más importante. Estas pejigueras han sucedido siempre en ocasiones similares y en La gripe de 1918 en Burgos pueden verse algunos ejemplos chuscos de ellas.
 
Y, sin llegar a estos extremos, el temor a acercarte a otras personas, los rodeos para evitarlo, la tontería de chocar los codos, el no saludar dando la mano a los señores o dando un beso a las señoras, el caminar en el sentido que te indican flechas pintadas en el suelo… tantos pequeños detalles que se van haciendo dueños de nuestro comportamiento, me hacen pensar que el himno de estos días no sea, como dicen, el Resitiré, del Dúo Dinámico, sino, parafraseándolo, el Vivir así, no es vivir, amor, de Camilo Sexto.

 

 
No quiero decir con esto que, en una situación de excepcionalidad y de riesgo como la que vivimos se deban aceptar comportamientos irresponsables, negligentes.
 
Entiendo que el miedo forma parte de la naturaleza humana y es, en sí, un mecanismo adaptativo de defensa ante situaciones ciertamente o probablemente peligrosas. Es natural que el ciervo, al ver al lobo, huya corriendo. No critico el miedo, y, mucho menos, la prudencia, en sí mismos. De lo que hablo es del miedo irracional y neurótico. De ese miedo a morir de patada de conejo.
 
Lo que critico es el exceso y lo que, sobre todo, manifiesto es mi temor de que esto haya venido para quedarse y no sea sino la antesala de un paso más en el entontecimiento ya bastante avanzando del mundo, sino de cosas peores en lo social y en lo político:
 
En su entontecimiento y en su encierro, gustoso y contento, en la granja orwelliana.
 
Este escrito no es, fundamentalmente, una crítica política a nadie. Todo el mundo que me conoce sabe de mi odio hacia los socialistas y sabe que sólo quisiera tener más capacidad de odiar para odiarlos más. Me doy cuenta, también, de la pésima gestión que han hecho y de su utilización partidista de la pandemia: el empeño de Marlasca en multar a Rajoy por salir a dar su trotecillo en una calle desierta durante el confinamiento mientras los cerdos comunistas lo rompían en el entierro de Anguita es una pequeña anécdota significativa.
 
Sin embargo, no me gusta utilizar el asunto del coronavirus para criticar su gestión de la crisis que ha causado por la sencilla razón de que, aunque tuvieran conocimiento y aviso de la llegada de la pandemia, nadie, al principio, podía llegar a imaginar que iba a hacerlo en la forma dramática que lo ha hecho. No voy, pues, a ello.
 
A lo que voy es a que el golpe de Estado que los socialistas en alianza con los comunistas vienen desarrollando (desde antes del coronavirus) va a encontrar, en esta forma de ser mayoritaria de la sociedad, si no una receptividad franca, sí un terreno fácil para germinar en él, máxime si tenemos en cuenta que tal forma de ser sí es transversal. Muy transversal.
 
¿Puede la sociedad, a través del Estado, restringir nuestras libertades, aun la de ir por el mundo sin mascarilla, en pro de la salud pública? Ciertamente, de manera coyuntural y hasta cierto punto, puede. Pero sólo hasta cierto punto y en una coyuntura muy justificada.
 
Si no lo aceptamos como mera coyuntura obligada por fuerza mayor sino que empezamos a considerarlo como principio, esa misma sociedad que hoy me obliga a llevar mascarilla, mañana me puede obligar a vacunarme para intentar erradicar al coronavirus de la faz de la Tierra como se erradicó el de la vacuna: en su mundo disneylandesco, un mundo mejor es, qué duda cabe, un mundo sin virus y sin bacterias. Y, si mañana me obligan a vacunarme, pasado mañana, ¿quién sabe a qué me obligarán?
 
A esos extremos no puede obligar la sociedad. Al menos, una sociedad libre de personas libres.
 
¿No somos todos tan demócratas?
 
Esta misma forma de ser de la mayoría de la sociedad de la que vengo hablando puede hacer que, si se consigue una vacuna eficaz, haya colas para vacunarse; quiero decir, la inmensa mayoría de la población ―quizá yo mismo incluido― se vacune, quedando unos pocos reacios a hacerlo que no representarán ningún peligro para la sociedad puesto que, al estar inmunizada en su mayoría, esos reductos que pudiera hallar el virus en los rebeldes sean insignificantes de cara al riesgo.
 
Pero, vuelvo a preguntar: ¿no somos todos tan demócratas?
 
Si lo somos y esta cuestión quedara al arbitrio de la voluntad libre de cada uno pueden darse dos casos:
 
Que la mayoría se vacune, como he dicho antes, con lo que, muerto el perro ―o reducido a una aldea gala―, se acabó la rabia, o
que la mayoría no se vacune, con lo cual las cosas irán por sus cauces naturales, nos moriremos los que nos tengamos que morir y quienes no, irán adquiriendo, de una u otra manera, una inmunidad frente al virus y un modus vivendi con él como lo tenemos con todos los agentes infecciosos menos el antes mencionado de la vacuna.
 
En cualquier caso, eso sí sería una decisión democrática en la que la mayoría, sin necesidad de ninguna imposición, haría que las cosas fueran por uno u otro cauce.
 
Vuelvo a insistir en que no quiero ser maximalista. Los párrafos anteriores son una reflexión extrema. Pero creo que es una reflexión necesaria y no soy el único que se la viene haciendo. El pasado 11 de mayo, el filósofo Tomás Pollán, en un artículo de El Mundo titulado Los límites entre lo público y lo privado en estado de alarma analizados por nueve filósofos españoles, decía:
 
La ley común es la garantía de la ausencia de constricción para elegir las acciones y el tipo de vida que prefiera cada individuo, y la libertad individual es una condición esencial de la democracia. El poder estatal sólo puede ejercerse contra la voluntad de un ciudadano si se ejerce para evitar que perjudique a otros, y este perjuicio no puede ser ponderado ni a conveniencia del Estado ni a la de la hipersusceptibilidad de individuos con la piel muy fina.
 
Y continuaba:
 
El peligro de la situación actual está en que se aproveche la coyuntura para convertir un momento excepcional en permanente. Veremos.
 
Es, precisamente, el aprovechamiento de una coyuntura para hacer permanente las conductas de estos aciagos días lo que motiva estas líneas y lo que me preocupa: un mundo sin saleros y sin vinagreras en los restaurantes; un mundo de gentes embozadas haciendo el payaso, dando rodeos para mantener distancias sociales; un mundo de beatas de la higiene y de la salubridad que se escandalizan por que unos jóvenes rompan cuarentenas en bares clandestinos improvisados…
 
Está en la naturaleza del ciervo huir del lobo para que no se lo coma; entra dentro del orden natural de las cosas. La distancia social, empero, no forma parte de la naturaleza humana, antes bien, al contrario. Esperemos en Dios que las cosas se vayan enmendando y la naturaleza recupere su fuero.

 

Vínculos:

De la educación de los niños y del coronavirus. Conceptos esparcidos.
La gripe de 1918 en Burgos. Conceptos esparcidos.
Los límites entre lo público y lo privado en estado de alarma analizados por nueve filósofos españoles. El Mundo.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

21 junio, 2020 a 10:19

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