Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

¿Puede don Juan Carlos ser juzgado?

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A nadie se le escapa el disgusto y desasosiego que a los constitucionalistas nos está causando la noticia de las presuntas irregularidades económicas que don Juan Carlos I pudiera haber cometido durante su reinado; noticia que viene rumoreándose desde hace algunos años y que arrecia estos días.

Como es lógico, no soy quién para pronunciarme ni sobre la veracidad ni sobre la repercusión penal que tales presuntas irregularidades puedan tener.

Todo lo que puedo decir al respecto es que, a lo que parece, aquellas palabras que Franco le dirigió en 1955:

Un príncipe debe tener en cuenta que toda la nación le está mirando y que debe dar pruebas de su moralidad absoluta, así como llevar una vida de verdadera austeridad. Lo que se perdona a cualquier ciudadano no se le puede perdonar a un rey del que la nación está pendiente.

le entraron a don Juan Carlos por un oído y le salieron por el otro.

Muy triste, muy desalentador, pero no voy a ello aquí.

***

La izquierda marxista, como es lógico, ha pedido, si no su procesamiento ―al menos por ahora―, sí la apertura de una comisión parlamentaria que investigue el caso y ante la que don Juan Carlos tendría que comparecer.

Al respecto, andan debatiendo unos y otros ―partidarios y contrarios a tal investigación―, acerca del concepto de inviolabilidad del rey. Tampoco, siendo lego en la materia, me voy a pronunciar sobre la figura de la inviolabilidad del Rey como la entiende la Constitución.

***

A los monárquicos se nos plantea, sin embargo, este dilema: ¿es lícito o no es lícito que se juzgue a don Juan Carlos?

***

Empezaré diciendo que la petición del partido comunista Podemos para que el rey asuma su responsabilidad, no responde ―evidentemente― a un deseo de este partido comunista de perseguir el bien común ni la salud de la Monarquía sino, como a nadie se le escapa, a dar un paso más en la revolución y cargarse esta figura.

Estamos viviendo estos días la arremetida de las bestias revolucionarias para acabar con la Constitución del 78 y su pieza clave ―al menos en lo simbólico― es la abolición de lo que ellos llaman monarquía y su substitución por una república.

El argumento es falaz toda vez que no vivimos en un régimen monárquico sino, en verdad, en uno democrático ―esto es, republicano― que conserva, a manera de ornamento, de respeto a nuestra tradición y hasta, si se quiere, de pequeño dique de contención a la cruda lucha partidista, la figura simbólica de la Corona, pero, propiamente hablando, no vivimos en un régimen monárquico.

Esto no importa mucho ni a los comunistas ni a los socialistas pues lo que están proponiendo no es un debate acerca de la mejor forma de gobierno en aras del bien público, sino la defenestración de nuestro régimen constitucional para volver a implantar un régimen totalitario, esta vez neomarxista.

En España, en nuestros días ―y, cuando digo en nuestros días, quiero decir en nuestros días desde 1864―, el concepto República implica esto: destrucción del orden natural, preterición de la media España que conserva recuerdo de su tradición, división y odio entre las personas y entre las tierras españolas. Implica, en una palabra, revolución. La revolución que tienen pendiente desde 1812.

La revolución española, inspirada en la francesa, se diferencia de ella en una sola cosa, a saber: nosotros no le cortamos la cabeza a ningún rey y esto, además de ser ―como decía antes―, un pequeño dique simbólico de contención a la arremetida de los revolucionarios contra la res publica sujeta, dirigida y gobernada por la ley natural ―cuya existencia ellos niegan―, es una espina que estas bestias tienen clavada desde el siglo XIX.

***

Por otra parte ―y a ello me referí hace unos años en Defensa de la Monarquía española―, lo que los liberales vienen llamando monarquía desde 1812 no es sino una componenda torpe ―voluntariosa, si se quiere― que intenta hermanar la revolución con un régimen civilizado de convivencia.

Si los franceses la contuvieron mediante el Directorio, nosotros venimos haciéndolo con el invento de la Monarquía constitucional, de ahí que, desde Isabel II, los llamados reyes de España no hayan reinado sino para compadrear con la izquierda. Acerca de ello escribí, también hace años, en Otra vez el Rey.

No es, pues, que las cosas pinten muy bien ―ni siquiera en el mejor de los casos― para los que de verdad nos llamamos monárquicos y ciertamente lo somos por considerar a la Monarquía como mejor forma de gobierno.

El rey actual, don Felipe VI, con ser muchas las virtudes personales que le adornan, reina en el mismo sentido que vengo diciendo y, casado en matrimonio morganático con una progre prosocialista ―la de la cuchipandi y la del compi yogui―, por mucha conciencia que tenga de lo que significa ser rey, pocas esperanzas debemos tener en que su hija doña Leonor alcance a concebir la res publica en el sentido que la concebían Mariana o Vitoria sino, más bien, temer que lo haga en el sentido gramsciano en el que la eduquen Ortiz y el signo de los tiempos en los que le ha tocado nacer.

Así, detalles como la felicitación que la Casa Real hizo al aquelarre de maricas y lesbianas de 2017 no pueden ser más desalentadores.

Pero, así son las cosas: no como nos gustaría que fueran sino como son, y lo que hoy llamamos reyes de España seguramente no pueden hacer cosa muy distinta de lo que hacen porque el mundo camina por estos derroteros y España, hoy por hoy, no es sanable en el sentido que nos dejó dicho don Carlos VII:

Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.

Sanable, aquí, quiere decir ajustada a la ley natural ―a la Ley de Dios― y conforme a ella en su ordenamiento político y social, que no otra cosa es el carlismo, en tanto que la revolución ―también la liberal―, niega y abomina de tal ajuste.

Con todo esto, lo que quiero decir, no es que, al defender lo que hoy llamamos monarquía española, quienes lo hacemos estemos defendiendo ningún régimen monárquico, porque éste no lo es, ni que dejemos de darnos cuenta de la perversión política que hoy rige a las naciones occidentales, sino que, simplemente, estamos tratando de evitar el mal mayor que significa la destrucción del estado de derecho ―que, hoy por hoy, lo es― a manos de los socialistas y de los comunistas que tratan de substituirlo por otro de corte totalitario.

Sin ser, de ninguna manera, sebastianismo, el asunto de la sanabilidad de España es algo que debe quedar para las futuras generaciones. Teniéndolo presente como lo tenemos, a las que hoy vivimos nos toca afrontar la tarea, mucho más urgente, de resistir la embestida comunista.

***

Planteado así el asunto, vuelvo a la pregunta que me hice al principio: ¿es lícito que se juzgue a don Juan Carlos por delitos que pueda haber cometido?

En sana doctrina monárquica, lo es.

Dice Francisco de Vitoria en El Estado y la Iglesia:

Investígase finalmente si las leyes civiles obligan a los legisladores y principalmente a los reyes. A algunos les parece que no, porque están sobre toda la república, y nadie puede ser obligado sino por un superior. Esto no obstante, más probable parece que las leyes también les obliguen. Se prueba, en primer término, porque un legislador que no cumpliese sus propias leyes haría injuria a la república y a los restantes ciudadanos, siendo él parte de la república y levantando las cargas de ella, conforme a su persona, cualidad y dignidad.

Mas como esta obligación es indirecta, se prueba de otro modo. La misma fuerza tienen las leyes dadas por el rey que si fuesen dadas por toda la república, como se ha dicho antes. Pero las leyes dadas por la república obligan a todos. Luego, aunque estén dadas por el rey, obligan al mismo rey.

Se confirma esta prueba. En el principado aristocrático los senatus consulta obligan a los mismos senadores, sus autores, y en el régimen popular los plebiscitos obligan al pueblo. Luego del mismo modo las leyes reales obligan a los reyes, y así, aunque pende de su voluntad el dar las leyes, no pende de ella el que obliguen o dejen de obligar. Ocurre aquí lo que en los pactos: pacta uno libremente, pero se obliga al pacto.

Para el filósofo es, pues, lícito y, por mucho que a los monárquicos ―dicho lo de monárquicos con todas las prevenciones que he expuesto―, nos duela, debemos asumir que, en sana doctrina monárquica, es así.

Otra cosa es que Pablo Iglesias aproveche la sana doctrina pro domo sua. Sabido es que a los comunistas les sucede lo que a los cerdos: cualquier cosa les sirve para medrar.

Ambas cosas son, pues, verdad: don Juan Carlos ―a reserva de lo que resulte del asunto jurídico de la inviolabilidad―puede ser juzgado y los comunistas están aprovechando esta triste ocasión para armar su labor de zapa de la civilización cristiana.

Militia est vita hominis super terram.

***

Nota: Apenas remitida esta entrada a la página de Facebook Carlistas (Comunión Tradicionalista), un administrador de la misma la elimina y me notifica:

No cabe en este grupo: ni difundir el desaliento, como si fuera todo inevitable; ni dar tratamiento real, ni alabar a las personas de los usurpadores, ni disminuir las responsabilidades de éstos.

Bien. Lo acepto, pero no creo haber hecho en mi escrito nada de lo que tal administrador dice que hago:

1. Con respecto a lo de difundir desaliento, no considero que lo sea la constatación del desastre que hoy vive nuestra patria y, con respecto a lo de como si todo fuera inevitable merece mayor desarrollo:

Las palabras que reproduzco del Testamento de don Carlos VII las llevo grabadas en el alma y no las he traído a colación al albur sino muy intencionadamente:

Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.

Y las llevo grabadas en el alma porque me parecen una síntesis perfecta de los males que nos afectan desde la revolución a la que, hablando de desaliento, ignoro si alguna vez podremos vencer: el mismo rey emplea el condicional si: si España es sanable…

Como digo, lo ignoro y, en todo caso, no espero ver en mi generación tal sanación. Como digo también en el texto, entiendo que don Carlos, cuando dice sanable, se refiere a que las naciones, las sociedades, España en este caso, abominen del error subjetivista, vuelvan a admitir la existencia del orden natural y se gobiernen conformes con él.

El error de la filosofía subjetivista ha conducido a hacer que muchas personas piensen que tal orden natural no existe y, en consecuencia, tanto los individuos como las sociedades pueden vivir sin sujetarse a él y conforme a lo que les apetezca.

Mi pensamiento, y el pensamiento carlista, se asientan en la base de que ese orden sí existe y de que obrar en su contra o, simplemente, como si no existiera, sólo puede llevar al desastre, a la degradación y a la destrucción del individuo y a la disgregación de la sociedad.

En consecuencia, no soy pesimista con respecto a que, algún día, las sociedades occidentales, hoy embrutecidas, se reencuentren con él. Creo en la Providencia divina y entiendo, precisamente, por Providencia divina, esto: la propia naturaleza de las cosas hace que sean como son y si pretendemos que las cosas sean distintas a lo que su naturaleza les dicta, se destruyen. Creo, pues, que, algún día, la revolución se autodestruirá.

Ni soy, por tanto pesimista a largo plazo ni pretendo difundir desaliento pero, hoy por hoy, las cosas están así: estamos en una época revolucionaría que busca la destrucción de Dios y de su orden divino y, desconociendo los caminos del Señor, no sabemos si, como dijo don Carlos, España será algún día sanable.

2. Por lo que respecta a alabar a las personas de los usurpadores yo pensaba que, más bien, al revés, poca alabanza hacia ellos hay en mi escrito pero esto es lo de menos. Vayamos al reparo:

Por una parte, ―lo cortés no quita lo valiente― virtudes personales, humanas, se puede encontrar en cualquier persona por muy contrario que su pensamiento sea al de uno y yo, sin tener mayor simpatía por la dinastía isabelina, no dejo de verlas en sus miembros, don Juan Carlos incluido.

Pero, lo que me parece fundamental de este reparo que me pone el administrador es la reducción simplista que implica su concepción del Tradicionalismo a una mera pelea dinástica. Al menos, así lo entiendo yo cuando leo que escribe la palabra usurpadores: ¿el problema es que una rama de una dinastía haya usurpado a otra la Corona? A mi modo de ver, ni mucho menos. ¡Ojalá ese fuera todo el problema! Si existen tales usurpadores es porque el cuerpo de la Nación estaba y está corrompido en el sentido en el que acabo de exponer: en su abandono en manos del relativismo primero y de la revolución después. La solución, pues, no es cambiar de Rey sino, vuelvo a don Carlos, la sanación de la nación:

Si España es sanable…

Y creo que es a esto a lo que se refería don Carlos cuando, en el mismo Testamento, nos dice:

Mi hijo Jaime, o el que en derecho y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás.

Reflexiónese sobre las palabras “en derecho y lo que ese derecho significa y exige” y, sobre todo y para lo que hace al caso, sobre cómo el Rey distingue entre la dinastía y la Causa.

Y, en fin,

3. ¿Disminuir su responsabilidad? No sé si lo he hecho; creo que no. Ciertamente, esta dinastía se ha prestado a colaborar con el error filosófico del que vengo hablando, a adornar la revolución y a darle apariencia de justificación adornándola con el glorioso la Corona de España. Quizá, el único argumento que disminuya su responsabilidad en esto sea el utilitario: su papel como dique muy relativo a la revolución franca y a la desintegración territorial de España pero, también quizá, en esto sí tenga razón el administrador y, para que se dé ese retorno de las cosas a su orden natural sea preferible el cuanto peor, mejor. Sobre esto ya reflexioné en España, antes rota que roja.

Vínculos:
El Estado y la Iglesia. Francisco de Vitoria. Scribid.
Anticorrupción acusa a Orleans en una comisión rogatoria a Suiza de «ocultar comisiones de Juan Carlos I». OKdiario.
Podemos pide una comisión de investigación sobre las cuentas del rey Juan Carlos en Suiza. OKdiario.
Palabras que el Caudillo Francisco Franco dirigió a S.A.R. el infante don Juan Carlos de Borbón en marzo de 1955. Conceptos esparcidos.
En defensa de la monarquía española. Conceptos esparcidos.
Otra vez el Rey. Conceptos esparcidos.
Testamento político de S.M.C. Carlos VII. Conceptos esparcidos.
Felicitación de la Casa Real a la fiesta del World Pride 2017.

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 junio, 2020 a 8:38

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