Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Dos de Mayo

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Aunque por motivos bien distintos, tal día como mañana las calles de toda España amanecerán tan desiertas como aquí nos refiere el conde de Toreno que amanecieron las de Madrid hace 212 años.

Don José María Queipo de Llano y Ruis de Saravia nació en Oviedo el 26 de noviembre de 1786 en el seno de la Casa de Toreno, una de las más ricas y antiguas de Asturias y fue excepcional testigo del hecho grandioso del 2 de mayo de 1808 en Madrid. A la sazón vizconde de Matarrosa, estaba en la capital aquel día y, además, sus gestiones para salvar la vida de un amigo, le hicieron recorrer los lugares en donde se decidía y ejecutaba la muerte de los sublevados frente a la invasión francesa. Así pudo relatar de primera mano aquellas horas de angustia, de horror y de heroísmo en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España con unas líneas que, aunque escritas veinte años más tarde, conservan la emoción mal reprimida de lo visto y sentido personalmente:

La fuerte y hostil posición de los franceses era también para desalentar al hombre más brioso y arrojado. Tenían en Madrid y sus alrededores 25.000 hombres, ocupando el Retiro con numerosa artillería. Dentro de la capital estaba la guardia imperial de a pie y de a caballo, con una división de infantería, mandada por el general Musnier, y una brigada de caballería. Las otras divisiones del cuerpo de observación de las costas del Océano, a las órdenes del mariscal Moncey, se hallaban acantonadas en Fuencarral, Chamartín, convento de San Bernardino, Pozuelo y la Casa de Campo. En Aranjuez, Toledo y El Escorial había divisiones del cuerpo Dupont; de suerte que Madrid estaba ocupado y circundado por el ejército extranjero, al paso que la guarnición española constaba de poco más de 3000 hombres, habiéndose insensiblemente disminuido desde los acontecimientos de Marzo. Mas el vecindario, en lugar de contener y reprimir su disgusto, lo manifestaba cada día más a cara descubierta y sin ponerle ya límites a su descontento. Eran extraordinarias la impaciencia y la agitación, y ora delante de la imprenta Real para aguardar la publicación de una gaceta, ora delante de la casa de correos para saber noticias, se veían constantemente grupos de gente de todas clases. Los empleados dejaban sus oficinas, los operarios sus talleres, y hasta el delicado sexo sus caseras ocupaciones, para acudir a la Puerta del Sol y sus avenidas, ansiosos de satisfacer su noble curiosidad; interés loable y señalado indicio de que el fuego patrio no se había aún extinguido en los valerosos pechos españoles.

Murat, por su parte, no omitía ocasión de ostentar su fuerza y sus recursos para infundir pavor en el ánimo de la de sosegada multitud. Todos los domingos pasaba revista de sus tropas en el paseo del Prado, después de haber oído misa en el convento de Carmelitas descalzos, calle de Alcalá. La demostración religiosa, acompañada de la estrepitosa reseña, lejos de conciliar los ánimos o de arredrarlos, los llenaba de enfado y enojo. No se creía en la sinceridad de la primera, tachándola de impío fingimiento, y se veía en la segunda el deliberado propósito de insultar y de atemorizar con estudiada apariencia a los pacíficos, si bien ofendidos, moradores. De una y otra parte fue creciendo la irritación, siendo por ambas extremada. El español tenía a vilipendio el orgullo y desprecio con que se presentaba el extranjero, y el soldado francés, temeroso de una oculta trama, anhelaba por salir de su situación penosa, vengándose de los desaires que con frecuencia recibía. A tal punto había llegado la agitación y la cólera que, al volver Murat el domingo 1.º de Mayo de su acostumbrada revista y a su paso por la Puerta del Sol, fue escarnecido y silbado, con escándalo de su comitiva, por el numeroso pueblo que allí a la sazón se encontraba. Semejante estado de cosas era demasiado violento para que se prolongase sin haber de ambas partes un abierto y declarado rompimiento. Sólo faltaba oportuna ocasión, la cual desgraciadamente se ofreció muy luego.

El 30 de abril presentó Murat una carta de Carlos IV para que la Reina de Etruria y el infante don Francisco pasasen a Bayona. Se opuso la Junta a la partida del Infante, dejando a la Reina que obrase según su deseo. Reiteró Murat el 1.º de Mayo la demanda acerca del Infante, tomando a su cuidado evitar a la Junta cualquiera desazón o responsabilidad. Tratóse largamente en ella si había o no de acceder; los pareceres anduvieron muy divididos, y hubo quien propuso resistir con la fuerza. Consultóse acerca del punto con don Gonzalo Ofárril, como ministro de la Guerra, quien trazó un cuadro en tal manera triste, si bien cierto, de la situación de Madrid, apreciada militarmente, que no sólo arrastró a su opinión a la mayoría, sino que también se convino en contener con las fuerzas nacionales cualquiera movimiento del pueblo. Hasta ahora la Junta había sido débil e indecisa; en adelante, menos atenta a sus sagrados deberes, irá poco a poco uniéndose y estrechándose con el orgulloso invasor. Resuelto, pues, el viaje de la Reina de Etruria conforme a su libre voluntad, y el del Infante don Francisco por consentimiento de la Junta, se señaló la mañana siguiente para su partida.

Amaneció, en fin, el 2 de mayo, día de amarga recordación, de luto y desconsuelo, cuya dolorosa imagen nunca se borrará de nuestro afligido y contristado pecho. Un présago e inexplicable desasosiego pronosticaba tan aciago acontecimiento, o ya por aquel presentir oscuro que a veces antecede a las grandes tribulaciones de nuestra alma, o ya, más bien, por la esparcida voz de la próxima partida de los infantes. Esta voz, y la suma inquietud excitada por la falta de dos correos de Francia, habían llamado desde muy temprano a la plazuela de Palacio numeroso concurso de hombres y mujeres del pueblo. Al dar las nueve subió en un coche, con sus hijos, la Reina de Etruria, mirada más bien como princesa extranjera que como propia, y muy desamada por su continuo y secreto trato con Murat; partió sin oponérsele resistencia. Quedaban todavía dos coches y, al instante, corrió por la multitud que estaban destinados al viaje de los dos infantes don Antonio y don Francisco. Por instantes crecía el enojo y la ira, cuando, al oír de la boca de los criados de Palacio que el niño don Francisco lloraba y no quería ir, se enternecieron todos y las mujeres prorrumpieron en lamentos y sentidos sollozos. En este estado, y alterados más y más los ánimos, llegó a Palacio el ayudante de Murat, Mr. Augusto Lagrange, encargado de ver lo que allí pasaba, y de saber si la inquietud popular ofrecía fundados temores de alguna conmoción grave. Al ver al ayudante, conocido como tal por su particular uniforme, nada grato a los ojos del pueblo, se persuadió éste que era venido allí para sacar por fuerza a los infantes. Siguióse un general susurro, y al grito de una mujerzuela: ¡Que nos los llevan!, fue embestido Mr. Lagrange por todas partes, y hubiera perecido a no haberle escudado con su cuerpo el oficial de walonas don Miguel Desmaisieres y Flórez; mas, subiendo de punto la gritería, y ciegos todos de rabia y desesperación, ambos iban a ser atropellados y muertos si, afortunadamente, no hubiera llegado a tiempo una patrulla francesa que los libró del furor de la embravecida plebe. Murat, prontamente informado de lo que pasaba, envió sin tardanza un batallón con dos piezas de artillería; la proximidad a Palacio de su alojamiento facilitaba la breve ejecución de su orden. La tropa francesa, llegada que fue al paraje de la reunión popular, en vez de contener el alboroto en su origen, sin previo aviso, ni determinación anterior, hizo una descarga sobre los indefensos corrillos, causando así una general dispersión y, con ella, un levantamiento en toda la capital, porque, derramándose con celeridad hasta por los más distantes barrios los prófugos de palacio, cundió con ellos el terror y el miedo, y en un instante y como por encanto, se sublevó la población entera.

El Infante don Francisco de Paula

Acudieron todos a buscar armas y, con ansia, a falta de buenas, se aprovechaban de las más arrinconadas y enmohecidas. Los franceses fueron impetuosamente acometidos por doquiera que se les encontraba. Respetáronse, en general, los que estaban dentro de las casas o iban desarmados, y con vigor se ensañaron contra los que intentaban juntarse con sus cuerpos o hacían fuego. Los hubo que, arrojando las armas e implorando clemencia, se salvaron y fueron custodiados en paraje seguro. ¡Admirable generosidad en medio de tan ciego y justo furor! El gentío era inmenso en la calle Mayor, de Alcalá, de la Montera y de las Carretas. Durante algún tiempo los franceses desaparecieron y los inexpertos madrileños creyeron haber alcanzado y asegurado su triunfo; pero, desgraciadamente, fue de corta duración su alegría.

Los extranjeros, prevenidos de antemano y estando siempre en vela, recelosos por la pública agitación de una populosa ciudad, apresuradamente se abalanzaron por las calles de Alcalá y Carrera de San Jerónimo, barriéndolas con su artillería y arrollando a la multitud la caballería de la guardia imperial, a las órdenes del jefe de escuadrón Daumesnil. Señaláronse en crueldad los lanceros polacos y los mamelucos, los que, conforme a las órdenes de los generales de brigada Guillot y Daubray, forzaron las puertas de algunas casas, o ya porque desde dentro hubiesen tirado, o ya porque así lo fingieron para entrarlas a saco y matar a cuantos se les presentaban. Así, asaltando, entre otras, la casa del Duque de Híjar, en la Carrera de San Jerónimo, arcabucearon delante de sus puertas al anciano portero. Estuvieron también próximos a experimentar igual suerte el Marqués de Villamejor y el conde de Talara, aunque no habían tomado parte en la sublevación. Salváronlos sus alojados. El pueblo, combatido por todas partes, fue rechazado y disperso, y sólo unos cuantos siguieron defendiéndose y aún atacaron con sobresaliente bizarría. Entre ellos los hubo que, vendiendo caras sus vidas, se arrojaron en medio de las filas francesas, hiriendo y matando hasta dar el postrer aliento; hubo otros que, parapetándose en las esquinas de las calles, iban de una en otra haciendo continuado y mortífero fuego; algunos también, en vez de huir, aguardaban a pie firme, o asestaban su último y furibundo golpe contra el jefe u oficial, conocido por sus insignias. ¡Estériles esfuerzos de valor y personal denuedo!

La tropa española permanecía en sus cuarteles por orden de la Junta y del capitán general don Francisco Javier Negrete, furiosa y encolerizada, mas retenida por la disciplina. Entretanto, paisanos sin resguardo ni apoyo se precipitaron al parque de artillería, en el barrio de las Maravillas, para sacar los cañones y resistir con más ventaja. Los artilleros andaban dudosos en tomar o no parte con el pueblo, a la misma sazón que cundió la voz de haber sido atacado por los franceses uno de los otros cuarteles. Decididos entonces, y puestos al frente don Pedro Velarde y don Luis Daoiz, abrieron las puertas del parque, sacaron tres cañones y se dispusieron a rechazar al enemigo, sostenidos por los paisanos y un piquete de infantería a las órdenes del oficial Ruiz. Al principio se cogieron prisioneros algunos franceses, pero, poco después, una columna de éstos, de los acantonados en el convento de San Bernardino, se avanzó, mandada por el general Lefranc, trabándose de ambos lados una porfiada refriega. El parque se defendió valerosamente, menudearon las descargas, y allí quedaron tendidos número crecido de enemigos. De nuestra parte perecieron bastantes soldados y paisanos; el oficial Ruiz fue desde el principio gravemente herido. Don Pedro Velarde feneció, atravesado de un balazo; y, escaseando ya los medios de defensa con la muerte de muchos, y aproximándose denodadamente los franceses a la bayoneta, comenzaron los nuestros a desalentar y quisieron rendirse. Pero, cuando se creía que los enemigos iban a admitir la capitulación, se arrojaron sobre las piezas, mataron a algunos, y, entre ellos, traspasaron despiadadamente a bayonetazos a don Luis Daoiz, herido antes en un muslo. Así terminaron su carrera los ilustres y beneméritos oficiales Daoiz y Velarde; honra y gloria de España, dechado de patriotismo, servirán de ejemplo a los amantes de la independencia y libertad nacional. El reencuentro del parque fue el que costó más sangre a los franceses y en donde hubo resistencia más ordenada.

Entretanto, la débil Junta, azorada y sorprendida, pensó en buscar remedio a tamaño mal. Ofárril y Azanza, habiendo recorrido inútilmente los alrededores de Palacio, y no siendo escuchados de los franceses, montaron a caballo y fueron a encontrarse con Murat quien, desde el principio de la sublevación, para estar más desembarazado y más a mano de dar órdenes, ya a las tropas de afuera, ya a las de dentro, se colocó, con el mariscal Moncey y principales generales, fuera de puertas, en lo alto de la cuesta de San Vicente. Llegaron allí los comisionados de la Junta y dijeron al gran Duque que si mandaba suspender el fuego y les daba para acompañarlos uno de sus generales, se ofrecían a restablecer la tranquilidad. Accedió Murat y nombró al efecto al general Harispe. Juntos los tres pasaron a los Consejos y, asistidos de individuos de todos ellos, se distribuyeron por calles y plazas y, recorriendo las principales, alcanzaron que la multitud se aplacase con oferta de olvido de lo pasado y reconciliación general. En aquel paseo se salvó la vida a varios desgraciados y, señaladamente, a algunos traficantes catalanes a ruego de don Gonzalo Ofárril.

Retirados los españoles, todas las bocacalles y puntos importantes fueron ocupados por los franceses, situando particularmente en las encrucijadas cañones con mecha encendida.

Aunque sumidos todos en dolor profundo, se respiraba algún tanto con la consoladora idea de que, por lo menos, haría pausa la desolación y la muerte. ¡Engañosa esperanza! A las tres de la tarde, una voz lúgubre y espantosa empezó a correr con la celeridad del rayo. Afirmábase que españoles tranquilos habían sido cogidos por los franceses y arcabuceados junto a la fuente de la Puerta del Sol y la iglesia de la Soledad, manchando con su inocente sangre las gradas del templo. Apenas se daba crédito a tamaña atrocidad y conceptuábanse falsos rumores de ilusos y acalorados patriotas. Bien pronto llegó el desengaño. En efecto, los franceses, después de estar todo tranquilo, habían comenzado a prender a muchos españoles que, en virtud de las promesas, creyeron poder acudir libremente a sus ocupaciones. Prendiéronlos con pretexto de que llevaban armas; muchos no las tenían, a otros sólo acompañaba o una navaja o unas tijeras de su uso. Algunos fueron arcabuceados sin dilación, otros quedaron depositados en la casa de Correos y en los cuarteles. Las autoridades españolas, fiadas en el convenio concluido con los jefes franceses, descansaban en el puntual cumplimiento de lo pactado. Por desgracia, fuimos de los primeros a ser testigos de su ciega confianza. Llevados a casa de don Arias Mon, gobernador del Consejo, con deseo de liberar la vida a don Antonio Oviedo, quien, sin motivo, había sido preso al cruzar de una calle, nos encontramos con que el venerable anciano, rendido al cansancio de la fatigosa mañana, dormía sosegadamente la siesta. Enlazados con él por relaciones de paisanaje y parentesco, conseguimos que se le despertara y, con dificultad, pudimos persuadirle de la verdad de lo que pasaba, respondiendo a todo que una persona como el gran Duque de Berg no podía descaradamente faltar a su palabra… ¡Tanto repugnaba el falso proceder a su acendrada probidad! Cerciorado al fin, procuró aquel digno magistrado reparar por su parte el grave daño, dándonos también a nosotros en propia mano la orden para que se pusiese en libertad a nuestro amigo. Sus laudables esfuerzos fueron inútiles, y en balde nuestros pasos en favor de don Antonio Oviedo. A duras penas, penetrando por las filas enemigas con bastante peligro, de que nos salvó el hablar la lengua francesa, llegamos a la casa de Correos, donde mandaba por los españoles el general Sesti. Le presentamos la orden del Gobernador y, fríamente, nos contestó que, para evitar las continuadas reclamaciones de los franceses, les había entregado todos sus presos y puéstolos en sus manos; así, aquel italiano al servicio de España, retribuyó a su adoptiva patria los grados y mercedes con que le había honrado. En dicha casa de Correos se había juntado una comisión militar francesa con apariencias de tribunal; mas, por lo común, sin ver a los supuestos reos, sin oírles descargo alguno ni defensa, los enviaba en pelotones unos en pos de otros para que pereciesen en el Retiro o en el Prado. Muchos llegaban al lugar de su horroroso suplicio ignorantes de su suerte; y, atados de dos en dos, tirando los soldados franceses sobre el montón, caían o muertos o malheridos, pasando a enterrarlos cuando todavía algunos palpitaban. Aguardaron a que pasase el día para aumentar el horror de la trágica escena. Al cabo de veinte años nuestros cabellos se erizan todavía al recordar la triste y silenciosa noche, sólo interrumpida por los lastimeros ayes de las desgraciadas víctimas y por el ruido de los fusilazos y del cañón que, de cuando en cuando y a lo lejos, se oía y resonaba. Recogidos los madrileños a sus hogares, lloraban la cruel suerte que había cabido o amenazaba al pariente, al deudo o al amigo. Nosotros nos lamentábamos de la suerte del desventurado Oviedo, cuya libertad no habíamos logrado conseguir, a la misma sazón que, pálido y despavorido, le vimos impensadamente entrar por las puertas de la casa en donde estábamos. Acababa de deber la vida a la generosidad de un oficial francés, movido de sus ruegos y de su inocencia, expresados en la lengua extraña con la persuasiva elocuencia que le daba su crítica situación. Atado ya en un patio del Retiro, estando para ser arcabuceado, le soltó, y aún no había salido Oviedo del recinto del palacio, cuando oyó los tiros que terminaron la larga y horrorosa agonía de sus compañeros de infortunio. Me he atrevido a entretejer con la relación general un hecho que, si bien particular, da una idea clara y verdadera del modo bárbaro y cruel con que perecieron muchos españoles, entre los cuales había sacerdotes, ancianos, y otras personas respetables. No satisfechos los invasores con la sangre derramada por la noche, continuaron todavía en la mañana siguiente pasando por las armas a algunos de los arrestados la víspera, para cuya ejecución destinaron el cercado de la casa del Príncipe Pío. Con aquel sangriento suceso se dio correspondiente remate a la empresa comenzada el 2 de Mayo, día que cubrirá eternamente de baldón al caudillo del ejército francés que, fríamente, mandó asesinar, atraillados, sin juicio ni defensa, a inocentes y pacíficos individuos. Lejos estaba entonces de prever el orgulloso y arrogante Murat que, años después, cogido, sorprendido y casi atraillado también a la manera de los españoles del 2 de Mayo, sería arcabucero sin detenidas formas y, a pesar de sus reclamaciones, ofreciendo en su persona un señalado escarmiento a los que ostentaban hollar impunemente los derechos sagrados de la justicia y de la humanidad.

La Puerta del Sol

Difícil sería calcular ahora con puntualidad la pérdida que hubo por ambas partes. El Consejo, interesado en disminuirla, la rebajó a unos 200 hombres del pueblo. Murat, aumentando la de los españoles, redujo la suya, acortándola el Monitor a unos 80 entre muertos y heridos. Las dos relaciones debieron ser inexactas por la sazón en que se hicieron y el diverso interés que a todos ellos movía. Según lo que vimos, y atendiendo a lo que hemos consultado después y al número de heridos que entraron en los hospitales, creemos que, aproximadamente, puede computarse la pérdida de unos y otros en 1200 hombres.

Calificaron los españoles el acontecimiento del 2 de Mayo de trama urdida por los franceses, y no faltaron algunos de éstos que se imaginaron haber sido una conspiración preparada de antemano por aquéllos; suposiciones falsas y desnudas ambas de sólido fundamento. Mas, desechando los rumores de entonces, nos inclinamos, sí, a que Murat celebró la ocasión que se le presentaba, y no la desaprovechó, jactándose, como después lo hizo, de haber humillado con un recio escarmiento la fiereza castellana. Bien pronto vio cuán equivocado era su precipitado juicio. Aquel día fue el origen del levantamiento de España contra los franceses, contribuyendo a ello, en gran manera, el concurso de forasteros que había en la capital con motivo del advenimiento de Fernando VII al trono. Asustados éstos y horrorizados, volvieron a sus casas, difundiendo por todas las provincias la infausta nueva y excitando el odio y la abominación contra el cruel y fementido extranjero.

Profunda tristeza y abatimiento señalaron el día 3. Las tiendas y las casas cerradas, las calles solitarias y recorridas solamente por patrullas francesas, ofrecían el aspecto de una ciudad desierta y abandonada. Murat mandó fijar en las esquinas una proclama digna de Atila, respirando sangre y amenazas, con lo que la indignación, si bien reconcentrada entonces, tomó cada vez mayor incremento y braveza.

Aterrado así el pueblo de Madrid, se fue adelante en el propósito de trasladar a Francia toda la real familia y, el mismo día 3, salió para Bayona el infante don Francisco. No se había pasado aquella noche sin que el Conde Laforest y Mr. Freville indicasen en una conferencia secreta al infante don Antonio la conveniencia y necesidad de que fuese a reunirse con los demás individuos de su familia, para que, en presencia de todos, se tomasen, de acuerdo con el Emperador, las medidas convenientes al arreglo de los negocios de España. Condescendió el Infante, consternado con los sucesos precedentes, y señaló para su partida la madrugada del 4, habiéndose tomado un coche de viaje de la Duquesa viuda de Osuna a fin de que caminase más disimuladamente. Dirigió, antes de su salida, un papel o decreto (no sabemos qué nombre darle) a don Francisco Gil y Lemus, como vocal más antiguo de la Junta y persona de su particular confianza. Aunque temamos faltar a la gravedad de la historia, lo curioso del papel, así en la sustancia como en la forma, exige que le insertemos aquí literalmente: “Al señor Gil.‒ A la Junta, para su gobierno, la pongo en su noticia cómo me he marchado a Bayona de orden del Rey, y digo a dicha Junta que ella sigue en los mismos términos como si yo estuviese en ella.‒ Dios nos la dé buena.‒ Adiós, señores, hasta el valle de Josafat.‒ Antonio Pascual.

***

Conde de Toreno

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

2 mayo, 2020 a 9:46

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