Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

De la educación de los niños y del coronavirus

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I. De la educación de los niños

Hace muchos años que intento echar mi cuarto a espadas en el asunto de la reforma educativa y ello porque, cada vez que leía u oía hablar de la “necesidad de consenso” en tal materia, pensaba para mis adentros en lo necio y equivocado de tan voluntarioso y bienintencionado propósito.

Lo pensaba y lo pienso así por conocer, más que por intuir, la importancia que da la izquierda a esta materia y la condición de piedra angular sobre la que los marxistas edifican con paciencia de chino el monumento a la idiotización de las masas.

Hoy, tras conocer las clarísimas y paladinas intenciones de Irene Montero de que, mientras ellos ocupen el poder ‒cosa que, me empiezo a temer, puede ser que sea para un muy largo periodo de tiempo‒, educarán a los hijos de VOX conforme al pensamiento neomarxista, me arrepiento de no haberlo hecho antes porque siempre es más gallardo entonar un “sicut erat demostandum” que un “ya lo decía yo”.

Sin embargo, es muy cierto que lo del tan cacareado consenso en materia de educación lo considero una estupidez desde hace mucho, porque la izquierda, conociendo que no puede engañar a gentes que ya estamos en edad provecta, renuncia a ello y, a cambio, necesita corromper el pensamiento de la juventud y modelarlo a sus necesidades, que no son otras que la ocupación continuada  del poder y la modelación de la sociedad a su capricho y conforme a su pensamiento aberrante.

El consenso educativo es, pues, imposible a mi modo de ver. Vayan enterándose los partidos de derecha hoy llamados constitucionalistas.

Por otra parte, los marxistas no han necesitado tal consenso en los últimos cuarenta años. Habrán apelado a él con la boca chica ‒ahora, como vemos, ya ni eso‒ pero necesitarlo, no lo han necesitado. En los periodos en los que han gobernado, porque han impuesto el criterio de la mediocridad y el adoctrinamiento y, en los que no han gobernado, porque hay que reconocer que el grueso de nuestra generación ha sido, y sigue siendo en gran parte, progre y, siendo los profesores parte de esta generación, progres son ellos también.

Y vemos hoy que de lo progre a lo declaradamente neomarxista hay un paso. De ahí que los críos, hoy ya electores, sean también en buena parte progres y, en parte apreciable, neomarxistas. Y, así, no resulta extraño comprobar que a buena parte de la población no le escandalice el que Irene Montero aspire a educar a los hijos de los señores de VOX como estos señores no quieren que se les eduque.

A quienes crecimos con aquello del “prohibido prohibir” y el “no pienso como usted pero daría mi vida por que usted pudiera expresar su pensamiento” estas cosas nos escandalizan y se nos manifiestan como lo que son: totalitarias.

Lisa y llanamente totalitarias.

Constato, sin embargo, y cada vez con con más convencimiento, que a la generaciones jóvenes no se lo parecen tanto y ahí están las encuestas de intención de voto para demostrarlo.

El consenso, pues, no es posible. A los marxistas les ha ido muy bien sin él y, por mucho que los infelices demócratas lo crean, jamás van a consensuar nada en este asunto. Hay que resignarse a sufrir y resistir este embate neomarxista ‒no sólo en este ámbito sino en tantos otros‒ los años que Dios quiera y empezar a planificar la reconstrucción de España para cuando estos cerdos se estampen, como se acabarán estampando, contra las consecuencias de su error.

Y se estamparán porque la herejía, o sea el pensamiento contrario al orden natural, ha existido siempre. La peor herejía que ha sufrido nunca la humanidad es el marxismo, pero el marxismo no deja de ser una herejía más, muy semejante a las anteriores como lo son todas ellas entre sí; de hecho tiene mucho de gnosticismo en lo que respecta a la superioridad intelectual de que presumen, si bien los gnósticos no eran ni la mitad de degenerados que los marxistas. Frente a la herejía, sin embargo, siempre ha acabado triunfando la verdad porque el orden natural no es una quimera: existe y acaba triunfando, precisamente, porque quienes quieren violarlo acaban, antes o después, comprobando que, frente a sus teorizaciones, la naturaleza de las cosas es tozuda.

Con esto quiero decir que, aunque seguramente nos quedan muchos años por delante de sufrir el embate del Frente Popular, éste acabará derrotado: la Historia nos demuestra que, a cada periodo de barbarie y decadencia, sucede otro de Renacimiento.

Para entonces, y en lo que se refiere a la educación de la juventud, ni consenso con estos cerdos ni leches en vinagre: planes de educación conforme a los valores clásicos y cristianos. Que lo vayan asumiendo los partidos constitucionalistas.

II. Del coronavirus

Dicen que con el alboroto éste del coronavirus, al moverse menos la gente, el precio de los carburantes ha bajado. Efectivamente, sea o no sea ésta la causa, a mí el gasóleo ‒¡huy! ¡qué he dicho!‒ me viene costando un céntimo más barato. Hasta ahora, esto es lo que me ha afectado a mí el coronavirus en lo personal y espero que quede ahí la cosa.

Esto y el tener que soportar con infinita paciencia la chaladura que está produciendo en el público y en las Autoridades y que nos está brindando imágenes propias de películas de ciencia ficción.

No voy a hablar aquí de que siempre ha habido gripe, ni de que, cada cuatro años el virus de la gripe muta y produce epidemias más graves de lo normal, ni de que hay otros virus, cada uno de su padre y de su madre, que infectan al ser humano produciendo, cada uno, una tasa de mortalidad concreta. Tampoco voy a hablar de la gripe del 18. Estas cosas han pasado, pasan y pasarán porque no vivimos en Disneylandia sino en un nicho ecológico en el que interactuamos con otras especies. Unas nos son indiferentes, como los pelícanos, otras nos comen si nos acercamos a ellas, como los leones y otras, en fin, nos parasitan e infectan con resultados más o menos desagradables para nosotros, como es el caso del coronavirus. Prescindo aquí de discutir si los virus son seres vivos o no porque no hace al caso.

De lo que quiero hablar es de la neurotización rayante en paranoia.

No lo recuerdo bien, pero creo que fue Sánchez Dragó quien rescató el concepto aristotélico de bípedo implume no como lo utilizó Aristóteles, sino para hacer bula de la condición pusilánime y gallinácea del ser humano considerado como masa; más concretamente, del hombre occidental.

Este miedo que sentimos es normal y comprensible: nadie queremos que nos suceda nada malo ni, mucho menos, morirnos antes de que nos toque.

Pero, señores, así es la vida.

Volviendo al punto anterior, en el que trataba de la educación de la juventud, hablaba de un orden natural y postulaba una educación clásica y cristiana, se me ocurre pensar que el espectáculo que estamos dando deriva, en gran parte, de esa convicción que se ha anclado en nuestro pensamiento de que “nacemos para ser felices”.

“Porque tú tienes el derecho a ser feliz”, dice un anuncio de televisión y la gente acaba convencida de que es así.

Y no es así. Al menos, no lo es en los términos en los que el bípedo implume entiende la felicidad.

Frente a esta concepción hedonista de la vida, que explica el pánico neurótico que provoca el coronavirus, se alza la concepción católica que nos enseñaba que nuestra vida terrenal no es sino un valle de lágrimas y nos recordaba aquello del memento homo

Es verdad que toda exageración es mala y que, en aquellos tiempos más felices, existía la figura de la beata, mujer excesivamente pendiente de los preceptos de la religión y de las instrucciones del cura. Pero, digo yo que, entre aquel extremo y el de los beatos de hoy en día, obsesionados con el culto al cuerpo y a la salud, con el gimnasio, con el azúcar, con las mascarillas, con las cuarentenas en Tenerife y todo esto que estamos viendo, tiene que haber un término medio sensato.

No pretendo que no hagamos nada en estos asuntos porque es sabido que la providencia divina no excusa la providencia humana, pero algún término medio sí sería deseable.

Y, junto a la concepción católica, se alza la clásica, más estoica, más resignada, de la condición humana como nos la enseñaba, por ejemplo, Fernández de Andrada en su Epístola moral (nótese lo de moral):

Esta invasión terrible e importuna
de sucesos adversos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis cuando, airado,
desata hasta los montes su frontera.

Por cierto, ¿se enseña hoy a los niños en las escuelas a memorizar poemas sencillos o se prefiere instruirlos en otros asuntos más modernos? No digo que se les obligue a memorizar la Epístola moral a Fabio pero, ¿qué se yo? poemillas sencillos como aquel de la Amapolita, amapola, ¿te quieres casar conmigo? o, aprovechando que ahora el PSOE ha recuperado a Machado y nos lo ha devuelto a todos los españoles, lo de la tarde parda y fría… en fin, cosas que ayudan a ir templando el alma con unos valores estéticos y, por ende, espirituales que la distancian del materialismo grosero en el que hozan estos animales a los que me refería al principio.

Para acabar; creo adivinar otras causas para explicar este pánico como puedan ser  la errónea creencia vulgar de que el conocimiento científico y el progreso tecnológico son omnipotentes y poco menos que infinitos, o una cierta desestructuración del pensamiento de las nuevas generaciones que, excesivamente influenciadas por el cine y excesivamente carentes de lecturas en ésta que se ha llamado era de la imagen, en ellas me parece apreciar que se está difuminando la frontera entre la ficción y la realidad… pero extenderme en ellas sería ya demasiado largo.

 

Vínculos:
Irene Montero, a Vox: “Vuestros hijos van a saber que hay tantas formas de familia como formas de amar”. Siglo XXI.
Intervención de Irene Montero. Vídeo de Twitter.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

26 febrero, 2020 a 11:42

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