Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for febrero 2020

De la educación de los niños y del coronavirus

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I. De la educación de los niños

Hace muchos años que intento echar mi cuarto a espadas en el asunto de la reforma educativa y ello porque, cada vez que leía u oía hablar de la “necesidad de consenso” en tal materia, pensaba para mis adentros en lo necio y equivocado de tan voluntarioso y bienintencionado propósito.

Lo pensaba y lo pienso así por conocer, más que por intuir, la importancia que da la izquierda a esta materia y la condición de piedra angular sobre la que los marxistas edifican con paciencia de chino el monumento a la idiotización de las masas.

Hoy, tras conocer las clarísimas y paladinas intenciones de Irene Montero de que, mientras ellos ocupen el poder ‒cosa que, me empiezo a temer, puede ser que sea para un muy largo periodo de tiempo‒, educarán a los hijos de VOX conforme al pensamiento neomarxista, me arrepiento de no haberlo hecho antes porque siempre es más gallardo entonar un “sicut erat demostandum” que un “ya lo decía yo”.

Sin embargo, es muy cierto que lo del tan cacareado consenso en materia de educación lo considero una estupidez desde hace mucho, porque la izquierda, conociendo que no puede engañar a gentes que ya estamos en edad provecta, renuncia a ello y, a cambio, necesita corromper el pensamiento de la juventud y modelarlo a sus necesidades, que no son otras que la ocupación continuada  del poder y la modelación de la sociedad a su capricho y conforme a su pensamiento aberrante.

El consenso educativo es, pues, imposible a mi modo de ver. Vayan enterándose los partidos de derecha hoy llamados constitucionalistas.

Por otra parte, los marxistas no han necesitado tal consenso en los últimos cuarenta años. Habrán apelado a él con la boca chica ‒ahora, como vemos, ya ni eso‒ pero necesitarlo, no lo han necesitado. En los periodos en los que han gobernado, porque han impuesto el criterio de la mediocridad y el adoctrinamiento y, en los que no han gobernado, porque hay que reconocer que el grueso de nuestra generación ha sido, y sigue siendo en gran parte, progre y, siendo los profesores parte de esta generación, progres son ellos también.

Y vemos hoy que de lo progre a lo declaradamente neomarxista hay un paso. De ahí que los críos, hoy ya electores, sean también en buena parte progres y, en parte apreciable, neomarxistas. Y, así, no resulta extraño comprobar que a buena parte de la población no le escandalice el que Irene Montero aspire a educar a los hijos de los señores de VOX como estos señores no quieren que se les eduque.

A quienes crecimos con aquello del “prohibido prohibir” y el “no pienso como usted pero daría mi vida por que usted pudiera expresar su pensamiento” estas cosas nos escandalizan y se nos manifiestan como lo que son: totalitarias.

Lisa y llanamente totalitarias.

Constato, sin embargo, y cada vez con con más convencimiento, que a la generaciones jóvenes no se lo parecen tanto y ahí están las encuestas de intención de voto para demostrarlo.

El consenso, pues, no es posible. A los marxistas les ha ido muy bien sin él y, por mucho que los infelices demócratas lo crean, jamás van a consensuar nada en este asunto. Hay que resignarse a sufrir y resistir este embate neomarxista ‒no sólo en este ámbito sino en tantos otros‒ los años que Dios quiera y empezar a planificar la reconstrucción de España para cuando estos cerdos se estampen, como se acabarán estampando, contra las consecuencias de su error.

Y se estamparán porque la herejía, o sea el pensamiento contrario al orden natural, ha existido siempre. La peor herejía que ha sufrido nunca la humanidad es el marxismo, pero el marxismo no deja de ser una herejía más, muy semejante a las anteriores como lo son todas ellas entre sí; de hecho tiene mucho de gnosticismo en lo que respecta a la superioridad intelectual de que presumen, si bien los gnósticos no eran ni la mitad de degenerados que los marxistas. Frente a la herejía, sin embargo, siempre ha acabado triunfando la verdad porque el orden natural no es una quimera: existe y acaba triunfando, precisamente, porque quienes quieren violarlo acaban, antes o después, comprobando que, frente a sus teorizaciones, la naturaleza de las cosas es tozuda.

Con esto quiero decir que, aunque seguramente nos quedan muchos años por delante de sufrir el embate del Frente Popular, éste acabará derrotado: la Historia nos demuestra que, a cada periodo de barbarie y decadencia, sucede otro de Renacimiento.

Para entonces, y en lo que se refiere a la educación de la juventud, ni consenso con estos cerdos ni leches en vinagre: planes de educación conforme a los valores clásicos y cristianos. Que lo vayan asumiendo los partidos constitucionalistas.

II. Del coronavirus

Dicen que con el alboroto éste del coronavirus, al moverse menos la gente, el precio de los carburantes ha bajado. Efectivamente, sea o no sea ésta la causa, a mí el gasóleo ‒¡huy! ¡qué he dicho!‒ me viene costando un céntimo más barato. Hasta ahora, esto es lo que me ha afectado a mí el coronavirus en lo personal y espero que quede ahí la cosa.

Esto y el tener que soportar con infinita paciencia la chaladura que está produciendo en el público y en las Autoridades y que nos está brindando imágenes propias de películas de ciencia ficción.

No voy a hablar aquí de que siempre ha habido gripe, ni de que, cada cuatro años el virus de la gripe muta y produce epidemias más graves de lo normal, ni de que hay otros virus, cada uno de su padre y de su madre, que infectan al ser humano produciendo, cada uno, una tasa de mortalidad concreta. Tampoco voy a hablar de la gripe del 18. Estas cosas han pasado, pasan y pasarán porque no vivimos en Disneylandia sino en un nicho ecológico en el que interactuamos con otras especies. Unas nos son indiferentes, como los pelícanos, otras nos comen si nos acercamos a ellas, como los leones y otras, en fin, nos parasitan e infectan con resultados más o menos desagradables para nosotros, como es el caso del coronavirus. Prescindo aquí de discutir si los virus son seres vivos o no porque no hace al caso.

De lo que quiero hablar es de la neurotización rayante en paranoia.

No lo recuerdo bien, pero creo que fue Sánchez Dragó quien rescató el concepto aristotélico de bípedo implume no como lo utilizó Aristóteles, sino para hacer bula de la condición pusilánime y gallinácea del ser humano considerado como masa; más concretamente, del hombre occidental.

Este miedo que sentimos es normal y comprensible: nadie queremos que nos suceda nada malo ni, mucho menos, morirnos antes de que nos toque.

Pero, señores, así es la vida.

Volviendo al punto anterior, en el que trataba de la educación de la juventud, hablaba de un orden natural y postulaba una educación clásica y cristiana, se me ocurre pensar que el espectáculo que estamos dando deriva, en gran parte, de esa convicción que se ha anclado en nuestro pensamiento de que “nacemos para ser felices”.

“Porque tú tienes el derecho a ser feliz”, dice un anuncio de televisión y la gente acaba convencida de que es así.

Y no es así. Al menos, no lo es en los términos en los que el bípedo implume entiende la felicidad.

Frente a esta concepción hedonista de la vida, que explica el pánico neurótico que provoca el coronavirus, se alza la concepción católica que nos enseñaba que nuestra vida terrenal no es sino un valle de lágrimas y nos recordaba aquello del memento homo

Es verdad que toda exageración es mala y que, en aquellos tiempos más felices, existía la figura de la beata, mujer excesivamente pendiente de los preceptos de la religión y de las instrucciones del cura. Pero, digo yo que, entre aquel extremo y el de los beatos de hoy en día, obsesionados con el culto al cuerpo y a la salud, con el gimnasio, con el azúcar, con las mascarillas, con las cuarentenas en Tenerife y todo esto que estamos viendo, tiene que haber un término medio sensato.

No pretendo que no hagamos nada en estos asuntos porque es sabido que la providencia divina no excusa la providencia humana, pero algún término medio sí sería deseable.

Y, junto a la concepción católica, se alza la clásica, más estoica, más resignada, de la condición humana como nos la enseñaba, por ejemplo, Fernández de Andrada en su Epístola moral (nótese lo de moral):

Esta invasión terrible e importuna
de sucesos adversos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis cuando, airado,
desata hasta los montes su frontera.

Por cierto, ¿se enseña hoy a los niños en las escuelas a memorizar poemas sencillos o se prefiere instruirlos en otros asuntos más modernos? No digo que se les obligue a memorizar la Epístola moral a Fabio pero, ¿qué se yo? poemillas sencillos como aquel de la Amapolita, amapola, ¿te quieres casar conmigo? o, aprovechando que ahora el PSOE ha recuperado a Machado y nos lo ha devuelto a todos los españoles, lo de la tarde parda y fría… en fin, cosas que ayudan a ir templando el alma con unos valores estéticos y, por ende, espirituales que la distancian del materialismo grosero en el que hozan estos animales a los que me refería al principio.

Para acabar; creo adivinar otras causas para explicar este pánico como puedan ser  la errónea creencia vulgar de que el conocimiento científico y el progreso tecnológico son omnipotentes y poco menos que infinitos, o una cierta desestructuración del pensamiento de las nuevas generaciones que, excesivamente influenciadas por el cine y excesivamente carentes de lecturas en ésta que se ha llamado era de la imagen, en ellas me parece apreciar que se está difuminando la frontera entre la ficción y la realidad… pero extenderme en ellas sería ya demasiado largo.

 

Vínculos:
Irene Montero, a Vox: “Vuestros hijos van a saber que hay tantas formas de familia como formas de amar”. Siglo XXI.
Intervención de Irene Montero. Vídeo de Twitter.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

26 febrero, 2020 at 11:42

Villarrobledo: otro caso de la insania iconoclasta marxista

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El caso del monolito erigido en el parque Joaquín Acacio de Villarrobledo es una muestra más del rencor iconoclasta de los marxistas que perdieron la Guerra Civil y que, desde los tiempos del nunca bastante maldecido Zapatero, vienen tratando de que la Historia hubiese sido como ellos hubieran querido que fuera y no como fue.

Aunque el monolito ha podido salvarse en parte, la historia es la misma que relaté hace años en Los talibanes en la Facultad de Medicina de Valencia, la misma que tantas atrocidades y atentados al arte y a la Historia vienen perpetrándose a lo largo y a lo ancho del solar de nuestra Patria por parte de estas bestias y la misma, en fin, que nos hace temer por el destino de El Valle de los Caídos, obra grandiosa de la arquitectura y del arte cristianos que el genio de Juan de Ávalos levantó en el Guadarrama al dictado del espíritu de Franco:

Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y constituyan lugar de meditación y de reposo en el que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor.

Éste de Villarrobledo es uno de los sencillos monumentos de los que hablaba el Decreto fundacional de El Valle de los Caídos y que, como digo, ha conseguido salvarse de la inquisición marxista –si bien expurgado de su simbología franquista–, no por benevolencia ni reflexión de estas malas bestias, sino porque el parque en el que levanta su columna truncada fue solar donado a la villa por la familia de don Joaquín Acacio –asesinado en la conienda– con la condición expresa de que fuera dedicado a ello.

Como hice en la entrada Los talibanes en la Facultad de Medicina de Valencia, dejo aquí plasmada su imagen original con el propósito de que, materialmente destruida por esta gente, quede de ella memoria intangible.

 

Vínculos:
El monolito de Villarrobledo se queda y se le retirará la simbología franquista. Eldiario.es.
Caídos de Villarrobledo 1936-1939.
Decreto fundacional de El Valle de los Caídos.
Los talibanes en la Facultad de Medicina de Valencia. Conceptos esparcidos.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

24 febrero, 2020 at 8:06

Antonio Machado visto por Ridruejo

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Pedro Sánchez, el cerdo socialista –sin perdón, así los representó Orwellque hoy gobierna España en contubernio con los comunistas, conmemoró ayer el aniversario de la muerte de Antonio Machado diciendo que “hoy” su país le honra como merece.

Su partido, el PSOE, escribe que “la obra de Antonio Machado pasa al dominio público ochenta años después de su muerte”.

Leyendo lo que dice esta tropa de indigentes intelectuales pareciera que han tenido que llegar ellos para descubrirnos a Machado.

Sucede, empero que poseo un ejemplar de sus Poesías completas publicado en Madrid por Espasa-Calpe en 1941 y que, con el título de El poeta rescatado, prologa Dionisio Ridruejo.

Lo transcribo íntegro para que estos necios entiendan que en la España de Franco ya lo valorábamos y lo queríamos:

Por cuatro razones normales puede un escritor prologar un libro: primera, por interés o capricho de su autor; segunda, por competencia profesional, por su notoria cualidad de crítico o docto en la materia; tercera, por designio de protección, lo cual supone la superioridad consagrada de quien lo escribe y la necesitada humildad u oscuridad de quien lo utiliza, y, por último, por respeto, por ternura, por necesidad o deseo de elogio u homenaje, como el discípulo para con el maestro.

Desde mi posición literaria –que es la que se ejerce al escribir algo– es más que evidente que yo no tengo, no puedo tener para escribir este prólogo otro título que el último de los señalados, y ciertamente no me faltan razones de amor, de ternura, de admiración ni de secuacidad para hacerlo.

De niño conocí a Antonio Machado. Tenía yo diez años y él era catedrático en el Instituto de Segovia, adonde yo acababa de llegar. De leer en sus versos el nombre de Soria –tierra de mi sangre– me había nacido una espontánea afición por él y un orgullo pueril, de parentesco. Asombraba risueñamente a los niños su aspecto distraído, desaliñado, torpón, casi sucio; su bondadoso mirar, sus grandes botas estrafalarias. A mí me producía una melancolía emocionada y una especie de ternísimo estupor. Me dio un Sobresaliente en Gramática, casi sin hacerme caso en el examen, y le tuve rencor un poco de tiempo. Luego –a mis 15 años– comencé a gustar su poesía, y en un pequeño libro que publiqué a los veinte es potentísima su influencia. Ningún otro poeta contemporáneo ha entrado en mí más honda ni, por lo tanto, ha podido salir más patentemente en mí. Por otra parte, he creído, y creo, que de Rubén acá no hay poeta español que se aproxime a su perfección, a su autenticidad y a su hondura. Lo cual es casi como decir –con muy pocas reservas– que le creo el poeta más grande de España desde el vencimiento del siglo XVII hasta la fecha.

Pero aunque esta razón de mi ternura, de mi preferencia, de mi devoción debiera ser la que justificase este prólogo, me es forzoso declarar que no es ésta la razón por la que lo escribo. Probablemente no habría editor serio que la estimara suficiente. La razón por la cual yo escribo este prólogo no es una razón normal, no es una de las razones enumeradas; es otra más triste y que hemos de afrontar como se debe: cruda, sincera, directamente.

Yo no escribo este prólogo como poeta joven para el libro de un maestro muy amado. Yo escribo este prólogo como escritor falangista con jerarquía de Gobierno para el libro de un poeta que sirvió frente a mí, en el campo contrario, y que tuvo la desdicha de morir sin poderlo escribir por sí mismo.

***

El 18 de julio España se vio partida, geográfica y políticamente, en dos mitades incomunicables y combatientes. Desde tiempo atrás, sobre el vago deseo de justicia, sobre la vaga y justa desazón reivindicadora de las masas pobres, se había instalado en la política y en el Poder una minoría rencorosa, abyecta, desarraigada, cuyo designio último puede explicarse por la patología o por el oro, pero cuya operación visible, inminente, era nada menos que el arrasamiento de toda vida espiritual, el descuartizamiento territorial y moral de España y la venta de sus residuos a la primera ambición cotizante. A punto de consumarse irreparablemente, para siglos, la tradición, se alzó frente a ella una verdadera, correcta y limpia violencia nacional respaldada, moral y políticamente, por quienes ya habían ofrecido a España la oportunidad, serenamente revolucionaria, de lograr la síntesis de sus aspiraciones discordes, juntando el interés del pueblo, el los valores morales y el trascendente de la misma España. La resistencia terca, sostenida a golpe de crimen por los que gobernaban, hizo necesaria aquella división tremenda y a su asoladora. Las fuerzas netas de los que resistían no eran muchas en comparación con las que aportaban los atacantes, cuyo enraizamiento popular era patente y fue después probado por el triunfo. Hubo que allegar fuerzas por malas artes, y así se constituyó la gran población roja, la gran masa y aun algunas de las más delicadas minorías colaboradoras: por coacción. Claro es que en esto de la coacción hubo dos formas y, por lo tanto, los géneros de hombres: los sometidos por la fuerza bruta, por el miedo a represalias de todo orden, y los moralmente secuestrados por la hábil explotación de sus fibras más débiles. De aquí la apariencia polifacética de aquella política roja, tan pronto comunista por Rusia, como democrática en alquiler a las plutocracias de Europa y América, como católica frente a todos los bobos ojitiernos del grupo. A cada uno se le atrapaba a su modo, y si se contaba con la concurrencia de la senilidad, el hábito de la incomunicación y una cierta incapacidad para el entendimiento del mundo real, tanto más fácil era el negocio.

Don Antonio Machado, viejo, aunque fresco en sus facultades literarias, fue uno de estos secuestrados morales. Fue propagandista “propagandeado”. Su ingenuidad de viejo profesor desaliñado le hacía bueno para creer honradamente toda patraña, y, sin más datos ni averiguación de ellos, consideró a los de enfrente tal como los próximos él se los presentaban y a ellos mismos tal como en el plácido aislamiento quisieron presentarse.

Para todo se contó con la fidelidad del pobre don Antonio a sus antiguos y sencillos sentimientos políticos, y digo sentimientos y no ideas porque don Antonio ideas políticas no tenía, o las que tenía no tenían forma de tales, y siendo como era luminoso para tantas cosas, era para otras, para ésas y para lo sentencioso moral, por ejemplo –véase el “Mairena”o cualquier otra muestra–, un elegante y delicioso caos, un caos provinciano.

El poeta, a pesar de todo lo que se ha dicho, y no sin razón, de “adivino”, “anticipador”, “guía”, etc., canta generalmente el combate que tiene delante y se deja sugestionar y enamorar por la acción como nadie. Y la batalla del tiempo de don Antonio fue la de las libertades y el progreso, y libertario y progresista resulto el –sin meterse a mucho examen– ya para toda la vida. Claro es que sin rencor, sin obstinación, sin “meterse en política”, sin faltar por ello –¡Dios le librara!– Ni por un momento, a las condiciones de su nativa bondad.

Evidentemente, ser esto ante el problema ideológico planteado en el 18 de julio no era estar definido en ningún bando, porque era en esta cuestión ser un anacrónico superviviente de una cuestión pasada.

Nadie podría decir, por lo tanto, que don Antonio fuese rojo, al menos si empleamos esta palabra elástica con un mínimo rigor; de que no era comunista, por ejemplo, nos consta, como nos consta que no era “fascista”. En él había elementos por los que unos y otros podían tirar del hilo, y, sacando el ovillo, llevárselo a su campo, y nada más. La fatalidad quiso que el hilo quedase geográficamente al alcance de la mano del enemigo y que el gran poeta pasase así a ser un elemento más de ataque, una pieza más de confusión.

Si todo esto no se probará por hechos, habría una prueba más fuerte aún: la prueba de su misma conciencia, definida poéticamente:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero la fuente brota de manantial sereno,
y más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Y así, en efecto, era: jacobino por “gotas de sangre”, por atavismo casi inconsciente, por el tiempo, por los amigos de la juventud, por los primeros maestros, por la desilusión del 98, por el asco a la España heredada y envilecida, por el decoro externo y la pedantería seductora de las instituciones izquierdistas. Por todo lo que puede arrebatar a un alma ingenua y en duda una vez y sujetarla para siempre con el lazo de su propio descuido.

De fuente serena, porque serena fue, en la amarga misantropía sin resentimiento, esta vida triste, cenicienta, con lágrimas y sequedades sobre la delicadeza del genio.

Ignorante de su doctrina, porque ¿cómo puede pensar en ella un abismado, un ausente, un desencantado, un errante, un solitario, un absorto, un alma de Dios?

Y bueno, bueno, bueno en el buen sentido y en todos los sentidos, y si algo malo hubo, absolvámolo de todo corazón y echémoslo –como me contaba Cossío que decía Jarnés– sobre la conciencia “al pelmazo de Juan de Mairena” y no al bueno y entrañable y triste don Antonio.

En fin, no debió serlo, pero fue un enemigo. Esta concesión es preciso dejarla hecha con crudeza en este prólogo. En el reparto de las dos Españas, a él, por A o por B, le tocó estar en frente, y en periódicos, revistas, folletos y conferencia sirvió las consignas de aquella torpe guerra.

No hemos querido mitigar este hecho, ni aún la existencia de las raíces que de él haya en toda su vida. Nos parecería una hipocresía estúpida, una puerilidad de avestruz. Ahí están los pocos versos, que pueden ser un antecedente, ¡tan inocentes, sin embargo! Pero no está de más señalar que esos versos son sus peores versos y que es legítimo pensar de un poeta que no debe ser definido por los peores versos por por los más ocasionales, extemporáneos y vanos. Ahí está la elegía a Giner con su bobada progresista “Yunques, sonad; enmudeced, campanas”, y aún el elogio a Ortega –incomprensible e inadecuado– el que se desea que Felipe II se levante “y bendiga la prole de Lutero”.

Ahora bien; basta hojear las páginas de este libro para asegurarse que, pese a todo –incluso a esos banales antecedentes– nosotros no podemos resignarnos a tener a Machado en un concepto de poeta nefando, prohibido y enemigo. Por el contrario, queremos y debemos proclamarlo –cara a la eternidad de su obra y de la vida de España– como gran poeta de España, como gran poeta “nuestro”.

Y esto no es ciertamente una decisión generosa –y menos egoísta– de las horas póstumas para él, serenas para nosotros. En la misma guerra, mientras él escribía sus artículos o sus versos contra nuestra Causa, nosotros, obstinadamente, le hemos querido, le hemos considerado –con la medida de lo eterno– nuestro y sólo nuestro, porque nuestra –de nuestra Causa– era España y sólo de España podía ser el poeta que tan tiernamente descubrió –por primera vez en verso castellano– su geografía y su paisaje real y que cantó su angustia y su náusea, su alma elevada, trascendente, amorosa y desnudamente severa.

Cuando las revistas y los folletos llegaban a nuestras manos, haya, en Burgos, nos esforzaba ambos –y no pocas veces con harta razón– por encontrar nuestro y no rojo su mundo conceptual, los propios argumentos y tesis con que a los rojos creía servir. Recuerdo haber saltado de gozo una vez, con otros falangistas, al descubrir un artículo que era –hacen el vocabulario y el estilo– del todo atribuible a nuestra fuente más pura.

“Hay que rescatarlo”, decíamos, y lo decíamos con emoción y dolor. Y así hubiera sido –y por entero– de vivir. Y ya que ha muerto, quedémonos, al menos, el consuelo de rescatar lo que más enteramente –por lo menos temporal y tocado de circunstancias– era patrimonio de España: esta su obra poética, que, con sus toques de error propios del tiempo –en lo conceptual y sentencioso–, es –incluso en lo más increpatorio y directo frente a España– tal nuestra, tan de nuestro gusto –y, de otra parte, la eternamente poética–, tan magistral, henchida y eterna.

Había que rescatarlo, y rescatada está su obra, porque –aún no siendo tales todas sus circunstancias– cumplíamos con desearlo y hacerlo con un precepto de fidelidad a la propia Causa, que no por otra cosa hemos combatido que por conciliar en unidad toda la dispersión española y por poner todo lo español –éste, con todo su rigor, es el límite– al servicio de un solo destino universal, de una sola poesía y de una sola historia.

***

Murió don Antonio en tierra de Francia. Quienes tanto ruido y alharaca armaron en defensa de la “cultura occidental democrática” contra España, no supieron rodear la muerte de este hombre del consuelo y del honor que merecía. Murió allí ignorado, en soledad y desatendido –después de estar en un campo de concentración–, el único fragmento verdadero de “cultura universal” de que los enemigos habían dispuesto, el único que por los puertos pirenaicos recibió aquella Francia a quien Dios perdone, ya que los hombres le han dado su castigo.

“Aborto, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos del mar”, despojado de sus anécdotas, de sus circunstancias, ¿qué visiones poblaron el tránsito del hombre?

¿Qué infantiles Sevillas? ¿Qué Sorias traspasadas de espíritu, el corazón bajo la tierra? ¿Qué Moncayos, Urbiones, Aznaitines y Maginas gloriosamente coronadas?

Con su muerte moría la melancolía de España. La melancolía que pudo llevar a España y le llevó a él al error y a la muerte. Con su muerte, o con su vida, nacía la otra España clara, la que va a merecer el alma de su verso como la fortaleza merece la caricia. La España que él quizá vio y entendió en esa hora grave y ligera, espesa y luminosa, cuando él dormía el sueño no contado y Dios “estaba despierto”.

Dionisio Ridruejo
Madrid, octubre 1940.

 

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 febrero, 2020 at 13:40

La belleza de la liturgia

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SANTA MISA DE LA MATERNIDAD DIVINA

RITOS INICIALES

PROCESIÓN DE ENTRADA

SALUDO INICIAL

SACERDOTE: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

CONGREGACIÓN: Amen.

[S] Pax vovis.

[C] Et cum spritu tuo.

ACTO PENITENCIAL

[S] Fratres, agnoscamus peccata nostra, ut apti simus ad sacra mysteria celebranda.

Confiteor Deo omnipotenti et vobis, fratres, quia peccavi nimis cogitatione, verbo, opere et omissione: mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. Ideo præcor beatam Mariam semper Virginem, omnes Angelos et Sanctos, et vos, fratres, orare pro me ad Dominum Deum nostrum. Misereatur nostri omnipotens Deus, et dimissis peccatis nostris, perducat nos ad vitam æternam.

[C] Amen.

Kyrie, eleison.
Kyrie, eleison.
Christe, eleison.
Christe, eleison.
Kyrie, eleison.
Kyrie, eleison.

GLORIA

[S] GLORIA IN EXCELSIS DEO

[C] et in terra pax hominibus bonæ voluntatis. Laudamos te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam, Domine Deus, Rex cælestis, Deus Pater omnipotens. Domine Fili unigenite, Iesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris: qui tollis peccata mundi, miserere nobis; qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram. Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis. Quoniam tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Iesu Christe, cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris. Amen.

ORACIÓN COLECTA

[S] Oremus.

Deus, qui salutis aeternae beatae Mariae virginitate foecunda humano generi praemia praestitisti: tribue, quaesumus, ut ipsam pro nobis intercedere sentiamus, per quam meruimus, Auctorem vitae suscipere. Per Dominum nostrum Iesum Christum filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum.

[C] Amen.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA (Antiguo Testamento)

LECTOR: Libro de los Números:

El Señor dijo a Moisés:
Habla así a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas.  Les dirán:
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.
Nm, 6, 22-27.

Verbum Domini

[C] Deo gratias.

SALMO RESPONSORIAL

[L] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.
[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.
[L]
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.
[L]
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga y que le teman,
hasta los confines del orbe.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.
Salm, 66, 2-8.

SEGUNDA LECTURA (Nuevo Testamento)

[L] Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero  por la gracia de Dios.
Gál, 4, 4-7.

[L] Verbum Domini.

[C] Deo gratias.

TERCERA LECTURA (Evangelio)

[C] Hallelujah!

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Lectio Sancti Evangeli secundum Lucam.

[C] Gloria a tibi domine.

[S] In illo tempore venerunt pastores faestinates usque Bethlehem et invenerunt Mariam et Ioseph et infantem positum in praesepio. Videntes autem notum fecerunt verbum, quod dictum erat illis de puero hoc. Et omnes, qui audierunt, mirati sunt de his, quae dicta erant a pastoribus ad ipsos. Maria autem conservabat omnia verba haec conferens in corde suo. Et reversi sunt pastores glorificantes et laudantes Deum in omnibus, quae audierant et viderant, sicut dictum est ad illos. Et postquam consummati sunt dies octo, ut circumcideretur, vocatum est nomen eius Iesus, quod vocatum est ab angelo, priusquam in utero conciperetur.
Lc, 2, 16-21.

[S] Verbum Domini.

[C] Laus tibi, Christe.

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

«Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros». Así, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, después de haber escuchado en la primera lectura la antigua bendición sacerdotal sobre el pueblo de la alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada año Dios proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre que viene pronunciado tres veces en la solemne fórmula de la bendición bíblica. Resulta también muy significativo que al Verbo de Dios, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» como la «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9.14), se le dé, ocho días después de su nacimiento – como nos narra el evangelio de hoy – el nombre de Jesús (cf. Lc 2,21).

Estamos aquí reunidos en este nombre. Saludo de corazón a todos los presentes, en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que este año tiene como tema «Bienaventurados los que trabajan por la paz».

A pesar de que el mundo está todavía lamentablemente marcado por «focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado», así como por distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que «las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda… El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)» (Mensaje, 1). Esta bienaventuranza «dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana …Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación» (ibíd., 2 y 3). Sí, la paz es el bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo, construir con todas las fuerzas.

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el fundamento, el origen, la raíz de esta paz? ¿Cómo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la liturgia de hoy. Los textos bíblicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de María, la Madre de Jesús. A ella, durante los días en los que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos: no sólo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret a Belén, el no encontrar sitio en la posada, la búsqueda de un refugio para la noche; y después el canto de los ángeles, la visita inesperada de los pastores. En todo esto, sin embargo, María no pierde la calma, no se inquieta, no se siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su corazón, reflexionando sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustaría tener en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia, acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.

El texto evangélico termina con una mención a la circuncisión de Jesús. Según la ley de Moisés, un niño tenía que ser circuncidado ocho días después de su nacimiento, y en ese momento se le imponía el nombre. Dios mismo, mediante su mensajero, había dicho a María –y también a José– que el nombre del Niño era «Jesús» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31); y así sucedió. El nombre que Dios había ya establecido aún antes de que el Niño fuera concebido se le impone oficialmente en el momento de la circuncisión. Y esto marca también definitivamente la identidad de María: ella es «la madre de Jesús», es decir la madre del Salvador, del Cristo, del Señor. Jesús no es un hombre como cualquier otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por eso la Iglesia ha dado a María el título de Theotokos, es decir «Madre de Dios».

La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que esta unida al esplendor del rostro de Dios, según el texto del Libro de los Números, que transmite la bendición utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las asambleas litúrgicas. Una bendición que repite tres veces el santo nombre de Dios, el nombre impronunciable, y uniéndolo cada vez a dos verbos que indican una acción favorable al hombre: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine el Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (6,24-26). La paz es por tanto la culminación de estas seis acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro sobre nosotros.

Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la máxima felicidad: «lo colmas de gozo delante de tu rostro», dice el salmista (Sal 21,7). Alegría, seguridad y paz, nacen de la contemplación del rostro de Dios. Pero, ¿qué significa concretamente contemplar el rostro del Señor, tal y como lo entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado. Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de su Nombre que Jesús nos ha manifestado, comprender algo de su vida íntima y de su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la humanidad. Lo expresa el apóstol Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas (4,4-7), al hablar del Espíritu que grita en lo más profundo de nuestros corazones: «¡Abba Padre!». Es el grito que brota de la contemplación del rostro verdadero de Dios, de la revelación del misterio de su Nombre. Jesús afirma: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a través del don del Espíritu Santo derramado en nuestro corazones, nos ha hecho conocer que en él también nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en el texto que hemos escuchado: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba Padre!”» (Ga 4,6).

Queridos hermanos, aquí está el fundamento de nuestra paz: la certeza de contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en el Hijo, y de tener así, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el niño experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del rostro del Señor sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestación de su paternidad; el Señor vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y nos da paz. Aquí está el principio de esa paz profunda –«paz con Dios»– que está unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los cristianos de Roma (cf. Rm 5,2). No hay nada que pueda quitar a los creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Que la Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Madre de Dios, nos ayude a contemplar el rostro de Jesús, Príncipe de la Paz. Que nos sostenga y acompañe en este año nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don de la paz.

Amén.

CREDO

Credo in unum Deum,
Patrem omnipotentem,
factorem caeli et terrae,
visibilium ominum et invisibilium.
Et in unum Dominum Iesum Christum
Filium Dei unigenitum.
Et ex Patre natum ante omnia saecula.
Deum de Deo, lumen de lumine,
Deum verum de Deo vero.
Gentium, non factum, consubtantialem Patri:
per quem omnia facta sunt.
Qui propter nos homines
et propter nostram salutem descendit de caelis
Et incarnatus est de Spiritu Sancto
ex Maria Virgine et homo factus est.
Crucifixus etiam pro nobis:
sub Pontio Pilato passus et sepultus est.
Et resurrexit tertia die, secundum scripturas.
Et ascedit in caelum: sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
inducare vivos et mortuos:
cuius regni non erit finis.
Et in Spiritum Sanctum,
Dominum et vivificantem:
qui ex Patre et Filioque procedit.
Qui cum Patre et Filio
simul adoratur et conglorificatur;
qui locutus est per Prophetas.
Et unam sanctam catholicam
et apostolicam Ecclesiam.
Confiteor unum baptisma
in remissionem peccatorum.
Et exspecto resurrectionem mortuorum.
Et venturi saeculi.
Amen.

ORACIÓN POR LOS FIELES

[S] Queridísimos hermanos: ayudados por el ejemplo de la Santa Madre de Dios, María Santísima, digamos nuestra plegaria con fe al dador de todo bien:

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro Ecclesia sancta Dei:

[L] Para que la Santa Madre de Dios la conduzca en su misión de promover el diálogo y la paz entre todas las personas a través de la acción pastoral del Papa y de los obispos,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro publicis moderatoribus:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor dé a los gobernantes, a los legisladores y a los hombres de ciencia, el respeto y el cuidado por la maternidad, don altísimo de Dios a la Humanidad,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro familiis:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor que, junto a san José, cuidó del Niño Jesús con inefable amor ayude a los padres y a las madres a ser para sus hijos educadores y testigos de la fe,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro universo mundo:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor obtenga para las naciones que sufren, laceradas por la guerra, el don de la paz, de la Navidad, y en todos los pueblos sean respetados la libertad y la dignidad de la vida humana,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro familia Dei Domini hodie hic congregata:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor nos ayude a dar testimonio con alegría de la pertenencia al Señor y a anunciar con franqueza y perseverancia el Reino de Dios,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Dios Padre de inmenso amor, acoge benigno la plegaria y las súplicas de tu iglesia que hoy celebra a la bienaventurada siempre Virgen María, Madre de tu querido Hijo Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA

PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS

[S] Orate, fratres: ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotentem.

[C] Suscipiat Dominus sacrificium de manibus tuis ad laudem et gloriam nominis sui, ad utilitatem quoque nostram, totiusque Ecclesiæ suæ sanctæ. Amen.

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Sursum corda.

[C] Habemus ad Dominum.

[S] Gratias agamus Domino Deo nostro.

[C] Dignum et iustum est.

PREFACIO

[S] Vere dignum et iustum est, aequum et salutare, nos tibi semper et ubique gratias agere: Domine, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus: Christum Dominum nostrum. Per quem maiestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Caeli caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exsultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces ut admitti iubeas, deprecamur, supplici confessione dicentes:

[C] Sanctus, Sanctus, Sanctus,
Dominus Deus, Sabaoth.
Pleni sunt coeli et terra gloria tua.
Hosanna in excelsis.
Benedictus qui venit in nomine Domini.
Hosanna in excelsis.

EPÍCLESIS

(La congregación se arrodilla)

[S] Vere Sanctus es, Domine, et merito te laudat omnis a te condita creatura, quia per Filium tuum, Dominum nostrum Iesum Christum, Spiritus Sancti operante virtute, vivificas et sanctificas universa, et populum tibi congregare non desinis, ut a solis ortu usque ad occasum oblatio munda offeratur nomini tuo. Supplices ergo te, Domine, deprecamur, ut hæc munera, quæ tibi sacranda detulimus, eodem Spiritu sanctificare digneris, ut Corpus ✠ et Sanguis ✠ fiant Filii tui Domini nostri Iesu Christi, cuius mandato hæc mysteria celebramus.

CONSAGRACIÓN

Ipse enim in qua nocte tradebatur, accepit panem, et tibi gratias agens benedixit, fregit, deditque discipulis suis dicens:

ACCIPITE ET MANDUCATE EX HOC OMNES: HOC EST ENIM CORPUS MEUM, QUOD PRO VOBIS TRADETUR.

Simili modo, postquam cenatum est, accipiens calicem, et tibi gratias agens benedixit, deditque discipulis suis dicens:

ACCIPITE ET BIBITE EX EO OMNES: HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS MEI NOVI ET ÆTERNI TESTAMENTI, QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDETUR  IN REMISSIONEM PECCATORUM. HOC FACITE IN MEAM COMMEMORATIONEM.

ACLAMACIÓN

(La congregación se pone de pie)

[S] Mysterium fidei.

[C] Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias.

INTERCESIÓN

[S] Memores igitur, Domine, eiusdem Filii tui salutiferæ passionis necnon mirabilis resurrectionis et ascensionis in cælum, sed et præstolantes alterum eius adventum, offerimus tibi, gratias referentes, hoc sacrificium vivum et sanctum. Respice, quæsumus, in oblationem Ecclesiæ tuæ et, agnoscens Hostiam, cuius voluisti immolatione placari, concede, ut qui Corpore et Sanguine Filii tui reficimur, Spiritu eius Sancto repleti, unum corpus et unus spiritus inveniamur in Christo.

Ipse nos tibi perficiat munus æternum, ut cum electis tuis hereditatem consequi valeamus, in primis cum beatissima Virgine, Dei Genetrice, Maria, cum beatis Apostolis tuis et gloriosis Martyribus et omnibus Sanctis, quorum intercessione perpetuo apud te confidimus adiuvari.

DOXOLOGÍA

Hæc Hostia nostræ reconciliationis proficiat, quæsumus, Domine, ad totius mundi pacem atque salutem. Ecclesiam tuam peregrinantem in terra, in fide et caritate firmare digneris cum famulo tuo Papa nostro Benedictum, cum episcopali ordine et universo clero et omni populo acquisitionis tuæ.  Votis huius familiæ, quam tibi astare voluisti, adesto propitius. Omnes filios tuos ubique dispersos tibi, clemens Pater, miseratus coniunge. Fratres nostros defunctos et omnes, qui tibi placentes, ex hoc sæculo transierunt, in regnum tuum benignus admitte, ubi fore speramus, ut simul gloria tua perenniter satiemur.

Per Christum dominum nostrum, per quem mundo bona cuncta largiris.

Per ipsum, et cum ipso, et in ipso est tibi Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia sæcula sæculorum.

[C] Amen.

PATERNOSTER

[S] Præceptis salutaribus moniti, et divina institutione formati, audemus dicere:

[C] Pater noster, qui es in cælis, sanctificetur nomen tuum; adveniat regnum tuum; fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.

Panem nostrum cotidianum da nobis hodie; et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris:
et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo.

[S] Libera nos, quæsumus, Domine, ab omnibus malis, da propitius pacem in diebus nostris, ut, ope misericordiæ tuæ adiuti, et a peccato simus semper liberi et ab omni perturbatione securi: exspectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Iesu Christi.

[C] Quia tuum est regnum et potestas, et gloria in sæcula.

[S] Domine Iesu Christe, qui dixisti Apostolis tuis: Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis: ne respicias peccata nostra, sed fidem Ecclesiæ tuæ; eamque secundum voluntatem tuam pacificare et coadunare digneris. Qui vivis et regnas in sæcula sæculorum. Amen.

Pax Domini sit semper vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Offerte vobis pacem.

[C] Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: dona nobis pacem!

[S] Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi. Beati qui ad cenam Agni vocati sunt.

[C] Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum: sed tantum dic verbo, et sanabitur anima mea.

COMUNIÓN

ORACIÓN

[S] …per Christum Dominum nostrum.

[C] Amen.

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

RITOS DE DESPEDIDA

BENDICIÓN

[S] Et benedictio Dei omnipotentis, Patris ✠ et Filii ✠ et Spiritus Sancti ✠ descendat super vos et maneat semper.

[C] Amen.

ITE, MISSA EST

[S] Ite, missa est.

[C] Deo gratias.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 febrero, 2020 at 7:49

En la muerte de David Gistau

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Profundamente impresionado y consternado he quedado esta mañana al conocer la noticia del fallecimiento de David Gistau.

Considerando como considero que la columna periodística es el género literario de nuestros días, no tengo ningún empacho en tener a Gistau entre los mejores escritores contemporáneos, si no el mejor.

La primera noticia que de él tuve fue en agosto de hace diez y seis años cuando di con Yes, artículo que publicó en La Razón y que empezaba:

A Zetapé hablando, uno siempre le ha encontrado igual que una máquina de vender tabaco…

Devoto de P.G. Woodehouse, intuí, por la mención al hallazgo de la trufa, que Gistau era también lector suyo.

Me encantó el artículo: la agilidad de la prosa, la precisión en el detalle, la facilidad, la finura y sorprendente y singular pertinencia de la metáfora; la agudeza, el acierto y la penetración en la descripción de los personajes y, sobre todo, la sutileza de su finísimo, exquisito, humor.

Me fascinó Gistau. Ni su circunspección ni su distanciamiento al escribir escondían ninguna firmeza de pensamiento; su redacción era puro temple y desde entonces le he seguido.

En La Razón, en El Mundo, en La COPE… ¿Cómo olvidar sus crónicas de los altercados en Barcelona o las de los debates que hicieron los candidatos a las elecciones en abril y diciembre del año pasado? ¿Qué mayor profundidad psicológica y humor que su descripción de Pablo Iglesias en el debate de abril

Mientras, Iglesias seguía apegado a esa actitud de santurrón constitucionalista que va por el patio de recreo mediando en las peleas..?

Estas líneas en recuerdo suyo no son un panegírico. La consternación y la desolación son certísimas porque, en este momento de España, tan aciago, tan apasionante y tan triste, su pluma era necesaria: la crónica de estos días no será la misma sin él y hasta los mismos personajes estrambóticos que hoy dirigen la vida pública española han perdido a su mejor caricaturista!

David Gistau ha fallecido sin llegar a conocer el desenlace (si es que la historia de las naciones tienen desenlace) de tal momento, pero esperamos piadosamente que la trascendencia del Hombre le tendrá al tanto.

En la página web Fundación para la Libertad puede encontrarse una selección abundante de sus artículos desde el año 2011 hasta noviembre del pasado.

Vínculos: 
Yes. La Razón. 16 de agosto del 2004.
Entrevista a David Gistau.
Le Miau Noir. 9 de diciembre de 2015.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 febrero, 2020 at 12:31

Publicado en Historia, Política

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