Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

El fallo del ‘señor’ José en el ‘Caso Malaya’

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Don José Godino

Nulla ethica sine aesthetica.

Desde hace tiempo vengo insistiendo en estas notas acerca de la deplorable confusión en la que el idioma castellano está cayendo, cada vez con más frecuencia y con mayor gravedad, a la hora de utilizar los tratamientos de “don” y de “señor” y a ella me referí hace más de dos años en la entrada de este blog que titulé Señor Pepiño.

Decía yo entonces que el idioma castellano, no admite el tratamiento de señor delante del nombre propio de la persona y lo reserva para colocarlo delante del primer apellido, siendo el tratamiento de don el que se coloca delante del nombre propio.

Aunque, si bien es verdad que, creo recordar, este tratamiento de don estaba antes restringido para aquéllos que tenían el título de bachiller superior, en nuestros días esto se aplica a todo el mundo y no voy a hacer mayor cuestión de ello pues, como decía una abuela mía:

Hoy los dones valen tan poco
que a mi burro le puse señor don potro.

De lo que sí quiero hacer cuestión es de la anteposición del tratamiento de señor al nombre propio: como decía entonces, a mí se me puede llamar don Carlos o señor Muñoz-Caravaca. Lo que nunca se me puede llamar es señor Carlos.

Esto, antaño, era costumbre disculpable en personas que, teniendo muy escaso cultivo, querían afectar educación. Así las porteras, en las cuales era falta frecuentísima; o, en un tono más festivo, en las clases bajas madrileñas, como podemos disfrutar en el dúo del personaje de Julián de La Verbena de la Paloma con la señá Rita:

¡Ay señá Rita, no puedo más!
Esta chulapa me va a matar
.

Igualmente se encuentra desde siempre con alguna frecuencia, también comprensible y disculpable, en aquellos catalanoparlantes que no teniendo un conocimiento cabal del castellano intentan forzarlo.

Sin embargo, esta costumbre se está extendiendo como la peste: la vemos en documentos, oficiales y no oficiales, quizá por estar creados con plantillas informáticas; en entrevistadoras telefónicas que se esfuerzan en que las escuches sin darse cuenta de que cuando empiezan con lo de señor Carlos es como si te pegaran una patada en las orejas, etc.  Y compruebo que no sólo se extiende en lo trasversal ―como se dice ahora―, sino también en lo vertical: lo que antes era error disculpable de personas, como digo, de poco cultivo, lo vemos avanzar cada vez más en otras gentes en las que, por su formación, no lo esperaríamos.

Lo que no esperaba yo verla es infectando la prosa jurídica de una sentencia judicial hasta que acabo de verlo ―todavía me lloran los ojos― en la sentencia del llamado caso Malaya que firman los magistrados de la Audiencia Provincial de Málaga, don José Godino, don Rafael Linares y don Manuel Caballero-Bonald.

Pues sí: lo acabo de ver y lo puede ver cualquiera de ustedes que tenga la curiosidad de leer la sentencia.

Nos dicen estos señores en su fallo:

Debemos condenar y condenamos al procesado SR. JUAN ANTONIO ROCA NICOLÁS como autor criminalmente responsable…

Debemos condenar y condenamos al SR. MANUEL JUAN BENITO SÁNCHEZ ZUBIZARRETA como responsable en concepto de autor de un delito continuado de…

y, así, hasta noventa y cinco condenas y absoluciones a otros tantos señores y señoras.

Como puede darse cuenta el lector, si este vicio que tanto afea a nuestra lengua ha llegado hasta el lenguaje jurídico ―tan celosa de las formas―, creo batalla perdida empeñarse en su combate. Sin embargo, el hecho me parece merecedor de mención como muestra de cómo, al tiempo que avanza la especialización (no me cabe ninguna duda de que estos señores son grandes profesionales en su especialidad ni dejo de darme cuenta de que el haberse tenido que leer y entender cinco mil legajos no es moco de pavo) retrocede la llamada cultura general y el descuido por este tipo de cosas que no precisarían de más cuidado que el no dejarse llevar por modas y sonsonetes.

Amando de Miguel,tratando de esto, me respondió:

Carlos Muñoz-Caravaca anota un error cada vez más frecuente. Consiste en la fórmula vocativa de “señor + nombre propio”, por ejemplo, “Oiga usted, señor Carlos”. En efecto, yo también he observado ese lamentable uso. Una vez, en un debate televisivo, un líder sindicalista se dirigió a mí como “señor Amando”. Le contesté, “Por favor, dígame don Amando o señor De Miguel”. El hombre no entendió bien a qué me refería yo. Seguramente creyó que era un capricho mío. Esa manía del "señor + nombre propio" quizá provenga del catalán o, más probable, de la ignorancia generalizada. A mí me suena como un vulgarismo, si bien la cosa tampoco es tan grave,

la cosa no es, en efecto, tan grave, pero a mí no deja de parecerme un ejemplo más de la vulgaridad y de un analfabetismo que avanza, como digo, galopante al tiempo que avanza la especialización del conocimiento. Lo que hace unos pocos años notó don Amando en un sindicalista, hoy lo vemos escrito por unos señores que han hecho una licenciatura universitaria y han aprobado una oposición tan difícil como la de la judicatura.

¡Ah! Y que, además, son uno de los poderes del Estado.

De este estado nuestro que, lo miremos por donde lo miremos, se está carcomiendo por todas partes: en las cosas graves y en las no tan graves, que diría don Amando: en la corrupción urbanística de Marbella, en la sentencia que la condena y en tantas y tantas otras cosas…

Quizá, para abordar y afrontar las cosas graves, deberíamos de empezar por no perder de vista estas otras que no nos parecen tan graves.

Vínculos:

Entrada ‘don’ del Diccionario de la RAE.
Entrada ‘señor’ del Diccionario de la RAE.
Fallo de la sentencia del Caso Malaya. Diario Sur.
Don de lenguas. Amando de Miguel. Libertad Digital.
Señor Pepiño”. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

4 octubre, 2013 a 17:53

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