Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La Canción de la Carne

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La Canción de la Carne

Para Francisco Villaespesa

Las moradas sombras de la tarde muerta
por el hondo valle, lentas resonaban…;
la selva sombría
se quedó en silencio, triste y solitaria…
C
ortando con lumbre las siluetas largas, largas y espectrales
de los negros árboles,
asomó la Luna por el alto monte su faz tersa y pálida…

Un suspiro lúbrico
estremeció el bosque triste y solitario…
R
esonaron luego frescas carcajadas…,
y, entre los ramajes de hojas cristalinas,
surgieron desnudas, radiantes y blancas,
hermosas bacantes
que, al beso plateado de la Luna tersa, de la Luna pálida,
parecían vivientes estatuas de nieve;
parecían estatuas
de marmóreos pechos, de muslos pentélicos,
de espaldas turgentes, ebúrneas y albas…

Se enlazaron todas en abrazo ardiente
y, al compás sonoro de sus carcajadas,
en un loco vértigo febril e incitante
giraron lascivas en lasciva danza…

Cesó el torbellino…
Una blonda niña de pupilas verdes y cabellos de oro,
de incipientes pechos y caderas lánguidas,
balanceando el cuerpo con ondulaciones tiernas, voluptuosas,
entornado triste los húmedos ojos,
alzó una canturia de cadencias báquicas…

Todas las bacantes,
balanceando el cuerpo con ondulaciones tiernas, voluptüosas,
entornando tristes los húmedos ojos,
con suspiros hondos la canturia báquica de la rubia niña, locas corëaban…

Cantaba la niña:

«La Carne es sublime, ― la Carne es sublime:
la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana…
Son sus esplendores
soles febricientes
que alumbran la Senda,
la angustiosa Senda
de los Sufrimientos y de las Desgracias…
En las largas Horas,
en las largas Horas de recuerdos fríos y horribles Nostalgias,
en que el pobre mártir,
en que el pobre esclavo consume las hieles de la Lucha amarga;
cuando los Desprecios, las Ingratitudes, los Amores falsos,
desbordan el rojo Lago de las lágrimas;
cuando los Pesares
destrozan el Alma,
la Carne es un dulce consuelo, en un bálsamo
que, con sus turgencias, con sus morbideces y con sus fragancias,
en espasmos rientes,
trae un noble olvido de la triste Alma;
trae un goce al cuerpo
y bebe la sangre, y la herida cierra, y enjuga las lágrimas…»

«La Carne es sublime:
la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana…
El día más grande de la Vida lúgubre,
es el día rojo de la Desposada,
de la pura virgen
que en delirios locos gozará una dicha lujuriosa y lánguida…:
el Placer ignoto
que, entre el blanco velo y los azahares ve la virgen cándida,
es una Diadema de áureos resplandores
que ciñe la frente de los Sufrimientos y de las Desgracias…;
cuando el noble amado,
la cerrada verja del jardín de goces abre enardecido,
cuando el noble amado la helada inocencia de la virgen rasga,
una Aurora ríe en los cielos verdes de las Ilusiones,
y es la Vida un Sueño de hermosas visiones enloquecedoras;
la Vida es dichosa, la Vida sonríe, suspira la Vida y la Vida canta…»

«En aquel Ensueño
de la niña ardiente,
de la niña ardiente que siente en sus venas la sangre inflamada:
en aquel Ensueño que lleva en sus brumas
brazos amorosos y lechos nupciales y fusión hirviente de cuerpos y almas,
la Carne es el ángel
que bate sus alas…»

«La Carne es la gloria;
la Carne es el cielo de las Esperanzas;
aumenta alegrías;
endulza nostalgias,
y hace que se olviden los negros Pesares,
y hace que no duela la Espina del Alma…
Como a única reina, ciñámosle alegres,
de flores y risas y aromas y cantos, eternal guirnalda…
Löor a la Carne,
que al arder mitiga los cruentos martirios de la Vida humana…»

Se calló la niña.
Tejió una corona de myrthos y rosas y lirios y palmas,
y ciñó su frente
y adornó sus pechos y adornó su vientre y adornó sus piernas y adornó su espalda…

…Las locas bacantes
se enlazaron todas en abrazo ardiente
y, al compás sonoro de sus carcajadas,
en un raudo vértigo febril e incitante,
giraron lascivas en lasciva danza…;
y entre los ramajes de hojas cristalinas
huyeron desnudas, radiantes y blancas…

Y, entre los ramajes de hojas cristalinas,
al beso plateado de la Luna tersa, a veces brillaban
cual estatuas níveas…
hasta que en la agreste selva se perdieron…
y la selva agreste se quedó, de nuevo, muda y solitaria…

Sólo allá, a lo lejos… muy lejos… muy lejos…,
débiles sonaban
quejas ardorosas, intensos suspiros, sollozos extraños,
frescas carcajadas.

Y, de vez en cuando,
venía en las brisas la voz de la niña
que alzaba, embriagada, la canturia hermosa de cadencias báquicas…

…De pronto, cruzaron los Espacios mudos,
de lúgubres cuervos lúgubres bandadas,
que con fugaz vuelo
graznando seguían a tierna paloma cuyas plumas blancas
de gotas de sangre
iban salpicadas…

Juan Ramón Jiménez.

Nota: Si en la entrada anterior de esta Flor de Pretericiones gozamos de la experiencia mística gracias al soneto A Jesús Crucificado de Rafael Sánchez Mazas, con esta Canción de la Carne del delicadísimo autor de Platero y yo descendemos al tratamiento del goce carnal por parte de la poesía.

Cosa difícil. Más difícil de lo que pudiera parecer a simple vista. No cabe ninguna duda de que el sentimiento amoroso es uno de los principales estros de la poesía y el principal de la lírica, como tampoco la cabe de que ha inspirado infinidad de obras sublimes en cualquier literatura, desde luego en la nuestra, de las que renuncio aquí a dar ejemplos por lo infinito de la labor.

Digo, sin embargo, que es cosa difícil: lo es para la poesía moderna desnortada por el error general en el que cae el arte moderno que centra toda su atención en la persona del artista y en su sentimiento y prescinde del todo de la forma, del cuidado del metro, de sus acentos, de la estrofa, de la belleza y ornato de la rima, de ingredientes tan substanciales a la poesía como son los tropos y, muy en especial, de la metáfora y de la alegoría, de manera que cualquier niña enamorada puede plasmar su vulgar sentimiento con cuatro frases manidas y decir que escribe poesía. Nada tengo contra ello. Contra lo que me manifiesto es contra la tomadura de pelo de la industria editorial que, efectivamente, considera poesía estos desahogos y como tal los publica.

Y, si podemos hacer estas consideraciones acerca de la poesía amatoria, ¡qué no podríamos decir de la poesía erótica! ¿A quién se le escapa que asunto tan cercano a nuestra animalidad debiera exigir de la poesía un tratamiento exquisito de forma que evocara las sensaciones que pretende evocar sin caer en la chabacanería, en la fealdad, en la obscenidad y en la crudeza más descarnada? Y, sin embargo, una somera consulta en Google puede hacerles ver a ustedes los abusos que se cometen en este campo.

***

Como ejemplo de un muy buen tratamiento de este asunto escabroso presento hoy en Flor de Pretericiones La Canción de la Carne de la que no tengo noticia que se haya publicado íntegramente con anterioridad en Internet. Pertenece al libro Ninfeas, que Juan Ramón Jiménez escribió por los años de 1900 y con la que, al parecer de los críticos, se inicia en el modernismo. Lo transcribo de la edición que Javier Blasco hizo en la Editorial Cátedra, colección Letras Hispánicas, en 1987.

***

Por lo que respecta a la explicación de su origen y creación, bástenos la que el mismo poeta da en el Ofertorio que sirve de prólogo a Ninfeas:

De mi sangre se nutrieron las estrofas de estos cantos;

y, con respecto a su valor moral, recordemos solamente lo que el gran Rubén Darío escribió acerca este poema en su Historia de mis libros:

¡Cuántas veces me he refugiado en algún paraíso artificial poseído por el horror fatídico de la muerte!

***

Vínculos:

Juan Ramón Jiménez. Wikipedia.
Juan Ramón Jiménez. Biografía. Instituto Cervantes.
Juan Ramón Jimenez. Iconografía y tres poemas escogidos. Aprender español en Madrid.
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