Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

En respuesta a ‘Torku’ de “Libertad Digital”

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Et rex David senuerat habebat que aetatis plurimos dies; cum que operiretur vestibus, non calefiebat.
Dixerunt ergo ei servi sui: “Quaeratur domino nostro regi adulescentula virgo et stet coram rege et curam eius agat dormiatque in sinu tuo et calefaciat dominum nostrum regem”.
Quaesierunt igitur adulescentulam speciosam in omnibus finibus Israel et invenerunt Abisag Sunamitin et adduxerunt eam ad regem.
Erat autem puella pulchra nimis et curam agebat regis et ministrabat ei; rex vero non cognovit eam.
1 Re, 1, 1-4.

Permite, amigo Torku,  que encabece mi respuesta al amable comentario que hiciste ayer en Libertad Digital a mi escrito La tiara vacía con esta cita del libro primero de los Reyes y que se refiere a la decrepitud  del rey David. Entiende, por favor que la incluyo en tono irónico, humorístico si quieres. Nada más lejos de mi intención que hacer con ella mofa del Santo Padre, pero el caso es que, leyendo tu comentario, me ha venido a la cabeza.

La leeremos en castellano al final. Vayamos primeramente a tu respuesta de la que discrepo prácticamente en todo. No hay ni que decir que respeto tu opinión ni que tal discrepancia entre dos católicos acerca de esta materia opinable de la renuncia papal me parece no sólo oportuna sino también sana en lo que contribuya a la vitalidad y al bien de la Iglesia.

Comienzas diciéndome:

Pablo VI renunció a la tiara y no pasó nada.

Mal comienzo, Torku. Eso mismo decía Zapatero con respecto a Cataluña cuando promovió la reforma de su Estatuto. Ya. Ya sabíamos que tal reforma no iba a producir de manera inmediata una falla tectónica que separara a Cataluña del resto de la Península pero muchos, tú entre ellos, entreveíamos que de aquello podía surgir, como ha surgido, el envenenamiento del problema catalán hasta donde estamos viendo y hasta lo que nos falte por ver.

Y, sin acudir a ejemplo tan concreto, me ha tocado vivir —nos ha tocado vivir—, en un tiempo presidido por el principio moral este del “no pasa nada”: cuantísimos cambios no se han ido introduciendo poco a poco, sigilosamente, insidiosamente, en nuestras costumbres con su excusa cínica y falaz; cambios que, efectivamente, no producían ninguna catástrofe en lo inmediato pero que, acumulados, cuánto hayan llegado a envilecer y a encanallar a nuestra sociedad sólo podemos verlo quienes hemos vivido antes y después de ellos.

Frente a tu “no pasa nada” permíteme recordarte las palabras de Platón puestas en boca de Sócrates:

Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio y con la introducción de una nueva especie de canto y hay que tener el convencimiento de que, con ello, todo se pone en peligro porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

*** 

Continúas diciéndome que esa tiara a la que renunció Pablo VI

ya era un símbolo mentiroso.

¿Mentiroso? Mentiroso, ¿en qué sentido?

Una de las grandezas de muestra religión es el admitir en su seno sensibilidades diversísimas desde el solo acatamiento de sus pocas verdades dogmáticas y el respeto al magisterio romano. Permite que te exprese la mía: como tantas veces he dicho en este blog, entiendo a la religión católica, en su dimensión cultural —importantísima para mí—, como la línea de continuidad que, nacida hace diez mil años en Mesopotamia y en el valle del Nilo, se centra en la encrucijada del pueblo de Israel, el cual la escribe en el Antiguo Testamento, la renueva con la verdad sublime de que Dios se hace hombre en el Nuevo y, así renovada, la funde con la cultura grecorromana.

Así entendida, la religión católica es el cofre que guarda la sabiduría que la parte de la Humanidad a la que pertenecemos ha ido descubriendo y atesorando a lo largo de diez mil años.

En este sentido, un detalle, quizá menor en los asuntos fundamentalmente religiosos, pero importante en los históricos y litúrgicos es el hecho innegable de que el papado asumió muchas de las funciones y muchos de los símbolos de los emperadores romanos. Pontifex Maximus era título asociado a la dignidad imperial desde los tiempos de Augusto y Sumo Pontífice es el título heredado, asumido, por los Papas como reyes de Roma, esto es, herederos, continuadores, de los emperadores romanos.

Por eso la tiara, en su triple simbología, significaba el poder del Papa como Papa, como obispo y como rey de Roma.

Nuevamente, “no pasa nada” porque nos carguemos los símbolos, incluido este, pero reconóceme que mentiroso, lo que se dice mentiroso, no lo es sino que, antes bien, tiene —tenía— plena justificación histórica y litúrgica.

Como te digo, la Iglesia católica acoge en su seno infinidad de sensibilidades. Para muchas el abandono de la tiara puede ser intrascendente y hasta bienvenido. Para la mía es una auténtica pena.

***

No comentaré tu alusión a doña Juana la Loca. A todas luces es un hecho aberrante nacido de una mente enajenada y nadie está pidiendo que se paseen los cadáveres de los reyes por ninguna parte. Antes bien y muy al contrario, lo que pedimos es que los reyes mueran el el Trono para poder darles la sepultura que les corresponde en lo litúrgico y en lo ceremonioso.

***

Me inquieres:

¿No se puede ver la renuncia de Benedicto XVI como un acto de humildad en el que reconoce que se necesita más fuerza física que él tiene ya, para desempeñar con el vigor necesario la silla de San Pedro?

Sí. Se puede ver así. De hecho, esta es la forma más grata para verlo con la sensibilidad vulgar de nuestro tiempo.

Sin embargo, también se puede ver como lo ve Pedro J: el Papa no es un gestor; no es un subsecretario obligado a desgastarse con mil fatigas de gestión. El Papa es, ante todo, un símbolo. Benedicto XVI ha sido un gran teólogo y un gran Papa. Ha combatido de manera valiente  los grandes pecados cometidos por miembros de la Iglesia en los últimos tiempos; ha reconducido a la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II hacia su tradición anterior; se ha preocupado de manera especial por su liturgia; ha continuado la tarea de conciliar la fe con la razón…

Como “gestor” no hubiéramosle tenido que pedir más de lo mucho que ha hecho. Lo que hubiéramos querido ahora de él es que hubiera mantenido su figura simbólica hasta el final.

***

Sigues diciéndome:

Antes un papa podía morirse de viejo porque nadie lo veía fuera del Vaticano; no había medios que te lo mostraran en las casas cuando estás comiendo o pensado en las crisis constantes de la vida. Pero el ejemplo del beato Juan Pablo II en un estado de deterioro que daba pena, no puede ser el mejor ejemplo ni siquiera para la Iglesia de los pobres, porque en aquella figura ya no cabía la esperanza.

Esto no puedo más que rechazarlo con toda mi alma, Torku. No es sino el rechazo, el querer taparse los ojos por parte de la sensibilidad moderna frente al dolor y la muerte. En efecto, el deterioro físico de la persona produce, a los ojos del hombre nuestros días, un sentimiento de rechazo. Yo diría que hasta de repugnancia.

Sin embargo, nada más lejos del magisterio moral de la Iglesia católica que, frente a esta concepción moderna que vive de espaldas a la muerte y al dolor —que vive como si no existieran—, nos enseña que vivimos en un valle de lágrimas; que somos polvo y que en polvo nos hemos de convertir. Así, aquellas últimas imágenes de la vida terrena del beato Juan Pablo II no las puedo considerar de ninguna manera como “deterioro que daba pena” ni imagen en la que “no cabe la esperanza ni siquiera para la Iglesia de los pobres” sino que, antes bien, las entiendo como imagen viva en la persona del Papa de la condición humana terrenal y ejemplo vivo de ese magisterio.

Si redujéramos tu línea de pensamiento hasta lo absurdo tendríamos que preferir entonces como papisa a Maribel Verdú —pongo por ejemplo por poner uno— para que nos alegrara los ojos “cuando estamos comiendo” o nos consolara cuando “pensamos en las crisis constantes de la vida”.

***

La humildad es un valor que debe revitalizarse también en la Iglesia. Hay que reconocer cuando uno ya no es el mejor para representar a Cristo en la Tierra.

No cabe duda de que la humildad es un bien pero no creo que este asunto tenga mucho que ver con la humildad.

Si entendemos los “cargos” como vanagloria, sinecuras y prebendas, efectivamente, renunciar a ellos sería acto de humildad.

Pero si entendemos —como debemos entender— el pontificado, no como “cargo” sino como servicio —servidumbre—, al que se ha sido llamado por el Espíritu Santo, tu argumento se desmorona: entiendes el papado como privilegio, no como la servidumbre, sacrificio y renuncia que es; en consecuencia, la renuncia a él viene a ser, para ti, renuncia a una prebenda y, por tanto, acto de humildad.

Por mi parte, no creo que esta renuncia de Benedicto XVI le haya sido dictada por esa falsa humildad sino, más bien, por reflexiones íntimas que nos ha dejado entrever en el Angelus de ayer:

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración del Señor […] Su experiencia profunda de relación con el Padre fue como un retiro espiritual que Jesús quiere hacer, en lo alto del monte, en compañía de Pedro, de Santiago y de Juan, los tres discípulos que siempre estaban presentes en la manifestación divina del Maestro.

El Señor que, poco antes, había anunciado su muerte y resurrección, ofrece a los discípulos una anticipación de su Gloria

En la Cuaresma aprendemos a dar el tiempo justo a la oración que da respiro a nuestra vida espiritual. Además, la oración no significa aislarse del mundo y de sus contradicciones como hubiera querido hacer Pedro en el Tabor. La oración nos lleva a la acción. Esta palabra de Dios la escucho, de modo particular, dirigida hacia mí. El Señor me llama a dedicarme, todavía más, a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia. Por el contrario: si Dios me pide esto es porque yo pueda continuar sirviéndola.

La intervención de Pedro: “Maestro, ¡qué bello es estar aquí!” representa ese intento imposible de parar la experiencia mística.

No es, pues, en mi opinión, un alarde de falsa humildad, tan grata a los oídos modernos, lo que ha llevado a la renuncia de nuestro Santo Padre sino, más bien, la querencia de un retiro espiritual, místico, para dedicarse a la oración y a la meditación mediante las cuales seguir sirviendo a la Iglesia.

Más allá de sus palabras ante los señores cardenales en la Declaración del 10 de febrero nos justifica aquí su renuncia identificándola con la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Esta homilía del Papa durante el Angelus merece ser escuchada con la mayor atención.

***

Desde mi concepción del pontificado, lo respeto y lo asumo. Lo entiendo plenamente y hasta me enriquece. Benedicto XVI, además de Papa, es un genio intelectual y los genios tienen estas cosas.

Por lo único que pido a Dios es porque se entienda esta renuncia como algo excepcional en la Historia del Papado, excepción explicable por la índole intelectual de nuestro Papa y no como absurdo e inaceptable alarde de falsa humildad.

El deber ante la Historia no puede ser rígido. No puede ser un calcetín. Su grandeza entraña estas sorpresas que, bien entendidas, la engrandecen. Mal entendidas, se corre el riesgo de mixtificar una institución dos veces milenaria.

***

Para acabar, volvamos a leer en castellano el Libro Primero de los Reyes:

Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas, pero no se calentaba. Dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey.
Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey.
Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció.

Moribundo su rey, al pueblo de Israel no se le ocurrió pensar en su abdicación. Antes bien, buscaron remedio tan extravagante a nuestros ojos como pueda ser la introducción en su lecho de una adulescentulam speciosam para hacerle entrar en calor y revivir.

Pedro J no fue tan lejos el domingo pasado cuando dijo:

Si el rey está cansado que se siente un poco,

pero por ahí iba. Insisto que lo digo como humorada y que nada está más lejos de mi intención que hacer broma del Santo Padre con esta cita.

***

Resumiéndolo todo:

El Rey es símbolo irrenunciable.

El avatar histórico nos puede dar un Rey que abdique, mas esto nunca jamás debe de servir como regla para el porvenir porque, como muy bien dijo Platón:

todo se pone en peligro, porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

Es este peligro, no otro, la causa de nuestra preocupación. Bien entendida como hecho histórico excepcional, la abdicación de Benedicto XVI puede ser hasta enriquecedora. Entendida como acto de humildad encomiable y ejemplar para sus sucesores la rechazo porque entiendo que eso no sería sino un paso hacia adelante en la mundanización y mixtificación de la Iglesia.

Iglesia que, como dice Caminant en aquel mismo post:

es una vieja barca que sigue caminando por mares procelosos: si es obra de Dios, como creo, no se hundirá.

Pidamos por ello al Espíritu Santo.

Vínculos:

La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.
Comentarios a La tiara vacía en Libertad Digital.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
Angelus del domingo pasado. Youtube.
Comentarios a este escrito en Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

25 febrero, 2013 a 9:06

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