Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La tiara vacía

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Hace cuatro días presenté aquí la muy interesante discusión que Yago de la Cierva y José Luis Restán mantuvieron acerca de la renuncia de S.S. Benedicto XVI al Trono de San Pedro.

Resumiéndola aquí mucho (se puede encontrar completa en los vínculos que siguen a este escrito), Yago de la Cierva opinaba que la decisión del Papa entraña una ruptura dolorosa con la tradición mientras que José Luis Restán entiende el razonamiento de De la Cierva como desatino y celebra la renuncia papal como innovación salutífera para la Iglesia.

No quise entonces opinar mucho al respecto y preferí limitarme a exponer lisa y llanamente la discusión de estos dos hermanos, si bien algo dejé entrever de mi preferencia por la opinión de De la Cierva, tanto por motivos litúrgicos como por motivos históricos y tradicionales.

En todo caso, como quiera que sea de ello y para resumirlo en dos palabras, esta discusión, muy cabal por otra parte, se me había presentado como el diálogo entre la conveniencia de lo pragmático y lo necesario de lo litúrgico, decantándome yo más bien por esto último.

Estas habían sido mis reflexiones al respecto cuando hete aquí que encuentro en La tiara vacía, carta del director del domingo pasado de Pedro J Ramírez en El Mundo, reflexiones semejantes si bien expresadas con la clarividencia y la facundia de Pedro J.

Comienza Pedro J confesando paladinamente en su carta:

Llevo varios días preguntándome por qué la renuncia del Papa me está produciendo una desazón creciente, si no soy católico practicante y en materia de creencias mi espíritu crítico se impone casi siempre al legado confortable de una educación religiosa pacífica. […] ¿A qué viene que me sienta mucho más concernido por este paso atrás del jefe de la Iglesia que por la elección y reelección de Obama, por los escándalos políticos que El Mundo desvela casi a diario o por la propia situación económica que nos mantiene a todos contra las cuerdas?

Continúa, más adelante, saliendo al paso de las equivocadas equiparaciones que se han hecho de la renuncia papal con la querencia al cargo de los gobernantes:

Si los gobernantes están destinados a inmolarse en el altar de la coyuntura, los reyes deben permanecer en el escenario como ese elemento del decorado que nos recuerda siempre que la acción sucede en el mismo sitio. Si el Rey está cansado, que se siente un poco. Al «caballo envejecido» no hay por qué llevarlo al galope. Basta mostrarlo con sus mejores galas en las grandes ocasiones de Estado como los venecianos paseaban por el Gran Canal la imponente góndola del Dogo, sin pretender que fuera el más rápido o ágil de los barcos.

Y sigue:

Hay instituciones cuya modernización encierra tantos riesgos como oportunidades. Si los reyes han de casarse por amor y con quien quieran, si debemos respetar lo que por analogía con cualquier commoner ellos mismos llaman su «vida privada», y si toca pedir que se bajen del trono en cuanto están algo cascados, pronto empezaremos a verlos como simples funcionarios públicos y nos quedaremos sin argumento alguno para objetar a que la plaza se cubra de forma temporal y electiva o incluso a través de un concurso-oposición.

Recordando a Juan Pablo II:

«Seremos multitud los no practicantes que vamos a echar de menos el aliento en el cogote, a la vez cálido y severo de este polaco tozudo e infatigable»,

vuelve la pluma hacia Benedicto XVI:

Benedicto XVI nos lo ha puesto más difícil pues no se ha limitado a estar ahí ejerciendo de contrapeso, sino que ha planteado un desafío intelectual a nuestro relativismo invitándonos a jugar dos partidas simultáneas y dándonos a elegir entre el tablero de la razón y el de la fe.

[…]

Una vez que los Papas dimiten será mucho más difícil impedir la ordenación de las mujeres, oponerse al uso de los anticonceptivos o mantener la intransigencia frente a la homosexualidad. Pero uno también puede pensar que, cuando llegue el 28 de febrero, los cardenales se reunirán con Benedicto XVI para darle una cena de homenaje y le regalarán un reloj de oro o una bandeja de plata. Y que, tal vez, el año próximo, alguien proponga que se elija un vicepapa para que sustituya al titular cuando esté de viaje o se encuentre enfermo. Y que al siguiente se planteará la limitación de mandatos al modo de la presidencia de los Estados Unidos; y aun nos tocará ver un debate sobre el Estado del Papado en el que la oposición a la curia pida primarias en cada continente y un conclave abierto con intervenciones televisadas de los candidatos y votación nominal de los electores.

Y acaba con una conclusión tan obvia como conmovedora en su sinceridad:

¿Cómo oponerse a cosas tan razonables?
Y, además, ¿a ti que te importa si dices que no eres miembro de la Iglesia?

***

Como dice José Luis Restán, no es momento de silencios calculados: por eso, siempre desde el respeto y obediencia a la Iglesia romana y fiel a su magisterio, traigo hoy a colación este escrito de Pedro J y por eso digo que estoy en total y absoluta comunión con sus sincerísimas, lúcidas, valientes y esclarecedoras palabras que no por exageradas  e intencionadamente caricaturescas dejan de presentarnos con clarividencia el riesgo que conlleva la renuncia papal. Ante ellas, sólo puedo reiterarme aquí en lo que dije en mi anterior escrito al respecto:

Confiemos en que esta trascendentalísma decisión de Benedicto XVI, conocedor y amante como nadie de la liturgia, conocedor del Derecho Canónico y de la Historia de la Iglesia, no sea más que un hecho concreto de ella producido en nuestro tiempo, que tiene en ella antecedentes y que Benedicto XVI la ha tomado sólo después de grave reflexión y sólo en bien de la Iglesia católica.

Más comprendamos también que la costumbre de la Iglesia es que el Papa muera en el Trono de San Pedro y que así debe de seguir siendo como norma general, con las excepciones justificadísimas que, en el porvenir, las circunstancias manden en el sabio entender de sus sucesores.

Con respecto a todo ello, confiemos en el Espíritu Santo y pidámoselo a Él.

***

Vínculos:

Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.

Apunte histórico: la tiara era la triple corona que usaron los papas como símbolo de su autoridad como papas, como obispos y como reyes hasta que Pablo VI renunció a ella en 1963. En aquellos tiempos conciliares, esta renuncia a una tradición milenaria no levantó mayor revuelo público. Resulta curioso notar, sin embargo, que fue precisamente Benedicto XVI quien la volvió a introducir en su escudo pontificio en el año 2010.

Nota: La imagen que ilustra este artículo esta sacada de Ricardo en El Mundo.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 febrero, 2013 a 12:01

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