Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for febrero 2013

La Transfiguración del Señor

leave a comment »


Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él.

Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «¡Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías». Él no sabía lo que decía.

Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.

Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».

(Lc. IX, 28-35)

***

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantará aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escuchadle».

(Mt. XVII, 1-5)

Vínculos:

Ángelus. Homilía de Benedicto XVI desde San Pedro de Roma el 24 de febrero de 2013 referida al misterio de la Transfiguración. Youtube.
La Transfiguración del Señor. Aciprensa.
La Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor. El Rosario: Cuarto misterio luminoso. Directorio Franciscano.
La Transfiguración de Rafael. Pinacoteca Vaticana.
Transfiguración de Jesús. Wikipedia.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

28 febrero, 2013 at 10:06

En respuesta a ‘Torku’ de “Libertad Digital”

leave a comment »


Et rex David senuerat habebat que aetatis plurimos dies; cum que operiretur vestibus, non calefiebat.
Dixerunt ergo ei servi sui: “Quaeratur domino nostro regi adulescentula virgo et stet coram rege et curam eius agat dormiatque in sinu tuo et calefaciat dominum nostrum regem”.
Quaesierunt igitur adulescentulam speciosam in omnibus finibus Israel et invenerunt Abisag Sunamitin et adduxerunt eam ad regem.
Erat autem puella pulchra nimis et curam agebat regis et ministrabat ei; rex vero non cognovit eam.
1 Re, 1, 1-4.

Permite, amigo Torku,  que encabece mi respuesta al amable comentario que hiciste ayer en Libertad Digital a mi escrito La tiara vacía con esta cita del libro primero de los Reyes y que se refiere a la decrepitud  del rey David. Entiende, por favor que la incluyo en tono irónico, humorístico si quieres. Nada más lejos de mi intención que hacer con ella mofa del Santo Padre, pero el caso es que, leyendo tu comentario, me ha venido a la cabeza.

La leeremos en castellano al final. Vayamos primeramente a tu respuesta de la que discrepo prácticamente en todo. No hay ni que decir que respeto tu opinión ni que tal discrepancia entre dos católicos acerca de esta materia opinable de la renuncia papal me parece no sólo oportuna sino también sana en lo que contribuya a la vitalidad y al bien de la Iglesia.

Comienzas diciéndome:

Pablo VI renunció a la tiara y no pasó nada.

Mal comienzo, Torku. Eso mismo decía Zapatero con respecto a Cataluña cuando promovió la reforma de su Estatuto. Ya. Ya sabíamos que tal reforma no iba a producir de manera inmediata una falla tectónica que separara a Cataluña del resto de la Península pero muchos, tú entre ellos, entreveíamos que de aquello podía surgir, como ha surgido, el envenenamiento del problema catalán hasta donde estamos viendo y hasta lo que nos falte por ver.

Y, sin acudir a ejemplo tan concreto, me ha tocado vivir —nos ha tocado vivir—, en un tiempo presidido por el principio moral este del “no pasa nada”: cuantísimos cambios no se han ido introduciendo poco a poco, sigilosamente, insidiosamente, en nuestras costumbres con su excusa cínica y falaz; cambios que, efectivamente, no producían ninguna catástrofe en lo inmediato pero que, acumulados, cuánto hayan llegado a envilecer y a encanallar a nuestra sociedad sólo podemos verlo quienes hemos vivido antes y después de ellos.

Frente a tu “no pasa nada” permíteme recordarte las palabras de Platón puestas en boca de Sócrates:

Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio y con la introducción de una nueva especie de canto y hay que tener el convencimiento de que, con ello, todo se pone en peligro porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

*** 

Continúas diciéndome que esa tiara a la que renunció Pablo VI

ya era un símbolo mentiroso.

¿Mentiroso? Mentiroso, ¿en qué sentido?

Una de las grandezas de muestra religión es el admitir en su seno sensibilidades diversísimas desde el solo acatamiento de sus pocas verdades dogmáticas y el respeto al magisterio romano. Permite que te exprese la mía: como tantas veces he dicho en este blog, entiendo a la religión católica, en su dimensión cultural —importantísima para mí—, como la línea de continuidad que, nacida hace diez mil años en Mesopotamia y en el valle del Nilo, se centra en la encrucijada del pueblo de Israel, el cual la escribe en el Antiguo Testamento, la renueva con la verdad sublime de que Dios se hace hombre en el Nuevo y, así renovada, la funde con la cultura grecorromana.

Así entendida, la religión católica es el cofre que guarda la sabiduría que la parte de la Humanidad a la que pertenecemos ha ido descubriendo y atesorando a lo largo de diez mil años.

En este sentido, un detalle, quizá menor en los asuntos fundamentalmente religiosos, pero importante en los históricos y litúrgicos es el hecho innegable de que el papado asumió muchas de las funciones y muchos de los símbolos de los emperadores romanos. Pontifex Maximus era título asociado a la dignidad imperial desde los tiempos de Augusto y Sumo Pontífice es el título heredado, asumido, por los Papas como reyes de Roma, esto es, herederos, continuadores, de los emperadores romanos.

Por eso la tiara, en su triple simbología, significaba el poder del Papa como Papa, como obispo y como rey de Roma.

Nuevamente, “no pasa nada” porque nos carguemos los símbolos, incluido este, pero reconóceme que mentiroso, lo que se dice mentiroso, no lo es sino que, antes bien, tiene —tenía— plena justificación histórica y litúrgica.

Como te digo, la Iglesia católica acoge en su seno infinidad de sensibilidades. Para muchas el abandono de la tiara puede ser intrascendente y hasta bienvenido. Para la mía es una auténtica pena.

***

No comentaré tu alusión a doña Juana la Loca. A todas luces es un hecho aberrante nacido de una mente enajenada y nadie está pidiendo que se paseen los cadáveres de los reyes por ninguna parte. Antes bien y muy al contrario, lo que pedimos es que los reyes mueran el el Trono para poder darles la sepultura que les corresponde en lo litúrgico y en lo ceremonioso.

***

Me inquieres:

¿No se puede ver la renuncia de Benedicto XVI como un acto de humildad en el que reconoce que se necesita más fuerza física que él tiene ya, para desempeñar con el vigor necesario la silla de San Pedro?

Sí. Se puede ver así. De hecho, esta es la forma más grata para verlo con la sensibilidad vulgar de nuestro tiempo.

Sin embargo, también se puede ver como lo ve Pedro J: el Papa no es un gestor; no es un subsecretario obligado a desgastarse con mil fatigas de gestión. El Papa es, ante todo, un símbolo. Benedicto XVI ha sido un gran teólogo y un gran Papa. Ha combatido de manera valiente  los grandes pecados cometidos por miembros de la Iglesia en los últimos tiempos; ha reconducido a la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II hacia su tradición anterior; se ha preocupado de manera especial por su liturgia; ha continuado la tarea de conciliar la fe con la razón…

Como “gestor” no hubiéramosle tenido que pedir más de lo mucho que ha hecho. Lo que hubiéramos querido ahora de él es que hubiera mantenido su figura simbólica hasta el final.

***

Sigues diciéndome:

Antes un papa podía morirse de viejo porque nadie lo veía fuera del Vaticano; no había medios que te lo mostraran en las casas cuando estás comiendo o pensado en las crisis constantes de la vida. Pero el ejemplo del beato Juan Pablo II en un estado de deterioro que daba pena, no puede ser el mejor ejemplo ni siquiera para la Iglesia de los pobres, porque en aquella figura ya no cabía la esperanza.

Esto no puedo más que rechazarlo con toda mi alma, Torku. No es sino el rechazo, el querer taparse los ojos por parte de la sensibilidad moderna frente al dolor y la muerte. En efecto, el deterioro físico de la persona produce, a los ojos del hombre nuestros días, un sentimiento de rechazo. Yo diría que hasta de repugnancia.

Sin embargo, nada más lejos del magisterio moral de la Iglesia católica que, frente a esta concepción moderna que vive de espaldas a la muerte y al dolor —que vive como si no existieran—, nos enseña que vivimos en un valle de lágrimas; que somos polvo y que en polvo nos hemos de convertir. Así, aquellas últimas imágenes de la vida terrena del beato Juan Pablo II no las puedo considerar de ninguna manera como “deterioro que daba pena” ni imagen en la que “no cabe la esperanza ni siquiera para la Iglesia de los pobres” sino que, antes bien, las entiendo como imagen viva en la persona del Papa de la condición humana terrenal y ejemplo vivo de ese magisterio.

Si redujéramos tu línea de pensamiento hasta lo absurdo tendríamos que preferir entonces como papisa a Maribel Verdú —pongo por ejemplo por poner uno— para que nos alegrara los ojos “cuando estamos comiendo” o nos consolara cuando “pensamos en las crisis constantes de la vida”.

***

La humildad es un valor que debe revitalizarse también en la Iglesia. Hay que reconocer cuando uno ya no es el mejor para representar a Cristo en la Tierra.

No cabe duda de que la humildad es un bien pero no creo que este asunto tenga mucho que ver con la humildad.

Si entendemos los “cargos” como vanagloria, sinecuras y prebendas, efectivamente, renunciar a ellos sería acto de humildad.

Pero si entendemos —como debemos entender— el pontificado, no como “cargo” sino como servicio —servidumbre—, al que se ha sido llamado por el Espíritu Santo, tu argumento se desmorona: entiendes el papado como privilegio, no como la servidumbre, sacrificio y renuncia que es; en consecuencia, la renuncia a él viene a ser, para ti, renuncia a una prebenda y, por tanto, acto de humildad.

Por mi parte, no creo que esta renuncia de Benedicto XVI le haya sido dictada por esa falsa humildad sino, más bien, por reflexiones íntimas que nos ha dejado entrever en el Angelus de ayer:

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración del Señor […] Su experiencia profunda de relación con el Padre fue como un retiro espiritual que Jesús quiere hacer, en lo alto del monte, en compañía de Pedro, de Santiago y de Juan, los tres discípulos que siempre estaban presentes en la manifestación divina del Maestro.

El Señor que, poco antes, había anunciado su muerte y resurrección, ofrece a los discípulos una anticipación de su Gloria

En la Cuaresma aprendemos a dar el tiempo justo a la oración que da respiro a nuestra vida espiritual. Además, la oración no significa aislarse del mundo y de sus contradicciones como hubiera querido hacer Pedro en el Tabor. La oración nos lleva a la acción. Esta palabra de Dios la escucho, de modo particular, dirigida hacia mí. El Señor me llama a dedicarme, todavía más, a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia. Por el contrario: si Dios me pide esto es porque yo pueda continuar sirviéndola.

La intervención de Pedro: “Maestro, ¡qué bello es estar aquí!” representa ese intento imposible de parar la experiencia mística.

No es, pues, en mi opinión, un alarde de falsa humildad, tan grata a los oídos modernos, lo que ha llevado a la renuncia de nuestro Santo Padre sino, más bien, la querencia de un retiro espiritual, místico, para dedicarse a la oración y a la meditación mediante las cuales seguir sirviendo a la Iglesia.

Más allá de sus palabras ante los señores cardenales en la Declaración del 10 de febrero nos justifica aquí su renuncia identificándola con la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Esta homilía del Papa durante el Angelus merece ser escuchada con la mayor atención.

***

Desde mi concepción del pontificado, lo respeto y lo asumo. Lo entiendo plenamente y hasta me enriquece. Benedicto XVI, además de Papa, es un genio intelectual y los genios tienen estas cosas.

Por lo único que pido a Dios es porque se entienda esta renuncia como algo excepcional en la Historia del Papado, excepción explicable por la índole intelectual de nuestro Papa y no como absurdo e inaceptable alarde de falsa humildad.

El deber ante la Historia no puede ser rígido. No puede ser un calcetín. Su grandeza entraña estas sorpresas que, bien entendidas, la engrandecen. Mal entendidas, se corre el riesgo de mixtificar una institución dos veces milenaria.

***

Para acabar, volvamos a leer en castellano el Libro Primero de los Reyes:

Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas, pero no se calentaba. Dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey.
Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey.
Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció.

Moribundo su rey, al pueblo de Israel no se le ocurrió pensar en su abdicación. Antes bien, buscaron remedio tan extravagante a nuestros ojos como pueda ser la introducción en su lecho de una adulescentulam speciosam para hacerle entrar en calor y revivir.

Pedro J no fue tan lejos el domingo pasado cuando dijo:

Si el rey está cansado que se siente un poco,

pero por ahí iba. Insisto que lo digo como humorada y que nada está más lejos de mi intención que hacer broma del Santo Padre con esta cita.

***

Resumiéndolo todo:

El Rey es símbolo irrenunciable.

El avatar histórico nos puede dar un Rey que abdique, mas esto nunca jamás debe de servir como regla para el porvenir porque, como muy bien dijo Platón:

todo se pone en peligro, porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.

Es este peligro, no otro, la causa de nuestra preocupación. Bien entendida como hecho histórico excepcional, la abdicación de Benedicto XVI puede ser hasta enriquecedora. Entendida como acto de humildad encomiable y ejemplar para sus sucesores la rechazo porque entiendo que eso no sería sino un paso hacia adelante en la mundanización y mixtificación de la Iglesia.

Iglesia que, como dice Caminant en aquel mismo post:

es una vieja barca que sigue caminando por mares procelosos: si es obra de Dios, como creo, no se hundirá.

Pidamos por ello al Espíritu Santo.

Vínculos:

La tiara vacía. Conceptos Esparcidos.
Comentarios a La tiara vacía en Libertad Digital.
Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.
Angelus del domingo pasado. Youtube.
Comentarios a este escrito en Libertad Digital.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

25 febrero, 2013 at 9:06

La tiara vacía

leave a comment »


Hace cuatro días presenté aquí la muy interesante discusión que Yago de la Cierva y José Luis Restán mantuvieron acerca de la renuncia de S.S. Benedicto XVI al Trono de San Pedro.

Resumiéndola aquí mucho (se puede encontrar completa en los vínculos que siguen a este escrito), Yago de la Cierva opinaba que la decisión del Papa entraña una ruptura dolorosa con la tradición mientras que José Luis Restán entiende el razonamiento de De la Cierva como desatino y celebra la renuncia papal como innovación salutífera para la Iglesia.

No quise entonces opinar mucho al respecto y preferí limitarme a exponer lisa y llanamente la discusión de estos dos hermanos, si bien algo dejé entrever de mi preferencia por la opinión de De la Cierva, tanto por motivos litúrgicos como por motivos históricos y tradicionales.

En todo caso, como quiera que sea de ello y para resumirlo en dos palabras, esta discusión, muy cabal por otra parte, se me había presentado como el diálogo entre la conveniencia de lo pragmático y lo necesario de lo litúrgico, decantándome yo más bien por esto último.

Estas habían sido mis reflexiones al respecto cuando hete aquí que encuentro en La tiara vacía, carta del director del domingo pasado de Pedro J Ramírez en El Mundo, reflexiones semejantes si bien expresadas con la clarividencia y la facundia de Pedro J.

Comienza Pedro J confesando paladinamente en su carta:

Llevo varios días preguntándome por qué la renuncia del Papa me está produciendo una desazón creciente, si no soy católico practicante y en materia de creencias mi espíritu crítico se impone casi siempre al legado confortable de una educación religiosa pacífica. […] ¿A qué viene que me sienta mucho más concernido por este paso atrás del jefe de la Iglesia que por la elección y reelección de Obama, por los escándalos políticos que El Mundo desvela casi a diario o por la propia situación económica que nos mantiene a todos contra las cuerdas?

Continúa, más adelante, saliendo al paso de las equivocadas equiparaciones que se han hecho de la renuncia papal con la querencia al cargo de los gobernantes:

Si los gobernantes están destinados a inmolarse en el altar de la coyuntura, los reyes deben permanecer en el escenario como ese elemento del decorado que nos recuerda siempre que la acción sucede en el mismo sitio. Si el Rey está cansado, que se siente un poco. Al «caballo envejecido» no hay por qué llevarlo al galope. Basta mostrarlo con sus mejores galas en las grandes ocasiones de Estado como los venecianos paseaban por el Gran Canal la imponente góndola del Dogo, sin pretender que fuera el más rápido o ágil de los barcos.

Y sigue:

Hay instituciones cuya modernización encierra tantos riesgos como oportunidades. Si los reyes han de casarse por amor y con quien quieran, si debemos respetar lo que por analogía con cualquier commoner ellos mismos llaman su «vida privada», y si toca pedir que se bajen del trono en cuanto están algo cascados, pronto empezaremos a verlos como simples funcionarios públicos y nos quedaremos sin argumento alguno para objetar a que la plaza se cubra de forma temporal y electiva o incluso a través de un concurso-oposición.

Recordando a Juan Pablo II:

«Seremos multitud los no practicantes que vamos a echar de menos el aliento en el cogote, a la vez cálido y severo de este polaco tozudo e infatigable»,

vuelve la pluma hacia Benedicto XVI:

Benedicto XVI nos lo ha puesto más difícil pues no se ha limitado a estar ahí ejerciendo de contrapeso, sino que ha planteado un desafío intelectual a nuestro relativismo invitándonos a jugar dos partidas simultáneas y dándonos a elegir entre el tablero de la razón y el de la fe.

[…]

Una vez que los Papas dimiten será mucho más difícil impedir la ordenación de las mujeres, oponerse al uso de los anticonceptivos o mantener la intransigencia frente a la homosexualidad. Pero uno también puede pensar que, cuando llegue el 28 de febrero, los cardenales se reunirán con Benedicto XVI para darle una cena de homenaje y le regalarán un reloj de oro o una bandeja de plata. Y que, tal vez, el año próximo, alguien proponga que se elija un vicepapa para que sustituya al titular cuando esté de viaje o se encuentre enfermo. Y que al siguiente se planteará la limitación de mandatos al modo de la presidencia de los Estados Unidos; y aun nos tocará ver un debate sobre el Estado del Papado en el que la oposición a la curia pida primarias en cada continente y un conclave abierto con intervenciones televisadas de los candidatos y votación nominal de los electores.

Y acaba con una conclusión tan obvia como conmovedora en su sinceridad:

¿Cómo oponerse a cosas tan razonables?
Y, además, ¿a ti que te importa si dices que no eres miembro de la Iglesia?

***

Como dice José Luis Restán, no es momento de silencios calculados: por eso, siempre desde el respeto y obediencia a la Iglesia romana y fiel a su magisterio, traigo hoy a colación este escrito de Pedro J y por eso digo que estoy en total y absoluta comunión con sus sincerísimas, lúcidas, valientes y esclarecedoras palabras que no por exageradas  e intencionadamente caricaturescas dejan de presentarnos con clarividencia el riesgo que conlleva la renuncia papal. Ante ellas, sólo puedo reiterarme aquí en lo que dije en mi anterior escrito al respecto:

Confiemos en que esta trascendentalísma decisión de Benedicto XVI, conocedor y amante como nadie de la liturgia, conocedor del Derecho Canónico y de la Historia de la Iglesia, no sea más que un hecho concreto de ella producido en nuestro tiempo, que tiene en ella antecedentes y que Benedicto XVI la ha tomado sólo después de grave reflexión y sólo en bien de la Iglesia católica.

Más comprendamos también que la costumbre de la Iglesia es que el Papa muera en el Trono de San Pedro y que así debe de seguir siendo como norma general, con las excepciones justificadísimas que, en el porvenir, las circunstancias manden en el sabio entender de sus sucesores.

Con respecto a todo ello, confiemos en el Espíritu Santo y pidámoselo a Él.

***

Vínculos:

Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Conceptos Esparcidos.

Apunte histórico: la tiara era la triple corona que usaron los papas como símbolo de su autoridad como papas, como obispos y como reyes hasta que Pablo VI renunció a ella en 1963. En aquellos tiempos conciliares, esta renuncia a una tradición milenaria no levantó mayor revuelo público. Resulta curioso notar, sin embargo, que fue precisamente Benedicto XVI quien la volvió a introducir en su escudo pontificio en el año 2010.

Nota: La imagen que ilustra este artículo esta sacada de Ricardo en El Mundo.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

20 febrero, 2013 at 12:01

Del rey y de la institución real. Libro segundo.

leave a comment »


Nota a esta edición:  La presente edición digital está tomada de la que la Biblioteca de Autores Españoles publicó en Madrid, en la Editorial Atlas, en 1950 dentro del título Obras del Padre Juan de Mariana.

Fuera de alguna errata tipográfica evidente, tan sólo he realizado en ella los cambios que señalo o, aun creyéndoles erratas, me he abstenido de hacerlo como igualmente aquí digo:

Pág. 9. Donde dice “cuán pocos se encontrarán” creo que debe decir “cuán pocos se encontrará”. Me he abstenido de modificar el original.
Pág. 23. Donde dice “luchas que habían que procurarles” el original dice “luchas que habían que procurarle”.
Pág. 33. Donde dice “y colmarla” el original dice “y colmarlas”.
Pág. 36. Donde dice “absorbido” el original dice “absorvido”. Ignoro si en el siglo XVI era admisible la ortografía de esta palabra tal como la escribe el padre Mariana.
Pág. 39. Donde dice “prorrata” el original dice “prorata”.
Pág. 45.
Donde dice “en el mundo no había” el original dice “en el mundo no habían”.
Pág. 55. Donde dice “había tampoco” creo que debe decir “había tan poco”. Me he abstenido de modificar el original.
Pág. 57. He respetado la voz “faustuoso” por creer verosímil su uso en el siglo XVI.
Pág. 63. Donde dice “consagrándolo sólo” el original dice “consagrándolos solo”.

Vínculo:
Juan de Mariana. Wikipedia.
Juan de Mariana. Escolásticos.

Volver a Biblioteca.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 febrero, 2013 at 19:21

Interesantísima discusión en torno a la renuncia de Benedicto XVI

leave a comment »


Hace menos de una semana que los católicos recibimos con tanto desaliento como sorpresa y con tanta sorpresa como desconcierto la renuncia al pontificado de nuestro Santo Padre Benedicto XVI.

He atendido, como es lógico, a muchas de las muchas opiniones que sobre asunto que tanto nos interesa a los que queremos con toda nuestra alma que la Roca de San Pedro siga siendo la roca firme que recibe inconmovible las embestidas del error se han vertido acerca del asunto. La mayor parte de ellas, mera basura periodística. Otras, muy apreciables.

De estas últimas quiero presentar aquí la interesantísima discusión que Yago de la Cierva —ignoro si emparentado con Ricardo de la Cierva, quien tan bien trató sobre estos asuntos en su obra Las Puertas del Infierno— desde El Mundo y José Luis Restán desde la COPE han mantenido a lo largo de esta semana.

Y la quiero presentar porque, habiéndome abstenido hasta ahora de opinar —por ignorancia mía— acerca del hecho, no es ya sólo que para mí haya sido muy esclarecedora y me dé una base sobre la que enunciar mi humilde opinión sino, y sobre todo, porque me satisface enormemente ver como, más allá de la basura inmediata que insulta nuestra inteligencia en cuanto enchufamos la televisión, existen aun católicos que, desde la discrepancia legítima, reflexionan con la fuerza de las ideas y sin mayor complejo acerca de hecho tan doloroso.

delaciervarestan

Foto tomada de Religión en Libertad

***

El martes pasado, día doce, escribió Yago de la Cierva el siguiente artículo en El Mundo: bajo el título de Una traición a la tradición:

Una decisión así no se improvisa. Quizá deberíamos haber prestado más atención a sucesos que podrían haber encendido la luz roja. Como su respuesta en una entrevista de 2010 diciendo que podría llegar a ser un deber de conciencia dimitir, si no se es capaz de llevar a cabo la misión. Después, la paulatina pero constante cancelación de tareas que son centrales en el ministerio papal.

Benedicto XVI se ha ido encerrando en su mundo cada vez más, el mundo de un profesor interesado sobre todo en el desafío intelectual de explicar la fe cristiana a los que ya creían, y presentar un Dios razonable a tantos que le desconocen. Y, progresivamente, la Secretaría de Estado ha ido asumiendo el gobierno de la Iglesia. En el último periodo, incluso los temas centrales en su Pontificado (la liturgia, la vuelta a la Iglesia de los tradicionalistas, las fronteras de la ortodoxia católica) han ido adquiriendo forma sin su intervención directa.

Pero renunciar es harina de otro costal. Porque por mucho que otros cinco papas lo hubieran hecho antes, no se pueden comparar.

Por mencionar sólo la última: no tiene nada que ver la dimisión de Celestino V, un monje prácticamente secuestrado para ser Papa y que duró poco más de un día en el trono de Pedro, con la trayectoria de Ratzinger, uno de los colaboradores de Juan Pablo II en Roma durante 26 años, y que ha dirigido la Iglesia por casi dos lustros. Ni el mundo ni la Iglesia de hoy tienen puntos en común con la de hace siete siglos. No: la decisión de Benedicto XVI no tiene precedentes.

Descartemos una enfermedad sobrevenida, por un motivo muy sencillo: lo habría dicho explícitamente. Descartemos también que tenga algo que ver con la crisis de los abusos sexuales, porque él mismo había dicho que en ningún momento dimitiría por ese motivo: «No se puede huir en el momento del peligro», afirmó tajante.

Tampoco la fuga de documentos pontificios, que puso contra las cuerdas la seguridad del Vaticano y la fidelidad de los colaboradores más cercanos al Papa. A diferencia de su antecesor, Benedicto XVI hablaba con muy pocas personas. Descubrir que gente de su más estrecha confianza había abusado de ella ha debido de ser un golpe terrible. Pero no parece suficiente.

¿Será entonces la falta de fuerza física para dirigir la Iglesia católica? Muchos han interpretado que han impulsado al Papa motivos de salud: camina con dificultad, arrastrando los pies; no ve por el ojo derecho; y los problemas cardiovasculares que le aquejan desde los años 90 los ha mantenido a raya sólo gracias a un régimen de vida muy estricto; y todos los achaques de casi 86 años.

Sin embargo, habría sido muy sorprendente que la causa principal fuera una enfermedad, sobre todo después de haber presenciado la agonía de años y en directo de Juan Pablo II.

Joseph Ratzinger ha sido testigo en primera fila de que la decadencia física no es obstáculo para ser Papa. En plena agonía de Wojtyla, afirmó que el magisterio del Papa, cuando no podía ni hablar, era más elocuente que la mejor de las encíclicas.

En realidad, Benedicto XVI ha hablado de falta de vigor de cuerpo y de espíritu. Si hubiera que poner el acento en uno de los dos, elegiría el segundo. El único modo en que se consigue entrever qué puede pasar por la mente y el corazón del Papa es una crisis espiritual.

Crisis espiritual, porque si hay algo que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora.

Ha roto con su predecesor, Juan Pablo II, que siguió a pesar de los pesares. Y si ese «seguir hasta el final» fue una de las manifestaciones más elocuentes de la santidad de Carol Wojtyla, ahora muchos fieles no comprenderán por qué su sucesor, en mucho mejor estado de salud que Juan Pablo II, entiende que su deber es renunciar.

Ruptura también con el pensador al que Benedicto XVI más debe: San Agustín. Uno de las principales aportaciones del santo de Hipona al cristianismo es la doctrina sobre la gracia. En polémica con Pelagio, que subrayaba la importancia de las fuerzas del hombre para hacer el bien, San Agustín destaca que lo más importante es la gracia, lo que hace Dios y no lo que hace el hombre. Y Benedicto, al renunciar por falta de fuerzas, da más peso a lo que pueda hacer un Papa que a lo que pueda hacer Dios a través de él.

Sabemos ahora que Benedicto XVI ha rumiado durante un año esta decisión. Ha debido de ser un periodo horrible para él, de contradicción interna, de debate entre la tradición que había recibido de sus predecesores, y lo que él veía como mejor para la Iglesia.

Los problemas de dentro y de fuera le han convencido de que hace falta un Papa vigoroso. Pero la crisis ha de ser profundísima: se ha debido sentir completamente inerme ante la fuerza de la Historia, y ni siquiera su fe en la providencia le ha convencido para continuar «hasta que Dios quiera».

Su conocimiento de la historia pasada y de la situación actual de la Iglesia le impiden ignorar que la elección del siguiente Papa será mucho más «política» y menos espiritual.

Para algunos, ha tenido el coraje de romper con los precedentes: un tradicionalista contra la tradición. Para otros le ha faltado la coherencia hasta el final, y deja la tristeza que se aprecia cuando se escucha la noticia de un hombre de 85 años que se divorcia, porque ya no puede aportar nada a su matrimonio.

Pero en cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia.

***

El mismo día respondió a este artículo José Luis Restán con otro suyo titulado Ninguna crisis espiritual:

Algunos me habéis preguntado (como mínimo perplejos) por el artículo que firma hoy en El Mundo Yago de la Cierva, titulado Traición a la Tradición.

Y aunque no me apetece entrar en refriegas, creo que no es momento para silencios calculados y componendas. Debo reconocer algo más que perplejidad: irritación y escándalo, por lo que se dice del Papa y por la firma que lo rubrica.

Entiendo perfectamente que es muy saludable la diversidad de sensibilidades en la Iglesia, el propio Benedicto XVI lo acaba de decir a sus seminaristas. Pero esa diversidad se torna destructiva cuando implica decir del Papa “que ha traicionado”, cuando se sugiere que sufre una grave crisis espiritual, que abandona a su esposa, o que se apunta al credo pelagiano. Vamos, que esto además de disparatado me parece intolerable.

Difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónico (expresión jurídica de la Tradición católica) contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del Papa. Se puede opinar si es oportuno, si se equivoca o no. Hace falta tentarse la ropa, ¿eh? pero se puede opinar. Lo que es inadmisible es acusar de “traición” al sucesor de Pedro por acogerse a una previsión de la ley de la Iglesia, que por otra parte ya ha sido utilizada anteriormente. Además, ¿quién define lo que es la Tradición? No será el articulista…

Decir que Benedicto XVI sufre una crisis espiritual profunda cuando acabamos de escuchar con verdadera conmoción su Lectio Divina a los seminaristas de Roma o sus homilías de esta Navidad es patético. Resulta que este hombre “en crisis” nos ayuda a vivir, ilumina nuestro camino, nos sostiene en la esperanza y nos confirma en la fe cada día. Como Pedro caerá y pecará (por eso pide perdón), pero su grandeza es estar siempre con los ojos fijos en Jesús. Por eso le esperamos cada día cuando habla. ¡Menuda crisis!

Y lo del pelagianismo es que raya la aurora boreal. El mayor discípulo de San Agustín, el que nos lo ha hecho conocer y gustar, resulta que es ahora “pelagiano”, o sea, que confía más en sus fuerzas que en la gracia de Dios. Me parece que el firmante no ha seguido jamás a Joseph Ratzinger, no lo ha leído, ni escuchado, ni visto. El gesto de la renuncia implica la máxima confianza en la gracia de Dios: frente a quienes están asustados por el cambio, porque la barca se mueve, Benedicto XVI dice: quien guía la Iglesia, su verdadero Pastor, es el Espíritu Santo. La Iglesia es el árbol de Dios, por eso no muere nunca; no por la astucia y el coraje de sus líderes (empezando por el pobre pescador galileo) sino porque lleva en su seno la semilla de la vida eterna.

Espero que esta colección (digámoslo piadosamente) de desatinos no signifique más que eso: que todos podemos tener un mal día, aunque hay cosas que conviene hacérselas mirar… por si acaso.

***

Al cual, el Miércoles de Ceniza, contestó Yago de la Cierva con el titulado La Tradición y las tradiciones:

Quien tiene boca se equivoca. Ayer El Mundo publicó un artículo mío sobre la renuncia del Papa, que ha disgustado a algunos amigos, señal de que no supe explicarme con la finura necesaria para que personas que me conocen entendieran el mensaje. Sirvan estas líneas de cribado del artículo, para quitar la paja y dejar el grano.

Adelanto que, en mi opinión, el título distorsiona completamente el sentido del artículo. Como casi todo el mundo sabe, los títulos no los pone el autor, sino que dependen muchas veces del espacio disponible, de los artículos de alrededor, del tono que quiera dar el periódico a toda la noticia, y hasta de las preferencias del redactor de cierre. En mi caso, el título natural, Ruptura de la tradición, fue “robado” para la portada del diario, y a mi artículo se le llamó “Traición a la tradición”. Pienso que el uso del término “traición”, que no aparece ni una sola vez en mi artículo, tiene tal carga semántica que predispone a interpretar lo que he escrito en una clave que no es la mía.

¿Y qué he querido realmente decir? En modo alguno he querido criticar la decisión del Papa, sino intentar explicar los motivos por los que pienso que ha tomado esa decisión. El punto de partida, mantenido a lo largo de todo el artículo, era que Benedicto XVI ha renunciado con plena conciencia y con total seguridad de que eso es lo que le pedía Dios. Son sus palabras, repetidas en todas partes, y que no repetí porque aparecen en el cuerpo de la información publicada por ese medio. El artículo no lo pone en duda para nada.

Tras desechar algunas razones aducidas sobre la causa de la dimisión (una enfermedad sobrevenida, una huida ante la dureza de los abusos o por el escándalo de los Vatileaks, o la falta de fuerzas físicas), me centro en explicar cómo lo he entendido yo. En modo alguno he pretendido calificar su decisión ni entrar en la conciencia de nadie, y menos aún en la del Papa, por el que nutro una especial veneración. Ni una sola frase del artículo le juzga, sino que describo –quizá con acierto, quizá equivocadamente– el dilema de Benedicto XVI como el de quien se siente aplastado entre dos planchas de acero: ve con claridad que la guía de la Iglesia necesita una persona vigorosa, y entiende que una renuncia supone una ruptura con la tradición. Ha debido de ser tremendo para él, por la radicalidad de las consecuencias y por el tiempo en que lo ha meditado: casi un año de reflexión.

Romper las tradiciones no es malo, es… completamente nuevo. Y Benedicto XVI lo ha hecho, con plena conciencia de que lo hacía, y con plena seguridad de la bondad de esa decisión, tomada en la presencia de Dios. Y decirlo no es ninguna ofensa al Papa, sino poner de manifiesto… lo que todos tienen ante los ojos.

Es más: si hace una semana alguien me hubiera hecho la pregunta hipotética de si un Papa podía dimitir, hubiera respondido como respondió la Santa Sede entre octubre de 2002 (fecha en que Juan Pablo II dejó de celebrar la Misa de pie) y su fallecimiento en abril de 2005. Posible jurídicamente, altamente improbable… por la fuerza de la tradición en la Iglesia.

El meollo de la discusión está en entender la diferencia en la Iglesia católica, y para Benedicto XVI en particular, entre Tradición, con mayúscula, y las tradiciones. Benedicto XVI –y lo mencionaba en el artículo– ha sido siempre el mejor guardián en la Iglesia de la Tradición con T mayúscula, que ha defendido a capa y espada siempre que alguien la ha puesto en entredicho: en la liturgia, el dogma, la moral. Pero ante las tradiciones con minúscula en la Iglesia se ha comportado con enorme libertad de espíritu, y no se ha sentido vinculado por ellas. Se saltó a la torera la tradición de que no se podía criticar al clero públicamente y que ante una acusación de abusos, lo tradicional era ocultarlo a la comunidad cristiana y a las autoridades públicas; pasó por encima de la tradición de que los sacerdotes que se habían equivocado podían ser castigados, pero los obispos no; y mandó a paseo la tradición de que un Papa no tiene opiniones personales, sino que habla siempre con la autoridad del Pontífice, y como teólogo escribió lo que le vino en gana y pidió expresamente que estaba abierto a debatir sus tesis.

Como ha titulado el ABC, Joseph Ratzinger es un hombre libre, tan firme en sus convicciones que puede dialogar con quien haga falta, sea filósofo agnóstico como Habermas, teólogo rebelde como Hans Küng, rezar con el gran muftí de Estambul o dialogar sobre los escritos de Lutero con los obispos luteranos.

Quizá haya podido sorprender que describa la situación del Papa como “crisis”. Uso la palabra crisis como el momento de incertidumbre ante una situación grave, trascendental y apremiante, que es el sentido de las siete definiciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Decir que el Papa ha sufrido una crisis espiritual (y no física) pienso que no es ofenderle, sino todo lo contrario: lo incomprensible sería pensar que ha tomado esta decisión en una situación sin ningún tipo de presión. Crisis espiritual no es una pérdida de fe, sino la situación ante un cruce de caminos en que las dos opciones tienen gran trascendencia. Y nadie mejor que él para saberlo.

Dicho todo esto, reconozco que el símil del divorcio es desacertado, y que la revisión final a toda prisa para ajustar el texto al espacio realmente disponible dejó fuera muchas frases que lo hacían más discursivo y suave, con lo que el resultado final parece una razonamiento a uña de caballo. Culpa mía.

Si alguien se ha sentido ofendido por lo que he escrito, es señal de que no he sabido explicarme bien, y le ruego que acepte mis disculpas más sinceras.

***

En mi opinión, tiene razón, en lo formal, José Luis Restán cuando, fuera de algunos párrafos manidos que más bien corresponderían a una gresca de Internet, tales como “conviene que hacérselo mirar” o lo de “…es patético”, dice que “Difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónico (expresión jurídica de la Tradición católica) contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del Papa”.

Como quiera que sea, efectivamente, ni es momento de silencios ni es momento de componendas.

Por eso, más allá de los excesos verbales de Yago de la Cierva, conviene que nos fijemos en alguno de sus pensamientos:

“…porque si hay algo que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora”.

“Pero en cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia”.

***

Confiemos en que los temores de De la Cierva sean infundados y esta decisión de S.S. no “cambie el futuro del Papado para siempre”.

Confiemos en que esta trascendentalísma decisión de Benedicto XVI, conocedor y amante como nadie de la liturgia, conocedor del Derecho Canónico y de la Historia de la Iglesia, no sea más que un hecho concreto de ella producido en nuestro tiempo, que tiene en ella antecedentes y que Benedicto XVI la ha tomado sólo después de grave reflexión y sólo en bien de la Iglesia católica.

Más comprendamos también que la costumbre de la Iglesia es que el Papa muera en el Trono de San Pedro y que así debe de seguir siendo como norma general, con las excepciones justificadísimas que, en el porvenir, las circunstancias manden en el sabio entender de sus sucesores.

Con respecto a todo ello, confiemos en el Espíritu Santo y pidámoselo a Él.

Vínculo:

Mesa redonda sobre la dimisión de S.S. Benedicto XVI. Youtube. Gratísima discusión presentada en EWTN y Radio Católica Mundial. Como puede verse, los contertulios participan más de la opinión de José Luis Restán que de la de Yago de la Cierva. Aunque, como digo en el cuerpo del texto, tengo mis reservas al respecto, es un auténtico placer, un auténtico gozo y un grandísimo bien el hecho de que existan cadenas de radio y de televisión como esta que tratan con tanta verdad como falta de complejos de las cosas de la Iglesia y de la religión católica. Para desgracia de España —otrora campeona en la defensa del catolicismo—, hoy embrutecida unas veces por su ignorancia y otras por su odio franco con respecto a él, no disponemos en nuestro país de cadenas de televisión que puedan presentarnos debates como estos. A lo máximo que podemos aspirar en nuestra patria es a escuchar estupideces relativas al sincero combate contra la pederastia existente en la Iglesia que ha llevado a cabo el Santo Padre, a asuntos como los del vaticanleaks o a justificar la renuncia papal con el acoso de lo que ellos, irreverentemente, llaman cuervos del Vaticano, cuervos que, a su modo de ver han hecho víctima a quien hasta hace una semana encarnaba para ellos el oscurantismo y la superstición y, hete aquí, que quien, para estas televisiones era ayer el campeón del integrismo es hoy víctima de la imagen ignorante que tienen de la curia romana.
He querido prescindir de estos asuntos en el post que antecede pero se me ocurre que es bueno señalarlos de pasada aquí.
De la misma manera, se me ocurre, para terminar este escrito y adscribirme de alguna manera a la opinión de Yago de la Cierva, referir aquí, a manera de anécdota personal, la forma con la que conocí, el lunes pasado, la noticia. Por motivos que no vienen al caso estaba yo viendo el magazine matinal de Antena 3 en el que se estaba discutiendo acerca del asunto Bárcenas. En ello andaban cuando saltó el teletipo —si es que todavía hay teletipos— de la noticia: me impresionó sobremanera la expresión de sorpresa, de incredulidad, de la presentadora —no recuerdo quién era: una de estas chicas “monas” que presentan estas cosas—. Estaba desconcertada. Su expresión era la de quién no puede creer lo que está leyendo. Desde su apariencia banal, mundana, desinteresada por estas cosas de la religión, tal parecía —o me lo quiso parecer a mí— que se sentía desalentada por la desaparición de algo que consideraba inmutable, quizá para ella hasta rechazable, pero inmutable.
Mi desconcierto fue semejante al suyo pero, en él, no pude menos que pensar en la grandeza de nuestra religión: hasta los indiferentes, hasta los enemigos, hasta, en fin, la gente moderna que no suele reparar en estas cosas y si repara es para hacer mofa y escarnio de ellas, esta gente, digo, comprenden
de alguna manera en su subconsciente la grandeza de la iglesia romana y, aunque la repudien por moda, al fin, en lo profundo de su alma algo intuyen acerca de su bondad y su necesidad.
No de otra forma puedo entender el desconcierto y hasta la desolación de aquella presentadora que casi venía a decir con su expresión lo que dice Yago de la Cierva:
En cualquier caso, deja una Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una página completamente nueva de su bimilenaria historia.
La Decisión de Benedicto XVI. EsRadio; Debates en Libertad. Contiene el audio del programa.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

16 febrero, 2013 at 13:18

Ante el nuevo linchamiento del Partido Popular por parte del socialismo y de las televisiones

leave a comment »


lafantasmagoriadelprofesorbarcenas

Ricardo. El Mundo.

Es evidente que no puedo menos que empezar por deplorar y rechazar con toda rotundidad los hechos ilegales, inmorales o, simplemente, indignos de un gobernante, que haya cometido el Partido Popular o cualquiera de sus miembros en el escándalo que viene conociéndose como caso Bárcenas.

Si viviéramos en un país normal, bastaría con enunciar este rechazo o, incluso, ni siquiera sería menester que un ciudadano cualquiera saltara a la palestra para rechazarlo.

Pero sucede que no vivimos en un país normal. Y no vivimos en un país normal, fundamentalmente, porque los medios de comunicación televisivos —único alimento espiritual de la gran masa de españoles— lo están volviendo a utilizar como utilizaron el chapapote del caso Prestige o la matanza, aun por explicar, del 11-M.

Deploro entrar en la escalada del “y tú más” y, como digo, no debería de ser menester que yo me metiera a defender aquellas culpas indefendibles en las que haya podido caer el Partido Popular.

Pero sucede que, de nuevo, estamos viendo la calle Génova asaltada por el populacho tal y como la vimos en el caso del Prestige y tal como la vimos en el del 11-M.

Y estamos viendo a esas televisiones, que callan como muertas ante otros escándalos de corrupción en otros partidos, muy especialmente el socialista, están jaleando de manera escandalosa a este populacho en su algarada ante la sede del Partido Popular.

Repito: no es mi intención defender la corrupción que pueda haber en este partido al que voto y al que, por eso mismo, le exijo la mayor claridad en sus explicaciones al respecto y la mayor rotundidad en la depuración de los más mínimos actos irregulares que hayan podido cometerse en su seno.

Mi intención, empero, al sentirme obligado a escribir estas líneas es afirmar que hay algo peor que la corrupción y este algo es la utilización miserable de esa corrupción de la forma asquerosamente partidista en la que lo hacen el PSOE y sus medios de comunicación.

No digo con ello que la corrupción no sea denunciable. Ni digo que al pueblo español no le sobren razones para estar hasta las narices de su clase política. Lo que digo es que, muchos, estamos hartos de ver como las corruptelas socialistas se disimulan en las mismas televisiones —casi todas— que editioralizan de manera escandalosa las culpas del Partido Popular y, aun más, fomentan algaradas que tendrán de todo menos de democráticas.

Lo de Iñaki Gabilondo cuando el 11-M me pareció ayer un juego de niños viendo las noticias del mediodía de la Cuatro.

Es aburrido y, sobre todo, es penoso tener que recordar a Felipe González en el caso de los GAL; a la hípica y demás lateroposesiones  de José Bono en lo que es Castilla-La Mancha y lo que no es Castilla-La Mancha; a los niños de Cháves; a los EREs de Griñán. Pero es menester hacerlo para darnos cuenta de la diferente vara de medir.

Es menester señalar que hace apenas cuatro días, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha anulado, sin posibilidad de recurso, la llamada ley del enchufismo, de Griñán, que ha supuesto la entrada en la Administración de la Junta de 26.000 empleados laborales de los cuales casi dos mil son los llamados enchufados por ser, en la mayoría de los casos, personas afiliadas, simpatizantes o familiares de miembros y altos cargos del PSOE, UGT y CCOO.

¡Hace cuatro días! ¡Sentencia firme del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía! ¿Se han enterado ustedes de eso? ¿han visto ustedes tumultos organizados y teledirigidos en la calle de Ferraz o ante el palacio de San Telmo?

Frente a estos medios de comunicación que se hallan en manos del socialismo tenemos unos pocos medios en la prensa escrita que son los únicos por los que podemos enterarnos de lo que de verdad sucede.

A la cabeza de ellos, el diario El Mundo. Fue este diario el que, hace unos días, desveló, con entera imparcialidad —sería inimaginable que El País hubiera hecho algo semejante con una información parecida referente al partido socialista—, el escándalo Bárcenas.

Pues bien, ayer, Pedro J, en su Carta del Director de los domingos, reflexiona sobre el asunto:

Cual nuevo profesor Robertson el ex tesorero del PP Luis Bárcenas ha iniciado esta semana sus sesiones de Fantasmagoría difundiendo una documentación autógrafa que sólo podía estar en su poder, sugestionando poderosamente a la opinión pública con su apariencia y desmintiendo enseguida su contenido. Lo veis porque yo os lo enseño, pero no es verdad. Al mostrar una contabilidad B con sus correspondientes entradas y salidas ilegales y negar a la vez que existiera nada parecido con una nota de prensa digna de la antología del cinismo, Bárcenas ha convertido los sobresueldos del PP en un ectoplasma fantasmal.

Su propósito es generar desconcierto y ansiedad por doquier, dejar constancia de su poder de intimidación, sugerir que lo más grave no ha aparecido aún y sobre todo diluir sus presumibles largos años de latrocinio —22 millones en Suiza no se amasan así como así— en el espectral baile de la corrupción generalizada. Bárcenas ya había dicho una cosa y su contraria a través de personas interpuestas. Ahora ha pasado de las palabras a los hechos, burlándose de la justicia y tomando como rehén.

[…]

La distorsionante linterna mágica de Bárcenas no debe hacernos perder la perspectiva: aquí no hay cadáveres enterrados en cal viva, ni más cuenta conocida en Suiza que la suya. Con lo que sabemos hoy es tan probable que haya responsabilidades políticas que depurar como improbable que veamos a dirigentes del PP en el banquillo.

***

Hasta aquí lo párrafos entresacados de la carta de Pedro J.

Pero es que si nos vamos a la página 21, en la sección Otras Voces, leemos como Rafael Anson se anda mucho menos por las ramas que Pedro J en este asunto y, refiriéndose a él, titula su primera carta La sombra de Garzón es alargada que transcribo aquí íntegra:

Querido presidente…

¿Le entregó el sinuoso Bárcenas a Baltasar Garzón la documentación que El País ha hecho pública ¿Quiso el tesorero felón ganarse el favor del juez entonces estrella, hoy estrellado? ¿Dejó en manos de Garzón además de lo ya publicado, los recibís que pondrían en marcha la caravana de las dimisiones? ¿Los guardó para quedarse con la última carta del chantaje al Partido Popular?

En El País niegan que el confidente filtrador haya sido Baltasar Garzón aunque saben que, desde hace dos años, el juez guardaba la documentación del escándalo. Todo son conjeturas que meten también en el ajo a Cristóbal Páez y a una destacada dirigente política.

Entre tanto rebuzno interesado, yo investigaría, si no me diera tanto asco, las riberas de Garzón. Tal vez el juez no haya maniobrado de forma directa pero quizá sí a través de intermediarios discretos. Se equivocan los que creían que Baltasar Garzón estaba abrasado. La vanidad se aplasta pero no se liquida. Pocos personajes existen en España con mayor afán de protagonismo que Garzón, con una tan desmesurada ambición. Es la vanidad que galopa hacia la anhelada silla curul. No será fácil desarzonar al jinete del venablo vengador.

El juez proscrito aspira a retornar por la puerta grande de la política, cerrados para él los portones de la judicatura. Jugará en cuanto le sea posible la carta de encabezar una coalición de la izquierda radical. Lo primero que necesita para tomarse el desquite es desmontarte, querido presidente, del potro monclovita. Si la aventura económica te saliera bien y España recuperara el crecimiento y la prosperidad habría Mariano Rajoy para rato. De ahí los frenéticos ataques que te acosan y que te obligaron ayer a salir de la impavidez recomendada por Pedro Arriola, tu eminencia gris, hombre, por cierto, muy seguro en sus errores. Estuviste acertado, sobre todo al anunciar que tu declaración de la renta la podrá consultar a partir de mañana cualquier ciudadano, al asegurar solemnemente
que «ni has recibido ni has repartido dinero negro».

Lo peor que podrías hacer, lo peor que tal vez hayas hecho, es desdeñar la inteligencia del exjuez y darle por fallecido. Los muertos que vos matáis gozan de excelente salud. Garzón es, tal vez, un cadáver judicial pero no es un cadáver político. Sus partidarios, muy numerosos, le mantienen vivo. Su vanidad le estimula. Su deseo de venganza clama al cielo. Analistas muy sagaces no descartan que el zarandeo que está descuartizando al PP por él haya sido provocado. Demos tiempo al tiempo, porque no es fácil anestesiar a la sociedad española y que olvide. Como decía Valente, por las venas del pueblo circula siempre la sangre sonora de la libertad.

***

El Partido Popular está gobernando: está tomando medidas muy impopulares para intentar enderezar la catastrófica situación económica por la que atraviesa España y ello, indudablemente, le está suponiendo un gran desgaste electoral.

El Partido socialista en la pasada legislatura no gobernó: dejó que la situación se pudriera hasta los extremos que estamos padeciendo.

Pero sucede que ahora, el partido socialista, la izquierda en general y sus medios, empiezan a temer que esta gobernación del Partido Popular acabe por dar algún fruto y enderece lo que ellos ni supieron ni quisieron, en su demagogia, enderezar. Por esto, por que temen que el electorado empiece a notar señales de bonanza y a comprobar la diferencia que existe entre un gobierno demagogo y un gobierno que gobierna.

Sí. Sé que puedo pecar aquí de optimista. Pero este mismo linchamiento feroz de la izquierda hacia el Partido Popular me hace pensar que esa izquierda esté pensando lo mismo: de ahí la necesidad que tiene del linchamiento. Si no, le bastaría con dejar que el gobierno popular se cociese en sus pretendidos errores y desmesuras.

Por eso no les queda más remedio que la huida hacia adelante y esa huida hacia adelante es este nuevo linchamiento desmesurado —si es que existen linchamientos mesurados— del Partido Popular.

Por eso Alfredo Pérez Rubalcaba, en un alarde de cinismo con el que se supera a sí mismo, no tuvo mayor empacho ni en cerrar los ojos ante la corrupción de CiU anteayer ni en pedir ayer desaforadamente la dimisión de Rajoy.

***

En estas estamos. La necesaria depuración de las responsabilidades en las que haya caído cualquier partido político no puede jamás justificar que estas responsabilidades sirvan de motivo para que ni la izquierda ni sus televisiones sigan empleando una de sus mejores armas, la agit prop, como ya la han venido utilizado en dos legislaturas anteriores como medio para derribar al poder legítimo.

Antes de atender a la solución del problema de la corrupción es, a mi modo de ver, mucho más importante el que se mida a todos por el mismo rasero. De no ser así, la corrupción, además de ser un problema en sí mismo, será un problema mucho más esencial al convertirse en medio vil de combate contra el enemigo político. Será rizar el rizo; será la corrupción de la corrupción. Y esto me parece infinitamente más grave que la corrupción en sí.

Y, en fin, o jugamos todos, o se rompe la baraja.

Vínculos:

La izquierda sin vergüenza. Editorial de Libertad Digital.
El Juez declara ilegal a casi 2000 enchufados por Griñán en la Junta de Andalucía. Periodista Digital.
Comentarios a este escrito en Libertad Digital.

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

3 febrero, 2013 at 19:49

Publicado en Política

Tagged with , , ,