Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for enero 2013

Carta abierta a S.A.R. el Príncipe de Asturias

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Ante el deplorable, lamentable, estado con el que en estos días se nos aparece la dinastía que hoy encarna a la Monarquía española por los errores de muchas de sus personas, y aprovechando el reciente cuadragésimo quinto aniversario del feliz nacimiento del Príncipe de Asturias, me siento en la obligación de dirigirme a él para presentarle públicamente —particularmente ya lo conoce: debe de conocerlo siendo su autor uno de los principales filósofos que han tratado de la Monarquía como mejor forma de gobierno— el tercer capítulo del libro segundo de la obra del padre Juan de Mariana, Del Rey y de la institución real, que se titula De la primera educación del príncipe.

Preparando, como se sabe, la edición digital íntegra de la obra (cuyo primer libro ya está publicado en Conceptos Esparcidos y en Scribd) he venido a dar con este capítulo que creo pintiparado ante las circunstancias presentes. En él podemos leer y parar a reflexionar, tanto su Alteza Real como todos nosotros, acerca del grandísimo peligro que entraña la dejación del príncipe de sus graves responsabilidades. Pero, al mismo tiempo, este mismo capítulo, mostrándonos que los graves hechos que hoy manchan a la Casa Real española ni son nuevos ni carecen de remedio, nos da la esperanza de su regeneración siempre y cuando todos, del Rey abajo —todos—, comprendamos el  verdadero fundamento y justificación de la Monarquía, el supremo valor que tiene para nuestra nación y la esperanza que debe de entrañar para la regeneración de nuestra patria, y siempre que personas que hoy encarnan la Casa que hoy ciñe su corona no se dejen llevar por comportamientos, no ya ilícitos —que esto no hay ni que explicarlo—, sino, ni siquiera, por modas, albures de los tiempos, complacencias con ideologías tan triunfadoras en lo coyuntural como pobres en lo moral e imperecedero, o transigencias con aquello con lo que la mera razón de su existencia no debe de transigir.

Quienes estas reflexiones mías siguen conocen bien mi adscripción a la causa carlista frente a la dinastía cristina. Creo firmemente que la nación española se equivocó al elegir a la dinastía actual frente a la de don Carlos V. Sin embargo, siendo la Historia como ha sido y correspondiendo hoy —en lo legal— la corona de España a don Juan Carlos I y su herencia a S.A.R. el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, pido a éste encarecidamente que vuelva a leer la obra del padre Mariana como le pido que preste alguna atención al nobilísimo comportamiento de sus primos de la rama carlista y, muy en especial, al Testamento Político de S.M.C. don Carlos VII —también publicado en estas páginas—, frente a la transigencia y “espantadas” de la rama a la que él pertenece y frente a su complacencia con los enemigos de la verdadera Monarquía.

Siguiendo la misma eterna línea de pensamiento con la que el padre Mariana nos enseña cuán severa debe de ser la educación del príncipe, don Carlos VII nos dijo:

Gobernar no es transigir,

y, de la misma forma, lo reiteró el General Franco, reinstaurador de la Corona que, con la gracia de Dios, S.A.R. ceñirá en su día:

Las clases llamadas a la noble función de magisterio o de ejemplaridad social, ante la tentación del esnobismo político, de modernismos ideológicos o de la popularidad mal entendida, de la ambición desmedida o del resentimiento, han vuelto la espalda a la única tarea que precisamente justificaba su preeminencia. Débiles morales, prefirieron navegar a favor de la corriente antes que asumir las responsabilidades del siempre duro, arriesgado y difícil ejercicio de la auténtica capitanía.

***

Alteza Real:

he de decir a S.A.R. que la verdadera corrupción no radica en si tal o cual comportamiento de tal o cual miembro de la Familia Real ha hecho esto o lo otro: la verdadera corrupción de la institución que S.A.R. está llamado a encarnar radica en el olvido de estas ideas.

Todo lo demás que está sucediendo en nuestros días, si estas ideas estuvieran gravadas a fuego en nuestras almas, sería condenable, sí, pero no catastrófico pues, como dijo Muñoz Seca:

Nunca ha de faltar un noble
Que robe más de la cuenta.

La verdadera corrupción de la Monarquía nace del abandono que su tatararbuela, doña Isabel II, hizo de la institución y que la transformó en un elemento más, decorativo, del régimen liberal partidista. Régimen seguramente inevitable en los días en los que nos ha tocado vivir pero del que sería de desear que la Monarquía guardara alguna distancia.

Al revés, confundiéndose entusiásticamente con él y ora al grito implícito de “marchemos todos y yo el primero por la senda ‘liberal’”, ora haciendo la ola con un equipo de balonmano para afectar simpatía ante el pueblo ¿qué de extraño tiene que la pequeñez partidista haya llegado a salpicar a la Corona por mucho que su única razón de ser debiera ser que no la salpicaran estas mezquindades partidistas e interesadas?

Los partidos luchan por su interés partidista. Los miembros de los partidos, demasiadas veces, luchan por su interés personal. Confundida la Corona con ellos, olvidada de que es mucho más antigua y mejor que esta forma de gobierno coyuntural; olvidada de que su única razón de ser no es el medro personal de nadie, sino el bien común ¿qué mucho que la corrupción del régimen partidista liberal haya llegado hasta los pies del trono?

***

Hasta aquí la presentación de este escrito.

Leamos ahora, señor, las reflexiones del padre Mariana al respecto:


CAPÍTULO III
 
De la primera educación del príncipe.
 

Hemos hablado ya de lo relativo a la nutrición y primera enseñanza de los hijos. Nada debemos añadir con respecto al que ha de ser un día príncipe, pues las mismas cosas indican que se ha de desplegar el mayor celo para que faltas nacidas de pequeños principios no vengan a resultar en daño general de la república. Está pues colocado el príncipe en la cumbre de las sociedades para que aparezca como una especie de deidad, como un héroe bajado del cielo, superior a la naturaleza de los demás mortales. Para aumentar su majestad y conciliarle el respeto de sus súbditos está casi siempre rodeado de lujo y de aparato, contribuyendo no poco a deslumbrar los ojos del pueblo y a contenerle en el círculo de los deberes sociales, por una parte sus vestidos de púrpura bordados de oro y pedrería, por otra la soberbia estructura de su palacio, por otra el gran número de sus cortesanos y sus guardias. Aprobamos como prudente y racional esta medida; mas creemos que a todo este fausto y pompa ha de añadírseles el esplendor y brillo de todas las virtudes, tales como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, como también el que dan las letras y el cultivo del ingenio, con los cuales se concilia también mucho la veneración de los ciudadanos. Es preciso cultivar con solicitud el campo de que ha de vivir más tarde todo el pueblo, es decir, el ánimo de los príncipes que han de aparecer a nuestros ojos contemplando desde muy alto todas las clases del Estado y mirando sin distinción por todas, por la alta, por la baja, por la media. Es preciso cuidar mucho la cabeza sino se quiere que bajen de ella malos humores y se inficione con ellos lo demás del cuerpo; en la sociedad, como en los individuos, son graves las enfermedades que derivan de tan grave miembro.

Sería a la verdad de desear que aventajase el príncipe a todos sus súbditos, así en las prendas del alma como las del cuerpo, corriendo al par de su elevación sus brillantes cualidades, para que pudiese con ellas granjearse el amor del pueblo, que vale indudablemente más que el miedo. Sería de desear que respirase autoridad su figura, que ya en su semblante y en sus ojos brillase cierta gravedad, mezclada con una singular benevolencia, que fuese de nobles y aventajadas formas, alto y robusto de cuerpo, perspicaz, dispuesto para atar los ánimos de todos con los vínculos de su mismo favor y de su gracia. Pero deseo y fortuna son éstos dados por el cielo más bien que procurados por la prudencia de los hombres, principalmente siendo la monarquía, como es entre nosotros, hereditaria y debiendo tomar por rey al que tal vez fue engendrado infelizmente por sus padres. Contribuiría, sin embargo, a que se evitara este peligro que se escogiesen siempre para mujeres de los príncipes mujeres dotadas de grandes facultades, nobles, hermosas, modestas y en lo posible ricas, mujeres en cuyas costumbres no hubiese nada de vil ni bajo, mujeres en que a su belleza física y a las virtudes de sus antepasados correspondiese la grandeza de sus almas, pues no es de poca monta que reúnan excelentes cualidades las que han de ser madres de hombres destinados a mandar a todos y a procurar la felicidad o la infelicidad de todos y de cada uno de los ciudadanos. Mucho puede adelantarse, por otra parte, si se hace todo lo posible para que aumenten las virtudes dadas por la naturaleza, se disminuyan los vicios existentes, y se ilustre y adorne la vida del futuro príncipe. Síganse los avisos de la naturaleza que dio dos pechos a las reinas como a las demás mujeres y se los llena en los días próximos al parto para que los hijos sustentados con la leche de sus madres salgan mejores y mucho más robustos. Mas, puesto que creció ya tanto en nosotros el amor a los deleites, que apenas hay mujer de mediana fortuna que quiera tomarse el trabajo de alimentar a sus hijos, hemos de alcanzar cuando menos que se tomen todas las precauciones posibles al elegir las nodrizas y no se las tome para favorecer la ambición de nadie, como en el siglo pasado sucedió en Portugal, donde se confió la nutrición y la educación de un príncipe a la querida de un obispo que gozaba de mucha influencia en aquel reino: torpeza grave y lastimosa, llevada a cabo por los esfuerzos del prelado y la infame condescendencia de los que podían evitarlo. Cuál fuese el resultado, no hay para qué referirlo; baste decir que excedió las mayores esperanzas. Nos da vergüenza hasta publicar los nombres de los que intervinieron en tan fatal negocio. En nuestros tiempos ha corrido la voz, no sé si verdadera o falsamente, que otro príncipe en quien estaban puestas las esperanzas de un reino vastísimo padeció en sus primeros años, por causa de su nodriza, contagiada de malísimos humores, de grandes y deformes llagas: incuria a la verdad vergonzosa y detestable, si no hubiese muchas cosas que no pueden ser previstas por los hombres.

Procúrese, como es consiguiente, que no se escape nunca de la boca de la nodriza una sola palabra obscena ni lasciva, a fin de que por quedar impresa eternamente en el ánimo del niño, no se destruya desde un principio su pudor, cosa que no hay para qué decir si sería o no perniciosa. Por este medio se extingue todo el amor a la dignidad y a la honestidad, se sueltan los frenos al placer, se corrompen para toda la vida las costumbres. Procúrese además que, a medida que vaya el príncipe creciendo, reciba los preceptos con que pueda llegar a ser un gran rey, y la fuerza de su autoridad corresponda a la grandeza de su imperio. Elíjase entre todos los ciudadanos un buen ayo, un maestro notable por su prudencia, y famoso por su erudición y por virtudes, con que pueda el príncipe llegar a aparecer perfecto. Esté sobre todo exento éste de todo vicio para que con el frecuente roce no se trasmitan sus deseos al alumno y le queden para toda la vida, como sucedió con Alejandro, rey de Macedonia, cuyos vicios que había recibido de su profesor Leónides, no se pudieron extinguir ni curar en sus más gloriosos días.

Mas no basta un solo maestro, se dirá tal vez; en muchas cosas ha de entender el príncipe que no será fácil que aprenda si no se le enseña en los primeros años de la infancia. Ha de administrar justicia al pueblo, nombrar magistrados, resolver negocios de paz y de guerra, hablar y juzgar de muchas cosas que a cada paso ocurren en la gobernación de un reino. No es común que uno solo sobresalga en todas las ciencias de donde se han de tomar tan diversos conocimientos; y es a la verdad muy poco para un maestro del príncipe haberlas sólo tocado por la superficie y permanecer en una humilde medianía. Enseñará los elementos de cada arte el que fuere más profundo en ella; lo que sucede en la enseñanza de la lengua latina sucede en la de las demás artes liberales.

Mas, teniendo ya por base la latinidad y conociendo algún tanto las ciencias que se rozan con este estudio, ¿qué puede impedir al príncipe que oiga varones entendidos para administrar los negocios de la paz y de la guerra? Por instruido que esté, por grande que sea su ingenio, necesitará siempre de las luces de estos hombres, y será hasta saludable que use de consejo ajeno. No nos disgusta, sin embargo, la institución de los persas que confiaban a cuatro varones principales la instrucción del príncipe para que cada cual le enseñase con acierto el arte en que más se aventajase; el primero le instruyese en la literatura, el segundo en las leyes patrias, el tercero en las ceremonias y ritos religiosos, el cuarto en el arte de la guerra, en que tanto descansa la fuerza y la salud de la república. Entre nosotros, el padre suele designar para la educación del príncipe dos de sus mejores grandes, los más señalados por su honradez y por su prudencia, uno para la enseñanza, tan grave ya por su edad como por la fama de sus conocimientos, otro para que modere y temple las acciones del alumno, varón que no ha de desconocer lo que exigen las costumbres. Mas ¿qué importa el número con tal que entiendan esos preceptores que es gravísimo y principal el cargo que les han confiado y estén bien convencidos de que para llenarlo debidamente han de trabajar de día y noche? Cuentan que Policleto, un escultor de fama, publicó un libro sobre su arte, a que dio el título de Canon, es decir, de regla; que en este libro explicó con mucha detención todo lo que ha de observarse en hacer una estatua, cuál debe ser la figura de cada una de sus partes, cuál la actitud y la postura; y que al mismo tiempo expuso al público una obra suya, que llamó también Canon por haber seguido en ella escrupulosamente todos los preceptos que tenía dados. Quisiera yo que siguiesen esta costumbre los preceptores de los príncipes, que ya que no se aventajasen mucho en escribir el libro, procurasen con los actos de su vida fijar en el ánimo de su alumno para irle formando todas las reglas de la virtud y del saber que nos han sido dadas por los grandes filósofos. Deben, ante todo, para que sea acertada la educación, alejar del palacio todo ejemplo de perversidad y de torpeza, cerrar puertas y echar cerrojos a todo género de vicios. No permitan que estén con el príncipe jóvenes sin pudor y sin vergüenza, para que la imagen de la liviandad no corrompa y destruya en un momento con el dañado soplo de su boca las virtudes arraigadas ya de mucho tiempo en su ánimo. Solicitan aquellos de una manera infame los honores y las riquezas; son aduladores, vanos, enemigos de la salud pública, contra la cual están sin cesar tendiendo asechanzas, y los hay por desgracia en gran número alentados por la excesiva prosperidad de muchos. ¿Cuántas fortunas, cuántos señoríos no vemos creados y fundados por hombres que, dejando a un lado todo pudor, se prestaron en distintas épocas a ser instrumentos de las maldades de los príncipes? No deberían sus nombres pasar siquiera a la posteridad; debería obligarse a sus descendientes y cognados a que los trocaran por otros más honrosos. Muchas veces, sin embargo, han caído también esos hombres y sido derribados en muy breve tiempo a la última miseria. Llega día en que el rey o se arrepiente de tenerles a su lado, o se sacia ya de verles; mengua entonces el favor, y se convierte al fin en odio, pues aquel empieza a mirarles como censores importunos, el pueblo como corruptores y malvados.

Procuren luego cultivar el ánimo del príncipe con verdaderas virtudes e instruirle, si es posible, con blandas palabras, que es el mejor sistema de enseñanza, con severidad, si es necesario. Repréndanle, y si no bastare la reprensión, castíguenle, no sea que por la indulgencia de sus preceptores se deprave su buena índole o se robustezcan en él los vicios naturales. Al león, animal fiero y cruel, ni se le ha de gobernar con continuos golpes ni halagar con frecuentes caricias; es preciso mezclar a las amenazas los halagos para que se amanse, procurar que ni con los golpes se encrudezca su fiereza ni se ensoberbezca con las caricias, cosas todas que han de hacerle de todo punto intratable. Examínese atentamente el carácter del príncipe, obsérvese qué cosas más le aguijonean y le mueven, y empléense siempre las que hayan de surtir mejor efecto. Si no le mueven las palabras y sí el freno, si necesita para andar de que se le apliquen las espuelas, apélese a estos medios: combátasele la cortedad si es demasiado corto, cúresele de su impudencia si impudente, y diríjanse siempre dondequiera que puedan contrariar sus vicios. Amonéstenle, mándenle, repréndanle, castíguenle de vez en cuando, resistan a sus inmoderados deseos, esmérense, por fin, en que no salga ni insolente ni tenaz, cualidades de que podrían ocasionarse graves perjuicios, así para él como para sus mismos súbditos. El gran Teodosio llamó a Roma a Arsenio para que se encargara de instruir a sus hijos, y le dijo terminantemente que les castigase siempre que lo creyese oportuno y no tolerase nunca la menor falta de sus hijos. ¡Varón grande y digno de gobernar el mundo! En todas las épocas encontramos profesores de príncipes que han adoptado un sistema contrario, ya por temor de exacerbarles, ya por el deseo de granjearse su amor con una injusta y fatal condescendencia. En Roma sucedió con Séneca, a pesar de ser un gran filósofo; en Castilla con Alonso de Alburquerque, que por haber sido profesor de Pedro el Cruel, puede quizás ser acusado de haber aumentado con una mala educación los vicios que había dado a éste la naturaleza, vicios a que sin duda se añadieron después otros. La prueba de la falta de entrambos está en que fue cada cual el privado de su respectivo príncipe, y tuvo gran mano en todos los negocios, y acumuló riquezas inmensas, no sin excitar la envidia y la maledicencia de los demás que sospechaban que con perjuicio del pueblo, y solo condescendiendo habían alcanzado aquella gran fortuna; mal ciertamente grave, no sólo para el Estado, sino también para sus autores, pues las riquezas recogidas del crimen no suelen ser ni duraderas ni propias. Séneca murió a manos de Nerón, y este fue el pago que obtuvo de sus lecciones, pago impío y cruel, ¿quién lo niega? pero tal vez debido a la débil educación que dio a su alumno y a que el favor adquirido por este medio tuvo que trocarse al fin en odio. Alonso de Alburquerque se vio obligado a huir para salvar la vida, no siendo más feliz que el otro sino en que cuando menos murió en el mismo momento en que estaba preparándose a la venganza con las armas en la mano y el apoyo de otros próceres del reino, y no fue enterrado como había prevenido en su testamento, sino después de haber sido preso el Rey en la ciudad de Toro por el esfuerzo y la solicitud de sus ardientes partidarios. Ya que tenía parte de culpa en el mal, no quiso descansar en su sepulcro sin que antes se hubiese impedido a Pedro el Cruel que siguiera causando tan terribles daños.

Enséñesele al fin a no hacerse esclavo de la liviandad, de la avaricia ni de la fiereza, a no despreciar las leyes, a no imponer con el terror a sus súbditos, a no considerar como fruto natural del gobierno los placeres, a guardarse del estupro y del incesto, que podrán servir para él, pero que serán para los demás motivo de horror y de vergüenza. Amonéstesele a que siga todas las virtudes dignas de un rey; explíquesele en qué consiste ser príncipe y en qué consisten sus deberes. El rey pues, si es verdaderamente digno de este nombre, obedece a las leyes divinas, toma por guía la razón, hace igual para todos el derecho, reprime la liviandad, aborrece la maldad y el fraude, mide por la utilidad pública y no por sus antojos el poder que ha recibido, se esfuerza en aventajar a todos por su honradez y sus costumbres a proporción de lo que es mayor en autoridad y riqueza, no retrocede ante ningún peligro, no perdona medio para salvar la patria, es fuerte e impetuoso en la guerra, templado en la paz; no siente latir el corazón sino por la felicidad de los pueblos, a los cuales procura sin cesar todo género de bienes. Amparado así por la gracia de Dios, ensalzado universalmente por sus virtudes, se granjea la voluntad de todos, y viene a ser un cabal modelo de la majestad antigua, no pareciendo sino que es un hombre bajado del cielo para gobernar la tierra. Con ese amor y esa fama adquiridos entre sus mismos súbditos asegurará mucho más su imperio que con la fuerza y con las armas; lo hará fausto para sus ciudadanos y eterno para sus descendientes, lo dejará fuerte contra todo embate exterior, procurará que no puedan con él ni el fraude ni las asechanzas de los próceres del reino. Esto es lo que se nos ha ocurrido decir sobre la educación del rey en general; vamos ahora a examinarla en cada una de sus partes.

***

Imbuido S.A.R. de la concepción de la Monarquía en estos términos, únicos en los que puede concebirse, y conocidas tanto las dotes personales de S.A.R. como su educación, la esperanza del renacimiento y regeneración de la verdadera Monarquía española, adaptada a los tiempos sin melindres ni dejaciones en lo fundamental, es más que plausible. Sin ellas, tal Monarquía no será sino “cáscara vacía a la que ni un pelotón de alabarderos se aprestará a defender”.

Besa las manos de S.A.R.

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 de enero de 2013, festividad de san Juan Bosco

Vínculos:

Del Rey y de la institución Real. Libro primero. Juan de Mariana. Conceptos esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 enero, 2013 at 13:08

Canción

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Flor de Pretericiones

 

 

José María Gabriel y Galán

 

Canción

No piense nunca el lloroso
que este cantar dolorido
es un capricho tejido
por la musa de un dichoso.
No piense que es armonioso
juego de un estro liviano;
piense que yo no profano,
ni con mentiras sonoras,
las penas desgarradoras
del corazón de un hermano.

Una canción de dolores
me piden mis padeceres,
tal como ayer mis quereres
pidieron cantos de amores;
que así como son mayores
si se cantan los contentos,
así los tristes acentos
de las trovas doloridas,
si no curan las heridas,
amansan los sufrimientos.

Mis penas son tan vulgares
como esas espinas duras
que erizan las espesuras
de todos los espinares.
Más hondas son que los mares.
Más hondas y más sombrías
que un horizonte sin días,
pues no hay abismo tan hondo
como el abismo sin fondo
de unas entrañas vacías.

Dios me las hizo de fuego…
¿Por qué no les dio dureza
si quiso su fortaleza
probar golpe a golpe luego?
¿Por qué enriqueció con riego
de sementera de amores
huerto que sabe dar flores,
si luego le manda días
de matadoras sequías
y vientos asoladores?

¡Ay! Al llegar a las puertas
de la tarde de mi vida,
voz de los cielos venida
me ha dicho: «¡Ya están abiertas!
¡Entra y sigue, y no conviertas
la mente a tiempos mejores,
que en vez de aquellos amores
de santidades pristinas
verás las desiertas ruinas
del solar de tus mayores!»

«¡Mejor es cegar, Dios mío!
¡Mejor es ir paso a paso
cayendo hacia el propio ocaso
solo, con pena y con frío!
¡Mejor es ir al vacío
que a ruinas y sepulturas!
¡Mejores son las negruras
de la noche más sombría,
que las negruras del día,
que son dos veces oscuras!»

Así, loco de dolor,
dije con vil vocecilla…
¡Esto que tengo de arcilla
fue quien lo dijo, Señor!
Pero esto que es resplandor
de Ti, venido hasta mí,
cuando tu rayo sentí
bien sabes Tú que te dijo:
«¡Señor! ¡La frente del hijo
tienes rendida ante Ti!»

Con sólo llorar mi suerte,
con sólo dejar abierta
de tal herida la puerta,
muriera de triste muerte.
Mas, hijo yo del Dios fuerte,
me he resignado a vivir,
y voy dejándome ir
sobre el polvo de la senda
caminando a media rienda
por el campo del sentir.

Porque si rindo la frente
sobre las manos crispadas;
si hacia las ruinas sagradas
dejo que vaya la mente;
si de mi llanto el torrente
dejo que anegue mi vida,
si abriese más esta herida
que en lumbre de fiebre arde,
viviera como un cobarde,
muriera como un suicida.

¡Quiero vivir! Las dulzuras
de los gozados placeres,
con hieles de padeceres
se tornan del todo puras.
Visión de mis desventuras:
¡Yo no te cierro mis ojos!
Camino de los abrojos:
¡yo no me cubro las plantas!
Cruz que mis hombros quebrantas:
¡yo te acepto sin enojos!

¡Quiero vivir! Dios es vida.
¿No veis que en vida convierte
la ancianidad que en la muerte
cayó con dulce caída?
¿No soy yo vida nacida
de vidas que a mí se dieran?
Pues vidas que en mí se unieran,
si vivo, no han de morir,
¡por eso quiero vivir,
porque mis muertos no mueran!

¡Y no morirán conmigo,
que el huerto de mis amores
está rebosando flores
que pinta Dios y yo abrigo!
¡Y atrás el cierzo enemigo
de esas mis vivas canciones,
pues son santos eslabones
de una cadena florida
para corona tejida
del Dios de las creaciones.

¡Quiero vivir! A Dios voy
y a Dios no se va muriendo;
se va al Oriente subiendo
por la breve noche de hoy.
De luz y de sombras soy
y quiero darme a las dos.
¡Quiero dejar de mí en pos
robusta y santa semilla
de esto que tengo de arcilla,
de esto que tengo de Dios!

 
***
José María Gabriel y Galán, 1905
 

Nota: Este poema lo escribió el malogrado poeta salmantino pocos días después de la muerte de su padre y pocos, también, antes de la suya propia.

Los pensamientos de la poesía de Gabriel y Galán, como se ha notado, son vulgares; su originalidad no depende de lo que en ella se dice sino de cómo lo dice a la manera propia suya con la que presenta su idea: una de las cualidades del verdadero poeta es atinar a dar con la fórmula artística para expresar lo que todos los hombres pensamos y sentimos. La inspiración de Gabriel y Galán no nace del espíritu enfermizo del arte moderno —esto es lo que viene a decir en la primera décima de esta canción: “no piense que es armonioso – estro de un juego livianosino que, nacida de las eternas inquietudes del alma humana, arraigada en la dureza y en la belleza de la tierra salmantina en la que hunde su nacimiento, se nutre, casi exclusivamente, de las lecturas de nuestros escritores clásicos, se realiza con su lección y se lustra con ellas sin hacer caso de novedades extravagantes.

Nada más vulgar que el pensamiento de “todo pasa; todo se desvanece”. Nada más vulgar que la inquietud del hombre ante la muerte. Y, sin embargo, este pensamiento vulgar, que alcanzó a formularlo Jorge Manrique de manera sublime y con belleza imperecedera, nos lo presenta aquí José María Gabriel y Galán en esta bellísima Canción que, por olvidada, incluyo hoy en mi Flor de Pretericiones.

Vínculos:

José María Gabriel y Galán. Wikipedia.
José María Gabriel y Galán. Wikisource.
Juicios críticos y elogios.

Volver a Flor de Pretericiones. 

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

29 enero, 2013 at 11:16

Los talibanes en la Facultad de Medicina de Valencia

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Subiendo por la escalera principal de la Facultad de Medicina de Valencia, en la primera y única mesa o descanso que hace y de la que parten, a derecha e izquierda, sendos ramales que conducen a las aulas del primer piso, y que, de frente, da acceso al nivel superior de su Aula Magna, existió desde la fundación de su edificio —año de 1949— y detrás del busto de Santiago Ramón y Cajal, la lápida que daba cuenta, como es uso que se haga con cualquier edificación de mediana importancia, de su fundación, año de construcción y autoridades políticas y académicas que, a la sazón, habían auspiciado su creación.

Esta costumbre, que creo universal, sirve para que las generaciones que hayan de sucederse a través de los tiempos conozcan quién, por qué y cuando se construyó el edificio en cuestión.

Por ende, cambiar al antojo de cualquiera de estas generaciones ulteriores este tipo de inscripciones sólo puede significar una falsificación de la Historia que, siempre con desprecio a la misma, unas veces se hará por mera ignorancia y otras por evidente y manifiesto deseo de cambiarla para que dichas generaciones futuras entiendan que esa Historia no fue como fue, sino como quisieron que hubiera sido quienes, arrogantes, se atribuyen el derecho de cambiarla al albur de su ideología.

Las gentes, por otra parte, en nuestra superficialidad, no solemos hacer mayor caso de estos detalles ornamentales de la arquitectura. Así, yo mismo, no obstante haber haber pasado mil veces en mi juventud ante ella, jamás reparé mayormente en su presencia como en tantas cosas que son merecedoras de alguna atención, por su cotidianidad, no reparamos en ellas.

Empero, quienes sí reparan en ellas son los iconoclastas de nuestro tiempo y, andando éste, atendiendo al fin a su presencia, leyendo su leyenda y conociendo la ralea, en términos generales, de la gente que ha llegado a ocupar en su práctica totalidad los cargos académicos, comencé a temer hace unos años por el futuro de esta lápida fundacional.

Es por ello por lo que dediqué una mañana a perpetuarla en las fotografías que aquí presento.

Lamentablemente, no me equivoqué: a los pocos meses de tomadas, la lápida fundacional de la actual Facultad Medicina de Valencia fue destruida por el hecho de mostrar el Escudo de España con el Águila de San Juan a su izquierda, el nombre del General Franco en su texto y el escudo de la Virgen de la Sapiencia a su derecha, sello este que siempre fue el de la Universidad de Valencia hasta que al rector Lapiedra —a quien, por lo visto, se le atragantaba la imagen de la Virgen—se le antojó molestamente religioso y lo cambió por el actual engendro.

Así se reescribe la historia.

Frente a estos iconoclastas, verdaderos criminales de lesa historia, me enorgullezco de dejar aquí plasmadas la verdadera imagen de la lápida original, su transcripción y la traducción que de ella he intentado hacer para que, materialmente destruida por esta gente, quede de ella memoria intangible.

Lo entiendo como deber de antiguo alumno de esta Facultad. Primero, ante todos los españoles de bien y, segundo y muy en especial, ante las nuevas promociones de sus estudiantes para que, si estas líneas leyeren, se paren a reflexionar, al margen de la densa tarea de sus estudios, en estos pequeños detalles de la Facultad y de la Universidad en la que se forman y para que comprendan que, no obstante la excelencia técnica que, tal vez, la Facultad de Medicina de Valencia pueda brindarles, el simple conocimiento de un arte particular es mezquino y pobre si no se inscribe dentro de algún espíritu más general que le arrope, y mucho más pobre y mezquino si tal espíritu se mistifica y se falsifica.

Sepan pues, que la lápida fundacional de la Facultad no es como la ven ahora, sino como fue en su principio:

AUSPICE FRANCO DVCE. STATVS HISPANICE PRINCIPE.
NOVAE AEDES FACULTATIS MEDICINAE
IN HAC URBE VALENTIA AB EXMO
D. JOSEPHO IBAÑEZ MARTIN
EDVCATIONIS PVBLICAE MINISTRO. IVCVNDA SOLEMNITATE INSTAVRATATAE SUNT
AN. CDXLVIII AB VNIVERSITATE CONDITA
IDIBVS DEC. MCMXLIX
RECTORE MAGNIFICO DRE. FERDINANDO RODRIGVEZ FORNOS
FACVLTATIS DECANO DRE. JOHANNE J. BARCIA GOYANES
AD LAVDEM DEI ET PROFECTVM ARTIS MEDENDI CONVOLET HUC STVDIOSA IVVENTVS.

***

BAJO EL AUSPICIO DE FRANCO DIRECTOR. GOBERNANTE DEL ESTADO ESPAÑOL.
NUEVO TEMPLO PARA LA FACULTAD DE MEDICINA
EN ESTA CIUDAD DE VALENCIA POR EL EXCELENTÍSIMO DON JOSÉ IBÁÑEZ MARTÍN
MINISTRO DE EDUCACIÓN PÚBLICA. SE INSTAURA EN FELIZ SOLEMNIDAD
EN EL AÑO CDXLVIII DE LA FUNDACIÓN DE LA UNIVERSIDAD
DICIEMBRE MCMXLIX
RECTOR MAGNÍFICO DOCTOR FERNANDO RODRÍGUEZ FORNOS
DECANO DE LA FACULTAD DOCTOR JUAN J. BARCIA GOYANES
EN ALABANZA DE DIOS Y PARA EL PROGRESO EN EL ARTE DE CURAR SE CONVOCA AQUÍ A LA JUVENTUD ESTUDIOSA

***

 

***

Y así quedó la lápida tras la incursión de los talibanes e iconoclastas:

Hay que decir en su honor que, aparte de bestias, son más talibanes que iconoclastas, quiero decir: destruyen imágenes no por principio filosófico de rechazo a la imagen en general, sino porque no les agrada lo que dicha imagen expresa. Así, alcanzando a comprender la belleza de su texto latino, no se atrevieron a modificarlo más allá de lo que ya he dicho que les molestaba y lo copiaron servilmente modificándolo a su antojo para que su villanía pueda pasar inadvertida al observador casual. Texto latino que, por supuesto, sin aquella su inspiración original, no se les hubiera ocurrido a estos ceporros ni por el forro de sus circunvoluciones cerebrales. Texto, en fin, que me abstengo de transcribir ni de comentar por lo que vengo diciendo: porque es más falso que un beso de Judas y, además, por desprecio a tan vergonzosa falsificación.

Y es que, aparte de ser iconoclastas, son cobardes y, desde su cobardía, viven para introducir, vergonzantemente, su mentira en nuestras almas.

Para que, mintiéndonos, no nos parezca que mienten.

Para que, reescribiendo la Historia a su antojo, no nos parezca que la han reescrito, sino que ella fue como ellos hubieran querido que fuera.

***

Toda esta anécdota ha sucedido estando el Partido Popular en el gobierno de la Comunidad Valenciana aunque ya digo que se remonta a muchos años atrás y comenzó con el rectorado de Lapiedra.

Se diría que, más allá del fuero de la inviolabilidad universitaria, el gobernante debería de tener que decir algo ante estos atropellos al patrimonio cultural de todos nosotros, sucedan dentro o fuera de la Universidad.

Ilusiones nuestras: si el enemigo es, como digo, iconoclasta, el amigo es gallináceo y su miedo a la izquierda, insuperable. Al amigo se le puede perdonar sus miedos de gallina. Al gobernante, no.

Pero sucede que el Partido Popular no gobierna: transige.

***

Para acabar: este episodio no es sino uno más de las muchas degeneraciones de la Universidad española que señalo, entre otras, en los vínculos ut infra:

***

Vínculos:

Fundación de las universidades españolas. Alma Mater hispalense.
La fundación del estudio general
. Universidad de Valencia.
Bula Copiosus in Misericordia Dominus. Sixto V.
Don Juan Alberto Belloch. Conceptos Esparcidos.
Tardaron pero cumplieron. Así celebró el populacho la destrucción de la lápida.

El presente escrito ha sido publicado también en el foro de debate de generalisimofranco.com y en mi ‘blog’ de Libertad Digital.

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El Carlismo

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Ante la gravísima crisis moral, social y política que en estos momentos atraviesa España, vuelvo a proponer aquí, en lo que valga, la doctrina carlista con uno de sus mejores, mayores e inmortales documentos: el testamento político de S.M.C. Don Carlos VII.

Pido, muy especialmente en la hora actual, que nos fijemos particularmente en los siguientes párrafos y apelo a todos los pueblos españoles para que los relean:

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

***

Encárgole [a don Jaime], igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendía empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

***

Nuestra Monarquía es superior a las personas. El Rey no muere.

***

TESTAMENTO POLÍTICO DE S.M.C. DON CARLOS VII

Carlos VII 

Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.
 

A los carlistas:

En el pleno uso de mis facultades, cuando mi vida, más larga en experiencia que en años, no parece todavía, según las probabilidades humanas, próxima a su fin, quiero dejar consignados mis sentimientos, a vosotros, mis fieles y queridos carlistas, que sois una parte de mí mismo.

Desde mi casa del destierro, pensando en mi muerte y en la vida de España, con la mente fija en el tiempo y en la eternidad, trazo estas líneas para que, más allá de la tumba, lleven mi voz a vuestros hogares y, en ellos, evoquen la imagen del que tanto amasteis y tanto os amó.

Cuando se hagan públicas, habré ya comparecido ante la divina presencia del Supremo Juez. Él, que escudriña los corazones, sabe que no las dicta solamente un sentimiento de natural orgullo. Inspíranlas el deber y el amor a España y a vosotros, que han sido siempre norte de mi vida.

Parecíame esta truncada si no os dejase un testamento político, condensando el fruto de mi experiencia, y que os pruebe que aun después de que mi corazón haya cesado de latir, mi alma permanece entre vosotros, solícita a vuestras necesidades, reconocida a vuestro cariño, celosa de vuestro bienestar, alma, en fin, de Padre amantísimo, como yo he querido ser siempre para vosotros.

Pago, además, una deuda de gratitud.

Sois mi familia, el ejemplo y el consuelo de toda mi vida, según he dicho en momentos solemnes. Vuestro heroísmo, vuestra constancia, vuestra abnegación, vuestra nobleza, me han servido de estímulo inmenso en los días de lucha y de prosperidad, y de fortísimo sostén en las amarguras, en los sufrimientos, en la terrible inacción, la más dura de todas las cruces, la única que ha quebrantado mis hombros en mi vida de combate.

No puedo corresponder de otra manera a todo lo que os debo que tratando de dejaros en estos renglones lo mejor de mi espíritu.

En mi testamento privado confirmo la ferviente declaración de mi fe católica. Quiero aquí repetirla y confirmarla a la faz del mundo.

Sólo a Dios es dado conocer qué circunstancias rodearán mi muerte. Pero sorpréndame en el Trono de mis mayores, o en el campo de batalla, o en el ostracismo, víctima de la Revolución, a la que declaré guerra implacable, espero poder exhalar mi último aliento besando un Crucifijo, y pido al Redentor del mundo que acepte esta vida mía, que a España he consagrado como holocausto para la redención de España.

Con verdad os declaro que, en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de mi virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé por hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.

Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida. Y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantable, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esta tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aún así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.

Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos, que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta.

La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.

Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiese ayudado a crear esa vigorosa juventud creyente y patriótica, que yo veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado conservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, en la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.

Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me han hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra, ¿qué dique hubieran podido oponer al torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos; lo salvamos contra su voluntad y a costa de nuestras energías.

¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante por Dios y por España! Sea esta vuestra divisa en el combate, como fue siempre la mía y los que hayamos caído en el combate, imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.

Mantened intacta vuestra fe, y el culto a nuestras tradiciones, y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar, eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.

Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadero prodigio de los tiempos modernos, manteniendo purísimos, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del Océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.

Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros a aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.

Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la Historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria.

Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.

Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros y más no cabe. Sé que me lloraréis como tiernísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé también que el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.

Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro Programa.

Consignados los tenéis en todos mis Manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo Padre (q.e.p.d), en 1868.

Planteados desde las alturas del Poder, por un Rey de verdad, que cuente por colaboradores al soldado español, el primero del mundo, y a ese pueblo de gigantes, grande cual ninguno por su fe, su arrojo, su desprecio a la muerte y a todos los bienes materiales, pueden, en brevísimo tiempo, realizar mi política, que aspiraba a resucitar la vieja España de los Reyes Católicos y de Carlos V.

Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas colonias; es decir: integridad, honor y grandeza. He aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi Patria.

Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quise ni pude olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuve intactos los derechos que como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden. Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Quiero también dejar aquí consignada mi gratitud a la corta, pero escogida, falange de legitimistas franceses, que desde la muerte de Enrique V, vi agrupados en torno de mi Padre, y luego de mi mismo, fieles a su bandera y al derecho sálico.

A la par que a ellos, doy gracias, desde el fondo de mi alma, a los muchos hijos de la caballeresca Francia, que, con su conducta hacia mí y los míos, protestaron siempre de las injusticias de que era víctima, entre ellos, el nieto de Enrique IV y Luis XIV, constándome que los actos hostiles de los Gobiernos revolucionarios franceses, son inspirados con frecuencia por los mayores enemigos de nuestra raza.

Recuerden, sin embargo, los que me sucedan, que nuestro primogénito pertenece a España, la cual, para merecerlo, ha prodigado ríos de sangre y tesoros de amor.

Mi postrer saludo en la tierra será a esa gloriosa bandera amarilla y roja; y si Dios, en su infinita misericordia, tiene piedad, como espero, de mi alma, me permitirá desde el Cielo ver triunfar, a la sombra de esa enseña sagrada, los ideales de toda mi vida.

Y a vosotros, que con tanto tesón los defendisteis al lado mío, alcanzará también mi supremo adiós. A todos os tendré presentes y de todos quisiera hacer aquí mención expresa. Pero ¿cómo es posible, cuando formáis un pueblo innumerable?

Inmenso es mi agradecimiento a los vivos y a los muertos de nuestra causa. Para probarlo y perpetuar su memoria instituí la fiesta nacional de nuestros Mártires. Continuadla religiosamente los que hayáis de sobrevivirme. Congregaos para estímulo y aliento recíprocos y en testimonio de gratitud a los que os precedieron en la senda del honor, el día 10 de marzo de cada año, aniversario de la muerte de aquel piadoso y ejemplarísimo Abuelo mío, que, con no menos razón que los primeros caudillos coronados de la Reconquista, tiene derecho a figurar en el catálogo de los Reyes genuinamente españoles.

Pero si no me es posible nombrar a todos, uno por uno, a todos os llevo en el corazón, y entre todos escojo para bendecirle, como Padre y como Rey, al que se honró hasta ahora con el título de primero de mis súbditos, a mi amado hijo Jaime.

Dios, que le ha designado para sucederme, le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallará a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española; pero es cierto que entre ellos muchos me combatieron como adversarios. Sepan que a ninguno odié, y que para mí no fueron otra cosa que hijos extraviados, los unos por errores de la educación; los otros, por invencible ignorancia; los más, por la fuerza de irresistibles tentaciones o por deletéreas influencias del ambiente en que nacieron. Una de las faltas que me han encontrado más inflexible es la cometida por los que ponían obstáculos a su aproximación a nosotros. Encargo a mi hijo Jaime que persevere en mi política de olvido y de perdón para los hombres. No tema extremarla nunca demasiado, con tal de que mantengan la salvadora intransigencia en los principios.

Encárgole, igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendía empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

Y ya que al nombrar como el primero de vosotros al Príncipe de Asturias, reúno en un mismo sentimiento de ternura a mi familia por la sangre con mi familia por el corazón, no quiero despedirme de vosotros sin estampar aquí los nombres de los dos ángeles buenos de mi vida: mi Madre amadísima y mi amadísima María Berta. A las enseñanzas de una y a los consuelos de la otra, debo lo que nunca podré pagar. La primera inculcándome desde la infancia los principios sólidamente cristianos, que sacaba del fondo de su alma, me dejó trazado el camino recto del deber. La segunda, sosteniéndome en mis amarguras, me dio fuerzas para recorrer con pie firme, sin tropezar en las asperezas que al paso encontraba.

Esculpid en vuestros corazones y enseñad a los balbucientes labios de vuestros hijos esos dos nombres benditos: María Beatriz y María Berta. Y cuando vosotros, que tenéis la dicha también de vivir entre las admirables mujeres españolas, os sintáis confortados por una madre, por una hija, por una hermana, por una esposa, al asomaros al espejo de sus almas y ver en ellas reflejadas las virtudes del Cielo, acordaos de que esos son reflejos también de estas dos almas privilegiadas que han iluminado el desierto de mi vida.

Os dejo ya, hijos de mi predilección, compañeros de mis combates, copartícipes de mis alegrías y mis dolores.

No me lloréis. En vez de lágrimas dadme oraciones. Pedid a Dios por mi alma y por España, y pensad que al mismo tiempo que vosotros oráis por mí yo estaré, con la gracia del Salvador del mundo, invocando la Virgen María, a Santiago, nuestro patrón, a San Luis y a San Fernando, mis celestiales Protectores, suplicándoles con la antigua fe española, que en mí se fortaleció en Jerusalén, al pie del sepulcro de Cristo, para que en la tierra se os premie como lo que sois, como cruzados y como mártires.

Antes de cerrar este mi testamento político, y deseando que el presente original, escrito todo de mi puño y letra, quede primero en poder de mi viuda, y faltando esta, pase a mis legítimos sucesores, saco dos copias, una literal en castellano, y otra en francés, para que se comuniquen a la Prensa de España y de Francia, inmediatamente después de que haya cerrado mis ojos.

Hecho en mi residencia del Palacio de Loredán, Campo de San Vito, en Venecia, el día de Reyes del año de gracia de mil ochocientos noventa y siete. Sellado con mi sello Real. Consta de seis pliegos, que forman veinticuatro páginas numeradas por mí.

CARLOS.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

14 enero, 2013 at 17:43

Reflexiones en torno a la idea de España

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Modificado de emagister.com

Dos de los más grandes políticos que nos ha dado la Transición española, Jaime Mayor Oreja y José María Aznar, alertándonos ayer del gravísimo problema que entraña en estos momentos el desafío separatista del gobierno catalán en alianza con la extrema izquierda para la pervivencia de la unidad política de España, nos han llamado a defenderla, José María Aznar, mediante “el coraje y la convicción”, Jaime Mayor, cogiendo el toro por los cuernos y pidiéndonos que entremos de lleno en la confrontación de ideas con los enemigos de esta unidad sin ningún miedo ni complejo intelectual frente a ellos y yendo más allá —en este terreno de las ideas— de los meros recursos legales que el Gobierno de la Nación pueda oponer a esta embestida.

Suscribo, como es lógico, ambos discursos pero, entrando en ese debate de ideas que nos pide Jaime Mayor, algo quiero añadir a ellos y algún pero tengo que ponerles abundando en lo que vengo diciendo al respecto en Conceptos Esparcidos desde hace seis años.

I

España

Efectivamente: antes de pasar a defender nada necesitamos tener una idea cabal de aquello que vamos a defender, que queremos defender. Necesitamos, pues, tener una idea precisa de lo que entendemos por España y, siendo la idea de España tan diversa según quien la formule, ya sean amigos, ya enemigos, necesitamos dibujar un perfil de su concepto para saber si estamos —al menos mínimamente— de acuerdo con él y para saber si nos interesa su defensa porque, por ejemplo, a mí, ni me interesa la defensa de la concepción de España que puedan tener los socialistas ni me interesa la defensa de su formulación política actual nacida de la Constitución del 78.

Entiendo bien que esta formulación política es la que es y que, hoy, la idea espiritual y eterna de España —que nadie va a poder romper— se encarna en esta fórmula legal que es preciso respetar. Pero, si queremos llevar el debate de las ideas a su verdadera raíz, lo primero que debemos de comprender —frente a las reiteradas invocaciones de José María Aznar y de Jaime Mayor a la “democracia” y a esta Constitución— es, no sólo ya que España es muchísimo más antigua que la Constitución del 78, sino, muy especialmente, dos ideas:

La una, que la Constitución del 78, por atea y por ser el enésimo trasunto de la Revolución Francesa, se da de bruces con el alma histórica de España. Define una idea de España que nada tiene que ver ni con su alma, ni con su tradición, ni con su historia.

Y la segunda que, precisamente por ello, han sido la Transición y la Constitución del 78, en especial en su título VIII, las que, poco a poco, como muy bien resume Jaime Mayor, han ido minando el concepto de España, lo han ido escondiendo y lo han ido falsificando a las nuevas generaciones de españoles, las que han dado pábulo a sus enemigos y las que nos han mantenido callados y acomplejados frente a ellos a quienes deseamos que la idea espiritual y eterna de España se siga concretando en alguna unidad política.

Y esto, no por motivos meramente pragmáticos, como apunta José María Aznar cuando apela a la “prosperidad” como argumento para mantener la unidad política. Es evidente que todos deseamos una España próspera pero no es menos evidente que aun cuando esta prosperidad no existiera —como no existe en estos momentos— o su unidad política entrañara menor prosperidad, la obligación de su defensa debería de ser la misma.

Es lugar común el que los cretinos nacidos y educados a la luz de esta transición se rían sin mayor reflexión de la definición que hizo José Antonio de España como unidad de destino en lo universal. Sin embargo, ni tal definición es exclusiva de José Antonio —desde Estrabón hasta nuestros días todo pensador que ha reflexionado sobre el asunto concluye que tanta es la diferencia con la que los pueblos hispánicos se ven a sí mismos como grande es la unidad con la que se les contempla desde el extranjero, empezando por lo puramente geográfico y acabando por lo espiritual— ni tal definición entraña nada sorprendente ni propio de España: en efecto, cualquier nación que, en el devenir de la historia haya alcanzado a tener algún resalte y algún reconocimiento frente al resto de naciones, es nación, muy especialmente, porque esas demás naciones, le reconocen un perfil propio, un espíritu propio, un discurso que, en lo que valga, tiene algo propio que decir al resto del mundo, algo con lo que enriquecer al resto del mundo; lo es, en fin, como unidad de destino en lo universal.

Notemos, pues, aquí, uno de los problemas fundamentales con el que nos encontramos a la hora de defender la permanencia de la unidad política de España: en tanto que somos una nación para el resto del mundo y en tanto el resto del mundo apenas alcanza a ver —si es que ve alguna— ninguna diferencia entre un catalán y un andaluz, nosotros, los españoles hemos llegado a desconocer que, si somos una nación, lo somos porque, mirando hacia dentro, tenemos algo en lo espiritual que compartimos todos, y, mirando hacia fuera, es ese algo lo que nos da una identidad nacional que es en la que repara el resto de las naciones.

Esto es lo que diferencia a una verdadera nación, a una nación forjada multisecularmente por una idea, de una nación artificial, de una de tantas naciones artificiales como han sido creadas durante los doscientos años que llevamos padeciendo la Revolución Francesa: si yo les pregunto a ustedes qué diferencias hay entre un francés y un inglés; un ruso y un norteamericano; un alemán y un italiano, ustedes, seguramente, tendrían una noción bastante precisa de tales diferencias.

Ahora bien, si yo les pregunto qué diferencia encuentran entre un uruguayo y un paraguayo; entre un keniata y un ugandés —más allá del “odio africano” que se tienen—, o entre un iraquí y un iraní, seguramente les pondría a ustedes en un aprieto y no se crean que ello sea por ignorancia de ustedes acerca de estas naciones sino por carencia de las mismas de unidad de destino en lo universal o, dicho de otro modo, por falta de perfil espiritual propio y distintivo. Para el uruguayo, su distancia pueblerina del paraguayo puede ser inmensa; para el resto del mundo pertenecen a la unidad de destino que llamamos hispanidad. De la misma forma, sean cuales sean las diferencias que separan a los chiitas de los sunitas, todos ellos pertenecen a un espíritu diferenciado en lo universal que llamamos islamismo.

Así, una futura y plausible nación catalana satisfaría a los catalanes que han olvidado su historia y que desean que su nación deje de formar parte de una unidad de destino en lo universal a la que a Cataluña han conducido la geografía primero y la historia después, para convertirse en una nación artificial más, muy apta, en lo negativo, para desfogar sus pasiones pueblerinas, contemplarse el ombligo y vomitar su odio hacia la España de la que forma parte, pero muy desdibujada, en lo positivo, para brindar al mundo un carácter propio, un espíritu propio del que, aislada, carece.

***

Para entrar, pues, en esta defensa de España necesitamos inexorablemente conocer y asumir, con todos sus defectos y con todas sus virtudes, cuál ha sido la aportación espiritual diferenciada española a este concierto de las naciones, a esta Historia de la Humanidad.

Romanizada muy tempranamente, desde que lo fue, podemos asegurar que el afán histórico de España ha sido el mantenimiento y la extensión de esa civilización romana primero, cristiano-romana y judeo-cristiana después y, por último, católica, entendiendo estas tres expresiones como formas de una continuidad histórica.

Varios hitos tenemos que tener muy presentes en su devenir histórico:

El primero y menos importante en lo que toca a nuestra singularidad como nación, pues lo compartimos con todos los demás pueblos europeos, es la invasión y dominio bárbaro, visigodo, que algo, indudablemente, contribuiría a la forja de nuestro espíritu pero que acabó disolviéndose en la romanidad española y cristiana tras los pocos siglos en los que hizo imperar su arrianismo bárbaro. Notemos que, durante estos siglos, pervivió como minoría no gobernante y al final se impuso, una minoría hispanorromana que fue la que mantuvo la lumbre de la cultura hispano-romana.

El segundo, mucho más definitorio, lo constituyen los ocho siglos de dominación musulmana, civilización esta mucho más fuerte y pujante que la goda y que, al contrario que ésta, jamás llegó a fundirse con la nuestra, hispanorromana. Notemos, igualmente, cómo durante estos ocho siglos, pervivió igualmente una minoría mozárabe, esto es, hispanorromana, que culminó la Reconquista, expulsó de nuestro solar a los musulmanes y lo devolvió en su totalidad a la civilización cristiana occidental. En La expulsión de los moriscos y fijándome en el gradiente del voto de izquierda, creciente, en líneas generales, de norte a sur en la España actual, me atreví a lanzar la hipótesis, que, por supuesto, no pretendo en absoluto que sea cierta, de que parte de este odio a la idea de España que hoy vemos tan claro y tan cierto en muchos de nuestros compatriotas no tenga en sus orígenes y en parte, el resquemor ancestral que quizá guardaran a través de las generaciones los descendientes de estos moriscos conversos, cristianos nuevos en contraposición a los cristianos viejos de herencia hispanogoda y que, como sabemos, durante muchos siglos carecieron de privilegios que estos sí tenían.

El tercero es, evidentemente, el descubrimiento, la conquista y la civilización de América. Con ello España extendió hasta el infinito aquella civilización cristianorromana que había heredado.

El cuarto es la postura que claramente adoptó España frente al cisma luterano poniéndose indubitablemente al lado de la iglesia romana, esto es, manteniéndose en el continuo histórico al que pertenecía desde que Roma la civilizó.

Y el quinto, en fin, es la aparición de la revolución científica y tecnológica del siglo XVIII, revolución que, indudablemente lideraron y llevaron a cabo las naciones protestantes de manera que el mundo que nació de ella, nuestro mundo, ante el espejismo de bienestar material que tal revolución nos ha proporcionado y olvidado de todo lo bueno que, sobre todo en el orden moral y político pudiera tener el Antiguo Régimen abomina de él y, por ende, de la idea de España, uno de sus principales bastiones sino el principal.

II

La minoría hispanorromana

Si, como acabo de exponer, durante los siglos de gobierno visigodo y los de dominación musulmana, pervivió obstinadamente como minoría, muchas veces perseguida, la que nunca jamás olvidó su verdadero origen clásico romano maravillosamente conjugado con la cultura judeo-cristiana y, al fin, acabó vencedora tanto frente a la barbarie de los unos como al carácter extranjero de los otros, así también nosotros lo que debemos defender es esa tradición dos veces milenaria que hoy sólo puede expresarse en la España que, desde 1942, forjaron de la mano la monarquía tradicional y la religión católica, sabiendo que vivimos en una nueva época de barbarie que lo que pretende, precisamente, es destruirla.

En esta época de barbarie somos, efectivamente, minoría. Empero, debemos de tener la misma convicción en nuestra causa que tuvieron los hispanorromanos en las épocas que digo y la esperanza de que nuestra firmeza intelectual en su defensa, olvidados de todo miedo a que nos llamen fascistas, la hará renacer algún día en toda su grandeza porque su grandeza es mucha frente a la poquedad de las ideas de nuestros enemigos.

Así y, como es lógico, adaptándola al pensamiento moderno, nuestra defensa de España tendría que ser la defensa de la religión católica y la defensa de la monarquía tradicional.

Ésta ha sido la gran aportación que España ha hecho al mundo y éste debería ser su discurso, como digo, actualizado y adaptado a los tiempos. Polonia lo intenta. No entiendo porqué no lo puede intentar también España.

Por contra: una España que se presenta ante el mundo como defensora del régimen político que coyunturalmente triunfa en el mundo actual —la democracia liberal—, es, sencillamente, grotesca. Para eso ya están los Estados Unidos cuya unidad de destino en lo universal es, precisamente, el liberalismo y la democracia. Tan grotesca como aquel miembro del PCE que no recuerdo con qué motivo —quizá fuera con el referéndum de la OTAN—, no tuvo ningún empacho en mandar al Congreso estadounidense un ejemplar de la Constitución del 78 como intentando dar lecciones a los estadounidenses de “democracia” y de “liberalismo”.

Y, en fin, de una España grotesca como esta; de una España tan olvidada de su historia y de su tradición, ¿nos puede extrañar que acabe yéndose al carajo como se está yendo?

III

La monarquía tradicional y la religión católica

Si olvidamos que el único cemento de unión que ha mantenido unidos a los pueblos hispánicos han sido la monarquía tradicional y la religión católica poco podremos hacer para mantener la unidad política de España. Lo saben muy bien sus enemigos y, por ello, tienen puesto en su principal punto de mira a ambas instituciones.

La religión católica no es —dejando aparte, por supuesto, su principal dimensión que es la meramente religiosa— sino el trasunto de la civilización romana. Su enseñanza no es sino el compendio de la sabiduría de la humanidad que apareció ente el Tigris y el Éufrates hace diez mil años, que, a través de la religión judeocristiana, se fundió con la cultura grecorromana y que nosotros heredamos precisamente a través de Roma.

Por su parte, la monarquía tradicional murió a manos de la Revolución. No podía haber sido de otra manera, pero España tuvo la desgracia de que la revolución que inspiró la suya no fue la “Gloriosa” inglesa de 1688 que imbuyó a los ingleses “de la idea de equilibrio entre la libertad y el orden”, sino la jacobina francesa de 1789 que, de las únicas ideas que nos ha imbuido han sido la del odio a la Tradición y la del convencimiento de que el progreso consiste en una huida hacia adelante desaforada y marcada por etapas en las que cada una de esas etapas tiene como único fin destruir a la anterior en un baño de sangre, de odio y de rencor. Una huida hacia adelante que, en fin, nada crea y todo destruye.

Tras la rotunda victoria de los aliados en la II Guerra Mundial, hoy se nos aparece que la mejor forma de gobierno posible es la democracia. Es, efectivamente, la única posible hoy en el mundo occidental pero, rotundamente, no es la mejor a mi modo de entender.

Prescindo de extenderme en este asunto pues ya lo he tratado sobradamente aquí y a ello me remito en los vínculos con los que finaliza este escrito.

Sea como sea (y de ello han tratado recientemente El Mundo en un editorial de la semana pasada y Victoria Prego en ese mismo diario), España es difícilmente entendible sin ese cemento de unión que representa la Monarquía, hoy simbólica de la nuestra tradicional.

IV

El marxismo y sus herederos

Es sumamente curioso ver como los nacionalismos vasco y catalán, que en su origen proceden del carlismo, que nacieron como reacción a la introducción en España del liberalismo entendido al modo en que lo entiende la Revolución francesa y que, en este sentido, son muy dignos de consideración, se han echado en manos de la izquierda marxista.

¿Para qué? ¿Para liberar a sus supuestas naciones de una supuesta opresión?

No. Se han echado en manos del marxismo que hoy representan Bildu-ETA y ERC, no  para construir nada, sino para destruir a España.

Su discurso que algún día pudo ser constructivo —y que la España liberal no entendió— es hoy francamente destructivo: nada pretenden realmente crear pues de la mano de socios tales como Bildu-ETA o ERC lo único que pueden crear son unas Provincias Vascongadas o una Cataluña marxista o, al menos, complaciente con el marxismo, esto es, las antípodas de los orígenes de estos nacionalismos.

Su discurso de hoy es destructivo y su único fin es la destrucción de España. No de la España liberal a la que, como digo, combatieron en sus orígenes y en cuyo combate yo me podría poner a su lado. No: de la destrucción lisa y llana de España.

***

Nota: El presente escrito, que pretendo depurar y continuar en días venideros, no es sino resumen de las reflexiones que acerca de este problema he venido haciendo en este foro desde el año 2006 y que se pueden repasar en los siguientes

Vínculos:

Pío Moa: la estupidez de Libertad Digital y la injusticia de generalisimofranco.com. Conceptos Esparcidos,diciembre, 2011.
Moa ‘vs’ Vidal
. Conceptos Esparcidos, julio, 2011.
Moa ‘vs’ Vilches
. Conceptos Esparcidos, junio, 2011.
Luz de Trento
. Conceptos Esparcidos, junio, 2011.
Ante la nueva embestida del odio anticatólico en España
. Conceptos Esparcidos, marzo, 2011.
Otra vez el Rey
. Conceptos Esparcidos, febrero, 2010.
Pacta sunt servanda
. Conceptos Esparcidos, diciembre, 2009.
¡Esto se hunde!
Conceptos Esparcidos, agosto, 2009.
Comentarios al escrito “A favor del término ‘Euskal Herria’”
. Conceptos Esparcidos, julio, 2009.
A favor del término “Euskal Herria”
. Conceptos Esparcidos, julio, 2009.
Rosa Díez: una ventana de aire fresco. Conceptos Esparcidos, enero, 2009.
Joan Tardà grita ¡Muera el Borbón! Conceptos Esparcidos, diciembre, 2008.
Don Juan Alberto Belloch
. Conceptos Esparcidos, abril, 2008.
Si la Iglesia se mundaniza…
Conceptos Esparcidos, febrero 2008.
Los reyes merovingios
. Conceptos Esparcidos, noviembre, 2007.
En defensa de la monarquía española
. Conceptos Esparcidos, octubre, 2007.
El toro de Osborne
. Conceptos Esparcidos, agosto, 2007.
La Coca-Cola
. Conceptos Esparcidos, marzo, 2007.
A vueltas con “La expulsión de los moriscos”
. marzo, 2007.
El estatuto andaluz
. Conceptos Esparcidos, febrero, 2007.
La expulsión de los moriscos
. Conceptos Esparcidos, febrero, 2007.

España, ¡Antes rota que roja!
. Conceptos Esparcidos, enero, 2007.
Javier Moreno y los (nefastos) periódicos. Conceptos Esparcidos, noviembre, 2006.
Las “democracias avanzadas” y 1984
. Conceptos Esparcidos, enero, 2006.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 enero, 2013 at 12:13

Santa Misa de la Maternidad Divina de María. Vaticano, 31 de diciembre de 2012.

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SANTA MISA DE LA MATERNIDAD DIVINA

RITOS INICIALES

PROCESIÓN DE ENTRADA

SALUDO INICIAL

SACERDOTE: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

CONGREGACIÓN: Amen.

[S] Pax vovis.

[C] Et cum spritu tuo.

ACTO PENITENCIAL

[S] Fratres, agnoscamus peccata nostra, ut apti simus ad sacra mysteria celebranda.

Confiteor Deo omnipotenti et vobis, fratres, quia peccavi nimis cogitatione, verbo, opere et omissione: mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. Ideo præcor beatam Mariam semper Virginem, omnes Angelos et Sanctos, et vos, fratres, orare pro me ad Dominum Deum nostrum. Misereatur nostri omnipotens Deus, et dimissis peccatis nostris, perducat nos ad vitam æternam.

[C] Amen.

Kyrie, eleison.
Kyrie, eleison.
Christe, eleison.
Christe, eleison.
Kyrie, eleison.
Kyrie, eleison.

GLORIA

[S] GLORIA IN EXCELSIS DEO

[C] et in terra pax hominibus bonæ voluntatis. Laudamos te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam, Domine Deus, Rex cælestis, Deus Pater omnipotens. Domine Fili unigenite, Iesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris: qui tollis peccata mundi, miserere nobis; qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram. Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis. Quoniam tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Iesu Christe, cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris. Amen.

ORACIÓN COLECTA

[S] Oremus.

Deus, qui salutis aeternae beatae Mariae virginitate foecunda humano generi praemia praestitisti: tribue, quaesumus, ut ipsam pro nobis intercedere sentiamus, per quam meruimus, Auctorem vitae suscipere. Per Dominum nostrum Iesum Christum filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum.

[C] Amen.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA (Antiguo Testamento)

LECTOR: Libro de los Números:

El Señor dijo a Moisés:
Habla así a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas.  Les dirán:
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.

Nm, 6, 22-27.

Verbum Domini.

[C] Deo gratias.

SALMO RESPONSORIAL

[L] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.
[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

[L] Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga y que le teman,
hasta los confines del orbe.

[C] Deus misereatur nostri, et benedicat nobis.

Salm, 66, 2-8.

SEGUNDA LECTURA (Nuevo Testamento)

[L] Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero  por la gracia de Dios.

Gál, 4, 4-7.

[L] Verbum Domini.

[C] Deo gratias.

TERCERA LECTURA (Evangelio)

[C] Hallelujah!

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Lectio Sancti Evangeli secundum Lucam.

[C] Gloria a tibi domine.

[S] In illo tempore venerunt pastores faestinates usque Bethlehem et invenerunt Mariam et Ioseph et infantem positum in praesepio. Videntes autem notum fecerunt verbum, quod dictum erat illis de puero hoc. Et omnes, qui audierunt, mirati sunt de his, quae dicta erant a pastoribus ad ipsos. Maria autem conservabat omnia verba haec conferens in corde suo. Et reversi sunt pastores glorificantes et laudantes Deum in omnibus, quae audierant et viderant, sicut dictum est ad illos. Et postquam consummati sunt dies octo, ut circumcideretur, vocatum est nomen eius Iesus, quod vocatum est ab angelo, priusquam in utero conciperetur.

Lc, 2, 16-21.

[S] Verbum Domini.

[C] Laus tibi, Christe.

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

«Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros». Así, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, después de haber escuchado en la primera lectura la antigua bendición sacerdotal sobre el pueblo de la alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada año Dios proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre que viene pronunciado tres veces en la solemne fórmula de la bendición bíblica. Resulta también muy significativo que al Verbo de Dios, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» como la «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9.14), se le dé, ocho días después de su nacimiento – como nos narra el evangelio de hoy – el nombre de Jesús (cf. Lc 2,21).

Estamos aquí reunidos en este nombre. Saludo de corazón a todos los presentes, en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que este año tiene como tema «Bienaventurados los que trabajan por la paz».

A pesar de que el mundo está todavía lamentablemente marcado por «focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado», así como por distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que «las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda… El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)» (Mensaje, 1). Esta bienaventuranza «dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana …Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación» (ibíd., 2 y 3). Sí, la paz es el bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo, construir con todas las fuerzas.

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el fundamento, el origen, la raíz de esta paz? ¿Cómo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la liturgia de hoy. Los textos bíblicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de María, la Madre de Jesús. A ella, durante los días en los que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos: no sólo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret a Belén, el no encontrar sitio en la posada, la búsqueda de un refugio para la noche; y después el canto de los ángeles, la visita inesperada de los pastores. En todo esto, sin embargo, María no pierde la calma, no se inquieta, no se siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su corazón, reflexionando sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustaría tener en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia, acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.

El texto evangélico termina con una mención a la circuncisión de Jesús. Según la ley de Moisés, un niño tenía que ser circuncidado ocho días después de su nacimiento, y en ese momento se le imponía el nombre. Dios mismo, mediante su mensajero, había dicho a María –y también a José– que el nombre del Niño era «Jesús» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31); y así sucedió. El nombre que Dios había ya establecido aún antes de que el Niño fuera concebido se le impone oficialmente en el momento de la circuncisión. Y esto marca también definitivamente la identidad de María: ella es «la madre de Jesús», es decir la madre del Salvador, del Cristo, del Señor. Jesús no es un hombre como cualquier otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por eso la Iglesia ha dado a María el título de Theotokos, es decir «Madre de Dios».

La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que esta unida al esplendor del rostro de Dios, según el texto del Libro de los Números, que transmite la bendición utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las asambleas litúrgicas. Una bendición que repite tres veces el santo nombre de Dios, el nombre impronunciable, y uniéndolo cada vez a dos verbos que indican una acción favorable al hombre: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine el Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (6,24-26). La paz es por tanto la culminación de estas seis acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro sobre nosotros.

Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la máxima felicidad: «lo colmas de gozo delante de tu rostro», dice el salmista (Sal 21,7). Alegría, seguridad y paz, nacen de la contemplación del rostro de Dios. Pero, ¿qué significa concretamente contemplar el rostro del Señor, tal y como lo entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado. Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de su Nombre que Jesús nos ha manifestado, comprender algo de su vida íntima y de su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la humanidad. Lo expresa el apóstol Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas (4,4-7), al hablar del Espíritu que grita en lo más profundo de nuestros corazones: «¡Abba Padre!». Es el grito que brota de la contemplación del rostro verdadero de Dios, de la revelación del misterio de su Nombre. Jesús afirma: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a través del don del Espíritu Santo derramado en nuestro corazones, nos ha hecho conocer que en él también nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en el texto que hemos escuchado: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba Padre!”» (Ga 4,6).

Queridos hermanos, aquí está el fundamento de nuestra paz: la certeza de contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en el Hijo, y de tener así, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el niño experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del rostro del Señor sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestación de su paternidad; el Señor vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y nos da paz. Aquí está el principio de esa paz profunda –«paz con Dios»– que está unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los cristianos de Roma (cf. Rm 5,2). No hay nada que pueda quitar a los creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Que la Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Madre de Dios, nos ayude a contemplar el rostro de Jesús, Príncipe de la Paz. Que nos sostenga y acompañe en este año nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don de la paz.

Amén.

CREDO

Credo in unum Deum,
Patrem omnipotentem,
factorem caeli et terrae,
visibilium ominum et invisibilium.
Et in unum Dominum Iesum Christum
Filium Dei unigenitum.
Et ex Patre natum ante omnia saecula.
Deum de Deo, lumen de lumine,
Deum verum de Deo vero.
Gentium, non factum, consubtantialem Patri:
per quem omnia facta sunt.
Qui propter nos homines
et propter nostram salutem descendit de caelis
Et incarnatus est de Spiritu Sancto
ex Maria Virgine et homo factus est.
Crucifixus etiam pro nobis:
sub Pontio Pilato passus et sepultus est.
Et resurrexit tertia die, secundum scripturas.
Et ascedit in caelum: sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
inducare vivos et mortuos:
cuius regni non erit finis.
Et in Spiritum Sanctum,
Dominum et vivificantem:
qui ex Patre et Filioque procedit.
Qui cum Patre et Filio
simul adoratur et conglorificatur;
qui locutus est per Prophetas.
Et unam sanctam catholicam
et apostolicam Ecclesiam.
Confiteor unum baptisma
in remissionem peccatorum.
Et exspecto resurrectionem mortuorum.
Et venturi saeculi.
Amen.

ORACIÓN POR LOS FIELES

[S] Queridísimos hermanos: ayudados por el ejemplo de la Santa Madre de Dios, María Santísima, digamos nuestra plegaria con fe al dador de todo bien:

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro Ecclesia sancta Dei:

[L] Para que la Santa Madre de Dios la conduzca en su misión de promover el diálogo y la paz entre todas las personas a través de la acción pastoral del Papa y de los obispos,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro publicis moderatoribus:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor dé a los gobernantes, a los legisladores y a los hombres de ciencia, el respeto y el cuidado por la maternidad, don altísimo de Dios a la Humanidad,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro familiis:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor que, junto a san José, cuidó del Niño Jesús con inefable amor ayude a los padres y a las madres a ser para sus hijos educadores y testigos de la fe,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro universo mundo:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor obtenga para las naciones que sufren, laceradas por la guerra, el don de la paz, de la Navidad, y en todos los pueblos sean respetados la libertad y la dignidad de la vida humana,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Oremus pro familia Dei Domini hodie hic congregata:

[L] Para que la Santa Madre del Redentor nos ayude a dar testimonio con alegría de la pertenencia al Señor y a anunciar con franqueza y perseverancia el Reino de Dios,

[S] Dominus deprecemur.

[C] Te rogamos, audi nos.

[S] Dios Padre de inmenso amor, acoge benigno la plegaria y las súplicas de tu iglesia que hoy celebra a la bienaventurada siempre Virgen María, Madre de tu querido Hijo Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA

PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS

[S] Orate, fratres: ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotentem.

[C] Suscipiat Dominus sacrificium de manibus tuis ad laudem et gloriam nominis sui, ad utilitatem quoque nostram, totiusque Ecclesiæ suæ sanctæ. Amen.

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Sursum corda.

[C] Habemus ad Dominum.

[S] Gratias agamus Domino Deo nostro.

[C] Dignum et iustum est.

PREFACIO

[S] Vere dignum et iustum est, aequum et salutare, nos tibi semper et ubique gratias agere: Domine, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus: Christum Dominum nostrum. Per quem maiestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Caeli caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exsultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces ut admitti iubeas, deprecamur, supplici confessione dicentes:

[C] Sanctus, Sanctus, Sanctus,
Dominus Deus, Sabaoth.
Pleni sunt coeli et terra gloria tua.
Hosanna in excelsis.
Benedictus qui venit in nomine Domini.
Hosanna in excelsis.

EPÍCLESIS

(La congregación se arrodilla).

[S] Vere Sanctus es, Domine, et merito te laudat omnis a te condita creatura, quia per Filium tuum, Dominum nostrum Iesum Christum, Spiritus Sancti operante virtute, vivificas et sanctificas universa, et populum tibi congregare non desinis, ut a solis ortu usque ad occasum oblatio munda offeratur nomini tuo. Supplices ergo te, Domine, deprecamur, ut hæc munera, quæ tibi sacranda detulimus, eodem Spiritu sanctificare digneris, ut Corpus ✠ et Sanguis✠ fiant Filii tui Domini nostri Iesu Christi, cuius mandato hæc mysteria celebramus.

CONSAGRACIÓN

Ipse enim in qua nocte tradebatur, accepit panem, et tibi gratias agens benedixit, fregit, deditque discipulis suis dicens:

ACCIPITE ET MANDUCATE EX HOC OMNES: HOC EST ENIM CORPUS MEUM, QUOD PRO VOBIS TRADETUR.

Simili modo, postquam cenatum est, accipiens calicem, et tibi gratias agens benedixit, deditque discipulis suis dicens:

ACCIPITE ET BIBITE EX EO OMNES: HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS MEI NOVI ET ÆTERNI TESTAMENTI, QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDETUR  IN REMISSIONEM PECCATORUM. HOC FACITE IN MEAM COMMEMORATIONEM.

ACLAMACIÓN

(La congregación se pone de pie).

[S] Mysterium fidei.

[C] Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias.

INTERCESIÓN

[S] Memores igitur, Domine, eiusdem Filii tui salutiferæ passionis necnon mirabilis resurrectionis et ascensionis in cælum, sed et præstolantes alterum eius adventum, offerimus tibi, gratias referentes, hoc sacrificium vivum et sanctum. Respice, quæsumus, in oblationem Ecclesiæ tuæ et, agnoscens Hostiam, cuius voluisti immolatione placari, concede, ut qui Corpore et Sanguine Filii tui reficimur, Spiritu eius Sancto repleti, unum corpus et unus spiritus inveniamur in Christo.

Ipse nos tibi perficiat munus æternum, ut cum electis tuis hereditatem consequi valeamus, in primis cum beatissima Virgine, Dei Genetrice, Maria, cum beatis Apostolis tuis et gloriosis Martyribus et omnibus Sanctis, quorum intercessione perpetuo apud te confidimus adiuvari.

DOXOLOGÍA

Hæc Hostia nostræ reconciliationis proficiat, quæsumus, Domine, ad totius mundi pacem atque salutem. Ecclesiam tuam peregrinantem in terra, in fide et caritate firmare digneris cum famulo tuo Papa nostro Benedictum, cum episcopali ordine et universo clero et omni populo acquisitionis tuæ.  Votis huius familiæ, quam tibi astare voluisti, adesto propitius. Omnes filios tuos ubique dispersos tibi, clemens Pater, miseratus coniunge. Fratres nostros defunctos et omnes, qui tibi placentes, ex hoc sæculo transierunt, in regnum tuum benignus admitte, ubi fore speramus, ut simul gloria tua perenniter satiemur.

Per Christum dominum nostrum, per quem mundo bona cuncta largiris.

Per ipsum, et cum ipso, et in ipso est tibi Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia sæcula sæculorum.

[C] Amen.

PATERNOSTER

[S] Præceptis salutaribus moniti, et divina institutione formati, audemus dicere:

[C] Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.

Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris:
et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo.

[S] Libera nos, quæsumus, Domine, ab omnibus malis, da propitius pacem in diebus nostris, ut, ope misericordiæ tuæ adiuti, et a peccato simus semper liberi et ab omni perturbatione securi: exspectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Iesu Christi.

[C] Quia tuum est regnum et potestas, et gloria in sæcula.

[S] Domine Iesu Christe, qui dixisti Apostolis tuis: Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis: ne respicias peccata nostra, sed fidem Ecclesiæ tuæ; eamque secundum voluntatem tuam pacificare et coadunare digneris. Qui vivis et regnas in sæcula sæculorum. Amen.

Pax Domini sit semper vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

[S] Offerte vobis pacem.

[C] Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: dona nobis pacem!

[S] Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi. Beati qui ad cenam Agni vocati sunt.

[C] Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum: sed tantum dic verbo, et sanabitur anima mea.

COMUNIÓN

ORACIÓN

[S] …per Christum Dominum nostrum.

[C] Amen.

[S] Dominus vobiscum.

[C] Et cum spiritu tuo.

RITOS DE DESPEDIDA

BENDICIÓN

[S] Et benedictio Dei omnipotentis, Patris ✠et Filii ✠et Spiritus Sancti ✠descendat super vos et maneat semper.

[C] Amen.

ITE, MISSA EST

[S] Ite, missa est.

[C] Deo gratias.

Vínculo; se puede ver la Misa completa celebrada por el Santo Padre en la basílica de San Pedro del Vaticano el 31 de diciembre de 2012 en:

Misa de la Maternidad Divina de María. RTVE.

Esta entrada ha merecido la atención de ser reproducida, con su correspondiente cita, en Globedia.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

7 enero, 2013 at 14:39

La Adoración de los Reyes Magos

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La Adoración de los Reyes Magos. Mabuse.

Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. 
Entraron en la casa; vieron al Niño con María, su madre, y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.

Mt, 2, 10-11.

Vínculos:

Fiesta de la Epifanía o Día de Reyes. Arciprensa.
Carta del Santo Padre Juan Pablo II a los artistas. Vaticano.
Adoración de Los Reyes. Estampas bíblicas. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

5 enero, 2013 at 17:51