Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Carta abierta a mi sobrino

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Dulce hijo de mi vida,
juro por lo que te quiero
que no ser el mensajero
me causa pena crecida.
[…]

Mas, cuando sufra tu edad
tratar de mayores cosas,
con palabras amorosas
te enseñaré la verdad,
 
no con rigor que te ofenda,
ni blandura que te dañe,
ni aspereza que te extrañe,
ni temor que te suspenda;
 
antes, con sana dotrina
y término compasado,
conforme soy obligado
por ley humana y divina.
[…]

Más vale un tardar prudente,
aunque cause pena esquiva,
que la priesa intempestiva
si el caso no la consiente.
 
Que mejor es con trabajo
esperar lo deseado
que perder lo trabajado
por codicia de un atajo.

Juan Rufo.

Mi querido Guillermo,

comprenderás la sorpresa que me ha causado hoy el ver, en la portada de Las Provincias, tu fotografía, en primerísimo plano,  voceando en un acto de boicot que unas decenas de estudiantes realizasteis ayer al acto de apertura de curso en el paraninfo de la otrora llamada Universidad Literaria de Valencia.

Tentado he estado de escribir desagradable sorpresa, pero bien entiendo que está en la naturaleza de la juventud, imbuida de ideas tan nobles como simples y utópicas, tan ensoberbecida por el excesivo apego al juicio propio como fácil de ser engañada por ideas tan falaces como simples y tan simples como envenenadas, está en la naturaleza de la juventud, digo, el realizar estos actos gamberros y caer en estas equivocaciones. Si lo sabré yo que, cuando joven, recién fallecido el Caudillo, me dedicaba a lanzar pedradas a los grises en horas lectivas.

Sé pues, muy bien que entra en la naturaleza de la juventud el querer cambiar el mundo y, quizá, así deban de ser las cosas. Quizá un joven sin estos ímpetus, aunque equivocados, no sea sino un viejo prematuro. Tiempo tendrás, madurando, de irlos puliendo y, seguramente, de arrepentirte de haber figurado entre quienes ayer abucheaban al señor Arzobispo como yo me arrepiento ahora de haberle tirado piedras a un guardia mientras él, impertérrito y estoico, las recibía sin hacer nada.

Te hablo de los tiempos del laterofranquismo.

En cualquier caso, estas ideas, más o menos nobles, como cualesquiera otras, se pueden y se deben defender sin necesidad de pegar gritos en un paraninfo ni de boicotear ningún acto académico.

***

Conozco, pues, muy bien, este talante de la juventud. Lo conozco muy bien.

Pero lo conoce, todavía mejor la izquierda, una de cuyas principales armas ha sido en toda su historia, y lo sigue siendo, la utilización de este ímpetu juvenil para fomentar algaradas y revoluciones. Para cambiar gobiernos o para principiar guerras civiles según su antojo.

Aprovechando, pues, todas estas condiciones que os caracterizan a los jóvenes, entre las que se incluye, muy en primer lugar, el gregarismo, le es muy fácil utilizaros en pro de sus intereses partidistas y en pro de su concepción fanática del mundo porque, si las características de la juventud son, entre otras y hablando en términos generales, las que te he dicho, una característica fundamental de la izquierda es que no tiene escrúpulos. Ningún escrúpulo.

Vaya esto como reflexión inicial. Pasemos ahora al meollo del asunto, al hecho particular que ha motivado vuestra algarada.

***

Y el meollo del asunto, Guillermo, es que no hay dinero.

Tu vida hasta ahora ha sucedido en un ambiente de mediana riqueza y de despilfarro por parte de todos, gobernantes y gobernados. Has tenido una vida grata y fácil que te ha permitido estudiar Arte, estudiar italiano; has viajado, y viajas, a países y a ciudades —a las que a tu tío, que ahora te escribe, ni se le ha pasado por la imaginación viajar—, becado por el erario público y te puede parecer que esto es un derecho que intenta arrebatarte la derecha antipática y aguafiestas, cuando no fascista.

Pero el hecho es que no hay dinero para seguir con esta fiesta. Y, sí: es necesario disminuir los gastos en educación, como lo es reducirlos en la sanidad y en todas las partidas de los presupuestos.

En esto andan el señor Fabra y el señor Rajoy que, como lo que desean es perder las próximas elecciones —entiende la ironía—, se dedican a adoptar estas medidas tan poco gratas como impopulares.

***

Tu vida, como la de todos los jóvenes de tu generación, ha sido modelada por dos grandísimos errores de los que no sois vosotros culpables en absoluto, sino nosotros: la generación anterior a la vuestra.

Es el primero la idea falacísima de que tenemos derecho a ser felices. De que nacemos con ese derecho:

“Porque yo tengo derecho a ser feliz”,

viene a decir no recuerdo que anuncio de la televisión.

No, Guillermo. En absoluto nacemos con ese derecho y ahí está la vida, con su inevitable y terrible invasión de sucesos contrarios, que diría Fernández de Andrada en su Epístola moral, cuya lectura de cabo a rabo te recomiendo —hoy, seguramente, se pueden contar contar con los dedos de una mano las personas que la han leído más allá de su primera estrofa: “Fabio, las esperanzas cortesanas – prisiones son do el ambicioso muere, etcétera”—, ahí está la vida, te digo, para convencernos de ello.

Esta idea moral fue una de las causas de mi conversión al catolicismo: la moral atea contemporánea nos dice eso; nos dice que tenemos derecho a ser felices; la Iglesia católica romana nos enseña, empero, que vivimos en un valle de lágrimas y esto mismo nos dijeron nuestros clásicos. Entiende quién nos dice la verdad y quien nos engatusa.

Entiende la inmensa diferencia diferencia que media entre el pensamiento clásico y el decadente.

Y entiende, de paso, por qué, hoy en día, no te vas a encontrar, ni por casualidad, en el autobús ni en ningún sitio, a nadie leyendo a un clásico: el pensamiento de la gente de nuestros días lo troquela las portadas de las bazofias que la industria editorial moderna coloca llamativamente en la sección de librería de El Corte Inglés.

Así comprenderás parte del origen de este primer error.

***

El segundo error grandísimo es la convicción tan extendida, al menos en España —no así en los países anglosajones, hasta ahora, en los que miran con lupa el gasto público—, de que esta felicidad nos la debe de proporcionar el Estado y que debe de correr a cargo del erario público. De esto se ha valido el sistema de partidos que padecemos, de todos los partidos —si bien unos más que otros—, para comprar nuestros votos con nuestro dinero. Así se ha malgastado de nuestro dinero lo que no está escrito y así hemos llegado a endeudarnos hasta el punto de que no podemos pagar ni los intereses de la deuda.

Y tú, lo que pides con tus voces ¿es que sigamos endeudándonos más?

***

Pero no es ya cuestión de dinero. No es cuestión de que nos pese más o menos la lápida de una deuda enorme de la que somos todos responsables. La cuestión es más profunda: lo que estás pidiendo es que se mantenga este estado omnipresente, asfixiante, castrador de la iniciativa privada, enemigo de la verdadera libertad de la persona, por más que se le hinche la boca diciendo lo contrario.

Estás prefiriendo al Estado frente a la libertad del individuo. Nos estás diciendo que debe de ser el individuo, a cambio de la zanahoria que le da el Estado, el que viva para éste y no que sea el Estado, como debería ser, un mero instrumento de garantía de la libertad del individuo. Estás prefiriendo, en fin, aunque no lo creas, la esclavitud frente a la libertad.

Orwell explica esto muy bien

Y la libertad tiene estas cosas, Guillermo: es difícil, es costosa, es sacrificada. Nada nos regala porque, a los hombres verdaderamente libres, ni nada nos tiene que regalar, ni nada le pedimos que nos regale.

En ella lo esencial es la lucha del individuo; la lucha, equivocada o acertada, de la persona.

***

Mas la persona no está sola. Frente a este mastodóntico Estado del que te hablo, hay otras instituciones, mucho más naturales, esencialmente la familia, que son las que, verdaderamente, deben de ayudar a aquélla frente a las dificultades de la vida. El Estado, según esta concepción de las cosas, debería de reducirse a lo mínimo indispensable y a aquello para lo que fue ideado: la administración de Justicia, la Defensa y, sobre todo, la administración cabal y escrupulosa de nuestros impuestos.

Ni que decir tiene que una de las labores de este Estado tiránico que hemos elegido es cargarse a la institución familiar, para ponerse, ¡cómo no! en su lugar.

Tú debes de elegir entre el calor cómodo del rebaño y el azar incómodo del ser humano verdaderamente libre.

***

Por otra parte, mucha razón tienes en quejarte. Nuestra generación, la generación de tus padres, es culpable de haberse creído la majadería esta de la democracia liberal —grandísima contradicción terminológica en tan escueta frase—  y es culpable de haber asumido, entre muchos otros, estos dos inmensos errores. El resultado es que nuestra generación ha vivido muy bien en lo que a los aspectos materiales se refiere y ha criado a la vuestra entre algodones.

¿Para qué?

Para darnos cuenta ahora de que ni el Estado puede seguir pagando in toto vuestra educación ni nuestro tren de vida, ni tal educación os va a servir para acceder al mundo del trabajo, ni, lamentablemente, para casi nada.

Sin embargo, ante este estado de las cosas, y aunque tengas razones más que sobradas para vociferar, tu vociferación en el Paraninfo me parece que no es más que pedir que se siga aplicando la misma medicina equivocada.

Como escribió, hace años, don Pío Moa,

los rojos nunca aprenden; si ven que la medicina que aplican no da resultado, no se preguntan si el error está en el medicamento. No. De lo que, pagados de sí mismos, están convencidos es que, si en algo hierran, no es en el medicamento, sino en la insuficiencia de la dosis.

Y tú no estás pidiendo, con tus voces, cambiar el medicamento. Lo que estás pidiendo es aumentar la dosis de esta medicina equivocada.

***

Acabo. Te he dicho más arriba que el estado, la república, la res pública de la que tanto han tratado nuestros mejores pensadores empezando por Platón y acabando por el padre Mariana, no es quien debe de proporcionarnos la felicidad. Quiero desdecirme en parte y puntualizar esta aseveración.

En efecto, todos estos pensadores han venido a concluir que la razón última filosófica de ser de la república —del Estado; de la agrupación de las personas en naciones— es el bienestar del ciudadano y el trabajar por que la mayoría de ellos alcancen el mayor grado de felicidad posible. Así lo entendía la, a mi modo de ver, mejor forma de gobierno, la mejor forma de república que ha existido: nuestra monarquía tradicional desaparecida hace doscientos años. Cuando te decía que el Estado no es quien debe de proporcionarnos esta felicidad no me refería a esto. Me refería a  que la felicidad ni la dan estos regalos de los gobernantes demócratas ni consiste en el mero disfrute de bienes materiales. Antes bien, pensaba en las palabras del testamento de nuestro frustrado Rey, don Carlos VII:

Gobernar no es transigir. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste las pasiones en el hombre bien equilibrado.

¡Lástima que eligiéramos la dinastía equivocada!

Te quiere tu tío,

Carlos.

Vínculos:

Carta que Juan Rufo escribió a su hijo siendo muy niño. De Flor de Pretericiones en Conceptos Esparcidos.
Testamento político de S.M.C. Carlos VII. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

22 septiembre, 2012 a 20:30

Publicado en Política

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