Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

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Historia de la fundación del Monasterio de El Escorial, 2

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Biblioteca
 
 
Fray José de Sigüenza
 
 
 

Dos años después de publicada mi edición de la primera parte de la Historia de la Fundación del Monasterio de El Escorial, de fray José de Sigüenza, recién acabo la edición de la segunda parte y, aprovechando la efeméride que hoy celebramos, festividad de san Lorenzo, me apresuro a publicarla aquí con el deseo de compartir obra tan notable como el sujeto del que trata, con la esperanza de que alguien, por estos mundos de Internet, la halle y disfrute de ella al menos tanto como yo lo he hecho en las múltiples y reiteradas lecturas que de ella he tenido que hacer y, en fin, con el alivio de culminar hoy una obligación que me impuse hace años.

Como he dicho otras veces, no puede encontrarse mejor guía del monasterio que este libro escrito por quien lo vio nacer desde el asentamiento de su primera piedra y quien fuera, sucediendo a Benito Arias Montano, su segundo bibliotecario.

Si en la primera parte disfrutamos de la historia de los orígenes y de los avatares de la construcción del monasterio sazonados con mil anécdotas y, sobre todo, con la conmovedora relación de la edificante muerte de don Felipe II, esta segunda parte, en la que se describe minuciosamente casi hasta la última estancia del monasterio, no nos hará gozar menos.

Si bien la materia, dada la dificultad de describir por escrito una obra de arte plástico, es más árida que el relato de su historia y, como nos dice el mismo fray José:

¿Cómo es posible significar la gracia, el ornato, la grandeza, la entereza, igualdad y la unidad y la majestad que todo este edificio representa, si la vista y el buen juicio no lo comprehenden? Yo mismo me enfado de escribirlo, y jamás me harto de verlo, que esto tiene la arquitectura cuando se escribe,

no se entrega a ella el autor con poco entusiasmo ni, como digo, minuciosidad.

Minuciosidad de la que nos puede dar una idea la definición que hace del pie, medida a la que siempre va referida toda su descripción:

El pie es una tercia de vara castellana, que tiene cuatro palmos, y cada palmo cuatro dedos, y cada dedo cuatro granos de cebada ladilla, que es la última resolución, y el indivisible, hablando filosóficamente, a que se reduce la medida de la cantidad continua, y de este pie iremos siempre hablando en las medidas, porque con él están hechos los diseños o estampas y todo el edificio.

Así es todo el libro: una continuo salto desde el detalle concreto y hasta prosaico, a la reflexión unas veces filosófica, otras religiosa, otras científica, otras artística pero siempre tan precisa como oportuna; tan docta como ocurrente. Y si no, ahí está esta sutileza grandísima y yo diría que hasta humorística que existe en la identificación del grano de cebada ladilla con el indivisible último, párrafo con el que fray José nos quiere hacer comprender cabalmente, al comienzo de su obra, de qué medidas está hablando.

En ella nos sigue regalando anécdotas del carácter del gran rey Felipe II, por quien fray José sentía honda admiración y respeto: así nos cuenta cómo, no contentando al rey una pintura que Federico Zúcaro había realizado de la Natividad del Señor y de la Adoración de los Reyes para el claustro grande, al presentárselas:

…no le respondió ninguna cosa, mostrándole aquel buen semblante y gracia que daba por respuesta a todos, que jamás lo supo dar malo a nadie.

O, cuando nos refiere la riqueza y abundancia de las vestiduras litúrgicas que el rey había dejado para la sacristía, nos dice:

No se les haga maravilla que para los altares de Dios y para tan inefable misterio como el de su cuerpo y de su sangre, pusiese tanto cuidado en dejarlo así un Rey tan pío y tan poderoso, que sé yo ha muchos años que traía el jubón y las calzas con más de un remiendo.

Las explicaciones sobre los detalles del edificio son infinitas y sazonadísimas. Por señalar una aquí, señalaré la razón que nos da de por qué el cimborio de la iglesia quedó algo más bajo de lo que su natural proporción y buena gracia pedía:

Este defecto se siguió del miedo que puso uno de los cuatro pilares, que, por falta de los maestros y asentadores, comenzó a hender y rajarse por algunas partes aun antes que tuviese otro peso encima más de su misma grandeza; así temieron que no había de poder sufrir la carga de tan gran cimborio el que a sí mismo no se sufría. Y trataron de aligerarlo, quitándole todo el peso de este pedestal, harto contra la voluntad del Arquitecto Juan de Herrera, que, como hombre de gran juicio, conoció que la falta no venía del peso, sino de la mala labor, mal asiento y la desigualdad del grano de la piedra de dentro con la de fuera, y como no se resistían aquellas igualmente, echaban la carga a los sillares de fuera y reventaban con ella, desamparados de ayuda.

De de la crítica pictórica, que tanto enriquece a este libro, entresaco en esta pequeña sinopsis la defensa que hace de la pintura de El Bosco:

porque lo merece su grande ingenio, porque comúnmente las llaman los disparates de Jerónimo Bosco gente que repara poco en lo que mira, y porque pienso que, sin razón, le tienen infamado de hereje; tengo tanto concepto (por empezar de esto postrero) de la piedad y celo del Rey nuestro fundador, que si supiera era esto así, no admitiera las pinturas dentro de su casa, de sus claustros, de su aposento, de los capítulos y de la sacristía; todos estos lugares están adornados con ellas; sin esta razón, que para mí es grande, hay otra que se toma de sus pinturas: vense en ellas casi todos los Sacramentos y estados y grados de la Iglesia, desde el Papa hasta el más ínfimo, dos puntos en que todos los herejes estropiezan.

Y, más adelante:

…que no pretendían otra cosa sino mostrarnos las malas costumbres, hábitos o siniestros avisos, de que se visten las almas de los miserables hombres, que por soberbia son leones; por venganza, tigres; por lujuria, mulos, caballos, puercos; por tiranía, peces; por vanagloria, pavones; por sagacidad y mañas diabólicas, raposos; por gula, gimios y lobos; por insensibilidad y malicia, asnos; por simplicidad bruta, ovejas; por travesura, cabritos, y otros tales accidentes y formas que sobreponen y edifican sobre este ser humano; y así se hacen estos monstruos y disparates, y todo para un fin tan apocado y tan vil como es el gusto de una venganza, de una sensualidad, de una honrilla, de una apariencia y estima, y otras tales que no llegan apenas al paladar, ni a mojar la boca, cual es el gusto y saborcillo de una fresa o madroño, y el olor de sus flores, que aun muchos con el olor se sustentan.

O el comentario humorístico que hace al encomiar La Cena de Tiziano, colocada en el refectorio:

están tan vivas y con tanto espíritu las figuras, que parecen ellas las que hablan y comen, y los frailes los pintados.

O, en fin, su rotunda sentencia:

Dicen algunos, y bien, que si el Bonarroto dibujara un Adán y Rafael una Eva, y el Tiziano coloriera y pintara el Adán y Antonio de Acorezo la Eva, que tuviéramos lo que se podía desear en género de pintura.

No quiero resultar enfadoso citando párrafos y partes de la obra, menester en el que me podría extender hasta el infinito: descripción de la Biblioteca, su simbología, cuenta al céntimo del coste del monumento, estudio de las Ciencias de la Naturaleza que en el monasterio se hacía o reflexiones sorprendentes para leídas, en la España de nuestros días, en un escrito de hace cuatrocientos años como:

Extendió España sus brazos, al parecer, para abarcar o para encerrar muchos reinos en su seno, y no ha sido en la verdad sino para que la sangren por ellos.

Etcétera.

Para ello, aquí dejo la obra entera y valgan estos párrafos entresacados de ella como aperitivo que despierte el apetito de su lectura en el lector curioso.

Notas a la presente edición:

La presente edición se basa en la de la Editorial Aguilar de 1988. De ella me he limitado a corregir erratas tipográficas evidentes y … (pendiente)

Vínculos:

Primera parte: De la fundación del Monasterio. En Conceptos Esparcidos.
Fray José de Sigüenza: su vida y su obra. José Luis García de Paz.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 agosto, 2012 at 15:29