Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Zapatero visto por Pérez-Reverte

with one comment

Un amable corresponsal me llama la atención sobre el artículo (por no decir necrológica) que Arturo Pérez-Reverte ha dedicado recientemente a Zapatero.

Hace pocos días expresé mi opinión acerca de Pérez-Reverte en el blog de Pío Moa: como novelista me parece funesto; se limita a colocar a unos cuantos personajes, por no decir pasmarotes, en el ambiente artificial de una época antigua tal como él la imagina a la luz de nuestros días, cargada de prejuicios y de estereotipos y, en tal cuadro, coloca a tales pasmarotes sin alma —la mayor falta y el mayor pecado que pueden caber en la novela— y les hace seguir un argumento sin ningún interés pero cargado del veneno del que nuestros contemporáneos beben y por el que conocen y entienden nuestra historia y nuestro pasado. Es algo así como las novelas de Agatha Christie: siempre el mismo escenario y los mismos personajes inanes, aunque con la ventaja, para Agatha Christie, de que ella sabía mantener algún suspense, aunque sus personajes fueran siempre los mismos en el argumento de sus novelas del que, como digo y a mi parecer, carece Pérez-Reverte. Y con la ventaja añadida para Agatha Christie de que sus novelas, aunque cargadas de asesinatos, eran inofensivas en lo que respecta a dictar nada a nadie: escribía doña Agatha para distraer.

Pérez-Reverte, quizá lo pretenda, pero no escribe para distraer. Escribe para decirnos cómo él entiende la Historia y, por ende, como debemos entenderla nosotros. No es, ni mucho menos, el único.

Nada tengo que objetar a que Pérez-Reverte se gane cumplidamente el sueldo escribiendo estas bazofias fuera de lo que dejé señalado en el blog de don Pío en el sentido de que el común de las gentes entiende nuestro pasado sólo a través de novelistas tas funestos como don Arturo y, al fin, lo que antecede no es sino mezcla de obsesión mía acerca del género novelístico —cuyo tiempo hace ya mucho que pasó— y preocupación muy grande por cómo se le envilece en nuestros días y pervierte la comprensión de nuestro pasado.

Así, si en mi comentario en aquel blog expresé mi abominación por Pérez-Reverte como novelista, al mismo tiempo y en el mismo lugar aprecié y encarecí su valor como articulista en lo que yo entiendo que vale y que es mucho.

Por eso me complace compartir al noventa y nueve por ciento el artículo que dedica a Zapatero.

Pasarán los tiempos y gente habrá que quiera intentar convencernos de la bondad de Zapatero y de la injusticia con el que nuestros contemporáneos, al fin, le retratan. Y, cuando digo nuestros contemporáneos, no me refiero a tal o cual línea editorial ni a tal o cual tertulia radiofónica. No: me refiero a la calle, al bar, a la cafetería, al puesto de trabajo. Me perece mentira pero me regocijo en comprobar que, quienes hemos venido devanándonos los seso en reflexionar cuán nefasto es este hombre, nos hemos quedado cortos y, comparados con lo que se escucha de él en la calle, en el bar, en lo que dice la gente, parece que hasta hemos sido apologetas de Zapatero.

Para las generaciones futuras que retorcerán, como es debido, los acontecimientos que hoy vivimos y que mañana serán historia, es difícil explicar —que diría La Lozana Andaluza— quién ha sido Zapatero.

De ahí la oportunidad y precisión de Pérez-Reverte en este su artículo —que no novela—.

No es que Pérez-Reverte diga nada nuevo. Acerca de la imbecilidad malvada de Zapatero hemos hablado muchos, empezando por David Gistau, quién le caló clavado en su artículo Yes de hace muchos años, y terminando por un servidor.

En fin, Pérez-Reverte retrata en su artículo con crudeza goyesca al personaje y creo que merece ser reproducido aquí:

Sobre imbéciles y malvados

No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas —gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o periodista sin haberse duchado— que babeaban haciéndole succiones entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea. Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva, señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más miedo me da un imbécil que un malvado». Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.

Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas tontas del culo que, como usted  mismo, no leyeron un libro jamás. Eso, cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos, vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles y españolas, que añadirían sus Bibianas y sus Leires, somos tan gilipollas como usted. Lo que no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en las oficinas del paro.

Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores, terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos, destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de naftalina, radiante, mientras se frota las manos.

Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos, sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado, envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años.

Arturo Pérez Reverte.

Sobre imbéciles y malvados. Del blog ‘Patente de corso’ de Pérez-Reverte.
Yes. David Gistau.
Una imbecilidad de Pérez-Reverte. Del blog de Pío Moa; décimo comentario.
El presente escrito ha sido objeto de discusión en la página Capitán Alatriste.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

4 octubre, 2011 a 19:27

Publicado en Política

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Una respuesta

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  1. Quizás no compartamos las mismas opiniones sobre algunas cosas, pero desde luego con respecto a las novelas de Arturo Pérez-Reverte, no podríamos estar más de acuerdo. Me remito a los números de 20 de julio de 2010 y de 20 de diciembre de 2011 de http://lanovelaantihistorica.wordpress.com.
    Un saludo.

    Carlos Rilova Jericó

    21 diciembre, 2011 at 11:54


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