Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Pienso, luego me lo como

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No podría ahora mismo precisar si fue a Julio Casares a quien le leí una frase, si no despreciativa, al menos, prudente hacia las enciclopedias. Venía a decir —ya digo que cito de memoria— que, si bien es muy difícil substraerse a la atracción de tener compensado en ellas todo el conocimiento humano, tal conocimiento viene a ser como prestado, adyacente y muy distinto de aquel otro, más parcial, pero más profundo, que cada uno, en mayor o menor grado, vamos adquiriendo a lo largo de nuestras vidas gracias al estudio y a la lectura.

No es que viniera a decir don Julio que debamos prescindir de ellas, ni mucho menos. Se limitaba a señalar la diferencia que hay entre el conocimiento que tenemos en nuestra mente del que tenemos en las estanterías de nuestra biblioteca o, más en nuestros días, en Internet.

Viene esto a cuento de la entrada Francisco Franco del dichoso Diccionario Biográfico Español y de la carta de hoy de PedroJ en El Mundo a sus lectores entre los que me hallo.

Comienza hablando PedroJ de la Encyclopédie Méthodique de Diderot y D’Alambert, hoy poco más que una joya bibliográfica que él —afortunado— posee en la totalidad de su primera edición y de la que yo poseo, heredado, únicamente el primer tomo de la edición parisina de 1783 encuadernado en pasta española y que, como él, considero quizá la principal joya de mi biblioteca con la excepción, claro está, de un Kempis de 1788 impreso en Madrid por la Viuda de Ibarra, Hijos y compañía.

Mas, una cosa es disfrutar del tacto de tan venerables volúmenes y otra considerarlos depositarios de un saber incontrovertible. Nos habla PedroJ en su carta de un tal doctor Menuret,  médico del Estado Mayor del general Dumouriez y autor de algunas de las entradas de la Encyclopédie tan peregrinas como:

Manstupration:  «una infinidad de enfermedades muy graves, casi siempre mortales» fruto de las manipulaciones que «los dos sexos, rompiendo los lazos de la sociedad», llevan a cabo «con sus criminales manos». Esta «secreción ilegítima de s…» provocaba unas veces la ceguera, otras el «reumatismo universal» y otras una combinación de parálisis y epilepsia, pero siempre desembocaba en «una muerte con todos los horrores de la más espantosa desesperación» (T. X, pags. 51-53),

o como:

Mort: Es un axioma generalmente adoptado que la muerte no tiene remedio. Nosotros nos atrevemos sin embargo a asegurar, basados en la estructura y las propiedades del cuerpo humano y a partir de un gran número de observaciones, que la muerte se puede curar», si bien distinguiendo entre la «muerte imperfecta» ante la que la medicina tenía, según él, ciertos recursos y la «muerte absoluta» frente a la que seguía vigente el principio latino «contra vim mortis nullum est medicamen in hortis» (T. X, pags. 725-727).

Tales barbaridades se cuelan en obras que pretenden —pretensión, por otra parte, noble— abarcar mucho en poco tiempo.

Ya cuando, a raíz de la polémica con la biografía del general Franco, publiqué mi entrada Autoritarismo vs totalitarismo, manifesté mis reticencias a que se biografiara a gente contemporánea y, más aún, de figuras tan controvertidas como la del Generalísimo.

Cuando, más tarde, leyendo el artículo de Horacio Vázquez-Rial, La Academia de la Historia y su diccionario, me enteré de que la entrada Felipe González la había redactado Juan Luis Cebrián, la de Rita Barberá, uno de sus asesores y la del general Armada, su yerno, ninguno de ellos historiadores, no pude más que reafirmarme en mi idea y acabar de decidir —al contrario que PedroJ— no adquirir tal Diccionario por muy golosa que pueda ser su posesión desde el punto de vista bibliófilo ni por muy ilustre que sea la institución que lo publica.

***

Las Reales Academias de la Lengua y de la Historia, como tantas otras instituciones, fueron creadas por nuestros últimos reyes tradicionales a lo largo del siglo XVIII y bajo el espíritu del Siglo de las Luces con la noble pretensión de que el patrocinio real contribuyera al conocimiento humano que tal siglo creía haber descubierto ex novo. Son, pues, instituciones venerables y que han construido edificios magníficos tales como el Diccionario de la Lengua Española en cuya magnificencia, a fuer de cotidiano muchas veces no reparamos hoy.

Ello no obsta para que no cometan, de vez en cuando, errores como el del dichoso Diccionario Biográfico. que, visto lo visto, me parece evidente.

Hasta aquí la exposición de tal error.

***

Pasemos a lo más preocupante: al intento de intromisión del poder político en lo que pueden decir y lo que no pueden decir las Reales Academias. Este poder político, en su brazo marxista socialista—claro es—  está acosando a la Real Academia de la Historia porque Luis Suárez, autor de la biografía de Franco, sostiene en ella que el régimen franquista no fue totalitario.

Como digo, todo el asunto este del diccionario me parece una equivocación desde su raíz.

Respecto al detonante de la polémica: la calificación del régimen del general Franco, podemos tener todas las opiniones que queramos y es evidente que la de Luis Suárez no va a coincidir, ni por el forro, con la de —por poner dos ejemplos que se me vienen a la mente de corrido— Gaspar Llamazares o Antonia Gala. Mi opinión al respecto ya la dejé expresada en Autoritarismo vs totalitarismo.

Nos sigue ilustrando PedroJ:

En mi caso concreto lo que más me indigna, como testigo presencial, no es el camuflaje de la dictadura de Franco bajo las melifluas formas del autoritarismo que no pueden engañar a nadie, sino el blanqueamiento de los abusos de poder de Felipe González y la omisión grosera del legado ruinoso que su gestión dejó a los españoles. Pondré como muestra un botón, refiriéndome no a los eufemismos con que se enmascara una trama de terrorismo de Estado distinta a todas las anteriores que sólo pudo ser organizada desde La Moncloa, no a la llamativa circunstancia de que entre varios miles de palabras ni una sola de ellas sea Filesa, sino a la forma en que se describe lo que ocurrió en España entre 1993 y 1996 cuando se alcanzó un inaudito 24,2% de paro, entramos en recesión, el precio del dinero estaba por las nubes y no cumplíamos ninguna de las condiciones para formar parte del euro:
«A finales de los ochenta… se redujeron las cifras del paro y se disparó la creación de infraestructuras… Y aunque al comienzo de la década de los noventa el país tuvo que soportar una cadena de estrepitosas devaluaciones monetarias, el último de los gobiernos socialistas emprendió una serie de políticas que supusieron la recuperación del ciclo y facilitaron la tarea de sus sucesores en el poder».
No salta tanto a la vista, claro, no salpica como lo de la manstupration o lo de la «muerte curable» pero precisamente por eso resulta mucho más cínico y dañino.

Comprenderán ustedes que si el Diccionario Biográfico dice tal cosa del régimen de González, ante ello nadie dice ni mu y, en cambio, se arma la que se ha armado por una cuestión que muy bien pudiera pertenecer a la categoría de la del sexo de los ángeles, sólo puedo decir que estoy muy de acuerdo con PedroJ en lo dañino del asunto y reafirmarme en mi tesis de que, podremos discutir ad infinitum si el régimen de Franco fue o no fue totalitario.

De lo que no nos puede caber la menor duda es de que el régimen en el que vivimos, gobernado por la izquierda y los separatismos, aspira a ser totalitario. Entre mil ejemplos de ello, tenemos éste: aspira a decirle a la Real Academia de la Historia —con todos los errores que ésta haya podido cometer en este asunto—lo que debe decir y lo que no debe decir. Esto, señores, es un ejemplo de libro de totalitarismo.

Teniendo, como tienen, al poder judicial ya sometido a su dictado, pretenden seguir campeando y dictando lo que instituciones no tan importantes en lo inmediato como el poder judicial, pero sí en el largo plazo en lo que respecta a lo que deban de saber y pensar las generaciones futuras, deben decir o dejar de decir.

***

Llamazares pide una reescritura científica de la Historia. Concretamente del Diccionario. Lo he dicho otras veces: el historiador no debe mentir. Los hechos del pasado fueron como fueron y toca al historiador investigarlos, documentarlos y presentárnoslos.

Pero la Historia no es ciencia. No es ciencia porque no puede utilizar el experimento científico para demostrar nada. O, dicho de otra forma más sencilla para que lo entienda Llamazares: no podemos poner en un tubo de ensayo al régimen de Franco, calentarlo con un mechero de Bunsen y concluir si fue o no fue totalitario.

***

A la luz de estas reflexiones, PedroJ y Ricardo, su magnífico grabador, nos ilustran en la Carta del Director que inspira estas líneas con un grabado de Ricardo en el que aparece Zapatero decapitado con la cabeza en la mano y una frase de PedroJ:

«una cabeza sin un cuerpo, capaz de pensar un único pensamiento: ‘Pienso pero no existo’».

***

Lo cual leyendo no he podido menos que recordar un viejo chiste gráfico de Chumy Chúmez en el  que aparecía, a la izquierda, un burro; a la derecha, un saco de pienso y en el que el burro, mirando al saco, decía para sí:

‘Pienso, luego me lo como’

Debemos de seguir batallando para que totalitarios como Llamazares no nos hagan creer que pensamos cuando lo que estamos haciendo es comer pienso.

Por mucho que se haya equivocado la RAH en la redacción de su diccionario.

A ella le recomendaría, muy humildemente, que sí, que lo reescribiera, que lo volviera a empezar desde el principio, que empezara por Aníbal y que no tenga prisa en acabarlo. Recuerde la RAH el viejo aforisma hipocrático que dice:

Ars longa, vita brevis

Y no porque lo digamos ni Llamazares ni yo, sino porque debe de ser así: la empresa en la que se halla embarcada es muy larga, nuestra vida es muy breve y obra de intención tan magna no cabe en esa brevedad por muchas que sean las urgencias editoriales. Recuerde la RAH que su creación fue obra de nuestra Monarquía Tradicional y, por eso, es, debe de ser, intemporal y ajena a las urgencias de un momento concreto por muy difícil que sea éste en el que nos hallamos.

Si me hace caso a esto que digo, ni Llamazares, ni PedroJ ni yo mismo estaremos vivos para adquirir su Diccionario. Pero ¿qué importará eso cuando consiga acabarlo con la dignidad que merece el peso que pesa sobre su nombre de Real Academia de la Historia?

Vínculos:

La Academia de la Historia y su Diccionario. Horacio Vázquez-Rial.
Autoritarismo vs totalitarismo. Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

12 junio, 2011 a 11:44

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