Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Autoritarismo vs totalitarismo

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El gallinero izquierdista español ha vuelto estos días a alborotarse porque en la entrada Francisco Franco del Diccionario biográfico español que edita la Real Academia de la Historia, su autor, Luis Suárez, simpatizante con la figura del Caudillo ha prescindido del termino de dictador para referirse al General Franco y ha calificado a su régimen como autoritario pero no totalitario.

Prescindiendo del hecho de que, me parece, que una tal obra nacida al amparo de la Real Academia de la Historia debería dejar pasar, al menos, un siglo para biografiar a las gentes y, mucho más, a figuras tan controvertidas como la del general Franco, ante esta polémica debo de decir:

Primero: El régimen del general Franco fue una dictadura. Discutir esto me parece pueril. Otra cosa es que el término dictadura disuene en nuestros entontecidos oídos y esté cargado de un significado peyorativo que no merece.

El hecho de que muchos dictadores de nuestro tiempo hayan acabado convirtiéndose en tiranos, no obsta para lo que acabo de decir ni, por ello, debamos acobardarnos a la hora de reconocer que el régimen franquista fue una dictadura.

La dictadura, en sí, no es un sistema de gobierno sino una excepción coyuntural de cualquier sistema de gobierno cuando éste precisa limitar el estado de derecho por la necesidad de las circunstancias y llamar a un dictador para que ponga en orden las cosas.

La dictadura en sí, ni es buena ni mala, contra lo que la simplicidad del pensamiento de izquierdas sostiene y, desde luego, a mi modo de ver, la dictadura del general Franco fue, en términos generales, benéfica para España y el propio Franco conoció lo coyuntural de su magistratura, carismática, sí, e intentó que la sucediera, no un hijo suyo, como en tantos tiranuelos vemos, sino la Monarquía tradicional española adaptada a los tiempos y sometida a las costumbres.

Creo que otro gallo nos hubiera cantado de no haber roto con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado pero entiendo que esto es una mera opinión mía.

En todo caso, ni debemos de tener miedo a llamar a las cosas por su nombre ni nos debe espantar la palabra dictadura.

Segundo: Luis Suárez tiene razón cuando dice que el régimen de Franco fue autoritario pero no totalitario.

Régimen autoritario quiere decir que se hace lo que dice el dictador (que, por eso, es dictador).

Régimen totalitario quiere decir que el gobernante se nos aparece hasta en la sopa, invade nuestra vida privada y hasta tenemos que mirar entre las sábanas a la hora de acostarnos porque, lo más probable, es que hasta allí haya llegado alguna extensión suya para vigilar si actuamos conforme a su criterio.

Una dictadura es autoritaria pero puede no ser totalitaria.

La dictadura del general Franco no lo fue aunque, en sus comienzos y dada la coyuntura internacional, algunos pretendan que pretendió serlo.

Y, reparen, por favor, en esto: una democracia puede ser totalitaria cuando aspira a meterse en la privacidad de nuestras vidas.

La dictadura de Franco fue autoritaria pero no totalitaria.

La democracia de Zapatero es o quiere ser totalitaria en el sentido de que aspira al control total de la sociedad, de la justicia, de la economía, de nuestra privacidad, de nuestro pensamiento, de nuestro comportamiento y hasta de nuestra intimidad.

No hablo ya de cuestiones tales como hurtar nuestro dinero a las escuelas que separan a los sexos en la enseñanza para dárselo a las que Zapatero cree que hacen bien en unirlos, prescindiendo de la opinión de los padres que ¡oh, paradoja! son, no sólo quienes deberían de tener el derecho de elegir la educación que quieren para sus hijos sino que, además, son los que pagan con sus impuestos el totalitarismo de Zapatero.

Ni hablo de la Ley Antitabaco.

Ni hablo de la definición zapateril de lo que es matrimonio.

Ni hablo de tantas cosas que este demente nos ha impuesto por sus narices, con la disculpa totalitaria de la dictadura de la mayoría.

Quiero hablar sólo, para acabar, de una pequeña anécdota que leí anteayer en una carta al director de El Mundo. No tengo más referencia que ella y, por tanto, no pongo la mano en el fuego por su veracidad, pero quiero decir que el remitente de la carta a Pedroj señalaba un punto de la llamada Ley de Igualdad de Trato en la que se elimina la bonificación que las compañías aseguradoras dan a las mujeres por su menor siniestralidad.

Todos sabemos que las mujeres, hablando en términos generales, conducen muy mal, pero, aun conduciendo mal, tienen menor siniestralidad de la que tenemos los varones.

¿Hay algo más lógico que el que una compañía de seguros bonifique esta menor siniestralidad?

Para cualquier persona con dos dedos de frente es lógico y a mí, personalmente, no me importa pagar un poco más por ser varón.

Para los dementes que redactan tales leyes al amparo del totalitarismo de la mayoría, esto debe de ser así. Al fin y al cabo ellos son demócratas, Franco fue un dictador que les obsesiona y las compañías de seguros deben de cobrarnos a sus clientes lo que ellos digan.

Y… hablando de igualdad de trato: supongo que, en esta Ley, hayan, también, obligado a las compañías aseguradoras a cobrar la misma prima a los motociclistas dieciochoañeros que a los conductores de turismos de cincuenta años. O ¿es que la igualdad de trato se refiere sólo al sexo y no a la edad? ¿Anda Bibiana obsesionada con el sexo y prescinde de la edad a la hora de redactar leyes que dicten cómo deben de cobrar las compañías aseguradoras?

Totalitarismo es es un ejemplo, ordenar a las compañías aseguradoras cómo deben administrarse no por motivos económicos de interés general —que, en ello, podría estar bien que interviniera el Gobierno—, sino por las aberraciones ideológicas de la ministra.

Cuento esto, como digo, a título de mera anécdota ilustrativa.

***

Addenda: Acabo reproduciendo aquí el artículo de opinión que Felipe Fernández-Armesto publicó en El Mundo el pasado 31 de mayo y que me parece muy pertinente al respecto:

La tiranía de la mayoría 

Nuestra sociedad es cada vez más abierta, más liberal, más tolerante… En definitiva, más libre. ¿Verdad? Pues yo creo que no, o al menos que nuestra liberación ha sido muy desigual y ha ido creando nuevas víctimas, nuevas tiranías. Es innegable, por supuesto, que hoy más que nunca aceptamos con relativamente pocas excepciones una mayor diversidad en el comportamiento, el lenguaje, el vestido y, sobre todo, en las preferencias sexuales.

Es igualmente cierto que los prejuicios por razón de sexo, edad, minusvalía, religión o color de piel ya son inaceptables. En medio de un mundo de múltiples civilizaciones e intercambios culturales, aceptamos el pluralismo como credo común, porque, paradójicamente, es la única ideología que podemos compartir todos. Mientras tanto, la democracia y el capitalismo siguen triunfando a nivel mundial, extendiendo las fronteras de nuestros valores liberales. Pero ni el pluralismo, ni la democracia ni el capitalismo nos ha hecho verdaderamente libres; nos imponen, más bien, nuevas formas de conformismo que hunden nuestro espíritu. No me refiero a las limitaciones ya conocidas: ni a la corrección política, que tiende a estrujar las opiniones heterodoxas, ni al sacrificio de derechos civiles que exige nuestra lucha contra el terrorismo. Mi ansiedad por la pérdida de la libertad surge de temores más profundos y experiencias más inquietantes.

El otro día, por ejemplo, di una vuelta por el famoso Hyde Park de Londres, lugar de enorme resonancia en la historia de la libertad. Allí, en 1855, se organizó la mayor reunión política del siglo XIX inglés, para denunciar, según comentó en el acto el mismo Karl Marx, «las fuerzas anticuadas que se mantienen en el poder a pesar de haber perdido su derecho a existir». Desde entonces hasta 1867 el parque se convirtió, año tras año, en un campo de batalla entre el pueblo y la policía, hasta que se estableció definitivamente como un lugar de protesta pacífica, privilegiada y protegida por las autoridades. Hasta el día de hoy, en el rincón del extremo noreste del parque, al lado del Arco de Mármol, frente a los antiguos palacetes aristócratas de Park Lane, se mantiene el Speakers’ corner, donde cualquier ciudadano tiene derecho a improvisar una tribuna y declarar su opinión, por excéntrica, ofensiva, extremista o loca que sea.

Allí, en torno a 1908, Julio Camba escuchó a un anarquista exhortar a su audiencia a incendiar la ciudad y masacrar a la burguesía. Intervino la policía, y el español se asombró cuando, en lugar de arrestar al pirómano, los agentes se llevaron a un colérico e indignado miembro del público, cuyos gritos e intentos de tirar huevos y tomates impedían al anarquista ejercer su derecho a expresarse libremente y decir lo que le diese la gana.

En mi paseo del otro día encontré una escena aún más sorprendente: no había nadie en el Speakers’ corner. Nada de tribunas, de discursos, de incendiarios, de extraviados, ni siquiera un loco, ni rastro de esa muchedumbre de curiosos desocupados que solían acudir allí para reírse de los disparates de los oradores. Era como si el árbol de la libertad se hubiese marchitado y su fruta acorchado, o como si se hubiera agotado la diversidad de opiniones.

Pensé en Camba. Me acordé de la conclusión sabia que sacó de sus observaciones. Los españoles, dijo, eran más libres que los ingleses, porque éstos se aburrían con la libertad de decir todo, mientras aquéllos gozaban la libertad de ser todo. Un inglés se encontraba entonces obligado a amoldarse a las normas de una sociedad rígidamente homogénea, donde hasta el famoso excentrismo inglés no era sino una desviación permitida de la especie, y aun el mismo anarquista del parque era anécdota. Un español, en cambio, podía ser lo que se le antojase -mendigo o místico, eremita o bandido- sin sacrificar el respeto de los demás ni el sentido de jugar un papel útil y honrado en el mundo. Al inglés le encerraba un conformismo ceñido, mientras que el español gozaba de la riqueza de una imaginación sin límites.

Creo que Camba tenía razón. El capricho es la base de la libertad y el conformismo es la cadena que nos la impide. En la actualidad hemos creado zonas virtuales para el ejercicio de la imaginación, como los videojuegos, donde tenemos la libertad de ser superhéroes si nos sometemos a las reglas del juego; o los chat rooms y las redes sociales, donde podemos mentir hasta deludirnos a nosotros mismos. En nuestra vida diaria, mientras tanto, hemos erigido toda una serie de nuevos obstáculos conformistas. Permitimos la sodomía y el sadismo, pero el celibato o la virginidad excitan incredulidad o sospecha. Puedes ser adicto a la tele, pero no al tabaco ni al alcohol. Puedes practicar todo el deporte que quieras pero te reprocharán si eliges una vida sedentaria. No se te permite menospreciar el dinero, ni la salud ni la seguridad, que son las creencias sagradas de la religión universal moderna. Puedes consumir todo, menos la buena comida grasienta. Puedes tener la talla que quieras, siempre que sea delgada. Las mujeres han alcanzado la emancipación, menos las que quieren dedicarse plenamente a ser madres y amas de casa. A mis amigos homosexuales nadie, menos yo, se atreve a preguntarles cómo se les ocurre criar niños y en algunos casos compartirlos con las amigas lesbianas que los parieron, dejándolos pasar una semana con la pareja gay y la otra con la lésbica; pero mis amigos solteros sufren un bombardeo de preguntas sobre si son felices. Y a las mujeres que no tienen ni quieren hijos, por rechazo o indiferencia, se las persigue con expresiones molestamente compasivas o con ofertas impertinentes de intervenciones tecnológicas para superar su supuesta infertilidad.

Intentamos conseguir la igualdad y hemos llegado al conformismo. Queríamos crear democracias y hemos alcanzado la tiranía de la mayoría. Procurábamos acabar con las prebendas injustas y hemos anulado el privilegio de ser diferente. Nos propusimos desechar la represión y no logramos sino cambiar sus límites. Buscábamos la libertad de todos y hemos creado nuevas minorías perseguidas. ¡Que vuelvan los extravagantes a Hyde Park! ¡Que se regenere el espíritu de Julio Camba!

Felipe Fernández-Armesto. Historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

Vínculos:

Estafadores intelectuales. Del blog de Pío Moa.
Cautiva y desarmada. Cristina Losada. Libertad Digital.
Franco y el gallinero progre. Pío Moa. Libertad Digital.
La Historia y los demonios. Jorge Vilches. Libertad Digital.
La Academia de la Historia y su diccionario. Horacio Vázquez-Rial.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

2 junio, 2011 a 19:58

7 comentarios

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  1. Me ha quedado claro que en Internet puede escribir cualquier pelagatos y, también cualquier ignorante y manipulador de la Historia (con mayúsculas). El sistema que implantó el “golpista” (y genocida) Franco, después de maniobrar para desplazar a sus compañeros de aventura (SANJURJO, MOLA) fue totalitario, hasta que los “aliados” le frenaron, antes de que eliminase a media España. Posteriormente algún profesor de ciencia política fue benévolo con él y calificó al régimen de autoritario. O sea dictadura totalitaria criminal suavizada después de la IIGM, por indicación de los vencedores de la misma.

    BURKE

    3 junio, 2011 at 0:54

    • Efectivamente. Como muy bien dices, en Internet puede escribir cualquier pelagatos.

      Lo del “genocidio” es algo que os habéis inventado de unos pocos años a esta parte, cuando el epíteto “fascista” se os quedó corto y falto de significado de tanto utilizarlo hablando por boca de ganso. Me gustaría que me aclararas qué genocidio cometió Franco. A qué grupo étnico o religioso o culturar intentó hacer desaparecer del mapa.

      ¡Tergiversadores!

      Por lo demás, vienes a reconocer que su dictadura “se suavizó”. Por indicación de los vencedores de la II Guerra Mundial o por lo que fuera. No era este el asunto de mi escrito pero, aun viendo que no has comprendido nada de lo que quiero decir en él, me alegra lo de la “suavización”.

      ¡Hala! Tú a seguir vomitando tus obsesiones con personajes históricos y no te preocupes de la degradación social que vivimos en nuestros días. Se ve que contra Franco vives muy bien y no precisas preocuparte de nada más que de vomitar cada vez que se te aparece, es decir, permanentemente.

  2. No diré más. Creo que la respuesta te “retrata”. Lo siento, pero no me dedico a alimentar el narcisismo de nadie. Si crees lo que escribes, allá tú. El riesgo que tienes es que lo publicas, yo lo leo, y no tengo por qué callarme cuando me encuentro con “basura”. Esta es la que realmente me puede hacer vomitar (aunque no soy proclive). Un saludo y a seguir con ese ensimismamiento.

    BURKE

    3 junio, 2011 at 9:36

    • ¿Alguien te ha pedido que te calles?

      ¿Entiendes lo que estás diciendo cuando hablas del “riesgo” de publicar lo que pienso?

      Yo pensaba que lo que defendíais los “demócratas” era, precisamente esto: que todo el mundo pudiera decir y publicar lo que piensa. Tú ves en ello “riesgo” cuando lo que se publica no cuadra con tu pensamiento.

      ¿Vas entendiendo el riesgo, este sí, real, de que, entendidas las cosas como tú las entiendes, estemos avanzando hacia una dictadura totaliria de la mayoría?

      Y nada digo ni de tu cobardía ni de tu espantada a la que disculpas apelando a mi narcisismo. ¿Narcisismo? ¿Por qué? ¿Por que escribo con nombres y apellidos lo que escribo? Mira, imbécil, o hablamos de mi “narcisismo” o hablamos del sistema de gobierno del franquismo, pero a mí ni me vas a atemorizar ni me vas a embaucar con tu truco semántico de empezar no diciendo nada y acabar huyendo como los conejos cuando se te responde.

      • Lo dicho: te retratas.

        BURKE

        3 junio, 2011 at 17:42

      • Cada vez razonas menos.

        “Te retratas”

        ¡Sublime pensamiento muy apto para mentes zapateriles!

        ¡Y yo, infeliz de mí, que pensaba que ibas a dejar de escribir insulceces, frases hechas y lugares comunes en mi blog!

  3. ¿Por qué pierdes el tiempo con este Burke?, ¿no ves suficientemente clara su incapacidad para ir más allá del lugar común?, ¿no te das cuenta de que nada podría hacerlo tomar conciencia ni de su ignorancia no de sus prejuicios? Hay que aprender a pasar de este tipo de gente. Ánimo.

    juan

    12 junio, 2011 at 10:18


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