Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Don Mariano flojea de remos

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Don Mariano flojea de remos

  

Entendida la Tauromaquia, como la entiendo, como alegoría de la vida, pocos sucesos cabe imaginar más tristes que la contemplación de la caída del toro durante su lidia; ver cómo, fallándole la fuerza de las manos, viene a caer y a quedar clavado por los cuernos en la arena del albero.

Esta circunstancia, penosísima, desairada y desalentadora siempre, puede encontrar alguna justificación, durante el primer tercio, en el brío, el ímpetu y el atropello con el que el animal sale del chiquero, o alguna disculpa en aquellos lances de la lidia en los que es sometido a un mayor esfuerzo, como es el tercio de varas, o a la sorpresa de las banderillas.

Lo que no tiene disculpa y es realmente desalentador es que se caiga en aquellos otros momentos en los que, solo en la arena mientras el diestro brinda su muerte al respetable o a quien más le plazca, no tiene mayor ocupación que contemplar los tendidos con esa mirada filosófica que tienen los toros durante tales intermedios, pensando, quizá, en la relatividad de las cosas de este mundo, o, tal vez, menos filosófico, dar tal o cual trotecillo despreocupado, atendido sólo por la mirada vigilante del peón de brega correspondiente. Estas caídas en esos momentos son muy tristes y, como digo, desalentadoras para el público.

Esta imagen tauromáquica me la ha evocado el reciente número agosteño que se le ha venido a ocurrir al PP con el asunto del espionaje al que está siendo sometido por parte del partido socialista; espionaje del que, dicho sea de paso, a mí no me cabe ninguna duda pero que, como se le está diciendo al PP tanto desde los tendidos de sol como desde los de sombra, hay que demostrar si se denuncia en público.

Así pues, mientras Zapatero brindaba este pasado mes de agosto a la Revolución desde los medios; mientras, desde los palcos, Leire Pajín, por supuesto, sin mantilla, abanicaba sus grasientas y afeitadas carnes; mientras los señores Rubalcaba y Conde-Pumpido fumaban sendos puros flaqueando a ambos lados (valga la redundancia) a la ministra de sanidad, señora Jiménez, y mientras Pepiño Blanco se metía el dedo en la nariz reflexionando sobre vaya usted a saber qué conceto, don Mariano no ha tenido, en este interín, mejor ocurrencia que la de caerse desde la posición de quieto parao y de quedar clavado en la arena del redondel por las partes que antes dije, sin capacidad de levantarse pidiendo, sino, antes bien, clavando obcecadamente dichas partes en la arena. Hasta el punto que el peón de brega de Zapatero, señor Cayo Lara, viendo la nulidad y el ningún peligro del morlaco, se ha podido permitir el lujo de abandonar por unos minutos su vigilancia y departir, campechanamente, con el presidente de la corrida acerca de los planes que tiene para instaurar próximamente la III República, planes que, dicho sea de paso, no nos ha comunicado a los demás.

***

Durante la primera legislatura zapateril el PP fue toro noble y bravo. Bien es verdad que tales cualidades no son, como explica don Cesáreo Sanz Egaña en su obra Historia y bravura del toro de lidia, sino muestra de su poca inteligencia y mucha miopía, pero esto es otro asunto.

En aquellos años, Zapatero le ponía la muleta y el PP la seguía por muy larga que fuera la cambiada y por muchas largas cambiadas que le diera, saliendo de los pases de pecho con ese aspecto tontorrón con el que sale el toro de los pases de pecho pero siempre dispuesto para la siguiente tanda. En varas nunca se cansaba de apretar los riñones por mucho que Rubalcaba sudara a caballo y de las banderillas de Pepiño salía fresco, pujante y ansioso de muleta. Mucho han cambiado las cosas desde que cambiara la cuadrilla y el alcalde de Madrid, señor Gallardón, instara y consiguiera el cambio de rumbo en el partido. Es lastimoso verle hoy escarbar la arena, marranear en tablas, mirar hacia los chiqueros y, sobre todo, verle resabiado, pues resabio, en el toro, no es más que, precisamente, la pérdida de nobleza. Hoy, no es ya que el PP haya perdido fuerza y pujanza y se caiga él solo. Es que, además, desparrama la vista por el pitón derecho y hasta ha llegado a dar algún puntazo en la taleguilla de algún diestro que, como José Tomás, se acerca demasiado, si bien es verdad que esto sólo sucede, como digo, por el pitón derecho y si el maestro se llama Federico Jiménez Losantos.

En fin, una pena muy grande para los que somos simpatizantes de la afamada ganadería de don Manuel Fraga Iribarne que, con estas cosas, quedamos francamente desolados y sin saber para donde mirar como no sea hacia las testas disecadas de Aznar, Zaplana o Aceves.

***

Tengo el convencimiento moral de que, si el PP dice que se siente espiado por los socialistas es que tiene motivos más que sobrados para sentirlo y, además, creo que es así.

Pues, ¡cómo no van a espiar los socialistas a estos infelices!

¿Imagina nadie el notición que sería, por ejemplo, saber que el sastre dijo que Luis el Cabrón le dijo que el señor Camps le dijo que Rita Barberá le había dicho que Esperanza Aguirre le dijo que María Dolores de Cospedal le había dicho que don Mariano, de niño, se hacía pis en la cama?

¡Para qué querríamos más días de fiesta!

Ni crisis económica, ni Estatuto, ni III República, ni gripe A. Dos semanas de titulares en la Secta, la Cuatro, El País, El Periódico y hasta el Diario de Patricia con este imaginario defectillo del presidente del PP.

¡Qué artículo no escribiría Cebrián (aunque nadie lo leyera y echando pelillos a la mar con el asunto de Mediapro) deleitándose cargantemente con el asunto de la enuresis nocturna en los líderes de la derecha liberal de entre siglos!

Pues ¿y el Gran Wyoming? ¿Se imagina nadie la mina que tal noticia resultante de tal espionaje supondría para este tío?

¿Y el alcalde? ¿qué ocasión no tendría el alcalde para salir borracho a la palestra repitiendo aquello de: 

«Es muy bueno: Wyoming es muy bueeeeeenooooo»

Todo ello es, pues, muy verosímil, pero, como le están diciendo al PP todos los entendidos en esto del arte de torear, tales denuncias necesitan ser demostradas y, si no se puede, lo mejor es estarse callado hasta que se pueda y, sobre todo, no insistir en embestir contra la arena.

Como dije antes, mal está que se caiga el toro pero, de caerse, es obligación suya levantarse lo antes posible, pedir a Dios que nadie lo haya visto y continuar la lidia según las reglas del arte de Cúchares.

***

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

1 septiembre, 2009 a 10:11

Publicado en Política

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