Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

¿Qué pasa contigo, tía?

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Estos días ando revisando, a la luz de mi descubrimiento del Derecho cristiano frente al derecho nuevo o derecho democrático, la idea que casi todos, yo el primero hasta ahora, aceptamos con resignación y que sostiene que  “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”.

Frente a ella, cada vez me parece más evidente y acertada la afirmación de quienes, considerando a la monarquía como la mejor forma de gobierno posible —me refiero a la monarquía tradicional limitada por la ley, inspirada a su vez en el derecho natural y las costumbres de cada pueblo, no a su caricatura—, sostienen que es “el gobernante el que conforma la manera de ser del pueblo”.

Quizá algo de verdad haya en las dos tesis pero, mientras que la primera implica una aceptación resignada del embrutecimiento de la sociedad, la segunda, quizá de manera algo ilusa, se resiste a aceptar, con tal argumento, tal degradación.

Me viene a la cabeza esta divagación leyendo la entrevista a Leire Pajín que ayer publicó El Mundo, ese gran periódico al que tanto debemos pero que tiene de vez en cuando estas humoradas y gusta, a las veces, de ponerle alguna vela al diablo, sin contar el altar privilegiado perpetuo que alberga en sus páginas dedicado a la advocación del negro de Antonio de Gala.

Una de las infinitas muestras del encanallamiento de la sociedad española de nuestros días y de su zafiedad, quizá muestra menor —pero son los detalles menores los que, muchas veces, nos ilustran mejor acerca de las generalidades abstractas—, es el abuso de los substantivos tío y tía para referirse a hombres y mujeres.

Supongo que el embrutecimiento anda tan avanzado que se precisará alguna mínima sensibilidad estética para darse cuenta de lo horrorosamente que suena pues, hasta en personas de algún, y aún elevado nivel cultural, lo vemos empleado por doquier.

No me refiero a la vulgar utilización antigua del término al modo de “tía Antonia” o “tío Cipriano” que se encontraba antes en las personas de baja educación y, sobre todo, en el ambiente rural, a la manera que se dice en el encantador poema de Juan Rufo, Carta que Juan Rufo escribió a su hijo siendo muy niño, y que publiqué aquí hace unos días:

«Llamaremos, si tú quieres,
por escusarnos de nombres,
tíos a todos los hombres
y tías a las mujeres.»

y, ni siquiera, a los comienzos de su utilización moderna en los ambientes que se llamaban cheli, también por gente de escasas luces, al modo que aparecía en aquella canción de dos jóvenes agitanados cuyo nombre no recuerdo ahora y que decía:

«—¿Qué pasa contigo, tío?
—Conmigo ¿que va’ pasá

y que, por estar reducida a estos ámbitos festivos, aunque faltos de cultivo, tenía su pase y podía resultar hasta graciosa, entendiendo lo gracioso, según nos enseña la Estética, como lo simpático tocado de un deje de fealdad.

No. Me refiero a su utilización indiscriminada por gentes de todas clases y en todos, o casi todos, los ámbitos y, sobre todo, a que tal utilización ha dejado de resultarnos malsonante, ha pasado a formar parte de la lengua castellana y nos muestra hasta qué punto las lenguas nos hablan de la naturaleza de sus hablantes.

Fuera de mis sobrinos, me repatea las tripas que se dirijan a mí en este término y, aún éstos, mis sobrinos, digo, a las veces lo hacen dándole el sonsonete impropio o colocándolo de manera impropia en la frase para que adquiera este significado moderno que degrada los conceptos de hombre y de mujer.

Dijérase que la clase gobernante, si no inmune a estas debilidades humanas, sí, al menos, debería de tener ante ellas alguna prudencia y mesura.

Pues, ¡no señor!

Si bien es cierto que, en el caso del que hablo, es el entrevistador, un tal Quico Alsedo, quien le pone el trapo a la ministra Pajín, nos encontramos en la entrevista cómo la ministra de cuota embiste con ganas:

«Eres tía y siempre te cae esa pregunta, es que, joder…»

Sagasta resucitado, podríamos decir si leemos con alguna atención la frase del tal Alsedo…

Por muy desenfadada que sea la entrevista, la zafiedad es desoladora y, más allá de la zafiedad en lo estético, nos hace reflexionar acerca de cómo el término tía anda más cerca del concepto de mujerzuela o de verdulera que del de mujer, de manera que cuando la Pajín insiste:

«Yo quiero que el poder sea más tía.»

aterra darnos cuenta de que lo que nos está diciendo es que quiere que el poder sea, cada vez, más mujerzuela, más verdulero.

La entrevista ha sido analizada brillantemente por José García Domínguez en su artículo de hoy en Libertad Digital, “Psicoanálisis de la señora Pajín”.

No me extenderé mucho más, pues, en la cantidad de sandeces, lugares comunes feministas e insulseces con las que Pajín abochorna al lector.

Sí quisiera dedicar alguna reflexión a cómo ha ido evolucionando la imagen de la mujer al compás de este desgarro en lo lingüístico acercándose más, como digo, al concepto de mujerzuela que al de mujer.

Hace unos meses comentaba yo con una querida amiga cómo, cada vez, me gustan menos mujeres. Entiéndase: no decía que me gustaran menos las mujeres, sino que, cada vez, me atrae un menor número de mujeres.

Mi amiga me entendió y, dado su temple pragmático y cartesiano, atribuyó esta tendencia a que me estaba haciendo viejo.

Puede ser. Puede ser que, en parte, no le falte razón pero yo lo atribuyo, además y más fundamentalmente al encanallamiento zafio de que hablo, traído, en este caso y en parte, en brazos del feminismo.

¿Cuántas preciosidades no andan hoy abriendo los ojos a la vida y vemos por doquier, acicaladas con todo el atractivo adorno moderno unas veces y, otras, a pelo, sin adorno, prácticamente, de ninguna clase tentando a varones?

¿Quiero decir que no me sienta atraído por tales pimpollos?

No. Lo que quiero decir es que, abren la boca estos pimpollos, las oyes hablar y se te caen los palos del sombrajo pues hablan justo igual que la Pajín.

Acabando, dice la Pajín que ella se iría de farra con Soraya Sáenz de Santamaría. Espero que, puesta en ese trance, Sáenz de Santamaría tuviera el gusto de no irse de farra con esta pobre mujer y la dignidad de mandarla a hacer gárgaras aunque no estoy muy seguro de ello y aun me temo lo peor, sobre todo después de contemplar el bochornoso espectáculo de ver a una mujer, ésta sí, cabal, Esperanza Aguirre, cantarle el Cumpleaños Feliz al canalla de Rubalcaba.

Y es que, como diría Maurice Barrès,

«Faut d’une doctrine»

Eso: nos falta una doctrina en la que creer y nos sobra compadreo con el enemigo, complacencia y gusto porque, las pocas veces que no nos escupe, nos acaricie el lomo o nos invite a irnos con él de farra.


Vínculos:

Psicoanálisis de la señora Pajín. Artículo de José García Domínguez en Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 agosto, 2009 a 21:36

Publicado en Política

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