Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

De cómo descubrí el Testamento Político de Carlos VII

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Las! De luthériens la cause est tres mauvaise
et la défendent bien;
et par malheur fatal, la nôtre est bonne et sainte
et la défendons mal.

Charles Maurrax, at.

 

Hace unas semanas decidí recuperar la afición a la lectura que perdí hace unos diez años. Me refiero, claro, a la lectura del libro clásico, el de papel. Notando en mí que la afición a la navegación por Internet se andaba excediendo hasta el extremo de correr el peligro de caer en vicio y dándome cuenta de que la facilidad del acceso mediante ella a casi cualquier texto está en detrimento de la fuerza con que su lectura queda en la mente, de su sistematización y de la facilidad de su recuperación decidí, sin renunciar a las muchas otras ventajas que tiene este inmenso fondo bibliográfico, retomar la lectura de mis viejos libros de papel.

Y, haciéndolo, decidí comenzar por aquéllos que había dejado inconclusos hace una década cuando, como digo, debido a la aparición de Internet y de otras circunstancias vitales, abandoné esta práctica.

Me refiero a las Memorias Políticas de Eugenio Vegas Latapie, de cuyos tres volúmenes en los que se divide poseo los dos primeros, El suicidio de la Monarquía y la Segunda República, en la colección Espejo de España de Planeta, y Los caminos del desengaño, de la editorial Tebas, que abarca el período de la Guerra Civil, faltándome el tercero, La frustración en la victoria.

La segunda de las lecturas inacabadas que quisiera reanudar cuando acabe la de Vegas Latapie es Las Puertas del Infierno, de Ricardo de la Cierva, brillantísimo análisis, brillantísimo relato de la fortaleza de la Roca de San Pedro frente a los mil embates que sufre por parte de los extravíos de la modernidad. Pero no es de ésta de la que hoy quiero hablar aunque tampoco sea del todo ajena al asunto que trato.

Como digo, ando por las primeras páginas de El suicidio de la Monarquía y la Segunda República. Vegas Latapie fue, por anacrónico, un ser entrañable. Inconmovible en su ideología integrista y católica, fue seguidor en España de la Action Fraçaise que, contra lo que dice la Wikipedia, no es que fuera, es que es el principal movimiento monárquico, a fuer de nacionalista, francés, a la vez que una escuela de pensamiento y punta de lanza del combate soberanista. Fue, también, estudioso de algo cuya existencia yo desconocía, el derecho público cristiano, y, durante poco tiempo, preceptor del actual rey de España, don Juan Carlos I, antes de que éste viniera a España para completar su educación.

A mí me resulta difícil leer de corrido este tipo de libros densos en menciones y citas, pues una cita, una mención, me evocan nuevas lecturas de manera que suspendo la principal para enfrascarme en ellas que, a su vez, suscitan otras nuevas, y, así, divago y la lectura se me hace interminable.

Amenizan, es cierto, la lectura de las memorias de Vegas Latapie anécdotas tragicómicas como la que refiere de la muerte absurda del teniente Tordesillas Calbetón cuando finalizaba el conflicto que el general Primo de Rivera tuvo con el Arma de Ingenieros. Parece ser, según cuenta Vegas Latapie, que el gobernador militar de Pamplona, general Bermúdez de Castro, se dirigió a parlamentar con los jefes acuartelados en el Regimiento de Artillería acompañado por una escolta de Infantería a la que dio instrucciones, antes de entrar en el cuartel, de que si en el plazo de unos determinados minutos no salía, debía entender que le habían detenido en el Regimiento y que, por ende, debía de entrar en él a la fuerza para liberarle.

Entró el general en el cuartel y, en la Sala de Banderas, comenzó a pactar con los jefes artilleros, en un atmósfera cortés, las condiciones de la rendición y entrega del cuarel. Y, parlamentando, se le fue el santo al cielo transcurriendo, sin que se percatara de ello, el plazo que había dado a su escolta para que utilizara la fuerza para liberarle, con lo que ésta, obedeciendo sus ordenes, quiso entrar en el cuartel cuya guardia se opuso abriendo fuego del que resultó la desgraciada muerte del teniente, única víctima que hubo en aquel conflicto.

Pero, fuera de estas anécdotas menores que amenizan el texto, las memorias de Vegas Latapie, como digo, me están sirviendo para descubrir un mundo que ignoraba aunque lejanamente intuí en mi escrito Reforma Constitucional ¡Ya!

Me refiero al carlismo, a su base doctrinal e intelectual, al derecho público cristiano frente al derecho nuevo, al valor tan grande como desconocido, que hoy puede tener el carlismo como cemento de unión espiritual, no sólo de las Españas, sino de la Hispanidad ultramarina.

Al carlismo verdadero que veo, gracias a Dios, vivo todavía, no a la caricatura folclórica que nos presenta de él el liberalismo. No al malentendido movimiento romántico que tenemos en la retina, sino a una magnífica corriente de pensamiento clásico en lo político y en lo religioso expresado en español.

Y vive porque es doctrina, a más de española, verdadera y sana.

Y vive porque no es cuestión dinástica antañona sino asunto fundamental y eterno. En palabras de don Carlos:

«Nuestra monarquía es superior a las personas. El  Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español y defendiendo los principios fundamentales de nuestro programa.»

Tras la derrota del III Reich por los aliados estamos acostumbrados a pensar que no es concebible otro sistema político para nuestro mundo occidental que el régimen democrático y parlamentario elegido por sufragio popular. No es así. Como nos enseña la Iglesia en su Constitución Pastoral Gaudium et Spes:

«Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia.»

Si esto es así, nada tan ajustado en lo político al genio español como el carlismo.

Encuentro escritos modernos en los que, bajo la consigna Déu, Pàtria, Furs, Rei, se afirma, frente a la pretensión del nacionalismo liberal:

«Els catalans si tenim Rei només quan es legítim.»

Así como otros en las que la doctrina carlista cruza el océano para hacerse argentina y definirse como una visión sociopolítica integral de verdadera raigambre hispánica, católica y tradicional.

Pero, sobre todo, he descubierto la figura del rey don Carlos vii y su imponente Testamento. Y lo he descubierto, como diría P.G. Woodhouse (otro gran olvidado) con las mismas satisfacción y sorpresa con las que un cerdo descubriría una trufa.

Debo decir que, aunque parezca mentira en estos tiempos en los que todo se encuentra en Internet, hay cosas que todavía no se hallan en ella −y, mire usted por donde, suelen ser las que más me interesan−. Entre tales ausencias se halla el Testamento Político de S.M.C. Carlos vii, aunque algún fragmento hallé de él que basto para incitarme a tratar de conseguir su texto completo de la manera que fuese, muy especialmente, su frase:

«Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.»

En estos tiempos en los que tantas razones hay para dudar acerca de la sanabilidad de España, esta frase, de reminiscencias sebastianescas,  me espoleó el deseo de encontrar el texto completo al que pertenece.

Lo hallé, primeramente, en una librería de Sevilla, Alejandría Libros,  que pretendía tener tres ejemplares en formato folleto editados en Pamplona en 1934, pero que, según me informan, están agotados. No obstante ello, he pedido a mi querida amiga, la abogada sevillana Carmen G., que indague al respecto cuando vuelva de sus vacaciones a la capital hispalense y aprovecho aquí para pedir noticia de esta edición a quienquiera que, leyendo estas líneas, la tuviera.

Tras ello, lo volví a encontrar en otra librería, ésta barcelonesa, la Llibreria Antiquària Farré, que lo dispone en una antología del pensamiento tradicionalista español del siglo xix editada en Madrid en 1955 y prologada por Vicente Marrero, y en la que se halla junto a otros escritos tales como El Manifiesto de los Persas o El Manifiesto del Barón de Eroles a los catalanes.

Adquirí este volumen por el precio de treinta euros y ayer, nada más llegarme la notificación de Correos, me apresuré con ansia a ir a recogerlo.

Mencionaré de paso para el lector curioso que en Valencia hace un calor horroroso estos días. Si bien la noche anterior había dado una pequeña tregua en forma de aire fresco cuyas rachas invitaban, ya bien entrada la madrugada, a echarse una sábana por encima, a las diez de la mañana la tregua había finalizado y el calor bochornoso se hacía insoportable en el corto trayecto hasta la estafeta de Correos.

Llegado a ella encuentro que está repleta de personas aguardando su turno. En las oficinas de Correos siempre hay colas aterradoras pero, esta vez, la aglomeración de personas se me antojó exagerada. A mi llegada estaban atendiendo al número veinte. Yo tenía el sesenta y cuatro.

Haciendo de tripas corazón, me entretengo mirando el espectáculo humano allí concentrado, en su mayor parte, emigrantes sudamericanos y africanos. Hay cuatro funcionarios que trabajan de forma eficiente de manera que, a pesar del gentío y del tiempo de espera, no llega a producirse la frecuente pelea del usuario al que le han perdido un paquete, ha ido a la oficina equivocada o cualquiera de esas cosas que suelen pasar cuando hay cola en Correos. Antes bien, parece reinar una atmósfera de amabilidad. Entra un señor mayor que pide la vez preguntando por el último y otro señor, de edad madura, le informa amablemente que lo que debe de hacer es coger número y le indica la máquina que los suministra.

Tras una hora, aproximadamente, de espera y cuando ya iban por el número cuarenta, de repente, uno de los funcionarios se levanta y dice:

«¡A ver! ¡Los que vengan a por bombillas que pasen por aquí!»

Tras este grito se precipitaron las cosas. Un montón de gente forma fila ante el funcionario; un señor con pulcra perilla y con una sonrisa de oreja a oreja abandona satisfecho la oficina con tres bombillas sin empaquetar en la mano y casi no me da tiempo a pensar que debe de tratarse de las bombillas que regala el ministro de Industria, Miguel Sebastián, ni a reflexionar acerca de este borreguismo español que te hace perder con gusto una mañana y sudar la gota gorda por algo que te da gratis la munificencia de nuestros gobernantes demócratas.

Me llega, pues, en seguida el turno y recojo el ansiado libro que me apresuro a desempaquetar ante un whisky con hielo.

De los catalanes se podrá decir muchas cosas pero no que no sepan empaquetar libros ni que dejen de hacerlo concienzudamente. No me gusta exagerar pero puedo asegurar que, tras la espera en Correos, varios kilómetros de cinta de celofán adhesivo me separaban todavía de la lectura del Testamento de don Carlos, tantos que no me queda más remedio que pedir al camarero un cuchillo para abreviar la apertura del paquete.

Cuando, al fin lo consigo y abro el volumen me encuentro ante una gran desilusión: tras el título: Testamento político de S.M.C. Carlos vii, figura un subtítulo en el que se lee, entre paréntesis: fragmento.

No me hallo, pues, ante el testamento íntegro pero, de momento, no me importa. Me enfrasco en la lectura de su fragmento y sólo puedo decir que las expectativas que me había formado a partir de las pocas frases sueltas que hasta entonces había leído se vieron más que colmadas y han servido para reafirmarme en la grandeza del carlismo, en su bondad y en la grandísima desgracia que para España supone su desconocimiento.

Los falangistas del laterofranquismo, cuando don Juan Carlos fue nombrado sucesor en la Jefatura del Estado a título de Rey gritaban aquello de:

«¡No queremos reyes idiotas!»

Siempre, y a pesar de mi simpatía hacia el falangismo, tal grito me había parecido excesivo, descortés e injusto.

Debo decir, sin embargo, con todo mi respeto a quienquiera que ciña la Corona de España, que, después de leer el fragmento del Testamento, empiezo a hallarle algún sentido a aquella actitud excesiva de los falangistas.

Donde don Carlos nos dice:

«Gobernar no es transigir. Gobernar es resistir a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado»,

nos dice don Juan Carlos:

«Zapatero no divaga. Sabe muy bien donde va».

La diferencia, a fuer de estridente, no puede ser más lamentable, aunque recordando la cara del tío de las bombillas del que antes hablé, uno duda de si no tendrá razón don Juan Carlos y no será verdad que Zapatero sabe muy bien donde va. En cualquier caso, no divaguemos nosotros aquí y olvidemos que existen Zapateros en el mundo.

He digitalizado el fragmento y puede acceder a él el lector en formato pdf en la dirección que señalo en los vínculos.

Me encuentro a la espera de recibir su redacción completa que creo haber encontrado, al fin, en la librería madrileña Libros Carmichael Alonso.

 

Vínculos:

 

Testamento político de S.M.C. Carlos VII (fragmento descargable en formato pdf).

Otros fragmentos del Testamento:
         
Carlos VII, su mensaje es nuestro norte. Carlismo, foro de debate.

          A few texts by Carlos, duque de Madrid.

Comunión Tradicionalista.

Página de S.A.R. don Sixto Enrique de Borbón en Facebook.

Derecho nuevo y derecho natural cristiano. Álvaro Pacheco Seré.

Europa, Cristianismo y Derecho. Rafael Navarro-Valls.

Acción Española. En Proyecto Filosofía en español.

En el centenario de S.M.C. don Carlos VII de Borbón. Devoción católica, la Fe de siempre.

¡Volverá! Homenaje a S.M.C. Carlos VII en el centenario de su muerte. Las cruces de las espadas.

Con motivo del centenario de S.M.C. Carlos VII. Déu, Pàtria, Furs, Rei.

Tradició catalana.

Carlismo argentino. Esta página posee una muy interesante biblioteca de textos tradicionalistas descargables en formato pdf y abundantísimos enlaces a páginas de contenido tradicionalista.

Doctrina tradicional y medios avanzados. Antología de textos tradicionalistas.

Action française.

Textes et oeuvres de Charles Maurrax.

L’oeuvre de Charles Maurras. Maurras.net.

Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Página oficial de la Santa Sede.

Reforma constitucional ¡Ya!. De mi blog.

El tradicionalismo español del siglo XIX. Selección de Vicente Marrero. Dirección General de Información. Publicaciones Españolas. Madrid, 1955.

Alejandría Libros.

Llibreria Antiquària Farré.

Carmichael Alonso Libros.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

4 agosto, 2009 a 18:21

Publicado en Política

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