Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Comentarios al escrito “A favor del término ‘Heuskal Herria’”

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La extensión y substancia de los comentarios que los amigos de Libertad Digital,  Caminant, Cualquie y Torku, han hecho a mi escrito A favor del término Euskal Herria, así como la nula funcionalidad de los blogs de esta página web, me obligan a contestarles en una nueva entrada en vez de seguir el hilo en la original.

Si algo he pretendido con lo que acabo de escribir es quitar esa carga semántica xenofóbica de la que habla Torku al término Heuskal Herria, porque, amigos míos, también nosotros, castellanoparlantes, podemos pecar, si no ya de xenofobia o etnocentrismo, sí de cierta ignorancia a la hora de sentir algún fastidio al escuchar voces que, esperando oírlas expresadas en castellano, las oímos en otra lengua.

Y no sólo podemos pecar sino que muchas veces pecamos de ello y no es a ello ajena la incomodidad con la que muchos españoles, que tienen como lengua materna una lengua distinta de la castellana, se van sintiendo en la nación común, de manera que se forma un círculo vicioso en el que al rechazo con que los centralistas miran estas particularidades responden los nacionalistas con una exacerbación de sus reivindicaciones.

De ello se aprovechan los separatistas, se aprovecha la izquierda y, sobre todo, se aprovecha ese monstruo antinatural que es la alianza de la izquierda con el nacionalismo que se manifiesta no sólo en el terrorismo etarra sino, también, en coaliciones tales como las que hoy gobiernan en Cataluña y Baleares y, hasta hace poco, lo hacía en Galicia.

Como soy castellano y me siento español, no me preocupa que, por reconocer esto, me etiqueten de nada y, menos, de crítica infundada a lo que podríamos llamar castellanocentrismo que es lo que aquí estoy criticando. Por resumirlo de laguna forma: el que los que odian a España hagan bandera de términos como el de Euskal Herria no quiere decir que nosotros hayamos de entrar al trapo y rechazarlos con su misma virulencia

En mi escrito España, ¡antes rota que roja! decía hace unos años:

«Por un lado, los pueblos distintos del castellano que integran e integrarán siempre, en el plano espiritual, nuestra nación, sienten (y, hasta cierto punto, lo sienten de manera justificada) que sus culturas tradicionales están muriendo a manos de la castellana, más fuerte y pujante. Podrán expresarlo con mayor o menor virulencia; con mayor o menor racionalidad, y de manera mejor o peor argumentada, pero, en el fondo, este temor está justificado y tiene su fundamento.

Es evidente que la forma con que lo expresan, siempre por los partidos más extremistas, pero, también, muchas veces, por los nacionalismos más moderados, es una falsedad histórica. Castilla, lo que ellos llaman “España”, ni es ni ha sido nunca ese ave de rapiña que les viene expoliando desde hace siglos, que les ha conquistado, que ha asesinado a sus hijos y que, literalmente, “les odia”. Sí. Uno de los últimos argumentos que estoy viendo proliferar en Cataluña es el asunto este del “odio” que España siente por Cataluña. Y lo malo es que, de verdad, muchas personas, en Cataluña, creen que España la odia.

El predominio de lo castellano en España no fue fruto de ni de conquistas ni de expolios. Se inscribe dentro de la historia del paso de la Edad Moderna a la Contemporánea (permitid que utilice la cándida clasificación de las edades históricas que nos enseñaron en nuestra niñez). Es decir, pertenece al proceso por el que la Modernidad acabó con el Régimen Tradicional llevándose tantas cosas por delante. La Modernidad y su manifestación política, el Liberalismo, vienen pretendiendo, desde hace doscientos años, crear un mundo mejor e, indudablemente, en el plano del bienestar material lo ha conseguido. Para ello se ha valido, entre otras cosas, de procedimientos uniformizadores argumentando la bondad de esa uniformidad con argumentos utilitarios, técnicos y científicos. Tal fue la introducción del Sistema Métrico Decimal. Tal fue, en el caso que nos ocupa, el intento de uniformizar a los pueblos de España bajo unas mismas leyes y bajo una misma lengua. Uniformización que ya venía produciéndose de manera natural por la mera naturaleza de las cosas pero que, no cabe duda, se forzó durante los siglos de triunfo del Liberalismo.

No estoy diciendo que esto sea en todo malo. Estoy diciendo que la Modernidad, con su simple concepción material del mundo, olvidó lo que aprovechable y bueno tenía el Antiguo Régimen y, con su convicción soberbia de que las desgracias del ser humano venían del embrutecimiento al que la religión y la esclavitud a la que la monarquía tradicional habían reducido a éste, arrambló con todo.

Con ésta y con la no menos soberbia convicción de que destruyendo a ese Antiguo Régimen y caminando por la senda del conocimiento científico, del desarrollo tecnológico, de la libertad política entendida a su manera y de la libertad religiosa, también entendida a su manera, despreció lo que de bueno tenía aquel Antiguo Régimen y nada aprovechable quiso conservar de él».

Sabemos hoy que en el 2004 se produjo en España un Golpe de Estado. Su autoría la desconocemos aún. Quizá participara en ella la ETA. Lo que sí sabemos con claridad es que han sido Zapatero, sus gobiernos, el partido socialista y los partidos separatistas coaligados con éste los encargados de desarrollarlo de manera que, hoy, la Constitución del 78 es letra muerta, la Transición —y con ella la reconciliación— se ha ido a hacer gárgaras y estamos asistiendo a una auténtica mascarada.

El desarrollo del Golpe de Estado del 11-M se está produciendo en diversos ámbitos, muy fundamentalmente sin olvidar el ámbito judicial ni el de los derechos humanos— en el del cambio anticonstitucional de los Estatutos de Autonomía, especialmente el catalán. Zapatero ha creído que haciendo de su capa un sayo puede comprar a Cataluña con unos cuantos miles de millones de euros con los que nos ha endeudado a todos y, así, solucionar, pro domo sua, el problema catalán.

Si así fuera, podría muy bien haberse hecho modificando la Constitución de manera legal y mediante los mecanismos que ella prevé, como pidió el Mariano Rajoy de la primera legislatura zapateril en el año 2005 y tendría un pase.

Pero es que ni el problema catalán ni el problema vasco son problemas de dinero. ¡Ojalá lo fueran!

Ya lo notó así José Antonio Primo de Rivera cuando lamentaba cómo Castilla no ha sabido entender el alma poética de Cataluña en Los vascos y España o cuando criticaba esta torpeza en España y Cataluña:

«Pero también es torpe la actitud de querer resolver el problema de Cataluña reputándolo de artificial. Yo no conozco manera más candoroso, y aun más estúpida, de ocultar la cabeza bajo el ala que la de sostener, como hay quienes sostienen, que ni Cataluña tiene lengua propia, ni tiene costumbres propias, ni tiene historia propia, ni tiene nada. Si esto fuera así, naturalmente, no habría problema de Cataluña y no tendríamos que molestarnos ni en estudiarlo ni en resolverlo; pero no es eso lo que ocurre, señores, y todos lo sabemos muy bien. Cataluña existe con toda su individualidad, y muchas regiones de España existen con su individualidad, y si queremos conocer cómo es España, y si queremos dar una estructura a España, tenemos que arrancar de lo que España en realidad ofrece; y precisamente el negarlo, además de la torpeza que antes os decía, envuelve la de plantear el problema en el terreno más desfavorable para quienes pretenden defender la unidad de España, porque si nos obstinamos en negar que Cataluña y otras regiones tienen características propias, es porque tácitamente reconocemos que en esas características se justifica la nacionalidad, y entonces tenemos el pleito perdido si se demuestra, como es evidentemente demostrable, que muchos pueblos de España tienen esas características».

A mí nadie me quitará de la cabeza, queridos amigos, que el gran error del Caudillo durante su dictadura fue no haber sabido ganar para la causa a las derechas nacionalistas vasca y catalana. Seguramente no fue tal error. Seguramente fue mera imposibilidad al estar estas derechas ganadas para la causa revolucionaria, pero estoy absolutamente convencido de que si las derechas vasca y catalana hubieran sido partícipes del Movimiento Nacional —como, por otra parte, pidió el episcopado vasco al PNV al comienzo de la Guerra Civil en carta que publicó Ricardo de la Cierva y que reproduzco en los vínculos de este escrito— la llamada Transición no hubiera sido, como ha acabado siendo, una bajada de pantalones ante el marxismo y sus herederos zapateriles.

Lamento la inoportunidad de mi escrito que aparece cuando dos cadáveres de Guardia Civiles asesinados a manos de la vesania etarra aún están calientes y aprovecho para dar aquí testimonio de mi pésame a sus familias y a su Instituto. La situación en las Provincias Vascongadas, ya no en lo que se refiere a derechos menores, sino hasta en el propio derecho a la vida es tan grave que quizá justifique la alianza temporal que estamos viendo entre la derecha españolista y el socialismo.

Pero esto son sólo paños calientes. Como digo, la Transición ha muerto y con el Partido Socialista actual ya no hay nada que hablar.

Como pedía Rajoy en el 2005 debemos elaborar una nueva Constitución. Y, como dije hace meses en mi escrito Reforma Constitucional ¡Ya!, o esta nueva Constitución soluciona en su esencia estos problemas o no nos servirá de nada.

Zapatero, en palabras del actual Monarca, sabe muy bien donde va. Yo, por mi parte, estoy cada vez más convencido de que la solución al problema territorial español pasa por ir en dirección contraria a la de Zapatero y por la alianza de las derechas españolas, nacionalistas y no nacionalistas y teniendo muy presente las orientaciones morales de la Conferencia Episcopal Española:

«La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y, en último término, los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico político más conveniente. Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la voz de la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás».

Agradezco a Cualquie las noticias bibliográficas. En ellas vemos el término Euskal Herria documentado ya en el siglo xvi. Coincido con él en sus observaciones relativas al uso y abuso de la K pero me parecen asunto menor: yo siempre escribo Méjico para referirme a Méjico pero los mejicanos gustan de escribir la forma antañona México. No pasa nada.

Un abrazo a todos. 

Vínculos:

Comentarios a A favor del término “Euskal Herria”. Libertad Digital.
Sigue la discusión en Libertad Digital.

Los vascos y España. José Antonio Primo de Rivera.

España y Cataluña. José Antonio Primo de Rivera.
Instrucción pastoral de los obispos vasconavarros.

Orientaciones morales ante la situación actual de España. Conferencia Episcopal Española.

Reforma constitucional ¡Ya! De Conceptos Esparcidos.

España, ¡antes rota que roja! De Conceptos Esparcidos.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

31 julio, 2009 a 18:35

Publicado en Política

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