Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

A vueltas con "El embrutecimiento del varón"

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Llevamos, calculo, unos treinta y cinco años de educación sexual reglada según las pautas modernas y dirigida a la infancia y a la juventud, y bastantes más  de revolución feminista y de libertad sexual.

Tanto tiempo, tantas décadas de formación de la juventud en las nuevas pautas de relación entre ambos sexos, se diría suficiente para que aquella supuesta bestialidad del hombre primitivo hacia la mujer hubiera, si no desaparecido, sí al menos mitigádose.

Cuando digo hombre primitivo me refiero al hombre anterior a la redención progre-socialista, por ejemplo, a nuestros padres y a nuestros abuelos quienes, como todo el mundo sabe, se dedicaban los días pares a dar una paliza a sus mujeres nuestras madres, nuestras abuelas y los impares a violar niñas con alguna minusvalía psíquica. Borrachos, por supuesto, todo el tiempo.

Y, sin embargo, vemos cómo los titánicos esfuerzos que la doctrina izquierdista viene realizando desde hace tanto tiempo no sólo no dan los resultados apetecidos sino que, cada vez, la edad en la que el varón comienza a violentar a la mujer es menor y la bestialidad con que lo hace, más grande, de manera que, recientes acontecimientos que están en la mente de todos, han traído al debate público la necesidad de reducir la edad penal hasta los trece años y la conveniencia de meter en la cárcel a niños de esa edad.

***

Hace años, Pío Moa escribió en Libertad Digital lo que a mí me parece uno de sus mejores artículos y que tituló El embrutecimiento del varón. Lo he mencionado en otras ocasiones.

Trataba don Pío, fundamentalmente, de la educación en la estricta igualdad de ambos sexos, así como de la difuminación en ella de los papeles masculino y femenino y, comparándola con los métodos pedagógicos antiguos, decía:

«Un objetivo de la escuela de entonces era formar “caballeros cristianos” fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etcétera, es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal.»

Ya hace siete años notaba don Pío el terrible aumento de esta especie de violencia, tanto en número de casos como en la bestialidad con que sucedían:

«…la creciente violencia doméstica, con cifras espeluznantes de crímenes que son sólo la cima del iceberg de una degradación extendidísima.»

Y concluía:

«Ante ello, una señora sociata […] propone intensificar, todavía más, eso de la “educación en igualdad”. Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.»

Así es. Atendiendo a hechos como estos podríamos plantearnos si no estarán equivocados sistemas pedagógicos como el de la “educación en igualdad”, la educación sexual y, más en general, la omnipresencia de una cierta concepción de lo sexual que domina la vida moderna. Pedagogía que, por otra parte, domina el espíritu de la llamada “Educación para la ciudadanía”. 

***

La educación sexual

 

La educación sexual tal como se entiende actualmente me ha parecido siempre una solemne majadería. Una mezcolanza de anatomofisiología del aparato genital con la presentación cínica del sexo como mero mecanismo de un placer al que todo el mundo tiene derecho.

Por mi edad, sólo en los últimos años de mi bachillerato asistí a la introducción de estas clases en el colegio salesiano en el que me formé y sólo puedo decir, sin entrar en detalles, que tales clases me parecieron eso: grotescas.

La intención de los padres salesianos era la mejor de las intenciones y obraban al compás de los nuevos tiempos, pero el resultado, como digo, era grotesco para niños que todo lo que sabíamos respecto al asunto del sexo (y creo recordar que sabíamos prácticamente todo lo que necesitábamos saber) lo habíamos aprendido en la calle y que recibíamos aquellas clases en un ambiente de jolgorio, rechifla y coña marinera.

Porque los niños de entonces nos enterábamos de estas cosas en la calle. No podría precisar bien, a estas alturas, cuáles fueron mis dudas ni cuáles los momentos en los que se presentaron ni en los que se resolvieron, pero sí puedo asegurar que ni me atormentaron ni me produjeron el menor trauma. Y, sin pretender que no se imparta esta asignatura ni se dejen de reglar unos conocimientos elementales al respecto, no me parece mala forma de aprender asunto tan fundamental en la vida pues las cosas fundamentales de ella las aprende uno solo, viviendo, equivocándose y, siempre, lo más alejado posible de la fauna de psicólogos, sexólogos y demás chupones de la imbecilidad humana.

Si acaso, la mejor enseñanza sexual que he recibido en los años de mi adolescencia me la dio otro sacerdote salesiano, creo recordar que fue don Gumersindo, fuera de tales clases y cierto día que, no recuerdo a santo de qué, nos dijo:

«Si queréis conseguir una mujer, estudiad, estudiad y estudiad.»

Y es que el sexo no es, en su esencia, esa fuente de placer en la que todo el mundo tiene derecho de beber cuando y como mejor le acomoda. Como dejé explicado en mi escrito de hace unos años Procariotas, eucariotas, maricas y homófobos, el apetito sexual no es sino el mecanismo que la Naturaleza, mediante la evolución de la especies, ha desarrollado para que dos individuos de distinto sexo se encuentren y procreen.

Y, en la especie humana esto no es un aquí te pillo, aquí te mato. No. Como sucede con los muflones que nos mostraba el llorado Félix Rodríguez de la Fuente inflándose a topetazos en la época de la berrea o, más recientemente, como nos ilustra el Ayuntamiento de Sevilla a través del Observatorio de Ballenas que ha creado en la República Dominicana y en el que, parece ser, puede verse a las ballenas macho saltando desde la superficie del agua y revoloteando (sic) a ver cual de ellos revolotea más alto con miras a impresionar a las ballenas hembra, en muchas, si no en casi todas las especies de mamíferos, el macho de la especie ha de ganarse a la hembra con su esfuerzo y es privilegio de ella valga el anglicismo elegir al vencedor. Al más fuerte. Al mejor. Al que demuestra, mediante estas pautas de cortejo, poseer una carga genética más apta para le reproducción, para el cuidado de la prole y, en definitiva, para la perpetuación de la especie.

Les dones, abans que catalanes, són dones, comentó con gracia, hace unos años, un comentarista de e-Noticies a una bravuconada de Salvador Sostres.

Hace unos días, un joven colega mío, imbuido de espíritu romántico, se me quejaba de que todas las mujeres son unas aprovechadas. No es esto. Está dentro de la naturaleza humana el que, inconscientemente, la mujer aspire a encontrar al hombre más apto para esa finalidad del sexo y de la sublimación de éste que en nuestra cultura llamamos amor y que, como digo, no es otra que formar y sacar adelante una familia.

¿Que el sexo es placentero? Por supuesto ¿Que es un apetito imperioso? Totalmente de acuerdo. Pero que su satisfacción es difícil y hasta, muchas veces, dificilísima, también es una gran verdad que es, precisamente, la que, creo, se hurta y se esconde a nuestra juventud en las dichosas clases de educación sexual.

A todos, ¡qué puñeta!, nos gustaría beneficiarnos pongo por ejemplo y perdóneseme la expresión a Carla Bruni pero, como no podemos, comprendemos que las cosas son así, nos aguantamos y ya está.

Perdóneseme también que hable aquí de mi intimidad pero siempre digo, a este respecto, que, si cada mujer que he deseado y que me ha mandado a freír espárragos, aparte de rechazarme me hubiera dado un duro, a estas alturas no me habría comido una rosca pero, al menos, sería millonario.

Hablo, claro es, desde el punto de vista masculino. A la mujer también le sucede esto y no es lo mismo Soraya Sáez de Santamaría que Fernández de la Vega como no es lo mismo María Dolores de Cospedal que la Pajín vuelvo a poner por ejemplos que se me ocurren al acaso, pero estamos hablando de la violencia que, a las veces, origina el apetito sexual insatisfecho y es claro que tal violencia es prácticamente privativa del varón.

Con lo cual no quiero decir que la mujer sea mero sujeto pasivo de la misma. Si, como muy bien observaba Pío Moa, en la educación del niño de nuestros días brilla por su ausencia el desprecio a cualidades tales como el esfuerzo y la templanza, añadiría yo que en la de la niña están prácticamente olvidados ridiculizados, más bien valores femeninos tales como la honestidad y el pudor.

Sé que el feminismo me lapidará por decir lo anterior pero estoy convencido de que este olvido de los valores tradicionales masculinos y femeninos se encuentra en la base del problema. 

***

La omnipresencia de lo sexual

 

 

A estas enseñanzas que el joven español recibe se añade la omnipresencia en nuestra sociedad de lo sexual. Ya no sólo como ostentación, invitación y tentación permanente, sino como mero motivo de conversación insustancial, en los términos más crudos y con alusiones directas a la más estricta genitalidad de manera que quien no suelta la obscenidad más gorda pasa por simple y aburrido y quien no hace alarde de triunfo galante, por imbécil, en tanto que la castidad es presentada como una tara.

Con todo esto y coincidiendo con José María Domínguez en lo que respecta a la infantilización de la sociedad, no puedo más que estar en desacuerdo con su artículo Jóvenes criminales que publicó el pasado día veinte en Libertad Digital y en el que viene a despreciar esta importantísima dimensión social del problema y a postular la imputabilidad penal de seres que apenas llevan abiertos los ojos a este mundo encanallado diez o quince años y la pena de cárcel para los mismos.

Para tales comportamientos descarriados existían antes los llamados Reformatorios y, aunque bien comprendo, por lo que llevo dicho, que poco podrían reformar los tales reformatorios con doctrinas como la doctrina Aído o la doctrina Zerolo o cualquiera de las múltiples variantes de la doctrina moderna, mejor serían, creo, que las penas de cárcel.

Por lo demás, sí creo que hay una responsabilidad civil exigible para los padres o tutores de estos críos cuando estos comportamientos causan daños en terceros y, sobre todo, una responsabilidad moral inmensa de la clase dirigente que, al tiempo que fomenta esta clase de educación está destruyendo la autoridad paterna y la moral tradicional.

***

Idilio

 

Y acabo con un poema de José María Gabriel y Galán titulado Idilio que se me ha venido a la memoria al tiempo que escribía estas líneas y que, aunque lo tenía en mente para añadirlo a mi Flor de Pretericiones, quiero dejar aquí copiado:

 

La pulida paverilla

¡un capullo de amapola!

huelga con el paverillo

en la linde de la hoja.

 

La pavada anda buscando

hormiguitas y langostas

en los cercanos baldíos,

que no tienen otra cosa.

 

Sentada está la pavera

del lindón sobre la alfombra,

y el pavero de rodillas,

como adoran los que adoran.

 

Ella ha juntado en el halda,

donde los tallos les corta,

un montón de bien cerrados

capullitos de amapola.

 

Sin romperlo, en sus dedillos

uno coge cuidadosa

y se lo muestra al muchacho

preguntando: “¿Fraile o monja?”

 

Y esperando se le queda

¡más picaresca y más mona!…

El capullo será fraile

si tiene rojas las hojas,

pero si las tiene blancas,

el capullo será monja.

 

Y estático el paverillo,

con ojazos interrogan,

contempla el misterio, y duda,

y se agita, y se emociona,

y mira luego a la niña

que lo apremia, que lo azora,

y lleno del hondo pánico

que presiente la derrota,

se lanza a dar la respuesta

como el que a morir se arroja.

 

Y apenas ha dicho: “¡Fraile!”

con la voz un poco ronca,

rompe la niña el capullo

y exclama entre risas: “¡Monja!”

 

Y apenas ha dicho el niño:

“¡Monja!”, con voz temblorosa,

“¡Fraile!”, le grita riéndose

la paverilla burlona…

 

¡Está más torpe el muchacho!

¡La niña tanto lo azora!…

¡Y luego, es tan misterioso

un capullo de amapola!…

 

¡Como que yo no diría

jamás ni fraile ni monja!…

 

 

No cabe duda de que los niños de antes, con la educación casposa que recibían, eran bastante más gazmoños y mojigatos que los de ahora. Si bien es verdad que ni antes todo era idílico ni ahora va por ahí todo el mundo violentando al vecino o, para el caso, a la vecina también es verdad que esta preciosa escena que versifica Gabriel y Galán en nuestro tiempo no habría podido ni concebirse.

Vínculos:

El embrutecimiento del varón. Artículo de Pío Moa en Libertad Digital.
Jóvenes criminales. Artículo de José García Domínguez en Libertad Digital.
Declaraciones de monseñor Rouco Varela en ABC.
Procariotas, eucariotas, maricas y homófobos. De mi blog.
¡Ah…! Y lo del Mirador de Ballenas. DiariodeSevilla.es.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

25 julio, 2009 a 9:27

Publicado en Política

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