Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for febrero 2009

Sherlock Holmes

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 Sherlock Holmes

 (Reflexión en torno a la novela)
 
La novela es el arte de crear a un hombre. La biografía es el arte de resucitarlo.
André Maurois

Mi apreciado compañero en estas lides de escribir blogs, Alcides, con quien tengo un inmenso deber de gratitud por el interés que se toma en estos escritos, comenzó, hace tiempo, una ingente labor intelectual —una labor de esas que, por su misma naturaleza, tienen comienzo pero no tienen fin— en su página web “Es un momento”.

Alcides, en esta su página, a mi modo de ver, más que pretender exponernos de manera cargante una relación exhaustiva y fría, lo que nos muestra es su curiosidad por la universalidad del conocimiento característica del hombre renacentista. Frente a la emotividad del romanticismo, al que le preocupa muy poco fijarse en las cumbres del pensamiento humano, el clasicismo de Alcides ha tenido el coraje de dar inicio a la tarea, ingente como digo, de llevar tales cumbres a Es un momento y presentárnoslas allí de manera sencilla y sin mayor pretensión que mostrar su curiosidad y su cariño hacia estas cosas.

Visitando, pues, Es un momento y, aconsejado por él, ojeando sus enlaces, he ido a dar con el blog de Hilaire, Gilbert y Frances y, en él, con su última, entrada dedicada a sir Arthur Conan Doyle y, más concretamente a su personaje de ficción, Sherlock Holmes en un estudio de su novela Estudio en escarlata (A Study in Scarlet).

Comoquiera que Las aventuras de Sherlock Holmes fueron, sin ninguna duda, la más importante y asidua lectura de mi juventud y, durante ella, me absorbieron con el mismo grado de adición con el que los jóvenes de hoy en día se aplican a la play-station, no ha podido menos que conmoverme tal encuentro, evocar aquellos tiempos e inspirarme las reflexiones que siguen para las que lo que acabo de decir, al tiempo que un gesto de gratitud hacia Alcides, de reconocimiento para Hilaire, Gilbert y Frances y de homenaje hacia Conan Doyle y su obra, quiero que sirvan de prologuillo y de explicación.

***

En efecto, con todo lo que me va fallando la memoria, recuerdo como si fuera hoy la tarde en que mi padre se presentó en casa con los dos tomos, encuadernados en piel roja, de Las aventuras de Sherlock Holmes, traducidas y prologadas por Amando Lázaro Ros y que la Editorial Aguilar tenía publicadas en su colección El Lince Astuto. Después de mucho tiempo, los acabo de recoger de su estantería para tenerlos delante de mí al tiempo que escribo estas líneas y un sentimiento de infinita melancolía me embarga al hojearlos.

Una de las anécdotas que me impresionaron en el Diario de Ana Frank —anécdota menor, si se quiere, en libro de tanta enormidad— fue el cuidado con que sus padres se ocupaban de sus lecturas y del que nos podemos dar cuenta en varios pasajes de la primera parte de la obra. Así era entonces —dudo mucho que lo siga siendo—: antaño, los padres, efectivamente, se ocupaban y preocupaban por que sus hijos, en la edad infantil y juvenil, conocieran y disfrutaran de los clásicos de la literatura dirigida a estas épocas de la vida.

Así, el caso fue que mi padre, una tarde, llevó a casa los dos tomos que digo en cuya lectura me envicié. Leía y releía con fruición Las aventuras de Sherlock Holmes con tal desmesura que, un día, me preguntó mi padre:

—Pero, hijo, ¿como puedes leer tantas veces lo mismo cuando lo interesante de una novela policíaca es saber quien es el asesino? Una vez conocido éste ¿qué satisfacción, qué goce, se puede sacar de tanta relectura?

No supe entonces qué responder a la pregunta de mi padre. Con el paso de los años he comprendido muy bien el por qué de mi fruición en Sherlok Holmes.

La novela, como dijo André Mourois, es el arte de crear un hombre. No encuentro mejor definición para el género novelístico. En él puede haber, y hay, subcategorías, en las que prime el argumento sobre el dibujo preciso, minucioso, de una persona creada de la nada, pero la esencia de la novela, lo importante de la novela, lo grandioso de la novela es esa creación ex nihilo de un ser humano. Por eso El Quijote es la mejor y más grande novela que se haya escrito nunca, porque dibuja con tanta precisión a un hombre —a dos hombres— que se nos acaba por hacer entrañable. A un hombre al que, de existir realmente, reconoceríamos al momento si nos lo encontráramos por la calle y esto, no por su apariencia externa, sino por el dibujo espiritual que tan bien supo hacer de él el novelista que lo creó.

Porque El Quijote, lo que menos es es una novela de aventuras. El Quijote no es más que las conversaciones de dos hombres que, mientras caminan, hablan de lo divino y de lo humano. Hablan y, hablando, se nos aparecen como dos personas que, si no existen, merecerían haber existido.

Las “aventuras” que enmarcan estas conversaciones, ciertamente, no tienen mayor interés. Sirven sólo para eso: para enmarcar y dar disculpa a la relación entre don Quijote y Sancho Panza y, lo mismo que fueron las que escribió Cervantes podrían haber sido otras cualesquiera.

De la misma manera, si Cervantes no hubiera tenido el genio de diseccionar hasta lo más profundo de su alma a don Quijote y a Sancho, El Quijote habría pasado sin ninguna gloria y nadie recordaría hoy tales aventuras. Por eso me producen pavor las versiones de El Quijote hechas en películas o en dibujos animados, porque no es eso, no es eso…

Con Sherlock Holmes y el doctor Watson sucede lo mismo que con don Quijote y Sancho. Siendo el argumento de sus novelas algo más trabajado y, efectivamente, policíaco, no son sino dos seres humanos nacidos de la nada gracias al genio de Conan Doyle y esta es la causa de su inmortalidad. Tan humanos que el lector que los haya acompañado en todas sus aventuras, desde el Estudio en Escarlata, la primera de ellas, hasta la última, El epílogo de Sherlock Holmes, en la lectura de los últimos párrafos de la última,  (An Epilogue of Sherlock Holmes), cuando los dos amigos, ya ancianos, se despiden sabiendo que nunca más se volverán a ver:

—Sopla viento del Este, Watson.
—Creo que no, Holmes. Es un viento muy caluroso.
—¡Mi bueno y querido Watson! Es usted el único punto inconmovible en una época en que todo cambia. A pesar de lo que dice, sopla viento del Este como jamás sopló con tanta violencia sobre Inglaterra…

el lector, digo, que hasta aquí los haya acompañado no puede evitar que se le salten las lágrimas. Yo, al menos, no podía.

***

Se ha dicho, también, que la novela es, con las excepciones de rigor, obra de la madurez del escritor. No puede ser de otra manera. Si el ansia juvenil puede muy bien explotar en un soneto lírico, es muy difícil inventar con arte y verosimilitud la figura de un ser humano sin haber avanzado mucho trecho por el camino de la vida y del conocimiento del hombre… de los hombres. Y, sin embargo, es hoy el pan nuestro de cada día el caso del niño o de la niña con ínfula de escritor que desea pasar a la posteridad escribiendo una novela sobre, digamos, la vida en los barrios bajos de Singapur, se gasta un dineral yéndose a Singapur a documentarse y vuelve de Singapur para largarnos una supuesta novela en la que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera, muy seguramente, una concepción cabal por parte del escritor de la vida externa en los barrios bajos de Singapur y, en cualquier caso, ni rastro de la más mínima vibración realmente humana.

Por eso puede conmigo la novelística moderna ocupada en la novela histórica o en la novela de, dicen ellos, denuncia social, documental y todas las zarandajas en las que anda metida. Me aburren tantos y tantos títulos que nos sonríen desde los expositores de las librerías y que lo mejor que tienen, en la inmensa mayoría de los casos, es la ilustración de la portada. Me duele ver a todo el mundo —y cuando digo todo el mundo me refiero a todo el mundo— enfrascado en tales lecturas y no ver a nadie —y cuando digo nadie quiero decir literalmente a nadie— que lea un clásico, dígase El Quijote, díganse Las aventuras de Sherlock Holmes, dígase el que se diga.

Por eso me indigna la indecencia con la que algunos novelistas utilizan la Historia para hacer novelas históricas. Y me indigna, más aún, que el único conocimiento que el público tiene de la Historia sean las elucubraciones, muchas veces malintencionadas, de autores de novelas y guionistas cinematográficos. No es que desprecie el subgénero de la novela histórica ni que deje de reconocer que ha dado grandes obras a la literatura universal, pero me indignan obras tales como El pedestal de las Estatuas, “novela” en la que Antonio Gala, de quien ya he hablado en otra ocasión en este sentido, tiene la osadía de pretender —nada menos— que “levantar las faldas a la Historia de España” y demostrar que Isabel la Católica era una asesina. Es pura trampa.

Pero no quería envenenarme hoy el alma. Empecé el escrito, únicamente, para rendir homenaje y recordar a Sherlock Holmes. Olvidémonos pues, por hoy, de Gala y constatemos sólo que, a pesar de todo, dentro de cincuenta años los clásicos seguirán siendo clásicos mientras que de las obras nacidas al compás del marketing editorial no se acordará ni la madre que las parió.

Vínculos:

Esunmomento. Página de Alcides.
Blog de Hilaire, Gilbert y Frances.
News and updates on the world of Sherlock Holmes, by Sherlockians for Sherlockians.
Antonio Gala. De Conceptos esparcidos.
Antonio Gala: “Fuera los pedestales…”. De Diario de Córdoba.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

1 febrero, 2009 at 17:56