Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

A vueltas con el Crucifijo

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Desde hace tiempo me ronda por la cabeza la idea de cursar la licenciatura en Teología y si Dios me da vida suficiente y mi profesión tiempo para ello, querría dedicar la sexta década de ella para hacerlo.

Educado en el campo de las Ciencias, mi espíritu siempre se ha sentido más atraído por el de las Letras y puedo decir hoy, ya muy avanzada mi vida y dedicado alguna reflexión y alguna lectura al asunto, que la ciencia sólo colma una pequeña parte del ansia de conocimiento del ser humano, concretamente, aquélla que satisface la curiosidad de conocer cómo funciona el Universo físico que nos es dado ver.

En ningún sitio está escrito que todo el Universo (empleo aquí el término Universo en sentido filosófico, es decir, me refiero a la totalidad de Todo lo que existe, no en el sentido astronómico del Universo que vemos por los catalejos) sea comprensible ni aprehensible para la razón humana —error extendidísimo en nuestro tiempo—, pero, aunque así fuera, la Ciencia sólo puede explicarnos el funcionamiento de ese Universo físico, visible y mensurable. Nos explica cómo funciona.

El resto de preguntas que se hace el ser humano —cuando digo ser humano hablo en términos generales y con ello no me refiero ni a Zapatero, ni a Blanco ni a Aído, no porque no los considere seres humanos, ni humanas, sino porque ya me hago cargo de que ellos no se preguntan estas cosas—, el qué, el por qué, el para qué, son preguntas que la Ciencia nunca va a podernos contestar. De ahí la necesidad de la Metafísica y de la Teología.

Ignoro si, acabaré cumpliéndolo: la vida es, al mimo tiempo que una continua sucesión de propósitos de los cuales casi ninguno se realiza, una permanente aparición inopinada de sucesos inesperados —las más de las veces, adversa, como dijo el autor de la inmortal Epístola moral a Fabio— que son los que de verdad la dirigen.

No sé pues si acabaré realizando éste mi viejo sueño de cursar la Licenciatura en Teología pero, si lo llego a hacer, manifiesto desde ahora mismo que no va a ser en la Universidad Carlos iii de Madrid y, menos, mientras don Juan José Tamayo sea director de su Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones.

Don Juan José nos regaló el pasado día 19 un artículo de opinión en El País titulado A vueltas con el Crucifijo en el que manosea conceptos e ideas que ya eran viejas cuando Ernest Renan, en el siglo xix, escribió La vida de Jesús, obra en la que, a su vez, manoseaba la vieja reducción de la figura de Jesucristo a su mera condición humana e histórica.

Ideas tan novedosas nos explica este señor, don Juan José Tamayo, en el artículo que público en la edición de El País del pasado día 19 titulado A vueltas con el crucifijo, cuando se esfuerza en hacernos comprender que:

«La muerte de Jesús de Nazaret en la cruz no respondió a la voluntad de Dios, como frecuentemente han predicado las iglesias cristianas, sino que fue la aplicación de una condena impuesta por las autoridades religiosas y políticas por su afilada crítica de la religión, su transgresión sistemática de la ley, su permanente conflicto con el poder político y su práctica liberadora, socialmente revolucionaria, políticamente desestabilizadora del orden establecido, religiosamente subversiva y desacralizadora del poder.

Como digo, pensamientos de este tipo ya eran viejos en el siglo xix y, seguramente, mucho antes.

Y lo eran porque la Fe es una gracia de Dios a la que no se puede llegar sólo a través de nuestra razón y, por ello, es muy comprensible que, desde los comienzos de la cristiandad, infinidad de personas no hayan llegado a comprender lo que de sublime encierra el dogma de la Encarnación, de la divinidad de Jesucristo, el de su Resurrección o el de su subida a los Cielos para reinar a la diestra de Dios Padre.

Aún a los que agachamos la cerviz ante estos misterios y decimos ¡sí, creo!, abandonados a nuestra sola razón, tampoco podríamos aceptarlos y no es menester, pues que el señor Tamayo nos explique cosa tan simple y, como digo, tan archirrepetida.

De esa dificultad que entraña la asunción de estos dogmas a la sola luz de la razón se debe el hecho de que tantos autores que los rechazan, interesados, sin embargo, algunos por la figura histórica de Jesucristo, otros por intentar sacar provecho de ella y casi todos por menospreciar a la Iglesia católica, se hayan dedicado a indagar en esta faceta histórica, unas veces con mejor fe, como en el caso de Renán, otras con tontería infinita, como la de Juan José Benítez en su Caballo de Troya, y otras con muy mala fe, como en el caso de El Código da Vinci.

No hay, nada nuevo, pues en lo que nos dice el señor Tamayo en El País. Lo significativo de su artículo es que argumentos tan banales los utilice un catedrático de Teología para defender, que es de lo que trata su artículo, la laicidad del Estado y, muy concretamente, la presencia del Crucifijo en los actos oficiales.

Ello lo justifica el señor Tamayo con las siguientes palabras:

«Es necesario llevar el laicismo o, si se quiere, la laicidad hasta las últimas consecuencias. Para ello hay que eliminar todos los restos de teísmo político criticado tan certeramente por el teólogo Paul Tillich que perviven incluso en los Estados no confesionales, y muy especialmente en el Estado español.»

No nos explica este teólogo porqué es esto necesario, cosa que sería esperable de un filósofo cuando hace una afirmación tan tajante, pero tampoco es que sea muy necesario. A estas alturas conocemos más que de sobra hacia donde se dirige la embestida de la izquierda, sabemos cómo, su fin último es erradicar a la religión católica de la sociedad y lo único que nos aporta este artículo es que nos hace darnos cuenta de que, si el mal es evidente y extendidísimo en la clase política dirigente, quizá sea aun peor su existencia soterrada en las cátedras universitarias.

No dice el señor Tamayo ni una palabra acerca de la riqueza cultural que encierra cualquier religión. Ni una sola palabra acerca de la belleza de sus símbolos ni de su liturgia. No se detiene don Juan José a dedicar ni un mínimo pensamiento al hecho de que, si el Crucifijo está presente en los actos oficiales es porque lo viene estando desde hace dos mil años, años que gravitan sobre las generaciones hoy vivas y no se detiene a preguntarse, ni por lo más remoto, si las generaciones hoy vivas tienen derecho a liquidar su historia y, de tenerlo, si esto es deseable no.

No, el teólogo Tamayo da por descontado que lo bueno es la laicidad y que la laicidad exige la retirada del Crucifijo.

Gran contraste la teología de este hombre con la reciente lisa y llana reacción de don Juan Alberto Benlloch, alcalde de Zaragoza, quien, a pesar de su condición de socialista no pudo por menos, hace poco y ante tanto sofisma, que ‘saltar’ y decir que “mientras el esté al frente del Ayuntamiento, el Crucifijo seguirá presidiendo su Salón de Plenos.”

Y añadió don Alberto;

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y tradiciones, sino que las acumulan y superponen.»

y que a él le basta:

«con que el Crucifijo lleve en su sitio todo este tiempo (desde el siglo xviii), porque, además, creo que eso no debe de ofender a nadie.»

Esto, que parece lo sensato, es lo que disgusta al señor Tamayo y así nos lo dice desde su cátedra de Teología de la Universidad Carlos iii.

El señor Tamayo será todo lo teólogo que él quiera pero es un teólogo iconoclasta. Y además, un sofista. Y, además, un hipócrita cuando trata de disimular su iconoclastia con palabras tales como:

«Es necesario preservar el crucifijo, símbolo de un cristianismo liberador y comprometido con los excluidos, de cualquier uso y abuso político, manipulación partidista y legitimación del poder. Me parece un sarcasmo que quien fuera crucificado por blasfemo, heterodoxo y subversivo sirva de legitimación de las actuaciones políticas de quienes van a ejercer el poder. Es una contradicción en toda regla y una desnaturalización de la muerte de Jesús de Nazaret. Los dirigentes eclesiásticos y los creyentes de las diferentes iglesias cristianas deberían ser los primeros en levantar la voz contra el uso y abuso del crucifijo en ceremonias de carácter político y de reclamar su supresión en actos institucionales.»

Pienso que de quien hay que preservar el Crucifijo es de personas como el señor Tamayo. Ni aún cuando tuviera razón y la razón de la crucifixión de Jesucristo se hubiera reducido a lo que la pobreza intelectual del señor Tamayo dice que fue, existiría esa contradicción, ni la presencia del Crucifijo en los actos oficiales desnaturalizaría nada: para los creyentes y para los no creyentes, su presencia en estos actos nos recuerda que la civilización española tiene como pilar esencial al catolicismo. Olvidar esto es empobrecernos y olvidar nuestra historia. Para los creyentes, la tesis del señor Tamayo es signo evidente de que postula relegar la religión a la conciencia de cada uno y le niega la dimensión pública que todas las religiones han tenido en cualquier civilización. Cuando nos dice: “Los dirigentes eclesiásticos y los creyentes de las diferentes iglesias cristianas deberían ser los primeros en levantar la voz contra el uso y abuso del crucifijo en ceremonias de carácter político y de reclamar su supresión en actos institucionales” debemos entender que intenta engatusarnos y equivocarnos con palabras envenenadas.

Por aquí camina el mundo político y el académico. Si acaban triunfando con esto del laicismo tendremos que empezar a pensar otro nombre para la Carrera de san Jerónimo, pues sería un “sarcasmo” el que los padres de la Patria tuvieran que pasar por una calle con el nombre de un santo para entrar en las Cortes.

Y tendremos que ir pensando en quitar la Cruz de los Ángeles del escudo de Asturias pues, aparte los argumentos que nos ha dado ya para ello el señor Tamayo, seguro que, si no la quitamos, nos vendrá a explicar que la leyenda sobre su origen es pura patraña.

Esto y tantas y tantas cosas que tendremos que quitar, romper o deshacer para que don Juan José Tamayo se quede conforme y descansar en paz en su cátedra.

 

Vínculos:

A vueltas con el crucifijo. Artículo de opinión de Juan José Tamayo en El País.
Mientras yo sea alcalde de Zaragoza, no se retirará el Crucifijo del Salón de Plenos. Don Juan Alberto Benlloch.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

23 julio, 2008 a 18:17

Publicado en Política

2 comentarios

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  1. Te gusta Franco? Federico Jimenez? Y ahora resulta que tambien la Iglesia Católica? En fin, eres un mar de pequeños detalles. Esta claro que en el mundo tiene que haber de todo. Y tu eres como esas pequeñas cebras que nadie sabe que son negras con manchas blancas y no al reves. Veo tambien que este es tu ultimo artículo y desde entonces no has vuelto a escribir, espero que te encuentres y bien y que Dios no te haya llevado a estudiar Teologia a su diestra (que ya sabras que es su lado bueno, ya sabes el lado por el que le hacen las fotos). Atentamente tuyo, tu más sincero antiadmirador. Por cierto, si no escribes más tampoco te voy a echar de menos. Me sobran tus ideas.

    Salvador

    20 noviembre, 2008 at 0:49

  2. Te gusta Franco? Federico Jimenez? Y ahora resulta que tambien la Iglesia Católica? En fin, eres un mar de pequeños detalles. Esta claro que en el mundo tiene que haber de todo. Y tu eres como esas pequeñas cebras que nadie sabe que son negras con manchas blancas y no al reves. Veo tambien que este es tu ultimo artículo y desde entonces no has vuelto a escribir, espero que te encuentres y bien y que Dios no te haya llevado a estudiar Teologia a su diestra (que ya sabras que es su lado bueno, ya sabes el lado por el que le hacen las fotos). Atentamente tuyo, tu más sincero antiadmirador. Por cierto, si no escribes más tampoco te voy a echar de menos. Me sobran tus ideas.

    Salvador

    20 noviembre, 2008 at 0:49


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