Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Pepiño Blanco sienta ‘doztrina’ acerca del insulto

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A don José Blanco, secretario de Organización del PSOE, a raíz de la reciente condena en juicio de primera instancia contra don Federico Jiménez Losantos por insultar al alcalde de Madrid, le ha faltado tiempo para sacar tajada de dicha condena y, dentro de sus capacidades, ha conseguido reflexionar sobre el tema del insulto e hilvanar algún pensamiento relativo al mismo y, haciendo como que se escandaliza, ha manifestado que “es el colmo cuando sólo se utiliza el insulto para zaherir.”

Como es tema del que me vengo ocupando y preocupando desde hace tiempo, particularmente en mis escritos En el día de hoy, de 29 de mayo pasado y en el que titulé En defensa de una señora el 9 de noviembre, me han llamado la atención las palabras de este hombre y he querido prestarles alguna reflexión.

Más extensamente, don José, nos explica:

“Pierde la razón el que, en la pretendida defensa de sus posiciones, emplea el insulto mezclado entre los argumentos para mantener sus tesis.” “O, peor aún, tiene ya perdida la razón el que, de forma recurrente y en ocasiones con ese sólo instrumento, se sirve del insulto para intentar contrarrestar las razones del oponente. Y ya el colmo es cuando sólo se insulta y, además, con la clara intención de zaherir o intentar destrozar la dignidad de una persona o de ella y de su grupo o su familia.”

El número dos del PSOE dice entender que, en ocasiones,

“La vehemencia en la defensa de las propias posiciones haga que se deslice algún comentario hiriente.” En ese caso, el “destinatario siempre se pueden pedir o exigir una rectificación” e incluso, “pasado el arrebato y con la cabeza más fría”, no debe “haber inconveniente en reconocer el error y pedir disculpas.”

Según Blanco,

“Cualquiera puede caer en este error y de sabios es rectificar”. “Lo malo es cuando se sabe que la utilización del insulto no es fruto de un calentón, sino que es una forma consciente y deliberada de intentar destruir civilmente al contrario.”

La verdad es que, en términos abstractos y si no le conociéramos a él y a sus conmilitones, don José tendría toda la razón del mundo y esto son cosas que no deberían ni explicarse, pero como los conocemos y no estamos en el mundo de la abstracción sino en la pocilga maloliente que han ido creando a lo largo de décadas con sus mentiras, con sus tergiversaciones y, precisamente, con su continuo insulto tanto a las personas como a la inteligencia (de ahí, quizá, la excusatio non petita de que cualquiera puede caer en el error que hace Pepiño) me he quedado de piedra leyendo a don José y haciéndome cruces viendo la cara dura que se puede tener para, desde el partido en el que milita, sus adyacentes, aliados y amigos políticos, que nos vienen llamando, sistemáticamente, desde hace treinta años fascistas, fachas, casposos, retrógrados, ultramontanos y, más recientemente, −la continua y nada justificada utilización de tales epítetos hace que cada vez vayan teniendo menos carga semántica y precisen crear otros nuevos más “fuertes”−, más recientemente digo, xenófobos, genocidas, Brunete mediática, yihad hispánica, follacabras y, −esto es contribución del numen de Anido−, pajilleros, reprimidos, puteros, siniestros, etc, etc, sin olvidar a Rubianes cuando tuvo el desahogo de c… en la p… España entre las risotadas del presentador del programa y del populacho asistente a él en una televisión pública española, ni a Gallardón cuando, acto seguido, quiso contratar al tal Rubianes con dinero público para que actuara en Madrid, ni, en fin a Bibiana Aído cuando llamó, hace poco, loco a Berlusconi, para mantener doña Bibiana sabrá qué tesis, me he quedado, como digo, de piedra, cuando este tío nos viene a aleccionar sobre la inconveniencia de utilizar el insulto.

No se acaba de entender qué tesis intenta defender la izquierda cuando nos llama, por ejemplo fascistas o genocidas, ni la izquierda se toma mayor molestia en explicárnoslo. ¿Pretende decir, en serio, que postulamos un régimen fascista para España? ¿que deseamos algún genocidio?

No: sencillamente están intentando, con esos adjetivos, hacer que nos callemos. Como decía antes, tanto y tan injustificadamente abusan y malutilizan las palabras −los insultos−, que éstas van perdiendo su carga peyorativa y necesitan crear otras para soltarla, cada vez, más gorda.

Así sucedía con la palabra fascista, insulto que, durante muchos años les sirvió para cometer mil tropelías sin que pudiéramos responder a ellas con la contundencia debida simplemente por el miedo cerval que nos daba −y aún sigue dando a muchos− a que nos colgaran ese sambenito.

¿Es o no es insulto el llamarnos fascistas, señor Blanco? ¿Lo emplean ustedes para mantener una tesis o, lisa y llanamente, para callarnos la boca? ¿o para zaherir? ¿O para intentar destrozar la dignidad de nuestras personas?

¿Para qué lo vienen ustedes utilizando sistemáticamente desde hace décadas, Blanco? ¿Me lo quiere usted explicar?

Y como este ejemplo, mil, señor Blanco.

Ya quisiera yo que el debate político en nuestra Patria discurriera por otros cauces más civilizados, más educados y, sobre todo, más llenos de contenido y de pensamiento, pero a ustedes poco o nada se les puede sacar fuera de lo de Aznar asesino y demás brillantes razonamientos. Recientemente, a raíz de los insultos hacia el señor Berlusconi, no por dos personas cualquiera, sino por dos ministras socialistas españolas, el ministro de Asuntos Exteriores, don Franco Frattini no pudo por menos que calificar tales insultos de dichas ministras de manifestaciones imprudentes, extemporáneas y, además, muy desagradables. Y esto dicho en términos diplomáticos. Los italianos han tenido, en este caso concreto, la oportunidad de conocer lo muy desagradables que pueden ustedes llegar a ser, don José. Los españoles que no somos de su cuerda lo conocemos y lo sufrimos, como le digo, desdehace muchos años.

Durante toda la Transición, el escrúpulo de la derecha hacia esta desvergüenza de ustedes fue exquisito y llevábamos con resignación esta actitud suya en aras de la convivencia. Personas tan serias y criadas en principios tan distintos a los suyos de usted como fueron los señores Suárez, Calvo-Sotelo o Aznar, por mencionar unos pocos, no se rebajaron a utilizar el lenguaje barriobajero de ustedes y, así, ustedes, mediante la grosería, el insulto y el mal gusto, se crecían, parecía que sostenían alguna tesis, parecía que hablaban con alguna seriedad (puesto que no se les contestaba) y los demás, gracias a ese discurso suyo, lo único que parecíamos era meros fachas y lo único que nos parecía estársenos permitido era reírles a ustedes sus gracias. ¿Me va siguiendo usted?

Pues bien, fachas seríamos todo lo que usted quiera e imbéciles −ahí sí que lleva usted toda la razón−, más todavía, pues tuvimos que llegar al extremo de ver algaradas callejeras en las que se hacía alarde de violencia física contra sedes del PP y tuvimos que escuchar mil veces repetida la consigna de Aznar asesino para darnos cuenta de que con ustedes ni hay tesis que defender ni hay diálogo posible sino, más bien, recurrir a la necesidad de taparnos las narices y rebajarnos al nivel en el que ustedes dialogan. Si, haciéndolo así, hemos conseguido, al menos, que hasta usted se caiga del guindo y le hayamos inducido esas reflexiones suyas tan bien traídas, en lo abstracto, sobre el asunto del insulto, ¡bendito sea Dios!

Adoptamos, pues, tras aquellos hechos −aunque con mucha más clase y de manera bastante más racional− la táctica de ustedes que ahora, a usted, le parece tan insultante.

Como dijo Pío Moa hace poco:

La libertad de insulto, digo, ha sido constante por parte de la izquierda y los separatistas, y yo, desde luego, puedo dar amplio testimonio, pues la he sufrido y sufro todos los días. Pero de vez en cuando los insultones reciben una ración de su propia medicina, y eso ya no les gusta un pelo. Aunque lo que les subleva no es eso, pues saben que en tal competición siempre saldrán ganando, dada su amplia experiencia y falta de escrúpulos. Lo que realmente les pone fuera de sí es que se diga la verdad sobre ellos.

Yo mismo había dicho mucho antes, en mi escrito En defensa de una señora:

En su tradición, la izquierda siempre ha sido así: siempre se ha movido en el ámbito de la consigna y de la demonización del enemigo político, importándole muy poco ni la verdad ni la razón que substenten tales consignas ni tales demonizaciones. Basta con que conmuevan los instintos de la masa y la masa, siempre proclive a ello, las crea.

[…]

Las necedades, los exabruptos y hasta las mentiras, en el fondo, forman, lamentablemente, parte del juego democrático en su caza del voto y hasta, si se quiere, de la reflexión intelectual a modo de floritura. Pueden ser hasta aceptables como anécdota y condimento. Lo venenoso es que, en el diálogo con esta izquierda española que padecemos, no escuchemos de ella más que necedades, exabruptos, mentiras e insultos. Y nada más. Si, después de verles soltar tales coces, creemos que lo hacen a manera de desahogo y esperamos que, tras ellas, venga la reflexión que las justifica, podemos esperar sentados porque tal reflexión no va a venir. La izquierda da coces sin más.

Sus intelectuales nos llaman golpistas y no nos explican ni cómo, ni dónde ni quiénes estamos intentando dar un golpe de Estado a la Constitución del 78 que es el orden constitucional hoy vigente y contra el que, dicen, estaríamos conspirando. Y nos lo llaman con el mismo desparpajo con el que han venido llamándonos fascistas desde aquella reconciliación.

Y, como durante tantos años hemos tenido la prudencia de no responderles como merecen, ahora se extrañan de que empecemos a hacerlo.

Y como, tras esas consignas y esos insultos, estos intelectuales de izquierda no tienen absolutamente ninguna reflexión intelectual que les de sustento, cuando les respondemos, empiezan a descomponerse y a perder los papeles.

[…]

Y, efectivamente, cada vez están más crispados. Cada vez están más descompuestos. Cada vez son menos capaces de disimular ni el odio que llevan dentro, ni la bilis que les sube hasta la garganta, ni la estupefacción que debe causarles la contradicción que entraña el que ellos, adalides de la libertad, anden en la cruzada de callar voces disonantes y que, ante las afirmaciones de estas voces, ellos, carentes de argumentación, tengan que ceñirse al insulto o al exabrupto y no puedan ir más allá de ellos.

Me recuerdan, en mucho más vil y miserable, los tiempos de la infancia en los que, cuando un niño hacía una perrería a otro y éste se quedaba, bien sin contestación, bien sin fuerza para soltarle un guantazo al otro, salía con la retahíla aquella de “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” que le servía de desahogo. Bien es verdad que esto era más propio de las niñas que de los varones pero no es menester que entremos en ello.

Pero, hasta los niños, antes de recurrir a este último extremo, buscábamos, en nuestras mentes infantiles alguna razón que mostrara al universo mundo la injusticia de la que habíamos sido objeto, la sinrazón de nuestro adversario y, en fin, una salida del trance más airosa que la susodicha retahíla.

Estos indeseables de la progresía intelectual, no. Quizá, al principio, atónitos, desde su convicción de superioridad moral e intelectual, de que se les contestara, alguno intentara hacer melindre de reflexión intelectual.

Ahora ya ni siquiera eso. Ahora están instalados en el “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” y detrás no hay nada. Nada.

Por eso es imposible el diálogo con la izquierda española.

Y, en mi más reciente escrito, En el día de hoy, dejé dicho:

El asunto este del insulto por parte los socialistas es grotesco y parecería hasta gracioso si no anduviera resultando tan siniestro y peligroso.

Lo he dicho mil veces: desde los tiempos en los que el señor Guerra llamaba al señor Suárez tahúr del Mississipi con tanta gracia hasta que comenzó la legislatura Zapatero, el socialismo y la izquierda en general se han dirigido a nosotros, colectiva y personalmente, en los términos más insultantes. Desde fascistas a genocidas pasando por fachas, casposos, cavernícolas, cutres, pajilleros, reprimidos, puteros, siniestros, etc., etc., nos han dicho de todo durante treinta años y nos lo van a seguir diciendo.

¿Qué es lo que sucede? Sucede que, hasta que llegó Zapatero al poder teníamos la prudencia de no prestar oídos a estas necedades y no contestarles en sus mismos términos. De entonces a acá les hemos ido perdiendo el miedo y les estamos empezando a contestar en parecidos términos −aunque con bastante mayor clase y de manera bastante más razonada− y de ahí que, estupefactos, hayan ido a caer en la cuenta de qué cosa es el insulto y cuando lo ven dirigido a ellos no les resulte tan gracioso.

No se entienda por lo que acabo de decir ni que yo defienda el insulto como arma dialéctica ni que esté admitiendo que el señor Losantos haya insultado a Gallardón en este caso concreto.

Soy el primero en deplorar el tono del debate político que existe en nuestra patria pero, como digo, el que la izquierda utilice el argumento del insulto para intentar cerrar una cadena de radio y callar una voz que les molesta, cuando ella lleva más de treinta años empleándolo y mientras en España se queman retratos de los reyes en Ayuntamientos dirigidos por ellos, se publican caricaturas groseras y obscenas de los Príncipes de Asturias o existen seres como Rubianes, a quien reciben con alfombra en la televisión pública catalana, o seres como Anido, que dirigen la SER, sin que a nadie se nos ocurra pedir ni que cierren la televisión catalana ni que cierren la SER, resulta, además de indignante, espeluznante si, al fin, acaban teniendo éxito en su tergiversación y con tal argumento nos hacen, efectivamente, callar a todos.

Compréndase, pues, mi estupefacción al leer a Pepiño farfullando ideas que ya muchos habíamos expresado desde hace mucho tiempo y que, a todas luces, parecen copiadas de nuestras reflexiones.

Ante la lectura de las palabras de Pepiño me viene a la memoria la misma estupefacción que sentí, hace años, cuando leí las palabras que el Presidente de la Generalitat, a la sazón don Pasqual Maragall, pronunció ante el Parlamento catalán reflexionando sobre los argumentos ad hominem, y vi, estupefacto, que eran exactamente las mismas mías que yo había dejado dichas en e-noticies justamente el día anterior pero diciendo derecha donde yo había dicho izquierda. Lamento no poder traer aquí la cita concreta porque e-noticies anda de mudanza y no se puede acceder a su hemeroteca y, además, ni me acuerdo de si la anécdota sucedió en el 2005 o en el 2006 y no pienso repasar todos los comentarios que hice en ella por aquellas fechas

Será vanidad mía y que Dios me la perdone, pero, aunque no lo fuera y dejando aparte los compresibles excesos del protagonismo humano y sean las cosas como digo o no lo sean, lo que es indudable es la tergiversación que el señor Blanco hace de esto en su reflexión sobre el insulto.

Tergiversación que no es sino aplicación del punto tercero de los Once Principios de la Propaganda que enunció don Joseph Göbbles, el llamado Principio de la transposición que dice, en palabras de Göbbles:

3. Principio de la transposición. “Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan.”

Y, quizá, también, aplicación del punto quinto, el Principio de la vulgarización, que dice:

5. Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adoptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad reflexiva de las masas es limitada y su comprensión escasa y, además, tienen gran facilidad para olvidar.”

¿Me sigue usted, señor Blanco o me explico más?

Vínculos:

Blanco olvida al poliomielítico: “es el colmo cuando sólo se insulta para zaherir.” Libertad Digital.
El día de hoy. De Conceptos Esparcidos.
En defensa de una señora. De Conceptos Esparcidos.
¿Falta De Juana Chaos? El derecho a insultar. Del blog de Pío Moa en Libertad Digital.
Los Once principios de la propaganda de Joseph Göbbles. MPC Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

18 junio, 2008 a 12:15

Publicado en Política

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