Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Doña Bibiana

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Si, recién estrenada la segunda legislatura socialista, nos pareció a muchos que la imagen paradigmática de tal estreno fue la de Carmen Chacón embarazada y pasando, al mismo tiempo, revista a unas tropas militares, tenemos hoy, algo adelantada ya esta legislatura, que rectificar y manifestar que el verdadero paradigma de ella es doña Bibiana Aído, ministra de la Igualdad en este gabinete.

Con doña Bibiana no sucede el caso típico del gestor que, recién llegado a un cargo más o menos inútil, se siente en la necesidad de trastocarlo todo para que parezca que hace algo y justificar así su puesto.

No. Con doña Bibiana las cosas son mucho más siniestras.

No me enteré de la existencia de doña Bibiana cuando Zapatero creo el Ministerio de Igualdad y la eligió a ella para dirigirlo. El nombre de tal ministerio, que, ya de por sí, pone los pelos de punta, hizo que centrase más mi atención en el ministerio propiamente dicho que en su titular, mujer absolutamente desconocida hasta entonces y sin mayor mérito, que sepamos, para ocupar una cartera ministerial que el mero hecho de ser mujer, cosa, por otra parte, absolutamente normal en un gobierno zapatero.

La primera vez que reparé en doña Bibiana fue poco después, a raíz del revuelo que se armó por una serie de artículos que los señores Burgos, Anson, Losantos, Ramírez y Ussía y la señora Schlichting tuvieron la osadía y el atrevimiento de escribir criticando la llamada cuota femenina, es decir la obligación de que el cincuenta por ciento de los puestos de cualquier empresa, pública o privada sea ocupado por mujeres, y, concretamente, la aplicación de tal cuota a la composición de aquel gobierno.

Comentando el asunto en mi escrito El embrutecimiento del varón, título que me permití robarle a don Pío Moa, y reflexionando sobre la desaforada reacción de Anido, director de la SER, en un vergonzoso artículo que la propia cadena SER intentó retirar de la mirada del público y en el que Anido llamaba “pajilleros,” “reprimidos,” “puteros,” “siniestros” y “cobardes” a aquellos escritores por permitirse emitir sus opiniones respecto a la cuota femenina, fue cuando reparé por primera vez en la persona de doña Bibiana y en la primera frase que de ella leí. Dijo entonces doña Bibiana a propósito de aquella escandalera:

“Criticar a las ministras de Zapatero fomenta los malos tratos.”

Tal fue el primer profundo pensamiento que leí de esta mujer y lo de profundo no lo digo de coña pues me parece que, por lo siniestro que conlleva, tiene mucha más profundidad de la que a primera vista pueda parecer por su mero enunciado.

Efectivamente, decía yo entonces que si “criticar a las ministras de Zapatero fomenta asunto tan grave como son los malos tratos, el corolario a tal aserto debería ser que hay que hacer callar, de alguna forma, tales críticas y a tales críticos.”

Tenebroso ¿no? ¿Era algo de eso lo que nos quería decir doña Bibiana? ¿Era un preaviso a navegantes?

Así fue como empecé a enterarme de la existencia de doña Bibiana y a hacerme alguna idea de quién es esta señora, cuál es su concepción del mundo y cuál su idea de la libertad de expresión. Concepción e idea que no deben extrañarnos, a estas alturas en una miembra de un gobierno socialista, pues hemos tenido toda la legislatura anterior para darnos cuenta de que la concepción del mundo y la idea sobre la libertad de expresión del socialismo zapateril es, precisamente, ésta.

Doña Bibiana, sin embargo, tiene la virtud de saber mostrarnos con claridad meridiana y de evidenciar con una plasticidad digna de agradecimiento lo siniestro, en toda su magnitud, de este mundo orwelliano por el que nos quieren encaminar. En este sentido vendría a ser una especie de Isabel Teruel pero, ya digo, en mucho más siniestro y preocupante. Isabel Teruel, al fin y al cabo, por lo único que estaba entusiasmada era por la Expo de Zaragoza y por su Consejera y lo que nos puso en evidencia fue cómo los ciudadanos, incluidos los parlamentarios, incluida ella, cada vez vamos abandonando más las preocupaciones políticas en manos de los pocos que manejan el cotarro (en el caso de doña Isabel, su Consejera: “ella sabrá, que para eso es la Consejera” dijo con candidez conmovedora Isabel Teruel desde su portavocía parlamentaria.)

Isabel Teruel nos evidenció, con su entusiasmo y con su misma persona, la primera fase de la construcción de esa Granja orwelliana que está edificando el PSOE: la imposición del silencio de los corderos.

Doña Bibiana, menos cándida y entrañable que doña Isabel pero bastante más siniestra e iluminada, nos ilustra con su iluminismo a las mil maravillas acerca del segundo movimiento que sigue a esa primera fase: la transformación de la naturaleza humana para hacerla a imagen y semejanza de las aberraciones intelectuales de la secta en la que milita.

***

Tras apuntar tales maneras en los inicios de su ministeriato y, dejando aparte su prudentísima intervención en el conflicto diplomático provocado por su colega,  señora De la Vega, que tuvimos con Italia hace unas semanas, intervención en la  que doña Bibiana manifestó a la comunidad de las naciones que lo que Berlusconi necesitaba era “ir al psiquiatra” y asunto sobre el que ya hablé en mi escrito Pues, señor, yo desde aquí… la siguiente noticia que hemos tenemos de esta ministra han sido sus recientes palabras y sus recientes iniciativas.

La señora ministra de la Igualdad, una vez sentadas las bases que justifican y defienden su existencia mediante el principio de que “criticar a las ministras de Zapatero fomenta los malos tratos” y una vez insultado a Berlusconi, parece que se ha visto en la obligación de comenzar a llenar de contenido su ministerio y hete aquí que en los últimos días se nos ha despendolado.

Comenzó doña Bibiana su embestida con la creación del neologismo miembra para  formar el femenino de miembro y hasta apuntó la conveniencia de incluirlo en el diccionario. Digo neologismo por decir algo, pues a estas payasadas estamos ya más que acostumbrados desde hace décadas. Creo que fue la señora de González, doña Carmen Romero, la que precedió en este asunto a doña Bibiana cuando dijo aquello de ‘jóvenes’ y ‘jóvenas’ pero, en cualquier caso, el mal está extendidísimo y doña Bibiana ni siquiera ha sido original en esto. Lo que sucede es que doña Bibiana, como dije antes, tiene el defecto de la estridencia, la falta del sentido común y la virtud de mostrarnos palmariamente, mediante estos defectos suyos, lo que es el socialismo y lo que es la progresía: cuando ya a casi nadie nos llaman la atención estos excesos sintácticos y hasta ortográficos, cuando campa por doquiera la arroba en palabras tales como el dichoso tod@s, se le ocurre a doña Bibiana enriquecer, aún más, el idioma con palabro tan feo, disonante y susceptible de chiste como el de miembra.

Tan feo y disonante, digo, que aún entontecidos como estamos desde mucho tiempo atrás ante estas anécdotas lingüísticas, hemos podido ser capaces de reparar en su fealdad, disonancia y ridiculez y hasta la misma doña Bibiana, tras postular, como digo, su inclusión en el diccionario, ha echado marcha atrás y lo ha admitido como error suyo achacable a su mucho viajar, a su reciente estancia en El Salvador y a que allí −dice ella− tal vocablo se usa mucho. Sea.

Sea así pero, coincido con don Gregorio Salvador, vicedirector de la Real Academia hasta hace poco, en creer que la ministra no se equivocó sino que utilizó el término de manera del todo consciente e intencionada y aunque antes he llamado anécdota a este incidente, no es tal. Ya Orwell nos mostró cómo el mayor arma del socialismo es cambiar el nombre de las cosas:

«La Nueva Lengua era el idioma oficial de Oceanía y había sido ideada para hacer frente a las necesidades ideológicas del Ingsoc, o Socialismo Inglés. Hacia el año 1984, todavía no había nadie que la utilizara como medio único de comunicación, hablada ni escrita. Los artículos importantes del Times estaban escritos en ella, pero esto era una hazaña que sólo podía ser llevada a cabo por especialistas. Se esperaba que la Nueva Lengua reemplazaría a la Vieja Lengua (lo que podríamos llamar el inglés estándar) hacia el año 2050. Mientras tanto, iba ganando terreno de manera ininterrumpida, conforme todos los miembros del Partido tendían a utilizar, cada vez más, las palabras y las construcciones gramaticales de la Nueva Lengua en su hablar cotidiano. La versión utilizada en 1984, plasmada en las ediciones novena y décima del Diccionario de la Nueva Lengua, era sólo provisional y contenía muchas palabras superfluas y formas arcaicas que, más tarde, deberían ser suprimidas. La versión que nos concierne aquí es la final, la perfecta, la que se contiene en la oncena edición del Diccionario.»

«El propósito de la Nueva Lengua no era únicamente el proveer de un medio apropiado para que los adeptos al IngSoc expresaran su visión del mundo y sus hábitos mentales. Su propósito era, también, hacer imposible cualquier otra forma de pensamiento. Se pretendía que, una vez que la Nueva Lengua hubiera sido adoptada y olvidada la Antigua, un pensamiento herético, -esto es, un pensamiento discrepante de los principios del IngSoc- no pudiera ser, literalmente, ni siquiera pensable, al menos en la medida en la que los pensamientos dependen de las palabras. Su vocabulario estaba construido para dar una expresión exacta y, a menudo, extremadamente sutil, a cualquier significado que quisieran expresar los miembros del Partido, al tiempo que se excluían todos los demás significados, así como la posibilidad de alcanzarlos de manera indirecta. Esto se hizo, en parte, mediante la invención de palabras nuevas pero, fundamentalmente, mediante la eliminación de palabras indeseables y quitando a tales palabras sus significados heterodoxos, e, incluso, en la medida de lo posible, cualquiera de sus demás significados. Por dar un ejemplo: la palabra ‘libre’ existía aún en la Nueva Lengua, pero sólo podía ser utilizada en declaraciones tales como ‘este perro está libre de piojos’ o ‘este campo está libre de malas hierbas’. Pero no podía ser utilizada en su antiguo sentido de ‘políticamente libre’ o ‘intelectualmente libre’ dado que ni la libertad política ni la libertad intelectual existían ni siquiera como conceptos y eran, por consiguiente, innombrables. Dejando aparte del todo esta supresión definitiva de las palabras heréticas, la reducción del vocabulario fue vista como un fin en sí misma, de manera que a ninguna palabra que pudiera ser prescindible, se le permitió que sobreviviese. La Nueva Lengua fue diseñada, no para ampliar el ámbito del pensamiento, sino para empequeñecerlo…»

Orwell, 1984.

Traducción del original por Carlos Muñoz-Caravaca®

Sin ser, pues, anécdota, tampoco es como digo novedoso −es sólo, además de muy significativo, estridente− y, por ende, vamos a dejarlo aquí, démonos por satisfechos con la explicación de doña Bibiana y pasemos al siguiente punto.

El siguiente punto que se le ha ocurrido a la señora ministra de la Igualdad es la creación de un número de teléfono mediante el cual los varones podamos encauzar nuestra agresividad y, así, paliar el grave asunto del maltrato a las mujeres.

Esto es: si un cafre siente en sí la necesidad de dar una paliza a su mujer −a su pareja, que se dice ahora (término que, sin ser impropio, estaba antes más enfocado hacia la Biología y hacía más referencia al emperejamiento de los animales que al de las personas)− doña Bibiana espera que se abstenga de hacerlo y, en su lugar, llame al dichoso número de teléfono para no se sabe muy bien qué.

No obstante lo avanzado del camino que llevan los socialistas en la imposición del silencio de los corderos, ya digo que doña Bibiana, sin acabar de darse cuenta de que tal silencio ha de imponérsenos de manera disimulada −aunque sólo sea porque no nos demos demasiada cuenta−, tiene la habilidad de ponerla en evidencia palmaria y el choteo ante la medida de la señora ministra no ha podido ser ni más general ni más sensato y doña Bibiana ha tenido, otra vez, que puntualizar e informarnos de que:

“No estamos hablando de un teléfono para maltratadores; estamos hablando de un teléfono para hombres, que les ayude a resolver sus dudas, porque es cierto que hoy muchos hombres se encuentran perdidos ante el inicio de la ruptura del sistema patriarcal y muchos presentan dudas acerca de cómo asumir su paternidad, la corresponsabilidad, en el cuidado de sus hijos e hijas, en las tareas domésticas, sobre su salud sexual… Son muchas las cuestiones que plantean y entendemos que si estamos trabajando también en la cuestión de los maltratadores, es imprescindible que trabajemos en la prevención.”

Pues mucho peor, doña Bibiana. ¿Es el Estado, es usted, quien nos debe decir, por teléfono, si estamos ante la ruptura de un sistema patriarcal y el nacimiento de otro matriarcal o zerotriocal? ¿Nos dice usted, en serio, que para resolver las dudas que nos puedan caber en lo de la corresponsabilidad en las tareas domésticas… tengamos que llamarla a usted por teléfono? ¿Ha oído usted hablar del totalitarismo? ¿Se da usted cuenta de que, aunque hombres −y, por ende, presuntos maltratadores mientras no demostremos lo contrario en su concepción de usted− no somos imbéciles?

Otra vez vuelve usted a ser sumamente gráfica, espontánea, socialista y progresista. Es verdad: en vez de ser la sociedad civil la que dicte si hemos de preferir un sistema patriarcal ante otro matriarcal, zerotriocal, o Dios sabe qué, ha de ser el nefasto, siniestro y ominoso Ministerio de la Igualdad que usted dirige el que nos diga −por teléfono− lo que debemos preferir.

Hasta aquí el mareo de la perdiz. Vayamos ahora al meollo del asunto que doña Bibiana ha definido tan bien:

“Estamos convencidos que es imprescindible que indaguemos en nuevas fórmulas y que trabajemos sobre una nueva forma de masculinidad.”

Tal convencimiento es pavoroso. En mis tiempos se decía:

“Los experimentos en el water y con gaseosa.”

La señora ministra de la Igualdad va a ponerse a trabajar, sin mayor sofoco, sobre nuevas formas de masculinidad desde su Ministerio de la Igualdad. A mí, doña Bibiana, me da lo mismo en lo que a mí respecta: le niego a usted ningún derecho para entrometerse ni en mi masculinidad ni en el resto de mi persona pero, es evidente que a lo que a usted se va aplicar desde el gobierno de la Nación es a trabajar en la segunda de las fases que antes enuncié: la transformación de la naturaleza humana de las generaciones venideras para hacerla a imagen y semejanza de las aberraciones intelectuales de la secta en la que usted milita.

En mi escrito de septiembre del pasado año titulado Apuntes para una reflexión sobre la ‘Educación para la ciudadanía’ traje a colación algunas palabras de Platón que me  parecen pintiparadas para los tiempos en que nos ha tocado vivir y muy dignas de reflexión ante la convicción iluminada que tienen ustedes de que, trastocándolo todo, van a conseguir un mundo más feliz.

Dice Platón:

“Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio y con la introducción de una nueva especie de canto y hay que tener el convencimiento de que, con ello, todo se pone en peligro porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.”

Platón, La República.

Debe de reparar la señora ministra de la Igualdad que cuando Platón habla aquí de música no se está refiriendo a músicas celestiales sino, más bien, a experimentos como el que pretende emprender la señora ministra y que, como puede ver por esta cita, son bastante antiguos.

En cualquier caso, tan delicada o más que la música es la naturaleza del ser humano y cualquiera que tenga el atrevimiento de intentar cambiarla debe dotarse antes de una prudencia, de una delicadeza y de un cuidado exquisitos.

Y de alguna mediana preparación, doña Bibiana. De alguna mediana preparación basada no tanto en los manuales de la pijoprogresía o del feminismo como en las disciplinas del espíritu.

Contra lo que pueda parecer, no soy dogmático y, como ya dije en otra ocasión, no puedo afirmar de manera rotunda que, efectivamente, el mundo que ustedes están construyendo no vaya a acabar siendo más feliz que el que hemos heredado de nuestros padres. Lo dudo mucho pero pudiera ser así. Por ello, le rogaría a usted, doña Bibiana, que introdujera algún asomo de duda en la rotundidad de sus convicciones y prestara algún oído a las palabras que dice Platón por boca de Sócrates: “no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.”

Es muy dudoso, doña Bibiana, que alterando la naturaleza del ser humano vayan ustedes a conseguir un ser humano más feliz. Muy dudoso. Y hasta pudiera ser que metiéndose ustedes a cambiar las formas de masculinidad y de femineidad acabe sucediendo:

que el padre se acostumbra a hacerse a hacerse igual al hijo y a temer a los hijos y, el hijo, a hacerse igual al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores a fin de ser enteramente libre […] eso y otras pequeñeces por el estilo: allí el maestro teme a los discípulos y les adula. Los alumnos menosprecian a sus maestros y, del mismo modo, a sus ayos y, en general, los jóvenes se equiparan a los mayores y rivalizan con ellos de palabra y de obra, y los ancianos, condescendiendo con los jóvenes, se hinchan de buen humor y de jocosidad imitando a los muchachos por no parecerles agrios ni despóticos.

Platón, La República.

Por otra parte, esto de “trabajar sobre nuevas formas de masculinidad” no es algo nuevo ni que se haya inventado usted. Llevamos ya muchas décadas intentando cambiar esto de la masculinidad y parece que lo de los malos tratos va cada vez peor. ¿Se ha parado usted a pensar sobre la posibilidad remota de que sean ustedes los que están equivocados? ¿Se ha parado a pensar que esa fuerza que están haciendo en la naturaleza del hombre −cuando digo hombre quiero decir hombres y mujeres−, en la naturaleza del ser humano no tenga algo que ver con la plaga del maltrato que sufrimos?

Por si no lo ha hecho, aquí le dejo el artículo completo que don Pío Moa escribió hace casi seis años, que tituló El embrutecimiento del varón, y en el que don Pío reflexionaba sobre estas cosas:

Un anuncio de la televisión presenta a un padre “progre” educando –es un decir– a un hijo obligándole a jugar con muñecas, a fin de hacer de él un hombrecito sensible, pacífico y todo eso, mientras a la niña la hace jugar al fútbol para que supere las ancestrales tendencias alienantes que la esclavizan al hogar. La niña resulta una marimacho, y el niño, aparentemente, un poco mariquita. Pero enseguida vemos a éste cortando las cabezas de las muñecas para usarlas como balones.

El anuncio da en el clavo en varios sentidos: los papeles y actitudes de mujeres y varones no son fácilmente intercambiables, forzarlos demasiado tiene un alto coste emocional, y las tendencias naturales, no educadas convenientemente, tienden a reaparecer en formas groseras o grotescas. La conducta del niño pateando las muñecas tiene algo de triunfo de un instinto deformado, falto de carácter. Por lo demás, la conducta de los jóvenes educados –es un decir– en los valores de igualdad de sexos, pacifismo, solidaridad etc., entendidos a la manera peculiar sociata-progre, se revela cada vez más brutal, como demuestran las cifras de delincuencia y agresividad juvenil, o el consumo de drogas, alcohol, etc. O los meros atuendos y actitudes cotidianas.

Un cantamañanas escribió un libro de mucho éxito, El florido pensil creo que se llamaba, donde, en plan de chunga, repasaba las orientaciones educativas de la España de los años cincuenta. Un objetivo de la escuela de entonces era formar “caballeros cristianos”, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal. A la vista de la gran cantidad de cantamañanas salidos de aquella escuela, salta a la vista que el objetivo sólo fue logrado muy parcialmente, y seguramente el éxito nunca será muy grande, aunque los métodos mejoren. Pero incluso así, aquellos valores son auténticos, y siempre serán superiores a la mezcolanza contradictoria hoy predominante, cuyos malos efectos palpamos a diario.

Otra muestra del embrutecimiento del varón –también de la mujer, en su terreno– la encontramos en la creciente violencia doméstica, con cifras espeluznantes de crímenes que son sólo la cima del iceberg de una degradación extendidísima. Ante ello, una señora sociata, candidata, creo, a la alcaldía de Madrid (incidentalmente, la carrera por la alcaldía se produce entre dos candidaturas sociatas, pues la de Gallardón viene a serlo también), propone intensificar todavía más eso de la “educación en la igualdad”. Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.

Como le decía antes, contra lo que pueda parecer no soy ni dogmático ni maximalista y, por ende, no puedo afirmar tajantemente que no sea usted la que lleve razón. No obstante, vea usted que las cosas no son tan sencillas, que existe la tesis contraria a la suya y que lo procedente sería que la defendiera usted, si no con la brillantez de Platón o de don Pío, al menos sin recurrir a artimañas tales como la perversión del lenguaje o tonterías como la del teléfono.

 

Vínculos:
 
Pues, señor, yo desde aquí… De Conceptos Esparcidos.
El embrutecimiento del varón. De Conceptos Esparcidos.
El embrutecimiento del varón. Artículo de Pío Moa en Libertad Digital.
Aído rectifica. Libertad Digital.

Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 junio, 2008 a 10:33

Publicado en Política

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