Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

¿Doña María o don Mariano?

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¡Como que esto no es un país:
es una jaula de grillos!

Ricardo de la Vega. El año pasado por agua.

Dejando aparte el vicio que uno le está cogiendo a esto de escribir en Internet y de la obligación que uno, sin ninguna necesidad, se ha echado encima de rellenar cada poco tiempo una entrada de blog, la verdad es que ésta en concreto que hoy presento la entiendo no tanto como satisfacción de ese vicio ni cumplimiento de esa obligación, sino como una explicación que debo a las posiciones que vengo manteniendo desde hace dos años de manera pública y muchos más de manera privada, y a su coincidencias y discrepancias con unos y otros en el gallinero en el que se ha transformado la derecha española en estos días —y, vaya por delante, que lo de gallinero no me acaba de parecer mal en lo que tenga de reflexión y de debate conceptual de los que tan ayunos andamos en la España zapateril.

Me explico: parece que, en estos días, nos encontramos las desnortadas y variopintas derechas españolas en la necesidad de tomar partido entre doña María San Gil y don Mariano Rajoy y parece que esa necesidad entraña la obligación de que, una vez alineados cada uno en alguna de esas filas, lo siguiente que debamos hacer sea sacar el cuchillo para dirigirlo a la yugular de la otra.

Es una pena pero es así.

Como nosotros no somos de izquierda, gracias a Dios, —y que se me perdone lo farisaico de la frase que, apenas la acabo de escribir, me ha traído a la memoria aquello del ¡Gracias, Dios mío, por no haberme hecho como a mi hermano! (Lc. 18, 9-14)— comprendemos más que de sobra que no es cuestión de que una u otro nos caigan más o menos simpáticos en sus personas y, ni siquiera, si es el uno o la otra el que se halle en mejores condiciones de llevarnos a un triunfo electoral que, en sí, puede no significar nada.

La cuestión no está planteada así, sino en los términos de si debemos preferir a un don Mariano, quien, aunque no sabemos muy bien por donde va a salir, parece ser que se encamina y nos quiere encaminar al pacto con el socialismo de Zapatero el recto y al pacto con los nacionalismos periféricos—el llamado PPOE, en graciosa y atinada expresión que ayer leí y a cuyo autor lamento no poder citar aquí— o debemos preferir a doña María, quien nos propone la actitud numantina de ni pactar con los unos ni con los otros sino, afrontar con gallardía todas estas batallas que tenemos abiertas en ambos frentes y, si la trampa se nos lleva a todos, que se nos lleve.

Ritorna vincitor,

dice la ópera.

Vuelve muerto o vencedor,

decían las madres romanas a sus hijos cuando partían a la guerra antes de que Roma degenerara en aquella su tan famosa decadencia y que viene a ser lo que nos viene a decir doña María.

Manifiesto aquí mi alineación en las filas de María San Gil y mi recelo ante la actitud de don Mariano. Sin embargo, antes de seguir hablando, quiero que todos recordemos que don Mariano fue el hombre que, durante la anterior legislatura Zapatero, afrontó con valentía, con dignidad y con sacrificio que sólo él sabría calibrar cabalmente, mil ataques a cual más villano. Cualesquiera que sean los errores que haya podido cometer después o los que siga cometiendo, no podemos olvidar esto y de él debemos hoy decir lo mismo que Don Quijote deseaba que hubiera sido dicho de sí mismo a la hora de su recuerdo:

Si no alcanzó grandes empresas, murió por acometellas. (Cervantes. Don Quijote de la Mancha, i, xxvi.)

Por otra parte, la posición de María San Gil, o la del señor Vidal Quadras, —aunque yo la prefiera— de enfrentarse radicalmente al nacionalismo periférico, se da de bruces con la postura que vengo haciendo pública desde hace dos años en escritos tales como España, antes rota que roja, de enero del 2006, o el más reciente ¡Reforma constitucional! ¡Ya! Y se da de bruces porque me parece irreal prescindir de la existencia de estos nacionalismos tanto como de la parte de razón que pueden tener en su discurso y me parece que cualquier solución que intentemos dar al problema de España —si es que el problema de España tiene solución— ni puede olvidar su existencia, ni puede olvidar la fuerza que han cobrado en los últimos treinta años, ni puede dejar de escuchar la parte de razón que puedan tener.

Por esta aparente incongruencia mía en venir diciendo desde hace años una cosa y alinearme hoy, en esta coyuntura concreta con los que defienden la contraria es por lo que escribo estas líneas.

Lo repetiré una vez mas: Zapatero gobierna en España porque ni en Cataluña ni en las Provincias Vascongadas hay una derecha —electoralmente significativa— que se oponga a él y no la hay porque a las derechas nacionalistas vasca y catalana ni les importa la destrucción que está llevando a cabo Zapatero de los valores espirituales comunes que compartimos todos más allá de la lengua que hablemos, ni les importa la degeneración de las instituciones democráticas que vemos cada vez más adelantada, ni les importa que todo ello Zapatero lo vaya llevando a cabo a base de consignas aptas para deficientes mentales, ni, en fin, les importa que todo se vaya a hacer gárgaras. Antes parecen preferirlo cada vez más y cada vez parecen más instaladas en la convicción de que cuánto más y más deprisa se destruyan las bases espirituales e institucionales de España, antes alcanzarán la independencia —independencia a la que, dicho sea de paso, si España va acabar siendo la que imagina Zapatero, yo también me apunto—.

Zapatero, pues, ha triunfado en las últimas elecciones, —dejando al margen el cortijo andaluz, que ésa es otra— gracias a la ausencia en estas dos regiones españolas de una derecha que converja con la centralista para oponerse a él.

La postura de don Mariano vendría a ser el reconocimiento del éxito electoral que ha tenido la táctica de Zapatero y la de decir ¡pues voy a hacer yo lo mismo!

Para ello parece ser que don Mariano intenta realizar dos movimientos: uno, el caer simpático al ala derecha de esa masa cada vez más embrutecida del pueblo español, a la que todo lo que no sea hozar en la piara de Epicuro le importa un bledo y que tan bien podría capitanear persona como Gallardón, —me refiero a ese señor que intentó contratar, desde la alcaldía madrileña y con dinero público, a Rubianes para que soltara alguna de sus gracias y divirtiera así a la parte madrileña de esa masa; al mismo señor que tan bien se lleva con el señor Zerolo, y al mismo que, hace sólo unos días, hemos visto intentando callar una de las pocas voces que, además de disonar en este cuadro, piensan y razonan en vez de repetir consignas—.

El segundo movimiento de don Mariano sería el famoso acercamiento a los nacionalismos periféricos. A mí esto no sólo no me parece mal sino que me parece necesario y hasta imprescindible. La cuestión es ¿cómo nos acercamos a esos nacionalismos, desde dónde y hasta donde?

¿Con las tácticas zapateriles de engañarles como Zapatero engañó al señor Mas? Me parece que ya no va a colar ¿Con la Constitución del 78 en la mano? Me parece que tampoco va a colar porque, tras la anterior legislatura Zapatero y sus mentiras, el problema nacionalista se ha envenenado hasta lo infinito y el poco respeto que tuvieran esos nacionalismos a dicha Constitución ya no existe, de manera que el espectáculo de un don Mariano con la Constitución del 78 en su mano amistándose con un señor Ibarretxe con la papeleta del referéndum en la suya sólo puede caer en la categoría del esperpento.

El gran pacto entre PSOE y PP para dominar a los nacionalismos, aparte de ser una canallada mientras Zapatero dirija al PSOE, no va a servir para dominar a estos nacionalismos ya excesivamente pujantes, crecidos y radicalizados y, aunque, hoy, consiguiera en apariencia dominarlos, tal contención sería sólo eso: apariencia. El desapego, el rencor y el odio hacia España por parte de esos nacionalismos no haría sino aumentar, quizá más calladamente, pero aumentaría. Y ello aún sin tener en cuenta que los socialistas son como son y todos sabemos cual es su lealtad hacia lo que firman: hoy el PP podría firmar tal coalición centralista con el PSOE pero nadie nos dice —¡vamos, yo hasta pondría la mano en el fuego de que acabaría siendo así— que si, mañana, al PSOE le vuelve a convenir envenenar otra vez el problema nacionalista lo hará con el mismo desahogo que lo hizo la legislatura anterior y, además echándole la culpa al PP.

No creo, pues, que tal acercamiento sea posible dentro del marco constitucional actual.

Hasta aquí la postura de don Mariano tal y como yo la veo.

Examinemos ahora la de doña María.

En lo que aparentemente tiene de oposición a lo que —para mí— es lo más importante, es decir, el embrutecimiento de la ciudadanía, la degradación de las instituciones, la creación del partido único y la imposición del silencio de los corderos, la comparto en todo y sin ninguna duda.

En lo que tiene de oposición radical a los partidos nacionalistas de derecha sólo puedo decir que me parece —como dije antes— numantina y, sobre todo, inútil, estéril, pues, de seguir las cosas como están lo único que podemos esperar en una o dos generaciones es la independencia de las Provincias Vascongadas y de Cataluña.

¿Qué hacer, pues? ¿qué preferir?

Es indudable que no me creo poseedor de la solución y ni siquiera sé si hay solución. Vengo hablando sobre reflexiones que ya hice anteriormente en aquellos escritos a los que me referí al principio pero también, en estos precisos momentos, con el pensamiento puesto en las palabras de José Antonio:

«Lo que hay que tener es un sentido total de lo que se quiere: un sentido total de la Patria, de la vida, de la Historia y ese sentido total, claro en el alma, nos va diciendo en cada coyuntura qué es lo que debemos hacer y qué es lo que debemos preferir.»
José Antonio Primo de Rivera. Discurso de proclamación de Falange Española de las J.O.N.S.

Pues bien: ese sentido claro en mi alma, equivocado o no, simple o no simple, pero claro, me dice que la única salida que tenemos es la reforma de la Constitución en los términos que dije en Reforma Constitucional ¡Ya! Es decir, discutiendo con claridad meridiana todos qué España queremos, cediendo todos hasta donde podamos ceder para intentar atraer y comprometer la lealtad de esos nacionalismos con la nueva España que de tal discusión pudiera —Dios lo quiera— nacer.

Todo lo demás, me parece, que es o marear la perdiz al modo de don Mariano o encastillarse, al modo de doña María, en posiciones que no creo nos vayan a sacar de este lío. Por mi parte y a estas alturas, lo único que pido a Dios es que nos ilumine a todos y que no permita que nunca jamás vuelva a gobernar en España, sea cual vaya a ser esa España y su ordenamiento político, un ser como Zapatero.

Vínculos:
 
España, antes rota que roja. De Conceptos Esparcidos.
¡Reforma constitucional, ya!. De Conceptos Esparcidos.
Orientaciones morales ante la situación actual de España. Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

3 junio, 2008 a 20:24

Publicado en Política

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