Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Reforma constitucional ¡Ya!

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El rey de España, don Juan Carlos I

I. Protesta inicial.

Vaya por delante, a la hora de dar comienzo a estas líneas, mi reafirmación monárquica y la reiteración de la idea de que no concibo a España sin la Monarquía como no concibo a España sin su raíz cultural católica.

Hace unos meses critiqué aquí, por su pobreza, el argumento de los que medio toleran la Monarquía actual diciendo que ellos no son monárquicos pero son juancarlistas.

Decía yo entonces —y perdóneseme la autocita (de las que, me parece, voy a usar y abusar a lo largo de este escrito)— que:

«el preferir la Monarquía como sistema de gobierno en función de que el rey de turno nos caiga más o menos simpático es un argumento grotesco, apto sólo para mentes que, o bien quieren eludir el problema o bien, no queriéndose apear del burro de su republicanismo sentimental, no dejan de intuir el bien que la Monarquía aporta a la nación española.»

Sigo diciendo exactamente lo mismo y hoy tengo que repetirlo aquí sensu contrario y dirigido a las personas que, siendo españoles cabales, están comenzando a dudar de esta bondad de la Monarquía debido a las recientes  opiniones del Rey actual acerca de Rodríguez Zapatero, opiniones que constituyen el motivo del presente escrito.

A estas personas les digo lo mismo: el preferir o no la Monarquía en función de que el rey de turno nos dé o nos deje de dar un disgusto es una inconsecuencia. La justificación de la Monarquía tiene mayor calado.

II. Motivo del presente escrito.

El motivo del presente escrito son las palabras, tan espontáneas e imprevistas como entusiastas, con las que don Juan Carlos I defendió anteayer la figura del señor Zapatero.

Saltándose el protocolo que rodea al Rey, una periodista le abordó y le preguntó:

Majestad, ¿me permite hacerle una pregunta?

—Dime, dime, —le contestó Don Juan Carlos—.

—Estoy preparando un reportaje sobre el presidente Zapatero. ¿Podría darme, por favor, su opinión sobre él, como persona?

—Sí —repondió Su Majestad.— Es un hombre muy honesto. Muy recto. Que no divaga. O sea, la gente cree que hace cosas así… como divagando —levanta entonces la mano y la mueve de un lado a otro—, pero no hay nada de eso. Él sabe muy bien hacia qué dirección va y por qué y para qué hace las cosas. Tiene profundas convicciones. Es un ser humano íntegro.

La periodista le señala a Don Juan Carlos:

—Sin embargo, le siguen considerando un enigma.

—Bueno —contesta el monarca en tono jocoso— quizá por la forma de las cejas, el gesto, los ojos, esa sonrisa particular… Pero lo importante es el valor de lo que hay detrás de todo eso: un hombre recto.

III. El señor Rodríguez Zapatero.

Los españoles de hoy comprendemos muy bien el significado de las palabras del rey y el por qué han suscitado tanto revuelo, tanto disgusto y tanto desaliento entre los que nos consideramos gentes de derechas, tenemos de Zapatero la opinión estrictamente contraria a la que de él tiene Su Majestad y estamos aterrorizados viendo, un día sí y otro también, como el señor Zapatero (eso sí, sin dejar de sonreír ni de presentarse como adalid del diálogo, de la tolerancia, del talante, de la sonrisita, y de todas esas paparruchas en cuyo arte es un maestro) utiliza el Gobierno de la nación para embestir contra nosotros y contra nuestras convicciones.

Pero, quizá, para las generaciones futuras, este revuelo y esta desolación que nos ha causado el rey, sí precisen de alguna explicación.

Pues bien: si es sabido que en la milicia y, mientras no se demuestre lo contrario, el valor se supone, igualmente, la rectitud y la integridad son cualidades que se deben de suponer de cualquiera, incluidos gobernantes como Zapatero, mientras no nos demuestren lo contrario, y no es menester hacer ostentación de ellas.

Sucede, empero, que Zapatero nos ha dado mil muestras, en el cuatrienio pasado, como para dudar muy mucho tanto de su rectitud, como de su integridad en lo político.

Resulta cansino recurrir a las hemerotecas para recordar todas las muestras del personaje a las que hay que recurrir para dudar de las palabras del rey, pero ello es menester hacerlo porque, habiendo sido tantas, la de ayer nos hace olvidar a la de anteayer:

La penúltima que hizo fue utilizar el dinero público, mi dinero, entre el de otros, para regalar cuatrocientos euros a los declarantes del inminente IRPF si le daban el triunfo en las pasadas elecciones. Y si no, no.

Tuvo la suerte de tener delante a una persona seria y responsable, el señor Rajoy, quien, muy bien, pudiera haber dicho:

“¡Pues yo os voy a dar quinientos si me votáis a mí!” entrando en una escalada de despropósitos que cualquiera puede imaginar.

A Su Majestad esto le puede parecer integridad y rectitud. A mí me parece villanía, cacicada y  robo del dinero que yo aporto a la Hacienda Pública por parte del señor Zapatero para metérselo en su bolsillo y ganar con él unas elecciones legislativas.

La última fue cuando le pillaron hablando con Gabilondo ante lo que él creía un micrófono cerrado pero que, en realidad, estaba en on quiero decir, para los que no somos poliglotas, enchufado, y gracias a lo cual los españoles pudimos enterarnos cabalmente de lo que ya más que sabíamos de manera imprecisa: pudimos enterarnos de que, en la pasada campaña electoral, el señor Zapatero, en vez de ilustrarnos con propuestas y de informarnos sobre qué va a hacer y adonde va, a lo que iba era a introducir más tensión de la mucha que ya había introducido con iniciativas tales como la Ley de la Memoria Histórica, el Estatuto catalán o la negociación con ETA.

A Su Majestad esto le parecerá rectitud. A mí me parece canallada e indecencia.

Antes estuvieron sus engaños al señor Mas, al señor Rajoy… y no digo que al lucero del alba porque el señor Zapatero ni necesita engañar a dicho lucero , ni tiene trato con los luceros que, si no, también.

Pero, en fin, a pesar de esta convicción mía de que Zapatero, ni es un hombre recto ni es un hombre íntegro, quizá ande yo equivocado y Su Majestad, quien lo conoce más de cerca, sea el que tiene razón con respecto a la valoración personal del presidente.

IV. El quid de la cuestión.

El quid de la cuestión no es, sin embargo, el hecho de si Zapatero es o no es un hombre íntegro y recto.

A mí me parece que no lo es y a Su Majestad le parece que sí pero, a los efectos prácticos e históricos esto importa muy poco pues, como dicen, el infierno está plagado de buenas intenciones y nos importan muy poco ni las más recónditas integridades ni las rectitudes, íntimas y personales de Zapatero.

Creo que el quid de la cuestión está en otra parte de las palabras de don Juan Carlos. Concretamente en aquéllas con las que dice que Zapatero no divaga: sabe muy bien donde va.

Los pensadores de derechas es decir, los pensadores, no los agit prop de la izquierda han elucubrado mucho, durante el pasado cuatrienio, sobre el asunto de si Zapatero es malo, es tonto o es un iluminado.

De las palabras elogiosas de don Juan Carlos cuando dice “que Zapatero no divaga: sabe muy bien donde va” parece desprenderse excusatio non petita, acusatio manifiesta que estamos, de verdad, ante un iluminado y, además, mentiroso.

Estamos según el sentir de don Juan Carlosante un ser que sabe muy bien adonde va y adonde nos quiere llevar a todos por métodos pseudodemocráticos. Pero el asunto es que no nos dice adonde va.

Podemos intuirlo pero él no nos lo dice.

Un dirigente honesto no obstante ser demócrata y que sí sabía muy bien adonde iba, se lo dijo con mucha claridad y sin tanta sonrisa ni tanta circunflexión de cejas, a los británicos:

Blood, sweat and tears,

dijo Churchill, o dígase en castellano: “Sangre, sudor y lágrimas.”

Y los británicos le entendieron a la perfección, se pusieron a su lado y el rey de Inglaterra, a la sazón don Jorge VI, no tuvo que verse en el trance de tener que decir que don Winston Churchill era una persona honesta que no divagaba: cualquier británico le entendió sin que fuera menester que don Jorge VI defendiera la honestidad de Churchill y, ni mucho menos, decirles que no divagaba.

No es este el caso en la España de Zapatero. Zapatero sabe muy bien adonde va pero no nos lo dice con palabras lisas, llanas y sencillas para que, democráticamente, podamos decidir si queremos acompañarle o no en su camino. De ahí que, como muy bien dice Su Majestad, nos parezca que divaga.

El hombre que nos prometió transparencia, es decir, digo yo claridad conceptual, se entretiene en envenenarnos con memorias históricas mientras nos toma por borregos imbéciles que debemos seguirle en ese camino suyo que Su Majestad y él conocen tan bien a donde va pero que los demás, aunque lo intuimos, desconocemos.

Si la democracia consiste, precisamente, en que los electores decidamos cuál de los proyectos políticos que se nos ofrecen queremos votar, corresponde a los políticos explicarnos con claridad meridiana esos proyectos suyos y, siendo esto así, si estamos ante un ser que sabe muy bien donde va mientras los demás, sus electores, estamos con los ojos como platos, sin acabar de comprender muy bien adonde va y lo que nos parece es que divaga, entonces, o una de dos: o estamos ante un inepto que no se explica y sólo sabe sonreír y enarcar las cejas o estamos ante un político que ni es recto, ni es íntegro, ni es honrado, por muchas que sean las buenas cualidades que le adornen en su vida personal y que a mí me importan un bledo.

Pero, hay más.

De las palabras del Rey se desprende que Zapatero sí está caminando hacia alguna parte.

Éste es el quid de la cuestión: Zapatero no está divagando; está caminando hacia alguna parte que él conoce muy bien pero que los españoles desconocemos.

V. ¿Hacia dónde camina Zapatero sin querérnoslo decir?.

La Constitución del 78 fue un pacto entre todos los españoles que había sido respetado por todos hasta que llegó Zapatero al poder en su legislatura anterior.

Durante esa legislatura, la Constitución del 78 fue atacada en dos frentes que son, prácticamente, los únicos por los que hemos visto caminar a Zapatero. Estos dos frentes son:

  1. La reaparición, en la izquierda, de los rencores históricos que aquella Constitución vino creíamos a superar y a dar por zanjados con iniciativas tales como la Ley de Memoria Histórica iniciativa que, dicho sea de paso, no venía en el programa electoral del PSOE del 2004 sino que fue un invento del recto de Zapatero o con hechos tales como la reaparición del anticlericalismo, la persecución soterrada a la Iglesia católica y el ataque a nuestras costumbres so pretexto de defender presuntos derechos de determinadas minorías.
  2. La agudización extrema del problema que representa la división territorial de España.

Creo que, a día de hoy y tras el camino andado por Zapatero por estas sendas, la Constitución del 78 está herida de muerte y ha dejado de servir, no tanto por el ataque que ha sufrido desde el primero de estos frentes que, a pesar de haber sido y de seguir siendo un ataque brutal, dada la debilidad de la derecha española y el entontecimiento cada vez más embrutecido del pueblo español, va a triunfar sin alterar con ello la convivencia −aunque sí el consenso− que significó esa Constitución, sino por el ataque desde el segundo frente: el que viene del nacionalismo y del separatismo.

Creo que el envenenamiento de este problema, el nacionalista, durante la anterior legislatura ha encaminado, irreversiblemente, a los nacionalistas vascos y catalanes por la senda del separatismo y creo que en una, dos o tres generaciones antes quizá las Provincias Vascongadas y Cataluña se segregarán del resto de España.

No diré que Zapatero sea el responsable único de ello. Hoy nos resulta evidente que la raíz del problema estaba en la misma Constitución, en la forma en la que trató la repartición territorial de España, y en los treinta años de gobierno nacionalista en esas comunidades autónomas que han ido generando un poso de desafecto hacia la mera idea de España en una parte de catalanes y de vascos que, cada vez, es mayor y que lo único que va a hacer es a seguir aumentando en número.

No es Zapatero el único responsable de tal hecho, digo, pero es evidente que ha sido durante su legislatura cuando el problema se ha agudizado y hecho, a mi entender, irreversible, y es evidente que han sido muchas de las actitudes de Zapatero el impulso que dio al Estatuto catalán cuando estaba muerto en el propio parlamento de Cataluña, el recorte que impulsó, después, a este Estatuto en el Parlamento español, su engaño al señor Mas, su engaño a la ERC, la negociación con ETA, los múltiples engaños al señor Rajoy, el negar a Ibarretxe lo que a ofreció a ETA o su utilización mezquina del Plan Hidrológico, son ejemplos de esas actitudes las que han contribuido a envenenar este problema hasta el grado en el que hoy se halla.

Quizá las intenciones de Zapatero fueran buenas a la hora de enfrentarse al problema nacionalista pero, como dije antes, el infierno está plagado de buenas intenciones y, en cualquier caso, es evidente que, fueran cuales fueran esas intenciones, la forma en que Zapatero el recto se enfrentó a él fue mediante trapacerías, engaños y mentiras a tirios y troyanos.

Y, además, intentando empezar a construir la casa por el tejado. Para muchos era ya una evidencia entonces y hoy creo que lo debe de ser para todo el mundo: la reforma de los Estatutos de Autonomía exige una reforma previa de la Constitución en la forma prevista en ella.

Si queremos hacer las cosas bien y con lealtad recíproca, ésa es la única vía de enfrentarnos al problema nacionalista.

La derecha se hartó de decir esto durante el trámite del Estatuto catalán. Ni Zapatero ni el nacionalismo catalán de izquierda le hicieron caso antes bien, se hartaron de presentarla como anticatalana y el nacionalismo catalán de derecha se vio arrastrado en la vorágine aquella y tuvo que subirse al carro de dicho Estatuto y radicalizarse como se ha radicalizado.

Como dije antes, la reforma de el Estatuto catalán que, parece ser, fue idea del señor Maragall cuando en España parecía seguro que iba a seguir gobernando el PP y, por tanto, una idea que el propio señor Maragall creía inviable y que lanzó a los meros efectos de hacer ruido y de divertirnos un poco había muerto en el propio Parlamento catalán y fue Zapatero, sin ninguna necesidad, el que la resucitó en el célebre Pacto del Tabaco en el que, literalmente, engañó al señor Mas.

Resucitó, pues, Zapatero una reforma estatutaria que estaba muerta. Alentó esa reforma. Los catalanes se lo creyeron y reformaron su Estatuto y cuando, con él en la mano, se presentaron en Madrid para su sanción por las Cortes Españolas ¿qué hace Zapatero? lo modifica para acomodarlo a la Constitución que debería de haber empezado por reformar para hacer las cosas con claridad, con lealtad, con nobleza y, sobre todo, con miras a que los resultados tuvieran una mínima estabilidad.

¿Puede, así, extrañarnos el desaliento del catalanismo? ¿Puede extrañarnos la escalada del independentismo catalán ante tal engañifa? ¿Puede extrañarnos que, cada vez, sean más y más autorizadas las voces que piden la independencia en Cataluña?

Así están las cosas por lo que respecta al problema nacionalista.

VI. El señor Ibarretxe.

En el mismo escrito que mencioné al principio, que se titula En defensa de la Monarquía española y que publiqué hace hoy, justo, un año, decía yo también:

«Si hemos abandonado el principio filosófico de que el poder deriva de Dios y creemos hoy que el poder nace de la voluntad popular, la España liberal no tiene argumento sólido que oponer, en lo estrictamente filosófico, a la reivindicación de soberanía de ninguno de los pueblos que la conforman. Si los catalanes nos dicen que ellos, para expresar su voluntad y gobernarse no tienen que pasar por Madrid no tenemos argumento filosófico que contraponer.»

Sigo pensando igual. Si el señor Ibarretxe nos dice:

«Somos una sociedad sensata y madura, tenemos mayoría de edad para decidir y, además, queremos decidir, queremos tomar decisiones por nosotros mimos.»

no tenemos, en lo estrictamente filosófico argumento sólido que contraponer.

Por otra parte, la deriva del mundo cada vez es más proclive a la creación de nuevos estados y un estado vasco o un estado catalán son del todo verosímiles e imaginables a medio plazo, tanto en el concierto internacionel en general como en el europeo en particular.

No podemos prescindir de ninguna de estas dos realidades.

Por otra parte, si el señor Ibarretexe nos sigue diciendo:

«Apostamos por un futuro que dice sí al pacto entre Euzkadi y España. Apostamos por un futuro que dice sí a la negociación con el Estado, a la mano tendida y no a la mano rechazada. Derecho a decidir y obligación de pactar, ésta es, a mi juicio, ésta es, a juicio de la Cámara vasca, hoy, de manera mayoritaria, la clave de la solución democrática del conflicto que venimos arrastrando durante los últimos doscientos años.»

ni podemos desoír las palabras del lendakari, ni podemos negar que tiene razón cuando dice que el conflicto dura doscientos años.

Puede ser que el señor Ibarretxe nos esté intentando engañar. Puede ser que tras ese nuevo pacto al que apela, el nacionalismo siguiera siendo lo que ha sido durante toda la Transición: un continuo chantaje al estado y una enorme máquina propagandística, en sus territorios de fomento del odio a la idea de esa España a la que nos dice que quiere tender la mano.

Puede ser que sí, pero pudiera ser que no y, por ello, no debemos desoírlo.

Entre otras cosas  (y aquí es muy posible que peque de ingenuo y de vivir en otro mundo) porque el verdadero nacionalista ama a su patria y ama a la historia de su patria. Lo que llamamos nacionalismos periféricos tendrán una idea restringida de lo qué es su patria pero, amándola, no pueden ni dar la espalda a su historia ni falsearla por siempre: antes o después se tienen que encontrar la idea de España, a la que han pertenecido desde hace muchos siglos y a la que sus antepasados se sintieron orgullosos de pertenecer.

Y, en este sentido hay que recordar que durante la primera parte de esos doscientos años de desencuentro a los que se refería el lendakari, sus antecedentes en su partido se alinearon al lado de una de las líneas dinásticas de la corona española que se enfrentaron a lo largo del siglo xix, más concretamente, la carlista, la tradicionalista.

VII. El señor Duran i Lleida.

Por otra parte, en otro escrito mío titulado España, antes rota que roja, trataba yo de exponer la tesis de cómo la izquierda a la que, en el fondo, le importan muy poco todas estas zarandajas de patria y de nación viene utilizando desde el siglo xx el problema nacionalista pro domo sua y, envenenándolo hasta el infinito, pescar en su río revuelto.

He dicho muchas veces, y lo he dicho en páginas catalanistas, que yo siempre me voy a sentir más cercano en espíritu a un catalán de derechas que a un castellano de izquierda, por muy castellano que sea yo.

Siempre me voy a sentir más cercano de un señor como el señor Duran i Lleida que de personas como Zapatero, por muy rectas e íntegras que sean en el ámbito de lo personal.

Precisamente hace pocos días, el señor Duran i Lleida tuvo la gallardía de anunciar públicamente que él se iba a oponer a la embestida laicista que lidera Zapatero y que antes enuncié como la primera de las sendas por las que éste camina. Que yo sepa, es la única voz que se ha alzado, desde el nacionalismo, contra el laicismo que aquél nos quiere imponer. El resto del nacionalismo me refiero al de derecha prefiere cerrar los ojos a esto y permanecer instalado en la postura cómoda de presentar a la derecha centralista como cerril y obscurantista mientras ellos, al paso que van a llevar a sus naciones a la emancipación, las van a modernizar. Modernizar en este sentido zapateril del término.

Y llegamos, con ello, a otro punto crucial de la reflexión:

Zapatero puede acometer tal ofensiva laicista porque la derecha española está dividida: ni en Cataluña ni en las Provincias Vascongadas hay derecha que se oponga a este ataque de Zapatero y no la hay porque la derecha de estas tierras españolas anda enemistada con la derecha centralista por el problema nacionalista.

Del anteponer este problema, para ellos esencial, al de la destrucción de la cultura común que todos tenemos, catalanes, vascos, castellanos, aragoneses, valencianos… resultan don resultados:

  1. La derecha española, dividida, permite que Zapatero tenga una mayoría parlamentaria suficiente como para promover medidas legislativas dirigidas a la destrucción de valores espirituales que están en la base de nuestras culturas, llámense española, vasca o catalana. 
  2. Quizá, la alianza de los nacionalismos periféricos con Zapatero acabe consiguiendo el, para éstos, tan deseado caramelo de la independencia de su odiada España, pero ¿qué patria vasca o qué patria catalana habrán conseguido independizar? ¿una patria vasca o catalana en la que los maricas y las lesbianas tengan el derecho de formar pareja y adoptar niños? ¿una patria vasca o una patria catalana a las que tan indiferentes les sean la religión católica que fue la de sus antepasados como la islámica contra la que todos luchamos y vencimos durante ochocientos años y cuya lucha es un elemento imprescindible del concepto que llamamos España?

Necesitaríamos, pues, recapacitar sobre las derechas españolas, ver en qué andamos equivocados todos e intentar un acercamiento leal en el que la derecha nacionalista vasca se opusiera en Vasconia a tal degradación de las esencias de nuestra patria, la catalana hiciera lo propio en Cataluña y todas incidieran en ello y estudiaran la posibilidad de no ser tan cerriles.

Mientras no sea así, mientras las derechas vasca y catalana anden calculando qué provecho mezquino pueden sacar de que un ser como Zapatero, hombre íntegro en opinión de don Juan Carlos I, sinvergüenza redomado en la mía, Zapatero, en alianza con la izquierda radical, hará mangas y capirotes con todos nosotros, vascos, valencianos, catalanes, gallegos, castellanos y demás ralea hispánica.

El señor Duran i Lleida, pues, desde Cataluña, ha tenido el valor de no confundir el culo con las témporas y de marcar la distancia precisa con el recto de Zapatero.

viii. La Iglesia católica.

La Iglesia católica a través de la Conferencia Episcopal Española, a la que, muy bien, pudiéramos equiparar en este asunto a los Concilios Toledanos en lo que respecta a la forja de la nación española, en el punto septuagésimo tercero de su Instrucción Pastoral del 2006 titulada Orientaciones morales ante la situación actual de España, nos dice:

«La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y, en último término, los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico político más conveniente. Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la voz de la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás. En todo caso, habrá de ser respetada siempre la voluntad de todos los ciudadanos afectados, de manera que las minorías no tengan que sufrir imposiciones o recortes de sus derechos, ni las diferencias puedan degenerar nunca en el desconocimiento de los derechos de nadie ni en el menosprecio de los muchos bienes comunes que a todos nos enriquecen.»

No hay, pues, razón alguna para que nos empecinemos en defender una constitución que murió durante la primera legislatura Zapatero. No debemos malgastar más fuerza en su defensa.

Creo llegada la hora de una reforma constitucional no de la reforma tibia que están planteando los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP y referida a puntos concretos como la reforma del Senado, la Ley Electoral, la reforma del Tribunal Constitucional, la del Consejo Superior del Poder Judicial o la Sucesión en la Corona de España (que también) sino a una reforma profunda que implique y que comprometa a los nacionalismos periféricos, muy especialmente a PNV y CiU.

En ello todos habremos de ceder. Tanto los que venimos confundiendo a España con la España liberal que nació en 1812 como los que confunden esta España con cualquier idea de España.

ix. Don Fernando vii.

Don Fernando VII, el último rey de nuestra monarquía tradicional, tan vilipendiado como fácil de vilipendiar, comparaba a España con una botella de cerveza y a sí mismo con el tapón que la tapaba y, añadía:

«En el momento en el que el tapón salte a la hora de mi muerte, todo el líquido contenido se derramará, sabe Dios en qué derrotero.»

Lo cuenta don Ramón de Mesonero Romanos en su obra Memorias de un setentón.

Que sucedió, exactamente, como pronosticaba el rey don Fernando VII lo puede ver cualquiera que se interese, aunque sea por encima y de pasada, por la historia del siglo XIX español. Que sigue sucediendo, lo viene a decir el lendakari Ibarretxe cuando habla del conflicto que venimos arrastrando durante los últimos doscientos años.

x. La Cruzada y el régimen del general Franco.

A mí nadie me va a quitar de la cabeza que el régimen de Francisco Franco fue un intento de conciliar la modernidad con la tradición. Lo dejé escrito hace unos días en mi artículo titulado Zapatero, la soledad y el papanatismo.

En su origen, el régimen de Franco, fue un levantamiento contra el marxismo y, también, contra el separatismo. Contra el separatismo porque éste andaba ya aliado con el marxismo en su labor de destrucción de España.

Si hubiera sido posible la alianza del nacionalismo vasco y catalán con la Cruzada e intentos hubo al respecto por parte del episcopado vasco, lo cuenta Ricardo de la Cierva en su obra La Historia se confiesa, en lo que respecta al PNV si tal alianza hubiera sido posible como lo fue en el caso navarro, hoy, muy probablemente, no existiría problema nacionalista ni secesionista en España y, seguramente, la izquierda española estaría bastante más civilizada, habría hecho, ella también, su transición, y, en cualquier caso, no podría estar utilizando el problema nacionalista para envenenar la vida política.

No fue posible. Los nacionalismos vasco y catalán del 36 estaban ya entregados en todo a una República que les había regalado el caramelo de sus estatutos y, como hoy, cegados por este caramelo, poco les importaba que España se encaminara a ser un cordero de Stalin en la parte más occidental de Europa.

A su vez, Franco, tras su victoria, adoptó como modelo para la organización territorial de su régimen, el de la España liberal del siglo XIX y no prestó ninguna atención a la posibilidad seguramente porque no había tal posibilidad de conformar territorialmente a España a la manera tradicionalista cuando el tradicionalismo se contaba entre las fuerzas que con él combatieron y que le llevaron a la victoria.

xi. Una nueva Constitución bajo una monarquía de inspiración carlista.

Voy acabando.

Tras la muerte de don Fernando VII, reinó en España la línea isabelina, representada, en su principio por una niña con la que las camarillas y facciones del liberalismo hicieron mangas y capirotes y que una vez crecida inició lo que a grandes rasgos ha caracterizado a esta línea dinástica: vivir el Monarca en paz, no entrometerse en nuestras peleas y, sobre todo, pedir perdón a la izquierda jacobina por permitirle existir y no cortarle el cuello como se lo cortaron a su antepasado el rey Luis XVI.

A su lado, y combatiendo a esta línea isabelina, existió la línea dinástica carlista que postulaba un mantenimiento de la España tradicional dentro de las novedades del mundo moderno. Por eso floreció el carlismo, fundamentalmente, en las tierras españolas más celosas de su tradición, la Vascongadas y Cataluña.

Y por eso, las Vascongadas y Cataluña, una vez confirmado el triunfo de la línea isabelina y confirmada la inviabilidad del carlismo, derivaron hacia el separatismo puro y duro y hacia su alianza con la izquierda revolucionaria.

Castilla, a su vez, amortecida y enervada, solar de la capital del Reino, confundiéndose a sí misma con la totalidad de España, mientras los nacionalismos vasco y catalán caían en la misma confusión, lleva doscientos años callada y conforme con el estado de las cosas.

Creo llegado el momento de que las cosas cambien y creo que sólo pueden cambiar en dos sentidos.

  1. La disgregación lisa y llana de España, o
  2. La reforma de la Constitución en un sentido carlista adaptado a los tiempos modernos.

Es claro que aquí postulo el segundo punto.

Para mí eso significa un pacto entre los antiguos reinos que conformaron a la España del Antiguo Régimen. Hemos de abandonar las zarandajas de la partición de Castilla en ‘nacionalidades’ artificiales tales como ‘Castilla-León’, ‘Castilla-La Mancha’, ‘Extremadura’, etc.

Es evidente que el presidente de la Generalitat o el lendakari vasco ni son ni se van a sentir nunca iguales a, por ejemplo, y con todos mis respetos, al presidente de Extremadura.

Y no lo son porque estas comunidades autónomas en las que se ha disgregado Castilla son entes artificiales y residuos de la partición decimonónica en provincias.

Los verdaderos interlocutores frente a Cataluña y las Provincias Vascongadas habrán de ser los reinos de Aragón, de Valencia, de Navarra y de Castilla: el café para todos de la Constitución del 78 ya no nos vale. De hecho, desde el principio fue un error.

No se trata, como dice la señora San Gil, de caerles simpáticos a los nacionalistas. Para simpatías ya tenemos bastante con la del señor Zapatero y con la de Su Majestad.

Se trata de ver si existe la posibilidad que, de existir, será seguramente la última de hacer un pacto leal con ellos.

En el escenario actual de la Constitución del 78 tiene razón María San Gil en que no tiene ningún sentido intentar caer bien a los nacionalistas periféricos porque el problema no es que los que nos consideramos dentro de ese concepto impreciso de la derecha española no seamos lo suficientemente simpáticos.

El problema es, como vengo diciendo, que la Constitución del 78 es ya, para esos nacionalismos, letra muerta, con lo cual no tiene sentido ni que intentemos caerles simpáticos ni que nos enfrentemos a ellos con la Constitución del 78 en la mano.

La solución es si es que hay solución la reforma constitucional.

Y acabo:

Como dije al principio, no concibo a España sin la Monarquía pero el monarca no puede vivir haciéndose perdonar continuamente la vida por la izquierda.

En esa España, lo mismo que necesitamos a unos nacionalismos retornados a ella con lealtad, necesitamos de una izquierda moderna, que olvide su obsesión anticatólica y que no le meta miedo al rey y necesitamos de un rey que no le tenga miedo a la izquierda y que, así, no nos desconcierte con aseveraciones tales como decir que Zapatero es un hombre recto e íntegro y que él sabe adonde va.

La primera porque somos muchos los que dudamos de tal rectitud y de tal integridad.

La segunda, porque no es de recibo, en una democracia que el presidente sepa adonde va y el resto de los ciudadanos lo ignoremos, no podamos, por tanto, decidir si queremos acompañarle o no en su camino y el único consuelo que nos quede sea que el rey nos diga que el presidente del gobierno sabe adonde va.

Eso es propio de un rey isabelino. Un rey carlista no nos podría decir eso. Y, menos con la que está cayendo.

Vínculos:

Las palabras de don Juan Carlos en Libertad Digital.

Orientaciones morales ante la situación actual de España. Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española

En defensa de la Monarquía española (Manifiesto de los persas.)

España, antes rota que roja.

Los reyes merovingios.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

13 mayo, 2008 a 19:52

Publicado en Política

2 comentarios

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  1. UN SALUDO DEL SPACE ANTICATALANISTA DE ARAGÓN.

    Unknown

    7 julio, 2008 at 16:59

  2. Tu eres tonto del culo y además de derechas, pidele explicaciones a la política de Aznar, al caso Gulter a los transfuga del PPestas cegado por la derecha recalcitrante y oscura que tuvo este país.Zapatero Zapatero bla bla bla, a tu primo Rajoy me gustaría verlo lidiar con esta crisis, aahhh!!! si verdad utilizaría su ver oir y callar, mejor dicho silenciar al ciudadano. Y tejiversar la información como lo del accidente de los militares españoles, en fin quedate con esa España rancia para ti y todos los que piensan como tu.Te vaya bien antiZP, pon Jimenez Losanto haber si te quedas dormidito con él, que de ROJO puro se paso al AZUL PP

    Pedro

    1 octubre, 2009 at 18:03


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