Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

11 de mayo: un aniversario para la Memoria Histórica

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Stanley G. Payne

Don Stanley G. Payne, historiador e hispanista estadounidense, publica hoy en La Razón un artículo titulado: Aniversarios: 14 de abril y 11 de mayo, en el que, al tiempo que nos recuerda que mañana se conmemora el septuagésimo segundo aniversario del inicio de la quema de conventos y de iglesias por parte de la II República española,  viene a coincidir en el revisionismo histórico con Pío Moa y a criticar el sectarismo del Gobierno socialista que padecemos en lo que respecta a la Ley de la Memoria Histórica.

Como el señor Payne es extranjero, además de doctor en Historia y profesor emérito en la Universidad de Wisconsin–Madison, a la caterva de reaccionarios de izquierda que, aparte de no saber hacer la O con un canuto, asume como dogma su visión falsa de la II República española y de nuestra Guerra Civil, le va a resultar más difícil hincarle el diente como se lo hincan al señor Moa, a quien, cuando no tienen más remedio que hacerle algún caso —pues su táctica habitual hacia él es el ostracismo y el ninguneo para evitar así, entrar a rebatir sus tesis— le tildan de psudohistoriador y, a partir de ahí, de fascista para arriba y, con ello, dan el asunto por zanjado y creen haber rebatido las tesis de don Pío.

Pues, ¡mire usted por donde! En su artículo de hoy, el señor Payne, no sólo viene a coincidir con las tesis del señor Moa sino que hasta le cita.

No es la primera vez que Stanley G. Payne cita a Pío Moa, de quien ya dijo:

“Sus obras constituyen el empeño más importante llevado a cabo durante las dos últimas décadas por ningún historiador en ningún idioma para reinterpretar la historia de la República y de la Guerra Civil.”

Y, añadía, entonces, Stanley G. Payne:

“Lo más reseñable es que, aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones. Los críticos adoptan una actitud hierática de custodios del fuego sagrado de los dogmas de una suerte de religión política que deben aceptarse puramente con la fe y que son inmunes a la más mínima pesquisa o crítica.”

La caterva de rojos cerriles con apariencia de historiadores y la caterva de pseudointelectuales, estos custodios del fuego sagrado de los dogmas, harán como que ni leyeron aquellas palabras ni han leído el artículo que comento.

***

El concepto de revisionismo histórico utilizado de manera peyorativa es una falacia más de la izquierda que se nos quiere presentar como moderna y no es sino la misma antigualla ramplonamente dogmática de siempre.

Es esa izquierda que quiere presentarse como defensora de la Ciencia y no es sino cientifista, es decir, contempla a la Ciencia, sin entender lo que es; la mira de manera supersticiosa y de ahí que no tenga empacho, como viene a decir Stanley G. Payne, en responder a los argumentos de Pío Moa con la trampa epistemológica de invocar al principio de autoridad, es decir, en aceptar o rebatir tesis científicas en función de quién las dice en vez de utilizar el método científico para hacerlo o, dicho de otra forma: el recurrir al argumento de que don Pío Moa no es historiador para rebatir sus tesis tiene el inconveniente de que si luego viene una persona que sí es, no sólo historiador, sino una personalidad dentro de la comunidad científica internacional y, además, profesor, y viene a decir lo mismo que don Pío, los que así han argumentado se quedan con las vergüenzas al aire y lo único que pueden hacer es hacer como si no hubieran leído a Stanley G. Payne.

Pero volvamos al concepto de revisionismo histórico tal y como lo maneja la izquierda, es decir como uno de tantos conceptos totem que utiliza para que su mera mención sirva para callar las opiniones contrarias.

Si la Ciencia es algo es, precisamente, revisionista. Lean a Thomas S. Kuhn los que niegan que la Historia se pueda revisar.

La Ciencia, para seguir avanzando, necesita poner en duda todo lo que conoce pues la verdad científica, a diferencia de la religiosa, se caracteriza por ser una verdad relativa. La base de su conocimiento es poner en duda lo que hoy conoce, volverlo a analizar a la luz de las nuevas evidencias o de los nuevos resultados experimentales y estudiar si hoy puede seguir considerando verdadera la tesis que ayer lo era.

Si no fuera así, la primera teoría física científica, por ejemplo, la Teoría de la Gravedad de Newton seguiría siendo una verdad admitida e inamovible, Einstein hoy sería considerado un revisionista (en el mal sentido de la palabra) y su Teoría de la Relatividad, una engañifa suya.

No se comprende, pues, que quienes se nos quieren presentar como adalides de la racionalidad, del positivismo… (en definitiva, de la Ciencia) y nos tildan a los demás de ignorantes, retrógrados y obscurantistas, utilicen el concepto de revisionismo histórico de la manera que lo hacen: como algo indeseable.

Bueno, miento: sí se comprende. Si nos damos cuenta que a esta gente, la verdad, la ciencia y la razón les importan un bledo y que lo que pretenden es que su verdad dogmática (custodios del fuego sagrado los acaba de llamar Stanley G. Payne) no sea puesta en duda ni por lo más remoto, entonces ¡vaya que si se comprende que saquen a relucir —como digo, de manera tan inconsecuente— el espantajo del revisionismo histórico para que nada sea revisado. ¡Vaya que si se comprende que el revisionismo histórico sea, para ellos, indeseable!

Yo entiendo que la Historia no es una ciencia experimental. No podemos contemplar la Historia con la misma indiferencia ni con la misma asepsia con la que miramos un paramecio por el microscopio.

La Historia tiene un componente afectivo que sirve para unir a las gentes que se consideran herederas de una de sus múltiples líneas. A los niños hay que encariñarles con la Historia de su nación como han hecho siempre todas las naciones, como nos cuenta don Marcelino Menéndez Pidal que hacían los godos durante su epopeya daciana por las noches, todos reunidos, grandes y chicos, en torno a las hogueras, entonando los carmina maiorum: los cantos de los antepasados.

Entiendo que así debe de ser y deploro que haya dejado de ser así en nuestra patria.

Pero de ahí a contar mentiras y empecinarse en la mentira media un abismo y el cerrar los ojos al análisis científico de la Historia es sólo muestra del cerrilismo y de dogmatismo.

La Historia de la Patria hay que amarla tal y como es: conociendo sus defectos y sus virtudes, como defectos y virtudes tiene la familia de uno y no por eso ni es menos familia ni debe dejar de amarla.

Como para la izquierda esto no es así, como viven instalados en su mentira y se la creen a pies juntillas, es por lo que les resultan tan molestas y odiosas personas como Pío Moa y, por esa misma razón, como, gracias a personas como don Pío, esta verdad dogmática de la izquierda está siendo puesta en duda en los últimos años, han tenido que inventarse lo de la Ley de la Memoria Histórica para seguir engañándonos a todos con su mentira.

Pues ¡toma memoria histórica!

Para refrescarles la memoria histórica a esta caterva de fanáticos indocumentados escribe hoy en La Razón don Stanley su artículo del que reproduzco aquí algunos párrafos:

«Hace un mes el Gobierno y varios sectores de las izquierdas prestaron bastante atención al catorce de abril, la fecha de la proclamación de la Segunda República en 1931, como «aniversario de la democracia». Esto es superficialmente plausible, en un sentido técnico, porque la República nació en gran parte como una fórmula para buscar la democracia. Las limitaciones, no de la fórmula, sino más bien de la orientación y los valores de los líderes de la República, se pusieron de manifiesto en tan sólo cuatro semanas, el once de mayo, fecha de la tristemente famosa «quema de conventos». Es dudoso que el Gobierno marque este aniversario, pues su «memoria histórica» es notoriamente corta. Muchos historiadores han señalado que fue el once de mayo, no el catorce de abril, el día que iba a simbolizar el contenido político del nuevo régimen a largo plazo. Puesto que los medios oficiales no van a llamar la atención de la supuesta «memoria histórica» a este aniversario, será útil primero resumir exactamente qué pasó en España los días 11 y 12 de mayo de 1931.

»La «quema de conventos», alardeado como amenaza casi desde el comienzo de la República, empezó en Madrid en la mañana del once de mayo, con el incendio de varias iglesias, y rápidamente se extendió a muchas ciudades del sur y del este, especialmente a Sevilla, Granada, Málaga, Cádiz, Valencia y Alicante. En total más de cien iglesias y edificios religiosos fueron incendiados o saqueados, o ambas cosas. Al comienzo, el Gobierno adoptó la actitud cínica de que «el pueblo» estaba divirtiéndose, y rehusó llamar a la Guardia Civil. Más tarde, cuando las dimensiones monstruosas del asunto eran más que claras, pasó al otro extremo, declarando la ley marcial con la intervención del ejército para restaurar el orden. Esto pasaría a ser la práctica normal de los gobiernos de izquierda durante toda la historia de la República: primero ignorar la aplicación de la ley y la Constitución si lo que se estaba dañando no eran más que los intereses de la derecha, y luego, una vez que la situación había sobrepasado todos los límites, empezar a dar palos de ciego con fuerza mayor…

»Para la sociedad actual, en gran medida secularizada y relativamente indiferente –aunque no necesariamente hostil– a la religión, la religiofobia y el anticatolicismo violento de las izquierdas españolas en la primera mitad del siglo veinte será difícil imaginar o comprender.

»El odio se justificaba por una serie de argumentos que se creían muy fuertes, aunque de verdad bastante extraños e ingenuos, resumidos muy acertadamente por Moa hace poco tiempo. Una frase famosa de Madariaga, comentando esto, fue que «los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia». ¿De veras? ¿Esto se cree en serio? ¿Y si fuera así, por qué no alentar al clero en su afán de destrucción, en vez de asesinarlos? Otra vez, las víctimas como los culpables.

»Otro bulo bastante popular fue que el clero utilizaba las iglesias y conventos como fortalezas armadas de las derechas. Nunca hubo la menor evidencia de tal cosa, pero si fuera así, ¿por qué era siempre tan fácil entrar para quemarlas? Esto era equivalente al bulo decimonónico del envenenamiento de las fuentes, o el conocido «bulo de los caramelos» de Madrid en 1936. Se decía también que los curas eran todos hipócritas y rutinarios, sin calor o calidad espiritual. Extraño motivo para torturar y asesinarlos, como si los nazis liquidaran a los judíos porque éstos no habían practicado bien el judaísmo. ¿Por qué los anticatólicos habían de exigir a los curas de ser campeones de la fe?

»En contra de tales nociones, encontramos que en 1936 las provincias más católicas tenían las tasas más altas de alfabetización, que podría indicar que precisamente en estas provincias había mayor conciencia y reflexión en cuanto a lo que se creía y hacía, mientras había mayor reacción rutinaria y ausencia de reflexión crítica en los distritos revolucionarios analfabetos. Igualmente se decía que el clero se alineaba con los ricos, no con los pobres, pero durante las persecuciones resultó que los activistas del terror buscaban especialmente a los curas y religiosos dedicados a la obras sociales y caritativas entre los pobres para detener y asesinar, como si buscaran eliminar a competidores especiales.

»Y siempre se insistía que la Iglesia y el clero habían combatido a la República desde el comienzo, y eso tampoco es cierto. Claro que el clero no apoyaba políticamente a sus persecutores –¿quién hubiera esperado eso?– pero el Vaticano y la jerarquía eclesiástica dejaron muy claro desde el comienzo que se aceptaba el nuevo régimen, y hasta aceptaba la separación de Iglesia y Estado, insistiendo solamente en los derechos civiles de aquélla, que fueron negados.

»Inculpar a las víctimas es una práctica muy común, pero el anticatolicismo violento se derivaba no de los defectos del clero –que probablemente eran menos que los de un siglo antes– sino del odio ideológico fomentado por las doctrinas radicales de la época. En ellas la guerra religiosa –pro y contra– era fundamental.

Ésta es la contribución, muy de agradecer, del señor Payne a la empresa en que nos hallamos embarcados los españoles de recuperación de la memoria histórica.

Como muy bien señala, la memoria histórica del Gobierno de Zapatero (inspirador de ella) es notoriamente corta y hay que recordarle estas cosas.

Como digo, es muy de agradecer que haya sido un profesor de Historia estadounidense quien haya venido a hacerlo y con esto no apelo al principio de autoridad que antes critiqué. Lo digo sólo para preguntarme qué epítetos estarán rebuscando en sus mentes los Santos Juliá, la caterva de gentecilla pseudointelectual de El País y demás enemigos mortales de don Pío para etiquetar con ellos al señor Payne.

Por lo demás, y a mi humilde entender, si el señor Payne se equivoca en algo es en hablar como habla en términos pretéritos.

 
Vínculos:
Aniversarios: 14 de abril y 11 de mayo. Artículo de Stanley G. Payne en La Tribuna de la Razón.
Otra mención de don S.G. Payne a don Pío Moa.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

10 mayo, 2008 a 17:16

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