Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Don Eduardo Zaplana

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Si, tras el señor Aznar y media cabeza de distancia por delante del señor Acebes, ha habido alguien, en la España del Pacto del Tinell, más vilipendiado, odiado e insultado y de manera más injusta por esa media España del abominable pacto, ése ha sido el señor don Eduardo Zaplana

El pacto del Tinell lo firmó, en virtud, Zapatero sin saber —para variar— lo que firmaba, porque Zapatero es así: lo mismo responde yes a una pregunta formulada en idioma que desconoce, que firma pactos sin mirar lo que firma porque: ¿para qué, si a Zapatero, ni las firmas ni los pactos, le importan un bledo? Recordemos, al efecto, la cara de estupefacción que se le puso al señor presidente cuando don Mariano Rajoy le leyó, ante las cámaras de televisión y en un debate electoral televisado, lo que había firmado en aquel Pacto del Tinell.

Pero dejemos esto y volvamos al señor Zaplana. Él, con Aznar y Acebes, han sido los cocos de la izquierda y del nacionalismo con una saña, una inquina y una injusticia infinitas. Le han insultado hasta la náusea y le han rebuscado en las costuras faltas que se han quedado con las ganas de encontrar pues el señor Zaplana, a más de valiente, es persona honrada.

Lo aguantó todo estoicamente durante los cuatro años que fue portavoz parlamentario del Partido Popular.

Ni elevó la voz, ni dijo una mala palabra, ni hizo un mal gesto, ni se le movió un pelo ante el desorbitado acoso de seres que ni en lo íntegro ni en lo centrado le llegan a la suela de los zapatos.

No elevó la voz pero la mantuvo tan firme como serena y constante en su labor parlamentaria y en su denuncia de las infinitas tropelías que la gente del Tinell inició en la anterior legislatura y va a continuar en la presente. Su firmeza y su serenidad sólo pueden compararse a su capacidad de trabajo y a lo inagotable de su esfuerzo.

Suele suceder así: las personas íntegras, cabales y trabajadoras suelen suscitar el odio, la inquina y el rencor en aquellas otras que carecen, en mayor o menor medida, de tales virtudes.

Si viniera un marciano a la Tierra no sería capaz de comprender por que razones el señor Zaplana ha generado el odio que ha padecido. Los españoles, lamentablemente, entendemos muy bien el porqué.

Ahí queda su labor y ahí queda la berrea de sus enemigos quienes, al fin, se han visto libres de él.

Quizá lo único que le faltó, antes de marcharse de su portavocía, fuera citar aquello del Quo usque tandem abutere patientia nostra, Catilina? mirando a los ojos, enarcados por cejas circunflexas, del tal Zapatero, pues contra gente mucho más vil que el mismo Catilina fue contra la que Cicerón alzó su voz. Tal vez no lo hizo porque, sabedor de que sus adversarios andan tan entusiasmados con la Educación para la Ciudadanía como ayunos en letras, no le iban a comprender el retruécano.

Por lo demás, todo lo dejó dicho con la nobleza y la sobriedad que tanto odian los innobles y los majaderos.

Don Eduardo abandona el Parlamento y se va a la Telefónica.

Como don Eduardo es persona valiosa puede abandonar la res publica y marchar a la dirección de una empresa para seguir ganándose la vida sin tanto sofoco como ha debido llevarse y que tan bien ha disimulado. No puede decirse lo mismo de la inmensa mayor parte de sus enemigos acérrimos, quienes necesitan de la res publica, a más de para rebuznar e insultar a personas íntegras, para poder comer  garbanzos y ganar un sueldo suculento que les pagamos todos.

Parece ser que la seriedad del señor Zaplana no encuadra bien en la nueva estrategia del Partido Popular y este partido ha preferido a una señora que se llama doña Soraya para afrontar, como nueva portavoz suya, esta legislatura.

No quiero decir con esto que doña Soraya, ni deje de ser seria ni sea incapaz, porque todavía ando conmocionado por los últimos movimientos de ficha del PP, pero me va pareciendo que este partido ha optado por la imagen amable frente a la imagen seria para combatir el buen rollito con el que la izquierda (y el nacionalismo a élla aliado) esconde su siniestra faz. Tal vez busque, con este nombramiento, probar el viejo principio homeopático del similia similibus curantur y combatir el buen rollo con buen rollo.

En fin, no sé. Este escrito no trata de ser un análisis de la estrategia del Partido Popular ni una crítica a doña Soraya. Ya digo que no acabo de comprender los movimientos de ficha de este partido que, aunque perdiera las últimas elecciones, era la única agarradera que teníamos el cuarenta y nueve por ciento de los ciudadanos españoles. El PP sabrá lo que hace y yo deseo lo mejor a doña Soraya, por ella y por todos nosotros.

No trato, pues, aquí, de analizar la estrategia del Partido Popular sino, sólo, de reconocer y de agradecer la valía, el valor y el sacrificio de un hombre llamado don Eduardo Zaplana porque es de justicia hacerlo.

La fotografía que encabeza este escrito pertenece a la Agencia EFE.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

30 abril, 2008 a 21:21

Publicado en Política

Una respuesta

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  1. Juas

    ENRIQUE

    20 noviembre, 2008 at 12:53


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