Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Don Juan Alberto Belloch

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Quiero confesar aquí que me ha sorprendido mucho y muy gratamente la inesperada defensa que del Crucifijo ha hecho un socialista, don Juan Alberto Belloch, alcalde de Zaragoza, de quien yo, hasta el día de hoy, tenía la pobre impresión que tengo de los socialistas en general y que vengo expresando en estos blogs y en estos escritos.

Como mi lucha antisocialista ni tiene interés personal ninguno ni es lo que, en el mal sentido de la palabra, se llama partidista, no me duelen prendas en reconocer aquí mi yerro con respecto a este alcalde ni en agradecer sus tajantes palabras ante la demanda de los grupos municipales de la Chunta Aragonesista y —¿cómo no?— la Izquierda Unida de Llamazares, de que se retirara “cualquier símbolo religioso de los espacios oficiales del Ayuntamiento de Zaragoza,” demanda que hacían en estos términos genéricos para pedir la retirada de un Crucifijo que, por lo visto, preside el Salón de Plenos de este municipio y que es lo que, concretamente, molesta a estos señores.

Ante esta petición iconoclasta de la izquierda, don Juan Alberto Belloch, ha respondido de manera tajante y, para mí, ya digo, sorprendente viniendo de un socialista.

Ha dicho que mientras él esté al frente del Ayuntamiento y cuente con los votos necesarios, el Salón de Plenos mantendrá en su sitio el Crucifijo que lo preside y ha añadido, textualmente:

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y (sic) tradiciones, sino que las acumulan y superponen»

y que a él le basta:

«con que el Crucifijo lleve en su sitio todo este tiempo (desde el siglo xviii), porque, además, creo que eso no debe de ofender a nadie.»

Firmes palabras y muy de agradecer viniendo de un socialista y, más, de un socialista en el poder.

Firmes aunque cándidas en este último párrafo, pues creer que un Crucifijo no debe de ofender a nadie es —y perdóneme el señor alcalde— vivir en la inopia.

Es desconocer (o querer desconocer) el factor esencial que ha significado el odio a la religión católica en la Historia de España de los últimos doscientos años y que hoy vuelven a resucitar gentes de su propio partido empezando por su Secretario General y actual presidente del Gobierno, señor Zapatero.

Yo sí creo desde hace mucho —¡vamos, no es que crea, es que estoy convencido!—que los símbolos católicos ofenden a gran parte de la izquierda española y de ahí la demanda de la momificada Izquierda Unida y de la estrambótica Chunta diz que Aragonesista para que se retire el Crucifijo.

Quizá, como parece temer el alcalde, algún día ellos ganen y tengan más votos y el Crucifijo sea retirado, al fin, del Salón de Plenos zaragozano.

Seguramente acabará siendo así conforme las nuevas generaciones se vayan educando en el concepto blando de ciudadanía que tiene Zapatero, y dejen de existir hombres como el señor Belloch capaces, aún desde el propio socialismo reinante, de darse cuenta de tan burda artimaña iconoclasta y, al mismo tiempo, de tener el valor de oponerse a ella con la claridad y la rotundidad que hemos visto en él.

No tengo la concisión sintáctica suficiente para decir, con las pocas palabras que él ha utilizado, lo que vengo intentando decir, perdiéndome en mil circunloquios, desde que ando escribiendo por aquí, pero, leyendo la noticia, y aún no saliendo de mi asombro, vengo a constatar que don Juan Alberto acaba de decir lo mismo que vengo diciendo desde hace treinta años: nuestras tradiciones, nuestra cultura «no deberían de molestar a nadie» y, sin embargo, es de una evidencia palmaria que a la izquierda española sí les molestan.

Y les molestan tanto que, prácticamente, la única razón de ser actual de la izquierda española es la destrucción de estos símbolos que representan casi toda nuestra cultura.

***

La noticia me ha recordado la vieja historia de cómo el rector Lapiedra se cargó, allá por los años ochenta, el escudo centenario de la Universidad Literaria de Valencia, por el hecho de venir representada en él la Virgen de la Sapiencia, patrona suya desde que, en 1585, así lo viniera a sancionar la bula Copiosus in Misericordia Dominus del papa Sixto v, de felice recordación, y lo substituyó por otro de desangelado e imbécil diseño moderno en el que figuran, sin que se sepa bien a santo de qué, los escudos de las provincias de Valencia, Castellón y Alicante.

La imagen de la Virgen en el escudo de la Universidad molestaba a Lapiedra y, lisa, llana y caciquilmente, se la cargó.

Como se cargaron y desplazaron, él y la ralea que con él vino, amargándoles la vida, a tantos y tantos de aquellos verdaderos y auténticos antiguos catedráticos, tan llenos de saber como de bonhomía.

El exterminio dirigido y consciente de los símbolos católicos no es, pues, nuevo ni su práctica está limitada a partidos más o menos marginales o estrambóticos: vive y florece en nuestra clase dirigente política y, peor aún, en las rectorías de muchas de nuestras universidades, sin ir más lejos, la valenciana.

Mejor dicho: vive pero no florece. Vive a manera de plaga subrepticia e hipócrita, como la carcoma habita escondida en la madera que destruye. No nos dicen que quieran quitar el Crucifijo porque les molestan los Crucifijos —que es de lo que se trata—, sino que nos vienen con el cuento hipócrita de que quieren que “desaparezca cualquier símbolo religioso de los espacios oficiales del Ayuntamiento de Zaragoza.”

Y eso es lo peor del asunto, el que esta carcoma hipócrita, llámese Chunta, llámese Izquierda Unida, llámese Ramón Lapiedra, se están cargando poco a poco nuestros símbolos culturales de manera que la mayoría de la gente no nos enteremos.

Algunas veces cantan y se les ve el plumero más de lo que quisieran, como la maestra aquella andaluza que, hace dos años, tiró a la basura el Belén navideño que habían hecho sus alumnos, pero son las menos. Lo normal es que su forma de actuación sea esta otra, como digo, hipócrita y callada, para que los ciudadanos no nos enteremos.

Y los ciudadanos, efectivamente, ni nos enteramos ni nos queremos enterar en grandísima parte.

Y, para que si alguno se atreve a quererse enterar y a decir algo, es para lo que se ha creado la asignatura de Educación para la Ciudadanía; precisamente, para que esta grandísima parte de gente que calla y no se entera sea, cada vez, más grandísima y acabe siendo omnipresente y, absolutamente entontecida por conceptos manejados de manera espuria tales como igualdad, laicidad, respeto, y tantos otros que manipula sin escrúpulo la gente zapateril, acabe aceptando, sin rechistar cualquier aberración, desde la retirada de Crucifijos hasta la mismísima voladura de la catedral de Toledo o su conversión en un centro cívico de ocio o cualquier otro disparate que se les ocurra a estos ciudadanos que nos quieren educar en la ciudadanía auxiliados en tal labor por todas las televisiones públicas y privadas cuyas licencias expiden ellos.

***

Cierto día, hará de ello unos siete u ocho años, regresado yo a mi vieja alma mater, la Universidad de Valencia, para hacer un máster de ésos que hay que hacer para poder seguir siendo algo en este mundo mercantilizado hasta en los másters, y contemplando, en un receso, la cristalera que aislaba aquella zona de mi vieja Facultad, y viendo en ella grabado la patochada del escudo de Lapiedra, no pude por menos que indicarle al director del máster lo que lamentaba la eliminación del antiguo y la envidia que me daban, por ejemplo, los profesores venidos de Salamanca o de Oxford cuando, en sus exposiciones y diapositivas, mostraban con orgullo los escudos centenarios de sus universidades en tanto que la nuestra había renegado del suyo, centenario, para ostentar este otro de diseño lapiedrano. A lo cual, don José María, gran profesional pero, al fin, rojo, me contestó:

«—¡Sí! Quizá nos equivocamos.»

No sé si me lo dijo para que me callara o porque de verdad lo creía, pero, en cualquier caso ¡vaya que si se equivocaron! Y ¡vaya que si persisten en la equivocación los que siendo personas decentes, aunque erradas, gustan más de los Blocs o de las Chuntas aragonesistas que de la recta razón y del recto sentido estético del que, hoy, don Juan Alberto Belloch, ha tenido el valor de no renegar!

Voy perdiéndome en recuerdos personales que poco hacen al caso, aunque lo ilustran porque, al fin, todo viene a ser lo mismo. El escudo de la Universidad Literaria de Valencia era un bien cultural que nos pertenecía a todos. No se comprende que a nadie pudiera molestarle. Como dice don Juan Alberto, bastaban sus cuatrocientos años de existencia para que, al menos, suscitara el respeto de quien no fuera una bestia iconoclasta. ¿A quién hemos de pedir responsabilidad por su destrucción? ¿A quién hemos de pedir responsabilidad por la destrucción de algo que nos pertenecía a todos?

La historia del escudo de la Universidad de Valencia es sólo una pequeña muestra de las infinitas tropelías que ha hecho y va a seguir haciendo esta gente. La cuento aquí porque me hiere de manera especial pero, como digo, son infinitas. Con la Universidad de Barcelona ha pasado algo parecido que puede verse ut infra en los vínculos que siguen a este escrito.

***

El socialismo que padecemos en España es un ente muy amplio y contradictorio. En el fondo no es más que una máquina de conquistar poder y, como tal máquina, ni le importan los Crucifijos ni le importa un bledo nada.

Ya lo he dicho otras veces: si, hoy, a los socialistas les conviene que haya Rey, serán los mayores y mejores monárquicos que haya visto el mundo. Si mañana les conviene lo contrario, serán los primeros en salir a cuchillo detrás del monarca.

El socialismo es maestro en afirmar hoy una cosa y mañana la diametralmente contraria con una cara dura que para sí quisieran los diamantes de Sudáfrica.

Pero, hemos de darnos cuenta de que, si esto es así, es porque está constituido por un espectro amplísimo de personas que va desde los francamente anticatólicos iconoclastas que en poco o en nada se diferencian de Llamazares y que muy bien podrían estar en Izquierda Unida o en la Chunta, hasta personas intelectualmente honestas como el señor Belloch, de las que uno no comprende cómo no se dan cuenta de la inmensa engañifa en la que nos tiene embarcados el partido en el que militan.

En el centro de ese espectro, sonriente y feliz, arqueando las cejas, tocando el violón y dirigiendo la orquesta, se situaría Zapatero, absolutamente convencido de que semejante contubernio es la Arcadia Feliz a donde nos quiere llevar.

Si, para el alcalde de Zaragoza:

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y (sic) tradiciones, sino que las acumulan y superponen»

para su señorito, el señor Zapatero, las sociedades maduras, o, dígase, democracias avanzadas —término descubierto por este personaje siniestro y que, habiendo tomado carta de naturaleza, repite ya hasta el señor Losantos—, las sociedades maduras, las democracias avanzadas y la enésima estupidez zapateril son las que consideran que la sociedad más madura es la que sí cambia las costumbres, sí cambia las tradiciones y ni acumula ni superpone: simplemente, destruye sin tener concepto cabal de qué es lo que está destruyendo.

O ¿es otra cosa lo que está haciendo Zapatero?

Tout comprendre, c’est tout pardoner, dicen los franceses. Como digo, no acabo de comprender a Belloch y, por tanto, no puedo perdonarle su adscripción a semejante partido.

Pero, nobleza obliga, ayer hizo una defensa muy valiente y muy clara de un símbolo esencial de nuestra cultura que su partido y la ralea que le acompaña se quiere cargar y sólo me queda agradecérselo y felicitarle por ello.

Vínculos:
La noticia en Libertad Digital.
Desmanes cometidos en los escudos de Universidades españolas. Obsérvense, aparte del engendro del de la Universidad de Valencia, los disparates cometidos con los de la de Barcelona y Oviedo. Sus antiguos emblemas eran patrimonio de todos ¿Quién dio permiso a quién para cambiarlos por semejantes idioteces?
Antiguo emblema de la Universidad Literaria de Valencia, el que eliminó Ramón Lapiedra.
Bula Copiosus in Misericordia Dominus de SS Sixto v, de 1585, a la que el tal Ramón Lapiedra no hizo ni caso cuando se cargó el emblema centenario de la Universidad de Valencia.
‘Normalizan la Virgen de la Sapiencia: gracias a Dios, ni soy el único al que duele el desmán de Ramón Lapiedra ni soy el único que lo ha olvidado.
Una profesora tira a la basura un Belén por ser un instituto laico. La noticia en Periodista Digital.
Orden de alejamiento de los menores católicos contra la maestra que tiró un Belén. La noticia en Periodista Digital. Hoy por hoy y gracias a Dios, aunque no sabemos por cuánto tiempo, aún tenemos fuerza para callar a estos sinvergüenzas si tenemos el valor de no callarnos.
El presente escrito ha sido referenciado en Por qué los neutrinos de OPERA no pueden ser taquiones. del blog Francis (th) E mule Science new’s.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

28 abril, 2008 a 12:20

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