Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

El embrutecimiento del varón

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Me tomo la libertad de robar a don Pío Moa el título que encabeza el presente escrito con el cual él tituló él uno de los mejores y mejor hilvanados suyos y que publicó en fecha tan temprana como noviembre del 2002.

Venía yo en estos días intentando soltar mi cuarto a espadas acerca de lo que considero la imagen paradigmática de la constitución del actual gobierno Zapatero. Me refiero, claro, a la de doña Carme Chacón, investida ministra de Defensa y pasando revista a unas tropas militares.

Andaba intentando sacar tiempo de debajo de las piedras, inspiración suficiente en la Ilíada —más en concreto, en la escena de Héctor despidiéndose de Andrómaca ante las Puertas Esceas de Troya— y, sobre todo, ponderación y delicadeza suficientes para comentar con la mesura debida, el disgusto que me había producido semejante imagen de asunto tan delicado cuando, hete aquí que, de repente, salta a la palestra un cerdo, un tal Daniel Anido, director, por lo visto, de la SER, con un artículo, —mejor diríamos, una bazofia— titulado La baba en la pluma y publicado en la página web de esa cadena SER.

En ese artículo, el marrano este de Anido, no dice nada. Se limita a insultar a los señores Burgos, Anson, Losantos, Ramírez y Ussía, en términos groseros y soeces, tildándolos de “pajilleros,” “reprimidos,” “puteros,” “siniestros” y “cobardes,” y, a la señora doña Cristina L. Schlichtingalgo más reprimido ha estado con ella el cobarde Anido— de “una tal schlichting” y todo porque estos señores y esta señora han tenido el valor de criticar la oportunidad del nombramiento de la señora Chacón como ministra de defensa.

Como yo andaba intentando escribir algo —por supuesto, con menos numen que ellos— en el mismo sentido que estos señores y esta señora, me siento tan insultado como ellos por el cerdo de Anido y de ahí el tono de mi respuesta.

Comenzaré, para no ser injusto y para que cada cual que lea estas líneas juzgue por sí mismo, citando de manera completa el texto de este degenerado que la página web de la SER quitó de ella, en principio, para volver a colocarlo después cuando ya andaba circulando por todas partes.

Dice así La baba en la pluma de Anido:

Cuando fluye la baba y el periodismo se acojona la tiniebla va cubriendo el espacio vacío; un territorio abandonado que ocupan pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados, con nombres y apellidos.

Son de ilustres burgos, ansones, losantos, pejotas, usias y alguna que otra schlichting, pero segregan ese líquido viscoso y corrompido por la comisura de sus parpados, acentuando el asco que desprende su mirada.

Tenemos que mirar sus caras, seguir con atención el recorrido; ver como avanza ese residuo pútrido que desciende por los pliegues hasta la boca, como carcome gota a gota su lengua relamida; como la inunda y luego la desborda, para proseguir su camino hasta la mano pegajosa que sostiene la pluma y derramar allí toda su miseria.

Cuando fluye toda esta baba compartida y el periodismo se acojona, estos mirones clandestinos, estos fetichistas de la mugre, se proclaman profetas con derecho de pernada, levantan púlpitos con barrocos tornavoces, apoyan sus falanges en el antepecho, despliegan su abyección más tenebrosa y corrompen el espacio compartido.

Cuando el periodismo se acojona delante de estos usurpadores del oficio, la cloaca extiende su dominio, se adueña de la plaza pública y construye allí su pasatiempo favorito: el juego delictivo del insulto, donde prevalece y se premia la discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, como pueden ser la orientación sexual, la fe o falta de ella, la ideología, la gestación, la edad, el nombre o el apellido.

Cuando el periodismo se acojona delante de estos mediocres, que confunden la baba con el intelecto, nuestra profesión pierde el futuro; los ciudadanos, su libertad, y la democracia, el sentido.

El periodismo tiene que hacer frente a la contaminación que desprenden estos exhibicionistas de la baba en la pluma, a la perversión que esconden bajo el necesario paraguas de la libertad de expresión.

Son previsibles. Se plantan delante de sus víctimas y abren con rapidez sus gabardinas, dejando ver su desnudez intelectual. Pero, son cobardes. Si les plantamos cara, mirando fijamente sus despojos orgánicos, señalando con el dedo su minusvalía y mostrando nuestro desprecio con una sonora carcajada, que al tiempo alerte al resto de la ciudadanía, salen corriendo a esconder sus complejos y sus colgajos… en el fango.

Hasta aquí Anido vomitando La baba en la pluma, artículo que este, a más de guarro, majadero, acaba dedicando

a ellas, que sufren estos días el maltrato de quienes quieren robarnos el oficio.”

¿Qué oficio, Anido? ¿Qué oficio tienes tú, imbécil?

¿El oficio obsceno de eyacular insultos groseros, haciendo como que los escribes, a mayor velocidad que la fontana de Trevi mana agua limpia y cristalina, para acogerte luego, cobarde y canallamente, —porque, Anido, tú eres un cobarde y un canalla— a ese brindis de “a ellas…” porque eres tan cobarde y tan canalla que tiras la piedra, desahogas tus rabias y tus rencores vomitando obscenidades y, luego, te vas a esconder debajo de las faldas de “ellas”?

¿Te crees de verdad que ninguna de las personas que mencionas ni te quiere quitar ese tu marrano oficio ni quiere siquiera llegar a parecerse a ti, cerdo?

No. Te contemplará, te contemplaremos, nos taparemos las narices y nos darás pena, Anido, como nos apenan tantos espectáculos penosos que, con resignación, vemos en nuestros días. Nada más, Anido. Quitarte no queremos quitarte nada. Rebózate en la mierda que te rodea que, descuida, no te la vamos a robar.

Ya don Marcelino Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, notó la curiosa pero constante relación que existe entre lo que ahora llamamos pijoprogres y él llamaba heterodoxos y la obsesión que estos tenían por lo estrictamente genital. Esta obsesión genital pervive en seres como Anido y se manifiesta en los garabatos que escribe.

Es él el que no debe acojonarnos a los demás aunque sea lo que de manera tan penosa, burda  grosera intenta.

Ni al señor Burgos, ni al señor Anson, ni al señor Losantos, ni al señor Ussía, ni a la señora Schlichting se les pasó por la imaginación, a la hora de redactar sus escritos, disconformes con el que la señora Chacón sea ministra de Defensa, el vicio polutorio que obsesiona a Anido, ni precisaron apelar a él para justificar sus reflexiones.

A ti sí, Anido, marrano. ¿Por qué será?

¿Será, acaso, porque tú sí eres víctima de tal vicio y eres tú en vez de ellos, en vez de nosotros, el que confundes el culo con las témporas y la crítica lícita a la enésima patochada de Zapatero con tus obsesiones genitales?

***

Lo que vinieron a hacer estos escritores fue a criticar el gesto de Zapatero de nombrar para titular del Ministerio de Defensa a la señora Chacón, no por su condición de mujer sino por sus antecedentes pacifistas, antimilitaristas y falsificadores de su curriculum vitae para hacernos creer que era doctora cuando no es sino licenciada. No es necesario explicar a nadie sensato que esto, muchos, lo podemos entender como una muestra más de desprecio y de provocación por parte de Zapatero a la institución militar en particular y al sector conservador de la ciudadanía en general, ni que podemos entender que semejante desprecio y provocación no son un mero divertimento pueril del señor Presidente para chincharnos, sino una táctica más en su labor de zapa, tanto del orden constitucional como de los valores tradicionales que desprecia.

Podremos estar equivocados pero tal interpretación es más que lícita y verosímil y sobre ella fue sobre la que reflexionaron en sus artículos, en general ingeniosos y mordaces pero jamás indecentes ni obscenos, ni de lejos, como el que inspiraron el de Anido.

El artículo del señor Losantos, en su línea de lenguaje contundente pero nunca grosero, marrano ni ofensivo como el de Anido, deploraba la creación de un Ministerio de la Igualdad, más por lo que tiene de orwelliano que por el hecho de haber sido encomendado a una mujer y deploraba la designación de Chacón como ministra de Defensa, no por ser mujer, sino por su ideología, sus antecedentes personales y sus mentiras.

Por lo que respecta al señor Ussía, si bien muestra su disgusto por el nombramiento, lo trata con una pulcritud exquisita y hasta, en su final, intenta rebuscar en él algo positivo y hasta desea suerte a la ministra:

Por otro lado, es muy probable que este nombramiento no derive en un desastre. Carmen Chacón es inteligente, y si ha sido capaz de enamorarse de Miguel Barroso, debe tener una sensibilidad heroica. Trabajará entre personas entregadas y decentes. Conocerá a los militares. Sabrá de cerca lo que significa la vocación de servicio y el amor a España. Tendrá noticia de los problemas económicos de la gran familia militar y de la aceptación de su situación. Mandará sobre personas que, en ocasiones y con mucha más experiencia en la materia, le expondrán sus desacuerdos con sinceridad para terminar cumpliendo a rajatabla las órdenes recibidas. Y vivirá en un ambiente de lealtad, generosidad y cortesía que echará de menos cuando su responsabilidad se extinga. La Carmen Chacón que saldrá en nada se parecerá a la que entró. Y dentro de lo preocupante, ésta es una buena noticia. Suerte.

El que quiero traer aquí completo, es el de la señora Schlichting a la que Anido, llama “una tal schlichting” y a la que hemos de agradecer que sea ella, una mujer, la que haya hablado con mayor claridad sobre estas cosas que los varones siempre tratamos con el miedo de ser tachados de machistas y ahora también, según se desprende de las palabras de Anido, de maltratadores y que no sabemos por cuanto tiempo vamos a poder seguir hablando, con o sin miedo, de ellas, pues las palabras deAnido, las de Ángela Sanromá, a la que luego me referiré, y la mera creación de un Ministerio de la Igualdad, son hechos lo suficientemente ominosos y elocuentes de que lo persiguen es penalizar y prohibir estos pensamientos: es decir: censurarnos.

El artículo de doña Cristina L. Schlichting, titulado La Mujer-Burka, dice así:

Me niego a ser mujer para esto. Este presidente va a conseguir lo que parecía imposible: que las más orgullosas de ser mujeres abominemos de nuestra condición. Y es que nos utiliza para todo, para ganar elecciones, justificar lo injustificable (leyes contra el maltrato que penalizan el doble a los hombres que a las mujeres) o tapar desaguisados políticos. La última es el chachi-gobierno. Para empezar repite cartera la más inútil de las ministras, Magdalena Álvarez, que es sinónimo de desastre en obras públicas… y hay que callarse porque es mujer. En segundo lugar entra en un cosmético Ministerio de Igualdad una chica de 31 años cuyo mayor mérito es haber fomentado el flamenco en Andalucía… y hay que callarse porque es mujer. Finalmente se nombra ministra de Defensa a una señora que se reconoce pacifista, que ha repetido que el Ejército tiene que dedicarse a labores de asistencia social y que, tras una carrera catalanista, ha declarado a La Vanguardia que «mi hijo verá la República», y eso sí, que se atreva ni un solo militar a quejarse de tener un superior alejado de los principios de la Corona o la unidad nacional… ¡Hay que callarse porque es mujer! Zapatero ha descubierto la mujer-burka, la mejor manera de tapar injusticias, chulerías y bobadas y asegurarse de que nadie levante la voz. La amenaza es, simplemente, la incorrección política y el consiguiente ostracismo. La mujer-burka permite los más absurdos movimientos políticos, protege de la reacción social y asegura una excelente prensa, sobre todo en el extranjero. ¿Cómo han denominado a este Gobierno en los rotativos internacionales? ¡El Gobierno rosa! ¡Aplaudido por tirios y troyanos y presentado como una revolución pacífica! Ojalá probasen estos egregios periodistas en carne propia una ministra de Fomento cuya especialidad son los socavones o tuviesen que arriesgarse a padecer las decisiones sociales de una ministra ignara o las bélicas de una titular antibelicista. Mil ministras como Maleni les regalaba yo, eso sí, mujeres todas. ¿A que me llaman machista por esta columna después de una vida luchando por mis derechos?

Éstos son los artículos y éstas las palabras que han sacado a Anido de sus cabales y a estos escritores, por decir estas cosas, los ha insultado Anido llamándolos “pajilleros,” “reprimidos,” “puteros,” “siniestros” y “cobardes” y “una tal schlichting.”

Leyendo las palabras de doña Cristina y comparándolas con los berridos de Anido me reafirmo en mi convicción antigua de que el presentar al mundo como un enfrentamiento entre hombres y mujeres es falso y es un trampa. El verdadero enfrentamiento es el que existe entre personas sensatas, educadas, cultas, reflexivas y ponderadas y animales de bellota, indecentes y sinvergüenzas, como Anido.

La imagen que dio Anido fue tan asquerosa que hasta la propia página web de la SER retiró el artículo de su alojamiento en ella aunque, habiendo ya saltado y circulado por todas partes, hizo de la necesidad virtud y ha tenido que volver a publicarlo.

El asunto Anido es tan asqueroso y repugnante que, aunque ya había expresado mi opinión somera acerca de él en el foro de Liberad Digital, me resistía a tratarlo con amplitud en este blog.

Ya comenté en otra entrada de este blog, de noviembre pasado, titulada En defensa de una señora, cómo la progresía está, cada vez más crispada y sacada de sus orwellianos cabales en los que nos quieren encerrar a todos.

Ya expliqué allí cómo están, efectivamente, cada vez más crispados. Cada vez están más descompuestos. Cada vez son menos capaces de disimular ni el odio que llevan dentro, ni la bilis que les sube hasta la garganta, ni la estupefacción que debe causarles la contradicción que entraña el que ellos, adalides de la libertad, anden en la cruzada de acallar voces disonantes y que, ante las afirmaciones de estas voces, ellos, carentes de argumentación, tengan que ceñirse al insulto o al exabrupto y no puedan ir más allá de ellos.

Me recuerdan, en mucho más vil y miserable, los tiempos de la infancia en los que, cuando un niño hacía una perrería a otro y éste se quedaba, bien sin contestación, bien sin fuerza para soltarle un guantazo al otro, salía con la retahíla aquella de “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” que le servía de desahogo.

Pero, hasta los niños, antes de recurrir a este último extremo, buscábamos, en nuestras mentes infantiles alguna razón que mostrara al universo mundo la injusticia de la que habíamos sido objeto, la sinrazón de nuestro adversario y, en fin, una salida del trance más airosa que la susodicha retahíla.

Estos indeseables de la progresía intelectual, no. Quizá, al principio, atónitos, desde su convicción de superioridad moral e intelectual, de que se les contestara, alguno intentara hacer melindre de reflexión intelectual.

Ahora ya ni siquiera eso. Ahora están instalados en el “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” y detrás de ello no hay nada. Nada.

Los insultos de Anido son, precisamente, eso a lo que me referí hace unos meses.

El exabrupto puede tener su justificación y su utilidad dialécticas cuando envuelve y enfatiza un pensamiento. En las palabras de Anido ni envuelve ni enfatiza nada que no sean puras visceralidad y rabia.

Por eso me resistí a tratar el asunto Anido en este blog. Es cierto que, al verte insultado, lo que te pide el cuerpo es responder en los mismos términos pero, una segunda reflexión más calmada, te hace ver lo vano de bajar a ensuciarte en la pocilga en la que se mueve este hombre. Anido, como digo, no dice nada. Está, meramente, instalado en el “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” y lo mejor es dejarle que se desahogue solo.

Si, al final, he entrado al trapo y estoy comentando tan desagradable asunto expresándome en estos términos que deploro ha sido porque la tal Ángela Sanromá, —otra que tal, tío Pascual— a la que antes me referí y a la que no conoce ni la madre que la parió pero que, por lo visto, es la delegada del Instituto de la Mujer en Castilla-La Mancha, ha entrado a rematar de cabeza las palabras de Anido diciendo que “los que criticamos a las ministras somos culpables de los malos tratos.”

Y hasta ahí podíamos llegar.

Ni podemos considerar mera anécdota la berrea de Anido ni podemos hacer como que no nos hemos enterado de lo que dice esta señora pues ambos hechos son una clara indicación de su, al menos por ahora, deseo de criminalizar el pensamiento contrario a su concepto de la mujer y de su papel en el mundo de hoy.

Y no podemos ignorar este deseo suyo porque las muestras de que de deseo anda transformándose en intención son evidentes y el peligro de que tal intención acabe por ser plasmada en el Código Penal de manera que no podamos opinar sobre los asuntos femeninos sin correr el peligro de delinquir no es una neura. Que lo consigan o no, es una cosa. Que en ello andan lo evidencia Anido y lo evidencia Sanromá.

Y lo amenaza el recién creado Ministerio de la Igualdad.

Si prescindimos de la anécdota de los insultos, podemos darnos cuenta, con claridad meridiana, de que ambos, Anido y Sanromá, están asumiendo como dogma que la crítica, por ejemplo, a la composición por cuota femenina del gobierno, es uno de los factores que causan el maltrato femenino.

Y esto ya sí que es peligroso porque, evidentemente, si el hacer tales críticas y expresar esas opiniones son una de las causas de problema tan grave como el maltrato femenino, el corolario de tal aserto ha de ser que, de alguna forma, habrá que poner coto y acallar tal crítica y tal opinión.

¿O no?

¿Peco de suspicaz o son así las cosas?

La pijoporogresía, representada en este asunto por Anido y Sanromá, nos está diciendo que no debemos de hablar en los términos en los que han hablado Anson, Ussía, Burgos, Schlichting… porque, hablar así, es fomentar el mal trato a las mujeres.

Estrictamente hablando no sabemos qué parte de razón pueden tener. Yo creo que ninguna sino, más bien, todo lo contrario: creo que es, precisamente, el empeño de estos pijoprogres en querer hacer lo masculino y lo femenino absolutamente idénticos lo que está haciendo que esta plaga del maltrato a las mujeres esté protagonizando una escalada como nunca se ha visto en la Historia de la Humanidad.

Lo he dicho otras veces: no se puede forzar la naturaleza del ser humano desde el convencimiento de lo que no son sino aberraciones intelectuales, y si, desde ellas y a golpe de Ley, se fuerza la naturaleza del Hombre (cuando digo Hombre, con mayúscula, quiero decir hombres y mujeres) lo único que se va a conseguir es un desajuste que sólo puede generar infelicidad y, de paso, fomentar tal maltrato.

Zapatero opina de manera diametralmente opuesta: él piensa que la Naturaleza del ser humano es una zarandaja que se han inventado los curas y, por ello, anda en la labor de redefinirla a imagen y semejanza de sus divagaciones intelectuales acerca del asunto. Recordemos cómo, al comienzo de su legislatura anterior, le faltó tiempo para definirse como rojo y como feminista.

Todas estas reflexiones me han traído a la memoria un soberbio artículo que publicó don Pío Moa, hace ya más de un lustro, titulado El embrutecimiento del varón, cuyo título, como dije al principio de este escrito, me he tomado la libertad de robar a don Pío para encabezar estas líneas.

Como la capacidad de análisis, la lucidez de la mente y la clarividencia de don Pío —quien ya vio en el 2002 por donde iban las cosas— son infinitamente superiores a las mías, me voy a callar ya, por hoy, y a reproducir, también íntegro, su El embrutecimiento del varón, que publicó en Libertad Digital el día 26 de noviembre del 2002. Decía entonces don Pío:

Un anuncio de la televisión presenta a un padre “progre” educando –es un decir– a un hijo obligándole a jugar con muñecas, a fin de hacer de él un hombrecito sensible, pacífico y todo eso, mientras a la niña la hace jugar al fútbol para que supere las ancestrales tendencias alienantes que la esclavizan al hogar. La niña resulta una marimacho, y el niño, aparentemente, un poco mariquita. Pero enseguida vemos a éste cortando las cabezas de las muñecas para usarlas como balones.

El anuncio da en el clavo en varios sentidos: los papeles y actitudes de mujeres y varones no son fácilmente intercambiables, forzarlos demasiado tiene un alto coste emocional, y las tendencias naturales, no educadas convenientemente, tienden a reaparecer en formas groseras o grotescas. La conducta del niño pateando las muñecas tiene algo de triunfo de un instinto deformado, falto de carácter. Por lo demás, la conducta de los jóvenes educados –es un decir– en los valores de igualdad de sexos, pacifismo, solidaridad etc., entendidos a la manera peculiar sociata-progre, se revela cada vez más brutal, como demuestran las cifras de delincuencia y agresividad juvenil, o el consumo de drogas, alcohol, etc. O los meros atuendos y actitudes cotidianas.

Un cantamañanas escribió un libro de mucho éxito, El florido pensil creo que se llamaba, donde, en plan de chunga, repasaba las orientaciones educativas de la España de los años cincuenta. Un objetivo de la escuela de entonces era formar “caballeros cristianos”, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal. A la vista de la gran cantidad de cantamañanas salidos de aquella escuela, salta a la vista que el objetivo sólo fue logrado muy parcialmente, y seguramente el éxito nunca será muy grande, aunque los métodos mejoren. Pero incluso así, aquellos valores son auténticos, y siempre serán superiores a la mezcolanza contradictoria hoy predominante, cuyos malos efectos palpamos a diario.

Otra muestra del embrutecimiento del varón –también de la mujer, en su terreno– la encontramos en la creciente violencia doméstica, con cifras espeluznantes de crímenes que son sólo la cima del iceberg de una degradación extendidísima. Ante ello, una señora sociata, candidata, creo, a la alcaldía de Madrid (incidentalmente, la carrera por la alcaldía se produce entre dos candidaturas sociatas, pues la de Gallardón viene a serlo también), propone intensificar todavía más eso de la “educación en la igualdad”. Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.

Fijémonos bien en lo que dice don Pío: “un objetivo de la escuela de entonces era formar ‘caballeros cristianos’, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal.”

Y fijémonos, sobre todo, en sus últimas palabras: “Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.”

Es, exacta y precisamente, como dice don Pío: equivocados de medicamento pero siendo lo suficientemente soberbios los unos, imbéciles los otros, y todos igualmente iluminados, en vez de cambiar la medicina, su soberbia intelectual, incapaz de reconocer su yerro, lo que va a hacer es a aumentar la dosis. La imagen de Chacón revistando tropas no es sino, como dice don Pío, aumento en la dosis de la medicina equivocada.

Ésta es la explicación profunda de la berrea de Anido quien, a estas luces, se nos presenta como muestra supina de varón embrutecido, y esta es la muestra de que los que aseguran que criticar a las ministras de Zapatero es causa de los malos tratos necesitarían explicarnos su tesis, al menos, con la mitad de la brillantez con la que se explica don Pío.

Vínculos:

La baba en la pluma, artículo original de Anido en la web de la SER.

El embrutecimiento del varón, artículo de don Pío Moa en Libertad Digital.

El batallón de modistillas. Artículo de don Antonio Burgos en ABC.

La anécdota en Periodista Digital.

Editorial en Libertad Digital.

Comentarios a la noticia en Libertad Digital.

Más Comentarios a la noticia en Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 abril, 2008 a 16:35

Publicado en Política

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