Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Los ‘Episodios Nacionales’ de Pedro J

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El Mundo de don Pedro J. Ramírez tiene verdaderos aciertos a la hora de ofrecer promociones.

Hace poco tuve la dicha de completar La Cossío que este periódico nos ofreció a sus lectores y hoy he decidido coleccionar la edición que principia, en colaboración con Espasa-Calpe, la de Los Episodios Nacionales de Galdós, de quien, parece ser, que Valle-Inclán dijo aquello de:

«El artista está para contar la Historia como no es; para contarla como es está Benito Pérez Galdós.»

Ya sólo le falta a don Pedro J. ofrecernos por entregas la Enciclopedia Espasa.

La antigua Espasa-Calpe fue siempre mi editorial favorita cuando en España proliferaban editoriales de la talla de la Labor, la Gustavo-Gili, la Gredos, la Aguilar y tantas otras notabilísimas cuyos nombres, en estos momentos, no me vienen a la cabeza.

Pero, de todas ellas, mi preferida era, como digo, la Espasa-Calpe, nacida a principios de siglo de la fusión de la Editorial Espasa con la Compañía Anónima de Librería y Publicaciones Españolas (CALPE) ambas barcelonesas. Por algún sitio debo de guardar el documento que resume su historia pero, es tanto mi desorden, que no lo encuentro y esta reseña la apunto aquí, recogida aprisa y corriendo, desde una página de Internet.

Espasa-Calpe, a más de ser la casa editorial de don Marcelino Menéndez-Pidal (no confundir con don Marcelino Menéndez Pelayo, aunque parientes fueron y, ambos, dos grandísimos sabios de los que hoy no existen cuya estatua quiso eliminar, no hace mucho, la bestia ignorante,  talibán e iconoclasta de Rosa Regás de su sitio en la Biblioteca Nacional cuando esta señora era su directora, ZP gratia) a más de ser la casa de don Marcelino, digo, era la editorial que, desde  la fenecida Colección Austral hasta la Enciclopedia Espasa, podía, como El Tenorio, de presumir diciendo:

Yo a los palacios subí;
yo a las cabañas bajé

y siempre con una pulcritud y un estilo que los amantes del libro nunca podremos agradecer bastante.

Tiempos hubo en los que desee ser millonario (millonario en pesetas; la entrada del euro ha desplazado ad infinitum estos deseos de ser millonario) para poder adquirir La Cossío, La Espasa, La Summa Artis, la Historia de España de don Marcelino (Pidal) y toda la colección de Clásicos Castellanos encuadernada en pasta española y de la que sólo poseo, en esa encuadernación, El Quijote comentado por don Francisco Rodríguez Marín. Y lo poseo gracias a la providencia de mi padre que, aunque era rojo, no era imbécil.

Algún día lo contaré en este blog.

Y tiempos hubo en los que, sin ser millonario, fui lo suficientemente tonto como para intentar completar la polícroma y vulgar Colección Austral cuyos colores, desde niño, se habían estampado en mis ojos y, ya crecido, pude ser capaz de comprender el esfuerzo divulgador cultural que fue en aquellos años en los que, dicen, el Caudillo nos tenía aherrojados y embrutecidos.

Y digo que fui tonto porque, cuando, apuntado, desde aquel su suculento índice, los títulos que me faltaban y quería completar y me presenté en la librería para hacerlo, me di cuenta, con desolación, de que la Colección Austral había dejado de ser la Colección Austral para convertirse en una competidora comercial más del marketing editorial y que contenía lo que se podía encontrar en cualquier parte.

La Austral genuina alojaba títulos tales como Portugal a principios del siglo XIX, de la Condesa de Abrantes, o las Metamorfosis de Ovidio, o Bambi, de Félix Salten, sin que ningún cabezón sesudo las prologara ni comentara. La pseudoAustral que padecemos ahora y con la que me di de bruces me desoló no sé si al ver tantos títulos desaparecidos de ella o al darme cuenta de cuáles eran los nuevos que les habían reemplazado en su depósito editorial.

La desolación que me causó esta experiencia fue comparable a la que sentí cuando fui a comprar una edición moderna de las Mil mejores poesías de la lengua castellana de la editorial Iberia.

Relataré aquí el hecho: resulta que, también gracias a mi padre, este volumen andaba por mi casa, encuadernado en tela roja y con un papel penoso como correspondía a la penuria de aquellos tiempos de digna pobreza, desde tiempos, para mí, inmemoriales y en él había yo descubierto a Manrique, a Quevedo a Lope… a la poesía castellana cuyo metro se me quedó grabado en el alma.

Aquel volumen, aparte su digna humildad, tenía el defecto de que, en su paginación, se había cometido un error, de manera que una páginas se repetían y otras faltaban.

Así, sería por los principios de los años ochenta, decidí comprar un ejemplar nuevo y allá que me fui. Efectivamente lo encontré y no muy diferente, por fuera, del para mí tan querido y a punto estaba de abonar su importe y llevármelo a casa para colocarlo junto al otro entrañable cuando, mire usted por dónde, me dio por ojearlo y, haciéndolo, me di cuenta de que de sus últimas páginas había desaparecido el soneto a Jesús Crucificado, de Rafael Sánchez Mazas, y, en su lugar, habían puesto no sé que parida indigerible de doña Rigoberta Menchú.

Ni que decir tiene que volví a dejarlo en el estante de la librería y me volví a casa, como decía, desolado.

Por todas estas razones yo le agradezco en el alma a don Pedro sus esfuerzos por resucitar lo que, seguramente, ya no es resucitable pues pertenece a otros tiempos en los que la esencia valía más que la figura y sólo los nostálgicos apreciemos lo que don Pedro está haciendo con éstas sus promociones.

Algún reproche tendría que hacerle pero pertenece a la categoría de lo menor. Dejando aparte que la impresión olvida las proporciones de la línea aurea y que sus textos acaban abruptamente dándose de bruces con la tapa posterior sin dejar ni una página en blanco que los separe, resulta molesto, y mucho, la distracción que del texto original hacen las infinitas anotaciones, dibujos y  esquemas de esta edición.

Poseo y leí los Episodios Nacionales en la edición encuadernada en piel, que de ellos hizo la Editorial Aguilar. En ella se dejaba, como Dios manda, solos al lector frente al escritor sin que ningún pelma te estuviera dando la vara con notas al pie de las cuales, el noventa y nueve por ciento ni te aclaran nada ni te importan un carajo.

Comprendo que los textos antiguos precisan explicación para el lector moderno. Y, cuanto más antiguos, más necesidad de explicación. Ejemplo de esto son las ediciones de El Quijote comentadas por Clemencín o por Rodríguez Marín. Y ¡no digo nada si nos remontamos al Cantar de Mío Cid!

Quiero encomiar con esto el escrúpulo que deben de tener los comentaristas hacia el texto que comentan y hacia el hombre que lo escribió: el comentarista debe de estar hecho para la obra; no la obra para figuración del comentarista.

Dicho esto, quizá las características de los Episodios Nacionales, como novelas históricas que son, sí precisen alguna explicación, aunque a mí me hubiera gustado que no fuera tan agobiante, omnipresente y llena de cuadritos como la que hoy nos brinda don Pedro.

A pesar de todo esto la completaré y voy a pedir su reserva a mi quiosquero habitual, que es un señor natural de Valdeganga y que tuvo la santa paciencia de reservarme la Cossío y hasta de molestarse en ir a cambiarme un tomo defectuoso de ella.

Un reproche más esencial sí quiero hacer a don Pedro y es el que haya metido de por medio, sin ninguna necesidad y con mucha inoportunidad, a una supuesta historiadora, una tal Carmen Iglesias de  cuyo numen surgen pensamientos tan vulgares, manidos y manoseados como que “el personaje más nefasto de todo el sigo XIX fue el Rey don Fernando VII que ‘nunca estuvo a la altura de las circunstancias.’” Y, añade esta señora “Aunque si me apuran, todavía incluiría a su hermano, don Carlos María Isidro, que estaba todavía más a la derecha que él.”

¡Ah, que fácil es vilipendiar a don Fernando VII! Tan fácil que ni siquiera es necesario ser historiador para ello.

Esta señora sobraba en la presentación de esta edición de los Episodios Nacionales. La frase la podría haber dicho Zapatero, aleccionado durante dos tardes sobre qué cosa son los Episodios Nacionales.

Esta señora, además de ser importuna en la presentación de estos Episodios Nacionales, no nos explica qué tiene de malo estar a la derecha de don Fernando  VII. Pero dejemos por hoy a este rey tan vilipendiado y tan fácil de vilipendiar pues el escrito se va haciendo demasiado largo aunque si es ella la que ha inspirado los comentarios de las notas y de los cuadritos, tal vez me arrepienta y deje a medio coleccionar la obra.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

13 abril, 2008 a 22:14

Publicado en Política

Una respuesta

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  1. Hola, gracias por visitar mi space, la verdad es que el himno no la traduje yo, lo encontré assi,  si quieres puedes llamarme "comoda" pero en ese momento  me fue mas comodo copiarlo,  ya sabes, siempre confalta de tiempo!!  Despacito, visitaré y leere tus entradas. Un saludo.

    Pepa

    18 abril, 2008 at 9:10


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