Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

Archive for abril 2008

Don Eduardo Zaplana

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Si, tras el señor Aznar y media cabeza de distancia por delante del señor Acebes, ha habido alguien, en la España del Pacto del Tinell, más vilipendiado, odiado e insultado y de manera más injusta por esa media España del abominable pacto, ése ha sido el señor don Eduardo Zaplana

El pacto del Tinell lo firmó, en virtud, Zapatero sin saber —para variar— lo que firmaba, porque Zapatero es así: lo mismo responde yes a una pregunta formulada en idioma que desconoce, que firma pactos sin mirar lo que firma porque: ¿para qué, si a Zapatero, ni las firmas ni los pactos, le importan un bledo? Recordemos, al efecto, la cara de estupefacción que se le puso al señor presidente cuando don Mariano Rajoy le leyó, ante las cámaras de televisión y en un debate electoral televisado, lo que había firmado en aquel Pacto del Tinell.

Pero dejemos esto y volvamos al señor Zaplana. Él, con Aznar y Acebes, han sido los cocos de la izquierda y del nacionalismo con una saña, una inquina y una injusticia infinitas. Le han insultado hasta la náusea y le han rebuscado en las costuras faltas que se han quedado con las ganas de encontrar pues el señor Zaplana, a más de valiente, es persona honrada.

Lo aguantó todo estoicamente durante los cuatro años que fue portavoz parlamentario del Partido Popular.

Ni elevó la voz, ni dijo una mala palabra, ni hizo un mal gesto, ni se le movió un pelo ante el desorbitado acoso de seres que ni en lo íntegro ni en lo centrado le llegan a la suela de los zapatos.

No elevó la voz pero la mantuvo tan firme como serena y constante en su labor parlamentaria y en su denuncia de las infinitas tropelías que la gente del Tinell inició en la anterior legislatura y va a continuar en la presente. Su firmeza y su serenidad sólo pueden compararse a su capacidad de trabajo y a lo inagotable de su esfuerzo.

Suele suceder así: las personas íntegras, cabales y trabajadoras suelen suscitar el odio, la inquina y el rencor en aquellas otras que carecen, en mayor o menor medida, de tales virtudes.

Si viniera un marciano a la Tierra no sería capaz de comprender por que razones el señor Zaplana ha generado el odio que ha padecido. Los españoles, lamentablemente, entendemos muy bien el porqué.

Ahí queda su labor y ahí queda la berrea de sus enemigos quienes, al fin, se han visto libres de él.

Quizá lo único que le faltó, antes de marcharse de su portavocía, fuera citar aquello del Quo usque tandem abutere patientia nostra, Catilina? mirando a los ojos, enarcados por cejas circunflexas, del tal Zapatero, pues contra gente mucho más vil que el mismo Catilina fue contra la que Cicerón alzó su voz. Tal vez no lo hizo porque, sabedor de que sus adversarios andan tan entusiasmados con la Educación para la Ciudadanía como ayunos en letras, no le iban a comprender el retruécano.

Por lo demás, todo lo dejó dicho con la nobleza y la sobriedad que tanto odian los innobles y los majaderos.

Don Eduardo abandona el Parlamento y se va a la Telefónica.

Como don Eduardo es persona valiosa puede abandonar la res publica y marchar a la dirección de una empresa para seguir ganándose la vida sin tanto sofoco como ha debido llevarse y que tan bien ha disimulado. No puede decirse lo mismo de la inmensa mayor parte de sus enemigos acérrimos, quienes necesitan de la res publica, a más de para rebuznar e insultar a personas íntegras, para poder comer  garbanzos y ganar un sueldo suculento que les pagamos todos.

Parece ser que la seriedad del señor Zaplana no encuadra bien en la nueva estrategia del Partido Popular y este partido ha preferido a una señora que se llama doña Soraya para afrontar, como nueva portavoz suya, esta legislatura.

No quiero decir con esto que doña Soraya, ni deje de ser seria ni sea incapaz, porque todavía ando conmocionado por los últimos movimientos de ficha del PP, pero me va pareciendo que este partido ha optado por la imagen amable frente a la imagen seria para combatir el buen rollito con el que la izquierda (y el nacionalismo a élla aliado) esconde su siniestra faz. Tal vez busque, con este nombramiento, probar el viejo principio homeopático del similia similibus curantur y combatir el buen rollo con buen rollo.

En fin, no sé. Este escrito no trata de ser un análisis de la estrategia del Partido Popular ni una crítica a doña Soraya. Ya digo que no acabo de comprender los movimientos de ficha de este partido que, aunque perdiera las últimas elecciones, era la única agarradera que teníamos el cuarenta y nueve por ciento de los ciudadanos españoles. El PP sabrá lo que hace y yo deseo lo mejor a doña Soraya, por ella y por todos nosotros.

No trato, pues, aquí, de analizar la estrategia del Partido Popular sino, sólo, de reconocer y de agradecer la valía, el valor y el sacrificio de un hombre llamado don Eduardo Zaplana porque es de justicia hacerlo.

La fotografía que encabeza este escrito pertenece a la Agencia EFE.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

30 abril, 2008 at 21:21

Publicado en Política

Don Juan Alberto Belloch

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Quiero confesar aquí que me ha sorprendido mucho y muy gratamente la inesperada defensa que del Crucifijo ha hecho un socialista, don Juan Alberto Belloch, alcalde de Zaragoza, de quien yo, hasta el día de hoy, tenía la pobre impresión que tengo de los socialistas en general y que vengo expresando en estos blogs y en estos escritos.

Como mi lucha antisocialista ni tiene interés personal ninguno ni es lo que, en el mal sentido de la palabra, se llama partidista, no me duelen prendas en reconocer aquí mi yerro con respecto a este alcalde ni en agradecer sus tajantes palabras ante la demanda de los grupos municipales de la Chunta Aragonesista y —¿cómo no?— la Izquierda Unida de Llamazares, de que se retirara “cualquier símbolo religioso de los espacios oficiales del Ayuntamiento de Zaragoza,” demanda que hacían en estos términos genéricos para pedir la retirada de un Crucifijo que, por lo visto, preside el Salón de Plenos de este municipio y que es lo que, concretamente, molesta a estos señores.

Ante esta petición iconoclasta de la izquierda, don Juan Alberto Belloch, ha respondido de manera tajante y, para mí, ya digo, sorprendente viniendo de un socialista.

Ha dicho que mientras él esté al frente del Ayuntamiento y cuente con los votos necesarios, el Salón de Plenos mantendrá en su sitio el Crucifijo que lo preside y ha añadido, textualmente:

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y (sic) tradiciones, sino que las acumulan y superponen»

y que a él le basta:

«con que el Crucifijo lleve en su sitio todo este tiempo (desde el siglo xviii), porque, además, creo que eso no debe de ofender a nadie.»

Firmes palabras y muy de agradecer viniendo de un socialista y, más, de un socialista en el poder.

Firmes aunque cándidas en este último párrafo, pues creer que un Crucifijo no debe de ofender a nadie es —y perdóneme el señor alcalde— vivir en la inopia.

Es desconocer (o querer desconocer) el factor esencial que ha significado el odio a la religión católica en la Historia de España de los últimos doscientos años y que hoy vuelven a resucitar gentes de su propio partido empezando por su Secretario General y actual presidente del Gobierno, señor Zapatero.

Yo sí creo desde hace mucho —¡vamos, no es que crea, es que estoy convencido!—que los símbolos católicos ofenden a gran parte de la izquierda española y de ahí la demanda de la momificada Izquierda Unida y de la estrambótica Chunta diz que Aragonesista para que se retire el Crucifijo.

Quizá, como parece temer el alcalde, algún día ellos ganen y tengan más votos y el Crucifijo sea retirado, al fin, del Salón de Plenos zaragozano.

Seguramente acabará siendo así conforme las nuevas generaciones se vayan educando en el concepto blando de ciudadanía que tiene Zapatero, y dejen de existir hombres como el señor Belloch capaces, aún desde el propio socialismo reinante, de darse cuenta de tan burda artimaña iconoclasta y, al mismo tiempo, de tener el valor de oponerse a ella con la claridad y la rotundidad que hemos visto en él.

No tengo la concisión sintáctica suficiente para decir, con las pocas palabras que él ha utilizado, lo que vengo intentando decir, perdiéndome en mil circunloquios, desde que ando escribiendo por aquí, pero, leyendo la noticia, y aún no saliendo de mi asombro, vengo a constatar que don Juan Alberto acaba de decir lo mismo que vengo diciendo desde hace treinta años: nuestras tradiciones, nuestra cultura «no deberían de molestar a nadie» y, sin embargo, es de una evidencia palmaria que a la izquierda española sí les molestan.

Y les molestan tanto que, prácticamente, la única razón de ser actual de la izquierda española es la destrucción de estos símbolos que representan casi toda nuestra cultura.

***

La noticia me ha recordado la vieja historia de cómo el rector Lapiedra se cargó, allá por los años ochenta, el escudo centenario de la Universidad Literaria de Valencia, por el hecho de venir representada en él la Virgen de la Sapiencia, patrona suya desde que, en 1585, así lo viniera a sancionar la bula Copiosus in Misericordia Dominus del papa Sixto v, de felice recordación, y lo substituyó por otro de desangelado e imbécil diseño moderno en el que figuran, sin que se sepa bien a santo de qué, los escudos de las provincias de Valencia, Castellón y Alicante.

La imagen de la Virgen en el escudo de la Universidad molestaba a Lapiedra y, lisa, llana y caciquilmente, se la cargó.

Como se cargaron y desplazaron, él y la ralea que con él vino, amargándoles la vida, a tantos y tantos de aquellos verdaderos y auténticos antiguos catedráticos, tan llenos de saber como de bonhomía.

El exterminio dirigido y consciente de los símbolos católicos no es, pues, nuevo ni su práctica está limitada a partidos más o menos marginales o estrambóticos: vive y florece en nuestra clase dirigente política y, peor aún, en las rectorías de muchas de nuestras universidades, sin ir más lejos, la valenciana.

Mejor dicho: vive pero no florece. Vive a manera de plaga subrepticia e hipócrita, como la carcoma habita escondida en la madera que destruye. No nos dicen que quieran quitar el Crucifijo porque les molestan los Crucifijos —que es de lo que se trata—, sino que nos vienen con el cuento hipócrita de que quieren que “desaparezca cualquier símbolo religioso de los espacios oficiales del Ayuntamiento de Zaragoza.”

Y eso es lo peor del asunto, el que esta carcoma hipócrita, llámese Chunta, llámese Izquierda Unida, llámese Ramón Lapiedra, se están cargando poco a poco nuestros símbolos culturales de manera que la mayoría de la gente no nos enteremos.

Algunas veces cantan y se les ve el plumero más de lo que quisieran, como la maestra aquella andaluza que, hace dos años, tiró a la basura el Belén navideño que habían hecho sus alumnos, pero son las menos. Lo normal es que su forma de actuación sea esta otra, como digo, hipócrita y callada, para que los ciudadanos no nos enteremos.

Y los ciudadanos, efectivamente, ni nos enteramos ni nos queremos enterar en grandísima parte.

Y, para que si alguno se atreve a quererse enterar y a decir algo, es para lo que se ha creado la asignatura de Educación para la Ciudadanía; precisamente, para que esta grandísima parte de gente que calla y no se entera sea, cada vez, más grandísima y acabe siendo omnipresente y, absolutamente entontecida por conceptos manejados de manera espuria tales como igualdad, laicidad, respeto, y tantos otros que manipula sin escrúpulo la gente zapateril, acabe aceptando, sin rechistar cualquier aberración, desde la retirada de Crucifijos hasta la mismísima voladura de la catedral de Toledo o su conversión en un centro cívico de ocio o cualquier otro disparate que se les ocurra a estos ciudadanos que nos quieren educar en la ciudadanía auxiliados en tal labor por todas las televisiones públicas y privadas cuyas licencias expiden ellos.

***

Cierto día, hará de ello unos siete u ocho años, regresado yo a mi vieja alma mater, la Universidad de Valencia, para hacer un máster de ésos que hay que hacer para poder seguir siendo algo en este mundo mercantilizado hasta en los másters, y contemplando, en un receso, la cristalera que aislaba aquella zona de mi vieja Facultad, y viendo en ella grabado la patochada del escudo de Lapiedra, no pude por menos que indicarle al director del máster lo que lamentaba la eliminación del antiguo y la envidia que me daban, por ejemplo, los profesores venidos de Salamanca o de Oxford cuando, en sus exposiciones y diapositivas, mostraban con orgullo los escudos centenarios de sus universidades en tanto que la nuestra había renegado del suyo, centenario, para ostentar este otro de diseño lapiedrano. A lo cual, don José María, gran profesional pero, al fin, rojo, me contestó:

«—¡Sí! Quizá nos equivocamos.»

No sé si me lo dijo para que me callara o porque de verdad lo creía, pero, en cualquier caso ¡vaya que si se equivocaron! Y ¡vaya que si persisten en la equivocación los que siendo personas decentes, aunque erradas, gustan más de los Blocs o de las Chuntas aragonesistas que de la recta razón y del recto sentido estético del que, hoy, don Juan Alberto Belloch, ha tenido el valor de no renegar!

Voy perdiéndome en recuerdos personales que poco hacen al caso, aunque lo ilustran porque, al fin, todo viene a ser lo mismo. El escudo de la Universidad Literaria de Valencia era un bien cultural que nos pertenecía a todos. No se comprende que a nadie pudiera molestarle. Como dice don Juan Alberto, bastaban sus cuatrocientos años de existencia para que, al menos, suscitara el respeto de quien no fuera una bestia iconoclasta. ¿A quién hemos de pedir responsabilidad por su destrucción? ¿A quién hemos de pedir responsabilidad por la destrucción de algo que nos pertenecía a todos?

La historia del escudo de la Universidad de Valencia es sólo una pequeña muestra de las infinitas tropelías que ha hecho y va a seguir haciendo esta gente. La cuento aquí porque me hiere de manera especial pero, como digo, son infinitas. Con la Universidad de Barcelona ha pasado algo parecido que puede verse ut infra en los vínculos que siguen a este escrito.

***

El socialismo que padecemos en España es un ente muy amplio y contradictorio. En el fondo no es más que una máquina de conquistar poder y, como tal máquina, ni le importan los Crucifijos ni le importa un bledo nada.

Ya lo he dicho otras veces: si, hoy, a los socialistas les conviene que haya Rey, serán los mayores y mejores monárquicos que haya visto el mundo. Si mañana les conviene lo contrario, serán los primeros en salir a cuchillo detrás del monarca.

El socialismo es maestro en afirmar hoy una cosa y mañana la diametralmente contraria con una cara dura que para sí quisieran los diamantes de Sudáfrica.

Pero, hemos de darnos cuenta de que, si esto es así, es porque está constituido por un espectro amplísimo de personas que va desde los francamente anticatólicos iconoclastas que en poco o en nada se diferencian de Llamazares y que muy bien podrían estar en Izquierda Unida o en la Chunta, hasta personas intelectualmente honestas como el señor Belloch, de las que uno no comprende cómo no se dan cuenta de la inmensa engañifa en la que nos tiene embarcados el partido en el que militan.

En el centro de ese espectro, sonriente y feliz, arqueando las cejas, tocando el violón y dirigiendo la orquesta, se situaría Zapatero, absolutamente convencido de que semejante contubernio es la Arcadia Feliz a donde nos quiere llevar.

Si, para el alcalde de Zaragoza:

«Las sociedades más maduras son las que no cambian las costumbres y (sic) tradiciones, sino que las acumulan y superponen»

para su señorito, el señor Zapatero, las sociedades maduras, o, dígase, democracias avanzadas —término descubierto por este personaje siniestro y que, habiendo tomado carta de naturaleza, repite ya hasta el señor Losantos—, las sociedades maduras, las democracias avanzadas y la enésima estupidez zapateril son las que consideran que la sociedad más madura es la que sí cambia las costumbres, sí cambia las tradiciones y ni acumula ni superpone: simplemente, destruye sin tener concepto cabal de qué es lo que está destruyendo.

O ¿es otra cosa lo que está haciendo Zapatero?

Tout comprendre, c’est tout pardoner, dicen los franceses. Como digo, no acabo de comprender a Belloch y, por tanto, no puedo perdonarle su adscripción a semejante partido.

Pero, nobleza obliga, ayer hizo una defensa muy valiente y muy clara de un símbolo esencial de nuestra cultura que su partido y la ralea que le acompaña se quiere cargar y sólo me queda agradecérselo y felicitarle por ello.

Vínculos:
La noticia en Libertad Digital.
Desmanes cometidos en los escudos de Universidades españolas. Obsérvense, aparte del engendro del de la Universidad de Valencia, los disparates cometidos con los de la de Barcelona y Oviedo. Sus antiguos emblemas eran patrimonio de todos ¿Quién dio permiso a quién para cambiarlos por semejantes idioteces?
Antiguo emblema de la Universidad Literaria de Valencia, el que eliminó Ramón Lapiedra.
Bula Copiosus in Misericordia Dominus de SS Sixto v, de 1585, a la que el tal Ramón Lapiedra no hizo ni caso cuando se cargó el emblema centenario de la Universidad de Valencia.
‘Normalizan la Virgen de la Sapiencia: gracias a Dios, ni soy el único al que duele el desmán de Ramón Lapiedra ni soy el único que lo ha olvidado.
Una profesora tira a la basura un Belén por ser un instituto laico. La noticia en Periodista Digital.
Orden de alejamiento de los menores católicos contra la maestra que tiró un Belén. La noticia en Periodista Digital. Hoy por hoy y gracias a Dios, aunque no sabemos por cuánto tiempo, aún tenemos fuerza para callar a estos sinvergüenzas si tenemos el valor de no callarnos.
El presente escrito ha sido referenciado en Por qué los neutrinos de OPERA no pueden ser taquiones. del blog Francis (th) E mule Science new’s.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

28 abril, 2008 at 12:20

El embrutecimiento del varón

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Me tomo la libertad de robar a don Pío Moa el título que encabeza el presente escrito con el cual él tituló él uno de los mejores y mejor hilvanados suyos y que publicó en fecha tan temprana como noviembre del 2002.

Venía yo en estos días intentando soltar mi cuarto a espadas acerca de lo que considero la imagen paradigmática de la constitución del actual gobierno Zapatero. Me refiero, claro, a la de doña Carme Chacón, investida ministra de Defensa y pasando revista a unas tropas militares.

Andaba intentando sacar tiempo de debajo de las piedras, inspiración suficiente en la Ilíada —más en concreto, en la escena de Héctor despidiéndose de Andrómaca ante las Puertas Esceas de Troya— y, sobre todo, ponderación y delicadeza suficientes para comentar con la mesura debida, el disgusto que me había producido semejante imagen de asunto tan delicado cuando, hete aquí que, de repente, salta a la palestra un cerdo, un tal Daniel Anido, director, por lo visto, de la SER, con un artículo, —mejor diríamos, una bazofia— titulado La baba en la pluma y publicado en la página web de esa cadena SER.

En ese artículo, el marrano este de Anido, no dice nada. Se limita a insultar a los señores Burgos, Anson, Losantos, Ramírez y Ussía, en términos groseros y soeces, tildándolos de “pajilleros,” “reprimidos,” “puteros,” “siniestros” y “cobardes,” y, a la señora doña Cristina L. Schlichtingalgo más reprimido ha estado con ella el cobarde Anido— de “una tal schlichting” y todo porque estos señores y esta señora han tenido el valor de criticar la oportunidad del nombramiento de la señora Chacón como ministra de defensa.

Como yo andaba intentando escribir algo —por supuesto, con menos numen que ellos— en el mismo sentido que estos señores y esta señora, me siento tan insultado como ellos por el cerdo de Anido y de ahí el tono de mi respuesta.

Comenzaré, para no ser injusto y para que cada cual que lea estas líneas juzgue por sí mismo, citando de manera completa el texto de este degenerado que la página web de la SER quitó de ella, en principio, para volver a colocarlo después cuando ya andaba circulando por todas partes.

Dice así La baba en la pluma de Anido:

Cuando fluye la baba y el periodismo se acojona la tiniebla va cubriendo el espacio vacío; un territorio abandonado que ocupan pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados, con nombres y apellidos.

Son de ilustres burgos, ansones, losantos, pejotas, usias y alguna que otra schlichting, pero segregan ese líquido viscoso y corrompido por la comisura de sus parpados, acentuando el asco que desprende su mirada.

Tenemos que mirar sus caras, seguir con atención el recorrido; ver como avanza ese residuo pútrido que desciende por los pliegues hasta la boca, como carcome gota a gota su lengua relamida; como la inunda y luego la desborda, para proseguir su camino hasta la mano pegajosa que sostiene la pluma y derramar allí toda su miseria.

Cuando fluye toda esta baba compartida y el periodismo se acojona, estos mirones clandestinos, estos fetichistas de la mugre, se proclaman profetas con derecho de pernada, levantan púlpitos con barrocos tornavoces, apoyan sus falanges en el antepecho, despliegan su abyección más tenebrosa y corrompen el espacio compartido.

Cuando el periodismo se acojona delante de estos usurpadores del oficio, la cloaca extiende su dominio, se adueña de la plaza pública y construye allí su pasatiempo favorito: el juego delictivo del insulto, donde prevalece y se premia la discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, como pueden ser la orientación sexual, la fe o falta de ella, la ideología, la gestación, la edad, el nombre o el apellido.

Cuando el periodismo se acojona delante de estos mediocres, que confunden la baba con el intelecto, nuestra profesión pierde el futuro; los ciudadanos, su libertad, y la democracia, el sentido.

El periodismo tiene que hacer frente a la contaminación que desprenden estos exhibicionistas de la baba en la pluma, a la perversión que esconden bajo el necesario paraguas de la libertad de expresión.

Son previsibles. Se plantan delante de sus víctimas y abren con rapidez sus gabardinas, dejando ver su desnudez intelectual. Pero, son cobardes. Si les plantamos cara, mirando fijamente sus despojos orgánicos, señalando con el dedo su minusvalía y mostrando nuestro desprecio con una sonora carcajada, que al tiempo alerte al resto de la ciudadanía, salen corriendo a esconder sus complejos y sus colgajos… en el fango.

Hasta aquí Anido vomitando La baba en la pluma, artículo que este, a más de guarro, majadero, acaba dedicando

a ellas, que sufren estos días el maltrato de quienes quieren robarnos el oficio.”

¿Qué oficio, Anido? ¿Qué oficio tienes tú, imbécil?

¿El oficio obsceno de eyacular insultos groseros, haciendo como que los escribes, a mayor velocidad que la fontana de Trevi mana agua limpia y cristalina, para acogerte luego, cobarde y canallamente, —porque, Anido, tú eres un cobarde y un canalla— a ese brindis de “a ellas…” porque eres tan cobarde y tan canalla que tiras la piedra, desahogas tus rabias y tus rencores vomitando obscenidades y, luego, te vas a esconder debajo de las faldas de “ellas”?

¿Te crees de verdad que ninguna de las personas que mencionas ni te quiere quitar ese tu marrano oficio ni quiere siquiera llegar a parecerse a ti, cerdo?

No. Te contemplará, te contemplaremos, nos taparemos las narices y nos darás pena, Anido, como nos apenan tantos espectáculos penosos que, con resignación, vemos en nuestros días. Nada más, Anido. Quitarte no queremos quitarte nada. Rebózate en la mierda que te rodea que, descuida, no te la vamos a robar.

Ya don Marcelino Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, notó la curiosa pero constante relación que existe entre lo que ahora llamamos pijoprogres y él llamaba heterodoxos y la obsesión que estos tenían por lo estrictamente genital. Esta obsesión genital pervive en seres como Anido y se manifiesta en los garabatos que escribe.

Es él el que no debe acojonarnos a los demás aunque sea lo que de manera tan penosa, burda  grosera intenta.

Ni al señor Burgos, ni al señor Anson, ni al señor Losantos, ni al señor Ussía, ni a la señora Schlichting se les pasó por la imaginación, a la hora de redactar sus escritos, disconformes con el que la señora Chacón sea ministra de Defensa, el vicio polutorio que obsesiona a Anido, ni precisaron apelar a él para justificar sus reflexiones.

A ti sí, Anido, marrano. ¿Por qué será?

¿Será, acaso, porque tú sí eres víctima de tal vicio y eres tú en vez de ellos, en vez de nosotros, el que confundes el culo con las témporas y la crítica lícita a la enésima patochada de Zapatero con tus obsesiones genitales?

***

Lo que vinieron a hacer estos escritores fue a criticar el gesto de Zapatero de nombrar para titular del Ministerio de Defensa a la señora Chacón, no por su condición de mujer sino por sus antecedentes pacifistas, antimilitaristas y falsificadores de su curriculum vitae para hacernos creer que era doctora cuando no es sino licenciada. No es necesario explicar a nadie sensato que esto, muchos, lo podemos entender como una muestra más de desprecio y de provocación por parte de Zapatero a la institución militar en particular y al sector conservador de la ciudadanía en general, ni que podemos entender que semejante desprecio y provocación no son un mero divertimento pueril del señor Presidente para chincharnos, sino una táctica más en su labor de zapa, tanto del orden constitucional como de los valores tradicionales que desprecia.

Podremos estar equivocados pero tal interpretación es más que lícita y verosímil y sobre ella fue sobre la que reflexionaron en sus artículos, en general ingeniosos y mordaces pero jamás indecentes ni obscenos, ni de lejos, como el que inspiraron el de Anido.

El artículo del señor Losantos, en su línea de lenguaje contundente pero nunca grosero, marrano ni ofensivo como el de Anido, deploraba la creación de un Ministerio de la Igualdad, más por lo que tiene de orwelliano que por el hecho de haber sido encomendado a una mujer y deploraba la designación de Chacón como ministra de Defensa, no por ser mujer, sino por su ideología, sus antecedentes personales y sus mentiras.

Por lo que respecta al señor Ussía, si bien muestra su disgusto por el nombramiento, lo trata con una pulcritud exquisita y hasta, en su final, intenta rebuscar en él algo positivo y hasta desea suerte a la ministra:

Por otro lado, es muy probable que este nombramiento no derive en un desastre. Carmen Chacón es inteligente, y si ha sido capaz de enamorarse de Miguel Barroso, debe tener una sensibilidad heroica. Trabajará entre personas entregadas y decentes. Conocerá a los militares. Sabrá de cerca lo que significa la vocación de servicio y el amor a España. Tendrá noticia de los problemas económicos de la gran familia militar y de la aceptación de su situación. Mandará sobre personas que, en ocasiones y con mucha más experiencia en la materia, le expondrán sus desacuerdos con sinceridad para terminar cumpliendo a rajatabla las órdenes recibidas. Y vivirá en un ambiente de lealtad, generosidad y cortesía que echará de menos cuando su responsabilidad se extinga. La Carmen Chacón que saldrá en nada se parecerá a la que entró. Y dentro de lo preocupante, ésta es una buena noticia. Suerte.

El que quiero traer aquí completo, es el de la señora Schlichting a la que Anido, llama “una tal schlichting” y a la que hemos de agradecer que sea ella, una mujer, la que haya hablado con mayor claridad sobre estas cosas que los varones siempre tratamos con el miedo de ser tachados de machistas y ahora también, según se desprende de las palabras de Anido, de maltratadores y que no sabemos por cuanto tiempo vamos a poder seguir hablando, con o sin miedo, de ellas, pues las palabras deAnido, las de Ángela Sanromá, a la que luego me referiré, y la mera creación de un Ministerio de la Igualdad, son hechos lo suficientemente ominosos y elocuentes de que lo persiguen es penalizar y prohibir estos pensamientos: es decir: censurarnos.

El artículo de doña Cristina L. Schlichting, titulado La Mujer-Burka, dice así:

Me niego a ser mujer para esto. Este presidente va a conseguir lo que parecía imposible: que las más orgullosas de ser mujeres abominemos de nuestra condición. Y es que nos utiliza para todo, para ganar elecciones, justificar lo injustificable (leyes contra el maltrato que penalizan el doble a los hombres que a las mujeres) o tapar desaguisados políticos. La última es el chachi-gobierno. Para empezar repite cartera la más inútil de las ministras, Magdalena Álvarez, que es sinónimo de desastre en obras públicas… y hay que callarse porque es mujer. En segundo lugar entra en un cosmético Ministerio de Igualdad una chica de 31 años cuyo mayor mérito es haber fomentado el flamenco en Andalucía… y hay que callarse porque es mujer. Finalmente se nombra ministra de Defensa a una señora que se reconoce pacifista, que ha repetido que el Ejército tiene que dedicarse a labores de asistencia social y que, tras una carrera catalanista, ha declarado a La Vanguardia que «mi hijo verá la República», y eso sí, que se atreva ni un solo militar a quejarse de tener un superior alejado de los principios de la Corona o la unidad nacional… ¡Hay que callarse porque es mujer! Zapatero ha descubierto la mujer-burka, la mejor manera de tapar injusticias, chulerías y bobadas y asegurarse de que nadie levante la voz. La amenaza es, simplemente, la incorrección política y el consiguiente ostracismo. La mujer-burka permite los más absurdos movimientos políticos, protege de la reacción social y asegura una excelente prensa, sobre todo en el extranjero. ¿Cómo han denominado a este Gobierno en los rotativos internacionales? ¡El Gobierno rosa! ¡Aplaudido por tirios y troyanos y presentado como una revolución pacífica! Ojalá probasen estos egregios periodistas en carne propia una ministra de Fomento cuya especialidad son los socavones o tuviesen que arriesgarse a padecer las decisiones sociales de una ministra ignara o las bélicas de una titular antibelicista. Mil ministras como Maleni les regalaba yo, eso sí, mujeres todas. ¿A que me llaman machista por esta columna después de una vida luchando por mis derechos?

Éstos son los artículos y éstas las palabras que han sacado a Anido de sus cabales y a estos escritores, por decir estas cosas, los ha insultado Anido llamándolos “pajilleros,” “reprimidos,” “puteros,” “siniestros” y “cobardes” y “una tal schlichting.”

Leyendo las palabras de doña Cristina y comparándolas con los berridos de Anido me reafirmo en mi convicción antigua de que el presentar al mundo como un enfrentamiento entre hombres y mujeres es falso y es un trampa. El verdadero enfrentamiento es el que existe entre personas sensatas, educadas, cultas, reflexivas y ponderadas y animales de bellota, indecentes y sinvergüenzas, como Anido.

La imagen que dio Anido fue tan asquerosa que hasta la propia página web de la SER retiró el artículo de su alojamiento en ella aunque, habiendo ya saltado y circulado por todas partes, hizo de la necesidad virtud y ha tenido que volver a publicarlo.

El asunto Anido es tan asqueroso y repugnante que, aunque ya había expresado mi opinión somera acerca de él en el foro de Liberad Digital, me resistía a tratarlo con amplitud en este blog.

Ya comenté en otra entrada de este blog, de noviembre pasado, titulada En defensa de una señora, cómo la progresía está, cada vez más crispada y sacada de sus orwellianos cabales en los que nos quieren encerrar a todos.

Ya expliqué allí cómo están, efectivamente, cada vez más crispados. Cada vez están más descompuestos. Cada vez son menos capaces de disimular ni el odio que llevan dentro, ni la bilis que les sube hasta la garganta, ni la estupefacción que debe causarles la contradicción que entraña el que ellos, adalides de la libertad, anden en la cruzada de acallar voces disonantes y que, ante las afirmaciones de estas voces, ellos, carentes de argumentación, tengan que ceñirse al insulto o al exabrupto y no puedan ir más allá de ellos.

Me recuerdan, en mucho más vil y miserable, los tiempos de la infancia en los que, cuando un niño hacía una perrería a otro y éste se quedaba, bien sin contestación, bien sin fuerza para soltarle un guantazo al otro, salía con la retahíla aquella de “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” que le servía de desahogo.

Pero, hasta los niños, antes de recurrir a este último extremo, buscábamos, en nuestras mentes infantiles alguna razón que mostrara al universo mundo la injusticia de la que habíamos sido objeto, la sinrazón de nuestro adversario y, en fin, una salida del trance más airosa que la susodicha retahíla.

Estos indeseables de la progresía intelectual, no. Quizá, al principio, atónitos, desde su convicción de superioridad moral e intelectual, de que se les contestara, alguno intentara hacer melindre de reflexión intelectual.

Ahora ya ni siquiera eso. Ahora están instalados en el “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” y detrás de ello no hay nada. Nada.

Los insultos de Anido son, precisamente, eso a lo que me referí hace unos meses.

El exabrupto puede tener su justificación y su utilidad dialécticas cuando envuelve y enfatiza un pensamiento. En las palabras de Anido ni envuelve ni enfatiza nada que no sean puras visceralidad y rabia.

Por eso me resistí a tratar el asunto Anido en este blog. Es cierto que, al verte insultado, lo que te pide el cuerpo es responder en los mismos términos pero, una segunda reflexión más calmada, te hace ver lo vano de bajar a ensuciarte en la pocilga en la que se mueve este hombre. Anido, como digo, no dice nada. Está, meramente, instalado en el “cochino, marrano, sucio, asqueroso…” y lo mejor es dejarle que se desahogue solo.

Si, al final, he entrado al trapo y estoy comentando tan desagradable asunto expresándome en estos términos que deploro ha sido porque la tal Ángela Sanromá, —otra que tal, tío Pascual— a la que antes me referí y a la que no conoce ni la madre que la parió pero que, por lo visto, es la delegada del Instituto de la Mujer en Castilla-La Mancha, ha entrado a rematar de cabeza las palabras de Anido diciendo que “los que criticamos a las ministras somos culpables de los malos tratos.”

Y hasta ahí podíamos llegar.

Ni podemos considerar mera anécdota la berrea de Anido ni podemos hacer como que no nos hemos enterado de lo que dice esta señora pues ambos hechos son una clara indicación de su, al menos por ahora, deseo de criminalizar el pensamiento contrario a su concepto de la mujer y de su papel en el mundo de hoy.

Y no podemos ignorar este deseo suyo porque las muestras de que de deseo anda transformándose en intención son evidentes y el peligro de que tal intención acabe por ser plasmada en el Código Penal de manera que no podamos opinar sobre los asuntos femeninos sin correr el peligro de delinquir no es una neura. Que lo consigan o no, es una cosa. Que en ello andan lo evidencia Anido y lo evidencia Sanromá.

Y lo amenaza el recién creado Ministerio de la Igualdad.

Si prescindimos de la anécdota de los insultos, podemos darnos cuenta, con claridad meridiana, de que ambos, Anido y Sanromá, están asumiendo como dogma que la crítica, por ejemplo, a la composición por cuota femenina del gobierno, es uno de los factores que causan el maltrato femenino.

Y esto ya sí que es peligroso porque, evidentemente, si el hacer tales críticas y expresar esas opiniones son una de las causas de problema tan grave como el maltrato femenino, el corolario de tal aserto ha de ser que, de alguna forma, habrá que poner coto y acallar tal crítica y tal opinión.

¿O no?

¿Peco de suspicaz o son así las cosas?

La pijoporogresía, representada en este asunto por Anido y Sanromá, nos está diciendo que no debemos de hablar en los términos en los que han hablado Anson, Ussía, Burgos, Schlichting… porque, hablar así, es fomentar el mal trato a las mujeres.

Estrictamente hablando no sabemos qué parte de razón pueden tener. Yo creo que ninguna sino, más bien, todo lo contrario: creo que es, precisamente, el empeño de estos pijoprogres en querer hacer lo masculino y lo femenino absolutamente idénticos lo que está haciendo que esta plaga del maltrato a las mujeres esté protagonizando una escalada como nunca se ha visto en la Historia de la Humanidad.

Lo he dicho otras veces: no se puede forzar la naturaleza del ser humano desde el convencimiento de lo que no son sino aberraciones intelectuales, y si, desde ellas y a golpe de Ley, se fuerza la naturaleza del Hombre (cuando digo Hombre, con mayúscula, quiero decir hombres y mujeres) lo único que se va a conseguir es un desajuste que sólo puede generar infelicidad y, de paso, fomentar tal maltrato.

Zapatero opina de manera diametralmente opuesta: él piensa que la Naturaleza del ser humano es una zarandaja que se han inventado los curas y, por ello, anda en la labor de redefinirla a imagen y semejanza de sus divagaciones intelectuales acerca del asunto. Recordemos cómo, al comienzo de su legislatura anterior, le faltó tiempo para definirse como rojo y como feminista.

Todas estas reflexiones me han traído a la memoria un soberbio artículo que publicó don Pío Moa, hace ya más de un lustro, titulado El embrutecimiento del varón, cuyo título, como dije al principio de este escrito, me he tomado la libertad de robar a don Pío para encabezar estas líneas.

Como la capacidad de análisis, la lucidez de la mente y la clarividencia de don Pío —quien ya vio en el 2002 por donde iban las cosas— son infinitamente superiores a las mías, me voy a callar ya, por hoy, y a reproducir, también íntegro, su El embrutecimiento del varón, que publicó en Libertad Digital el día 26 de noviembre del 2002. Decía entonces don Pío:

Un anuncio de la televisión presenta a un padre “progre” educando –es un decir– a un hijo obligándole a jugar con muñecas, a fin de hacer de él un hombrecito sensible, pacífico y todo eso, mientras a la niña la hace jugar al fútbol para que supere las ancestrales tendencias alienantes que la esclavizan al hogar. La niña resulta una marimacho, y el niño, aparentemente, un poco mariquita. Pero enseguida vemos a éste cortando las cabezas de las muñecas para usarlas como balones.

El anuncio da en el clavo en varios sentidos: los papeles y actitudes de mujeres y varones no son fácilmente intercambiables, forzarlos demasiado tiene un alto coste emocional, y las tendencias naturales, no educadas convenientemente, tienden a reaparecer en formas groseras o grotescas. La conducta del niño pateando las muñecas tiene algo de triunfo de un instinto deformado, falto de carácter. Por lo demás, la conducta de los jóvenes educados –es un decir– en los valores de igualdad de sexos, pacifismo, solidaridad etc., entendidos a la manera peculiar sociata-progre, se revela cada vez más brutal, como demuestran las cifras de delincuencia y agresividad juvenil, o el consumo de drogas, alcohol, etc. O los meros atuendos y actitudes cotidianas.

Un cantamañanas escribió un libro de mucho éxito, El florido pensil creo que se llamaba, donde, en plan de chunga, repasaba las orientaciones educativas de la España de los años cincuenta. Un objetivo de la escuela de entonces era formar “caballeros cristianos”, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal. A la vista de la gran cantidad de cantamañanas salidos de aquella escuela, salta a la vista que el objetivo sólo fue logrado muy parcialmente, y seguramente el éxito nunca será muy grande, aunque los métodos mejoren. Pero incluso así, aquellos valores son auténticos, y siempre serán superiores a la mezcolanza contradictoria hoy predominante, cuyos malos efectos palpamos a diario.

Otra muestra del embrutecimiento del varón –también de la mujer, en su terreno– la encontramos en la creciente violencia doméstica, con cifras espeluznantes de crímenes que son sólo la cima del iceberg de una degradación extendidísima. Ante ello, una señora sociata, candidata, creo, a la alcaldía de Madrid (incidentalmente, la carrera por la alcaldía se produce entre dos candidaturas sociatas, pues la de Gallardón viene a serlo también), propone intensificar todavía más eso de la “educación en la igualdad”. Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.

Fijémonos bien en lo que dice don Pío: “un objetivo de la escuela de entonces era formar ‘caballeros cristianos’, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal.”

Y fijémonos, sobre todo, en sus últimas palabras: “Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.”

Es, exacta y precisamente, como dice don Pío: equivocados de medicamento pero siendo lo suficientemente soberbios los unos, imbéciles los otros, y todos igualmente iluminados, en vez de cambiar la medicina, su soberbia intelectual, incapaz de reconocer su yerro, lo que va a hacer es a aumentar la dosis. La imagen de Chacón revistando tropas no es sino, como dice don Pío, aumento en la dosis de la medicina equivocada.

Ésta es la explicación profunda de la berrea de Anido quien, a estas luces, se nos presenta como muestra supina de varón embrutecido, y esta es la muestra de que los que aseguran que criticar a las ministras de Zapatero es causa de los malos tratos necesitarían explicarnos su tesis, al menos, con la mitad de la brillantez con la que se explica don Pío.

Vínculos:

La baba en la pluma, artículo original de Anido en la web de la SER.

El embrutecimiento del varón, artículo de don Pío Moa en Libertad Digital.

El batallón de modistillas. Artículo de don Antonio Burgos en ABC.

La anécdota en Periodista Digital.

Editorial en Libertad Digital.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

19 abril, 2008 at 16:35

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Los ‘Episodios Nacionales’ de Pedro J

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El Mundo de don Pedro J. Ramírez tiene verdaderos aciertos a la hora de ofrecer promociones.

Hace poco tuve la dicha de completar La Cossío que este periódico nos ofreció a sus lectores y hoy he decidido coleccionar la edición que principia, en colaboración con Espasa-Calpe, la de Los Episodios Nacionales de Galdós, de quien, parece ser, que Valle-Inclán dijo aquello de:

«El artista está para contar la Historia como no es; para contarla como es está Benito Pérez Galdós.»

Ya sólo le falta a don Pedro J. ofrecernos por entregas la Enciclopedia Espasa.

La antigua Espasa-Calpe fue siempre mi editorial favorita cuando en España proliferaban editoriales de la talla de la Labor, la Gustavo-Gili, la Gredos, la Aguilar y tantas otras notabilísimas cuyos nombres, en estos momentos, no me vienen a la cabeza.

Pero, de todas ellas, mi preferida era, como digo, la Espasa-Calpe, nacida a principios de siglo de la fusión de la Editorial Espasa con la Compañía Anónima de Librería y Publicaciones Españolas (CALPE) ambas barcelonesas. Por algún sitio debo de guardar el documento que resume su historia pero, es tanto mi desorden, que no lo encuentro y esta reseña la apunto aquí, recogida aprisa y corriendo, desde una página de Internet.

Espasa-Calpe, a más de ser la casa editorial de don Marcelino Menéndez-Pidal (no confundir con don Marcelino Menéndez Pelayo, aunque parientes fueron y, ambos, dos grandísimos sabios de los que hoy no existen cuya estatua quiso eliminar, no hace mucho, la bestia ignorante,  talibán e iconoclasta de Rosa Regás de su sitio en la Biblioteca Nacional cuando esta señora era su directora, ZP gratia) a más de ser la casa de don Marcelino, digo, era la editorial que, desde  la fenecida Colección Austral hasta la Enciclopedia Espasa, podía, como El Tenorio, de presumir diciendo:

Yo a los palacios subí;
yo a las cabañas bajé

y siempre con una pulcritud y un estilo que los amantes del libro nunca podremos agradecer bastante.

Tiempos hubo en los que desee ser millonario (millonario en pesetas; la entrada del euro ha desplazado ad infinitum estos deseos de ser millonario) para poder adquirir La Cossío, La Espasa, La Summa Artis, la Historia de España de don Marcelino (Pidal) y toda la colección de Clásicos Castellanos encuadernada en pasta española y de la que sólo poseo, en esa encuadernación, El Quijote comentado por don Francisco Rodríguez Marín. Y lo poseo gracias a la providencia de mi padre que, aunque era rojo, no era imbécil.

Algún día lo contaré en este blog.

Y tiempos hubo en los que, sin ser millonario, fui lo suficientemente tonto como para intentar completar la polícroma y vulgar Colección Austral cuyos colores, desde niño, se habían estampado en mis ojos y, ya crecido, pude ser capaz de comprender el esfuerzo divulgador cultural que fue en aquellos años en los que, dicen, el Caudillo nos tenía aherrojados y embrutecidos.

Y digo que fui tonto porque, cuando, apuntado, desde aquel su suculento índice, los títulos que me faltaban y quería completar y me presenté en la librería para hacerlo, me di cuenta, con desolación, de que la Colección Austral había dejado de ser la Colección Austral para convertirse en una competidora comercial más del marketing editorial y que contenía lo que se podía encontrar en cualquier parte.

La Austral genuina alojaba títulos tales como Portugal a principios del siglo XIX, de la Condesa de Abrantes, o las Metamorfosis de Ovidio, o Bambi, de Félix Salten, sin que ningún cabezón sesudo las prologara ni comentara. La pseudoAustral que padecemos ahora y con la que me di de bruces me desoló no sé si al ver tantos títulos desaparecidos de ella o al darme cuenta de cuáles eran los nuevos que les habían reemplazado en su depósito editorial.

La desolación que me causó esta experiencia fue comparable a la que sentí cuando fui a comprar una edición moderna de las Mil mejores poesías de la lengua castellana de la editorial Iberia.

Relataré aquí el hecho: resulta que, también gracias a mi padre, este volumen andaba por mi casa, encuadernado en tela roja y con un papel penoso como correspondía a la penuria de aquellos tiempos de digna pobreza, desde tiempos, para mí, inmemoriales y en él había yo descubierto a Manrique, a Quevedo a Lope… a la poesía castellana cuyo metro se me quedó grabado en el alma.

Aquel volumen, aparte su digna humildad, tenía el defecto de que, en su paginación, se había cometido un error, de manera que una páginas se repetían y otras faltaban.

Así, sería por los principios de los años ochenta, decidí comprar un ejemplar nuevo y allá que me fui. Efectivamente lo encontré y no muy diferente, por fuera, del para mí tan querido y a punto estaba de abonar su importe y llevármelo a casa para colocarlo junto al otro entrañable cuando, mire usted por dónde, me dio por ojearlo y, haciéndolo, me di cuenta de que de sus últimas páginas había desaparecido el soneto a Jesús Crucificado, de Rafael Sánchez Mazas, y, en su lugar, habían puesto no sé que parida indigerible de doña Rigoberta Menchú.

Ni que decir tiene que volví a dejarlo en el estante de la librería y me volví a casa, como decía, desolado.

Por todas estas razones yo le agradezco en el alma a don Pedro sus esfuerzos por resucitar lo que, seguramente, ya no es resucitable pues pertenece a otros tiempos en los que la esencia valía más que la figura y sólo los nostálgicos apreciemos lo que don Pedro está haciendo con éstas sus promociones.

Algún reproche tendría que hacerle pero pertenece a la categoría de lo menor. Dejando aparte que la impresión olvida las proporciones de la línea aurea y que sus textos acaban abruptamente dándose de bruces con la tapa posterior sin dejar ni una página en blanco que los separe, resulta molesto, y mucho, la distracción que del texto original hacen las infinitas anotaciones, dibujos y  esquemas de esta edición.

Poseo y leí los Episodios Nacionales en la edición encuadernada en piel, que de ellos hizo la Editorial Aguilar. En ella se dejaba, como Dios manda, solos al lector frente al escritor sin que ningún pelma te estuviera dando la vara con notas al pie de las cuales, el noventa y nueve por ciento ni te aclaran nada ni te importan un carajo.

Comprendo que los textos antiguos precisan explicación para el lector moderno. Y, cuanto más antiguos, más necesidad de explicación. Ejemplo de esto son las ediciones de El Quijote comentadas por Clemencín o por Rodríguez Marín. Y ¡no digo nada si nos remontamos al Cantar de Mío Cid!

Quiero encomiar con esto el escrúpulo que deben de tener los comentaristas hacia el texto que comentan y hacia el hombre que lo escribió: el comentarista debe de estar hecho para la obra; no la obra para figuración del comentarista.

Dicho esto, quizá las características de los Episodios Nacionales, como novelas históricas que son, sí precisen alguna explicación, aunque a mí me hubiera gustado que no fuera tan agobiante, omnipresente y llena de cuadritos como la que hoy nos brinda don Pedro.

A pesar de todo esto la completaré y voy a pedir su reserva a mi quiosquero habitual, que es un señor natural de Valdeganga y que tuvo la santa paciencia de reservarme la Cossío y hasta de molestarse en ir a cambiarme un tomo defectuoso de ella.

Un reproche más esencial sí quiero hacer a don Pedro y es el que haya metido de por medio, sin ninguna necesidad y con mucha inoportunidad, a una supuesta historiadora, una tal Carmen Iglesias de  cuyo numen surgen pensamientos tan vulgares, manidos y manoseados como que “el personaje más nefasto de todo el sigo XIX fue el Rey don Fernando VII que ‘nunca estuvo a la altura de las circunstancias.’” Y, añade esta señora “Aunque si me apuran, todavía incluiría a su hermano, don Carlos María Isidro, que estaba todavía más a la derecha que él.”

¡Ah, que fácil es vilipendiar a don Fernando VII! Tan fácil que ni siquiera es necesario ser historiador para ello.

Esta señora sobraba en la presentación de esta edición de los Episodios Nacionales. La frase la podría haber dicho Zapatero, aleccionado durante dos tardes sobre qué cosa son los Episodios Nacionales.

Esta señora, además de ser importuna en la presentación de estos Episodios Nacionales, no nos explica qué tiene de malo estar a la derecha de don Fernando  VII. Pero dejemos por hoy a este rey tan vilipendiado y tan fácil de vilipendiar pues el escrito se va haciendo demasiado largo aunque si es ella la que ha inspirado los comentarios de las notas y de los cuadritos, tal vez me arrepienta y deje a medio coleccionar la obra.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

13 abril, 2008 at 22:14

Publicado en Política

Zapatero, la soledad y el papanatismo

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Bien sabe Dios que si hay algo que deploro es el papanatismo español frente a lo extranjero. Frente a lo europeo, para ser exactos.

Esa mezcla de complejo de inferioridad y de constante ansia de querer desmostar que somos más y mejores europeos que el mejor y más europeo de todos los europeos que en el mundo han sido, son y serán es algo superior a mis fuerzas, que me avergüenza y que me ataca los nervios.

Somos tan europeos como el que más y, por eso, resultan molestos e hirientes estos alardes patéticos de demostrar lo que no precisa demostración.

Y, más molesta e hiriente aún, la constante apelación a Europa y la constante contemplación de lo que se hace en Europa para repetirlo sin detenernos a pensar si es bueno o no; si conviene o no conviene. No: nos basta la mención de la palabra Europa enlazada a cualquier cosa para ponernos a danzar en torno a ella como los indios norteamericanos alrededor de un tótem.

El franquismo sería todo lo malo que se quiera pero ni ignoraba la europeidad de España ni la entendía de esta manera servil y cateta. Por eso, porque el general Franco, como cualquier persona sensata y mínimamente ilustrada no podía entender a nuestra Patria sin su dimensión europea, intentó acercar a España a la organización política europea que hoy ha cuajado en la llamada Comunidad Europea.

Europa no se lo permitió. Fue un intento de dar normalidad política moderna a nuestra identidad cultural europea preservando, al mismo tiempo, los valores propios nuestros tradicionales y dignos de conservación.

Europa no nos lo permitió y nos obligó a adoptar, a la muerte del Caudillo, el único régimen político que ella admite, con sus virtudes y sus miserias: la democracia liberal. La excusa fue la supuesta alianza de Franco con los perdedores de la Segunda Guerra Mundial, pero la razón profunda es que Europa no consiente otro régimen político que no sea el que venció en aquella guerra.

Sensu contrario, la Gran Bretaña —ésta sí, vencedora en la Guerra— pudo y sigue pudiendo permitirse el lujo de estar y no estar en Europa. De estar sin tener que estar haciendo melindre constante de demostrar lo que —como España— no necesita demostrar: que es europea y, al mismo tiempo, dueña de sí y guardando las distancias precisas que le permitan, en lo posible, mantener su identidad tradicional sin que ésta se diluya en una uniformidad imbécil.

Y esto se lo puede permitir la Gran Bretaña, no sólo porque fue una de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Se lo puede permitir por eso y porque tiene la dicha de que sus dirigentes políticos serán más o menos brillantes o más o menos mediocres, pero nunca ha tenido que padecer la gobernación de un imbécil rematado que, además, recele de lo británico, le cause aprensión y lo describa como cavernícola, casposo y ultraderechista para engañar y enardecer a las masas proletarias de Liverpool o encandilar a la pijoprogresía londienense (que, supongo, existirá como en todas partes) y ganar en ellas cuatro votos.

Entre estos dos extremos, el papanatismo español y la seriedad y firmeza británicas, se sitúa, con mayor o menor apego a la organización política europea actual, el resto de naciones que la constituyen.

En lo que respecta a la España de Franco quizá, por las razones que acabo de decir, no le faltaba alguna razón a la izquierda. Es verdad que aquella España había quedado en un relativo aislamiento respecto a un mundo en el que el único sistema político imaginable era el de los vencedores de la Guerra Mundial.

En lo que respecta a la España de hoy, la anécdota que aquí comento es la prueba evidente de que esta gente zapateril, o es imbécil, o se cree que lo somos los demás o no se ha enterado de que ya no estamos en el año 36, ni de que gracias, sobre todo, a la derecha y (de momento) a pesar de Zapatero, somos un país homologable a cualquier otro.

Sea de esto lo que quiera —que ya comprendo que la idea que acabo de esbozar en lo que se refiere al franquismo es polémica— y volviendo al discurso original, todavía me resulta más molesta la artimaña que viene desarrollando, entre tantas otras, la izquierda en general desde tiempos inmemoriales y el PSOE de Zapatero en particular en los últimos años y que consiste en hacernos creer que la derecha española es despreciada en el mundo y la causa de un supuesto aislamiento de España respecto a él y que va a ser ella, la izquierda liderada por Zapatero, la que nos va a devolver al puesto que debemos ocupar en el concurso de las naciones.

Volviendo, pues, al discurso y por todas estas razones que vengo diciendo, a mí no me sofoca la fotografía que saltó a la prensa el pasado cuatro de abril y en la que aparece un Zapatero, más sólo que la una, sentado en el extremo de una mesa mientras el resto de mandatarios occidentales le da ostentosa y penosamente la espalda en charla animada en el extremo opuesto de dicha mesa, mesa ésta que, dicho sea de paso, estaba localizada en Bucarest y servía para que en ella se sentaran los mandatarios de la OTAN en una de esas Cumbres que celebran ellos de vez en cuando.

Me gustaría tener el verbo lo bastante florido y elocuente como para poder describir lo patético del papelón que allí sufrió Zapatero. Sus movimientos incómodos en la silla; su manoseo de papeles ante los que está sentado; su levantarse para volverse a sentar; su incomodísima soledad, en suma, mientras, en el otro extremo de la mesa, charlan todos los demás sin hacerle ni puñetero caso.

Sólo la señora Merkel, (de la cual el personaje se permitió hacer un chiste y llamarla perdedora pocas horas antes de que alcanzara la cancillería alemana) le lanzaba de reojo alguna mirada de conmiseración ¡ah, la bondad del corazón femenino!— mientras hablaba con el señor Bush, presidente de los Estados Unidos y criminal de guerra para la ralea que ha llevado dos veces a Zapatero al poder, empezando por el juez Baltasar Garzón quien ya anunció en artículo de prensa y en pleno apogeo del zapaterismo en España, cómo, lo que le pedía el cuerpo, era juzgar a Bush, Aznar y Blair por ese delito. Ya comenté en mi blog, en la entrada titulada Carta abierta a un juez sectario, lo que pensaba sobre las visceralidades de este juez.

Al no tener, como digo, la riqueza verbal bastante como para relatar el incidente, me remito a la fotografía y al vídeo que, gracias a Dios y a las tecnologías modernas, nos brinda Internet.

Como digo, no sólo no me sofocaría esta imagen sino que hasta me hubiera enorgullecido, si el ninguneo de Bush, Merkel, Sarkozy y demás próceres hacia Zapatero hubiera venido causado por alguna postura firme de este Zapatero en defensa de algún interés español —si es que se hubiera dado el caso de que tal defensa hubiera sido necesaria— y, si así hubiera sido, no sólo no me habría sofocado sino que lo que ahora estaría escribiendo serían unas líneas en defensa del Presidente del Gobierno de mi nación.

Aunque, bien es verdad que si tal hubiera sido el caso, lo que se hubiera producido no hubiera sido ese penoso ninguneo sino, más bien justo lo contrario: si Zapatero fuera un ser dotado de firmeza moral e intelectual y las circunstancias que rodearon al incidente que comento hubieran estado en relación con una postura firme del Presidente, Zapatero hubiera estado, precisamente, en el centro del corrillo, pues nada da mas fuerza en lo internacional que las posturas y las actitudes de firmeza en la defensa de lo nacional.

Las sonrisitas, las majaderías, las mentiras, las inconsecuencias y los eslóganes aptos para deficientes mentales tienen su sitio y su utilidad en España, de puertas para dentro y para encandilar a la masa que vota a Zapatero.

Quizá el personaje crea de verdad que la política y el gobierno de los pueblos consistan nada más que en la práctica de estas tonterías y patrañas que en España le han llevado dos veces al poder —conocida es su condición de iluminado— y cuando sale fuera y se tiene que mover entre gente distinta a Pepiño Blanco, Magdalena Álvarez, Carmen Calvo o Carod-Rovira, por citar sólo unos pocos y sin olvidar a Iñaki Gabilondo, se quede mudo y en esa tan incómoda y desairada soledad.

Por resumirlo de alguna manera ilustrativa, la escena vendría a ser equivalente a la que podría haber protagonizado Gaspar Llamazares si los azares de la vida le hubieran colocado en el centro de una reunión de doctores en Filosofía: la demagogia queda bien y tiene su utilidad (¡si lo sabrá Zapatero!) en determinados ambientes pero, fuera de ellos, se descubre, se describe y queda con las vergüenzas al aire con la elocuencia que se ve en la fotografía.

Como muy bien dice el acertadísimo editorial de Libertad Digital, esta anécdota, esta fotografía, es el resumen perfecto de la legislatura socialista que acabamos de padecer y la imagen perfecta de quién es Zapatero.

Zapatero, es muestra supina de aquel papanatismo del que hablé al principio y un ser, en esencia, vacío.

Comenzó su primera legislatura contestando yes a una periodista que le hizo una pregunta en inglés cuyo contenido no entendió. Cualquier persona que no comprende lo que se le pregunta pide, por favor, que se le repita la cuestión. Zapatero no. Zapatero  contesta porque Zapatero ni entiende de contenidos ni, si los entiende, le importan un bledo. Por eso contestó yes sin tener pastelera idea de lo que se le preguntaba. La anécdota, relatada por el genial David Gistau en La Razón,  fue muy celebrada en su día como muestra de la superficialidad y del papanatimo de este hombre y, durante unas semanas, fue conocido, en el mundillo de los comentarios políticos, como Mister Yes.

Estamos hablando de anécdotas. Todos podemos meter la pata. A todos nos puede jugar una mala pasada el prurito de figuración y todos podemos quedar en posición desairada en algún momento.

Lo malo del asunto, sin embargo, es que lo que hemos visto entre estas dos anécdotas, la del yes del principio de su legislatura y la de la foto de la Cumbre de Bucarest al final de ella, no hace sino confirmarnos eso: Zapatero es pura figuración. Una mentira que anda y que sonríe.

En casa un bravucón mentiroso; ante la prensa extranjera un pobre hombre y en el mundo internacional, nada.

Este es el resumen de su primera legislatura. Entre ambos hechos, las ocurrencias y extravagancias del personaje han sido infinitas:

Tras la anécdota del yes vinieron la honrosísima y reflexionadísima campaña por el voto favorable a la Constitución Europea que se desarrolló, mayormente, en Gran Hermano y a la que ¡como no! los españoles dimos el (YES, que diría el políglota Zapatero) mayoritario y entusiasta que nos pedía este papanatas sin darnos mayor razón de él que “¡Europa!”

Lo malo es que, inmediatamente después, vinieron los holandeses y los franceses y votaron NO a la dichosa Constitución y dejaron a Zapatero con el culo al aire, razón por la cual ha caído sobre tal Constitución un silencio púdico y sepulcral y, aunque Zapatero haya seguido utilizando su supuesto europeísmo como arma electoral frente a una derecha supuestamente cerril y antieuropea, el hecho es que de la Constitución Europea anda por el limbo de los niños y de ella ya no habla ni la marioneta de Pepiño Blanco ni la exministra de Cultura.

Para cubrir con un tupido velo el fiasco del referéndum de la Constitución europea, el numen de Zapatero ideó, para encandilar a los tan abundantes papanatas españoles, el cuento de la Alianza de las Civilizaciones. Ni que decir tiene que, desde el rey de Marruecos, Mohamed VI, hasta Bin Laden, pasando por el Presidente de Israel, sr. Peres, a todos ellos se les están riendo las tripas ante esta enésima chuminada de la calamidad que gobierna a España y andan calculando qué provecho puede sacar cada uno de las imbecilidades que este ser, que la Providencia ha colocado, extraído de León, entre los mandatarios occidentales —la Providencia, a veces, tiene estas humoradas—.

Sus ocurrencias, como digo, han sido, a lo largo de estos cuatro penosos años, infinitas y a cual más beneficiosa y útil para España. Por las hemerotecas andan y no quiero perderme en ellas. Quedémonos, como resumen de todas ellas, con la fotografía de Zapatero en la Cumbre de la OTAN:

El criminal de guerra, sr Bush charla con la señora Merkel mientras da, ostentosamente la espalda a Zapatero. Me pregunto como puede este canalla alternar en reunión internacional con un criminal de guerra, tan criminal como el sr. Aznar, sin levantarse de ese su tan solitario asiento y, al menos, irse.

La pregunta, claro es, es retórica.

Éste es el hombre que nos iba a meter en Europa y ésta es  la imagen de lo que España, conducida por Zapatero, es hoy en el mundo.

 
Vínculos:
Una fotografía que resume cuatro años. Editorial de Libertad Digital del 5 de abril del 2008.
«Yes», artículo de David Gistau en La Razón.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

11 abril, 2008 at 16:33

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¿Nim estroncios ocefán?

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El mangalofa

 

 

El pasado 19 de marzo, el genio de Alfonso Ussía se superó a sí mismo desde su columna en La Razón y, recordando a Tip, reflexiona Ussía sobre la necedad de los paletos que nos gobiernan al pretender elevar a categoría de idioma oficial (eufemismo que esconde su inquina y su rencor hacia la lingua franca española que todos entendemos y a todos nos une) hablas locales tales como el bable, la fabla, el panocho o el silbo canario, rememoraba Ussía la anécdota de un idioma inventado por el no menos genial Luis Sánchez Polack, Tip, para entendernos, cierto día que, sentado ante la barra de su bar preferido en Valencia y sito en la calle, hasta donde he podido conocer, de el Mosén Femades, escuchó, entre gamba y gamba, la conversación que dos bilbaínos, sentados a su lado en la tal barra, sostenían en vascuence, lengua, por otra parte, antiquísima, respetabílisima, pero súmamente incomprensible para nadie que no sea vascuence de naturaleza.

En aquel momento, Tip, según cuenta Ussía decidió inventar un idioma para no desmerecer del arcano vascuence en situaciones semejantes e ideó el mangalofa, una lengua sin raíces e incomprensible para nadie en aquel momento de su creación pero que, con el tiempo, a la vez que crecía y se enriquecía en vocabulario y sintaxis, acabó siendo entendida y utilizada por los camareros y los parroquianos de la taberna.

Comprendamos que, ante el vascuence, el genio de Tip fue mucho más sutil que el de don Quijote.

Los ejemplos que recuerda Ussía son graciosísimos:

Por lo visto, en mangalofa, «Manolo: una caña y una ración de aceitunas rellenas» se decía: «Manolen: espumoffa gun nente ancholoffas verderán.»

Y Manolo, entendiéndolo a la de una, le servía el aperitivo al tiempo que, servicial, preguntaba a Tip:

—«¿Yiflú ancholoffas verderán? ¿Nim estroncios ocefán?» (¿Sólo aceitunas rellenas? ¿No quiere algún marisquito?)

A lo que Tip respondía:

—«Su gorrin hogaren, yu; su nim gorrin hogaren enefles timorro, nim.» (Si paga la casa, sí; si no paga la casa y me la metéis doblada, no.)

Parece ser que hasta llegó a hacer una versión en mangalofa del pasodoble Valencia que, todos, camareros y parroquianos, entonaban cuando llevaban mediada la tercera cerveza:

«¡Valencia, omofelos florisplantis e fu Rita Barberá!»

(¡Valencia, es la tierra de las flores y de Rita Barberá!)

Entrañable Tip. Tan entrañable como genial.

Quizá la miseria de nuestro tiempo no sea sino la ausencia de genialidad y la banalidad e indigencia intelectual de la avifauna que inspiró el artículo de Ussía.

Y, quizá, hombres que hace veinte años nos parecían normales hoy se nos aparezcan, por comparación con esta avifauna que, por nuestros pecados, nos gobierna, como geniales.

Geniales en su profesión de cómicos. Geniales en su maestría de saber manejar el despropósito, del que habían hecho su profesión y que creaban con esta perfección y esta sencillez.

Quizá la miseria de nuestro tiempo sea que se halle dominado por analfabetos incapaces de ser geniales ni en el despropósito, ni en lo serio, ni en nada, y que, para aparentar que son algo, se dediquen a llevar sus despropósitos a la categoría de leyes de obligado cumplimiento en vez de dejarlos, como Tip, para la barra de su bar.

A raíz del artículo de Ussía he recordado que, hace años, me crucé con Tip en la calle del Periodista Azzatti, a pocos pasos de la calle del Mosén Femades y he querido pensar que a ella se dirigía, a su taberna  (pues aquella dirección llevaba), a degustar unas aceitunas rellenas y una cerveza y a entonar, con «Los Niños de Mosén Femades» aquello de

«¡Valencia, omofelos florisplantis…!»

Ayer, animado por el artículo de Ussía e informado por Emilio (que lo sabe casi todo acerca de la vida anecdótica valenciana) sobre cuál pudiera ser, con bastante probabilidad, el bar en el que Tip inventó el mangalofa, salí a hacer el recorrido y a tomarme en él una «espumoffa gun nente ancholoffas verderán» pues, efectivamente, como muy bien apreció Tip, los precios de los «estroncios ocefán» resultan allí prohibitivos.

Lo encontré, lamentablemente, cerrado.

 


Taberna El Alkazar en la calle Mosén Femades.

 

Vínculos:

 

El mangalofa, artículo de Alfonso Ussía en La Razón.

La web de Tip. Pequeña biografía.

Mío Tip. Artículo de Antonio Vergara.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

6 abril, 2008 at 10:47