Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

La letra del Himno Nacional

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Hace ya mucho tiempo que dije que, antaño, los españoles sólo teníamos dos grandes miedos:

Uno, el miedo a las corrientes de aire y, otro, el miedo a hacer el ridículo.

Y, añadía yo, que nuestra democratización y modernización, nos había hecho perder el miedo al ridículo y que el único miedo que nos sigue quedando es el miedo a las corrientes de aire.

Hoy, avanzados ya más de treinta años de Transición, me reafirmo en la idea: perdido del todo el sentido del ridículo, el único miedo que nos queda es el miedo a coger un constipado por una corriente de aire.

Permítaseme la autocita: me ha venido a la memoria con la historia en la que nos hallamos de redactar una letra para el Himno Nacional.

La pérdida absoluta del sentido del ridículo implica muchas cosas, entre ellas, la pérdida de la justa medida y la pérdida del sentido estético.

La llamada Transición ha traído consigo muchas tropelías en el terreno de los símbolos.

Me vienen ahora a la memoria los casos de la bandera de la Comunidad de Madrid, horroroso engendro de siete estrellas de cinco puntas colocadas sin ninguna gracia en dos filas y que, creo recordar, se la debemos al numen del, por otra parte admiradísimo y llorado don Santiago Amón y que él explicaba apelando a no sé que historia de la Osa Mayor, lo cual demuestra cómo hasta personas de tantísimo sentido común y tantísima cultura como tenía don Santiago, pueden llegar, arrastrados por la tontería reinante, a cometer semejantes desvaríos.

O casos como el de la adopción de una canción popular tal como el Asturias, patria querida como himno de la Comunidad Asturiana.

Esta canción, por otra parte, muy bonita, tradicionalmente y antes de estas cosas de la Transición, en lo que se había convertido era en algo así como el himno extraoficial de los borrachos, y era casi obligación entonar sus estrofas de retirada tras la melopea a altas horas de la madrugada.

Una de las ocurrencias de la Transición fue, como digo, elevar esta simpática canción a categoría de himno asturiano.

Es cierto que sus dos primeras estrofas:

Asturias, patria querida,

Asturias de mis amores.

pudieran justificarlo pues la alusión del amor a la patria no debería faltar en la letra de ningún himno nacional. Sucede, sin embargo, que la canción es, como decía, una canción popular, bonita pero sin mayores pretensiones en su génesis, y, tras tan sublime inicio, se les va −a estos que tuvieron la brillante idea de tomarla como himno− por los cerros de Úbeda y continúa diciendo:

Tengo de subir al árbol,

tengo de coger la flor,

tirársela a mi morena,

que la ponga en el balcón.

Es grotesco, pero es así: esto de imaginar un acto institucional asturiano, repleto de señores, y señoras, serios y empiringotados, quizá ante el mismísimo Rey, entonando con absoluta seriedad en honor a Asturias lo de Tengo que subir al árbol… es grotesco. Hilarante pero grotesco.

Ignoro si la Comunidad Asturiana ha hecho alguna versión distinta de la letra para acomodarla más a su propósito. En cualquier caso las cosas fueron, en su inicio, así.

Pues bien, tras estos excesos de la Transición que, por esa pérdida del sentido del ridículo a la que antes me refería, dejamos pasar ante nosotros sin apenas elevar una voz en contra, nos encontramos estos días ante nuevos iluminados que, con ese mismo sentido nulo del ridículo que aquellos, han dado en pensar que nuestro Himno Nacional adolece de falta de letra que puedan entonar los jugadores de nuestras selecciones en los eventos deportivos internacionales y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, con esa pérdida del sentido de la medida de la que antes hablaba y que les impide ver que ellos no son nadie para cambiar los himnos ni para convocar concursos que las cambien, se han embarcado, precisamente, en esta tarea.

Los iluminados a los que me refiero son el Comité Olímpico Español y la Sociedad General de Autores y Editores y la tarea en la que andan embarcados es la de dotar de letra al Himno Nacional.

Es sabido que el Himno Nacional o Marcha de Granaderos, es uno de los más antiguos del mundo. Aparece mencionado, por primera vez, en el Libro de Ordenanza de los toques militares de la Infantería española, de 1761, en el que figura su partitura.

Seguramente, no deja de ser cierto que es una lástima, dado el importante carácter de lo simbólico y de lo ritual, que nuestro Himno carezca de letra y que, cuando suena, no podamos cantarla como hacen otras naciones. El enardecimiento que tal canto entrañara significaría, de poder existir, un pequeño contrapeso emocional a tanto despego hacia la idea de España.

Pero, señores, las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran y es el caso que el Himno es un símbolo musical muy antiguo que carece de letra.

Quizá si pudiera escribirse una que se adaptara precisa y dignamente a la música y que, sobre todo, fuera aceptable para todos los españoles, podría hacerse el intento.

Pero, en unos tiempos en los que ni siquiera nos ponemos de acuerdo en la definición de España ¿puede haber cosa más necia que intentar redactar una letra para el Himno?

No. No puede haberla. Y, como ya la idea en sí es necia, lo que ha salido ha sido un engendro cursi hasta más no poder (más cursi que una pareja de cisnes rubenianos nadando en un estanque entre nenúfares, que diría don Alfonso Ussía) y que sólo puede enardecer a una mente zapateril:

¡Viva España!
Cantemos todos juntos
con distinta voz
y un solo corazón

¡Viva España!
desde los verdes valles
al inmenso mar,
un himno
de hermandad

Ama a la Patria
pues sabe abrazar,
bajo su cielo azul,
pueblos en libertad

Gloria a los hijos
que a la Historia dan
justicia y grandeza
democracia y paz.

Yo, desde luego, no pienso cantar en lo que me quede de vida semejante patochada.

Dejando aparte el hecho de que, en la última estrofa, pierde toda noción del metro, es, en sí, una muestra más de la Disneylandia con que la España zapateril concibe las cosas y se concibe a sí misma.

Cualquier expresión artística tiene que tener detrás un fundamento filosófico: el gótico, el barroco, se fundamentaban en la idea sublime de Dios y, por ello, dieron frutos sublimes en sí mismos.

Esta gente, ayuna de cualquier filosofía que no sea el pensamiento débil, la sonrisita, el buen rollito y la tontuna zapateriles sólo puede dar frutos como el que antecede. No dan más de sí, no pueden ni llegar a intuir lo ridículos que pueden llegar a ser y ¡aún hemos de dar gracias a que no hagan alusión, en esta letra, a la Alianza de las civilizaciones!

Cuando hacía la mili nos explicaban que el Himno Nacional debe de ser escuchado por los militares en posición de firmes y por los civiles en actitud de respeto.

Y con eso basta.

Recuerdo, hace años, en un partido de la selección española de fútbol, cómo la cámara de televisión hacía el tradicional barrido de nuestros jugadores, formados mientras sonaban las notas del Himno, y pilló a Víctor, sin ninguna mala intención que pudiera considerarse falta de respeto, rascándose los huevos.

Pues eso: prefiero ver a Víctor rascándose los huevos, aunque falte a esa actitud de respeto, antes que entonando semejante mamarrachada.

Vamos, que, entre el Himno de Riego y esto, me quedo con el Himno de Riego.

En los siguientes vínculos se puede hallar noticia de la historia y avatares históricos del Himno Nacional:

Marcha Real. Wikipedia.
El Himno nacional de España, por Alcides en Rebelión Digital.
Proposen un nou himne per a Catalunya. De e-Noticies. 

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

15 enero, 2008 a 20:33

Publicado en Política

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