Conceptos esparcidos

Fidem qui perdit, perdere ultra nihil potest.

20 de noviembre. Testamentos de Franco y de José Antonio

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Testamentos políticos de Franco y José Antonio

 

Pasado mañana, 20 de noviembre, conmemoraremos la muerte de dos grandes figuras de la Historia de España: el trigésimo segundo  aniversario de la muerte de Francisco Franco y el septuagésimo primero del asesinato de José Antonio Primo de Rivera.

Ambos entraron en esta Historia de España, no por que su vocación primera fuera la res publica, sino por sentimiento del deber ante la destrucción de nuestra patria a manos de la revolución, venciendo la inercia que cualquier persona siente ante ante semejantes órdagos y sabiendo que la brújula de los tiempos no les soreía y que era mucho más lo que podían perder que lo que podían ganar.

El caso es que ninguno quería ganar nada en provecho propio.

Quedándose como estaban, los dos hubieran tendido, Dios mediante, una existencia plácida, una vida familiar arreglada, un reconocimiento social, y, en fin, un pasar por este mundo sin mayores alaracas ni menores satisfacciones cotidianas.

Pero no lo quisieron así.

El uno abandonó su brillante carrera forense para acabar siendo asesinado por las hordas rojas.

El otro empeñó su también brillante carrera militar cuando acabó por darse cuenta de que era imposible detener la revolución socialista que comenzaba en España.

Es muy difícil poder calibrar con precisión lo que estos dos hombres fueron y significaron para España.

Si tuviera que resumir mi opinión al respecto diría que, ambos, uno desde la brillantez de su pensamiento, armado de la claridad de su palabra y de la poesía de su alma, y el otro desde su genio militar primero y, luego, desde su sentido común y desde su laboriosidad, intentaron que en España pudieran conjugarse la modernidad con la tradición.

No pudo ser.

Ésta es, digo, mi opinión muy resumida.

Quizá esté en todo o en parte equivocada pero, de lo que no me cabe ninguna duda es de que a pocos hombres se les habrá tratado con mayor injusticia dentro de su propia patria como a Franco y a José Antonio.

El odio de sus enemigos hacia ellos sigue tan vivo como hace setenta años. Esto no debe extrañarnos pues ese odio lo único que hace es manifestar la grandeza que tuvieron frente a la mentira y poquedad de estos sus enemigos: si José Antonio hubiera sido un chalado y Franco un golpista de opereta hace tiempo que sus enemigos los hubieran olvidado.

Es la grandiosidad de las ideas (que no sólo atañen a España) que Franco y José Antonio defendieron lo que estos enemigos temen. Temen que, por su grandeza, estas ideas vuelvan a renacer y, por eso, no debe extrañarnos que las figuras de Franco y de José Antonio sigan siendo perseguidas e insultadas con tanta saña y a tantos años de su muerte.

Cuando hablo, pues, de injusticia, no me refiero a esta saña ni a este odio de los enemigos, sino al silencio vergonzoso y a la aquiescencia vergonzante, ante su continuo linchamiento moral, del pueblo español (vaporoso concepto) en general, y de pensadores honestos en muchas cosas, en casi todo, pero que no son capaces de vencer la inercia, o la cobardía, de presentarse como demócratas pulcros que abominan de cualquier dictadura.

Así, mi por otra parte admirado Jorge Vilches, en su reciente artículo en Libertad Digital, titulado Del buen salvaje al buen gorila, comete la gran injusticia y la indecencia intelectual de afirmar:

 

Esos dictadores, como Hugo Chávez, son los que sumergen a su país en el peor de los subdesarrollos: el político. Es un tipo de caudillo mesiánico ya muy visto –tanto que aquí tuvimos a Franco–.

 

No, Vilches, no. Creo que, en esto, yerras.

Ni ambas dictaduras son comparables ni Franco fue un caudillo mesiánico.

La palabra dictador proviene del latín dictator  y se refiere a la figura a la que el Senado romano recurría, de manera excepcional y provisional para hacer frente a peligros o dificultades que no podían resolverse en el guirigay de aquel Senado.

Cuando eso sucedía, cuando Roma estaba en peligro, el Senado romano abandonaba sus derechos en manos del dictador para que éste les sacara las castañas del fuego.

Y, cuando el peligro desaparecía, el dictador se iba a su casa y el Senado recuperaba su autoridad.

El protodictador venezolano está intentando dar un golpe de estado desde el poder para perpetuarse en él y perpetuar su cosmovisón socialista del mundo en Venezuela.

Hay casos peores. Hay casos de dictadores que para lo único que quieren su Dictadura es para forrarse y llevárselo crudo como podría ser el ejemplo de Somoza.

Pero no es el caso de Franco.

Franco llegó al poder en las circunstancias que conocemos y, por esas mismas circunstancias, lo ocupó de manera carismática hasta su muerte.

Podría haberlo abandonado, como dicen los condescendientes, una vez solventado el hecho coyuntural de la revolución socialista contra la que se levantó, pero, Viches, tú y yo sabemos que, como dijo el Caudillo en su Testamento político: los enemigos de la civilización cristiana no duermen y el caso es que, erradamente o no, continuó su magistratura hasta su muerte.

Y la fundamental preocupación de Franco fue que de esa magistratura carismática suya, surgiera una España, libre de odios, en la que se pudieran conjugar, como dije antes,la modernidad con la tradición. Véase la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de fecha tan temprana como la del 1946 en la que España se declara constituida en Reino.

En Reino, digo; no en Dictadura.

Para no perdernos en elucubraciones, Vilches: si Chávez o Castro o cualquiera de esos dictadores de izquierda lo son para imponer una sociedad basada en la filosofía socialista, Franco lo fue para devolver a España a su régimen tradicional intentando conjugar esa tradición con los tiempos modernos.

Me parece, pues, injusta la comparación de ambas dictaduras por parte de personas intelectualemente honestas.

Me parece injusta pero no me extraña: estamos en lo que José Antonio llamó la hora de los enanos. En la hora en la que los valientes aprovechan para dar lanzadas al moro muerto mientras los cobardes callan.

Y me callo yo también ya.

El propósito de este escrito no es un afán hagiográfico aprovechando una efeméride. Su propósito es, sólo, llamar la atención de las personas nobles sobre una inmensa injusticia que se está cometiendo contra la figura de dos hombres, injusticia que cometen unos por villanía y otros por cobardía.

Dejo aquí los testamentos de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera para que hablen ellos a quienes quieran escucharles.


José Antonio Primo de Rivera

Testamento de José Antonio Primo de Rivera

 

Testamento que redacta y otorga José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, de treinta y tres años, sol­tero, abogado, natural y vecino de Madrid, hijo de Miguel y Casilda (que en paz descansen), en la Prisión Provincial de Alicante, a dieciocho de noviembre de mil novecientos treinta y seis.

 

* * *

 

Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no lo implique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia.

 

Me acomete el escrúpulo de si será vanidad y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta coyun­tura cuenta sobre algunos de mis actos; pero como, por otra parte, he arrastrado la fe de muchos camaradas míos en me­dida muy superior a mi propio valer (demasiado bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla y contrita sinceridad), y como incluso he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilida­des enormes, me parecería desconsiderada ingratitud alejarme de todos sin ningún género de explicación.

 

No es menester que repita ahora lo que tantas veces he dicho y escrito acerca de lo que los fundadores de Falange Española intentábamos que fuese. Me asombra que, aun des­pués de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compa­triotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por aso­mo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una bre­cha de serena atención entre la saña de un lado y la anti­patía del otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me prece­dieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos.

 

Ayer, por última vez, expliqué al Tribunal que me juzga­ba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé, aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más, observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban, primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: «¡Si hubiésemos sabido que era esto, no estaríamos aquí!» Y, ciertamente no hubiéramos estado allí, ni yo ante un Tribunal popular, ni otros matándose por los campos de España. No era ya, sin embargo, la hora de evitar esto, y yo me limité a retri­buir la lealtad y la valentía de mis entrañables camaradas, ganando para ellos la atención respetuosa de sus enemigos.

 

A esto atendí, y no a granjearme con gallardía de oropel la póstuma reputación de héroe. No me hice responsable de todo ni me ajusté a ninguna otra variante del patrón román­tico. Me defendí con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. Quizá no falten comentadores póstumos que me afeen no haber preferido la fanfarronada. Allá cada cual. Para mí, aparte de no ser primer actor en cuanto ocurre, hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aún pudiera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales. Además, que ni hubiera des­cendido a ningún ardid reprochable ni a nadie comprometía con mi defensa, y sí, en cambio, cooperaba a la de mis her­manos Margot y Miguel, procesados conmigo y amenazados de penas gravísimas. Pero como el deber de defensa me acon­sejó, no sólo ciertos silencios, sino ciertas acusaciones fun­dadas en sospechas de habérserme aislado adrede en medio de una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esa sospecha no está, ni muchos menos, comprobada por mí, y que si pudo sinceramente alimentarla en mi espíritu la avi­dez de explicaciones exasperadas por la soledad, ahora, ante la muerte, no puede ni debe ser mantenida.

 

Otro extremo me queda por rectificar. El aislamiento absoluto de toda comunicación en que vivo desde poco des­pués de iniciarse los sucesos sólo fue roto por un periodista norteamericano que, con permiso de las autoridades de aquí, me pidió unas declaraciones, a primeros de octubre. Hasta que, hace cinco o seis días, conocí el sumario instruido con­tra mí, no he tenido noticia de las declaraciones que se me achacaban, porque ni los periódicos que las trajeron ni nin­gún otro me eran asequibles. Al leerlas ahora, declaro que entre los distintos párrafos que se dan como míos, desigual­mente fieles en la interpretación de mi pensamiento, hay uno que rechazo del todo: el que afea a mis camaradas de la Fa­lange el cooperar en el movimiento insurreccional con «mer­cenarios traídos de fuera». Jamás he dicho nada semejante, y ayer lo declaré rotundamente ante el Tribunal, aunque el declararlo no me favoreciese. Yo no puedo injuriar a unas fuerzas militares que han prestado a España en África heroi­cos servicios. Ni puedo desde aquí lanzar reproches a unos camaradas que ignoro si están ahora sabia o erróneamente dirigidos, pero que a buen seguro tratan de interpretar de la mejor fe, pese a la incomunicación que nos separa, mis con­signas y doctrinas de siempre. Dios haga que su ardorosa in­genuidad no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de la gran España que sueña la Falange.

 

Ojalá fuera la mía la última sangre española que se ver­tiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la justicia.

 

Creo que nada más me importa decir respecto a mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jac­tancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin pro­testa. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excep­ción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico. Cumplido lo cual, paso a ordenar mi última voluntad en las siguientes

 

claúsulas:

 

Primera. Deseo ser enterrado conforme al rito de la religión Católica, Apostólica, Romana, que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz.

(el resto de su testamento atañe a asuntos personales y no lo incluyo aquí)

 

* * *


Francisco Franco

Testamento político de don Francisco Franco Bahamonde,
Jefe del Estado Español

 

«Españoles: al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio, pido a Dios que me acoja benigno en su presencia, pues quise vivir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia en cuyo seno voy a morir. Pido perdón a todos como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquéllos que lo fueron de España, a la que amo y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida que ya sé próximo.

»Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre. Por el amor que siento por nuestra Patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis en todo momento el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.

»No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y, para ello, deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal. No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de España exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria. Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y España y abrazaros a todos para gritar juntos por última vez en los umbrales de mi muerte:

¡Arriba España!
¡Viva España!»
 

Comentarios a este escrito:

En Libertad Digital.
En Generalísimo Francisco Franco.

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Written by Carlos Muñoz-Caravaca Ortega

18 noviembre, 2007 a 19:35

Publicado en Política

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2 comentarios

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  1. Razon llevas con lo que escribes  compatriota,y la prueba es que cuando FRANCO muere nace la ESPAÑA que hoy disfrutamos libre y democratica pero e ahi que los enemigos de esta gran NACION no cejan en su empeño por destruirla. Pero aqui estamos para defenderla hasta nuestra ultima gota de sangre, VIVA ESPAÑA.

    Pascual

    22 noviembre, 2007 at 22:28

  2. Jo tio. Vaya sarta de tonterias te has molestado en escribir. Esta bien eso de escribir lo que uno piensa. Lo que da pena es que pienses de esa manera. Supongo que todos tus años de vida con franco… porque tendras más de 35 años, verdad? te hacen conocer bien lo que fue el regimen franquista… jejejej. En fin, eso de que franco tenia una brillante carrera militar pues la verdad, discrepo, y eso de que no gano nada… El pazo de galicia creo que no lo pago al precio que debia, pero bueno, habia que hacer la vista gorda sino te ponian contra una pared y te leian la cartilla de racionamiento claro. jejejej. España lo paso muy mal por culpa de una guerra, y quien comenzo la guerra? Si, tu admirado lider. Anda, gasta tu tiempo en leer la revista lecturas o algo asi. Pero no nos contamines con ideas estupidas. Hay mucho estupido ya, y a lo mejor incluso quieres mejorar.

    Salvador

    20 noviembre, 2008 at 0:16


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